Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

20 mayo 2022

LIBRO DE LA SEMANA (20 May): Todas esas cosas que te diré mañana

 (Cfr. www.todostuslibros.com)

 



¿Y si tuvieras la oportunidad de cambiar lo que ya has vivido? Miranda trabaja como subdirectora en una revista de moda. Miranda es feliz junto a Tristán. Por eso no entiende que l...
978-84-9129-597-6 / SUMA
18,90€
(18,17€ sin IVA) 
 
Sinopsis

Sinopsis de: "Todas esas cosas que te diré mañana"

¿Y si tuvieras la oportunidad de cambiar lo que ya has vivido?

Miranda trabaja como subdirectora en una revista de moda.

Miranda es feliz junto a Tristán. Por eso no entiende que la esté dejando.

Ojalá pudiera dar marcha atrás y volver al momento en que se conocieron...

Pero ¿y si realmente tuviera la oportunidad de cambiar su historia?

La crítica ha dicho:
«Elísabet Benavent es la voz masiva de una generación».
Jesús Ruiz Mantilla, El País

Ficha Técnica

Más información

Materias:
Ficción erótica | Narrativa romántica adulta y contemporánea | Ficción moderna y contemporanea
Editorial:
SUMA
Colección:
SUMA
Encuadernación:
Tapa blanda o Bolsillo
País de publicación :
España
Idioma de publicación :
Castellano
Idioma original :
Castellano
Autor:
Benavent, Elísabet
ISBN:
978-84-9129-597-6
EAN:
9788491295976
Dimensiones:
228 x 152 mm.
Peso:
642 gramos
Nº páginas:
504
Fecha publicación :
12-05-2022
Más sobre

Benavent, Elísabet

Elísabet Benavent (Gandía, Valencia, 1984) es licenciada en Comunicación Audiovisual por la Universidad Cardenal Herrera CEU de Valencia y máster en Comunicación y Arte por la Universidad Complutense de Madrid. En la actualidad trabaja en el Departamento de Comunicación de una multinacional. Su pasión es la escritura. Hace unos meses autopublicó En los zapatos de Valeria en Internet y reunió a un ejército de nuevos lectores que empezaron a interesarse y a hablar en redes sociales de las peripecias de Valeria y de sus amigas. El sueño de Elísabet era ver su novela en papel y por fin se ha hecho realidad. Sigue a la autora en Twitter @betacoqueta En Facebook https://www.facebook.com/BetaCoqueta y en su blog betacoqueta.wordpress.com

 

PELICULA DE LA SEMANA (20 May): El arma del engaño

 (Cfr. www.filmaffinity.com)

 

 


Título original
Operation Mincemeat
Año
Duración
128 min.
País
Reino Unido Reino Unido
Dirección
Guion
Michelle Ashford. Libro: Ben Macintyre
Música
Thomas Newman
Fotografía
Sebastian Blenkov
Reparto
Productora
Coproducción Reino Unido-Estados Unidos;
See-Saw Films, Cohen Media Group, Filmnation Entertainment, Archery Pictures. Distribuidora: Warner Bros.
Género
Bélico. Drama | Basado en hechos reales. II Guerra Mundial. Espionaje. Ejército
Sinopsis
Año 1943, en plena II Guerra Mundial. Las fuerzas aliadas están decididas a lanzar un asalto definitivo en Europa. Pero se enfrentan un desafío importante: proteger durante la invasión a sus tropas de la potencia de fuego alemana, y así evitar una posible masacre. Dos brillantes oficiales de inteligencia, Ewen Montagu (Firth) y Charles Cholmondeley, son los encargados de establecer la estrategia de desinformación más inspirada e improbable de la guerra... Una historia inspirada en hechos reales basada en un 'bestseller' de Ben Macintyre.
Críticas

Catequesis sobre la Vejez - 10. Job. La prueba de la fe, la bendición de la espera

