Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

11 noviembre 2018

Presentada una nueva semblanza de Guadalupe Ortiz de Landázuri

+Info en https://opusdei.org/es-es/article/gua...

El libro ‘La libertad de amar’ bucea en las cartas, diarios y agendas
personales de Guadalupe Ortiz de Landázuri para arrojar luz sobre la
personalidad de la futura beata, que será elevada a los altares el
próximo 18 de mayo.

09 noviembre 2018

PELICULA DE LA SEMANA (9Nov): Bohemian Rhapsody

(Cfr. www.almudi.org)


Bohemian Rhapsody


Reseña: 

Una rotunda y sonora celebración de Queen, de su música y de su extraordinario cantante Freddie Mercury, que desafió estereotipos e hizo añicos tradiciones para convertirse en uno de los artistas más queridos del mundo. La película plasma el meteórico ascenso al olimpo de la música de la banda a través de sus icónicas canciones y su revolucionario sonido, su crisis cuando el estilo de vida de Mercury estuvo fuera de control, y su triunfal reunión en la víspera del Live Aid, en la que Mercury, ya gravemente enfermo, lidera a la banda en uno de los conciertos de rock más grandes de la historia.
Veremos cómo se cimentó el legado de una banda que siempre se pareció más a una familia, y que continúa inspirando a propios y extraños, soñadores y amantes de la música hasta nuestros días.
Freddie Mercury murió a los 45 años de una neumonía provocada por el SIDA, después de una vida lleno de excesos –drogas, alcohol, promiscuidad homosexual– que sólo le trajeron soledad. El guión de McCarten incide especialmente en este punto, de manera que pinta el interior del cantante como un agujero negro –¡cuánto patetismo hay en la escena del juego de luces en la distancia!–, un vacío que él intentaba llenar con todo tipo de distracciones: gente, gatos, objetos, fiestas.
Sin embargo, ese no querer centrarse en los demonios interiores y exteriores del artista favorece que la película ponga el foco en el desarrollo musical de la banda. Quizás la decepción del espectador que espera una película de Mercury… es que se encuentra con una película de Queen.
Musicalmente Bohemian Rhapsody es una pasada. Bryan Singer se luce sin duda en la planificación de algunos momentos puntuales, como por ejemplo el que narra la composición de We Will Rock You en el estudio. Pero sin duda se llevan la palma las escenas de los conciertos. Hay que tener en cuenta que Queen es probablemente el grupo que mejor ha sabido conectar con el público en el escenario.
Y aunque el conjunto pueda tener algún leve altibajo, la última media hora de película es sencillamente apoteósica. Para muchos espectadores será una experiencia profundamente nostálgica (pueden caer algunas lágrimas, qué duda cabe), para otros es una oportunidad de oro para descubrir (o redescubrir) a uno de los grupos de rock and roll más legendarios de la historia. (Almudí JD). Decine21: AQUÍ

LIBRO SEMANA (9 Nov):

(Cfr. www.criteriaclub.es)

 
  Dentro de la caja del violín 
 


“Allí, a mi espalda, en la puerta de aquella iglesia cristiana, llena en su interior de un templo budista, se formó un corro de orientales que susurraban en su idioma. Me miraban y señalaban con el dedo, hacia el otro grupo de ciudadanos que rodeaban al recién fallecido”.

PRECIO
15,00 €


Papa Francisco: Septimo Mandamiento: No robarás

(Cfr. www.almudi.org)



El Santo Padre ha explicado en su catequesis de hoy, durante la Audiencia general, el séptimo Mandamiento; “No robar”

 

