Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

19 enero 2018

LIBRO DE LA SEMANA (19 Ene):

(Cfr. www.criteriaclub.com)

 
  Un mensajero en la noche
PRECIO
17,90 €

PELICULA DE LA SEMANA (19 Ene): Tres anuncios en las afueras

(Cfr. www.almudi.org)

  
Tres anuncios en las afueras


Reseña: 
Después de meses sin que aparezca el culpable de la muerte de su hija, Mildred Hayes (la oscarizada Frances McDormand) da un paso valiente al pintar tres señales que conducen a su pueblo con un polémico mensaje dirigido a William Willoughby (el nominado al Oscar Woody Harrelson), el venerado jefe de policía del pueblo. Cuando su segundo al mando, Dixon (Sam Rockwell), un inmaduro niño de mamá aficionado a la violencia, entra en acción, la guerra entre Mildred y las fuerzas policiales de Ebbing no hace más que empeorar.
Una historia impactante y devastadora, aunque también catártica, al estilo de Manchester frente al mar. Es una de esas películas de las que se agradece disponer sólo de la información justa acerca de su trama, antes de su visionado, para degustarla con la mayor intensidad posible.
El británico de origen irlandés Martin McDonagh asumiendo los roles de director y guionista, mantiene su interés por indagar acerca de aquello que mueve a las personas; y aunque no renuncia en ocasiones al recurso del humor negro, lo hace con acentos dramáticos y terribles.
Porque aborda el modo en que las personas encajamos las tragedias, que más o menos grandes, no faltan en la vida de cada uno. En el caso que nos ocupa, un suceso familiar terrible ha convertido el alma de Mildred en un hervidero de odio y desconfianza, un veneno que afecta también a sus seres queridos, su hijo y su ex marido, que solía maltratarla. No falta además la enfermedad que aqueja al sheriff Bill, incomprensible humanamente, cuando la suya es una familia feliz, su esposa y sus hijitas le quieren mucho; o la rabia del racista y violento agente Jason Dixon, asfixiado por la sombra de su dominante madre anciana, a la que le toca cuidar.
Sorprende la solidez de la trama urdida por McDonagh. La línea argumental principal, que nunca se pierde, sirve además para presentar una amplísima galería de tipos humanos, muy bien descritos con unos pocos rasgos. Estamos ante una de esas películas que merecerían un premio al conjunto de su reparto, todos los actores, aun los que tienen papeles pequeños, están sobresalientes. (Almudí JD). Decine21: AQUÍ

Aprender a leer

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La lectura que no niega la realidad aunque en cierto modo la suspenda, educa la personalidad con visiones nuevas y, sobre todo, con el hábito de guardar y tomar en consideración

Leer no es tan fácil como parece, y solo los que no suelen hacerlo confunden poder con saber leer. Hay un analfabetismo inconsciente que padecen todos los que pudiendo leer no saben hacerlo. La alfabetización es una destreza cognitiva, pero la lectura es un saber cuyo aprendizaje requiere de todas las potencias interiores: imaginación, memoria, emoción, reflexión, juicio, análisis, intuición. Por eso quien no lee o apenas lo hace tiene el alma desentrenada. La mayor o menor extensión de este analfabetismo secundario es el que da la medida del nivel cultural de una sociedad: hay países completamente alfabetizados y calamitosamente incultos.

Se necesita un largo y, a veces, esforzado, pero apasionante aprendizaje para saber leer verdaderamente. Es cierto que no siempre los mejores textos son los más arduos, pero casi siempre el placer de la mejor literatura no suprime el esfuerzo, y desde luego que el pensamiento lo requiere siempre. Por eso necesitamos maestros que nos enseñen a leer, y esa es casi su principal misión. Tal es la asociación entre enseñanza y lectura, que un mismo término las significó a ambas, el latín legere; y todavía hoy decimos lo mismo con lección. Los que saben leer verdaderamente nos enseñan lo que el texto no le da a cualquiera. Es como si nos abrieran los ojos y pudiéramos ver lo que no se ve a simple vista.

