Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

20 enero 2017

LIBRO DE LA SEMANA (20 Ene): El perro de Ben

(Cfr. www.almudi.org)

 
  El perro de Ben

Segunda entrega de la trilogía TODOS LO HICIERON MAL
 
PRECIO
15,00 €


PELICULA DE LA SEMANA (20 Ene): La ciudad de las estrellas (La La Land)

(Cfr. www.almudi.org)

  
La ciudad de las estrellas (La La Land)

Contenidos: ---

Dirección: Damien Chazelle. País: USAAño: 2016. Duración: 128 min. Género: Comedia dramáticamusicalromance. Interpretación: Emma Stone, Ryan Gosling, Finn Wittrock, Rosemarie DeWitt, J.K. Simmons. Música: Justin Hurwitz. Estreno en España: 13 Enero 2017.

Reseña: 
Triunfador en los Globos de Oro, este delicioso musical saca a relucir lo mejor del género a través de una sencilla historia de amor que invita a reflexionar sobre el precio de la fama. El libreto -aparentemente sencillo- es magnífico, Ryan Gosling y Emma Stone están como nunca y la banda sonora de Justin Hurwitz es impecable.Delicioso...
La película empieza como todo en Los Ángeles: en la autopista. Aquí es donde Sebastian (Ryan Gosling) conoce a Mia (Emma Stone), gracias a un desdeñoso claxon en medio de un atasco, que refleja a la perfección el estancamiento de sus respectivas vidas. Los dos están centrados en las esperanzas habituales que ofrece la ciudad. Sebastian intenta convencer a la gente en pleno siglo XXI de que les guste el jazz tradicional y Mia solo quiere acabar por una vez una prueba de casting sin que la interrumpan con un "gracias por venir". Ninguno de los dos imagina que su inesperado encuentro les va a llevar por un camino que jamás habrían podido recorrer solos.
La cinta es un musical como los de antes, con coreografías y planteamientos que hacen pensar en Vincente Minnelli, Stanley Donen, Gene Kelly, Jerome Robbins y Jacques Demy, pero con personalidad propia. Lo que se nota sobre todo en la inclusión, con gran naturalidad, del jazz, y del uso de ruidos cotidianos que enlazan con los temas musicales, como en el memorable arranque, un largo plano secuencia en una autopista de Los Ángeles, que hace pensar en filmes como West Side Story.
La música de Justin Hurwitz es fantástica, con maravillosas canciones, algunas interpretadas por la pareja protagonista, Emma Stone y Ryan Gosling encantadores, en verdadero estado de gracia.
Llama la atención como se manejan los sentimientos agridulces y decididamente románticos, en una trama sencilla, donde hay espacio para el drama y el humor evitando las estridencias y salidas de tono, en que se habla de la importancia de tener sueños y poner medios para hacerlos realidad arriesgando, pero aceptando, también, la realidad de la vida, las sendas que acabamos escogiendo con sus consecuencias. (Almudí JD). Decine21: AQUÍ

Millenials: Una generación ... ¿perdida?

(Cfr. www.almudi.org)


 
¿Eligieron que se les educara entre algodones, evitando la más mínima frustración, y desconectados de la realidad?
Se acusa de muchas cosas a los jóvenes de hoy: que si sólo tienen en cuenta sus derechos, que si buscan satisfacción en todo aquí y ahora, que si tienen alergia al compromiso, que si “viven” en las redes sociales… pero, ¿por qué son así? ¿Es que son peores personas que las generaciones anteriores?
¿No será más bien un producto de la sociedad que hemos creado entre todos? ¿No son, en realidad, personas mucho más frágiles, a las que les faltan habilidades sociales porque se les ha puesto en las manos un dispositivo electrónico antes que enseñarles a interactuar con los demás, que no han sido educadas para las cosas que duran y para la resistencia al fracaso? ¿Tienen, en realidad, la culpa ellos?

Meditación Domingo 3 t.o. (A)

(Cfr. www.almudi.org)

 
 
 
«Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió   lo que había dicho el profeta Isaías: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló.» Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: -«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.» Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: -«Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres.» Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo»(Mateo 4,12-23).  

