Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

13 enero 2023

PELICULA DE LA SEMANA (13 Ene): Operación fortun: El gran engaño

 (Cfr. www.filmaffinity.com)


Título original
Operation Fortune: Ruse de guerre
Año
Duración
114 min.
País
Estados Unidos Estados Unidos
Dirección
Guion
Ivan Atkinson, Marn Davies, Guy Ritchie
Música
Christopher Benstead
Fotografía
Alan Stewart
Reparto
Compañías
Miramax, STXfilms, AZ Celtic Films, Tencent Pictures. Distribuidora: STX Entertainment
Género
Thriller. Acción. Comedia
Sinopsis
El agente del MI6 Orson Fortune (Jason Statham) y su equipo reclutan a una de las estrellas de cine más importantes de Hollywood (Josh Harnett), para que los ayude en una misión encubierta para rastrear y detener la venta de nuevas tecnologías de armas mortales, a manos del multimillonario Greg Simmonds (Hugh Grant).
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LIBRO DE LA SEMANA (13 Ene): Cómo hacer que te pasen cosas buenas

 (Cfr. www.todostuslibros.com)

 

 


Entiende tu cerebro, gestiona tus emociones, mejora tu vida

Uniendo el punto de vista científico, psicológico y humano, la autora nos ofrece una reflexión profunda, salpicada de útiles consejos y con vocación eminentemente didáctica, acerca...
978-84-670-5330-2 / Espasa
19,90€
(19,13€ sin IVA) 
 
 

Sinopsis

Ficha Técnica

Materias:
Autoayuda y desarrollo personal
Editorial:
Espasa
Colección:
Fuera de colección
Encuadernación:
Tapa blanda o Bolsillo
País de publicación :
España
Idioma de publicación :
Castellano
Idioma original :
Castellano
Autor/a: :
Rojas Estapé, Marian
ISBN:
978-84-670-5330-2
EAN:
9788467053302
Dimensiones:
230 x 150 mm.
Peso:
278 gramos
Nº páginas:
232
Fecha publicación :
09-10-2018
Más sobre el autor

Rojas Estapé, Marian


Homilía del Papa Francisco en el Funeral de Benedicto XVI

(Cfr. www.almudi.org

 


«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu»

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46). Son las últimas palabras que el Señor pronunció en la cruz; su último suspiro —podríamos decir— capaz de confirmar lo que selló toda su vida: un continuo entregarse en las manos de su Padre. Manos de perdón y de compasión, de curación y de misericordia, manos de unción y bendición que lo impulsaron a entregarse también en las manos de sus hermanos. El Señor, abierto a las historias que encontraba en el camino, se dejó cincelar por la voluntad de Dios, cargando sobre sus hombros todas las consecuencias y dificultades del Evangelio, hasta ver sus manos llagadas por amor: «Aquí están mis manos» (Jn 20, 27), le dijo a Tomás, y lo dice a cada uno de nosotros: “aquí están mis manos”. Manos llagadas que salen al encuentro y no cesan de ofrecerse para que conozcamos el amor que Dios nos tiene y creamos en él (cf. 1Jn 4, 16) [1].

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» es la invitación y el programa de vida que inspira y quiere moldear como un alfarero (cf. Is 29, 16) el corazón del pastor, hasta que latan en él los mismos sentimientos de Cristo Jesús (cf. Flp 2, 5). Entrega agradecida de servicio al Señor y a su Pueblo, que nace por haber acogido un don totalmente gratuito: “Tú me perteneces… tú les perteneces”, susurra el Señor; “tú estás bajo la protección de mis manos, bajo la protección de mi corazón. Permanece en el hueco de mis manos y dame las tuyas” [2]. Es la condescendencia de Dios y su cercanía, capaz de ponerse en las manos frágiles de sus discípulos para alimentar a su pueblo y decir con Él: tomen y coman, tomen y beban, esto es mi cuerpo, cuerpo que se entrega por ustedes (cf. Lc 22, 19). La synkatabasis total de Dios.

Entrega orante que se forja y acrisola silenciosamente entre las encrucijadas y contradicciones que el pastor debe afrontar (cf. 1P 1, 6-7) y la confiada invitación a apacentar el rebaño (cf. Jn 21, 17). Como el Maestro, lleva sobre sus hombros el cansancio de la intercesión y el desgaste de la unción por su pueblo, especialmente allí donde la bondad está en lucha y sus hermanos ven peligrar su dignidad (cf. Hb 5, 7-9). Encuentro de intercesión donde el Señor va gestando esa mansedumbre capaz de comprender, recibir, esperar y apostar más allá de las incomprensiones que esto puede generar. Fecundidad invisible e inaferrable, que nace de saber en qué manos se ha puesto la confianza (cf. 2Tm 1, 12). Confianza orante y adoradora, capaz de interpretar las acciones del pastor y ajustar su corazón y sus decisiones a los tiempos de Dios (cf. Jn 21, 18): «Apacentar quiere decir amar, y amar quiere decir también estar dispuestos a sufrir. Amar significa dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios, de la palabra de Dios; el alimento de su presencia» [3].

