Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

09 febrero 2024

Meditación Domingo 6º t.o. (B)

 (Cfr. www.almudi.org)

 

La lepra del pecado

«Y vino hacia él un leproso que, rogándole de rodillas, le decía: Si quieres, puedes limpiarme. Y compadecido, extendió la mano, le tocó y le dijo: Quiero, queda limpio. Y al momento desapareció de él la lepra y quedó limpio. Le conminó y enseguida lo despidió, diciéndole: Mira, no digas nada a nadie; pero anda, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio. Sin embargo, una vez que se fue, comenzó a proclamar y a divul­gar la noticia, hasta el punto de que ya no podía entrar abier­tamente en ciudad alguna, sino que se quedaba fuera, en luga­res apartados. Pero acudían a él de todas partes» (Marcos 1,40-45).

I. La curación de un leproso que narra el Evangelio de la Misa debió de conmover mucho a las gentes y fue objeto frecuente de predicación en la catequesis de los Apóstoles. Así nos lo hace ver el hecho de ser recogido con tanto detalle por tres Evangelistas. De ellos, San Lucas precisa que el milagro se realizó en una ciudad, y que la enfermedad se encontraba ya muy avanzada: estaba todo cubierto de lepra, nos dice.

La lepra era considerada entonces como una enfermedad incurable. Los miembros del leproso eran invadidos poco a poco, y se producían deformaciones en la cara, en las manos, en los pies, acompañadas de grandes padecimientos. Por temor al contagio, se les apartaba de las ciudades y de los caminos. Como se lee en la Primera lectura de la Misa, se les declaraba por este motivo legalmente impuros, se les obligaba a llevar la cabeza descubierta y los vestidos desgarrados, y habían de darse a conocer desde lejos cuando pasaban por las cercanías de un lugar habitado. Las gentes huían de ellos, incluso los familiares; y en muchos casos se interpretaba su enfermedad como un castigo de Dios por sus pecados. Por estas circunstancias, extraña ver a este leproso en una ciudad. Quizá ha oído hablar de Jesús y lleva tiempo buscando la ocasión para acercarse a Él. Ahora, por fin, le ha encontrado y, con tal de hablarle, incumple las tajantes prescripciones de la antigua ley mosaica. Cristo es su esperanza, su única esperanza.

La escena debió de ser extraordinaria. Se postró el leproso ante Jesús, y le dijo: Señor, si quieres puedes limpiarme. Si quieres... Quizá se había preparado un discurso más largo, con más explicaciones..., pero al final todo quedó reducido a esta jaculatoria llena de sencillez, de confianza, de delicadeza: Si vis, potes me mundare, si quieres, puedes... En estas pocas palabras se resume una oración poderosa. Jesús se compadeció; y los tres Evangelistas que relatan el suceso nos han dejado el gesto sorprendente del Señor: extendió la mano y le tocó. Hasta ahora todos los hombres habían huido de él con miedo y repugnancia, y Cristo, que podía haberle curado a distancia -como en otras ocasiones-, no sólo no se separa de él, sino que llegó a tocar su lepra. No es difícil imaginar la ternura de Cristo y la gratitud del enfermo cuando vio el gesto del Señor y oyó sus palabras: Quiero, queda limpio. El Señor siempre desea sanarnos de nuestras flaquezas y de nuestros pecados. Y no tenemos necesidad de esperar meses ni días para que pase cerca de nuestra ciudad, o junto a nuestro pueblo... Al mismo Jesús de Nazaret que curó a este leproso le encontramos todos los días en el Sagrario más cercano, en la intimidad del alma en gracia, en el sacramento de la Penitencia. «Es Médico y cura nuestro egoísmo, si dejamos que su gracia penetre hasta el fondo del alma. Jesús nos ha advertido que la peor enfermedad es la hipocresía, el orgullo que lleva a disimular los propios pecados. Con el Médico es imprescindible una sinceridad absoluta, explicar enteramente la verdad y decir: Domine, si vis, potes me mundare (Mt 8, 2), Señor, si quieres -y Tú quieres siempre-, puedes curarme. Tú conoces mi flaqueza; siento estos síntomas, padezco estas otras debilidades. Y le mostramos sencillamente las llagas; y el pus, si hay pus»; todas las miserias de nuestra vida.

