Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

27 febrero 2021

Meditación Domingo II de Cuaresma

 (Cfr, www.almudi.org)

 

Del Tabor al Calvario

En aquel tiempo Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: -Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Estaban asustados y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube: -Este es mi Hijo amado; escuchadlo. De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos. Esto se les quedó grabado y discutían qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos” (Marcos 9,1-9).

I. Oigo en mi corazón: buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro, rezamos en la Antífona de entrada de la Misa de hoy. El Evangelio nos cuenta lo que sucedió en el Tabor. Poco antes Jesús había declarado a sus discípulos, en Cesarea de Filipo, que iba a sufrir y padecer en Jerusalén, a morir a manos de los príncipes de los sacerdotes, de los ancianos y de los escribas. Los Apóstoles habían quedado sobrecogidos y entristecidos por este anuncio. Ahora, tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los llevó a ellos solos aparte, para orar. Son los tres discípulos que serán testigos de su agonía en el huerto de los Olivos. Mientras él oraba, cambió el aspecto de su rostro y su vestido se volvió blanco, resplandeciente. Y le ven conversar con Elías y Moisés, que aparecían gloriosos y le hablaban de su muerte, que había de cumplirse en Jerusalén.

Seis días llevaban los Apóstoles entristecidos por la predicación de Cesarea de Filipo. La ternura de Jesús hace que ahora contemplen su glorificación. San León Magno dice que «el principal fin de la transfiguración era desterrar del alma de los discípulos el escándalo de la cruz». Nunca olvidarían los Apóstoles esta «gota de miel» que Jesús les daba en medio de su amargura. Muchos años más tarde San Pedro tiene perfectamente nítido estos momentos: ... cuando desde aquella extraordinaria gloria se le hizo llegar esta voz: Éste es mi Hijo querido, en quien me complazco. Esta voz, enviada del cielo, la oímos nosotros estando con Él en el monte santo. El Apóstol lo recordaría hasta el final de sus días.

Siempre hace así Jesús con los suyos. En medio de los mayores padecimientos da el consuelo necesario para seguir adelante.

Este destello de la gloria divina transportó a los Apóstoles a una inmensa felicidad, que hace exclamar a San Pedro: Señor, ¡bueno es permanecer aquí! Hagamos tres tiendas... Pedro quiere alargar aquella situación. Pero, como dirá más adelante el Evangelista, no sabía lo que decía; porque lo bueno, lo que importa, no es hallarse aquí o allí, sino estar siempre con Jesús, en cualquier parte, y verle detrás de las circunstancias en que nos hallamos. Si estamos con Él, es igual que nos encontremos en medio de los mayores consuelos del mundo, o en la cama de un hospital entre dolores indecibles. Lo que importa es sólo eso: verle y vivir siempre con Él. Es lo único verdaderamente bueno e importante en esta vida y en la otra. Si permanecemos con Jesús, estaremos muy cerca de los demás y seremos felices, sea cual sea nuestro lugar y la situación en que nos encontremos. Vultum tuum, Domine, requiram: Deseo verte y buscaré tu rostro, Señor, en las circunstancias ordinarias de mi jornada.

II. San Beda, comentando el pasaje del Evangelio de la Misa, dice que el Señor, «en una piadosa permisión, les permitió (a Pedro, a Santiago y a Juan) gozar durante un tiempo muy corto la contemplación de la felicidad que dura siempre, para hacerles sobrellevar con mayor fortaleza la adversidad». El recuerdo de aquellos momentos junto al Señor en el monte fue sin duda una gran ayuda en tantas situaciones difíciles de la vida de estos tres Apóstoles.