Y también entrega sostenida por la consolación del Espíritu, que lo espera siempre en la misión: en la búsqueda apasionada por comunicar la hermosura y la alegría el Evangelio (cf. Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 57), en el testimonio fecundo de aquellos que, como María, permanecen de muchas maneras al pie de la cruz, en esa dolorosa pero recia paz que no agrede ni avasalla; y en la terca pero paciente esperanza en que el Señor cumplirá su promesa, como lo había prometido a nuestros padres y a su descendencia por siempre (cf. Lc 1, 54-55).

También nosotros, aferrados a las últimas palabras del Señor y al testimonio que marcó su vida, queremos, como comunidad eclesial, seguir sus huellas y confiar a nuestro hermano en las manos del Padre: que estas manos de misericordia encuentren su lámpara encendida con el aceite del Evangelio, que él esparció y testimonió durante su vida (cf. Mt 25, 6-7).

San Gregorio Magno, al finalizar la Regla pastoral, invitaba y exhortaba a un amigo a ofrecerle esta compañía espiritual: «En medio de las tempestades de mi vida, me alienta la confianza de que tú me mantendrás a flote en la tabla de tus oraciones, y que, si el peso de mis faltas me abaja y humilla, tú me prestarás el auxilio de tus méritos para levantarme». Es la conciencia del Pastor que no puede llevar solo lo que, en realidad, nunca podría soportar solo y, por eso, es capaz de abandonarse a la oración y al cuidado del pueblo que le fue confiado [4]. Es el Pueblo fiel de Dios que, reunido, acompaña y confía la vida de quien fuera su pastor. Como las mujeres del Evangelio en el sepulcro, estamos aquí con el perfume de la gratitud y el ungüento de la esperanza para demostrarle, una vez más, ese amor que no se pierde; queremos hacerlo con la misma unción, sabiduría, delicadeza y entrega que él supo esparcir a lo largo de los años. Queremos decir juntos: “Padre, en tus manos encomendamos su espíritu”.

Benedicto, fiel amigo del Esposo, que tu gozo sea perfecto al oír definitivamente y para siempre su voz.

P.P. Francisco, en vatican.va

Notas:

[1]   Cf. Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est, 1.

[2]   Cf. Íd., Homilía en la Misa Crismal, 13 de abril de 2006.

[3]   Íd., Homilía en la Misa de inicio del pontificado, 24 de abril de 2005.

[4]   Cf. ibíd

12 enero 2023

Meditación Domingo 2º t.o. (A)

 (Cfr. www.almudi.org)

 

El Cordero de Dios

“En aquel tiempo, vio Juan venir Jesús y dijo: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es por quien yo dije: ‘Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo’. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que Él sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios»” (Jn 1,29-34).

I. Hemos contemplado a Jesús nacido en Belén, adorado por los pastores y por los Magos, «pero el Evangelio de este domingo nos lleva, una vez más, a las riberas del Jordán, donde, a los treinta años de su nacimiento, Juan el Bautista prepara a los hombres para su venida. Y cuando ve a Jesús que venía hacia él, dice: Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29) (...). Nos hemos habituado a las palabras Cordero de Dios, y, sin embargo, éstas son siempre palabras maravillosas, misteriosas, palabras poderosas». ¡Qué resonancias tendrían en los oyentes que conocían el significado del cordero pascual, cuya sangre había sido derramada la noche en que los judíos fueron liberados de la esclavitud en Egipto! Además, todos los israelitas conocían bien las palabras de Isaías, que había comparado los sufrimientos del Siervo de Yahvé, el Mesías, con el sacrificio de un cordero. El cordero pascual que cada año se sacrificaba en el Templo era a la vez el recuerdo de la liberación y del pacto que Dios había estrechado con su pueblo. Todo ello era promesa y figura del verdadero Cordero, Cristo, Víctima en el sacrificio del Calvario en favor de toda la humanidad. Él es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo, muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida. Por su parte, San Pablo dirá a los primeros cristianos de Corinto que nuestro Cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado, y les invita a una vida nueva, a una vida santa.

Esta expresión: «Cordero de Dios», ha sido muy meditada y comentada por los teólogos y autores espirituales; se trata de un título «de rico contenido teológico. Es uno de esos recursos del lenguaje humano que intenta expresar una realidad plurivalente y divina. O mejor dicho, una de esas expresiones acuñadas por Dios, para revelar algo muy importante de Sí mismo».

Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, anuncia San Juan Bautista; y este pecado del mundo es todo género de pecados: el de origen, que en Adán alcanzó también a sus descendientes, y los pecados personales de los hombres de todos los tiempos. En Él está nuestra esperanza de salvación. Él mismo es una fuerte llamada a la esperanza, porque Cristo ha venido para perdonar y curar las heridas del pecado. Cada día, antes de administrar la Sagrada Comunión a los fieles, los sacerdotes pronuncian estas palabras del Bautista, mientras muestran al mismo Jesús: Éste es el Cordero de Dios... La profecía de Isaías ya se cumplió en el Calvario y se vuelve a actualizar en cada Misa, como recordamos hoy en la oración sobre las ofrendas: cada vez que celebramos este memorial del sacrificio de Cristo, se realiza la obra de nuestra redención. La Iglesia quiere que agradezcamos al Señor su entrega hasta la muerte por nuestra salvación, y el haber querido ser alimento de nuestras almas.

