Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

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03 junio 2022

Catequesis sobre la vejez 12. “No me abandones cuando decae mi vigor” (Sal 71,9)

 (Cfr. www.almudi.org)

 

Para Escucharlo y
Verlo:
  https://youtu.be/Gn9tCpJte2Q

 

CATEQUESIS DEL PAPA 
1 de Junio 2022

El Papa, en su catequesis de hoy durante la Audiencia general: La vejez no debe ocultarse, es el "magisterio de la fragilidad”

Catequesis del Santo Padre en español

Texto completo de la catequesis del Santo Padre traducida al español

La hermosa oración del anciano que encontramos en el Salmo 71 que hemos escuchado nos anima a meditar sobre la fuerte tensión que habita la condición de la vejez, cuando el recuerdo de las penalidades superadas y de las bendiciones recibidas pone a prueba la fe y la esperanza.

La prueba ya se presenta con la debilidad que acompaña el paso por la fragilidad y vulnerabilidad de la vejez. Y el salmista −un anciano que se dirige al Señor− menciona explícitamente que este proceso se convierte en ocasión de abandono, engaño, prevaricación y prepotencia, que a veces arremeten contra el anciano. Una forma de cobardía en la que nos estamos especializando en nuestra sociedad. ¡Es verdad! En esta sociedad del descarte, en esta cultura del descarte, los ancianos son apartados y sufren por estas cosas. De hecho, no faltan quienes se aprovechan de la edad de los mayores, para engañarlos, para intimidarlos de mil maneras. A menudo leemos en los periódicos o escuchamos noticias de personas mayores que son engañadas sin escrúpulos para apoderarse de sus ahorros; o que quedan desprotegidos o abandonados sin atención; u ofendidos por formas de desprecio e intimidados para renunciar a sus derechos. Incluso en las familias −y esto es grave, pero también pasa en las familias− ocurren tales crueldades. Los ancianos descartados, abandonados en las residencias, sin que sus hijos los visiten o si van, van pocas veces al año. El anciano dejado justo en el rincón de la existencia. Y esto pasa: pasa hoy, pasa en las familias, pasa siempre. Necesitamos reflexionar sobre esto.

Toda la sociedad debe darse prisa para cuidar de sus ancianos −¡son el tesoro!−, cada vez más numerosos, y a menudo incluso más abandonados. Cuando oímos hablar de personas mayores despojadas de su autonomía, de su seguridad, incluso de su hogar, comprendemos que la ambivalencia de la sociedad actual hacia los mayores no es un problema de emergencias puntuales, sino un rasgo de esa cultura del descarte que envenena el mundo en el que vivimos. El anciano del salmo confía su desesperación a Dios: «Porque mis enemigos −dice− hablan de mí, los que acechan mi vida celebran consejo; dicen: “Dios lo ha abandonado; perseguidlo, agarradlo, que nadie lo defiende”» (vv. 10-11). Las consecuencias son fatales. La vejez no sólo pierde su dignidad, sino que incluso se duda que merezca continuar. Así, todos estamos tentados de ocultar nuestra vulnerabilidad, de ocultar nuestra enfermedad, nuestra edad y nuestra vejez, porque tememos que sean el preludio de nuestra pérdida de dignidad. Preguntémonos: ¿es humano inducir este sentimiento? ¿Por qué la civilización moderna, tan avanzada y eficiente, se siente tan incómoda con la enfermedad y la vejez, oculta la enfermedad, oculta la vejez? ¿Y por qué la política, tan comprometida con definir los límites de una supervivencia digna, es al mismo tiempo insensible a la dignidad de una convivencia afectuosa con los ancianos y los enfermos?

El anciano del salmo que hemos escuchado, ese anciano que ve su vejez como una derrota, redescubre la confianza en el Señor. Siente la necesidad de ser ayudado. Y se dirige a Dios. San Agustín, comentando este salmo, exhorta al anciano: «No temas ser abandonado en tu vejez. […] ¿Por qué temes que [el Señor] te abandone, que te rechace en el tiempo de la vejez cuando te falten las fuerzas? Es más, su fuerza estará en ti precisamente entonces, cuando la tuya falle» (PL 36, 881-882). Y el anciano salmista invoca: «Líbrame y ponme a salvo, inclina a mí tu oído y sálvame. Sé tú mi roca de refugio, el alcázar donde me salve, porque mi peña y mi alcázar eres tú» (vv. 2-3). La invocación manifiesta la fidelidad de Dios y cuestiona su capacidad para sacudir las conciencias desviadas de la insensibilidad por la parábola de la vida mortal, que debe ser preservada en su integridad. Y sigue rezando: «Dios mío, no te quedes a distancia; Dios mío, ven aprisa a socorrerme. Que fracasen y se pierdan los que atentan contra mi vida, queden cubiertos de oprobio y vergüenza los que buscan mi daño» (vv. 12-13).

De hecho, la vergüenza debería caer sobre aquellos que se aprovechan de la debilidad de la enfermedad y la vejez. La oración renueva la promesa de fidelidad y la bendición de Dios en el corazón de los ancianos. El anciano redescubre la oración y da testimonio de su fuerza. Jesús, en los Evangelios, nunca rechaza la oración de quien necesita ayuda. Los ancianos, por su debilidad, pueden enseñar a los que viven otras edades de la vida que todos necesitamos abandonarnos en el Señor, para invocar su ayuda. En ese sentido, todos tenemos que aprender de la vejez: sí, hay un don en ser viejo entendido como abandonarse al cuidado de los demás, comenzando por el mismo Dios.