Texto de la catequesis del Papa en español

Queridos hermanos y hermanas:
Hoy reflexionamos sobre el séptimo mandamiento del decálogo: «No robarás». Lo primero que nos viene a la mente es el tema de la sustracción o retención ilícita de los bienes ajenos, y el debido respeto a la propiedad de los demás. En toda cultura, robar es inaceptable, pues todas defienden el derecho a poseer bienes.
La sabiduría cristiana nos dice que, por voluntad divina, los frutos de la creación están destinados a todo el género humano. El destino universal de los bienes y su distribución justa es anterior al derecho a la propiedad privada, que debe estar en función de las necesidades primarias del hombre.
El mundo es rico en recursos para asegurar a todos el acceso a los bienes fundamentales; sin embargo, muchos viven en una situación de pobreza escandalosa. Y los recursos naturales mal usados, se van deteriorando y destruyendo. La propiedad, muy en especial cuando afecta los recursos naturales, debe estar siempre al servicio de las necesidades de los pueblos. No podemos considerarnos dueños absolutos de las cosas.
En sentido positivo, «no robarás» significa que el Señor nos llama a ser administradores responsables de su Providencia, a aprender a multiplicar con creatividad los bienes que poseemos para usarlos con generosidad en favor de nuestro prójimo, y de este modo crecer en la caridad y en la libertad.

Texto completo de la catequesis del Papa traducida al español

Continuando con la explicación del Decálogo, hoy llegamos a la Séptima Palabra: «No robarás». Al escuchar este mandamiento pensamos en el tema del robo y del respeto a la propiedad ajena. No existe cultura en la que el robo y la prevaricación de los bienes sean lícitos; la sensibilidad humana es muy susceptible en la defensa de la propiedad privada. Pero vale la pena abrirnos a una lectura más amplia de esta Palabra, centrando el tema de la propiedad de los bienes a la luz de la sabiduría cristiana.
En la doctrina social de la Iglesia se habla de destino universal de los bienes. ¿Qué significa? Escuchemos qué dice el Catecismo: «Al comienzo Dios confió la tierra y sus recursos a la administración común de la humanidad para que tuviera cuidado de ellos, los dominara mediante su trabajo y se beneficiara de sus frutos. Los bienes de la creación están destinados a todo el género humano» (n. 2402). Y sigue: «El destino universal de los bienes continúa siendo primordial, aunque la promoción del bien común exija el respeto de la propiedad privada, de su derecho y de su ejercicio» (n. 2403)[1].
Pero la Providencia no ha dispuesto un mundo “en serie”; hay diferencias, condiciones diversas, culturas distintas…, y así se puede vivir proveyendo los unos a los otros. El mundo es rico en recursos para asegurar a todos los bienes primarios. Sin embargo, muchos viven en una escandalosa indigencia y los recursos, usados sin criterio, se van deteriorando. ¡Pero el mundo es uno solo! ¡La humanidad es una sola![2] La riqueza del mundo, hoy, está en manos de la minoría, de pocos, y la pobreza, es más la miseria y el sufrimiento, en manos de tantos, de la mayoría.
¡Si en la tierra hay hambre no es porque falte comida! Es más, por las exigencias del mercado se llega a veces a destruirla, se tira. Lo que falta es un espíritu empresarial libre y con visión de futuro, que asegure una adecuada producción, y un enfoque solidario, que asegure una equitativa distribución. Dice también el Catecismo: «El hombre, al servirse de esos bienes, debe considerar las cosas externas que posee legítimamente no sólo como suyas, sino también como comunes, en el sentido de que puedan aprovechar no sólo a él, sino también a los demás» (n. 2404). Toda riqueza, para ser buena, debe tener una dimensión social.
En esa perspectiva aparece el significado positivo y amplio del mandamiento «no robarás». «La propiedad de un bien hace de su dueño un administrador de la providencia» (ibíd.). Nadie es dueño absoluto de los bienes: es un administrador de los bienes. La posesión es una responsabilidad: “Pero yo soy rico en todo…”: eso es una responsabilidad que tienes. Y todo bien sustraído a la lógica de la Providencia de Dios es traicionado, es traicionado en su sentido más profundo. Lo que poseo de verdad es lo que sé dar. Esa es la medida para valorar cómo consigo gestionar las riquezas, si bien o mal; esta palabra es importante: lo que poseo de verdad es lo que sé dar. Si sé dar, estoy abierto, entonces soy rico no solo en lo que poseo, sino también en la generosidad, generosidad también como un deber de dar la riqueza, para que todos la participen. Así pues, si no logro dar algo es porque esa cosa me posee, tiene poder sobre mí y soy esclavo. La posesión de los bienes es una ocasión para multiplicarlos con creatividad y usarlos con generosidad, y así crecer en la caridad y en la libertad.
Cristo mismo, a pesar de ser Dios, «no consideró un privilegio ser como Dios, sino que se anonadó a sí mismo» (Fil 2,6-7) y nos ha enriquecido con su pobreza (cfr. 2Cor 8,9). Mientras la humanidad se afana en tener más, Dios la redime haciéndose pobre: ese Hombre Crucificado ha pagado por todos un rescate inestimable por parte de Dios Padre, «rico en misericordia» (Ef 2,4; cfr. Sant 5,11). Lo que nos hace ricos no son los bienes sino el amor. Tantas veces hemos oído lo que el pueblo de Dios dice: “El diablo entra por los bolsillos”. Se empieza con el amor al dinero, el hambre de poseer; luego viene la vanidad: “Yo soy rico y me glorío”; y, al final, el orgullo y la soberbia. Ese es el modo de actuar del diablo en nosotros. Pero la puerta de entrada son los bolsillos.
Queridos hermanos y hermanas, una vez más Jesucristo nos desvela el sentido pleno de las Escrituras. «No robarás» quiere decir: ama con tus bienes, aprovecha tus medios para amar como puedas. Entonces tu vida será buena y la posesión será de verdad un don. Porque la vida no es el tiempo para poseer sino para amar. Gracias.