Desde los primeros tiempos el arte cristiano ha representado a Jesucristo, Dios y Hombre, en la figura del Cordero Pascual. Recostado a veces sobre el Libro de la vida, la iconografía quiere recordar lo que nos enseña la fe: es el que quita el pecado del mundo, el que ha sido sacrificado y posee todo el poder y la sabiduría; ante Él se postran en adoración los veinticuatro ancianos -según la visión del Apocalipsis-, preside la gran Cena de las bodas nupciales, recibe a la Esposa, purifica con su sangre a los bienaventurados..., y es el único que puede abrir el libro de los siete sellos: el Principio y el Fin, el Alfa y la Omega, el Redentor lleno de mansedumbre y el Juez omnipotente que ha de venir a retribuir a cada uno según sus obras.

«A perdonar ha venido Jesús. Es el Redentor, el Reconciliador. Y no perdona una vez sola; ni perdona a la abstracta humanidad, en su conjunto. Nos perdona a cada uno de nosotros, tantas cuantas veces, arrepentidos, nos acercamos a Él (...). Nos perdona y nos regenera: nos abre de nuevo las puertas de la gracia, para que podamos ‑esperanzadamente- proseguir nuestro caminar». Agradezcamos al Señor tantas veces como ya nos ha perdonado. Pidámosle que nunca dejemos de acercarnos a esa fuente de la misericordia divina, que es la Confesión.

II. ¡El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! Jesús se convirtió en el Cordero inmaculado, ofrecido con docilidad y mansedumbre absolutas para reparar las faltas de los hombres, sus crímenes, sus traiciones; de ahí que resulte tan expresivo el título con que se le nombra, «porque -comenta Fray Luis de León- Cordero, refiriéndolo a Cristo, dice tres cosas: mansedumbre de condición, pureza e inocencia de vida, y satisfacción de sacrificio y ofrenda».

Resulta muy notable la insistencia de Cristo en su constante llamada a los pecadores: Pues el Hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido. Él lavó nuestros pecados en su sangre. La mayor parte de sus contemporáneos le conocen precisamente por esa actitud misericordiosa: los escribas y los fariseos murmuraban y decían: Éste recibe a los pecadores y come con ellos. Y se sorprenden porque perdona a la mujer adúltera con estas sencillas palabras: Vete y no peques más. Y nos da la misma enseñanza en la parábola del publicano y del fariseo: Señor, ten piedad de mí que soy un pecador, y en la parábola del hijo pródigo... La relación de sus enseñanzas y de sus encuentros misericordiosos con los pecadores resultaría interminable, gozosamente interminable. ¿Podremos nosotros perder la esperanza de alcanzar el perdón, cuando es Cristo quien perdona? ¿Podremos perder la esperanza de recibir las gracias necesarias para ser santos, cuando es Cristo quien nos las puede dar? Esto nos llena de paz y de alegría.

En el sacramento del perdón obtenemos además las gracias necesarias para luchar y vencer en esos defectos que quizá se hallan arraigados en el carácter y que son muchas veces la causa del desánimo y del desaliento. Para descubrir hoy si alcanzamos todas las gracias que el Señor nos tiene preparadas en este sacramento, examinemos cómo son estos tres aspectos: nuestro examen de conciencia, el dolor de los pecados y el propósito firme de la enmienda. «Se podría decir que son, respectivamente, actos propios de la fe -el conocimiento sobrenatural de nuestra conducta, según nuestras obligaciones-; del amor, que agradece los dones recibidos y llora por la propia falta de correspondencia; y de la esperanza, que aborda con ánimo renovado la lucha en el tiempo que Dios nos concede a cada uno, para que se santifique. Y así como de estas tres virtudes la mayor es el amor, así el dolor -la compunción, la contrición- es lo más importante en el examen de conciencia: si no concluye en dolor, quizá esto indica que nos domina la ceguera, o que el móvil de nuestra revisión no procede del amor a Dios. En cambio, cuando nuestras faltas nos llevan a ese dolor (...), el propósito brota inmediato, determinado, eficaz».

Señor, ¡enséñame a arrepentirme, indícame el camino del amor! ¡Que mis flaquezas me lleven a amarte más y más! ¡Muéveme con tu gracia a la contrición cuando tropiece! <12> III. «Jesucristo nos trae la llamada a la santidad y continuamente nos da las ayudas necesarias para la santificación. Continuamente nos da el poder de llegar a ser hijos de Dios, como proclama la liturgia de hoy en el canto del Aleluia . Esta fuerza de la santificación del hombre (...) es el don del Cordero de Dios». Esta santidad se realiza en una purificación continua del fondo del alma, condición esencial para amar cada día más a Dios. Por eso, amar la Confesión frecuente es síntoma claro de delicadeza interior, de amor a Dios; y su desprecio o indiferencia -cuando aparecen con facilidad la excusa o el retraso-indica falta de finura de alma y, quizá, tibieza, tosquedad e insensibilidad para las mociones que el Espíritu Santo suscita en el corazón.