Hoy debemos recordar que las mismas flaquezas y debilidades pueden ser la ocasión para acercarnos más a Cristo, como le ocurrió a este leproso. Desde aquel momento sería ya un discípulo incondicional de su Señor. ¿Nos acercamos nosotros con estas disposiciones de fe y de confianza a la Confesión? ¿Deseamos vivamente la limpieza del alma? ¿Cuidamos con esmero la frecuencia con que hayamos previsto recibir este sacramento?

II. Los Santos Padres vieron en la lepra la imagen del pecado por su fealdad y repugnancia, por la separación de los demás que ocasiona... Con todo, el pecado, aun el venial, es incomparablemente peor que la lepra por su fealdad, por su repugnancia y por sus trágicos efectos en esta vida y en la otra. «Si tuviésemos fe y si viésemos un alma en estado de pecado mortal, nos moriríamos de terror». Todos somos pecadores, aunque por la misericordia divina estemos lejos del pecado mortal. Es una realidad que no debemos olvidar; y Jesús es el único que puede curarnos; sólo Él.

El Señor viene a buscar a los enfermos, y Él es quien únicamente puede calibrar y medir con toda su tremenda realidad la ofensa del pecado. Por eso nos conmueve su acercamiento al pecador. Él, que es la misma Santidad, no se presenta lleno de ira, sino con gran delicadeza y respeto. «Así es el estilo de Jesús, que vino a dar cumplimiento, no a destruir.

»Al sanar, al curar de la lepra, el Señor realiza grandes signos. Estos signos servían para manifestar la potencia de Dios ante las enfermedades del alma: ante el pecado. La misma reflexión se desarrolla en el Salmo responsorial, que proclama precisamente la bienaventuranza del perdón de los pecados: Dichoso el que ha sido absuelto de su culpa... (Sal 31, 1). Jesús sana de la enfermedad física, pero al mismo tiempo libera del pecado. Se revela de esta forma como el Mesías anunciado por los Profetas, que tomó sobre Sí nuestras enfermedades y asumió nuestros pecados (cfr. Is 53, 312) para liberarnos de toda enfermedad espiritual y material (...). Así, pues, un tema central de la liturgia de hoy es la purificación del pecado, que es como la lepra del alma».

Jesús nos dice que ha venido para eso: para perdonar, para redimir, para librarnos de esa lepra del alma, del pecado. Y proclama su perdón como signo de omnipotencia, como señal de un poder que sólo Dios mismo puede ejercer. Cada Confesión es expresión del poder y de la misericordia de Dios; los sacerdotes ejercitan este poder no en virtud propia, sino en nombre de Cristo -in persona Christi-, como instrumentos en manos del Señor. «Jesús nos identifica de tal modo consigo en el ejercicio de los poderes que nos confirió -decía Juan Pablo II a los sacerdotes-, que nuestra personalidad es como si desapareciese delante de la suya, ya que Él es quien actúa por medio de nosotros (...). Es el propio Jesús quien, en el sacramento de la penitencia, pronuncia la palabra autorizada y paterna: Tus pecados te son perdonados». Oímos a Cristo en la voz del sacerdote.

En la Confesión nos acercamos, con veneración y agradecimiento, al mismo Cristo; en el sacerdote debemos ver a Jesús, el único que puede sanar nuestras enfermedades. «"¡Domine!" -¡Señor!-, "si vis, potes me mundare" -si quieres, puedes curarme.

»-¡Qué hermosa oración para que la digas muchas veces con la fe del leprosito cuanto te acontezca lo que Dios y tú y yo sabemos! ‑No tardarás en sentir la respuesta del Maestro: "volo, mundare!" ‑quiero, ¡sé limpio!». Jesús nos trata con suprema delicadeza y amor cuando más necesitados nos encontramos a causa de las faltas y pecados.