(Cfr. www.almudi.org

 

 
 
Para VERLA Y ESCUCHARLA, pincha aqui:  https://youtu.be/-Heri7_jZh8

Durante su catequesis semanal el Papa ha reflexionado sobre la figura de Job, que sufrió “numerosas desgracias y humillaciones” ante las que pidió a Dios una explicación

Catequesis del Santo Padre en español

Texto completo de la catequesis del Santo Padre traducida al español

El pasaje bíblico que hemos escuchado cierra el Libro de Job, vértice de la literatura universal. Encontramos a Job en nuestro camino de catequesis sobre la vejez: lo encontramos como testigo de la fe que no acepta una “caricatura” de Dios, sino que grita su protesta frente al mal, hasta que Dios responde y revela su rostro. Y al final Dios responde, como siempre de manera sorprendente: muestra a Job su gloria pero sin aplastarlo, es más, con soberana ternura, como siempre hace Dios, con ternura. Hay que leer con atención las páginas de este libro, sin prejuicios, sin clichés, para captar la fuerza del grito de Job. Nos hará bien asistir a su escuela, para vencer la tentación del moralismo ante la exasperación y el desánimo por el dolor de haberlo perdido todo.

En este pasaje final del libro −recordamos la historia, Job pierde todo en la vida, pierde su riqueza, pierde su familia, pierde a su hijo y también pierde la salud y queda allí, herido, en diálogo con tres amigos, luego un cuarto, que vienen a saludarlo: esa es la historia−, en este pasaje de hoy, el pasaje final del libro, cuando finalmente Dios habla (y este diálogo de Job con sus amigos es como una manera de llegar al momento en que Dios da su palabra) Job es alabado por comprender el misterio de la ternura de Dios escondido detrás de su silencio. Dios reprende a los amigos de Job que presumían de saberlo todo, saber de Dios y del dolor, y habiendo venido a consolar a Job, acabaron juzgándolo con sus esquemas preconcebidos. ¡Dios nos guarde de ese pietismo hipócrita y presuntuoso! Dios nos guarde de esa religiosidad moralista y de esa religiosidad de preceptos que nos da cierta presunción y nos lleva al fariseísmo y a la hipocresía.

Mirad cómo les habla el Señor. Así dice el Señor: «Mi ira está encendida contra [vosotros] […], porque no dijisteis cosas justas de mí como mi siervo Job […]». Eso el lo que dice el Señor a los amigos de Job. «Mi siervo Job rezará por vosotros, para que yo, por consideración a él, no castigue vuestra necedad, porque no habéis dicho cosas justas de mí como mi siervo Job» (42,7-8). La declaración de Dios nos sorprende, porque hemos leído las páginas candentes de la protesta de Job, que nos han dejado consternados. Sin embargo −dice el Señor−, Job habló bien, hasta cuando estaba enojado e incluso enojado contra Dios, pero habló bien, porque se negó a aceptar que Dios es un “Perseguidor”, Dios es otra cosa. Y como recompensa, Dios le devuelve a Job el doble de todas sus posesiones, después de pedirle que rece por esos malos amigos suyos.

El punto de inflexión de la conversión de la fe tiene lugar precisamente en el colmo del estallido de Job, donde dice: «Sé que mi redentor vive y que al fin se alzará sobre el polvo: después que me arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios. Yo mismo lo veré, y no otro; mis propios ojos lo verán» (19,25-27). Este pasaje es bellísimo. Me acuerdo del final de aquel brillante oratorio de Haendel, el Mesías, después de la fiesta del Aleluya la soprano canta lentamente este pasaje: “Sé que mi Redentor vive”, con paz. Y así, después de todo ese dolor y alegría de Job, la voz del Señor es otra cosa. “Yo sé que mi Redentor vive”: es algo precioso. Podemos interpretarlo así: “Dios mío, sé que Tú no eres el Perseguidor. Mi Dios vendrá y me hará justicia”. Es la fe sencilla en la resurrección de Dios, la fe sencilla en Jesucristo, la fe sencilla en que el Señor siempre nos espera.