La existencia de los hombres es un caminar hacia el Cielo, nuestra morada. Caminar en ocasiones áspero y dificultoso, porque con frecuencia hemos de ir contra corriente y tendremos que luchar con muchos enemigos de dentro de nosotros mismos y de fuera. Pero quiere el Señor confortarnos con la esperanza del Cielo, de modo especial en los momentos más duros o cuando la flaqueza de nuestra condición se hace más patente: «A la hora de la tentación piensa en el Amor que en el cielo te aguarda: fomenta la virtud de la esperanza, que no es falta de generosidad». Allí «todo es reposo, alegría y regocijo; todo serenidad y calma, todo paz, resplandor y luz. Y no luz como ésta de que gozamos ahora y que, comparada con aquélla, no pasa de ser como una lámpara junto al sol... Porque allí no hay noche, ni tarde, ni frío, ni calor, ni mudanza alguna en el modo de ser, sino un estado tal que sólo lo entienden quienes son dignos de gozarlo. No hay allí vejez, ni achaques, ni nada que semeje corrupción, porque es el lugar y aposento de la gloria inmortal...

»Y por encima de todo ello, el trato y goce sempiterno de Cristo, de los ángeles..., todos perpetuamente en un sentir común, sin temor a Satanás ni a las asechanzas del demonio ni a las amenazas del infierno o de la muerte».

Nuestra vida en el Cielo estará definitivamente exenta de todo posible temor. No sufriremos la inquietud de perder lo que tenemos, ni desearemos tener algo distinto. Entonces verdaderamente podremos decir con San Pedro: Señor, ¡qué bien estamos aquí! El atisbo de gloria que tuvo el Apóstol lo tendremos en plenitud en la vida eterna. «Vamos a pensar lo que será el Cielo. Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó a hombre por pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para los que le aman. ¿Os imagináis qué será llegar allí, y encontrarnos con Dios, y ver aquella hermosura, aquel amor que se vuelca en nuestros corazones, que sacia sin saciar? Yo me pregunto muchas veces al día: ¿qué será cuando toda la belleza, toda la bondad, toda la maravilla infinita de Dios se vuelque en este pobre vaso se barro que soy yo, que somos todos nosotros? Y entonces me explico bien aquello del Apóstol: ni ojo vio, ni oído oyó... Vale la pena, hijos míos, vale la pena».

El pensamiento de la gloria que nos espera debe espolearnos en nuestra lucha diaria. Nada vale tanto como ganar el cielo. «Y con ir siempre con esta determinación de antes morir que dejar de llegar al fin del camino, si os llevare el Señor con alguna sed en esta vida, daros ha de beber con toda abundancia en la otra y sin temor de que os haya de faltar».

III. Una nube los envolvió enseguida. Recuerda a aquella otra que acompañaba a la presencia de Dios en el Antiguo Testamento: La nube envolvió el tabernáculo de la reunión y la gloria de Yahvé llenaba todo el lugar. Era la señal que garantizaba las intervenciones divinas: Yahvé dijo a Moisés: Yo vendré a ti en una nube densa, para que vea el pueblo que yo hablo contigo y tengan siempre fe en ti. Esa nube envuelve ahora en el Tabor a Cristo y de ella surge la voz poderosa de Dios Padre: Este es miHijo, el Amado, escuchadle a él. Y Dios Padre habla a través de Jesucristo a todos los hombres de todos los tiempos. Su voz se oye en cada época, de modo singular a través de la enseñanza de la Iglesia, que «busca continuamente los caminos para acercar este misterio de su Maestro y Señor al género humano: a los pueblos, a las naciones, a las generaciones que se van sucediendo, a todo hombre en particular».

Al alzar sus ojos no vieron a nadie sino sólo a Jesús. Y no estaban Elías y Moisés. Sólo ven al Señor. Al Jesús de siempre, que en ocasiones pasa hambre, que se cansa, que se esfuerza para ser comprendido... A Jesús, sin especiales manifestaciones gloriosas. Lo normal para los Apóstoles fue ver al Señor así, lo excepcional fue verlo transfigurado.

A este Jesús debemos encontrar nosotros en nuestra vida ordinaria, en medio del trabajo, en la calle, en quienes nos rodean, en la oración, cuando perdona, en el sacramento de la Penitencia, y, sobre todo, en la Sagrada Eucaristía, donde se encuentra verdadera, real y sustancialmente presente. Pero normalmente no se nos muestra con particulares manifestaciones. Más aún, hemos de aprender a descubrir al Señor detrás de lo ordinario, de lo corriente, huyendo de la tentación de desear lo extraordinario.

