Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

16 abril 2022

LIBRO DE LA SEMANA (16 Abr): Roma soy yo

(Cfr. www.todostuslibros.com)

 

 

Roma soy yo

DESPUÉS DE JULIO CÉSAR, EL MUNDO NUNCA VOLVIÓ A SER EL MISMO. Si alguna vez hubo un hombre nacido para cambiar el curso de la Historia, ese fue Julio César. Su leyenda, veinte si...
Editorial:
B
Colección:
Histórica
Encuadernación:
Cartoné
País de publicación :
España
Idioma de publicación :
Castellano
Idioma original :
Castellano
ISBN:
978-84-666-7178-1
EAN:
9788466671781
Dimensiones:
238 x 163 mm.
Peso:
1067 gramos
Nº páginas:
752
Fecha publicación :
05-04-2022
 
 
Sinopsis

Sinopsis de: "Roma soy yo"

DESPUÉS DE JULIO CÉSAR, EL MUNDO NUNCA VOLVIÓ A SER EL MISMO.

Si alguna vez hubo un hombre nacido para cambiar el curso de la Historia, ese fue Julio César. Su leyenda, veinte siglos después, sigue más viva que nunca.

Roma, año 77 a.C. El cruel senador Dolabela va a ser juzgado por corrupción, pero ha contratado a los mejores abogados, ha comprado al jurado y, además, es conocido por usar la violencia contra todos los que se enfrentan a él. Nadie se atreve a ser el fiscal, hasta que de pronto, contra todo pronóstico, un joven patricio de tan solo veintitrés años acepta llevar la acusación, defender al pueblo de Roma y desafiar el poder de las élites. El nombre del desconocido abogado es Cayo Julio César.

Combinando con maestría un exhaustivo rigor histórico y una capacidad narrativa extraordinaria, Santiago Posteguillo logra sumergir al lector en el fragor de las batallas, hacerle caminar por las calles más peligrosas mientras los sicarios de los senadores acechan en cualquier esquina, vivir la gran historia de amor de Julio César con Cornelia, su primera esposa, y comprender, en definitiva, cómo fueron los orígenes del hombre tras el mito.

Hay personajes que cambian la historia del mundo, pero también hay momentos que cambian la vida de esos personajes. Roma soy yo es el relato de los extraordinarios sucesos que marcaron el destino de César.

Más sobre

Posteguillo, Santiago

Santiago Posteguillo es profesor de Lengua y Literatura en la Universidad Jaume I de Castellón. Estudió Literatura Creativa en Estados Unidos y Lingüística, Análisis del Discurso y Traducción en el Reino Unido. De 2006 a 2009 publicó su trilogía Africanus sobre Escipión y Aníbal y de 2011 a 2016 la trilogía sobre el emperador de origen hispano Marco Ulpio Trajano. Ha sido galardonado por la Semana de Novela Histórica de Cartagena, obtuvo el Premio de las Letras de la Comunidad Valenciana en 2010 y el Premio Internacional de Novela Histórica de Barcelona en 2014. En 2015 fue proclamado escritor del año por la Generalidad Valenciana. Entre 2012 y 2017 publicó también tres volúmenes de relatos sobre la historia de la literatura muy elogiados por crítica y público. Santiago Posteguillo es doctor por la Universidad de Valencia y ha impartido seminarios sobre ficción histórica en diversas universidades europeas y de América Latina. En 2018 fue profesor invitado del Sidney Sussex College de la Universidad de Cambridge. Yo, Julia, la novela con la que obtuvo el Premio Planeta 2018, rescata del olvido la vida y la memoria de la emperatriz más poderosa de la antigua Roma. Y Julia retó a los dioses es el esperado desenlace de la historia de una mujer que transformó su entorno y cambió el curso de la historia para siempre.
 
