Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

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08 diciembre 2023

Meditación Domingo 2º Adviento

 (Cfr. www.almudi.org)

 

 

El Precursor: Preparad el camino del Señor

“Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Conforme está escrito en Isaías el profeta: Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino. Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas, apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados. Acudía a él gente de toda la región de Judea y todos los de Jerusalén, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. Juan llevaba un vestido de pie de camello; y se alimentaba de langostas y miel silvestre. Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.” (Marcos 1,1-8).

I. Mira al Señor que viene... Iba a llegar el Salvador y nadie advertía nada. Isaías, 30, 19-30) El mundo de entonces, como el de ahora, seguía como de costumbre en la indiferencia más completa. Estamos en Adviento, en la espera. En este tiempo litúrgico la Iglesia propone a nuestra meditación la figura de Juan el Bautista. Se muestra ya profeta en el seno de su madre. Aún no había nacido aún, cuando a la llegada de Santa María, salta de gozo dentro de su madre (Lucas 1, 76-77) Toda la esencia de la vida de Juan estuvo determinada por esta misión. Su vocación será preparar a Jesús un pueblo capaz de recibir el reino de Dios, y por otra parte, dar testimonio público de Él. No lo hará por gusto, sino porque para eso fue concebido. Así es todo apostolado: olvido de uno mismo y preocupación sincera por los demás. Juan lo hizo hasta dar la vida en el cumplimiento de su misión. Cada hombre en su sitio y circunstancias, tiene una vocación dada por Dios, y de su cumplimiento dependen muchas cosas queridas por la voluntad divina.

II. Juan sabe que ante Cristo no es ni siquiera digno de llevarle las sandalias (Mateo 3, 11). No se define a sí mismo según su ascendencia sacerdotal. Juan solamente dice: Yo soy la voz que clama en el desierto: Preparad los caminos del Señor, allanad sus sendas. Él no es más que eso: la voz. La voz que anuncia al Señor. A medida que Cristo se va manifestando, Juan busca quedar en segundo plano, ir desapareciendo. Con gran delicadeza se desprenderá de quienes le siguen para que se vayan con Cristo. Juan “perseveró en la santidad, porque se mantuvo humilde en su corazón” (SAN GREGORIO MAGNO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas). Su actitud es una enérgica advertencia contra el desordenado amor propio, que siempre nos empuja a ponernos en primer plano. Sin humildad no podríamos acercar a nuestros amigos al Señor. Y entonces nuestra vida quedaría vacía.

III. Nosotros hemos recibido con la gracia bautismal y la Confirmación el honroso deber de confesar, con las obras y de palabra, la fe en Cristo. Nuestra familia y nuestros amigos deben ser los primeros en beneficiarse del amor al Señor. Con el ejemplo y con la oración debemos llegar incluso hasta aquellos con quienes no tenemos ocasión de hablar. Sin perder de vista, nunca, que es la gracia de Dios y no nuestras fuerzas humanas la que consigue mover las almas hacia Jesús. La Reina de los Apóstoles aumentará nuestra ilusión y esfuerzo por acercar almas a su Hijo.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

12 enero 2023

Meditación Domingo 2º t.o. (A)

 (Cfr. www.almudi.org)

 

El Cordero de Dios

“En aquel tiempo, vio Juan venir Jesús y dijo: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es por quien yo dije: ‘Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo’. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que Él sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios»” (Jn 1,29-34).

I. Hemos contemplado a Jesús nacido en Belén, adorado por los pastores y por los Magos, «pero el Evangelio de este domingo nos lleva, una vez más, a las riberas del Jordán, donde, a los treinta años de su nacimiento, Juan el Bautista prepara a los hombres para su venida. Y cuando ve a Jesús que venía hacia él, dice: Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29) (...). Nos hemos habituado a las palabras Cordero de Dios, y, sin embargo, éstas son siempre palabras maravillosas, misteriosas, palabras poderosas». ¡Qué resonancias tendrían en los oyentes que conocían el significado del cordero pascual, cuya sangre había sido derramada la noche en que los judíos fueron liberados de la esclavitud en Egipto! Además, todos los israelitas conocían bien las palabras de Isaías, que había comparado los sufrimientos del Siervo de Yahvé, el Mesías, con el sacrificio de un cordero. El cordero pascual que cada año se sacrificaba en el Templo era a la vez el recuerdo de la liberación y del pacto que Dios había estrechado con su pueblo. Todo ello era promesa y figura del verdadero Cordero, Cristo, Víctima en el sacrificio del Calvario en favor de toda la humanidad. Él es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo, muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida. Por su parte, San Pablo dirá a los primeros cristianos de Corinto que nuestro Cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado, y les invita a una vida nueva, a una vida santa.

