Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

12 agosto 2023

Meditación Domingo 19º t.o. (A)

 (Cfr. www.almudi.org)

 

Dios siempre ayuda

«Inmediatamente después Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, despedida la multitud, subió al monte a orar a solas; y después de anochecer permanecía él solo allí. Entretanto la barca estaba ya alejada de tierra muchos estadios, batida por las olas, porque el viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos caminando sobre el mar se turbaron y decían: Es un fantasma; y llenos de miedo empezaron a gritar. Pero al instante Jesús comenzó a decirles: Tened confianza, soy yo, no temáis. Entonces Pedro le respondió: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las agitas. Él le dijo: Ven. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a andar sobre las aguas hacia Jesús. Pero al ver que el viento era tan fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, gritó diciendo: ¡Señor sálvame! Al punto Jesús, extendiendo su mano, lo sostuvo y le dijo: Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado? Y cuando subieron a la barca cesó el viento. Los que estaban en la barca le adoraron diciendo: verdaderamente tu eres Hijo de Dios.» (Mateo 14, 22-36)

I. La Primera lectura de la Misa nos presenta al Profeta Elías que, cansado y desalentado por muchas tribulaciones, se refugió en una gruta del Horeb, el monte santo, donde Dios se manifestó a Moisés. Allí recibió esta indicación: sal y aguarda al Señor. Y pasó un viento huracanado, que agrietaba los montes y rompía los peñascos, y después hubo un terremoto y fuego. Pero Dios no estaba ni en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego. Llegó después un viento suave, como un susurro, y se manifestó el Señor de esta forma, expresando así su misteriosa espiritualidad y su delicada bondad con el hombre débil. Elías se sintió reconfortado para la nueva misión que el Señor quería que llevara acabo.

El Evangelio nos relata una de las tempestades que sufrieron los Apóstoles sin que Jesús estuviera con ellos en la barca. Tuvo lugar después de la multiplicación de los panes y de los peces. El Señor les mandó que embarcaran y se dirigieran a la otra orilla del lago, mientras Él despedía a las gentes, pues se había hecho tarde. Jesús, desde lo alto de un monte donde está recogido en oración, no olvida a sus discípulos. Se ha levantado un viento fuerte en contra, y el Señor ve cómo luchan contra el oleaje y contra el viento para llegar donde Él les ha indicado. Terminada su oración, se dispone a ayudarles.

En la cuarta vigilia de la noche, al amanecer, Jesús se acercó a la barca, que estaba batida por las olas y en peligro de zozobrar. El Evangelio nos señala que los discípulos pasaron miedo al ver a Jesús andando sobre las aguas revueltas, creyendo que era un fantasma. Y San Marcos, que recoge los recuerdos inolvidables de San Pedro, nos ha dejado escrito que Jesús hizo ademán de pasar de largo. Todos comenzaron a gritar. Entonces Jesús se acercó un poco más y les dijo: Tened confianza, soy Yo, no temáis. Eran palabras consoladoras, que también nosotros hemos oído muchas veces de formas diferentes en la intimidad del corazón, ante sucesos que nos han podido desconcertar y en situaciones difíciles y apuradas.

Si nuestra vida es el cumplimiento de lo que Dios quiere de nosotros -como Elías, que se encaminó al monte Horeb por mandato de Dios, como los Apóstoles, que cumplen lo que Jesús les ha dicho, aunque el viento les era contrario-, nunca nos faltará la ayuda divina. En la debilidad, en la fatiga, en las situaciones más apuradas, Jesús se presenta y nos dice: Soy Yo, no temáis. Nunca falló a sus amigos. Y si nosotros no tenemos otro fin en la vida que buscar su amistad y servirle, ¿cómo nos va a abandonar cuando el viento de las tentaciones, del cansancio, de las dificultades en el apostolado nos sea contrario? Él no pasa de largo. «Si tenéis confianza en Él y ánimos animosos, que es muy amigo Su Majestad de esto, no hayáis miedo que os falte nada». ¿Qué nos va a faltar si somos sus amigos en medio del mundo, si le queremos seguir día tras día entre tantos que le abandonan?

II. Cuando los Apóstoles oyeron a Jesús se llenaron de paz. Entonces, Pedro dirigió a Jesús una petición llena de audacia y de valentía: Señor, si eres Tú, manda que yo vaya a Ti sobre las aguas. Y el Maestro, que se encontraba todavía a unos metros de la barca, le contestó: Ven. Pedro tuvo mucha fe, y cambió la seguridad de la barca por la confianza en las palabras del Señor: bajando de la barca, comenzó a andar sobre las aguas hacia Jesús. Fueron unos momentos impresionantes de firmeza y de amor.