Hay entonces un “magisterio de la fragilidad”, no ocultar la fragilidad, no. Son verdad, hay una realidad y hay un magisterio de la fragilidad, que la vejez es capaz de recordar creíblemente para todo el lapso de la vida humana. No esconder la vejez, no esconder las debilidades de la vejez. Esta es una lección para todos. Este magisterio abre un horizonte decisivo para la reforma de nuestra propia civilización. Una reforma que ahora es indispensable en beneficio de la convivencia de todos. La marginación tanto conceptual como práctica de las personas mayores corrompe todas las etapas de la vida, no solo la de la vejez. Cada uno puede pensar hoy en los mayores de la familia: ¿cómo me relaciono con ellos, los recuerdo, voy a visitarlos? ¿Procuro que nada les falte? ¿Los respeto? Los ancianos que hay en mi familia, mamá, papá, abuelo, abuela, tíos, amigos, ¿los he borrado de mi vida? ¿O voy a ellos para obtener sabiduría, la sabiduría de la vida? Recuerda que tú también serás anciano o anciana. La vejez llega para todos. Y como te gustaría ser tratado o tratada en el momento en la vejez, tratas tú hoy a los ancianos. Son la memoria de la familia, la memoria de la humanidad, la memoria del país. Proteger a los ancianos que son sabiduría. Que el Señor conceda a los ancianos que forman parte de la Iglesia la generosidad de esta invocación y de esta provocación. Que esta confianza en el Señor nos contagie. Y esto, por el bien de todos, de ellos, de nosotros y de nuestros hijos.

Saludos

Saludo cordialmente a las personas de lengua francesa, en particular a los alumnos de la Inmaculada Concepción de Laval y a los estudiantes del Instituto del Oratorio de Lyon. Nuestros ancianos son un magisterio viviente. A través de su fragilidad nos enseñan la necesidad de abandonarnos en el Señor y en los demás. Pidamos al Señor entrar, con fe, en la sabiduría de esa fragilidad para que pueda hacer nuestra sociedad más humana y fraterna. Dios os bendiga.

Saludo a los peregrinos de lengua inglesa presentes en esta Audiencia, especialmente a los que vienen de Inglaterra y Estados Unidos de América. Dirijo un saludo particular a los numerosos grupos de jóvenes estudiantes. En la inminencia de la Solemnidad de Pentecostés, invoco sobre vosotros y vuestras familias una abundante efusión de los dones del Espíritu Santo. ¡El Señor os bendiga!

Queridos peregrinos de lengua alemana, que el Espíritu Santo, a quien invocamos especialmente en estos días antes de Pentecostés, nos enseñe el estilo de Jesús y nos refuerce en la verdad y en el amor. ¡Envía tu Espíritu Señor y renueva la faz de la tierra!

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Hagamos nuestra la súplica del anciano enfermo del salmo, la cual nos recuerda que en la oración y confianza en el Señor encontramos nuestra fuerza y nuestro refugio en los momentos difíciles de la vida. Dios los bendiga. Muchas gracias.

Saludo a los fieles de lengua portuguesa, en particular a los grupos de peregrinos de Brasil y de Faro (Portugal), a los estudiantes y profesores de la Escuela Secundaria de Sobreira. Ayer, al terminar el mes de mayo, dirigimos a la Virgen nuestra insistente petición por la paz. Permanezcamos unidos a Ella, en la espera de una nueva Pentecostés, pidiendo que el don del Espíritu Santo nos haga descubrir senderos de diálogo y de unidad. Os encomiendo a la maternal protección de la Virgen María y os bendigo de corazón.

Saludo a los fieles de lengua árabe. Los ancianos, por su debilidad, pueden enseñar a quien vive otras edades de la vida que todos necesitamos abandonarnos en el Señor, invocar su ayuda. Porque Dios es siempre nuestra esperanza y nuestro apoyo. ¡El Señor os bendiga a todos y os proteja ‎siempre de todo mal‎‎‎‏‎‎‎‏!

Saludo cordialmente a los polacos. Hoy empezamos el mes dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, fuente de amor y de paz. Abríos a ese amor y llevadlo “hasta los confines de la tierra”, manifestando la bondad y la misericordia que brotan del Corazón de Jesús. Este llamamiento lo dirijo en particular a los jóvenes que se encontrarán el sábado próximo en Lednica, lugar significativo para la fe de los polacos. Dios os bendiga.

Dirijo una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. En particular, saludo a la fundación “Il Villaggio del fanciullo” de Lucca, con su Arzobispo Paolo Giulietti; a la Unidad pastoral del Centro histórico de Salerno; a los nuevos capellanes de las cárceles, que participan en un encuentro formativo; a la Banda musical de Castellana Grotte. ¡Son buenos estos músicos!

Mi pensamiento va finalmente, como de costumbre, a los ancianos, enfermos, jóvenes y recién casados. El próximo domingo celebraremos la solemnidad de Pentecostés. Que el Espíritu Santo sea para vosotros, jóvenes, como “viento y fuego” que os preserva del aturdimiento, empujándoos al amor de los grandes ideales y al compromiso por la Iglesia y la sociedad. Que sea para vosotros, ancianos y enfermos, el “Consolador” que os acompaña en la fatiga cotidiana, dándoos la certeza del amor de Dios. Que sea para vosotros, recién casado, fuente de “comunión” que os haga crecer en el amor mutuo. A todos mi bendición.

Llamamiento

Preocupa mucho el bloqueo a las exportaciones del grano de Ucrania, del que depende la vida de millones de personas, especialmente en los países más pobres. Hago un llamamiento de corazón para que se haga todo lo posible por resolver este problema y garantizar el derecho humano universal a la alimentación. ¡Por favor, que no se use el grano, alimento básico, como arma de guerra!