La parábola del libro de Job representa de manera dramática y ejemplar lo que realmente sucede en la vida. Es decir, que pruebas demasiado pesadas, pruebas desproporcionadas en comparación con la pequeñez y la fragilidad humana, se imponen sobre una persona, una familia o un pueblo. A menudo en la vida, como dicen, “llueve sobre mojado”. Y algunas personas se ven abrumadas por una suma de males que parece verdaderamente excesiva e injusta. Y mucha gente es así. Todos hemos conocido gente así. Nos ha impresionado su clamor, pero también a menudo nos ha asombrado la firmeza de su fe y de su amor en su silencio. Pienso en los padres de niños con discapacidades severas o que viven con enfermedades permanentes o en el familiar cercano a ellos... Situaciones muchas veces agravadas por la escasez de recursos económicos. En ciertas coyunturas de la historia, ese cúmulo de pesos parecen darse como una cita colectiva. Es lo que ha pasado en los últimos años con la pandemia del Covid-19 y lo que está pasando ahora con la guerra en Ucrania.

¿Podemos justificar esos “excesos” como una racionalidad superior de la naturaleza y de la historia? ¿Podemos bendecirlos religiosamente como respuesta justificada a los pecados de las víctimas que los merecieron? No, no podemos. Hay una especie de derecho de la víctima a protestar contra el misterio del mal, un derecho que Dios concede a cualquiera, es más, que es Él mismo, en el fondo, quien lo inspira. A veces me encuentro con personas que se me acercan y me dicen: “Padre, he protestado contra Dios porque tengo este problema, este otro...”. Pero, sabes, querido, que la protesta es una forma de oración, cuando se hace así. Cuando los niños, los jóvenes protestan contra sus padres, es una forma de llamar la atención y pedir que los cuiden. Si tienes alguna herida en el corazón, algún dolor y tienes ganas de protestar, protesta incluso contra Dios, Dios te escucha, Dios es Padre, Dios no tiene miedo de nuestra oración de protesta, ¡no! Dios entiende. ¡Pero sé libre, sé libre en tu oración, no aprisiones tu oración en patrones preconcebidos! La oración debe ser así de espontánea, como la de un hijo con su padre, que le dice todo lo que le viene a la boca porque sabe que su padre lo entiende. El “silencio” de Dios, en el primer momento del drama, significa eso. Dios no va a rehuir la confrontación, pero al principio deja a Job el desahogo de su protesta, y Dios escucha. Quizás, a veces, deberíamos aprender de Dios este respeto y esta ternura. Y a Dios no le gusta esa enciclopedia −llamémosla así− de explicaciones, de reflexión que hacen los amigos de Job. Ese es zumo de lengua, que no es justo: es esa religiosidad que lo explica todo, pero el corazón se queda frío. A Dios no le gusta eso. Le gusta más la protesta de Job o el silencio de Job.

La profesión de fe de Job −que surge precisamente de su incesante llamamiento a Dios, a una justicia suprema− se completa al final con una experiencia casi mística, diría yo, que le hace decir: «Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos» (42,5). ¡Cuántas personas, cuántos de nosotros después de una experiencia un tanto fea, un tanto oscura, cedemos y conocemos a Dios mejor que antes! Y podemos decir, como Job: “Te conocía de oídas, pero ahora te he visto, porque te he conocido”. Este testimonio es particularmente creíble si la vejez lo asume por sí misma, en su progresiva fragilidad y pérdida. ¡Los viejos han visto tanto en su vida! Y también han visto la inconsistencia de las promesas de los hombres. Hombres de ley, hombres de ciencia, incluso hombres de religión, que confunden al perseguidor con la víctima, atribuyendo a esta última la plena responsabilidad de su propio dolor. ¡Se equivocan!