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos francófonos, en particular al Collège Fénelon-Sainte Marie de Paris. Nuestra vida no está hecha para poseer, sino para amar. Esforcémonos, hermanos y hermanas, en hacer el bien, los más posible, con los bienes que poseamos. Nuestra vida será buena y nuestros bienes serán un don para todos. ¡Dios os bendiga!
Saludo a los peregrinos de lengua inglesa presentes en la Audiencia de hoy, especialmente a los que vienen de Dinamarca, Japón, Filipinas y Estados Unidos de América. Dirijo un saludo particular a los participantes en la primera Conferencia Internacional de los Hombres, que se tiene en Roma en estos días. Sobre todos vosotros y vuestras familias invoco la alegría y la paz del Señor. ¡Dios os bendiga!
Con afecto saludo a los peregrinos de lengua alemana, en particular a los Amigos del Archivo Secreto Vaticano de Bamberg y a la comunidad de la Mädchenrealschule Volkach. Que el Señor os dé la riqueza y la alegría de una vida gastada en el espíritu del don de sí y de cuanto se posee. Compartir nuestros bienes con los demás no nos hace pobres, sino ricos de lo que cuenta de verdad, ricos de amor. ¡Que el Señor os bendiga!
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española venidos de España y Latinoamérica. Que el Señor Jesús nos conceda entender que la vida no es un tiempo para poseer sino para amar con nuestros bienes, porque solo tenemos aquello que sabemos donar. Que la Virgen María nos ampare e interceda por nosotros. Muchas gracias.
De corazón saludo a los varios grupos de Brasil y Portugal, junto a todos los peregrinos de lengua portuguesa: gracias por vuestra presencia, y sobre todo por vuestras oraciones. A la Virgen María encomiendo vuestros pasos, dirigidos al servicio del crecimiento en la dignidad humana y divina de nuestros hermanos y hermanas. Que sobre vosotros y vuestras familias descienda la Bendición del Señor.
Dirijo una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua árabe, en particular a los provenientes del Medio Oriente. Queridos hermanos y hermanas, amad con vuestros bienes, aprovechad vuestros medios para amar como podáis. Porque la vida no es el tiempo para poseer, sino para amar. ¡Que el Señor os bendiga!
Saludo cordialmente a los peregrinos polacos. Queridos hermanos y hermanas, el próximo domingo se celebra el primer Centenario de la independencia de Polonia. En esa ocasión me uno a vosotros y a todos vuestros paisanos en la oración de acción de gracias. Espero que el pueblo polaco pueda vivir el don de la libertad en paz y prosperidad, construyendo para la patria un futuro feliz, en la unión basada en la herencia espiritual de los abuelos y en el amor fraterno. ¡Que os acompañe siempre la protección de María Reina de Polonia y la bendición de Dios!
Dirijo una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. Me alegra recibir a las Hermanas Apóstoles del Sagrado Corazón de Jesús, con los laicos colaboradores; a los grupos parroquiales, especialmente al de Andria, y a la Facultad de Derecho Canónico “San Pío X”, de Venecia, en el 10° aniversario de su erección, acompañada por el Patriarca, Mons. Francesco Moraglia. Saludo al Centro nacional de coordinación de las máscaras italianas; a la Asociación Camino de los vinos y sabores de las Colinas de Forlì y Cesena; a la Asociación “La casa volante” de Gazzo Veronese; al Instituto de San Marco dei Cavoti y al grupo de estudiantes de “Azuolynas” de Klaipeda.
Un pensamiento particular dirijo a los jóvenes, ancianos, enfermos y recién casados. Pasado mañana celebraremos la Dedicación de la Basílica Lateranense, la Catedral del Obispo de Roma. Rezad por mí, para que confirme siempre a los hermanos en la fe.
Traducción de Luis Montoya.