Fuente: vatican.va / romereports.com

Traducción de Luis Montoya

20 mayo 2022

Catequesis sobre la Vejez - 10. Job. La prueba de la fe, la bendición de la espera

(Cfr. www.almudi.org) 

 

 
 
Para VERLA Y ESCUCHARLA, pincha aqui:  https://youtu.be/-Heri7_jZh8

Durante su catequesis semanal el Papa ha reflexionado sobre la figura de Job, que sufrió “numerosas desgracias y humillaciones” ante las que pidió a Dios una explicación

Catequesis del Santo Padre en español

Texto completo de la catequesis del Santo Padre traducida al español

El pasaje bíblico que hemos escuchado cierra el Libro de Job, vértice de la literatura universal. Encontramos a Job en nuestro camino de catequesis sobre la vejez: lo encontramos como testigo de la fe que no acepta una “caricatura” de Dios, sino que grita su protesta frente al mal, hasta que Dios responde y revela su rostro. Y al final Dios responde, como siempre de manera sorprendente: muestra a Job su gloria pero sin aplastarlo, es más, con soberana ternura, como siempre hace Dios, con ternura. Hay que leer con atención las páginas de este libro, sin prejuicios, sin clichés, para captar la fuerza del grito de Job. Nos hará bien asistir a su escuela, para vencer la tentación del moralismo ante la exasperación y el desánimo por el dolor de haberlo perdido todo.

En este pasaje final del libro −recordamos la historia, Job pierde todo en la vida, pierde su riqueza, pierde su familia, pierde a su hijo y también pierde la salud y queda allí, herido, en diálogo con tres amigos, luego un cuarto, que vienen a saludarlo: esa es la historia−, en este pasaje de hoy, el pasaje final del libro, cuando finalmente Dios habla (y este diálogo de Job con sus amigos es como una manera de llegar al momento en que Dios da su palabra) Job es alabado por comprender el misterio de la ternura de Dios escondido detrás de su silencio. Dios reprende a los amigos de Job que presumían de saberlo todo, saber de Dios y del dolor, y habiendo venido a consolar a Job, acabaron juzgándolo con sus esquemas preconcebidos. ¡Dios nos guarde de ese pietismo hipócrita y presuntuoso! Dios nos guarde de esa religiosidad moralista y de esa religiosidad de preceptos que nos da cierta presunción y nos lleva al fariseísmo y a la hipocresía.

Mirad cómo les habla el Señor. Así dice el Señor: «Mi ira está encendida contra [vosotros] […], porque no dijisteis cosas justas de mí como mi siervo Job […]». Eso el lo que dice el Señor a los amigos de Job. «Mi siervo Job rezará por vosotros, para que yo, por consideración a él, no castigue vuestra necedad, porque no habéis dicho cosas justas de mí como mi siervo Job» (42,7-8). La declaración de Dios nos sorprende, porque hemos leído las páginas candentes de la protesta de Job, que nos han dejado consternados. Sin embargo −dice el Señor−, Job habló bien, hasta cuando estaba enojado e incluso enojado contra Dios, pero habló bien, porque se negó a aceptar que Dios es un “Perseguidor”, Dios es otra cosa. Y como recompensa, Dios le devuelve a Job el doble de todas sus posesiones, después de pedirle que rece por esos malos amigos suyos.

El punto de inflexión de la conversión de la fe tiene lugar precisamente en el colmo del estallido de Job, donde dice: «Sé que mi redentor vive y que al fin se alzará sobre el polvo: después que me arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios. Yo mismo lo veré, y no otro; mis propios ojos lo verán» (19,25-27). Este pasaje es bellísimo. Me acuerdo del final de aquel brillante oratorio de Haendel, el Mesías, después de la fiesta del Aleluya la soprano canta lentamente este pasaje: “Sé que mi Redentor vive”, con paz. Y así, después de todo ese dolor y alegría de Job, la voz del Señor es otra cosa. “Yo sé que mi Redentor vive”: es algo precioso. Podemos interpretarlo así: “Dios mío, sé que Tú no eres el Perseguidor. Mi Dios vendrá y me hará justicia”. Es la fe sencilla en la resurrección de Dios, la fe sencilla en Jesucristo, la fe sencilla en que el Señor siempre nos espera.

La parábola del libro de Job representa de manera dramática y ejemplar lo que realmente sucede en la vida. Es decir, que pruebas demasiado pesadas, pruebas desproporcionadas en comparación con la pequeñez y la fragilidad humana, se imponen sobre una persona, una familia o un pueblo. A menudo en la vida, como dicen, “llueve sobre mojado”. Y algunas personas se ven abrumadas por una suma de males que parece verdaderamente excesiva e injusta. Y mucha gente es así. Todos hemos conocido gente así. Nos ha impresionado su clamor, pero también a menudo nos ha asombrado la firmeza de su fe y de su amor en su silencio. Pienso en los padres de niños con discapacidades severas o que viven con enfermedades permanentes o en el familiar cercano a ellos... Situaciones muchas veces agravadas por la escasez de recursos económicos. En ciertas coyunturas de la historia, ese cúmulo de pesos parecen darse como una cita colectiva. Es lo que ha pasado en los últimos años con la pandemia del Covid-19 y lo que está pasando ahora con la guerra en Ucrania.

¿Podemos justificar esos “excesos” como una racionalidad superior de la naturaleza y de la historia? ¿Podemos bendecirlos religiosamente como respuesta justificada a los pecados de las víctimas que los merecieron? No, no podemos. Hay una especie de derecho de la víctima a protestar contra el misterio del mal, un derecho que Dios concede a cualquiera, es más, que es Él mismo, en el fondo, quien lo inspira. A veces me encuentro con personas que se me acercan y me dicen: “Padre, he protestado contra Dios porque tengo este problema, este otro...”. Pero, sabes, querido, que la protesta es una forma de oración, cuando se hace así. Cuando los niños, los jóvenes protestan contra sus padres, es una forma de llamar la atención y pedir que los cuiden. Si tienes alguna herida en el corazón, algún dolor y tienes ganas de protestar, protesta incluso contra Dios, Dios te escucha, Dios es Padre, Dios no tiene miedo de nuestra oración de protesta, ¡no! Dios entiende. ¡Pero sé libre, sé libre en tu oración, no aprisiones tu oración en patrones preconcebidos! La oración debe ser así de espontánea, como la de un hijo con su padre, que le dice todo lo que le viene a la boca porque sabe que su padre lo entiende. El “silencio” de Dios, en el primer momento del drama, significa eso. Dios no va a rehuir la confrontación, pero al principio deja a Job el desahogo de su protesta, y Dios escucha. Quizás, a veces, deberíamos aprender de Dios este respeto y esta ternura. Y a Dios no le gusta esa enciclopedia −llamémosla así− de explicaciones, de reflexión que hacen los amigos de Job. Ese es zumo de lengua, que no es justo: es esa religiosidad que lo explica todo, pero el corazón se queda frío. A Dios no le gusta eso. Le gusta más la protesta de Job o el silencio de Job.