Es preciso que andemos ligeros y que dejemos a un lado lo que estorba, el lastre de nuestras faltas. Toda Confesión contrita nos ayuda a mirar adelante para recorrer con alegría el camino que todavía nos queda por andar, llenos de esperanza. Cada vez que recibimos este sacramento oímos, como Lázaro, aquellas palabras de Cristo: Desatadle y dejadle andar, porque las faltas, las flaquezas, los pecados veniales... atan y enredan al cristiano, y no le dejan seguir con presteza su camino. «Y así como el difunto salió aún atado, lo mismo el que va a confesarse todavía es reo. Para que quede libre de sus pecados dijo el Señor a los ministros: Desatadle y dejadle andar...». El sacramento de la Penitencia rompe todas las ataduras con que el demonio intenta tenernos sujetos para que no vayamos deprisa hacia Cristo.

La Confesión frecuente de nuestros pecados está muy relacionada con la santidad, con el amor a Dios, pues allí el Señor nos afina y enseña a ser humildes. La tibieza, por el contrario, crece donde aparecen la dejadez y el abandono, las negligencias y los pecados veniales sin arrepentimiento sincero. En la Confesión contrita dejamos el alma clara y limpia. Y, como somos débiles, sólo una Confesión frecuente permitirá un estado permanente de limpieza y de amor; se convierte en el mejor remedio para alejar todo asomo de tibieza, de aburguesamiento, de desamor, en la vida interior.

«Precisamente, uno de los motivos principales para el alto precio de la Confesión frecuente es que, si se practica bien, es enteramente imposible un estado de tibieza. Esta convicción puede ser el fundamento de que la Santa Iglesia recomiende tan insistentemente (...) la Confesión frecuente o Confesión semanal». Por esta razón debemos esforzarnos en cuidar su puntualidad y en acercarnos a ella cada vez con mejores disposiciones.

Cristo, Cordero inmaculado, ha venido a limpiarnos de nuestros pecados, no sólo de los graves, sino también de las impurezas y faltas de amor de la vida corriente. Examinemos hoy con qué amor nos acercamos al sacramento de la Penitencia, veamos si acudimos con la frecuencia que el Señor nos pide.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

 

Homilñia Domingo 2º t.o.(A)

 (Cfr. www.almudi.org)

 




(Is 49,3.5-6) "Mi Dios ha sido mi fortaleza"
(1 Cor 1,1-3) "Gracias a vosotros y paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo"
(Jn 1,29-34) "He aquí el que quita el pecado del mundo"


Homilía con textos de homilías pronunciadas por san Juan Pablo II

Homilía en la parroquia de San José, en la Vía del Triunfo (18-I-1981)


--- El misterio de Dios hecho Hombre

"La gracia y la paz delante de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo" (1 Cor 1,3).

El tiempo de Navidad, que hemos vivido hace poco, ha renovado en nosotros la conciencia de que "el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1,14). Esta conciencia no nos abandona jamás; sin embargo, en este período se hace particularmente viva y expresiva. Se convierte en el contenido de la liturgia, pero también en el contenido de la vida cristiana, familiar y social. Nos preparamos siempre para esta santa noche del nacimiento temporal de Dios mediante el Adviento, tal como lo proclama hoy el Salmo responsorial: "Yo esperaba con ansia al Señor: Él se inclinó y escuchó mi grito"(Sal 39/40,2).

Es admirable este inclinarse del Señor sobre los hombres. Haciéndose hombre, y ante todo como Niño indefenso, hace que más bien nos inclinemos sobre Él, igual que María y José, como los pastores, y luego los tres Magos de Oriente. Nos inclinamos con veneración, pero también con ternura. ¡En el nacimiento terreno de su Hijo, Dios se "adapta" al hombre tanto, que incluso se hace hombre!

Y precisamente este hecho se nos recuerda ahora, si seguimos el hilo del Salmo: nos "puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios" (Sal 39/40,4). ¡Qué candor se trasluce en nuestros cantos navideños! ¡Cómo expresan la cercanía de Dios, que se ha hecho hombre y débil niño! ¡Que jamás perdamos el sentido profundo de este misterio! Que lo mantengamos siempre vivo, tal como lo han transmitido los grandes santos.

Lo expresa también el Profeta Isaías cuando proclama hoy en la primera lectura: "Mi Dios fue mi fuerza" (Is 49,5). Y en la segunda lectura San Pablo se dirige a los Corintios -y al mismo tiempo indirectamente a nosotros- como a "los consagrados por Jesucristo, al pueblo santo que Él llamó" (1 Cor 1,2).