1. Jesús, tras enterarse de que habían arrestado al Bautista, se retira primero a Nazaret y desde allí baja a Cafarnaún, pues su predicación había enfurecido a la gente de Nazaret. Galilea era considerada por Judea «región de los gentiles» y alguno preguntó: -«¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1,46).
Haced penitencia y creed en el Evangelio.» Para esa conversión necesito hacer oración. «En la oración tiene lugar la conversión del alma hacia Dios, y la purificación del corazón»(San Agustín). La escucha de la Palabra nos abre al Evangelio vivo, como pedimos en la Colecta: “Dios eterno y todopoderoso: conduce nuestra vida por el camino de tus mandamientos, para que, unidos a tu Hijo amado, podamos producir frutos abundantes”, ser «pescador de hombres»en mi familia, en mi trabajo, entre mis amigos y conocidos.
Que no dude, que no me quede en mi barca -en mi vida, en mis cosas-; que te siga de cerca. Y entonces, me enseñarás a vivir lo ordinario -mi vida ordinaria- de modo extraordinario. Dios llama personalmente, por su nombre, a cada hombre; pero, desde el principio, “fue voluntad de Dios santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sino constituyendo un pueblo que le confesara en verdad y le sirviera santamente” (Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 9). Este nuevo pueblo “es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo; tiene por ley el nuevo mandato del amor, como el mismo Cristo nos amó a nosotros (cfr. Jn 13, 34); y tiene como fin el dilatar más y más el reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra” (id). “Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo adquirido en propiedad, para que pregonéis las maravillas de Aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable: los que un tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios; los que antes no habíais alcanzado misericordia, ahora habéis alcanzado misericordia” (1 Pdr 2,9-10). De esta manera pueden convertir todas sus actividades en sacrificios espirituales, agradables a Dios. Los fieles participan en la misión de Cristo y, así, impregnan su propia vida en medio del mundo, y el mundo mismo, con el espíritu de su Señor. Sus oraciones, la vida familiar y social, sus iniciativas apostólicas, el trabajo y el descanso, y las mismas pruebas y contradicciones de la vida, se convierten en una ofrenda santa que llega hasta Dios principalmente en la Santa Misa, “centro y raíz de la vida espiritual del cristiano” (J. Escrivá).
“Su tarea principal e inmediata no es establecer y desarrollar la comunidad eclesial –esta es tarea específica del clero- sino aprovechar todas las posibilidades cristianas y evangélicas latentes pero ya presentes y activas en los asuntos temporales” (Pablo VI, Exhor. Apost. Evangelii nuntiandi, 8-XII-1975, 70). Esto nos implica en las relaciones sociales y participación ciudadana, política, cultural, empresarial… Me contaba un amigo lo bien que había tratado un hospital a un pariente suyo. Escribieron a la prensa agradeciendo que además de un paciente vieran en él una “persona” con una dignidad que se merece lo mejor, y la dirección del hospital devolvió la carta diciendo que ese agradecimiento les animaba a seguir adelante con ese espíritu. Es el espíritu del Evangelio, que puede llevar la presencia de Cristo en las distintas actividades humanas.
Además, por la ordenación, el sacerdote es constituido mediador y embajador entre Dios y los hombres, entre el Cielo y la tierra. Con una mano toma los tesoros de la misericordia divina; con la otra los distribuye a sus hermanos los hombres. Un sacerdote es un inmenso bien para la Iglesia y para la humanidad entera. Por eso, hemos de pedir que nunca falten sacerdotes santos, que se sientan servidores de sus hermanos los hombres (F. Fernández Carvajal).