Los ancianos que encuentran el camino de ese testimonio, que convierte el resentimiento por la pérdida en la tenacidad por la espera de la promesa de Dios −hay un cambio, del resentimiento por la pérdida a una tenacidad para seguir la promesa de Dios−, estos ancianos son un auxilio insustituible para la comunidad al afrontar el exceso del mal. La mirada de los creyentes que se dirige al Crucificado aprende precisamente eso. Que podamos aprenderlo también nosotros, de tantos abuelos y abuelas, de tantos ancianos que, como María, unen su oración, a veces desgarradora, a la del Hijo de Dios que en la cruz se abandona al Padre. Miremos a los ancianos, miremos a los viejos, las viejas, las viejitas; mirémoslos con amor, miremos su experiencia personal. Ellos han sufrido mucho en la vida, han aprendido mucho en la vida, han pasado muchas cosas, pero al final tienen esa paz, una paz −yo diría− casi mística, es decir la paz del encuentro con Dios, tanto que pueden decir “te conocía de oídas, mas ahora te han visto mis ojos”. Estos viejos se parecen a esa paz del Hijo de Dios en la cruz que se abandona al Padre.

Saludos

Saludo cordialmente a los fieles de lengua francesa, en particular a los chicos de las escuelas secundarias provenientes de Francia, a los peregrinos de la Diócesis de Besançon y de la Misión Católica Vietnamita de Lyon. El Señor ha puesto en nuestro camino a hermanos y hermanas que sufren y demuestran una gran fe y un gran amor. Tomémonos en serio su ejemplo y pidamos a Dios la fuerza de perseverar con esperanza en medio de las pruebas de la vida. Dios os bendiga.

Saludo a los peregrinos de lengua inglesa presentes en esta Audiencia, especialmente a los que vienen del Reino Unido, Dinamarca, Israel y Medio Oriente, Canadá y Estados Unidos de América. En la alegría de Cristo Resucitado, invoco sobre cada uno de vosotros y vuestras familias el amor misericordioso de Dios nuestro Padre. ¡El Señor os bendiga!

Queridos fieles de lengua alemana, os invito a ayudar a tantas personas que sufren, estén lejos o cerca. Hagamos todo lo posible, confiando que toda buena acción nuestra está siempre acompañada y sostenida por la gracia del Señor.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Los invito a releer el libro de Job, y a dejarnos interpelar por su testimonio. Aunque tuvo que atravesar numerosas pruebas y sufrimientos, nunca dejó de elevar su oración al Padre. Unámonos también nosotros a esa súplica, y pidamos al Señor que aumente y fortalezca nuestra fe. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Saludo a los peregrinos de lengua portuguesa, en particular a los fieles de Cascavel, de Jundiaí, de São Paulo y de Fátima; a las Hermanas de la Presentación de María y al grupo deportivo y cultural proveniente de Portugal. Hermanos y hermanas, cuando nos tengamos que enfrentar al mal, debemos aprender –del ejemplo de tantos ancianos– a unir nuestra oración a la de Jesús, que en la cruz se abandona al Padre. ¡Dios os bendiga!

Saludo a los fieles de lengua árabe. Job es el hombre que sufre y protesta por la gravedad de su dolor, pero permaneció firme en la fe, por eso Dios le llenó de ternura y le acompañó en un camino espiritual para llegar a la verdad y descubrir que Dios es bueno. ¡El Señor os bendiga a todos y os proteja siempre de todo mal!

Saludo cordialmente a los peregrinos polacos. Hace dos días recordasteis a San Andrés Bobola, mártir jesuita, patrón de vuestra Patria. Su compromiso por la unidad de la Iglesia, su fuerza de ánimo y su firmeza en la defensa de la fe en Cristo, os den el valor de profesar los valores evangélicos, sobre todo ante las tentaciones de la mundanidad. Os bendigo de corazón.