La profesión de fe de Job −que surge precisamente de su incesante llamamiento a Dios, a una justicia suprema− se completa al final con una experiencia casi mística, diría yo, que le hace decir: «Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos» (42,5). ¡Cuántas personas, cuántos de nosotros después de una experiencia un tanto fea, un tanto oscura, cedemos y conocemos a Dios mejor que antes! Y podemos decir, como Job: “Te conocía de oídas, pero ahora te he visto, porque te he conocido”. Este testimonio es particularmente creíble si la vejez lo asume por sí misma, en su progresiva fragilidad y pérdida. ¡Los viejos han visto tanto en su vida! Y también han visto la inconsistencia de las promesas de los hombres. Hombres de ley, hombres de ciencia, incluso hombres de religión, que confunden al perseguidor con la víctima, atribuyendo a esta última la plena responsabilidad de su propio dolor. ¡Se equivocan!

Los ancianos que encuentran el camino de ese testimonio, que convierte el resentimiento por la pérdida en la tenacidad por la espera de la promesa de Dios −hay un cambio, del resentimiento por la pérdida a una tenacidad para seguir la promesa de Dios−, estos ancianos son un auxilio insustituible para la comunidad al afrontar el exceso del mal. La mirada de los creyentes que se dirige al Crucificado aprende precisamente eso. Que podamos aprenderlo también nosotros, de tantos abuelos y abuelas, de tantos ancianos que, como María, unen su oración, a veces desgarradora, a la del Hijo de Dios que en la cruz se abandona al Padre. Miremos a los ancianos, miremos a los viejos, las viejas, las viejitas; mirémoslos con amor, miremos su experiencia personal. Ellos han sufrido mucho en la vida, han aprendido mucho en la vida, han pasado muchas cosas, pero al final tienen esa paz, una paz −yo diría− casi mística, es decir la paz del encuentro con Dios, tanto que pueden decir “te conocía de oídas, mas ahora te han visto mis ojos”. Estos viejos se parecen a esa paz del Hijo de Dios en la cruz que se abandona al Padre.

Saludos

Saludo cordialmente a los fieles de lengua francesa, en particular a los chicos de las escuelas secundarias provenientes de Francia, a los peregrinos de la Diócesis de Besançon y de la Misión Católica Vietnamita de Lyon. El Señor ha puesto en nuestro camino a hermanos y hermanas que sufren y demuestran una gran fe y un gran amor. Tomémonos en serio su ejemplo y pidamos a Dios la fuerza de perseverar con esperanza en medio de las pruebas de la vida. Dios os bendiga.

Saludo a los peregrinos de lengua inglesa presentes en esta Audiencia, especialmente a los que vienen del Reino Unido, Dinamarca, Israel y Medio Oriente, Canadá y Estados Unidos de América. En la alegría de Cristo Resucitado, invoco sobre cada uno de vosotros y vuestras familias el amor misericordioso de Dios nuestro Padre. ¡El Señor os bendiga!

Queridos fieles de lengua alemana, os invito a ayudar a tantas personas que sufren, estén lejos o cerca. Hagamos todo lo posible, confiando que toda buena acción nuestra está siempre acompañada y sostenida por la gracia del Señor.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Los invito a releer el libro de Job, y a dejarnos interpelar por su testimonio. Aunque tuvo que atravesar numerosas pruebas y sufrimientos, nunca dejó de elevar su oración al Padre. Unámonos también nosotros a esa súplica, y pidamos al Señor que aumente y fortalezca nuestra fe. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Saludo a los peregrinos de lengua portuguesa, en particular a los fieles de Cascavel, de Jundiaí, de São Paulo y de Fátima; a las Hermanas de la Presentación de María y al grupo deportivo y cultural proveniente de Portugal. Hermanos y hermanas, cuando nos tengamos que enfrentar al mal, debemos aprender –del ejemplo de tantos ancianos– a unir nuestra oración a la de Jesús, que en la cruz se abandona al Padre. ¡Dios os bendiga!

Saludo a los fieles de lengua árabe. Job es el hombre que sufre y protesta por la gravedad de su dolor, pero permaneció firme en la fe, por eso Dios le llenó de ternura y le acompañó en un camino espiritual para llegar a la verdad y descubrir que Dios es bueno. ¡El Señor os bendiga a todos y os proteja siempre de todo mal!

Saludo cordialmente a los peregrinos polacos. Hace dos días recordasteis a San Andrés Bobola, mártir jesuita, patrón de vuestra Patria. Su compromiso por la unidad de la Iglesia, su fuerza de ánimo y su firmeza en la defensa de la fe en Cristo, os den el valor de profesar los valores evangélicos, sobre todo ante las tentaciones de la mundanidad. Os bendigo de corazón.

Dirijo una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. En particular, saludo a los sacerdotes de la Diócesis de Milán y a los diáconos próximos al sacerdocio de Padua: os animo a renovar día a día la disponibilidad a responder fielmente a la llamada del Señor para un servicio generoso al pueblo santo de Dios. Saludo a la Asociación “Familias para la acogida” que se dedica a la adopción, cuidando a niños y ancianos en dificultad: perseverad en la fe y en la cultura de la acogida, dando así un bonito ejemplo cristiano y un importante servicio social. Gracias, gracias por lo que hacéis.