[1] Cfr. Enc. Laudato si’, 67: «Cada comunidad puede tomar de la bondad de la tierra lo que necesita para su supervivencia, pero también tiene el deber de protegerla y de garantizar la continuidad de su fertilidad para las generaciones futuras. Porque, en definitiva, «la tierra es del Señor» (Sal 24,1), a él pertenece «la tierra y cuanto hay en ella» (Dt 10,14). Por eso, Dios niega toda pretensión de propiedad absoluta: «La tierra no puede venderse a perpetuidad, porque la tierra es mía, y vosotros sois forasteros y huéspedes en mi tierra» (Lv 25,23)».
[2] Cfr. San Pablo VI, Enc. Populorum progressio, 17: «Pero cada uno de los hombres es miembro de la sociedad, pertenece a la humanidad entera. Y no es solamente este o aquel hombre sino que todos los hombres están llamados a este desarrollo pleno. Las civilizaciones nacen, crecen y mueren. Pero como las olas del mar en el flujo de la marea van avanzando, cada una un poco más, en la arena de la playa, de la misma manera la humanidad avanza por el camino de la historia. Herederos de generaciones pasadas y beneficiándonos del trabajo de nuestros contemporáneos, estamos obligados para con todos y no podemos desinteresarnos de los que vendrán a aumentar todavía más el círculo de la familia humana. La solidaridad universal, que es un hecho y un beneficio para todos, es también un deber».

Meditación Domingo 32º t.o. (B)

(Cfr. www.almudi.org)

 
El valor de la limosna
«Y (Jesús), enseñándoles, decía: Guardaos de los escribas, que les gusta pasear con vestidos lujosos y que los saluden en las plazas, y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; que devoran las casas de las viudas mientras fingen largas oraciones; éstos recibirán un juicio más severo.
Sentado Jesús frente al gazofilacio (cepillo de templo), miraba cómo la gente echaba en él monedas de cobre, y bastantes ricos echaban mucho. Y al llegar una viuda pobre, echó dos monedas, que hacen la cuarta parte del as. Llamando a sus discípulos, les dijo: En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más en el gazofilacio que todos los otros, pues todos han echado algo de lo que les sobraba; ella, en cambio, en su necesidad, ha echado todo lo que tenía, todo su sustento» (Marcos 12,38-44).

I. La liturgia de este domingo nos presenta la generosidad de dos mujeres que merecieron ser alabadas por Dios. En la Primera lectura leemos cómo Elías pidió de comer a una viuda que encontró a las puertas de Sarepta. Eran días de sequía y de hambre, pero aquella mujer compartió con el Profeta lo que le quedaba, hasta el último puñado de harina, y confió en las palabras de aquel hombre de Dios: La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra. Y así sucedió. Tuvo luego el honor de ser recordada por Jesús.