2. “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; a los que vivían en tierra de sombras una luz les resplandeció. Engrandeciste a tu pueblo e hiciste grande su alegría; se gozan en tu presencia como gozan al cosechar, como se alegran al repartirse el botín”. Al comienzo de su vida pública, Jesús citó estas palabras de Isaías: luz y en salvación del pueblo al que ha sido enviado. Ese pueblo “vio una luz grande” con ocasión del nacimiento de Jesús. Hoy, en a Cafarnaún Jesús da testimonio de su ministerio público, es como si se verificase un segundo nacimiento público, que consistía en el abandono de la vida privada y oculta, para entregarse al compromiso total de una vida gastada por todos hasta el supremo sacrificio de sí (en continuidad con su bautismo).
El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién podrá hacerme temblar?” Nos podemos preguntar ¿de qué modo es el Señor nuestra luz y nuestra salvación? Cristo se convierte para nosotros en luz y salvación a partir de nuestro bautismo, en el que se nos aplican los frutos infinitos de su bendita muerte en la cruz: entonces viene a ser “para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención” (1 Cor 1,30). Precisamente para los bautizados, conscientes de su identidad de salvados, valen con plenitud las palabras de la Carta a los Efesios: “Porque en otro tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad” (Ef 5,8-9).
Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por todos los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor contemplando su templo”. ¿Qué quiere decir esto? Significa ante todo la condición interior del alma en la gracia santificante, mediante la cual el Espíritu Santo habita en el hombre; y significa además permanecer en la comunidad de la Iglesia y participar en su vida. En efecto, precisamente aquí se ejercita en abundancia esa “misericordia”, de la que habla el Salmo; cada uno puede repetir con el Salmista, seguro de ser escuchado: “Acuérdate de mí con misericordia, por bondad, Señor” (Sal 25/24,7).
“Oye, Señor, mi voz y mis clamores y tenme compasión; el corazón me dice que te busque y buscándote estoy. No rechaces con cólera a tu siervo, tú eres mi único auxilio; no me abandones ni me dejes solo, Dios y salvador mío. La bondad del Señor espero ver en esta misma vida. Armate de valor y fortaleza y en el Señor confía”.

3. San Pablo anima a aquellos cristianos “a que vivan en concordia para que no haya divisiones entre vosotros. Estén perfectamente unidos en un mismo sentir y pensar”. En la Iglesia quedan totalmente excluidas «las divisiones y las discordias», los «partidos» que se designan según determinados jefes y se oponen mutuamente: «¿Está dividido Cristo?». Los relatos vocacionales muestran que los llamados dejan todo por amor del único Cristo (también sus opiniones particulares anteriores) y, con la mirada puesta en él, única cabeza, tienen todos un mismo espíritu. Seguir a Cristo significará en definitiva y necesariamente seguir el camino que lleva a la cruz; si en este camino reinan las divisiones y las discordias, «la cruz de Cristo pierde su eficacia» (1 Co 1,17; H. von Balthasar).
Llucià Pou Sabaté

Homilía Domingo 3 t.o. (A)

(Cfr. www.almudi.org)



(Is 9,1-4) "El pueblo que andaba en tinieblas, vio una gran luz"
(1 Cor 1,10-13.17) "Sed perfectos en un mismo ánimo y en un mismo parecer"
(Mt 4,12-23) "Haced penitencia, porque se ha acercado el Reino de los cielos"