Esta expresión: «Cordero de Dios», ha sido muy meditada y comentada por los teólogos y autores espirituales; se trata de un título «de rico contenido teológico. Es uno de esos recursos del lenguaje humano que intenta expresar una realidad plurivalente y divina. O mejor dicho, una de esas expresiones acuñadas por Dios, para revelar algo muy importante de Sí mismo».

Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, anuncia San Juan Bautista; y este pecado del mundo es todo género de pecados: el de origen, que en Adán alcanzó también a sus descendientes, y los pecados personales de los hombres de todos los tiempos. En Él está nuestra esperanza de salvación. Él mismo es una fuerte llamada a la esperanza, porque Cristo ha venido para perdonar y curar las heridas del pecado. Cada día, antes de administrar la Sagrada Comunión a los fieles, los sacerdotes pronuncian estas palabras del Bautista, mientras muestran al mismo Jesús: Éste es el Cordero de Dios... La profecía de Isaías ya se cumplió en el Calvario y se vuelve a actualizar en cada Misa, como recordamos hoy en la oración sobre las ofrendas: cada vez que celebramos este memorial del sacrificio de Cristo, se realiza la obra de nuestra redención. La Iglesia quiere que agradezcamos al Señor su entrega hasta la muerte por nuestra salvación, y el haber querido ser alimento de nuestras almas.

Desde los primeros tiempos el arte cristiano ha representado a Jesucristo, Dios y Hombre, en la figura del Cordero Pascual. Recostado a veces sobre el Libro de la vida, la iconografía quiere recordar lo que nos enseña la fe: es el que quita el pecado del mundo, el que ha sido sacrificado y posee todo el poder y la sabiduría; ante Él se postran en adoración los veinticuatro ancianos -según la visión del Apocalipsis-, preside la gran Cena de las bodas nupciales, recibe a la Esposa, purifica con su sangre a los bienaventurados..., y es el único que puede abrir el libro de los siete sellos: el Principio y el Fin, el Alfa y la Omega, el Redentor lleno de mansedumbre y el Juez omnipotente que ha de venir a retribuir a cada uno según sus obras.

«A perdonar ha venido Jesús. Es el Redentor, el Reconciliador. Y no perdona una vez sola; ni perdona a la abstracta humanidad, en su conjunto. Nos perdona a cada uno de nosotros, tantas cuantas veces, arrepentidos, nos acercamos a Él (...). Nos perdona y nos regenera: nos abre de nuevo las puertas de la gracia, para que podamos ‑esperanzadamente- proseguir nuestro caminar». Agradezcamos al Señor tantas veces como ya nos ha perdonado. Pidámosle que nunca dejemos de acercarnos a esa fuente de la misericordia divina, que es la Confesión.

II. ¡El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! Jesús se convirtió en el Cordero inmaculado, ofrecido con docilidad y mansedumbre absolutas para reparar las faltas de los hombres, sus crímenes, sus traiciones; de ahí que resulte tan expresivo el título con que se le nombra, «porque -comenta Fray Luis de León- Cordero, refiriéndolo a Cristo, dice tres cosas: mansedumbre de condición, pureza e inocencia de vida, y satisfacción de sacrificio y ofrenda».

Resulta muy notable la insistencia de Cristo en su constante llamada a los pecadores: Pues el Hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido. Él lavó nuestros pecados en su sangre. La mayor parte de sus contemporáneos le conocen precisamente por esa actitud misericordiosa: los escribas y los fariseos murmuraban y decían: Éste recibe a los pecadores y come con ellos. Y se sorprenden porque perdona a la mujer adúltera con estas sencillas palabras: Vete y no peques más. Y nos da la misma enseñanza en la parábola del publicano y del fariseo: Señor, ten piedad de mí que soy un pecador, y en la parábola del hijo pródigo... La relación de sus enseñanzas y de sus encuentros misericordiosos con los pecadores resultaría interminable, gozosamente interminable. ¿Podremos nosotros perder la esperanza de alcanzar el perdón, cuando es Cristo quien perdona? ¿Podremos perder la esperanza de recibir las gracias necesarias para ser santos, cuando es Cristo quien nos las puede dar? Esto nos llena de paz y de alegría.