El Evangelio de la Misa nos presenta al Señor sentado ante el cepillo de las ofrendas para el Templo. Observaba cómo las gentes depositaban allí su limosna y bastantes ricos echaban mucho. Entonces se acercó una viuda pobre y echó dos monedas, que hacen la cuarta parte de un as. Se trataba de dos monedas de escaso valor. Su importancia desde un punto de vista contable era mínima, pero para Jesús fue muy grande. Mientras se marchaba congregó a sus discípulos y, señalándola, dijo: En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos los otros, pues todos han echado algo que les sobraba; ella, en cambio, en su necesidad, ha echado todo lo que tenía, todo su sustento. El Señor alaba en esta mujer la generosidad de las limosnas destinadas al culto y toda dádiva que nace de un corazón recto y generoso, que sabe dar incluso aquello de que tiene necesidad. Más que en la cantidad misma, Jesús se fija en las disposiciones interiores que mueven a obrar; no mira tanto «la cantidad que se le ofrece, sino el afecto con que se le ofrece».

La limosna, no sólo de lo superfluo sino también de lo necesario, es una obra de misericordia gratísima al Señor, que no deja nunca de recompensar. «Jamás será pobre una casa caritativa», solía repetir el santo Cura de Ars. Su práctica habitual resume y manifiesta otras muchas virtudes, y atrae la benevolencia divina. En la Sagrada Escritura es vivamente recomendada: Nunca temas dar limosna ‑se lee en el libro de Tobías‑ porque de ese modo atesoras una buena reserva para el día de la necesidad. Porque la limosna libra de la muerte e impide caer en las tinieblas. Es un don valioso para cuantos la practican en presencia del Altísimo. Si alguno no entendiera esta obligación o se resistiera a cumplirla se expondría a reproducir en su vida la triste figura de aquel mal rico que, ocupado sólo en sí mismo y apegado desordenadamente a sus bienes, no acertó a ver que el Señor puso al pobre Lázaro cerca de él para que le socorriera con sus bienes.

¡Con qué alegría volvería aquella mujer a su casa, después de haber dado todo lo que tenía! ¡Qué sorpresa la suya cuando, en su encuentro con Dios después de esta vida, pudo ver la mirada complacida de Jesús aquella mañana en que hizo su ofrenda! Cada día esta mirada de Dios se posa sobre nuestra vida.

II. La limosna brota de un corazón misericordioso que quiere llevar un poco de consuelo al que padece necesidad, o contribuir con esos medios económicos al sostenimiento de la Iglesia y de aquellas obras buenas dirigidas al bien de la sociedad. Esta práctica lleva al desprendimiento y prepara el corazón para entender mejor los planes de Dios. Esta disposición del alma «lleva a ser muy generosos con Dios y con nuestros hermanos; a moverse, a buscar recursos, a gastarse para ayudar a quienes pasan necesidad. No puede un cristiano conformarse con un trabajo que le permita ganar lo suficiente para vivir él y los suyos: su grandeza de corazón le impulsará a arrimar el hombro para sostener a los demás, por un motivo de caridad, y por un motivo de justicia».