Pero Pedro dejó de mirar a Jesús y se fijó más en las dificultades que le rodeaban, y al ver que el viento era tan fuerte se atemorizó. Olvidó por un momento que la fuerza que le sostenía en medio del agua no dependía de las circunstancias, sino de la voluntad del Señor, que domina el cielo y la tierra, la vida y la muerte, la naturaleza, los vientos, el mar... Pedro comenzó a hundirse, no por el estado de la mar, sino por la falta de confianza en Quien todo lo puede. Y gritó a Jesús: ¡Señor, sálvame! Y enseguida, Jesús, extendiendo la mano, lo sostuvo y le dijo: Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado? Cristo es el asidero firme al que debemos agarrarnos en momentos de debilidad o de cansancio, cuando veamos que nos hundimos. ¡Señor, sálvame!, le diremos con fuerza en nuestra oración.

A veces, el cristiano deja de mirar a Jesús y se fija en otras cosas que alejan de Dios y le ponen en peligro de perder pie en su vida de fe y de hundirse, si no reacciona con prontitud. Desde el momento en que alguien comience a no ver clara su fe o la vocación recibida de Dios, «que se examine con lealtad. No dejará de descubrir que desde algún tiempo su vida de piedad está un tanto relajada, la oración es más rara o menos atenta, y es menos exigente consigo mismo. ¿No renueva un pecado cuya gravedad se oculta a sí mismo deliberadamente? De seguro que ya no reprime con la misma energía sus pasiones, si es que no consiente con complacencia en alguna de ellas. Un resentimiento que se fomenta contra otro, una cuestión de interés en que nuestra honradez no es total, una amistad demasiado absorbente, o sencillamente el despertar de bajos instintos que no se rechazan con bastante prontitud, no hace falta más para que se levanten nubes entre Dios y nosotros. Y la fe se oscurece». Cabe el peligro entonces de achacar esa situación culpable a las circunstancias externas, cuando el mal está más bien en el propio corazón.

Para salir a flote, Pedro sólo tuvo que asir la fuerte mano del Señor, su Amigo y su Dios. Aunque poco, algo tuvo que poner el discípulo de su parte. Es la colaboración de la buena voluntad que siempre nos pide Dios. «Cuando Dios Nuestro Señor concede a los hombres su gracia, cuando les llama con una vocación específica, es como si les tendiera una mano, una mano paterna llena de fortaleza, repleta sobre todo de amor, porque nos busca uno a uno, como hijas e hijos suyos, y porque conoce nuestra debilidad. Espera el Señor que hagamos el esfuerzo de coger su mano, esa mano que Él nos acerca: Dios nos pide un esfuerzo, prueba de nuestra libertad».

Ese pequeño esfuerzo que el Señor pide a sus discípulos de todos los tiempos para sacarlos a flote de una mala situación puede ser muy diverso: intensificar la oración; ser más sinceros y dóciles en la dirección espiritual; remover una mala ocasión; obedecer con prontitud y docilidad de corazón; poner, junto a la oración, unos medios humanos que están a nuestro alcance, aunque sean muy pequeños... Junto a Cristo se ganan todas las batallas, pero debemos tener una confianza sin límites en Él. «Reza seguro con el Salmista: "¡Señor, Tú eres mi refugio y mi fortaleza, confío en Ti!"

»Te garantizo que Él te preservará de las insidias del "demonio meridiano" -en las tentaciones y... ¡en las caídas!-, cuando la edad y las virtudes tendrían que ser maduras, cuando deberías saber de memoria que sólo Él es la Fortaleza».

III. Pedro se mantuvo en pie en medio de las dificultades más grandes mientras actuó con sentido sobrenatural, con fe, confiado en el Señor. Después, para salir a flote, para recibir la ayuda de Dios, hubo de poner de su parte, pues «cuando falta nuestra cooperación cesa también la ayuda divina». Aunque fue el Señor quien lo sacó adelante.

Pedro recuperó de nuevo la fe y la confianza en Jesús. Con Él subió a la barca. Y en ese instante cesó el viento, se hizo la calma en el mar y en el corazón de los discípulos, y le reconocieron como a su Señor y a su Dios: los que estaban en la barca le adoraron diciendo: Verdaderamente, eres el Hijo de Dios.