Mi pensamiento va finalmente, como de costumbre, a los ancianos, enfermos, jóvenes y recién casados. Queridos jóvenes, no tengáis miedo de poner vuestras energías al servicio del Evangelio, con el entusiasmo característico de vuestra edad; y vosotros, queridos ancianos y queridos enfermos, sed conscientes de ofrecer una contribución preciosa a la sociedad, gracias a vuestra sabiduría; y vosotros, queridos recién casados, haced que vuestras familias crezcan como lugares donde se aprende a amar a Dios y al prójimo con serenidad y alegría.

Fuente: vatican.va / romereports.com

Traducción de Luis Montoya

 

22 abril 2022

Catequesis 20042022 del Papa sobre la vejez. Honraras a tu padre y a tu madre

(Cfr. www.almudi.org) 

 

 
 

En la Audiencia general de hoy (20042022), el Papa retoma el ciclo de catequesis

Y observa que no siempre en las sociedades se presta atención a devolver a nuestros ancianos el amor recibido, con la ternura y el respeto debidos. Por eso, invitó a las familias a acercar a sus hijos a los abuelos y a no desatenderlos cuando sean huéspedes de una residencia de ancianos o de reposo

Catequesis del Santo Padre en español

Texto completo de la catequesis del Santo Padre traducida al español

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, con la ayuda de la Palabra de Dios que hemos escuchado, abrimos un pasaje a través de la fragilidad de la edad anciana, marcada de forma especial por las experiencias del desconcierto y del desánimo, de la pérdida y del abandono, de la desilusión y la duda. Naturalmente, las experiencias de nuestra fragilidad, frente a las situaciones dramáticas —a veces trágicas— de la vida, pueden suceder en todo tiempo de la existencia. Sin embargo, en la edad anciana estas pueden suscitar menos impresión e inducir en los otros una especie de hábito, incluso de molestia. Cuántas veces hemos escuchado o hemos pensando: “Los ancianos molestan”; lo hemos dicho, lo hemos pensando… Las heridas más graves de la infancia y de la juventud provocan, justamente, un sentido de injusticia y de rebelión, una fuerza de reacción y de lucha. En cambio, las heridas, también graves, de la edad anciana están acompañadas, inevitablemente, por la sensación de que, sea como sea, la vida no se contradice, porque ya ha sido vivida. Y así los ancianos son un poco alejados también de nuestra experiencia: queremos alejarlos.

En la común experiencia humana, el amor —como se dice— es descendiente: no vuelve sobre la vida que está detrás de las espaldas con la misma fuerza con la que se derrama sobre la vida que está todavía delante. La gratuidad del amor aparece también en esto: los padres lo saben desde siempre, los ancianos lo aprenden pronto. A pesar de eso, la revelación abre un camino para una restitución diferente del amor: es el camino de honrar a quien nos ha precedido. El camino de honrar a las personas que nos han precedido empieza aquí: honrar a los ancianos.

Este amor especial que se abre el camino en la forma del honor —es decir, ternura y respeto al mismo tiempo— destinado a la edad anciana está sellado por el mandamiento de Dios. «Honrar al padre y a la madre» es un compromiso solemne, el primero de la “segunda tabla” de los diez mandamientos. No se trata solamente del propio padre y de la propia madre. Se trata de la generación y de las generaciones que preceden, cuya despedida también puede ser lenta y prolongada, creando un tiempo y un espacio de convivencia de larga duración con las otras edades de la vida. En otras palabras, se trata de la vejez de la vida.

Honor es una buena palabra para enmarcar este ámbito de restitución del amor que concierne a la edad anciana. Es decir, nosotros hemos recibido el amor de los padres, de los abuelos y ahora nosotros les devolvemos este amor a ellos, a los ancianos, a los abuelos. Nosotros hoy hemos descubierto el término “dignidad”, para indicar el valor del respeto y del cuidado de la vida de todos. Dignidad, aquí, equivale sustancialmente al honor: honrar al padre y a la madre, honrar a los ancianos y reconocer la dignidad que tienen.

Pensemos bien en esta bonita declinación del amor que es el honor. El cuidado mismo del enfermo, el apoyo a quien no es autosuficiente, la garantía del sustento, pueden carecer de honor. El honor desaparece cuando el exceso de confianza, en vez de declinarse como delicadeza y afecto, ternura y respeto, se convierte en rudeza y prevaricación. Cuando la debilidad es reprochada, e incluso castigada, como si fuera una culpa. Cuando el desconcierto y la confusión se convierten en un resquicio para la burla y la agresividad. Puede suceder incluso entre las paredes domésticas, en las residencias, como también en las oficinas o en los espacios abiertos de la ciudad. Fomentar en los jóvenes, también indirectamente, una actitud de suficiencia —e incluso de desprecio— hacia la edad anciana, sus debilidades y su precariedad, produce cosas horribles. Abre el camino a excesos inimaginables. Los chicos que queman la manta de un “vagabundo” —lo hemos visto—, porque lo ven como un desecho humano, son la punta del iceberg, es decir, del desprecio por una vida que, lejos de las atracciones y de las pulsiones de la juventud, aparece ya como una vida de descarte. Muchas veces pensamos que los ancianos son el descarte o los ponemos nosotros en el descarte; se desprecia a los ancianos y se descartan de la vida, dejándoles de lado.

Este desprecio, que deshonra al anciano, en realidad nos deshonra a todos nosotros. Si yo deshonro al anciano me deshonro a mí mismo. El pasaje del Libro del Eclesiástico, escuchado al inicio, es justamente duro en relación con este deshonor, que clama venganza a los ojos de Dios. Existe un pasaje, en la historia de Noé, muy expresivo en relación con esto. El viejo Noé, héroe del diluvio y todavía gran trabajador, yace descompuesto después de haber bebido algún vaso de más. Ya es anciano, pero ha bebido demasiado. Los hijos, por no hacerle despertar en la vergüenza, lo cubren con delicadeza, con la mirada baja, con gran respeto. Este texto es muy bonito y dice todo del honor debido al anciano; cubrir las debilidades del anciano, para no avergonzarlo, es un texto que nos ayuda mucho.  