"También en nuestros días hay mucha gente "que camina en tinieblas" (1ª lect), desorientadas por la multiplicidad de las informaciones, tan cuantiosas como contradictorias, que recibe a diario. Son tantos, tan opuestos, tan interesados, los mensajes, las mentiras, las medias verdades que escucha, que le llevan a creer que toda certeza es revisable o parcial, cuando no un síntoma de inmadurez o de fanatismo.
Jesús nos llama también hoy, como llamó a los primeros (Evg), para que a la luz del Evangelio orientemos a tantos que sueñan con un mundo mejor, donde la mentira, la violencia, la rapiña, no sean monedas que se cotizan más que el bien, la veracidad. Hay en nuestro mundo una sorda espera, una difusa expectativa, como en tiempos de Jesús, en que el pueblo escogido aguardaba al Mesías.
Bien, pero ¿qué hacer o qué representa mi esfuerzo en el hogar, el lugar de trabajo..., al lado de la omnipresente realidad de la corrupción en la política, los negocios, las relaciones sociales? Debemos persuadirnos 1) de que si yo no cambio no podré cambiar nada, porque al ocupar un puesto, en lugar de mejorar la situación cara al bien común, contribuiré a extender la corrupción. 2) Debo empezar por el ambiente que me rodea: la familia, los amigos, el trabajo... Este influjo beneficiará a muchos originando así un efecto dominó. 3) Contar con el tiempo. La lluvia es fecunda y auténtico oro para el campo, cuando cae mansamente y durante horas o días. La torrencial destruye. 4) No olvidar que Dios tiene más interés que nosotros en que el bien triunfe sobre el mal.
Partir de la base de que el mal nunca puede apagar la luz del bien, no es una visión rosa que desconoce la s dificultades en orden a sanear un sistema viciado. Es una visión que cree en la capacidad operativa de la verdad, en la repulsa que provoca en una inmensa mayoría de personas el engaño como norma de conducta. Una visión que permita vivir, al menos, sin avergonzarnos de pertenecer a la especie humana. Una visión que sabe que siempre habrá cizaña pero también trigo en abundancia, que en la otra vida engrosará los graneros eternos.


19 enero 2017

Catequesis en español del Papa Francisco 18/01/2017 HD









Al celebrar la Audiencia General del miércoles 18 de enero en el Aula
Pablo VI de la Ciudad del Vaticano y en la que participaron varios miles
de fieles y peregrinos procedentes de numerosos países, el Papa
Francisco prosiguió con su ciclo de catequesis sobre la esperanza
cristiana y se refirió al vínculo entre esperanza y oración, a partir de
la lectura de algunos versículos del primer capítulo del libro de
Jonás, pequeño texto que narra una especie de parábola que presenta una
gran enseñanza: la de la misericordia de Dios que perdona.

14 enero 2017

LIBRO DE LA SEMANA (13 Ene): Los últimos de Filipinas

(Cfr. www.criteriaclub.es)


  Los últimos de Filipinas

¿Quiénes fueron esos hombres? ¿Cuáles son las claves que hicieron posibles unos hechos que asombraron al mundo?
PRECIO
29,90 €

Carta del Papa a los Jóvenes: Preparar el próxinmo Sónodo 2018

(Cfr. www.almudi.org)


 
 
Con ocasión de la presentación del ‘Documento Preparatorio’ de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos

Con ocasión de la presentación del Documento preparatorio, sobre el tema “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional” , el Santo Padre ha escrito una Carta a los jóvenes de todo el mundo manifestando su paternal afecto.
En su misiva, el Papa exhorta a los jóvenes a participar activamente en el camino sinodal, también con sus dudas y críticas, porque el Sínodo es para ellos y porque toda la Iglesia se pone a la escucha de su voz, de su sensibilidad, de su fe.

Texto de la Carta del Santo Padre

Queridos jóvenes, me alegra anunciaros que en el mes de octubre del 2018 se celebrará el Sínodo de los Obispos sobre el tema «Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional». He querido que ocupéis el centro de la atención porque os llevo en el corazón. Precisamente hoy se presenta el Documento Preparatorio, que os ofrezco como “brújula” a lo largo de ese camino.

Me vienen a la memoria las palabras que Dios dirigió a Abrahán: «Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré» (Gen 12,1). Estas palabras están dirigidas hoy también a vosotros: son las palabras de un Padre que os invita a “salir” para lanzaros a un futuro no conocido pero prometedor de realizaciones seguras, a cuyo encuentro Él mismo os acompaña. Os invito a escuchar la voz de Dios que resuena en el corazón de cada uno a través del soplo vital del Espíritu Santo.

Cuando Dios le dice a Abrahán «Sal», ¿qué quería decirle? Ciertamente no que huyese de los suyos ni del mundo. La suya fue una invitación, una vocación, a que dejase todo y fuese a una tierra nueva. ¿Cuál es para nosotros esa tierra nueva, sino una sociedad más justa y fraterna que deseáis profundamente y que queréis construir hasta las periferias del mundo?