En el sacramento del perdón obtenemos además las gracias necesarias para luchar y vencer en esos defectos que quizá se hallan arraigados en el carácter y que son muchas veces la causa del desánimo y del desaliento. Para descubrir hoy si alcanzamos todas las gracias que el Señor nos tiene preparadas en este sacramento, examinemos cómo son estos tres aspectos: nuestro examen de conciencia, el dolor de los pecados y el propósito firme de la enmienda. «Se podría decir que son, respectivamente, actos propios de la fe -el conocimiento sobrenatural de nuestra conducta, según nuestras obligaciones-; del amor, que agradece los dones recibidos y llora por la propia falta de correspondencia; y de la esperanza, que aborda con ánimo renovado la lucha en el tiempo que Dios nos concede a cada uno, para que se santifique. Y así como de estas tres virtudes la mayor es el amor, así el dolor -la compunción, la contrición- es lo más importante en el examen de conciencia: si no concluye en dolor, quizá esto indica que nos domina la ceguera, o que el móvil de nuestra revisión no procede del amor a Dios. En cambio, cuando nuestras faltas nos llevan a ese dolor (...), el propósito brota inmediato, determinado, eficaz».

Señor, ¡enséñame a arrepentirme, indícame el camino del amor! ¡Que mis flaquezas me lleven a amarte más y más! ¡Muéveme con tu gracia a la contrición cuando tropiece! <12> III. «Jesucristo nos trae la llamada a la santidad y continuamente nos da las ayudas necesarias para la santificación. Continuamente nos da el poder de llegar a ser hijos de Dios, como proclama la liturgia de hoy en el canto del Aleluia . Esta fuerza de la santificación del hombre (...) es el don del Cordero de Dios». Esta santidad se realiza en una purificación continua del fondo del alma, condición esencial para amar cada día más a Dios. Por eso, amar la Confesión frecuente es síntoma claro de delicadeza interior, de amor a Dios; y su desprecio o indiferencia -cuando aparecen con facilidad la excusa o el retraso-indica falta de finura de alma y, quizá, tibieza, tosquedad e insensibilidad para las mociones que el Espíritu Santo suscita en el corazón.

Es preciso que andemos ligeros y que dejemos a un lado lo que estorba, el lastre de nuestras faltas. Toda Confesión contrita nos ayuda a mirar adelante para recorrer con alegría el camino que todavía nos queda por andar, llenos de esperanza. Cada vez que recibimos este sacramento oímos, como Lázaro, aquellas palabras de Cristo: Desatadle y dejadle andar, porque las faltas, las flaquezas, los pecados veniales... atan y enredan al cristiano, y no le dejan seguir con presteza su camino. «Y así como el difunto salió aún atado, lo mismo el que va a confesarse todavía es reo. Para que quede libre de sus pecados dijo el Señor a los ministros: Desatadle y dejadle andar...». El sacramento de la Penitencia rompe todas las ataduras con que el demonio intenta tenernos sujetos para que no vayamos deprisa hacia Cristo.

La Confesión frecuente de nuestros pecados está muy relacionada con la santidad, con el amor a Dios, pues allí el Señor nos afina y enseña a ser humildes. La tibieza, por el contrario, crece donde aparecen la dejadez y el abandono, las negligencias y los pecados veniales sin arrepentimiento sincero. En la Confesión contrita dejamos el alma clara y limpia. Y, como somos débiles, sólo una Confesión frecuente permitirá un estado permanente de limpieza y de amor; se convierte en el mejor remedio para alejar todo asomo de tibieza, de aburguesamiento, de desamor, en la vida interior.

«Precisamente, uno de los motivos principales para el alto precio de la Confesión frecuente es que, si se practica bien, es enteramente imposible un estado de tibieza. Esta convicción puede ser el fundamento de que la Santa Iglesia recomiende tan insistentemente (...) la Confesión frecuente o Confesión semanal». Por esta razón debemos esforzarnos en cuidar su puntualidad y en acercarnos a ella cada vez con mejores disposiciones.