Nunca debemos olvidar que aquel Jesús con el que estuvieron en el monte Tabor aquellos tres privilegiados es el mismo que está junto a nosotros cada día. «Cuando Dios os concede la gracia de sentir su presencia y desea que le habléis como al amigo más querido, exponedle vuestros sentimientos con toda libertad y confianza. Se anticipa a darse a conocer a los que le anhelan (Sab 6, 14). Sin esperar a que os acerquéis a Él, se anticipa cuando deseáis su amor, y se os presenta, concediéndoos las gracias y remedios que necesitáis. Sólo espera de vosotros una palabra para demostraros que está a vuestro lado y dispuesto a escucharos y consolaros: Sus oídos están atentos a la oración (Sal 33, 16) (...).

»Los demás amigos, los del mundo, tienen horas que pasan conversando juntos y horas en que están separados; pero entre Dios y vosotros, si queréis, jamás habrá una hora de separación».

¿No será nuestra vida distinta en esta Cuaresma, y siempre, si actualizáramos más frecuentemente esa presencia divina en lo habitual de cada día, si procuráramos decir más jaculatorias, más actos de amor y de desagravio, más comuniones espirituales...? «Para tu examen diario: ¿he dejado pasar alguna hora, sin hablar con mi Padre Dios?... ¿He conversado con Él, con amor de hijo? -¡Puedes!».

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

Homilía Domingo II de Cuaresma (B)

 (Cfr. www.almudi.org)

 


(Gen 22,1-2.9-13.15-18) "Dios puso a prueba a Abrahán"
(Rm 8,31b-34) "Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?"
(Mc 9,2-10) "Éste es mi Hijo amado; escuchadlo"

 Homilía I: homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II.

Homilía en la parroquia de la Inmaculada Concepción (7-III-1982)

           

--- Pruebas de Dios y fe

La liturgia del II domingo de cuaresma es en cierto sentido la liturgia de los tres montes.

En el primero escuchamos las palabras dirigidas por Dios a Abraham, según narra el libro del Génesis: “Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio sobre uno de los montes que yo te indicaré” (Gen 22,2).

La prueba de Abraham. “Dios puso a prueba a Abraham” (Gen 22,1).

Fue ésta la prueba de su fe.

Abraham levantó un altar en el lugar indicado, puso leña en él y sobre la leña colocó a su hijo Isaac: el hijo único. El hijo de la promesa. El hijo de la esperanza.

Abraham estaba dispuesto a ofrecerlo a Dios en holocausto, a derramar su sangre y quemar su cuerpo en la hoguera.

En el momento decisivo llegó el veto de Dios: “No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, tu único hijo” (Gen 22,12).

En un arbusto cercano Abraham encontró un carnero y lo ofreció en el altar preparado. Se verificó la prueba de la fe. Dios renovó su promesa ante Abraham, tras haberlo sometido a la prueba: “multiplicaré tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa” (Gen 22,17).

Descendencia no tanto según la carne cuanto según el espíritu. Descendientes de Abraham en la fe son en cierto sentido los seguidores de las tres grandes religiones monoteístas del mundo: judaísmo, cristianismo e islamismo. “Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido” (Gen 22,18).

Los descendientes de la fe de Abraham creen que Dios tiene el poder de probar al hombre. Tiene derecho a la ofrenda que procede de su espíritu.

--- Monte Tabor y monte Gólgota

La liturgia del II domingo de Cuaresma nos lleva a otro monte, a Galilea. Más allá de la llanura de Galilea se alza majestuoso el monte Tabor, el monte de la transfiguración según la tradición cristiana.

Jesús de Nazaret, que vino entre los descendientes de Abraham como Mesías enviado por Dios, en este monte fue transformado milagrosamente ante los ojos de sus Apóstoles Pedro, Santiago y Juan. A los ojos de los Apóstoles se manifestó transfigurado en la gloria, y con Él, Moisés y Elías. Al milagro de la visión se añadió el milagro de la audición. Oyeron la voz que salía de la nube: “Éste es mi Hijo amado; escuchadle” (Mc 9,7). Las mismas palabras que había oído ya Juan el Bautista junto al Jordán, en ocasión de la primera venida de Jesucristo, después del bautismo.