 

PELICULA DE LA SEMANA (16 Abr)

 (Cfr. www.filmaffinity.com)

 

 


The Lost Cityaka
Año
Duración
120 min.
País
Estados Unidos Estados Unidos
Dirección
Guion
Dana Fox, Oren Uziel, Adam Nee, Aaron Nee. Historia: Seth Gordon
Música
Pinar Toprak
Fotografía
Jonathan Sela
Reparto
Productora
3dot productions, Exhibit A, Fortis Films Production. Distribuidora: Paramount Pictures
Género
Aventuras. Comedia. Acción | Comedia romántica
Sinopsis
La carrera literaria de la brillante y algo huraña escritora de novelas Loretta Sage (Sandra Bullock) ha girado en torno a las novelas románticas de aventuras que, ambientadas en lugares exóticos, protagoniza un atractivo galán cuya imagen aparece reproducida en todas las portadas, y que en la vida real corresponde a Alan (Channing Tatum), un modelo que ha centrado su carrera en personificar al novelesco aventurero. Durante una gira para promocionar su nuevo libro junto a Alan, Loretta es raptada por un excéntrico multimillonario (Daniel Radcliffe), con la intención de que la autora le guíe hasta el tesoro de la antigua ciudad perdida sobre el que gira su último relato. Deseoso de demostrar que puede ser un héroe en la vida real, y no simplemente en las páginas de sus obras de ficción, Alan se lanza al rescate de la novelista.
Críticas

Los amó hasta el extremo

 (Cfr, www.almudi.org)

 

 

«Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». 

En estos días del Triduo Pascual vamos a rememorar ese «amor extremo» de Jesús. Un amor que no es abstracto, sino concreto, manifestado constantemente durante su existencia terrena.

¿Cómo demuestra Jesús ese amor sin límites? En primer lugar, san Juan señala que echó agua en una jofaina y se puso a lavar los pies a sus discípulos. Jesús realiza un trabajo propio de esclavos. Ya lo había dicho él mismo anteriormente: «El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir» (Mt 20, 28). Cuando los apóstoles discutían sobre quién sería el mayor, Jesús dijo que «quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo» (Mt 20,27). Con este gesto de lavar los pies, el Señor se hace servidor de todos. «Mientras los grandes de la Tierra construyen “tronos” para el poder propio –dice el Papa Francisco–, Dios elige un trono incómodo, la cruz, de donde reinar dando la vida». El servicio no es algo humillante, sino que es lo más elevado que podemos hacer, pues encarna el estilo de vida de Cristo.

Pero el amor de Jesús no se quedó solamente en este gesto. En la segunda lectura, hemos escuchado el relato de la última cena de la mano de san Pablo. «En la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía”» (1Co 11, 24). Jesús se ha quedado con nosotros para siempre. San Josemaría usaba la imagen de las fotografías entre enamorados como símbolo que recuerda a la otra persona cuando la vida las ha separado. Pero lo que Jesucristo nos ha dejado no es una simple imagen o un recuerdo: se queda él mismo. Irá al Padre, pero permanecerá con los hombres (Es Cristo que pasa, n.83).

Jesús conoce nuestras debilidades; al hacerse hombre, ha querido experimentar los límites de la naturaleza humana, a excepción del pecado. Sabe que atravesamos dificultades y sufrimientos. Por eso, su amor extremo le llevó a darse a sí mismo como alimento, que nos fortalece. Cada vez que le recibimos nos unimos a él, nos transformamos en quien es amor vivo. «Cuando nos alimentamos con fe de su Cuerpo y de su Sangre, su amor pasa a nosotros y nos capacita para dar (…) la vida por nuestros hermanos y no vivir para nosotros mismos» (Benedicto XVI, Audiencia, 18-III-2007).

En la primera lectura, hemos recordado la institución de la cena pascual, memoria de la liberación de la esclavitud en Egipto. Se trata de una imagen profética de la Pascua de Cristo, que libera al mundo del pecado. La Pasión es el culmen del amor extremo de Jesús por los hombres: «Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Un padre, cuando ve a su hijo sufrir, sufre con él, y hace todo lo que está en su mano para aliviar ese dolor. Y Dios, al vernos esclavos del pecado, no dudó en mandar a su único Hijo para darnos una liberación más profunda que la que vivió el pueblo de Israel: la libertad de los hijos de Dios. Ya no estamos a merced del maligno. Jesús, con su Pasión, ha derrotado al príncipe de este mundo. Y ahora también nosotros podemos repetir con san Pablo: «Todo lo puedo en aquel que me conforta» (Flp 4, 13).