Las dificultades en las que experimentaremos la propia debilidad, las mismas flaquezas, servirán para encontrar a Jesús, que nos tiende su mano y se mete en nuestro corazón, dándonos una paz inmensa en medio de cualquier tribulación. Hemos de aprender a no temer nunca a Dios, que se presenta en lo ordinario y también en las tormentas de los sufrimientos, físicos y morales, de la vida: Tened confianza, soy Yo, no temáis. Dios nunca llega tarde para socorrernos, y ayuda siempre en cada necesidad. Él llega, aunque sea de modo misterioso y oculto, en el momento oportuno. Y cuando por alguna razón nos encontramos en una situación penosa, con el viento en contra, Él se acerca. Quizá haga ademán de pasar de largo para que nosotros le llamemos. No tardará en llegar a nuestro lado.

Y si alguna vez sentimos que no hacemos pie, que nos hundimos, repitamos la súplica de Pedro: Señor, ¡sálvame! No dudemos de su Amor, ni de su mano misericordiosa, no olvidemos que «Dios no manda imposibles, sino que al mandar avisa que hagas lo que puedas y pidas lo que no puedas y ayuda para que puedas».

¡Qué seguridad tan grande da el Señor! «Él me ha garantizado su protección, no es en mis fuerzas donde me apoyo. Tengo en mis manos su palabra escrita. Éste es mi báculo. Ésta es mi seguridad, éste es mi puerto tranquilo. Aunque se turbe el mundo entero, yo leo esta palabra escrita que llevo conmigo, porque ella es mi muro y mi defensa. ¿Qué es lo que ella me dice? Yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo.

»Cristo está conmigo, ¿qué puedo temer? Que vengan a asaltarme las olas del mar y la ira de los poderosos; todo eso no pesa más que una tela de araña». No dejemos su mano; Él no deja la nuestra.

Terminamos nuestra oración poniendo por intercesora a la Santísima Virgen; Ella nos ayuda aclamar confiadamente con las preces litúrgicas: renueva, Señor, las maravillas de tu amor; haz que vivamos firmemente anclados en Ti.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

Homilía Domingo 19º t.o. (A)

 (Cfr. www.almudi.org)



(1 Re 19,9a.11-13a) "¡El Señor va a pasar!"
(Rm 9,1-5) "Suyos son los patriarcas, de quienes, según la carne, nació el Mesías"
(Mt 14,22-33) "Realmente eres Hijo de Dios
"

Homilía con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía de Fernández Carvajal en "Hablar con Dios" Tomo IV

--- Buscar a Dios

La Primera lectura de la Misa nos presenta al Profeta Elías que, cansado y desalentado por muchas tribulaciones, se refugió en una gruta del Horeb, el monte santo, donde Dios se manifestó a Moisés. Allí recibió esta indicación: "sal y aguarda al Señor. Y pasó un viento huracanado, que agrietaba los montes y rompía los peñascos, y después hubo un terremoto y fuego. Pero Dios no estaba ni en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego. Llegó después un viento suave, como un susurro", y se manifestó el Señor de esta forma, expresando así su misteriosa espiritualidad y su delicada bondad con el hombre débil. Elías se sintió reconfortado para la nueva misión que el Señor quería que llevara a cabo.

El Evangelio nos relata una de las tempestades que sufrieron los Apóstoles sin que Jesús estuviera con ellos en la barca. Tuvo lugar después de la multiplicación de los panes y de los peces. El Señor les mandó que embarcaran y se dirigieran a la otra orilla del lago, mientras Él despedía a las gentes, pues se había hecho tarde. Jesús, desde lo alto de un monte donde está recogido en oración, no olvida a sus discípulos. Se ha levantado un viento fuerte en contra, y el Señor ve cómo luchan contra el oleaje y contra el viento para llegar donde Él les ha indicado. Terminada su oración, se dispone a ayudarles.

En la cuarta vigilia de la noche, al amanecer, Jesús se acercó a la barca, que estaba batida por las olas y en peligro de zozobrar. El Evangelio nos señala que los discípulos pasaron miedo al ver a Jesús andando sobre las aguas revueltas, creyendo que era un fantasma. Y San Marcos, que recoge los recuerdos inolvidables de San Pedro, nos ha dejado escrito que Jesús hizo ademán de pasar de largo. Todos comenzaron a gritar. Entonces Jesús se acercó un poco más y les dijo: Tened confianza, soy Yo, no temáis. Eran palabras consoladoras, que también nosotros hemos oído muchas veces de formas diferentes en la intimidad del corazón, ante sucesos que nos han podido desconcertar y en situaciones difíciles y apuradas.