III. Hemos de aprender de este leproso: con su sinceridad se pone delante del Señor, e hincándose de rodillas reconoce su enfermedad y pide que le cure.

Le dijo el Señor al leproso: Quiero, queda limpio. Y al momento desapareció de él la lepra y quedó limpio. Nos imaginamos la inmensa alegría del que hasta ese momento era leproso. Tanto fue su gozo que, a pesar de la advertencia del Señor, comenzó a proclamar y divulgar por todas partes la noticia del bien inmenso que había recibido. No se pudo contener con tanta dicha para él solo, y siente la necesidad de hacer partícipes a todos de su buena suerte.

Ésta ha de ser nuestra actitud ante la Confesión. Pues en ella también quedamos libres de nuestras enfermedades, por grandes que pudieran ser. Y no sólo se limpia el pecado; el alma adquiere una gracia nueva, una juventud nueva, una renovación de la vida de Cristo en nosotros. Quedamos unidos al Señor de una manera particular y distinta. Y de ese ser nuevo y de esa alegría nueva que encontramos en cada Confesión hemos de hacer partícipes a quienes más apreciamos, y a todos. No nos debe bastar el haber encontrado al Médico, debemos hacer llegar la noticia, a través de nuestro apostolado personal, a muchos que no saben que están enfermos o que piensan que sus males son incurables. Llevar a muchos a la Confesión es uno de los grandes encargos que Cristo nos hace en estos momentos en que verdaderas multitudes se han alejado de aquello que más necesitan: el perdón de sus pecados.

En ocasiones, tendremos que comenzar por una catequesis elemental, aconsejándoles quizá libros de fácil lectura y explicándoles, con un lenguaje que entiendan, los puntos fundamentales de la fe y de la moral. Les ayudaremos a ver que su tristeza y su vacío interior provienen de la ausencia de Dios en sus vidas. Con mucha comprensión les facilitaremos incluso el modo de hacer un examen de conciencia profundo, y les animaremos a que acudan al sacerdote, quizá el mismo con el que nosotros nos confesamos habitualmente, a que sean sencillos y humildes y cuenten todo lo que les aleja del Señor, que les está esperando. Nuestra oración, el ofrecer por ellos horas de trabajo y alguna mortificación, el confesarnos nosotros mismos con la frecuencia que tengamos prevista, atraerá de Dios nuevas gracias eficaces para esas personas que deseamos se acerquen al sacramento, a Cristo mismo.

Aquel día fue inolvidable para el leproso. Cada encuentro nuestro con Cristo es también inolvidable, y nuestros amigos, a quienes hemos ayudado en su caminar hasta Dios, jamás olvidarán la paz y la alegría de su encuentro con el Maestro. Y se convertirán a su vez en apóstoles que propagan la Buena Nueva, la alegría de confesarse bien. Nuestra Madre Santa María nos concederá, si acudimos a Ella, el gozo y la urgencia de comunicarlos grandes bienes que el Señor -Padre de las Misericordias- nos ha dejado en este sacramento.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal

Homilía Domingo 6º t.o. (B)

 (Cfr. www.almudi.org)

 


 

(Lev 13,1-2.44-46) "Vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento"
(1 Cor 10,31-11,1) "Hacedlo todo para la gloria de Dios"
(Mc 1,40-45) "Si quieres, puedes limpiarme"

 

Homilía con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la Parroquia de Santa María de la Perseverancia (17-II-1985)


--- Los leprosos en el Antiguo Testamento

“Jesús recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del reino y curando en el pueblo toda enfermedad y toda dolencia” (Mt 4,23).

Puede decirse que el tema principal de la liturgia de hoy es la misión de Jesucristo con los leprosos. Como acabamos de oír en la primera lectura del libro del Levítico, los leprosos eran personas consideradas impuras según la ley, intocables, y estaban obligadas a vivir al margen de la sociedad. En cambio, Jesús les acoge, toca y cura. Depositaria del mensaje traído por Jesús y continuadora de su misión salvífica, la Iglesia no ha cesado jamás, a lo largo de los siglos, de prodigar atenciones y cuidados a los enfermos, y en especial a los leprosos.