Pero desgraciadamente, hoy, la expresión «Sal» asume también un significado distinto: el de la prevaricación, el de la injusticia y el de la guerra. Muchos jóvenes están sometidos al chantaje de la violencia y se ven obligados a huir de su tierra natal. Su grito sube a Dios, como el de Israel esclavo de la opresión del Faraón (cfr. Ex 2,23).

Deseo también recordaros las palabras que Jesús dijo un día a los discípulos que le preguntaban: «Rabbí […] ¿dónde vives?». Él les respondió: «Venid y lo veréis» (Jn 1,38). También a vosotros Jesús dirige su mirada y os invita a ir hacia Él. Queridísimos jóvenes, ¿habéis encontrado esa mirada? ¿Habéis escuchado esa voz? ¿Habéis sentido ese impulso a poneros en camino? Estoy seguro que, aunque el ruido y el aturdimiento parecen reinar en el mundo, esa llamada sigue sonando en el corazón da cada uno para abrirlo a la alegría plena. Eso será posible en la medida en que, a través del acompañamiento de guías expertos, sepáis emprender un itinerario de discernimiento para descubrir el proyecto de Dios sobre vuestra vida. Incluso cuando vuestro camino se encuentre marcado por la precariedad y la caída, Dios rico en misericordia tiende su mano para levantaros.

En Cracovia, durante la apertura de la última Jornada Mundial de la Juventud, os pregunté varias veces: «¿Las cosas se pueden cambiar?». Y gritasteis juntos a gran voz «¡sí!». Ese grito nace de un corazón joven que no soporta la injusticia y no puede doblegarse a la cultura del descarte, ni ceder ante la globalización de la indiferencia. ¡Escuchad ese grito que sale de lo más íntimo! También cuando advirtáis, como el profeta Jeremías, la inexperiencia de vuestra corta edad, Dios os anima a ir donde Él os envía: «No les tengas miedo, que contigo estoy para salvarte» (Jer 1,8).

Un mundo mejor se construye también gracias a vosotros, a vuestras ganas de cambio y a vuestra generosidad. No tengáis miedo de escuchar al Espíritu que os sugiere decisiones audaces, no dudéis cuando la conciencia os pida arriesgaros para seguir al Maestro. También la Iglesia desea ponerse a la escucha de vuestra voz, de vuestra sensibilidad, de vuestra fe; hasta de vuestras dudas y críticas. Haced sentir vuestro grito, dejadlo resonar en las comunidades y hacedlo llegar a los pastores. San Benito recomendaba a los abades consultar también a los jóvenes antes de cada decisión importante, porque «muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor» (Regla de San Benito III, 3).
Así, también a través del camino de este Sínodo, yo y mis hermanos Obispos queremos contribuir cada vez más a vuestro gozo (cfr. 2Cor 1,24). Os encomiendo a María de Nazaret, una joven como vosotros a quien Dios dirigió su mirada amorosa, para que os lleve de la mano y os guíe a la alegría de un ¡heme aquí! pleno y generoso (cfr. Lc 1,38).

Con paternal afecto,
Francisco

Vaticano, 13 de enero de 2017

Fuente: vatican.va.
Traducción de Luis Montoya.
 

PELICULA DE LA SEMANA (13 Ene): Frantz

(Cfr. www.almudi.org)

 
Frantz


Reseña: 
El largometraje se sitúa en una pequeña localidad alemana posterior a la I Guerra Mundial donde la joven Anna (Paula Beer), va cada día al cementerio a lamentar la pérdida de su novio Frantz, que murió en una batalla en Francia. Un día se encuentra con Adrien (Pierre Niney), un joven francés que ha ido a depositar flores en la tumba de Frantz, y cuya presencia en un país que acaba de perder la guerra encenderá pasiones encontradas.
Inteligente y exquisita adaptación de la novela y luego obra de teatro "L'homme que j'ai tué" de Maurice Rostand, llevada casi 75 años antes al cine por el alemán Ernst Lubitsch.
Tenemos una historia de amor truncado, una mujer por un hombre, unos padres por su hijo, junto a un posible recambio. Pero ello está trenzado con las huellas de la guerra en los vencidos y en los vencedores, lo que en el conjunto ayuda a componer un cuadro poderoso y creíble de la naturaleza humana, con sus odios y rencores, patriotismo mal entendido, celos y susceptibilidades.
La película habla de perdón, de desesperación, de poner a mal tiempo buena cara, de compasión, de segundas oportunidades, de clasismo y hasta de arte, qué bien está introducida la música y la pintura. Las interpretaciones son muy buenas. (Almudí JD). Decine21: AQUÍ