--- Luchar

Si nuestra vida es el cumplimiento de lo que Dios quiere de nosotros -como Elías, que se encaminó al monte Horeb por mandato de Dios, como los Apóstoles, que cumplen lo que Jesús les ha dicho, aunque el viento les era contrario-, nunca nos faltará la ayuda divina. En la debilidad, en la fatiga, en las situaciones más apuradas, Jesús nunca falló a sus amigos. Y si nosotros no tenemos otro fin en la vida que buscar su amistad y servirle, ¿cómo nos va a abandonar cuando el viento de las tentaciones, del cansancio, de las dificultades en el apostolado nos sea contrario? Él no pasa de largo.

Cuando los Apóstoles oyeron a Jesús se llenaron de paz. Entonces, Pedro dirigió a Jesús una petición llena de audacia y de valentía: "Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas". Y el Maestro, que se encontraba todavía a unos metros de la barca, le contestó: "Ven". Pedro tuvo mucha fe, y cambió la seguridad de la barca por la confianza en las palabras del Señor: bajando de la barca, comenzó a andar sobre las aguas hacia Jesús. Fueron unos momentos impresionantes de firmeza y amor.

Pero Pedro dejó de mirar a Jesús y se fijó más en las dificultades que le rodeaban, y al ver que el viento era tan fuerte se atemorizó. Olvidó por un momento que la fuerza que le sostenía en medio del agua no dependía de las circunstancias, sino de la voluntad del Señor, que domina el cielo y la tierra, la vida y la muerte, la naturaleza, los vientos, el mar... Pedro comenzó a hundirse, no por el estado de la mar, sino por la falta de confianza en Quien todo lo puede. Y gritó a Jesús: ¡Señor sálvame! Y enseguida, Jesús, extendiendo la mano, lo sostuvo y le dijo: "Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?" Cristo es el asidero firme al que debemos agarrarnos en momentos de debilidad o de cansancio, cuando veamos que nos hundimos. ¡Señor sálvame!, le diremos con fuerza en nuestra oración.

A veces el cristiano deja de mirar a Jesús y se fija en otras cosas que alejan de Dios y le ponen en peligro de perder fe en su vida de fe y de hundirse, si no reacciona con prontitud. Desde el momento que alguien comience a no ver clara su fe o la vocación recibida de Dios, “que se examine con lealtad. No dejará de descubrir que desde algún tiempo su vida de piedad está un tanto relajada, la oración es más rara o menos atenta, y es menos exigente consigo mismo. ¿No renueva un pecado cuya gravedad se oculta a sí mismo deliberadamente? De seguro que ya no reprime con la misma energía sus pasiones, si es que no consiente con complacencia en alguna de ellas. Un resentimiento que se fomenta contra otro, una cuestión de interés en que nuestra honradez no es total, una amistad demasiado absorbente, o sencillamente el despertar de bajos instintos que no se rechazan con bastante prontitud, no hace falta más para que se levanten nubes entre Dios y nosotros. Y la fe se oscurece” (Chevrot). Cabe el peligro entonces de achacar esta situación culpable a las circunstancias externas, cuando el mal está más bien en el propio corazón.

--- Dios no nos abandona

Para salir a flote, Pedro sólo tuvo que asir la fuerte mano del Señor, su Amigo y su Dios. Aunque poco, algo tuvo que poner el discípulo de su parte. Es la colaboración de la buena voluntad que siempre nos pide Dios. “Cuando Dios Nuestro Señor concede a los hombres su gracia, cuando les llama con una vocación específica, es como si les tendiera una mano, una mano paterna llena de fortaleza, repleta sobre todo de amor, porque nos busca uno a uno, como a hijas e hijos suyos, y porque conoce nuestra debilidad. Espera el Señor que hagamos el esfuerzo de coger su mano, esa mano que Él nos acerca: Dios nos pide un esfuerzo, prueba de nuestra libertad” (Es Cristo que pasa n. 17).