--- Llamada a la santidad

El reciente Concilio nos ha recordado la vocación de todos a la santidad. ¡Esta es precisamente nuestra vocación en Jesucristo! Y es don esencial del nacimiento temporal de Dios. ¡Al nacer como hombre el Hijo de Dios confiesa la dignidad del ser humano, y a la vez le hace una nueva llamada, la llamada a la santidad!

¿Quién es Jesucristo?

El que nació la noche de Belén. El que fue revelado a los pastores y a los Magos de Oriente. Pero el Evangelio de este domingo nos lleva una vez más a las riberas del Jordán, donde después de 30 años de su nacimiento, Juan Bautista prepara a los hombres para su venida. Y cuando ve a Jesús, "que venía hacia él", dice: "Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29).

Juan afirma que bautiza en el Jordán "con agua para que -Jesús de Nazaret- sea manifestado a Israel" (Jn 1,31).

Nos habituamos a las palabras: "Cordero de Dios". Y, sin embargo, éstas son simplemente palabras maravillosas, misteriosas, palabras potentes. ¡Cómo podían comprenderlas los oyentes inmediatos de Juan, que conocían el sacrificio del cordero ligado a la noche del éxodo de Israel de la esclavitud de Egipto!

¡El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!

Los versos siguientes del Salmo responsorial de hoy explican más plenamente lo que se reveló en el Jordán y a través de las palabras de Juan Bautista, y que ya había comenzado la noche de Belén. El salmo se dirige a Dios con las palabras del Salmista, pero indirectamente nos trae de nuevo las palabras del Hijo eterno hecho hombre: "Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y en cambio me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio, entonces yo digo: Aquí estoy -como está escrito en mi libro- para hacer tu voluntad. Dios mío, lo quiero" (Sal 39/40,7-9).

Así habla, con las palabras del Salmo, el Hijo de Dios hecho hombre. Juan capta la misma verdad en el Jordán, cuando señalándolo, grita: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29).

Hemos sido, pues, "santificados en Cristo Jesús". Y estamos "llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo Señor nuestro" (1 Cor 1,2).

Jesucristo es el Cordero de Dios, que dice de Sí mismo: "Dios mío, quiero hacer tu voluntad, y llevo tu ley en las entrañas" (cf. Sal. 39/40, 9).

--- Santidad: la alegría de hacer la voluntad de Dios

¿Qué es la santidad? Es precisamente la alegría de hacer la voluntad de Dios.

El hombre experimenta esta alegría por medio de una constante acción profunda sobre sí mismo, por medio de la fidelidad a la ley divina, a los mandamientos del Evangelio. E incluso con renuncias.

El hombre participa de esta alegría siempre y exclusivamente por medio de Jesucristo, Cordero de Dios. ¡Qué elocuente es que escuchemos las palabras pronunciadas por Juan en el Jordán, cuando debemos acercarnos a recibir a Cristo en nuestros corazones y en la comunión eucarística!

Viene a nosotros el que trae la alegría de hacer la voluntad de Dios. El que trae la santidad.

Escuchamos las palabras: "Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo". Y continuamente sentimos la llamada a la santidad.

Jesucristo nos trae la llamada a la santidad y continuamente nos da la fuerza de la santificación. Continuamente nos da "el poder de llegar a ser hijos de Dios", como lo proclama la liturgia de hoy en el canto del Aleluya.

Esta potencia de santificación del hombre, potencia continua e inagotable, es el don del Cordero de Dios. Juan señalándolo en el Jordán, dice: "Éste es el Hijo de Dios" (Jn 1,34), "Ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo" (Jn 1,33), es decir, nos sumerge en ese Espíritu al que Juan vio, mientras bautizaba, "que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre Él" (Jn 1,32). Éste fue el signo mesiánico. En este signo, Él mismo, que está lleno de poder y de Espíritu Santo, se ha revelado como causa de nuestra santidad: el Cordero de Dios, el autor de nuestra santidad.

¡Dejemos que Él actúe en nosotros con la potencia del Espíritu Santo!

¡Dejemos que Él nos guíe por los caminos de la fe, de la esperanza, de la caridad, por el camino de la santidad!

¡Dejemos que el Espíritu Santo -Espíritu de Jesucristo- renueve la faz de la tierra a través de cada uno de nosotros!

De este modo, resuene en toda nuestra vida el canto de Navidad.