Jesús nos ama hasta el extremo. Sin límites, pero de modo concreto. Nos lava los pies en cada confesión, purificándonos de nuestros pecados. Se nos ofrece como alimento en la Eucaristía, para que encontremos fuerzas en la lucha diaria para vivir como hijos de Dios. Hoy podemos pedirle a nuestra Madre Santa María que sepamos acoger sin límites ese amor extremo de su Hijo.

Durante el Triduo Pascual, recordamos el amor extremo de Jesús. Su amor no es abstracto, sino que se concreta, en primer lugar, en el lavatorio de los pies. Cristo asume una tarea que estaba reservada a los esclavos. Al hacerlo, se convierte en el servidor de todos nosotros. El servicio no es humillante, sino la actividad más elevada que podemos realizar, porque encarna la forma en que Cristo vivió.

También vemos la radicalidad de su amor en su decisión de permanecer con nosotros en la Eucaristía. Él conoce nuestra debilidad. Sabe que pasamos por momentos difíciles y de sufrimiento. Y precisamente por eso su amor ilimitado le llevó a ofrecerse a nosotros como alimento, para ayudarnos a fortalecernos. Cada vez que lo recibimos nos unimos a él, nos transformamos en aquel que es Amor vivo.

P.P. Francisco, vaticannews.va/es

Meditacion Domingo de Resurrección (C)


Resucitó de entre los muertos

“El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.» Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos” (Juan 20,1-9).

I. En verdad ha resucitado el Señor, aleluya. A Él la gloria y el poder por toda la eternidad (Lucas 24, 34; Apocalipsis 1, 6). La Resurrección gloriosa del Señor es la clave para interpretar toda su vida, y el fundamento de nuestra fe. Sin esa victoria sobre la muerte, dice San Pablo, toda predicación sería inútil y nuestra fe vacía de contenido (1 Corintios 15, 14-17). Además, en la Resurrección de Cristo se apoya nuestra propia resurrección. La Pascua es la fiesta de nuestra redención y, por tanto, fiesta de acción de gracias y de alegría. Los Apóstoles son, ante todo, testigos de la Resurrección de Jesús (Hechos 1, 22; 2, 32; 3, 15). Anuncian que Cristo vive, y éste es el núcleo de toda su predicación. Esto es lo que después de veinte siglos, nosotros anunciamos al mundo: ¡Cristo vive!. Y esto nos colma de alegría el corazón. La Resurrección es el argumento supremo de la divinidad de Nuestro Señor. “Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia: en Él, lo encontramos todo: fuera de Él, nuestra vida queda vacía” (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa).

II. El mundo había quedado a oscuras. La Resurrección es la gran luz para todo el mundo: Yo soy la luz (Juan 8, 12), había dicho Jesús; luz para el mundo, para cada época de la historia, para cada sociedad, para cada hombre. La luz del cirio pascual simboliza a Cristo resucitado. Es la luz que la Iglesia derrama sobre toda la tierra sumida en tinieblas. La Resurrección de Cristo es una fuerte llamada al apostolado: ser luz y llevar luz a otros. Para eso debemos estar unidos a Cristo. “Instaurare omnia in Christo, da como lema San Pablo a los Cristianos de Efeso (Efesos 1, 10); informar el mundo entero con el espíritu de Jesús, colocar a Cristo en la entraña de todas las cosas: esta es nuestra misión de cristianos, proclamar la Realeza de Cristo en todas las encrucijadas de la tierra.