Ese pequeño esfuerzo que el Señor pide a sus discípulos de todos los tiempos para sacarlos a flote de una mala situación puede ser muy diverso: intensificar la oración; ser más sinceros y dóciles en la dirección espiritual; remover una mala ocasión; obedecer con prontitud y docilidad de corazón; poner, junto a la oración, unos medios humanos que están a nuestro alcance, aunque sean muy pequeños “Reza seguro con el Salmista: ‘¡Señor, Tú eres mi refugio y mi fortaleza, confío en Ti!’ ... Te garantizo que Él te preservará de las insidias del "demonio meridiano" ‑en las tentaciones y... ¡en las caídas!‑, cuando la edad y las virtudes tendrían que ser maduras, cuando deberías saber de memoria que sólo Él es la Fortaleza” (Forja, n.307).

El Señor nos invita a salir de la comodidad de la seguridad de la orilla, y adentrarnos en un mundo de aventuras peligrosas. Él no nos abandona nunca, aunque por el ambiente externo parezca que estamos solos. Desde lo alto del monte nos ve, nos oye y nos envía a la aventura para que nos curtamos en la lucha y así seamos más fuertes. No somos plantas de invernadero y Él no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas.

Grande es la fe de Pedro. Cambia la seguridad de la barca por la que da aquella voz, e hizo lo inaudito: andar sobre las aguas. Podría parecer un sueño. Sin embargo, esa primera fe al contemplar las olas y el viento se empequeñece. Se preocupa de las dificultades y se olvida de lo que le mantenía a flote: la palabra de Dios. Es Dios quien, hoy día, nos mantiene para que vivamos como hijos suyos en medio de un ambiente que no es cristiano. La condición es siempre la misma: mirar a Cristo más que a las dificultades.

Atrévete a aburrirte y otras enseñanzas de Pascal

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«Rodeados como estamos de publicidades, vídeos, textos, canales que reclaman nuestra atención, la propuesta no nos puede resultar más revolucionaria»

Brilló en tantos campos Blaise Pascal (matemáticas, física, filosofía, teología, literatura francesa), que aspirar a compendiar sus enseñanzas en tan solo un articulito parecerá intento vano. Mas él mismo ya ironizó en su día sobre nuestras vanidades:

«La vanidad está tan anclada en el corazón humano», escribió en sus Pensamientos, «que un soldado, un escudero, un cocinero o un mozo de cuerda se jactan y pueden tener sus admiradores; y hasta los filósofos lo desean; y los que escriben en contra quieren tener la gloria de haber escrito bien; y los que los leen, la de haberlos leído con acierto; y yo, que escribo esto, tengo quizás las mismas ganas, y tal vez quienes me lean…». Y quien escriba en THE OBJECTIVE. Y quienes nos leen.

También tuvo palabras Pascal para esa vanidad típica de los veranos que pasamos en este siglo XXI, nuestros viajes y nuestros turisteos, así como esas fotos con que luego aturullamos nuestras redes sociales: «La curiosidad es vanidad tan solo. Las más de las veces, no buscamos conocer algo, sino solo hablar de ello. No emprenderíamos un viaje por el mar si luego no pudiésemos contarlo, no nos satisfaría nada cuanto viésemos, sin la esperanza de luego narrarlo».

En verdad, también resulta vano aprovechar la mera circunstancia de que acaben de cumplirse 400 años de su nacimiento para aprender algo de él. Y, si siguiésemos enumerando vanidades, rondaríamos quizá alguna depresión como aquella que invadió a nuestro autor cuando contaba con 31 años. Solo salió de ella merced a una experiencia mística, que para no olvidar escribió en un pergamino, pergamino que luego fue cosiendo y descosiendo en el dobladillo de cada uno de sus gabanes, como temeroso de alejar de sí lo que vivió aquella noche: «Alegría, alegría, alegría, llantos de alegría».

Con lo que llevamos dicho, se vislumbrará ya que Pascal fue digno hijo del Barroco, la edad de los claroscuros. Pues fue hombre de contrastes, que pasa de la desesperación a la exultación. Hombre de fe pero también de razón estricta, que a los 12 años ya sabía demostrar teoremas de la geometría euclidiana. Hombre de mundo, que no obstante se retira con frecuencia al monasterio de Port-Royal, convencido de que la vida política nos enloda. (Parece que ya antes del 23-J había a quien le tentaba el desesperar).

Esos contrastes son, sin embargo, lo que acaso nos cree una distancia casi insalvable con él. Uno, rodeado del relativismo floreciente del siglo actual, de este mundo en que casi nada parece sólido, no puede sino plantearse esta pregunta al leer sus obras: pero, ¿no se tomaba este hombre todo demasiado en serio?