08 enero 2023

PELICULA DE LA SEMANA (6 Ene): Operación Fortune. El gran engaño


 (Cfr. www.filmaffinity.com)

 

Título original
Operation Fortune: Ruse de guerre
Año
Duración
114 min.
País
Estados Unidos Estados Unidos
Dirección
Guion
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Música
Christopher Benstead
Fotografía
Alan Stewart
Reparto
Compañías
Miramax, STXfilms, AZ Celtic Films, Tencent Pictures. Distribuidora: STX Entertainment
Género
Thriller. Acción. Comedia
Sinopsis
El agente del MI6 Orson Fortune (Jason Statham) y su equipo reclutan a una de las estrellas de cine más importantes de Hollywood (Josh Harnett), para que los ayude en una misión encubierta para rastrear y detener la venta de nuevas tecnologías de armas mortales, a manos del multimillonario Greg Simmonds (Hugh Grant).
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LIBRO DE LA SEMANA (6 Ene): La encrucijada mundial

 (Cfr. www.todostuslibros.com)

 

 

La encrucijada mundial 

Sinopsis

Ficha Técnica

Materias:
Influencia de la ciencia y la tecnología sobre la sociedad | Geopolítica | Ciencias políticas y teoría
Editorial:
Editorial Ariel
Colección:
Ariel
Encuadernación:
Cartoné
País de publicación :
España
Idioma de publicación :
Castellano
Idioma original :
Castellano
Autor/a: :
Baños, Pedro
ISBN:
978-84-344-3583-4
EAN:
9788434435834
Dimensiones:
230 x 145 mm.
Peso:
1090 gramos
Nº páginas:
608
Fecha publicación :
23-11-2022
Más sobre el autor

Baños, Pedro

 

 

Catequesis sobre el discernimiento 14. El acompañamiento espiritual

 (Cfr. www.almudi.org)

 


El Papa Francisco ha concluido su ciclo de catequesis sobre el discernimiento. Ha dicho que “confrontar nuestra vida con otra persona que tenga experiencia es de gran ayuda para conocernos a nosotros mismos”

Y antes de iniciar su reflexión ha dedicado unas a Benedicto XVI; "Su pensamiento agudo y educado no era autorreferencial, sino eclesial, porque siempre quiso acompañarnos al encuentro con Jesús”

Catequesis del Santo Padre en español

PARA VERLA Y ESCUCHARLA, PINCHA AQUI: https://youtu.be/b_XzYElUzb0

Texto completo de la catequesis del Santo Padre traducido al español

Antes de iniciar esta catequesis quisiera que nos uniésemos a cuantos, aquí al lado, están rindiendo homenaje a Benedicto XVI y dirigir mi pensamiento a él, que ha sido un gran maestro de catequesis. Su pensamiento agudo y cortés no fue autorreferencial, sino eclesial, porque siempre quiso acompañarnos al encuentro con Jesús. Jesús, el Crucificado resucitado, el Viviente y el Señor, fue la meta a la que el Papa Benedicto nos ha conducido, llevándonos de la mano. Que nos ayude a redescubrir en Cristo la alegría de creer y la esperanza de vivir.

Con esta catequesis de hoy concluimos el ciclo dedicado al tema del discernimiento, y lo hacemos completando el discurso sobre las ayudas que pueden y deben sostenerlo: sostener el proceso de discernimiento. Una de ellas es el acompañamiento espiritual, importante sobre todo para el conocimiento de sí, que hemos visto que es una condición indispensable para el discernimiento. Mirarse al espejo, solos, no siempre ayuda, porque uno puede alterar la imagen. En cambio, mirarse al espejo con la ayuda de otro, eso ayuda mucho porque el otro te dice la verdad –cuando es veraz– y así te ayuda.

La gracia de Dios siempre obra en nuestra naturaleza. Pensando en una parábola evangélica, podemos comparar la gracia a la buena semilla y la naturaleza a la tierra (cfr. Mc 4, 3-9). Sobre todo, es importante darnos a conocer, sin miedo a compartir los aspectos más frágiles, donde nos encontramos más sensibles, débiles o temerosos de ser juzgados. Darse a conocer, manifestarse a una persona que nos acompaña en el camino de la vida. No que decida por nosotros, no: sino que nos acompaña. Porque la fragilidad es, en realidad, nuestra verdadera riqueza: todos somos ricos en fragilidad, todos; verdadera riqueza, que debemos aprender a respetar y acoger, porque, cuando se ofrece a Dios, nos hace capaces de ternura, misericordia y amor. ¡Ay de las personas que no se sienten frágiles: son duras, dictatoriales! En cambio, las personas que humildemente reconocen sus propias debilidades son más comprensivas con los demás. La fragilidad –puedo decir– nos hace humanos. No es casualidad que la primera de las tres tentaciones de Jesús en el desierto –la ligada al hambre– intente despojarnos de nuestra fragilidad, presentándonosla como un mal del que hay que librarse, un impedimento para ser como Dios. Sin embargo, es nuestro tesoro más preciado: en efecto, Dios, para hacernos semejantes a Él, quiso compartir plenamente nuestra propia fragilidad. Miremos el crucifijo: Dios que ha descendido precisamente a la fragilidad. Miremos el pesebre que llega en una gran fragilidad humana. Él compartió nuestra fragilidad.