Dirijo una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. En particular, saludo a los sacerdotes de la Diócesis de Milán y a los diáconos próximos al sacerdocio de Padua: os animo a renovar día a día la disponibilidad a responder fielmente a la llamada del Señor para un servicio generoso al pueblo santo de Dios. Saludo a la Asociación “Familias para la acogida” que se dedica a la adopción, cuidando a niños y ancianos en dificultad: perseverad en la fe y en la cultura de la acogida, dando así un bonito ejemplo cristiano y un importante servicio social. Gracias, gracias por lo que hacéis.

Mi pensamiento va finalmente, como de costumbre, a los ancianos, enfermos, jóvenes y recién casados. Queridos jóvenes, no tengáis miedo de poner vuestras energías al servicio del Evangelio, con el entusiasmo característico de vuestra edad; y vosotros, queridos ancianos y queridos enfermos, sed conscientes de ofrecer una contribución preciosa a la sociedad, gracias a vuestra sabiduría; y vosotros, queridos recién casados, haced que vuestras familias crezcan como lugares donde se aprende a amar a Dios y al prójimo con serenidad y alegría.

Fuente: vatican.va / romereports.com

Traducción de Luis Montoya

 

Meditación Domingo 6º Pascua (C)

 (Cfr. www.almudi.org)

 


La esperanza del cielo

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: - «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: "Me voy y vuelvo a vuestro lado." Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo»” (Juan 14,23-29).

I. En estos cuarenta días que median entre la Pascua y la Ascensión del Señor, la Iglesia nos invita a tener los ojos puestos en el Cielo, nuestra Patria definitiva, a la que el Señor nos llama. Esta invitación se hace más apremiante cuando se acerca el día en que Jesús sube a la derecha del Padre.
El Señor había prometido a sus discípulos que después de un poco de tiempo estaría con ellos para siempre. Todavía un poco y el mundo ya no me verá, pero vosotros me veréis... El Señor ha cumplido su promesa en estos días en que permanece junto a los suyos, pero esta presencia no se terminará cuando suba con su Cuerpo glorioso al Padre, pues con su Pasión y Muerte nos ha preparado un lugar en la casa del Padre, donde hay muchas moradas. De nuevo vendré -les dice- y os llevaré junto a mí para que donde yo estoy estéis también vosotros.
Los Apóstoles, que habían quedado entristecidos por la predicción de las negaciones de Pedro, son confortados con la esperanza del Cielo. La vuelta a la que hace referencia Jesús incluye su segunda venida al fin del mundo y el encuentro con cada alma cuando se separe del cuerpo. Nuestra muerte será eso: el encuentro con Cristo, a quien hemos procurado servir a lo largo de nuestra vida. Él nos llevará a la plenitud de la gloria, al encuentro con su Padre celestial, que es también Padre nuestro. Allí, en el Cielo, donde tenemos preparado un lugar, nos espera Jesucristo, a quien tenemos presente y hablamos en nuestra oración, con el que hemos dialogado tantas veces.
Del trato habitual con Jesucristo nace el deseo de encontrarnos con Él. La fe lima muchas asperezas de la muerte. El amor al Señor cambia por completo el sentido de ese momento final que llegará para todos. “Los que se quieren, procuran verse. Los enamorados sólo tienen ojos para su amor. ¿No es lógico que sea así? El corazón humano siente esos imperativos. Mentiría si negase que me mueve tanto el afán de contemplar la faz de Jesucristo. Vultum tuum, Domine, requiram, buscaré, Señor, tu rostro”.
El pensamiento del Cielo nos ayudará a vivir el desprendimiento de los bienes materiales y a superar circunstancias difíciles. Es muy agradable a Dios que fomentemos esta esperanza teologal, que está unida a la fe y al amor, y en muchas ocasiones tendremos especial necesidad de ella. “A la hora de la tentación piensa en el Amor que en el cielo te aguarda: fomenta la virtud de la esperanza, que no es falta de generosidad”. También en los momentos en que el dolor y la tribulación arrecien, cuando cueste la fidelidad o la perseverancia en el trabajo o en el apostolado. ¡El premio es muy grande! Y está a la vuelta de la esquina, dentro de no mucho tiempo.
La meditación sobre el Cielo, hacia donde nos encaminamos, debe espolearnos para ser más generosos en nuestra lucha diaria, “porque la esperanza del premio conforta el alma para realizar las buenas obras”.
El pensamiento de ese definitivo encuentro de amor, al que somos llamados, nos ayudará a estar vigilantes en las cosas grandes y en las pequeñas, haciéndolas acabadamente, como si fueran las últimas antes de irnos al Padre.