El libro del Levítico contiene normas particulares sobre la lepra. Como se ve en el texto se trata sobre todo de librar a los demás del peligro de contaminación: “Tendrá su morada fuera del campamento” (Lev 13,46).

Pero estas severas prohibiciones fueron superadas por Jesús de Nazaret.

Tenemos un ejemplo en el Evangelio de hoy (Mc 1,40-44): “Un leproso suplicándole de rodillas: 'Si quieres puedes limpiarme'. Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: 'Quiero: queda limpio..., pero ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés'“. En este gesto de Jesús constantemente se supera la ley de Israel y a la vez es fiel a ella: “Ve a presentarte al sacerdote”. Así es el estilo de Jesús que vino a dar cumplimiento, no a destruir.

--- Potencia de Dios ante el pecado

Al sanar, al curar de la lepra, Jesús realizó “signos grandes”. Estos signos grandes servían para manifestar la potencia de Dios ante las enfermedades del alma: ante el pecado. La misma reflexión se desarrolla en el Salmo responsorial que proclama precisamente la bienaventuranza del perdón de los pecados. Así dice el Salmo: “Dichoso el que está absuelto de su culpa,/ a quien le han sepultado su pecado./ Dichoso el hombre a quien el Señor no le imputa el delito/ y en cuya alma no hay mentira” (Salmo 31/32,1-2).

Jesús sana de la enfermedad física pero al mismo tiempo libera del pecado. Se revela así el Mesías anunciado por los Profetas “que tomó sobre sí nuestras enfermedades” y “asumió nuestros pecados” para liberarnos de toda enfermedad espiritual y material (cfr. Is 53,3-12). En este sentido es Él en la Iglesia el Liberador por excelencia. El que cifró en rescatarnos toda la razón de su venida a la tierra.

No ha de haber en el hombre ninguna mentira si se le han de borrar los pecados. El perdón requiere arrepentimiento sincero y conversión verdadera. Así lo indican las palabras que siguen en el responsorio: “Había pecado, lo reconocí,/ no te encubrí mi delito:/ propuse: confesaré al Señor mi culpa,/ y tú perdonaste mi culpa y mi pecado”.

Esta contrición y confesión sincera y plena de los pecados producen purificación espiritual, y a éstas siguen gozo interior de la conciencia: “Alegraos, justos con el Señor,/ aclamadlo los de corazón sincero” (Sal 31/32,11).

Así, pues, un tema central de la liturgia de hoy es la purificación del pecado, que es como la lepra del alma.

--- Sacramento de la Penitencia

En la Exhortación Apostólica sobre la reconciliación con Dios y sobre el Sacramento de la Penitencia, se repite claramente que “para un cristiano el Sacramento de la Penitencia es el camino ordinario para obtener el perdón y la remisión de los pecados graves cometidos después del Bautismo”. Se afirma igualmente que, en su acción salvífica, el Salvador no está tan vinculado a un signo sacramental que no pueda otorgar la salvación fuera y por encima de los sacramentos, “pero ha querido y dispuesto que los humildes y preciosos sacramentos de la fe sean ordinariamente los medios eficaces por los que pasa y actúa su fuerza redentora. Sería pues insensato pretender recibir el perdón prescindiendo del Sacramento instituido por Cristo precisamente para el perdón”. (cfr. Reconciliatio et paenitentia, 31).

La invitación a la reconciliación con Dios, a purificarnos del pecado, se halla en la base del Evangelio del reino que predicaba Jesús de Nazaret.

Imitando a Cristo, dedicamos con Él toda nuestra vida a la gloria de Dios: toda, hasta las acciones más sencillas, como prosigue San Pablo: “cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Cor 10,31).

Madre de la Perseverancia: Ella intercede incesantemente por nosotros para que perseveremos en el bien, para que no nos dejemos “vencer por el mal” (Rom 12,21). ¡Qué gran estímulo y cuánta esperanza es Ella para mí y para la Iglesia! No cesa Ella de ser el mismo estímulo y esperanza para vuestra comunidad, para cada uno y para todos