Cristo, Cordero inmaculado, ha venido a limpiarnos de nuestros pecados, no sólo de los graves, sino también de las impurezas y faltas de amor de la vida corriente. Examinemos hoy con qué amor nos acercamos al sacramento de la Penitencia, veamos si acudimos con la frecuencia que el Señor nos pide.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

 

03 diciembre 2022

Meditación Domingo 2º Adviento (A)

(Cfr. www.almudi.org)

 

El Precursor: Preparad el camino del Señor

“Por aquellos días se presentó Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: «Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos». Éste es aquél de quien habla el profeta Isaías cuando dice: ‘Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas’. Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero a sus lomos, y su comida eran langostas y miel silvestre. Acudía entonces a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.
Pero viendo él venir muchos fariseos y saduceos al bautismo, les dijo: «Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente? Dad, pues, fruto digno de conversión, y no creáis que basta con decir en vuestro interior: ‘Tenemos por padre a Abraham’; porque os digo que puede Dios de estas piedras dar hijos a Abraham. Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo os bautizo en agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. En su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era: recogerá su trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga»” (Mt 3,1-12).

I. Mira al Señor que viene... Iba a llegar el Salvador y nadie advertía nada. Isaías, 30, 19-30) El mundo de entonces, como el de ahora, seguía como de costumbre en la indiferencia más completa. Estamos en Adviento, en la espera. En este tiempo litúrgico la Iglesia propone a nuestra meditación la figura de Juan el Bautista. Se muestra ya profeta en el seno de su madre. Aún no había nacido aún, cuando a la llegada de Santa María, salta de gozo dentro de su madre (Lucas 1, 76-77) Toda la esencia de la vida de Juan estuvo determinada por esta misión. Su vocación será preparar a Jesús un pueblo capaz de recibir el reino de Dios, y por otra parte, dar testimonio público de Él. No lo hará por gusto, sino porque para eso fue concebido. Así es todo apostolado: olvido de uno mismo y preocupación sincera por los demás. Juan lo hizo hasta dar la vida en el cumplimiento de su misión. Cada hombre en su sitio y circunstancias, tiene una vocación dada por Dios, y de su cumplimiento dependen muchas cosas queridas por la voluntad divina.

II. Juan sabe que ante Cristo no es ni siquiera digno de llevarle las sandalias (Mateo 3, 11). No se define a sí mismo según su ascendencia sacerdotal. Juan solamente dice: Yo soy la voz que clama en el desierto: Preparad los caminos del Señor, allanad sus sendas. Él no es más que eso: la voz. La voz que anuncia al Señor. A medida que Cristo se va manifestando, Juan busca quedar en segundo plano, ir desapareciendo. Con gran delicadeza se desprenderá de quienes le siguen para que se vayan con Cristo. Juan “perseveró en la santidad, porque se mantuvo humilde en su corazón” (SAN GREGORIO MAGNO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas). Su actitud es una enérgica advertencia contra el desordenado amor propio, que siempre nos empuja a ponernos en primer plano. Sin humildad no podríamos acercar a nuestros amigos al Señor. Y entonces nuestra vida quedaría vacía.

III. Nosotros hemos recibido con la gracia bautismal y la Confirmación el honroso deber de confesar, con las obras y de palabra, la fe en Cristo. Nuestra familia y nuestros amigos deben ser los primeros en beneficiarse del amor al Señor. Con el ejemplo y con la oración debemos llegar incluso hasta aquellos con quienes no tenemos ocasión de hablar. Sin perder de vista, nunca, que es la gracia de Dios y no nuestras fuerzas humanas la que consigue mover las almas hacia Jesús. La Reina de los Apóstoles aumentará nuestra ilusión y esfuerzo por acercar almas a su Hijo.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

Homilía Domingo 2º Adviento (A)

 (Cfr. www.almudi.org)

 

 


(Is 11,1-10) "Y reposará sobre él el espíritu del Señor"
(Rom 15,4-9) "Te confesaré, Señor, entre las gentes, y cantaré tu nombre"
(Mt 3,1-12) "Haced penitencia, porque se acerca el Reino de los cielos"

 

Homilia con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la parroquia de Sta. Francisca Javiera Cabrini (4-XII-1983)

--- La figura de San Juan Bautista

Este II domingo de Adviento gira en totalmente en torno a la venida de Cristo y a la preparación necesaria para este maravilloso acontecimiento.

En este centro de la liturgia está la persona de Juan Bautista. El Evangelista Mateo lo describe como hombre de oración intensa, de penitencia austera, de fe profunda: efectivamente, es el último de los Profetas del Antiguo Testamento, que da paso al Nuevo, señalando en Jesús al Mesías esperado por el pueblo judío. En las riberas del río Jordán, Juan Bautista confiere el bautismo de penitencia: “Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban los pecados y él los bautizaba” (Mt 3,5-6). Este bautismo no es simple rito de adhesión, sino que indica y exige el arrepentimiento de los propios pecados y el sincero sentido de espera del Mesías.