II. No existen palabras para expresar, ni de lejos, lo que será nuestra vida en el Cielo que Dios ha prometido a sus hijos. Sabemos, como recientemente se ha recordado, que “estaremos con Cristo y veremos a Dios (cfr. 1 Jn 3, 2); promesa y misterio admirables en los que consiste esencialmente nuestra esperanza. Si la imaginación no puede llegar allí, el corazón llega instintiva y profundamente”.
Será una realidad dichosísima lo que ahora entrevemos por la revelación y que apenas podemos imaginar en nuestro ser actual. En el Antiguo Testamento se describe la felicidad del Cielo evocando la tierra prometida después de tan largo y duro caminar por el desierto. Allí, en la nueva y definitiva patria, se encuentran todos los bienes, allí se terminarán las fatigas de tan largo y difícil peregrinaje.
El Señor nos habló de muchas maneras de la incomparable felicidad de quienes en este mundo amen con obras a Dios. La eterna bienaventuranza es una de las verdades que con más insistencia predicó nuestro Señor: La voluntad de mi Padre, que me ha enviado ‑declara-, es que yo no pierda a ninguno de los que me ha dado, sino que los resucite a todos en el último día. Por tanto, la voluntad de mi Padre... es que todo aquel que ve al Hijo, y cree en Él, tenga vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Oh Padre, dirá en la Ultima Cena, yo deseo ardientemente que aquellos que Tú mes has dado estén conmigo allí donde yo estoy, para que contemplen mi gloria, que Tú me has dado, porque Tú me amaste antes de la creación del mundo.
La bienaventuranza eterna es comparada a un banquete que Dios prepara para todos los hombres, en el que quedarán saciadas todas las ansias de felicidad que lleva en el corazón el ser humano.
Los Apóstoles nos hablan frecuentemente de esa felicidad que esperamos. San Pablo enseña que ahora vemos a Dios como en un espejo y bajo imágenes oscuras; pero entonces le veremos cara a cara, y que la alegría y la felicidad allí son indescriptibles.
La felicidad de la vida eterna consistirá ante todo en la visión directa e inmediata de Dios. Esta visión no es sólo un perfectísimo conocimiento intelectual, sino también comunión de vida con Dios, Uno y Trino. Ver a Dios es encontrarse con Él, ser felices en Él. De la contemplación amorosa de las Tres divinas Personas se seguirá en nosotros un gozo ilimitado. Todas las exigencias de felicidad y de amor de nuestro pobre corazón quedarán colmadas, sin término y sin fin. “Vamos a pensar lo que será el Cielo. Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó a hombre por pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para los que le aman. ¿Os imagináis qué será llegar allí, y encontrarnos con Dios, y ver aquella hermosura, aquel amor que se vuelca en nuestros corazones, que sacia sin saciar? Yo me pregunto muchas veces al día: ¿qué será cuando toda la belleza, toda la bondad, toda la maravilla infinita de Dios se vuelque en este pobre vaso de barro que soy yo, que somos todos nosotros? Y entonces me explico bien aquello del Apóstol: ni ojo vio, ni oído oyó... Vale la pena, hijos míos, vale la pena”.