Esta duda dice más sobre nosotros que sobre él. Pascal fue estricto en asuntos religiosos: repudiaba los tejemanejes que hacían que la fe sirviera igual para un roto que para un descosido. Así, escribió las Cartas provinciales para fustigar, con sorna, los jesuitismos que por entonces ya proliferaban; las justificacioncitas que, partiendo del Amor de Dios, acaban dando el visto bueno a lo que haga cualquiera, total, nada es para tanto, y no vaya a parecer que Dios no nos ama muchísimo. Dicen que esas Cartas están en el origen de la literatura panfletaria actual y que, incluso, fueron las que fijaron el francés moderno; pero en todo lo demás parece haber triunfado su enemiga, la actitud laxa que, por miedo a que Dios no nos parezca un tío majo, lo mismo minusvalora el aborto en medios episcopales que te dice que da igual lo que votes, pues todo es mucho lío y, caray, no vayamos a perder la cordialidad.

Si nada nos importa demasiado hoy en día, más que pasarlo bien, llevarnos bien con los nuestros y quejarnos de la «polarización» que nos impide confraternizar con todos, otras muchas sentencias de Pascal se nos tornarán también incomprensibles. Verbigracia, aquella en la que diagnosticaba que «toda la desdicha de los hombres se debe a una sola cosa: no saber permanecer en reposo en una habitación». O cuando advertía, en la misma línea, que cuanto más felices somos, menos necesitamos «divertirnos». «Pero ¿no consiste la felicidad justo en que nos regocije la diversión? No; porque esta viene de otra parte y de fuera, y así es dependiente, y está sujeta a mil turbaciones». Por eso, el aburrimiento es quizá el mayor de los bienes del hombre, «porque puede contribuir más que cualquier otra cosa a hacerle buscar la verdadera curación; mientras que él considera la diversión como su mayor bien, es en realidad su mayor mal porque le aleja, más que nada, de buscar un remedio a sus males». Rodeados como estamos de publicidades, vídeos, textos, canales que reclaman nuestra atención, la propuesta de Pascal no nos puede resultar más revolucionaria: «¡Atreveos a aburriros!».

Con todo, terminemos con una nota de optimismo —al fin y al cabo, era «alegría, alegría, alegría» lo que llevaba cosido nuestro filósofo a su gabán—. Sí que existe acaso un rasgo en que este pensador puede resultarnos bien coetáneo. Es un rasgo que también podemos recabar, por cierto, de don Félix Lope de Vega, algunas décadas anterior en el tiempo, y tan diferente a Pascal en casi todo lo demás.

Se trata de la peliaguda cuestión de cómo llegar a hacerse cristiano. Pascal había dado un argumento famoso (la llamada «apuesta de Pascal»), en el cual ahora no podemos detenernos, pero que venía a decir que nos resulta mucho más conveniente creer (pues podemos ganar mucho: la vida eterna) en vez de no creer (lo cual no nos da nada: ya hemos aclarado que quedarse con esta vida es conformarse con un mero jueguecito de inanidad). Ahora bien, tras este argumento tan cerebral, Pascal, como buen barroco, sabe que estamos hechos de contrastes, y que algo que aluda solo a «las razones de nuestra cabeza» no nos convencerá. Es entonces cuando nos aporta un consejo que me parece bien pertinente hoy.

«Lo que realizas, lo que decides, lo que compartes, tus relaciones, no son solo cosas que tú hagas: son cosas que también te hacen, te configuran a ti»

Pues hoy también mucha gente, harta de este mundo en que «cada cual tiene su verdad», es decir, en que nadie tiene verdades sino solo opinioncitas, desea apostar por algo firme y permanente. Por una verdad que lo sea no porque la ve este o aquel (o yo mismo), sino porque es verdad, sin más. Una verdad que lo sería aunque nadie nunca la viese. Y eso es Dios.

O apostar por un bien que es bueno no porque me guste a mí o a ti o al otro. Un bien que sería bueno aunque nadie lo disfrutase nunca, porque no depende de nuestro disfrute, sino que, al contrario, nuestros disfrutes deberían depender de él. Y eso es Dios.

O apostar por una belleza que no dependa de la moda o del estilo en que nos han educado, que no se adapte a mis gustos, sino que exija a mis gustos que se adapten a ella, que aprendan a apreciarla, porque es belleza, sin más. Y eso es Dios.