No obstante todas las providencias materiales que las sociedades más ricas y organizadas ponen a disposición de la vejez —de las cuales podemos ciertamente estar orgullosos—, la lucha por la restitución de esa forma especial de amor que es el honor, me parece todavía frágil e inmadura. Debemos hacer de todo, sostenerla y animarla, ofreciendo mejor apoyo social y cultural a aquellos que son sensibles a esta decisiva forma de “civilización del amor”. Y sobre esto, me permito aconsejar a los padres: por favor, acercad a los hijos, a los niños, a los hijos jóvenes a los ancianos, acercarles siempre. Y cuando el anciano está enfermo, un poco fuera de sí, acercarles siempre: que sepan que esta es nuestra carne, que esto es lo que ha hecho que nosotros estemos aquí ahora. Por favor, no alejar a los ancianos. Y si no hay otra posibilidad que enviarlos a una residencia, por favor, id a visitarlos y llevad a los niños a verlos: son el honor de nuestra civilización, los ancianos que han abierto las puertas. Y muchas veces, los hijos se olvidan de esto. Os digo una cosa personal: a mí me gustaba en Buenos Aires, visitar las residencias de ancianos. Iba a menudo y visitaba a cada uno. Recuerdo una vez que pregunté a una señora: “¿Usted cuántos hijos tiene?” —“Tengo cuatro, todos casados, con nietos”. Y empezó a hablarme de la familia. “¿Y ellos vienen?” —“¡Sí, vienen siempre!”. Cuando salí de la habitación la enfermera, que había escuchado, me dijo: “Padre, ha dicho una mentira para cubrir a sus hijos. ¡Desde hace seis meses no viene nadie!”. Esto es descartar a los ancianos, es pensar que los ancianos son material de descarte. Por favor, es un pecado grave. Este es el primer gran mandamiento, y el único que indica el premio: “Honra al padre y a la madre y tendrás vida larga en la tierra”. Este mandamiento de honrar a los ancianos nos da una bendición, que se manifiesta de esta manera: “Tendrás larga vida”. Por favor, custodiad a los ancianos. Y si pierden la cabeza, custodiadlos también porque son la presencia de la historia, la presencia de mi familia, y gracias a ellos yo estoy aquí, lo podemos decir todos: gracias a ti, abuelo y abuela, yo estoy vivo. Por favor, no los dejéis solos. Y esto, de custodiar a los ancianos, no es una cuestión de cosméticos ni de cirugía plástica, no. Más bien es una cuestión de honor, que debe transformar la educación de los jóvenes respecto a la vida y a sus fases. El amor por lo humano que nos es común, e incluye el honor por la vida vivida, no es una cuestión de ancianos. Más bien, es una ambición que iluminará a la juventud que hereda sus mejores cualidades. La sabiduría del Espíritu de Dios nos conceda abrir el horizonte de esta auténtica revolución cultural con la energía necesaria.

Saludo en lengua española

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. En estos días de Pascua, pidamos a Cristo resucitado que nos conceda delicadeza y paciencia para tratar con las personas que nos rodean, especialmente con quienes están atravesando la etapa de la ancianidad. ¡Felices Pascuas de Resurrección! Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Fuente: vatican.va / romereports.com

 

 

03 abril 2022

Catequesis del Papa sobre la vejez: 5. La fidelidad a la visita de Dios para la generación que viene


 (Cfr. www.almudi.org)

 

 

PARA ESCUCHARLA Y VERLA, pincha AQUI: https://youtu.be/Va8uiM-a5o8

Si "la vejez debilita, de un modo u otro, la sensibilidad del cuerpo", una vejez que se ha ejercitado en la espera de Dios será más sensible para acogerlo cuando pase

Catequesis del Santo Padre en español

Texto completo de la catequesis del Santo Padre traducida al español

En nuestro itinerario de catequesis sobre el tema de la vejez, hoy nos fijamos en el tierno cuadro pintado por el evangelista san Lucas, que llama a escena a dos figuras ancianas, Simeón y Ana. Su razón de vivir, antes de despedirse de este mundo, es esperar la visita de Dios. Esperaban que Dios viniera a visitarlos, o sea Jesús. Simeón sabe, por una moción del Espíritu Santo, que no morirá antes de haber visto al Mesías. Anna asiste al templo todos los días y se dedica a su servicio. Ambos reconocen la presencia del Señor en el niño Jesús, que colma de consuelo su larga espera y asegura su despedida de la vida. Esta es una escena de un encuentro con Jesús, y de despedida. ¿Qué podemos aprender de estos dos ancianos llenos de vitalidad espiritual?

De momento, aprendemos que la fidelidad de la espera afina los sentidos. Además, lo sabemos, el Espíritu Santo hace precisamente eso: ilumina los sentidos. En el antiguo himno Veni Creator Spiritus, con el que aún hoy invocamos al Espíritu Santo, decimos: “Accende lumen sensibus”, enciende una luz para los sentidos, ilumina nuestros sentidos. El Espíritu es capaz de hacer esto: agudiza los sentidos del alma, a pesar de las limitaciones y heridas de los sentidos del cuerpo. La vejez debilita, de un modo u otro, la sensibilidad del cuerpo: uno es más ciego, otro más sordo... Sin embargo, una vejez ejercida en previsión de la visita de Dios no perderá su paso: es más, estará aún más dispuesta a captarlo, tendrá más sensibilidad para acoger al Señor cuando pase. Recordemos que la actitud del cristiano es estar atento a las visitas del Señor, porque el Señor pasa por nuestra vida con inspiraciones, con la invitación a ser mejores. Y San Agustín decía: “Tengo miedo de Dios cuando pasa” −“¿Pero por qué tienes miedo?” −“Sí, temo que no me dé cuenta y lo deje pasar”. Es el Espíritu Santo quien prepara los sentidos para comprender cuándo el Señor nos visita, como lo hizo con Simeón y Ana.