III. Además del inmenso gozo de contemplar a Dios, de ver y de estar con Jesucristo glorificado, existe una bienaventuranza accidental, por la que gozaremos de los bienes creados que responden a nuestras aspiraciones. La compañía de las personas justas que más hemos querido en este mundo: familia, amigos; y también la gloria de nuestros cuerpos resucitados, porque nuestro cuerpo resucitado será numérica y específicamente idéntico al terreno: es preciso ‑indica San Pablo- que “este” ser corruptible se revista de incorruptibilidad, y que “este” ser mortal se revista de inmortalidad. «Este», el nuestro, no otro semejante o muy parecido. “Importa mucho -afirma el Catecismo Romano- estar persuadidos de que este mismo cuerpo, y sin duda el mismo cuerpo que ha sido propio de cada uno, aunque se haya corrompido y reducido a polvo, sin embargo de eso ha de resucitar”. Y San Agustín afirma con toda claridad: “Resucitará esta carne, la misma que muere y es sepultada (...). La carne que ahora enferma y padece dolores, esa misma ha de resucitar”. Nuestra personalidad seguirá siendo la misma, y tendremos el propio cuerpo, pero revestido de gloria y esplendor, si hemos sido fieles. Nuestro cuerpo tendrá las cualidades propias de los cuerpos gloriosos: agilidad y sutileza -es decir, no estar sometidos a las limitaciones del espacio y del tiempo-, la impasibilidad -no habrá ya muerte, ni llanto ni gemido, ni habrá más dolor...; ni tendrán ya más hambre, ni más sed..., enjugará Dios toda lágrima de sus ojos-, la claridad, la belleza.
“Creo en la resurrección de la carne”, confesamos en el Símbolo Apostólico. Nuestros cuerpos en el Cielo tendrán características diferentes de las actuales, pero seguirán siendo cuerpos y ocuparán un lugar, como ahora el Cuerpo glorioso de Cristo y el de la Virgen. No sabemos cómo ni dónde está ni cómo se forma ese lugar. La tierra de ahora se habrá transfigurado: vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habrán desaparecido... he aquí que hago todas las cosas nuevas. Muchos Padres y Doctores de la Iglesia, y también muchos santos, piensan que la renovación de todo lo creado se desprende de la misma revelación.
El recuerdo del Cielo, próxima ya la fiesta de la Ascensión del Señor, nos debe llevar a una lucha decidida y alegre por quitar los obstáculos que se interpongan entre nosotros y Cristo, nos impulsa a buscar sobre todo los bienes que perduran y a no desear a toda costa los consuelos que acaban.
Pensar en el Cielo da una gran serenidad. Nada aquí es irreparable, nada es definitivo, todos los errores pueden ser reparados. El único fracaso definitivo sería no acertar con la puerta que lleva a la Vida. Allí nos espera también la Santísima Virgen.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

Homilía Domingo 6º Pascua (C)

 (Cfr. www.almudi.org)

 

 


(Hch 15,1-2.22-29) "Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables"
(Ap 21,10-14.22-23) "Su santuario es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero"
(Jn 14,23-29) "La paz os dejo, mi paz os doy"

Homilía con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la parroquia de Santa Mónica (Ostia) (8-V-1983)

--- Fidelidad al Evangelio

La lectura de hoy del Evangelio de San Juan hace referencia al discurso de adiós del Cenáculo el Jueves Santo, cuando Cristo anunció su partida a los Apóstoles para prepararles a este hecho.

Al anunciar su marcha de esta tierra a los Apóstoles, Cristo dice así: “El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Pensad en el significado y fuerza de la enseñanza que transmitió Cristo durante su misión mesiánica en la tierra. Dicha enseñanza nos une perennemente no sólo a nuestro Redentor, sino también al Padre: “La palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió” (Jn 14,24).