Meditación Domingo 2 t.o. (A)

(Cfr. www.almudi.org)

 
 
 
Jesús es el Cordero pascual, que quita el pecado del mundo

“En aquel tiempo, vio Juan venir Jesús y dijo: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es por quien yo dije: ‘Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo’. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que Él sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios»” (Jn 1,29-34).

1. Juan está aún a orillas del Jordán junto a dos de sus discípulos cuando ve pasar a Jesús y no se retiene de gritar de nuevo: «¡He ahí el Cordero de Dios!». Los dos discípulos comprenden y, dejando para siembre al Bautista, se ponen a seguir a Jesús.
En la Misa contemplamos esas palabras: «Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros / danos la paz». Entonces, antes de recibir al Señor en la comunión, el sacerdote las pronuncia en uno de los momentos más solemnes de la Misa, mostrando Jesús en la Eucaristía, como Cordero, y nos unimos a la fe eucarística con aquellas otras: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una sola palabra tuya y mi alma quedará sanada”. La expresión “cordero” aparece aquí unida a “el que sana mi alma”, el que me cura, me salva…
 “Cordero” es una metáfora de carácter mesiánico que habían usado los profetas, principalmente Isaías, y que era bien conocida por todos los buenos israelitas. A orillas del Jordán (quizá por Betaraba o Beth Abarah, el “lugar del pasaje”, en recuerdo del paso del Jordán por los hebreos), Jesús se nos muestra como Pascua: el que pasa por este río de la vida, para abrirnos el camino de la Vida. “La misericordia de Dios es superior a toda expectativa”, decía san Leopoldo Mandic. El Cordero se nos muestra como salvación. San Hipólito exclamaba admirado: “¡Oh, hecho que llena de estupor! El río infinito, que alegra la ciudad de Dios, es bañado por unas pocas gotas de agua. El manantial incontenible y perenne del que brota la vida para todos los hombres, se sumerge en un hilo de agua escasa y fugaz. Aquél que está en todas partes y no falta en ningún lugar, aquél que los ángeles no pueden comprender y los hombres no pueden ver, se acerca voluntariamente a recibir el bautismo”.
¿Por qué se bautiza el Mesías, si es el cordero inmaculado en quien no hay sombra de pecado? Hemos visto que pasa por las aguas para ser el Cordero pascual, que “se ha dado a sí mismo por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad” (Tit 2,14). “En este abajamiento de Dios en el sublime momento de comenzar la predicación de la verdad y la proclamación del Misterio de Dios, se pone de manifiesto la magnitud, la generosidad de esta total donación de Dios en la Encarnación. ¿Por qué el Inmaculado se acerca humildemente a recibir el signo de los que se confiesan pecadores? Es mucho más fácil responder a esta pregunta que responder a la pregunta infinitamente más radical que ésta: ¿Por qué Dios se ha hecho hombre y se ha dado a los hombres que contra él pecaron? Ninguna de las cosas que hace Cristo las hace porque Él las necesita, sino porque las necesitamos nosotros. Todos los actos de Cristo son don a los hombres: Dios no tenía necesidad de hacerse cercano a nosotros en la Encarnación, pero nosotros sí teníamos necesidad de su cercanía, porque la lejanía de Dios es la muerte del alma; Jesucristo no tenía necesidad de purificarse en las aguas del Jordán, pero nosotros necesitábamos contemplar la humildad de Dios encarnado que se abaja hasta nosotros, pecadores; nosotros teníamos la necesidad de escuchar, en este ejemplo de Cristo, la invitación a expresar exteriormente nuestra penitencia (...)        No venía Él a purificarse sino a purificarnos. Es el trasfondo de la maravillosa expresión que acuña Juan para referirse a Jesús: ‘Ese es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’” (Miguel Á. Fuentes).