Los primeros cristianos manifestaron su amor a los demás viviendo con especial esmero la preocupación por atender las necesidades materiales de sus hermanos. De ahí las innumerables referencias que encontramos en los Hechos de los Apóstoles y en las Epístolas de San Pablo sobre el modo de vivir esta obra de misericordia. Hasta se sugiere la manera concreta de llevarla a cabo: El día primero de la semana, separe cada uno de vosotros lo que le parezca bien..., escribe San Pablo a los cristianos de Corinto. No sólo daban de lo que les sobraba: en muchos casos ‑como ocurría en Macedonia‑ pasaban entonces por duros momentos económicos. El Apóstol no deja de alabarlos, pues en medio de una gran tribulación con que han sido probados, su rebosante gozo y su extrema pobreza se desbordaron en tesoros de generosidad; porque doy testimonio de que según sus posibilidades, y aun por encima de ellas, nos pidieron con mucha insistencia la gracia particular de participar en el servicio de los santos. Y no sólo contribuyeron con generosidad en la colecta en favor de los cristianos de Jerusalén, sino que se dieron a sí mismos, primeramente al Señor y luego, por voluntad de Dios, a nosotros. Quizá se refiere San Pablo a la entrega generosa a la evangelización de sus colaboradores más leales. Comentando este pasaje, Santo Tomás afirma que «así debe ser el orden en el dar: que primero el hombre sea acepto a Dios, porque si no es grato a Dios, tampoco serán recibidos sus dones». La limosna, en cualquiera de sus formas, es expresión de nuestra entrega y de nuestro amor al Señor, que han de ir por delante. Dar y darse no depende de lo mucho o de lo poco que se posea, sino del amor a Dios que se lleva en el alma. «Nuestra humilde entrega ‑insignificante en sí, como el aceite de la viuda de Sarepta o el óbolo de la pobre viuda‑ se hace aceptable a los ojos de Dios por su unión a la oblación de Jesús».

III. La limosna atrae la bendición de Dios y produce abundantes frutos: cura las heridas del alma, que son los pecados; es «defensa de la esperanza, tutela de la fe, medicina del pecado; está al alcance de quien la quiere efectuar, grande y fácil a la vez, sin peligro de que nos persigan por ella, corona de la paz, verdadero y máximo don de Dios, necesaria para los débiles, gloriosa para los fuertes. Con ella el cristiano alcanza la gracia espiritual, consigue el perdón de Cristo juez y cuenta a Dios entre sus deudores».

La limosna ha de ser hecha con rectitud de intención, mirando a Dios, como aquella viuda de la que nos habla Jesús en el Evangelio; con generosidad, con bienes que muchas veces nos serían precisos, pero que son más necesarios a otros; evitando ser mezquinos o tacaños «con quien tan generosamente se ha excedido con nosotros, hasta entregarse totalmente, sin tasa. Pensad ¿cuánto os cuesta ‑también económicamente‑ ser cristianos?». La limosna debe nacer de un corazón compasivo, lleno de amor a Dios y a los demás. Por eso, por encima del valor material de los bienes que compartimos, está el espíritu de caridad con que realizamos la limosna, que se manifestará en la alegría y generosidad al practicarla. Así, aunque no dispongamos de muchos bienes, haremos realidad las palabras de San Pablo que hoy recoge la Liturgia de las Horas: Con la fuerza de Dios, somos los afligidos siempre alegres, los pobres que enriquecen a muchos, los necesitados que todo lo poseen. No demos nunca con mala gana o con tristeza, porque Dios ama al que da con alegría.

Dios premiará con creces nuestra generosidad. Lo que hayamos aportado a los demás en tiempo, dedicación, bienes materiales..., el Señor nos lo devolverá aumentado. Os digo esto: quien siembra escasamente, escasamente cosechará; y quien siembra copiosamente, copiosamente cosechará. Así multiplicó Dios los pocos bienes que la viuda de Sarepta puso a disposición de Elías, y los panes y los peces que un muchacho entregó a Jesús, y que quizá tenía previsoramente reservados para aquella necesidad... «Esto dice tu Señor (...): Me diste poco, recibirás mucho; me diste bienes terrenos, te los devolveré celestiales; me lo diste temporales, los recibirás eternos...». Con gran verdad afirma Santa Teresa que «aun en esta vida los paga Su Majestad por unas vías que sólo quien goza de ello lo entiende».