Y el acompañamiento espiritual, si es dócil al Espíritu Santo, ayuda incluso a desenmascarar las incomprensiones graves en nuestra consideración de nosotros mismos y en nuestra relación con el Señor. El Evangelio presenta varios ejemplos de conversaciones clarificadoras y liberadoras hechas por Jesús. Pensemos, por ejemplo, en las de la mujer samaritana, que la leemos, la leemos, y siempre está esa sabiduría y ternura de Jesús; pensemos en Zaqueo, pensemos en la mujer pecadora, pensemos en Nicodemo y los discípulos de Emaús: el modo de acercarse del Señor. Las personas que tienen un verdadero encuentro con Jesús no tienen miedo de abrirle el corazón, de presentar su vulnerabilidad, su inadecuación, su fragilidad. De este modo, el compartir se convierte en una experiencia de salvación, de perdón gratuitamente aceptado.

Contar delante de otro lo que hemos vivido o lo que buscamos ayuda a aclararnos, sacando a la luz los muchos pensamientos que nos habitan y que muchas veces nos inquietan con sus insistentes estribillos. Cuántas veces, en momentos oscuros, nos vienen pensamientos como este: “Todo lo he hecho mal, no valgo nada, nadie me entiende, nunca lo lograré, estoy condenado al fracaso”, cuántas veces hemos llegado a pensar en esas cosas. Pensamientos falsos y venenosos, que el diálogo con el otro ayuda a desenmascarar, para que podamos sentirnos amados y estimados por el Señor por lo que somos, capaces de hacer cosas buenas por Él. Descubrimos con sorpresa diferentes modos de ver las cosas, signos de bien siempre presentes en nosotros. Es verdad, podemos compartir nuestras debilidades con otro, con el que nos acompaña en la vida, en la vida espiritual, el maestro de vida espiritual, ya sea laico, sacerdote, y decir: “Mira lo que me pasa: soy un desgraciado, estas cosas me están pasando”. Y el que acompaña responde: “Sí, todos tenemos esas cosas”. Esto nos ayuda a aclararnos bien y ver de dónde vienen las raíces y así superarlas.

Aquel o aquella que acompaña –el acompañante– no reemplaza al Señor, no hace la labor del acompañado, sino que camina junto a él, lo anima a leer lo que se mueve en su corazón, el lugar por excelencia donde habla el Señor. El guía espiritual, al que llamamos director espiritual –no me gusta este término, prefiero guía espiritual, es mejor– es el que te dice: “Está bien, pero mira aquí, mira aquí”, te llama la atención sobre las cosas que tal vez pasan; te ayuda a comprender mejor los signos de los tiempos, la voz del Señor, la voz del tentador, la voz de las dificultades que no logras vencer. Por eso es muy importante no caminar solo. Hay un dicho de la sabiduría africana –porque tienen esa mística de la tribu– que dice: “Si quieres llegar rápido, ve solo; si quieres llegar sano y salvo, ve con los demás”, ve acompañado, ve con tu gente. Es importante. En la vida espiritual es mejor estar acompañado de alguien que conozca nuestras cosas y nos ayude. Y eso es el acompañamiento espiritual.

Este acompañamiento puede ser fecundo si por ambas partes hay una experiencia de filiación y fraternidad espiritual. Descubrimos que somos hijos de Dios cuando nos sentimos hermanos, hijos del mismo Padre. Para eso es imprescindible estar dentro de una comunidad en camino. No estamos solos, somos gente de un pueblo, de una nación, de una ciudad que camina, de una Iglesia, de una parroquia, de ese grupo… una comunidad que camina. Uno no va al Señor solo: eso no es bueno. Tenemos que entender esto bien. Como en el relato evangélico del paralítico, muchas veces somos sostenidos y sanados gracias a la fe de otra persona (cfr. Mc 2,1-5) que nos ayuda a seguir adelante, porque todos a veces tenemos una parálisis interior y necesitamos que alguien nos asista a superar ese conflicto con ayuda. Uno no va solo al Señor, recordémoslo bien; otras veces somos nosotros los que hacemos este compromiso a favor de otro hermano o hermana, y somos acompañantes para ayudar a ese otro. Sin la experiencia de la filiación y la fraternidad, el acompañamiento puede dar lugar a expectativas irreales, a malentendidos, a formas de dependencia que dejan a la persona en un estado infantil. Acompañamiento, pero como hijos de Dios y hermanos con nosotros.

La Virgen María es maestra de discernimiento: habla poco, escucha mucho y guarda en su corazón (cfr. Lc 2,19). Las tres actitudes de la Virgen: hablar poco, escuchar mucho y guardar en el corazón. Y las pocas veces que habla, deja huella. Por ejemplo, en el evangelio de Juan hay una frase muy corta pronunciada por María que es un mandato para los cristianos de todos los tiempos: “Haced lo que Él os diga” (cfr. 2,5). Es curioso: una vez escuché a una viejecita muy buena, muy piadosa, no había estudiado teología, era muy sencilla. Y me dijo: “¿Sabe usted cuál es el gesto que siempre hace la Virgen?”. No sé: te abraza, te llama... “No: el gesto que hace la Virgen es este” [señala con el índice]. No entendí, y pregunto: “¿Qué significa?”. Y la anciana respondió: “Señala siempre a Jesús”. Esto es hermoso: Nuestra Señora no toma nada para sí, señala a Jesús. Haced lo que Jesús os dice: así es la Virgen. María sabe que el Señor habla al corazón de cada uno y pide que esa palabra se traduzca en acciones y decisiones. Ella lo supo hacer más que nadie, y de hecho está presente en los momentos fundamentales de la vida de Jesús, especialmente en la hora suprema de su muerte en la cruz.