 “Cordero” tiene sin duda otros significados: animal pacífico que se deja hacer, que se deja comer… también es suave y manso, que se ofrece en sacrificio, inocente sobre el que se vierten las culpas como sacrificio vicario, víctima expiatoria… recordamos el animal que sustituye la muerte de Isaac en el altar del sacrificio, cuando Abraham puede recuperar a su hijo, todos son símbolos mesiánicos, y el hijo recuperado somos nosotros, salvados por la sangre redentora de Jesús. Es un cordero el del sacrificio cotidiano en el templo (cf. Ex 29,38); también hace referencia al Siervo de Yahvéh, de Isaías, llevado al matadero como corderito mudo (cf. Is 53,6.7); se resalta en muchos sitios su cualidad de inocencia o su disposición al sufrimiento. En el fondo Juan cifra todas estas cosas en ese solo nombre. De Cristo dice que “quita” el pecado del mundo; en el sentido de “hacer desaparecer”. Lo explicará también Juan Evangelista en sus cartas: “Sabéis que (Cristo) apareció para quitar los pecados” (1 Jn 3,5). Juan de Maldonado apunta: “Algunos siguiendo al Crisóstomo notan que Juan no dice ‘que quitará’, sino ‘que quita’ los pecados del mundo, usando el presente para significar, más que el hecho, la virtud natural de Cristo de quitar los pecados. A la manera que no decimos ‘el fuego calentará’, sino ‘el fuego calienta’, para expresar que el fuego, de su natural, como no halle impedimento, calienta cualquier cosa en todo tiempo y lugar”.
¿Cómo quita los pecados? Juan, hablando de la misión de Cristo dice: “Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego”. La obra de Jesucristo, a diferencia de la de Juan, llega hasta el corazón, lo penetra y lo cambia. Por eso es comparada con el fuego: el fuego quema y purifica la escoria, la destruye; limpia, transforma. Cristo bautiza en el Espíritu Santo porque con su predicación no se limita a decir a los hombres que no pueden seguir viviendo como lo hacían hasta ese momento, sino que Él mismo los cambiará. Hará penetrar en los corazones el Espíritu Santo, y el Espíritu Santo, penetra, transforma y santifica. Juan prepara y Cristo lleva a plenitud la obra de la santificación de las almas cuando las sumerge con Él en las aguas fecundantes del Jordán espiritual: con Él hemos sido sepultados en el bautismo (Rom 6,4)” (Miguel Á. Fuentes).
Juan habla del bautismo del Espíritu Santo, por el que recibimos la filiación divina. Mucho más que cualquier otro talento o riqueza que podríamos desear o imaginar, es ser hijos de Dios: constituye el único fin que consuma nuestra vida. Esto va unido a la fraternidad, sentir como propias las cosas de los demás, y por tanto ser apóstoles de tan gozosa verdad, que estamos llamados a ser hijos en el Hijo, al camino de santidad, según nuestra condición ser consecuentes con esa filiación divina.
La filiación es complicada, para quien no tiene idea de padre, o ha perdido la confianza en ella, y considera Dios, más que como un Padre amoroso al que debe la vida y todo lo que es y tiene, como un obstáculo de la propia autonomía, o incluso un rival de la libertad personal. A veces, en efecto, hay quien considera a Dios como una complicación incómoda, que lamentablemente existe, que dificulta más aún la vida, ya de suyo difícil de los hombres. La imagen del Padre que perdona, que espera cada día la vuelta del hijo, dispuesto a restituirle su favor apenas regrese arrepentido, es muy plástica para re-construir la idea de padre, viendo al "padre misericordioso". La confesión será así una “actualización” del bautismo, como en los programas informáticos, para reavivar el fuego de la gracia, y cada vez que animamos a otro a "volver", se cumplen las palabras con las que concluye Santiago su carta a una joven comunidad de fieles: si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro le convierte, sepa que quien convierte a un pecador de su extravío, salvará su alma de la muerte y cubrirá sus muchos pecados.
Mirar el Cordero de Dios es participar de su misericordia (la que contemplamos en Semana Santa por ejemplo), dejarnos transformar por el Cordero: es amar a Dios de verdad, participar en su corazón, y nos dolerá que otros ofendan al Señor, aunque no sepan que lo hacen. Saldrán propósitos de pedir la luz de la fe, también con nuestros sacrificios, pues todos buscan la verdad y a Dios aún sin saberlo, todos intentan alcanzar la felicidad que en Él está, la vida plena que la Trinidad nos ha preparado, pues a esa vida nos eligió antes de la constitución del mundo para que seamos santos y felices en su presencia por el amor.