Pidamos a Nuestra Señora que nos conceda un corazón generoso que sepa dar y darse, que no escatime tiempo, ni bienes económicos, ni esfuerzo... a la hora de ayudar a otros y a esas empresas apostólicas en bien de los demás. El Señor nos mirará desde el Cielo con amor compasivo, como miró a la mujer pobre que se acercó aquella mañana al cepillo del Templo.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

Homilía Domngo 32º t,o, (B)

(Cfr. www.almudi.org)

 

(1 Re 17,10-16) "Ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó"
(Hb 9,24-28) "Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos"
(Mc 12,38-44) "Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie"
Homilía I con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la Parroquia de San Rafael (11-XI-1979)

 En la lectura a la Carta a los Hebreos...He aquí que Cristo, Sacerdote de la nueva y eterna Alianza, entra en el santuario eterno «para comparecer ahora en la presencia de Dios a favor nuestro» (Hb 9,24). Entra para ofrecer continuamente por la humanidad el Sacrificio único, que ha ofrecido una sola vez “para destruir el pecado por el sacrificio de sí mismo” (Hb 9,26).
Todos nosotros participamos en este único Santo Sacrificio.
Todos nosotros tenemos parte en el único y eterno sacerdocio de Cristo, Hijo de Dios.
Todos nosotros tenemos parte en la misión sacerdotal, profética y real (pastoral) de Cristo, como nos enseña el Concilio Vaticano II; para que, ofreciendo junto con Él y por Él nuestros dones espirituales, podamos entrar con Él y por Él en el santuario eterno de la Majestad Divina, el santuario que Él ha preparado para nosotros como «casa del Padre» (Jn 14,2).

Para llegar a la casa del Padre debemos dejarnos guiar por la verdad, que Jesús ha expresado en su vida y en su doctrina. Es verdad rica y universal. Desvela ante los ojos de nuestra alma los amplios horizontes de las grandes obras de Dios. Y, al mismo tiempo, desciende tan profundamente a los misterios del corazón humano, como sólo la Palabra de Dios puede hacerlo. Uno de los elementos de esta verdad es el que parece recordarnos la liturgia de hoy con un acento especial:

“Bienaventurado los pobres de espíritu, porque suyo es el reino de los cielos” (Mt 5,3).
Se puede decir que la liturgia de este domingo ilustra de manera especialmente sugestiva esta primera bienaventuranza del sermón de la montaña, permitiéndonos penetrar a fondo en la verdad que contiene. Efectivamente, nos habla en la primera lectura de la viuda pobre de los tiempos de Elías, que habitaba en Sarepta de Sidón. Poco después nos habla de otra viuda pobre de los tiempos de Cristo, que ha entrado en el atrio del templo de Jerusalén. Una y otra han dado todo lo que podían. La primera dio a Elías el último puñado de harina para hacer una pequeña torta. La otra echó en el tesoro del templo dos leptos, y estos dos leptos constituían todo “lo que tenía” (Mc 12,44). La primera no queda defraudada porque, conforme a la predicción de Elías, “no faltó la harina de la tinaja, hasta que el Señor hizo caer la lluvia sobre la tierra” (cfr. 1 Re 17,14). La segunda pudo escuchar las alabanzas más grandes de labios de Cristo mismo.

Mediante esas dos viudas se desvela el verdadero significado de esa pobreza de espíritu, que constituye el contenido de la primera bienaventuranza en el sermón de la montaña. Esto puede sonar a paradoja, pero esta pobreza esconde en sí una riqueza especial. Efectivamente, rico no es el que tiene, sino el que da. Y da no tanto lo que posee, cuanto a sí mismo. Entonces, él puede dar aun cuando no posea. Aun cuando no posea, es por lo tanto rico.

El hombre, en cambio, es pobre, no porque no posea, sino porque está apegado -y especialmente cuando está apegado espasmódica y totalmente- a lo que posee. Esto es, está apegado de tal manera que no se halla en disposición de dar nada de sí. Cuando no está en disposición de abrirse a los demás y darse a sí mismo. En el corazón del rico todos los bienes de este mundo están muertos. En el corazón del pobre, en el sentido en que hablo, aun los bienes más pequeños reviven y se hacen grandes.