Mucha gente hoy quiere hacer esas apuestas por lo verdadero, o lo bueno, o lo bello, pero no le basta el argumento primero de Pascal, el argumento de que, bueno, al fin y al cabo nos conviene más hacerlo. De hecho, ¿no hay cierta contradicción en adoptar por nuestra conveniencia algo que no depende de ninguna conveniencia, porque es bueno, verdadero, bello de por sí? Mucha gente ha deducido hoy que sin Dios el mundo es un desatino; que la religión da herramientas bien potentes para hacer frente al batiburrillo que nos rodea; pero, pese a esas deducciones, no tiene fe en Dios. Y no sabe cómo podría alcanzarla, ahora que ya está convencido las buenas razones que la abonan… pero solo en su cabeza. ¿Cabe ofrecer alguna respuesta a personas así?

Pascal supo prever esa situación que uno ve cada día más a su alrededor («donde abunda el peligro abunda lo que nos salva», predijo ya también Hölderlin). Pascal sabía que no éramos solo razones cerebrales, sino también «razones del corazón». Pero ¡ojo! No interpretemos eso como meras sensiblerías (entonces no serían razones, sino solo corazonadas). Son razones, pero de otro tipo: no solo cerebrales, porque no somos solo cerebro, sino también cuerpo, costumbres, relaciones, tiempo. Y, como somos todo eso, Pascal dio también una respuesta a aquellos que tienen ya convencido su cerebro, pero no su vida entera.

Es la respuesta que anunciamos que aparecía también en Lope de Vega, más en concreto dentro de su comedia Lo fingido verdadero. Allí, un actor romano, de nombre Ginés (el argumento se apoya en la hagiografía de este santo, de hecho), mientras ensaya y ensaya una obra en la que el emperador le ha encargado que imite al cristianismo… acaba convirtiéndose. De tanto imitar a los cristianos, acaba comprendiéndolos. Si actúas de un modo, ese modo acaba siendo parte de ti: fake it till you make it, que dirían en inglés.

Pascal habría entendido bien esa obrita (y también el dicho anglosajón), pues lo que propone al hombre que quiere apostar por Dios, pero aún no puede, es que actúe como si ya lo hubiese hecho. Que se porte como si Dios existiera (etsi Deus daretur), que participe en la liturgia como si ya creyera, que rece como si ya supiese que hay alguien al otro lado. «No me buscaríais si no me hubieseis ya encontrado», decía san Agustín.

No somos solo cerebro, sino también cuerpo, obras, diálogo interior: cuando todos estos se vayan acostumbrando a lo divino, como se habituó a ello san Ginés en sus actuaciones teatrales, llegará un punto en que el milagro (poco milagroso, pues se apoya en lo cotidiano) acaecerá. No se cree primero internamente, solo ante Dios, en lo más íntimo y separado (como querría un Martín Lutero) y luego ya solo en lo externo, como mera excrecencia; al contrario, lo interno y lo externo, el alma y el cuerpo, mi pensamiento y mi hábito se entrelazan, y ninguna de esas dos facetas puede reclamar ser «yo» más que la otra. Contra Descartes, no somos solo un pensamiento que usa el cuerpo como una máquina para moverse de acá para allá. Soy tanto mi cuerpo como mi pensamiento, y sus costumbres, y su tiempo, y sus relaciones. Cuando los hindúes desean domar a un elefante salvaje, lo colocan junto a otros elefantes ya educados. Lo que realizas, lo que decides, lo que compartes, tus relaciones, no son solo cosas que tú hagas: son cosas que también te hacen, te configuran a ti.

Esta es la solución que proponía Pascal; una solución que no niega las maravillas de la interioridad humana: recordemos que es el mismo Pascal que nos recomendaba quedarnos solos en nuestra habitación, sin diversiones. Y el mismo Pascal que tuvo una experiencia interior, exultante, que le marcó tanto, que llevaba su relato siempre cosido a su ropa.

Porque ahí está la clave, para no confundirnos ya nunca entre lo interno y lo externo. La experiencia más interior hay que colocarla también en esos gabanes que nos quitamos y nos ponemos. Esos gabanes que nos quitan el frío y que, a veces, prestamos. Y, a su vez, esos gabanes, aunque parezcan estar solo por fuera de nosotros, en realidad pueden calentarnos hasta el corazón. Nadie creería a quien afirmarse que quiere mucho a otra persona, tanto que no le presta su gabán porque sería «quedarse en lo externo». Abandonemos todo dualismo. Somos corazón, movimiento, tiempo, amigos. Somos incluso gabanes. Y nos cosemos en ellos (también en los amigos y el tiempo) lo más íntimo del corazón.