Además, leer es como andar por un alambre, y el primero de los aprendizajes necesarios se parece a saber guardar el equilibrio sin caerse de lo escrito: la distracción y la confusión son señal de haber perdido pie. En cambio, no entender del todo bien es señal de estar sobre el asunto. La costumbre de escribir sin espacios ni puntuación que estuvo vigente hasta el siglo XI, dificultaba la lectura al tiempo que exigía del lector que compusiera el texto y su sentido mientras lo leía. Si la atención decaía, la lectura se desbarataba sin remedio: las palabras y la sintaxis se reconocían al mismo tiempo que el sentido, de manera que leer se hacía imposible sin entender lo leído.

Solo se puede leer si las páginas abiertas anulan nuestra visión periférica. Esa concentración deja cobrar volumen a lo escrito hasta incluirnos en un nuevo espacio abierto a su través. Además, el hábito de la lectura atenta está en la base de un espíritu atento que sabe ponerse por completo sobre un asunto. Sin esa capacidad la vida interior se dispersa y la ligereza o la superficialidad nos acechan. En cambio, quien lee tiene que aprender a poner su centro en el texto, es decir, ni fuera ni en sí mismo, sino en un lugar sostenido y abierto por su atención.

Lo insólito del libro es que en él quepa toda la mirada del lector porque lleva consigo un mundo que nos incluye. Leer abre horizontes desconocidos y en cierto modo nos saca de nosotros mismos. «Leer, leer, leer, vivir la vida que otros soñaron», decía Unamuno. Por eso puede servir como consuelo para sobrellevar mejor las inevitables durezas de la vida. Pero también puede convertirse en un mecanismo de fuga de la realidad, extraviándonos en un laberinto hecho del deseo de evitar la salida.

Sin embargo, la lectura que no niega la realidad aunque en cierto modo la suspenda, educa la personalidad con visiones nuevas y, sobre todo, con el hábito de guardar y tomar en consideración. Leer es rumiar, asimilar y adentrase en lo propio a través de lo ajeno, de manera que al lector le crece un adentro que se llama intimidad o juicio propio, es decir, un punto de vista interior que cada uno de nosotros somos ante la vida y el mundo. Ese modo de mirar a la escucha, por así decir, es lo que crece en la medida que se aprende a leer.

Cuando la lectura silenciosa y solitaria se popularizó (XVI-XVII) facilitada por la imprenta y la disponibilidad de libros, leer se convirtió en un acto de escucha interior. Hasta ese momento las lecturas en público distinguían entre el lector y los oyentes. Y aunque durante mucho tiempo los lectores solitarios siguieron haciéndolo en voz alta, lo cierto es que leer es una forma de escuchar por mucho que sea la mirada la que recorre las páginas. Es como prestar oído con los ojos y acostumbrarlos a un cierto silencio de la mirada.

Sin embargo, ese silencio no es pasivo pues se trata de dejar hablar a los personajes, a las ideas o a la palabra misma. Quien lee, escucha un texto al que da voz en silencio. Pero cuanto más primordial es el texto más echa en falta volver a la oralidad. Ocurre sobre todo con la poesía que nunca está del todo leída hasta que se declama en la memoria, desde el centro del lector recuperado de la exterioridad del texto. Platón llevaba un punto de razón al repudiar la escritura porque debilitaba la memoria: la lectura sin recuerdo es pasatiempo.

Leer enseña a convertir la soledad en conversación y nos pone al servicio del otro para que se exprese. De ahí que los antiguos prefirieran escuchar antes que leer: les parecía que el lector se dejaba poseer por el autor al que daba voz. Y así es en realidad, pues al texto lo convertimos pasajeramente en nuestra alma.

El lector se parece a Ulises, que necesitó bajar a los infiernos para preguntarle al difunto vidente Tiresias el camino de regreso a Ítaca. Pero como los muertos eran espectros sin memoria, para que recobraran los recuerdos había que darles de beber la sangre ofrecida en un sacrificio. El lector también viaja de regreso sin conocer la ruta, y también los libros son como espectros fríos: solo la sangre de quien se aparta de la agitación para leerlos les devuelve la vida. A cambio, se pueden escuchar las historias de otras vidas y de otros mundos que son como acertijos donde adivinar la propia vida y su camino.