Por tanto con la fuerza de esta enseñanza el Padre viene a quienes la siguen, viene a la Iglesia el Hijo junto con el Padre y el Padre junto con el Hijo.

La fidelidad a la enseñanza que nos ha transmitido Cristo es la fuente de la relación vivificante con el Padre a través del Hijo.

Dejada la tierra, Cristo sigue en unión constante con su Iglesia a través de la enseñanza transmitida a los Apóstoles.

Por esto precisamente es tan fundamental para la Iglesia observar con fidelidad dicha enseñanza. De este empeño rinde testimonio el primer Concilio Apostólico. El afán de los sucesores de los Apóstoles no es otro que el de que la Iglesia se mantenga en la enseñanza que Cristo le transmitió y que a través de la fidelidad a la enseñanza “moren” en la comunidad de los fieles el Padre junto con el Hijo.

--- La función del Espíritu Santo

El segundo pensamiento del Evangelio de hoy está relacionado con el Espíritu Santo: “Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14,26).

De modo que por segunda vez oímos hablar de “enseñanza”. Sabemos ya cual es el significado de esta enseñanza verdadera transmitida por Cristo a la Iglesia a fin de unirla con el Padre y el Hijo. Esta enseñanza y esta doctrina han sido confiadas a los Apóstoles y a sus sucesores. Pero al mismo tiempo el Espíritu Santo que manda el Padre en nombre del Hijo custodia a la manera divina la misma doctrina y su misma enseñanza. El Espíritu enseña a la Iglesia de modo invisible y conserva en la memoria y en la enseñanza de la Iglesia todo lo que Cristo transmitió a los hombres de parte del Padre.

Por medio de lo que es el Espíritu Santo junto a la Iglesia y a través de la ayuda que El presta a su enseñanza, el Padre y el Hijo pueden “morar” siempre en las almas de los fieles.

--- El Espíritu Santo, “morada en las almas”

El tercer pensamiento del Evangelio nos habla de la marcha del Maestro que podía levantar inquietud y temor en el corazón de los Apóstoles. Cristo sale al encuentro de tal inquietud y temor diciendo: “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14,27). Y al mismo tiempo les da seguridad:

“Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14,27).

Les da la paz cuando son ya inminentes los acontecimientos que les iban a sacudir hondamente.

Les da esa paz que el “mundo no puede dar”, precisamente gracias al hecho de que Él se va al Padre. Esta marcha es el comienzo de la nueva venida del Espíritu Santo:

“Habéis oído que os he dicho: "Me voy y volveré a vosotros." Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo” (Jn 14,28).

Esta separación marca el comienzo de la venida permanente de Cristo en el Espíritu Santo.

A quien sigue sus enseñanzas viene el Padre junto con el Hijo y ambos establecen su morada en ellos.

Y el Espíritu Santo, custodiando esta enseñanza en la inteligencia y en el corazón de los discípulos, hace que Cristo esté siempre con su Iglesia. Y el Padre está siempre con ella por medio de Cristo.

Precisamente en esto reside la fuente de la paz de la Iglesia aun en las experiencias, sobresaltos y persecuciones más fuertes. A veces el corazón humano se altera y teme, pero la Iglesia se mantiene en la paz divina que le dio Cristo a la hora de partir.

Y todos los días en la Santa Misa, la Iglesia recuerda esta paz. Pide esta paz para sí y para los hombres.

Esta paz es también un gustar anticipado de la paz perfecta y felicidad de la Ciudad Santa de que se habla en la segunda lectura. Dicha Ciudad Santa, la Jerusalén que desciende de Dios, contiene en sí la plenitud de la gloria divina. Es asimismo el destino eterno del hombre y la realización cumplida de la Iglesia terrena.

Oremos ardientemente con las palabras del Salmista: “El Señor tenga piedad y nos bendiga,/ ilumine su rostro sobre nosotros;/ conozca la tierra tus caminos,/ todos los pueblos tu salvación” (Sal 66(67)).