Miguel Ángel Quintana Paz en theobjective.com


07 agosto 2023

PELICULA DE LA SEMANA (4 Ago): Una cuestión de honor

 (Cfr. www.almudi.org)

 

Una cuestión de honor

Título original
Pour la Franceaka
Año
Duración
113 min.
País
Francia Francia
Dirección
Guion
Reparto

Música
Fotografía
Compañías
Género
Drama | Ejército
Sinopsis
Aissa, una joven oficial de origen argelino, pierde trágicamente la vida durante un nuevo ritual de iniciación en la prestigiosa academia militar francesa de Saint-Cyr. A medida que su muerte destroza a su familia, surge la polémica sobre los planes del funeral de Aissa cuando el ejército se niega a asumir la responsabilidad. Ismael, su rebelde hermano mayor, trata de mantener unida a la familia mientras luchan por ganar justicia para Aissa.
Premios
2022: Festival de Venecia. 1 nominación
Críticas

 

LIBRO DE LA SEMANA (4 Ago): Los siete Maridos de Evelyn Hugo

 (Cfr. www.almudi.org)

 

 


NO TE QUEDES FUERA DEL FENÓMENO LITERARIO MÁS IMPORTANTE DE LOS ÚLTIMOS AÑOS.Evelyn Hugo, el icono de Hollywood que se ha recluido a su edad madura, por fin decide contar la verdad...
17,00€

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Descripción

Ficha Técnica

Inteligencia Artificial logra predecir la estructura de millones de proteínas

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Según se reveló, la base de datos de código abierto podría contribuir a nuevos descubrimientos científicos.

Business Insider DeepMind, de Google, descubre la estructura de casi todas las proteínas conocidas en un avance que resuelve uno de los mayores problemas de la biología actual.

Años atrás, DeepMind surgió como una empresa de investigación de Inteligencia Artificial, hasta que en 2016 fue comprada por Google. El programa de este proyecto arrasó en el ámbito de la tecnología luego de comprobarse que era capaz de predecir las estructuras 3D de casi todas las proteínas catalogadas como conocidas.

Los investigadores de la empresa, junto con el Laboratorio Europeo de Biología Molecular, pasaron el último año utilizando AlphaFold para ampliar la base de datos de la empresa a más de 200 millones de estructuras de proteínas y ponerlas a disposición del público. De cara a esto, el CEO Demis Hassabis dijo que la base de datos ampliada cubría "todo el universo de las proteínas", y que haría que fuera tan fácil buscar una estructura proteica en 3D como teclear "una palabra clave de búsqueda en Google".

"Creo que estamos en el comienzo de una nueva era de la biología digital en la que la IA y los métodos computacionales pueden ayudar a comprender y modelar importantes procesos biológicos", añadió Hassabis.

Al ser microscópicas, las proteínas que componen a los seres humanos, animales, plantas y organismos microscópicos, se reorganizan constantemente y dificultan el seguimiento de sus movimientos. De hecho muchos científicos dedicaron su carrera a comprender este comportamiento, y aquellas que son predecibles, son controlables.

En el campo de la Medicina, la manipulación de proteínas podría servir para evitar que un paciente desarrolle enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer y evitar los efectos secundarios de su tratamiento. Por otra parte, los climatólogos podrían crear enzimas útiles para descomponer los plásticos a un ritmo más rápido, reduciendo su impacto en el medio ambiente.

En la actualidad, investigadores de la Universidad de Oxford están utilizando AlphaFold para desarrollar una nueva vacuna que combata la malaria, y científicos de Harvard están utilizando el programa para comprender mejor el comportamiento de las células humanas.

Mientras tanto, Pushmeet Kohli, el jefe de IA para la Ciencia en DeepMind, explicó: "Creemos que AlphaFold es la contribución más significativa que la IA ha hecho al avance del conocimiento científico hasta la fecha, ayudándonos a entendernos mejor a nosotros mismos y al mundo que nos rodea". "Es una verdadera alegría ver tantos datos abiertos y accesibles para que todo el mundo los explore y los aproveche".

Redacción de intramed.net