Hoy más que nunca necesitamos esto: necesitamos una vejez dotada de sentidos espirituales vivos y capaz de reconocer los signos de Dios, es más, el Signo de Dios, que es Jesús, un signo que nos pone en crisis, siempre: Jesús nos pone en crisis porque es un “signo de contradicción” (Lc 2,34), pero que nos llena de alegría. Porque la crisis no trae necesariamente tristeza, no: estar en crisis, rindiendo servicio al Señor, muchas veces da paz y alegría. La anestesia de los sentidos espirituales −y esto es malo−, la anestesia de los sentidos espirituales, por la excitación y entumecimiento de los del cuerpo, es un síndrome muy extendido en una sociedad que cultiva la ilusión de la eterna juventud, y su rasgo más peligroso radica en el hecho de que es mayormente inconsciente. No notas que estás anestesiado. Y eso pasa: siempre ha sucedido y sucede en nuestro tiempo. Los sentidos anestesiados, sin comprender lo que pasa; los sentidos interiores, los sentidos del espíritu para comprender la presencia de Dios o la presencia del mal, anestesiados, no distinguen.

Cuando pierdes la sensibilidad del tacto o del gusto, lo notas enseguida. En cambio, la del alma, esa sensibilidad del alma puedes ignorarla durante mucho tiempo, vives sin darte cuenta de que has perdido la sensibilidad del alma. No se trata simplemente de pensar en Dios o en la religión. La insensibilidad de los sentidos espirituales se refiere a la compasión y la piedad, la vergüenza y el remordimiento, la fidelidad y la entrega, la ternura y el honor, la propia responsabilidad y el dolor por el otro. Es curioso: la insensibilidad no te hace entender la compasión, no te hace entender la lástima, no te hace sentir vergüenza ni remordimiento por haber hecho algo malo. Es así: los sentidos espirituales anestesiados confunden todo y uno no siente, espiritualmente, tales cosas. Y la vejez se convierte, por así decirlo, en la primera pérdida, en la primera víctima de esta pérdida de sensibilidad. En una sociedad que ejerce principalmente la sensibilidad por el disfrute, la atención a lo frágil sólo puede venir a menos y prevalecer la competencia de los vencedores. Y así se pierde la sensibilidad. Por supuesto, la retórica de la inclusión es la fórmula ritual de cualquier discurso políticamente correcto. Pero no lleva a una corrección real en las prácticas de convivencia normal: le cuesta crecer en una cultura de la ternura social. No: el espíritu de la fraternidad humana –que me ha parecido necesario relanzar con fuerza– es como un vestido pasado de moda, para admirar, sí, pero... en un museo. Se pierde la sensibilidad humana, se pierden esos movimientos del espíritu que nos hacen humanos.

Es cierto, en la vida real podemos observar, con conmovedora gratitud, a tantos jóvenes capaces de honrar plenamente esta fraternidad. Pero ese es precisamente el problema: hay un desfase, un desfase culpable, entre el testimonio de esta savia de la ternura social y el conformismo que exige a la juventud contarse a sí misma de una forma completamente diferente. ¿Qué podemos hacer para cerrar esa brecha?

Del relato de Simeón y Ana, y también de otras historias bíblicas de ancianos sensibles al Espíritu, hay un indicio oculto que merece ser destacado. ¿En qué consiste la revelación que enciende la sensibilidad de Simeón y Ana? Consiste en reconocer en un hijo, que no han engendrado y al que ven por primera vez, el signo seguro de la visita de Dios. Aceptan que no son protagonistas, sino sólo testigos. Y cuando un individuo acepta no ser el protagonista, pero se involucra como testigo, la cosa va bien: ese hombre o esa mujer está madurando bien. Pero si siempre tiene el deseo de ser protagonista, ese viaje hacia la plenitud de la vejez nunca madurará. La visita de Dios no se encarna en la vida de los que quieren ser protagonistas y nunca testigos, no los pone en escena como salvadores: Dios no se encarna en su generación, sino en la generación venidera. Pierden el espíritu, pierden las ganas de vivir con madurez y, como suele decirse, viven superficialmente. Es la gran generación de los superficiales, que no permiten sentir las cosas con la sensibilidad del espíritu. Pero ¿por qué no lo permiten? En parte por pereza, y en parte porque ya no pueden: lo han perdido. Es malo cuando una civilización pierde la sensibilidad del espíritu. En cambio, es maravilloso cuando encontramos ancianos como Simeón y Ana que conservan esa sensibilidad del espíritu y son capaces de entender las diferentes situaciones, como estos dos entendieron que esa situación que estaba delante de ellos era la manifestación del Mesías. No hay resentimiento ni recriminación, por lo tanto, cuando estoy en este estado de quietud. En cambio, gran emoción y gran consuelo cuando los sentidos espirituales aún están vivos. La emoción y el consuelo de poder ver y anunciar que la historia de su generación no se pierde ni se desperdicia, gracias a un acontecimiento que toma cuerpo y se manifiesta en la siguiente generación. Y esto es lo que siente un anciano cuando sus nietos van a hablar con él: se sienten revividos. “Ah, mi vida sigue aquí”. Es tan importante ir a los ancianos, es tan importante escucharlos. Es muy importante hablar con ellos, porque se produce ese intercambio de civilizaciones, ese intercambio de madurez entre jóvenes y viejos. Y así, nuestra civilización avanza de manera madura.