Los hombres leemos porque nuestra vida no nos basta para saber vivirla.

Higinio Marín, en levante-emv.com.

Reproducir la diversidad de la vida

Reproducir la diversidad de la vida (Editorial de la Revista de Manos
Unidas nº 204)

Terminamos nuestra Campaña nº 58 en la que, con el lema «El mundo no
necesita más comida. Necesita más gente comprometida», hemos querido
actualizar nuestra responsabilidad en la lucha contra el hambre. A lo
largo del año, hemos tratado de contagiar a toda la sociedad de nuestra
esperanza en un mundo donde todas las personas veamos respetado nuestro
derecho a una alimentación segura, apropiada y saludable. Sabemos que
son muchas las causas del hambre y que tenemos una difícil tarea por
delante, pero estamos convencidos de que el cambio es posible, no solo
con grandes proyectos, sino también con pequeños gestos en la vida
cotidiana. Cambiar nuestros estilos de vida para hacerlos más solidarios
y sostenibles debe ir de la mano de nuestra implicación en procesos más
globales y del acompañamiento a aquellas comunidades que luchan por sus
derechos y que cuentan con nuestro compromiso actuante.

18 enero 2018

Meditación Domingo 3º t.o. (B)

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Desprendimiento para seguir a Cristo

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: -Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed la Buena Noticia. Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago. Jesús les dijo: -Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con El” (Marcos 1,14-20).

I. El Evangelio de la Misa nos narra la llamada de Cristo a cuatro de sus discípulos: Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Los cuatro eran pescadores y se encuentran trabajando, echando las redes o arreglándolas, cuando Jesús pasa y les llama. Estos apóstoles ya conocían al Señor y se habían sentido profundamente atraídos por su Persona y por su doctrina. El llamamiento que ahora reciben es el definitivo: Seguidme y os haré pescadores de hombres. Jesús, que les ha buscado en medio de su trabajo, emplea un símil sacado de su profesión, la pesca, para señalarles su nueva misión.

Estos pescadores, al instante, lo dejaron todo para seguir al Maestro. También de San Mateo se nos dice que, relictis omnibus, dejadas todas las cosas, se levantó de la mesa donde cobraba los tributos y se fue con Cristo. Y el resto de los Apóstoles, cada uno en las peculiares circunstancias en que los encontró Jesús, debieron de hacer lo mismo.

Para seguir a Cristo en necesario tener el alma libre de todo apegamiento: del amor a sí mismo en primer lugar, de la excesiva preocupación por la salud, del futuro..., de las riquezas y bienes materiales. Porque cuando el corazón se llena de los bienes de la tierra, ya no queda lugar para Dios. A unos les pedirá el Señor la renuncia absoluta para disponer de ellos con más plenitud, como hizo con los Apóstoles, con el joven rico, con tantos, a lo largo de los siglos, que han encontrado en Él su tesoro y su riqueza. Y a todo el que pretenda seguirle, le exige Cristo un desprendimiento efectivo de sí mismo y de lo que tiene y usa. Si este desasimiento es real, se manifestará en muchos hechos de la vida ordinaria, pues siendo bueno el mundo creado, el corazón tiende a apegarse desordenadamente a las criaturas y a las cosas. Por eso necesita el cristiano una vigilancia continua y un examen frecuente, para que los bienes creados no impidan la unión con Dios, sino que sean un medio para amarle y servirle. «Vigilen, pues, todos para ordenar rectamente sus afectos -advierte el Concilio Vaticano II-, no sea que, en el uso de las cosas de este mundo y en el apego a las riquezas, encuentren un obstáculo que les aparte, contra el espíritu de pobreza evangélica, de la búsqueda de la perfecta caridad, según el aviso del Apóstol: Los que usan de este mundo, no se detengan en eso, porque los atractivos de este mundo pasan (Cfr. 1 Cor 7, 31)». Estas palabras de San Pablo a los cristianos de Corinto, que recoge la Segunda lectura de la Misa, son una invitación a poner nuestro corazón en lo eterno, en Dios.