Y Juan enseña. Predica la conversión: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”.

Juan enseña. Y, conforme al anuncio de Isaías, “allana los senderos” para el Señor (cfr. Mt 3,1-3).

Estas palabras resuenan hoy para nosotros.

¿Quién es el Señor que debe venir? Por sus mismas palabras podemos calificar la persona, la misión y la autoridad del Mesías.

Juan Bautista enmarca ante todo claramente “su persona”. “Él -dice del Bautista- puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias” (Mt 3,11). Con estas expresiones, típicamente orientales, reconoce la distancia infinita que hay entre él y Aquel que debe venir, y subraya también su misión de preparar inmediatamente el gran acontecimiento.

--- Sensibles al Espíritu Santo

Luego, señala la misión del Mesías: “Os bautizará con el Espíritu Santo y fuego” (Ib.3,12). Es la primera vez, después del anuncio del ángel a María, que aparece la impresionante palabra “Espíritu Santo”, que luego formará parte de la fundamental enseñanza trinitaria de Jesús. Juan Bautista, divinamente iluminado, anuncia que Jesús, el Mesías, continuará confiriendo el bautismo, pero este rito dará la “gracia” de Dios, el Espíritu Santo, entendido místicamente como un “fuego” místico, que borra (quema) el pecado e inserta en la misma vida divina (enciende de amor).

--- La divinidad del Mesías

Finalmente, el Bautista esclarece la autoridad del Mesías: “Tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga” (Ib. 3,12). Según la palabra de la enseñanza de Juan, el que vendrá es el “juez de las conciencias”; en otras palabras, es el que determina lo que está bien y lo que está mal (el grano y la paja), la verdad y el error; es el que determina cuales son los árboles que dan frutos buenos y cuales los que, en cambio, dan frutos malos y deben ser talados y quemados. Con estas afirmaciones Juan Bautista anuncia la “divinidad” del Mesías, porque sólo Dios puede ser el árbitro supremo del bien, señalar con absoluta certeza el camino positivo de la conducta moral, juzgar las conciencias, premiar o condenar.

De ahí la necesidad de preparar la venida del Mesías. La Navidad es ciertamente un día de gran alegría y de sereno júbilo, incluso externo; pero, ante todo, es un acontecimiento sobrenatural y determinante, para el que se necesita seria preparación moral: “Preparad el camino del Señor; allanad su senderos”. En las palabras de Juan está toda la heredad profunda de la Antigua Alianza.

Pero al mismo tiempo, se abre con ellas la Nueva Alianza: en aquel que debe venir “toda carne verá la salvación de Dios” (Lc 3,6).

Aquel que viene -Cristo-, es enviado a fin de acogeros para gloria de Dios” (Rom 15,7).

Viene a demostrar la “fidelidad de Dios; cumpliendo las promesas hechas a los Patriarcas...” (Rom 15,8).

Viene para revelar que el Señor “el Dios de toda paciencia y consuelo” (Rom 15,5).

Viene a fin de “acogeros para gloria de Dios” (Rom 15,7).

Y el que viene, pues, debe hacer que vosotros “os acojáis mutuamente” (Rom 15,7). En efecto, Él señala la verdadera y auténtica conducta moral, que consiste en dar gloria a Dios Padre, a su ejemplo y con sus mismos sentimientos, y en amar al prójimo. San Pablo, al escribir a los Romanos, tenía en la mente tanto a los convertidos del judaísmo como a los del paganismo; pero hablaba para todos del compromiso de la “acogida”: el Verbo de Dios, que viene, debe hacer que tengáis “los unos con los otros los mismos sentimientos a ejemplo de Cristo Jesús” (cf. Rom 15,5); “para que unánimes, a una voz, alabéis al Dios y Padre” (Ib. 15,6).

Así, pues, el “preparar los senderos”, que predica Juan Bautista, se convierte, a la luz de la enseñanza de San Pablo en la Carta a los Romanos, en acoger todo el programa mesiánico del Evangelio: el programa de la adoración a Dios -¡la gloria!- mediante el amor al hombre, el amor recíproco.

En este espíritu la Iglesia anuncia el Adviento como la dimensión continua de la existencia del hombre hacia Dios: hacia ese Dios, “que es, que era, que viene” (Ap 1,4).

Esta dimensión esencial de la existencia cristiana del hombre corresponde a la “preparación” enseñada por la liturgia de hoy. El hombre debe remontarse siempre al corazón, a la conciencia, para estar en la perspectiva de la “Venida”.