Sólo la vejez espiritual puede dar este humilde y deslumbrante testimonio, haciéndolo autorizado y ejemplar para todos. La vejez que ha cultivado la sensibilidad del alma apaga toda envidia entre generaciones, todo resentimiento, toda recriminación por un advenimiento de Dios en la generación venidera, que viene acompañada de la despedida de la propia. Y eso es lo que le sucede a un anciano abierto con un joven abierto: se despide de la vida pero entregando –entre comillas– su vida a la nueva generación. Y esta es aquella despedida de Simeone y Anna: “Ya me puedo ir en paz”. La sensibilidad espiritual de los ancianos es capaz de romper la competencia y el conflicto entre generaciones de manera creíble y definitiva. Supera esta sensibilidad: los mayores, con esta sensibilidad, superan el conflicto, van más allá, van a la unidad, no al conflicto. Esto ciertamente es imposible para los hombres, pero es posible para Dios. ¡Y hoy lo necesitamos tanto, la sensibilidad del espíritu, la madurez del espíritu, necesitamos ancianos sabios, maduros en el espíritu que nos den esperanza de vida!

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos francófonos presentes en esta audiencia, en particular a los miembros del Grupo de Amistad Francia-Italia. Reconociendo al Niño que ven por primera vez y que no los ha engendrado, Simeón y Ana aceptan que no son los protagonistas sino testigos discretos y fieles de la venida del Mesías. Sólo la sensibilidad espiritual de la vejez puede dar este humilde y ejemplar testimonio y romper la competencia o los conflictos entre generaciones. ¡Dios os bendiga!

Saludo a los peregrinos de lengua inglesa presentes en la audiencia de hoy, en particular a los de Inglaterra, Dinamarca, Países Bajos, Suecia, Israel y Estados Unidos de América. Deseo a todos que el camino de Cuaresma nos lleve a la celebración de la Pascua con un corazón purificado y renovado por la gracia del Espíritu Santo. Sobre cada uno de vosotros, y sobre vuestras familias, invoco la alegría y la paz en Cristo nuestro Redentor.

Queridos fieles de lengua alemana, en Cuaresma estamos invitados a abrirnos al Señor a través del ayuno y la oración y a ser sensibles a las necesidades de los demás. Os pido que oréis por mí, como yo también rezo por vosotros.

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Teniendo presente el testimonio de Simeón y Ana, pidamos al Espíritu Santo que ilumine nuestros sentidos espirituales para que descubramos los signos de Dios en nuestra vida y seamos testigos alegres de su presencia en medio del mundo. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Queridos fieles de lengua portuguesa y en particular el grupo del Colegio Nuestra Señora de Lourdes, de Oporto, y a los demás grupos de peregrinos de Portugal, ¡bienvenidos! Os saludo a todos cordialmente y encomiendo al buen Dios vuestra vida y la de vuestra familia, invocando para todos los consuelos y las luces del Espíritu Santo para que, superados los pesimismos y desengaños de la vida, franqueéis el umbral de la esperanza que tenemos en Cristo Señor. Cuento con vuestras oraciones. ¡Gracias!

Saludo a los fieles de lengua árabe, en particular a los de Tierra Santa, del colegio de las Hermanas de Nazaret en Haifa. La vejez, que ha cultivado la sensibilidad del alma, extingue todo resentimiento y recriminación entre generaciones por un advenimiento de Dios en la generación siguiente, y es capaz de romper de manera creíble y definitiva la competencia y el conflicto generacional. ¡El Señor os bendiga a todos y os proteja siempre de todo mal!

Saludo cordialmente a todos los polacos. Vuestros mayores pueden enseñar a las generaciones más jóvenes cómo confiar en Dios, cómo ser misericordiosos y orar con fervor no sólo en tiempos de paz, sino especialmente en los difíciles. Os animo, siguiendo su ejemplo, a continuar el camino cuaresmal de conversión para llegar a la celebración de la resurrección del Señor con el corazón renovado. ¡Bendigo de corazón a los aquí presentes y a sus vuestros queridos!

Doy una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. En particular, saludo a la Asociación Nacional de Ayudas al Regadío, a la que animo a continuar con cuidado con la labor de gestión del agua, patrimonio inestimable; saludo a la Unión General del Trabajo, comprometida en la protección de los derechos de los trabajadores; a los representantes de la Armada de Taranto y a la selección nacional de fútbol trasplantados. Un saludo particularmente afectuoso a los niños ucranianos, acogidos por la Fundación “Ayudémoslos a vivir”, a la Asociación “Puer” y a la Embajada de Ucrania ante la Santa Sede. Y con este saludo a los niños, volvamos también nosotros a pensar en esta monstruosidad de la guerra y renovemos nuestras oraciones para que cese esta crueldad salvaje que es la guerra.

Finalmente, como siempre, mi pensamiento se dirige a los ancianos, enfermos, jóvenes y recién casados. En este último tramo del camino cuaresmal, miremos la Cruz de Cristo, máxima expresión del amor de Dios, y esforcémonos por estar siempre cerca de los que sufren, de los que están solos, de los débiles que sufren violencia y no tienen quien los defienda.

Llamamiento

Queridos hermanos y hermanas, el próximo sábado y domingo iré a Malta. En esa tierra luminosa seré peregrino tras las huellas del apóstol Pablo, que allí fue acogido con gran humanidad después de haber naufragado en el mar camino de Roma. Este Viaje Apostólico será, pues, una oportunidad para ir a las fuentes del anuncio del Evangelio, para conocer personalmente a una comunidad cristiana con una historia milenaria y viva, para encontrar a los habitantes de un país situado en el centro del Mediterráneo y en el sur del continente europeo, hoy aún más comprometido en acoger a tantos hermanos y hermanas en busca de refugio. Desde ahora saludo de corazón a todos los malteses: que tengáis un buen día. Agradezco a todos los que han trabajado mucho para preparar esta visita y pido a todos que me acompañen con la oración. ¡Gracias!

Fuente: vatican.va / romereports.com

Traducción de Luis Montoya