Queridos hermanos y hermanas, acabamos esta serie de catequesis sobre el discernimiento: el discernimiento es un arte, un arte que se puede aprender y que tiene sus propias reglas. Bien aprendido, permite vivir la experiencia espiritual de una manera cada vez más bella y ordenada. Ante todo, el discernimiento es un don de Dios, que hay que pedir siempre, sin suponer nunca que somos expertos y autosuficientes. Señor, dame la gracia de discernir en los momentos de la vida, lo que debo hacer, lo que debo comprender. Dame la gracia para discernir, y dame la persona que me ayude a discernir.

La voz del Señor siempre se puede reconocer, tiene un estilo único, es una voz que apacigua, anima y tranquiliza en las dificultades. El Evangelio nos lo recuerda continuamente: “No temáis” (Lc 1,30), qué hermosa esa palabra del ángel a María después de la resurrección de Jesús; “no tengáis miedo”, “no tengáis miedo”, es precisamente el estilo del Señor: “no tengáis miedo”. "¡No tengáis miedo!", el Señor nos repite también hoy a nosotros;. “no temáis”: si confiamos en su palabra, jugaremos bien el partido de la vida y podremos ayudar a los demás. Como dice el Salmo, su Palabra es lámpara para nuestros pasos y luz en nuestro camino (cfr. 119,105).

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua francesa. El discernimiento es un arte que se puede aprender y que tiene sus reglas. Pidamos a la Virgen María que nos inicie en él y que el Espíritu Santo ponga en nuestro camino personas que puedan acompañarnos en nuestro itinerario hacia Dios. ¡Dios os bendiga!

Doy la bienvenida a todos los peregrinos de lengua inglesa presentes en esta Audiencia, especialmente a los grupos de Israel y de Estados Unidos de América. A vosotros y a vuestras familias, deseo un nuevo año lleno de alegría y de paz. ¡Dios os bendiga!

Queridos peregrinos de lengua alemana, con palabras de nuestro querido difunto Benedicto XVI quiero recordaros: “¡Quien cree nunca está solo!” Quien tiene a Dios como Padre tiene muchos hermanos y hermanas. En estos días experimentamos de modo particular lo muy universal que es esta comunidad de fe y que no acaba ni con la muerte. ¡Dios os bendiga!

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos a la Virgen María, maestra de discernimiento, que nos ayude a crecer en la vida interior y a caminar, como los magos de Oriente, confiando en las mediaciones que nos guían hacia su Hijo Jesús. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua portuguesa. Queridos hermanos y hermanas, al inicio de este nuevo año encomendémonos a la Madre de Dios para que, como Ella, nos apresuremos a ir al encuentro de los demás, compartiendo la alegría y la paz que el Niño Jesús nos da. ¡Que Él os bendiga para un feliz Año Nuevo!

Saludo a los fieles de lengua árabe, en particular al coro de la Basílica de la Anunciación de Nazaret. El discernimiento es un arte, un arte que se puede aprender y que tiene sus reglas. Si se entiende bien, permite vivir la experiencia espiritual de manera cada vez más bella y ordenada. ¡Que el Señor os bendiga a todos y os proteja ‎siempre de todo mal‎‎‎‏!

Saludo cordialmente a los peregrinos polacos. Queridos hermanos y hermanas, al inicio de este nuevo año encomendémonos al Señor. Su Palabra es lámpara para nuestros pasos y luz en nuestro camino. Por intercesión de María, Madre de Dios, pido al Señor la gracia para una vida serena y santa, llena de paz para vosotros y para vuestros seres queridos. ¡Os bendigo de corazón!

Dirijo una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. En particular, saludo a los participantes en el Congreso de la Asociación de Maestros Católicos. Queridos hermanos y hermanas, os animo a dedicaros con mansedumbre a la formación de los alumnos, que necesitan ver en vosotros testigos de verdad, de esperanza, de ternura.

Mi pensamiento va finalmente a los jóvenes, enfermos, ancianos y recién casados, que son muchos. Pasado mañana celebraremos la solemnidad de la Epifanía; como los Magos, que sepáis buscar con ánimo abierto a Cristo, luz del mundo y Salvador de la humanidad.

Animo a todos a perseverar en la cercanía afectuosa y solidaria con el martirizado pueblo ucraniano que tanto sufre y sigue sufriendo, invocando para ello el don de la paz. No nos cansemos de rezar. El pueblo ucraniano sufre, los niños ucranianos sufren: recemos por ellos. Y a todos mi bendición.

Fuente: vatican.va / romerports.com

Traducción de Luis Montoya