La renuncia que pide el Señor ha de ser efectiva y concreta. Como dirá más tarde el mismo Jesús, es imposible servir a Dios y a las riquezas. Si renunciamos a la propia vida por Cristo, con más motivo hemos de hacerlo con los bienes pasajeros que, en definitiva, duran poco y valen poco.

II. El desasimiento cristiano no es desprecio de los bienes materiales, si se adquieren y se utilizan conforme a la voluntad de Dios, sino hacer realidad en la propia vida aquel consejo del Señor: Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura. Cuanto mayor es el desprendimiento, se descubre que mayor es la capacidad de querer a los demás y de apreciar la bondad y belleza de la creación.

Pero un corazón tibio y dividido, dado a compaginar el amor a Dios con el amor a los bienes, a la comodidad y al aburguesamiento, muy pronto desalojará a Cristo de su corazón y se encontrará prisionero de los bienes, que entonces se han convertido para él en males. No debemos olvidar que todos arrastramos como secuela del pecado original la tendencia a una vida más fácil, al aburguesamiento, al afán de dominio, a la preocupación por el futuro. A esta tendencia, que existe en todo corazón, se une la carrera desenfrenada por la posesión y el disfrute de medios materiales como si fuera lo más importante de la vida, que parece extenderse cada vez más en la sociedad en que vivimos. En todas partes se observa una clara tendencia, no al legítimo confort, sino al lujo, a no privarse de nada placentero. Es una gran presión que se hace sentir por todas partes y que no debemos olvidar, si queremos de verdad mantenernos libres de estas ataduras para seguir a Cristo y ser ejemplos vivos de templanza, en medio de esa sociedad que debemos conducir hasta el Señor. La abundancia y el disfrute de bienes materiales nunca darán la felicidad al mundo; el corazón humano sólo encontrará en su Dios y Señor la plenitud para la que fue creado. Cuando no se actúa con la necesaria fortaleza para vivir ese desprendimiento, «el corazón queda entonces triste e insatisfecho; se adentra por caminos de un eterno descontento y acaba esclavizado ya en la tierra, víctima de esos mismos bienes que quizá se han logrado a base de esfuerzos y renuncias sin cuento».

La pobreza y el desasimiento cristiano no tienen nada que ver con la suciedad y dejadez, con el desaliño o la falta de educación. Jesús va bien vestido. Su túnica, confeccionada seguramente por su Madre, es en el Calvario objeto de sorteo, porque era sin costura y de un solo tejido de arriba abajo; era una vestidura orlada. También observamos cómo en casa de Simón nota la falta de las normas usuales de educación y le echa en cara que no le haya ofrecido agua para lavarse los pies ni le haya saludado con el beso de la paz y que no unja su cabeza con óleo... La casa de la Sagrada Familia en Nazaret era modesta, limpia, sencilla, ordenada, alegre, sin desperfectos no recompuestos por dejadez o desidia, agradable, donde daba gusto estar. Frecuentemente no faltarían unas flores o algún pequeño detalle de adorno colocado con gusto.

La pobreza del cristiano que se ha de santificar en medio del mundo está muy ligada al trabajo del que vive y sostiene a su familia; en el estudiante su pobreza se relaciona con un estudio serio y un tiempo bien aprovechado, con la clara conciencia de que contrae con su formación una deuda con la sociedad y con los suyos, y que debe prepararse con competencia para ser útil; la pobreza de la madre de familia estará íntimamente unida al cuidado de su hogar, de la ropa, de los muebles..., para que duren, al prudente ahorro, que la llevará a evitar los caprichos personales, al examen de calidades en lo que compra, lo que supondrá en ocasiones recorrer más de una tienda, comparar precios... Y en relación a los hijos, ¡cómo agradecen luego el haber sido educados con esa cierta austeridad, que entra por los sentidos y que no necesita demasiadas explicaciones cuando se ve hecha vida en los padres! Y eso, aunque se trate de una familia de posición desahogada. Los padres les dejan una gran herencia cuando descubren que el trabajo es el mejor y más sólido capital, cuando muestran el valor de las cosas y enseñan a gastar teniendo en cuenta las necesidades que padecen muchos en la tierra, cuando les educan para ser generosos.