La teofanía del Monte Tabor tiene carácter pascual. Preanuncia la gloria de Cristo resucitado. Al mismo tiempo prepara a los Apóstoles a la muerte del Cordero de Dios. A la teofanía del Gólgota.

Al Monte Gólgota, tercer monte, nos lleva Pablo Apóstol con las palabras de la Carta a los Romanos. La teofanía del Gólgota está indicada en las palabras siguientes: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros” (Rom 8,31-32).

--- Cristo muerto y resucitado por nuestros pecados

Sabemos que el Padre ha entregado a su Hijo en el Gólgota; sabemos que precisamente así se llama esta colina fuera de la muralla de Jerusalén en la que Dios “no perdonó a su Hijo” (8,32).

Y con ello demostró “hasta el fin” que “está con nosotros”; “¿cómo no nos dará todo con Él?” se pregunta el Apóstol (8,32).

Este mismo Dios que no permitió a Abraham sacrificar con la muerte a su hijo Isaac, no preservó a su propio Hijo.

¿Acaso no ha confirmado con esto hasta el fin nuestra elección?

¿Quién acusará a los elegidos de Dios? se pregunta el Apóstol (8,33).

Él mismo ha tomado en sus manos la causa de la justificación del hombre...”Dios es el que justifica” (8,33). Y así es, ¿quién puede condenar al hombre? (cf. 8,34).

Semejante sentencia sólo puede pronunciarla Cristo, que conoció en el Gólgota el peso de los pecados de los hombres.

Pero en el Gólgota Jesucristo sufrió la muerte por nosotros, “más aún -escribe el Apóstol-...resucitó y está a la derecha del Padre e intercede por nosotros” (8,34).

La liturgia de este domingo nos invita a subir a un monte, al lugar de la teofanía de la antigua y nueva Alianza. De acuerdo con el espíritu de Cuaresma, se nos invita a meditar en estos montes las grandezas de Dios (Hechos 2,11) los misterios de nuestra redención, los misterios de nuestra justificación en Cristo.

Este domingo de Cuaresma nos enseña que estamos llamados a una gran transformación espiritual.

Debemos participar en la Transfiguración de Cristo como sus discípulos en el Monte Tabor.

Debemos prepararnos para la santa Pascua.

El maestro de esta actitud nuestra mediante la cual Cristo baja a nuestro corazón realizando una transformación y la conversión, es Abraham: el padre de los creyentes.

En efecto, parece resonar en nuestro corazón las palabras del Salmista: “Tenía fe aun cuando dije: ¡Qué desgraciado soy!” (115/116,10).

¿Acaso no se sentía así de desgraciado cuando caminaba hacia el monte indicado por Dios para inmolar a su hijo? ¿O no fue sólo la fe la que hizo repetir entonces: “Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles” (115/116,15)? A partir de Abraham comenzó la familia humana a aprender esa fe que se hace patente en la actitud interior del espíritu humano, que se manifiesta en el sacrificio del corazón.

Jesucristo es el Maestro definitivo y perfecto de tal actitud: “consummator fidei nostrae!” (cf. Heb12,2).

El fruto de la liturgia del domingo II de Cuaresma debe ser la disponibilidad a ofrecer sacrificios espirituales en los que nuestra fe se pone de manifiesto. Lo pedimos con las palabras del salmo: "Señor, yo soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava: rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza invocando tu nombre, Señor. Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo" (115(116),16-18).

A nosotros, redimidos y justificados en la sangre de Cristo, ninguna prueba ni experiencia nos cierran el horizonte de la vida.

Lo aclaran más todavía en Dios.

Sepamos ver cada vez más este horizonte, ofreciendo los sacrificios espirituales de cuanto constituye nuestra vida.

Que la participación en la Eucaristía nos una siempre, y hoy sobre todo, en esta comunidad a la que el Padre revela y entrega a su Hijo: “Este es mi Hijo amado; escuchadle” (Mc 9,7).