Para realizar esta exigencia, el cristiano debe ser también sensible a la acción del Espíritu Santo; Él que viene, viene en el Espíritu Santo, como anunció Isaías: “Sobre Él se posará el espíritu del Señor: espíritu de ciencia y discernimiento, espíritu de consejo y valor, espíritu de piedad y temor de Dios” (Is 11,2). Con el Mesías y con la presencia del Espíritu Santo entra en la historia del hombre la justicia y la paz, como dones del reino de Dios: así se abre la perspectiva de la reconciliación “cósmica” en toda la creación -en el hombre y en el mundo- que se había perdido a causa del pecado.

“Ven, Señor, rey de justicia y de paz”: hemos pedido juntos en el Salmo responsorial.

Doy gracias a Jesucristo, el Verbo Eterno, porque me ha permitido anunciar el mensaje litúrgico del II domingo de Adviento en vuestra parroquia: “Preparad el camino del Señor”. Este mensaje es actual siempre y para todos. Efectivamente, todos vivimos en la dimensión del adviento de Dios. Nuestra vida es una continua “preparación”

10 diciembre 2021

Meditación Domingo 3º Adviento (C)

 (Cfr. www.almudi.org)

 

La alegría del Adviento

“Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. Los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: —¿Tú quién eres? El confesó sin reservas: —Yo no soy el Mesías. Le preguntaron: —Entonces ¿qué? ¿Eres tú Elías? Él dijo: —No lo soy. —¿Eres tú el Profeta? Respondió: —No. Y le dijeron: —¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo? Él contestó: —Yo soy "la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor" (como dijo el Profeta Isaías). Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: —Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías ni Elías, ni el Profeta? Juan les respondió: —Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia. Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando” (Juan 1,6-8.19-28).

I. En la liturgia de la Misa, San Pablo nos da la razón fundamental para tener profunda alegría: el Señor está cerca. (Filipenses 4, 4) El Apóstol también nos da la clave para entender el origen de nuestras tristezas: nuestro alejamiento de Dios, por nuestros pecados o por la tibieza. Cuando para encontrar la felicidad se ensayan otros caminos fuera del que lleva a Dios, al final sólo se halla infelicidad y tristeza. La experiencia de todos lo que, de una forma u otra, volvieron la cara hacia otro lado (donde no estaba Dios), ha sido siempre la misma: han comprobado que fuera de Dios no hay alegría verdadera. Encontrar a Cristo, y volverlo a encontrar, supone una alegría profunda siempre nueva. La alegría es tener a Jesús, la tristeza es perderle.

II. El cristiano debe ser un hombre esencialmente alegre. Sin embargo, la nuestra no es una alegría cualquiera, es la alegría de Cristo, que trae la justicia y la paz, y sólo Él puede darla y conservarla, porque el mundo no posee su secreto. El cristiano lleva su gozo en sí mismo, porque encuentra a Dios en su alma en gracia. Esta es la fuente permanente de su alegría. Tener la certeza de que Dios es nuestro Padre y quiere lo mejor para nosotros nos lleva a una confianza serena y alegre, también ante la dureza, en ocasiones, de lo inesperado. No hay tristeza que Él no pueda curar: no temas, ten sólo fe (Lucas 8, 50), nos dice el Señor. Nos dirigimos a Él en un diálogo íntimo y profundo ante el Sagrario, y en cuanto abramos nuestra alma en la Confesión encontraremos la fuente de la alegría. Nuestro agradecimiento se manifestará en mayor fe y en una esperanza que alejen toda tristeza, y en preocupación por los demás.

III. Un alma triste está a merced de muchas tentaciones. La tristeza nace del egoísmo, de pensar en uno mismo con olvido de los demás, de la indolencia en el trabajo, de la falta de mortificación, de la búsqueda de compensaciones, del descuido en el trato con Dios. Para poder conocer a Cristo, poder servirle, y darlo a conocer a los demás, es imprescindible no andar excesivamente preocupados por nosotros mismos. Solamente así, con el corazón puesto en Cristo, podemos recuperar la alegría, si la hubiéramos perdido. Esta es una de las grandes misiones del cristiano: llevar alegría a un mundo que está triste porque se va alejando de Dios. Preparemos la Navidad junto a Santa María y en nuestro ambiente fomentando un clima de paz cristiana, brindaremos muchas pequeñas alegrías y muestras de afecto a quienes nos rodean. Los hombres necesitan pruebas de que Cristo ha nacido en Belén, nuestra alegría se las dará.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.