Ciertamente en el mundo mucho ha cambiado desde que Cristo pronunció la bienaventuranza de los pobres de espíritu en el sermón de la montaña. Los tiempos en que vivimos son bien diversos de los de Cristo. Vivimos en otra época de la historia de la civilización, de la técnica, de la economía. Sin embargo, las Palabras de Cristo nada han perdido de su exactitud, de su profundidad, de su verdad. Más aún, han adquirido un nuevo alcance.

Hoy no sólo es necesario juzgar con la verdad de estas Palabras de Cristo el comportamiento de una viuda pobre y de sus contemporáneos, sino que es necesario juzgar con esta verdad todos los sistemas y regímenes económico-sociales, las conquistas técnicas, la civilización del consumo y al mismo tiempo toda la geografía de la miseria y del hambre, inscrita en la estructura de nuestro mundo.
Y así, como en los tiempos del sermón de la montaña, También hoy cada uno de nosotros debe juzgar con la verdad de las Palabras de Cristo sus obras y su corazón.

Catequesis en español del Papa Francisco 07/11/2018 HD

La mañana de este 7 de noviembre, el Santo Padre encontró en la Plaza de
San Pedro a miles de peregrinos y fieles de Italia y de otros muchos
países, e impartió su catequesis dedicada al 7º mandamiento: “No
robarás”, a la luz del pasaje bíblico de la Primera carta de San Pablo a
Timoteo, siguiendo su ciclo de reflexiones sobre los mandamientos en la
Audiencia General. La propiedad, muy en especial cuando afecta los
recursos naturales, “debe estar siempre al servicio de las necesidades
de los pueblos”, señaló el Papa Francisco. “No podemos considerarnos
dueños absolutos de las cosas”. En los saludos a los fieles de lengua
española el Papa pidió “que la Virgen María nos ampare e interceda por
nosotros”.

Catequesis en español del Papa Francisco 07/11/2018 HD

La mañana de este 7 de noviembre, el Santo Padre encontró en la Plaza de
San Pedro a miles de peregrinos y fieles de Italia y de otros muchos
países, e impartió su catequesis dedicada al 7º mandamiento: “No
robarás”, a la luz del pasaje bíblico de la Primera carta de San Pablo a
Timoteo, siguiendo su ciclo de reflexiones sobre los mandamientos en la
Audiencia General. La propiedad, muy en especial cuando afecta los
recursos naturales, “debe estar siempre al servicio de las necesidades
de los pueblos”, señaló el Papa Francisco. “No podemos considerarnos
dueños absolutos de las cosas”. En los saludos a los fieles de lengua
española el Papa pidió “que la Virgen María nos ampare e interceda por
nosotros”.

Ángelus del 04/11/2018 HD

En su reflexión al mediodía de este 4 de noviembre ante miles de fieles
presentes en la Plaza de San Pedro antes del rezo del Ángelus, el Papa
Francisco explicó cómo se ama a Dios y al prójimo, un mandato de Cristo
que caracteriza a los discípulos del Señor. “Sería ilusorio pretender
amar al prójimo sin amar a Dios y sería también ilusorio pretender amar a
Dios sin amar al prójimo. Las dos dimensiones (…) caracterizan al
discípulo de Cristo” y “son inseparables. De hecho, se sostienen una a
la otra”, dijo el Papa desde una de las ventanas del Palacio Apostólico
en un lluvioso domingo romano.

08 noviembre 2018

Al servicio de la paz – El Video del Papa 11 – Noviembre 2018

Noviembre 2018. El Video del Papa: Paz. Tres letras que algunos usan
como lo más normal y que otros hace años que no viven. Porque en muchos
lugares del mundo no es una realidad: es sólo un deseo para miles de
personas que sufren por su ausencia. Pensemos más que en esas tres
letras , en lo que significan. Recemos y trabajemos para conseguir la
verdadera paz.

“Todos queremos la paz. Y, más que nadie, los que sufren por su
ausencia.

Recordemos que Jesús también vivió en tiempos de violencia. Y Él nos
enseñó que la verdadera paz está en el corazón humano.