2. Samuel era un niño al servicio del templo y del sacerdote Elí, y acostado oyó que le llamaban, y “fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: —Aquí estoy; vengo porque me has llamado”.
Por tres veces oyó voces Samuel y le dijo Elí: —“No te he llamado; vuelve a acostarte”. Hasta que “Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho y dijo a Samuel: —Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: «Habla, Señor, que tu siervo te escucha.» Samuel fue y se acostó en su sitio. El Señor se presentó y le llamó como antes: —¡Samuel, Samuel! El respondió: —Habla, Señor, que tu siervo te escucha.
Samuel crecía, Dios estaba con él”, y fue el último Juez, antes de que comenzara la dinastía de los Reyes. Samuel habla con Dios
Nosotros, con el salmo, queremos decirle de algún modo al Señor: aquí está "tu siervo que está dispuesto a escucharte": "Aquí estoy para hacer tu voluntad. Dios mío, lo quiero y llevo tu ley en las entrañas”. Dios se inclina hacia cada uno de nosotros, para escucharnos, y darnos fortaleza: "afirmó mi pie sobre la roca”, y darnos su palabra: “me puso en la boca un canto nuevo", -"abriste mis oídos... para que escuchara tu voluntad", y queremos serle fieles: "llevo tu ley en mis entrañas... mira, no guardo silencio". Dios no quiere ya sacrificios de animales... lo que agrada a Dios es la docilidad de cada instante a su voluntad... El "don de sí por amor".

3. “Dios, con su poder, resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? El que se une al Señor es un espíritu con él. Huid de la fornicación. Cualquier pecado que cometa el hombre, queda fuera de su cuerpo. Pero el que fornica, peca en su propio cuerpo. ¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?” Ser templos del Espíritu Santo, Dios en nosotros respetando nuestro modo de ser, sabiendo que estamos edificando el Templo: “Él habita en vosotros porque lo habéis recibido de Dios. No os poseáis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!”
Es falso pensar que el alma está destinada a la inmortalidad y el cuerpo a la corrupción. También los cuerpos resucitarán. Por eso ya ahora los cuerpos de los bautizados, de los creyentes, están unidos a Cristo como los miembros a su cabeza. Cristo es la cabeza; a él le pertenecemos y con él estamos unidos en cuerpo y alma. La separación del alma y la degradación del cuerpo a enemigo del alma obedecen a una concepción platónica distinta de la cristiana. Para Pablo el hombre nunca es pura interioridad; más aún, no puede ser interioridad, alma, sin ser al mismo tiempo expresión corporal. Por eso, o nos unimos a Cristo en cuerpo y alma o no estamos unidos a él de ningún modo. "Ser en Cristo" es el fundamento de la conducta moral del cristiano y su motivación. El fundamento decisivo y el motivo último de la conducta moral es la unión personal con Cristo. No es una ética de normas abstractas sino una vida desde la fe, la esperanza y el amor. "Ser en Cristo" abarca toda la realidad del hombre, alma y cuerpo, todo lo que es y todo lo que hace (P. Franquesa).
Llucià Pou Sabaté