III. El desprendimiento efectivo de los bienes supone sacrificio. Un desprendimiento que no cuesta es poco real. El estilo de vida cristiano supone un cambio radical de actitud frente a los bienes terrenos: se procuran y se usan no como si fueran un fin, sino como medio para servir a Dios, a la familia, a la sociedad. El fin de un cristiano no es tener cada vez más, sino amar más y más a Cristo, a través de sus trabajo, de su familia, también a través de los bienes. La generosa preocupación por las necesidades ajenas que vivían los primeros cristianos y que San Pablo enseñó a vivir también a los fieles de las comunidades que iba fundando, será siempre un ejemplo de permanente vigencia: un cristiano jamás podrá contemplar con indiferencia las necesidades espirituales o materiales de los demás, y debe poner los medios para contribuir generosamente a solucionar esas necesidades. Unas veces con su aportación económica, otras cediendo su tiempo para obras buenas, sabiendo que entonces no sólo se remedian las necesidades de los santos (de otros hermanos en la fe), sino que también se contribuye mucho a la gloria del Señor.

La generosidad en la limosna a personas necesitadas o a obras buenas ha sido siempre una manifestación, no única, del desprendimiento real de los bienes y del espíritu de pobreza evangélica. Limosna, no sólo de lo superfluo, sino aquella que se compone principalmente a base de sacrificios personales, de pasar necesidad en algún campo. Esta ofrenda, hecha con sacrificio de aquello que nos parecía quizá necesario, es gratísima al Señor. La limosna brota de un corazón misericordioso, y «es más útil para quien la ejerce que para aquel que la recibe. Porque quien la ejerce saca de allí un provecho espiritual, mientras quien la recibe sólo temporal».

El Señor, como a los Apóstoles, nos ha invitado a seguirle, cada uno en unas peculiares condiciones, y para responder a esa llamada debemos vigilar si también nosotros hemos dejado todas las cosas, aunque de hecho tengamos que usar de ellas. Examinemos si somos generosos con lo que tenemos y usamos, si estamos desprendidos del tiempo, de la salud, si nuestros amigos nos conocen por ser personas que habitualmente viven con sobriedad, si somos generosos en la limosna, si evitamos gastos que son en el fondo capricho, vanidad, aburguesamiento, si cuidamos aquello que usamos: libros, instrumentos de trabajo, ropa; veamos, en definitiva, si nuestro deseo de seguir al Señor va acompañado del necesario desprendimiento de las cosas, y si este desprendimiento es real, si se expresa en hechos concretos. También Jesús pasa a nuestro lado; no dejemos que por cuatro cosas ‑basura las llama San Pablo-, estemos retrasando esa unión más honda con Cristo.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

Homilía Domingo 3º t.o. (B)

(Cfr. www.almudi.org)


 
 

 Homilía basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
"Creer en la conversión del corazón es confiar en que es Dios mismo quien cambia nuestra vida"
Jon 3,1-5.10: "Los ninivitas se convirtieron de su mala vida" Sal 24,4-5ab.6-7bc.8-9: "Señor, enséñame tus caminos" Co 7,29-31: "La representación de este mundo se termina" Mc 1,14-20: "Convertíos y creed en el Evangelio"
La idea central de Jonás es mostrar a Israel la misericordia divina para con los gentiles. La capacidad de escucha de la palabra profética, no tan frecuente entre el pueblo elegido, será portador del anuncio de la misericordia divina si se convierten de sus pecados.

La invitación a la conversión y a la fe en el Evangelio es la frase con que Cristo comienza su acción pública. Que esta conversión esté vinculada con el Reino de Dios es la prueba de que pertenece a la enseñanza de Jesús.
Lo que en Jonás era un plazo de amenaza "Dentro de cuarenta días Nínive será destruida", en Jesús es un anuncio de salvación: "Se ha cumplido el plazo". Y, sin embargo, resulta más apremiante que el del profeta. Urge la responsabilidad de responder.

Cuando la sociedad, a fuerza de vivir de un modo determinado acaba por creer que no hay otro modo de vivir, se cierra ella misma el futuro. Y es que, a fuerza de acostumbrarnos a algo, lo creemos lo mejor. La llamada a la conversión tiene siempre como objetivo poner en cuestión el modo de vivir y de ser de cualquiera; convencerle de que hay otros caminos, que merece la pena recorrerlos.

— " «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,15). En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva" (1427).

"El corazón del hombre es rudo y endurecido. Es preciso que Dios dé al hombre un corazón nuevo. La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a Él nuestros corazones:  «Conviértenos, Señor, y nos convertiremos» (Lc 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo" (1432; cf. 1430).

"Volver a la comunión con Dios, después de haberla perdido por el pecado, es un movimiento que nace de la gracia de Dios, rico en misericordia y deseoso de la salvación de los hombres. Es preciso pedir este don precioso para sí mismo y para los demás" (1489).

"En el  «cara a cara» con Dios, los profetas sacan luz y fuerza para su misión. Su oración no es una huida del mundo infiel, sino una escucha de la palabra de Dios, a veces un litigio o una queja, siempre una intercesión que espera y prepara la intervención del Dios salvador, Señor de la historia" (2584).

"El que confiesa sus pecados actúa ya con Dios. Dios acusa tus pecados, si tú también te acusas, te unes a Dios. El hombre y el pecador, son por así decirlo, dos realidades: cuando oyes hablar del hombre, es Dios quien lo ha hecho; cuando oyes hablar del pecador, es el hombre mismo quien lo ha hecho. Destruye lo que tú has hecho para que Dios salve lo que él ha hecho... Cuando comienzas a detestar lo que has hecho, entonces tus obras buenas comienzan porque reconoces tus obras malas. El comienzo de las obras buenas es la confesión de las obras malas. Haces la verdad y vienes a la Luz" (San Agustín, ev. Ioa. 12,13) (1458).
La conversión es dudar de nuestro modo de ser y de vivir para entregarnos por la gracia divina al modo que nos propone el Evangelio.

Papa sobre la unidad de los cristianos: Detenerse en el pasado paraliza ...



Papa sobre la unidad de los cristianos: Detenerse en el pasado paraliza la vida en el presente



17 enero 2018

Ángelus del 14/01/2018 HD

Este 14 de enero, Jornada Mundial del Emigrante y Refugiado, antes de
rezar la oración mariana del Ángelus, el Papa Francisco afirmó que
podemos realizar muchas experiencias en nuestra vida, así como
establecer relaciones con tantas personas, pero sólo el encuentro con
Jesús, puede dar sentido pleno a la vida haciendo fecundos los propios
proyectos e iniciativas. De ahí que haya recordado la necesidad de
superar una religiosidad rutinaria y prevista, reavivando el encuentro
con Jesús en la oración, la meditación de la Palabra de Dios y
asistencia frecuente a los Sacramentos, para estar con Él y dar frutos
gracias a Él, a su ayuda y a su gracia

14 enero 2018

La oración cristiana es valerosa: El Papa Francisco en Casa Santa Martha...

Fe en Jesús y valor para ir más allá de las dificultades como han hecho
tantos santos. Es esto lo que caracteriza la oración cristiana, tal como
lo subrayó el Papa en su homilía de la Misa matutina celebrada en Casa
Santa Martha, este 12 de enero, inspirándose en las curaciones narradas
en el Evangelio. En el Evangelio de Marcos se relatan, tanto ayer como
hoy, dos curaciones, recordó el Papa. Ayer la del leproso y hoy la del
paralítico. Ambos rezan para obtener y lo hacen con fe: el leproso –
subrayó el Papa – desafía incluso a Jesús con valor, diciendo: “¡Si
quieres puedes purificarme!”. Y la respuesta del Señor es inmediata: “Lo
quiero”. Por lo tanto todo es posible para quien cree, como enseña el
Evangelio.

13 enero 2018

LIBRO DE LA SEMANA (13 Ene): Cien años de Literatura

(Cfr. www.criteriaclub.es)

 
  Cien años de literatura a la sombra del Gulag
PRECIO:
23,00 €