III. La Virgen Santísima sabe que Cristo resucitará. En un clima de oración, que nosotros no podemos describir, espera a su Hijo glorioso. Una tradición antiquísima de la Iglesia nos transmite que Jesús se apareció en primer lugar y a solas a su Madre. La Virgen, después de tanto dolor, se llenó de una inmensa alegría. Nosotros nos unimos a esta inmensa alegría. Santo Tomás de Aquino aconsejaba que no dejáramos de felicitar a la Virgen por la Resurrección de su Hijo (Vida y misericordia de la Santísima Virgen). Es lo que hacemos ahora que comenzamos a rezar el Regina Coeli en lugar del Angelus: Alégrate Reina del Cielo, ¡aleluya!, porque Aquel a quien mereciste llevar dentro de ti ha resucitado. Hagamos el propósito de vivir este tiempo pascual muy cerca de Santa María.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal

Homilía Domingo Resurrección (C)

 (Cfr. www.almudi.org)

 

 

 

 (Hch 10,34a. 37-43) "Dios lo resucitó al tercer día"
(Col 3,1-4) "Buscad los bienes de allá arriba"
(Jn 20,1-9) "Vio y creyó"

 

Homilía con textos de homilías pronunciadas por San Juan Pablo II.

Alocución “Urbi et Orbi” en el Domingo de Resurrección (6-IV-1980)


“...y vio que la piedra había sido movida” (Jn 20,1).

En la anotación de los acontecimientos del día que siguió a aquel sábado, estas palabras tienen un significado clave.

Al lugar donde había sido puesto Jesús, la tarde del viernes, llega María Magdalena, llegan las otras mujeres. Jesús había sido colocado en una tumba nueva, excavada en la roca, en la cual nadie había sido sepultado anteriormente. La tumba se hallaba a los pies del Gólgota, allí donde Jesús crucificado expiró, después que el centurión le traspasara el costado con la lanza para constatar con certeza la realidad de su muerte. Jesús había sido envuelto en lienzos por las manos caritativas y afectuosas de las piadosas mujeres que, junto con su madre y con Juan, el discípulo predilecto, habían asistido a su extremo sacrificio. Pero, dado que caía rápidamente la tarde e iniciaba el sábado de pascua, las generosas y amorosas discípulas se vieron obligadas a dejar la unción del cuerpo santo y martirizado de Cristo para la próxima ocasión, apenas la ley religiosa de Israel lo permitiese.

Se dirigen pues al sepulcro, el día siguiente al sábado, temprano, es decir, al romper el día, preocupadas de cómo remover la piedra que había sido puesta a la entrada del sepulcro, el cual además había sido sellado.

Y he aquí que, llegadas al lugar, vieron que la piedra había sido removida del sepulcro.

Aquella piedra colocada a la entrada de la tumba, se había convertido primeramente en un mudo testigo de la muerte del Hijo de Hombre.

Con piedra así se concluía el curso de la vida de tantos hombres de entonces en el cementerio de Jerusalén: más aún, el ciclo de la vida de todos los hombres en los cementerios de la tierra.

Bajo el peso de la losa sepulcral, tras su barrera imponente, se cumple en el silencio del sepulcro la obra de la muerte, es decir, el hombre salido del polvo se transforma lentamente en polvo (cfr. Gen 3,19).

La piedra puesta la tarde del Viernes Santo sobre la tumba de Jesús, se ha convertido, como todas las losas sepulcrales, en el testigo mudo de la muerte del Hombre, del Hijo del Hombre.

¿Qué testimonia esta losa, el día después del sábado, en las primeras horas del día?

¿Qué nos dice? ¿Qué anuncia la piedra removida del sepulcro?

--- Testigos de la Resurrección

En el Evangelio no hay una respuesta humana adecuada. No aparece en los labios de María de Magdala. Cuando asustada, por la ausencia del cuerpo de Jesús en la tumba, esta mujer corre a avisar a Simón Pedro y al otro discípulo al que Jesús amaba (cfr. Jn 20,2), su lenguaje humano encuentra solamente estas palabras para expresar lo sucedido:

“Han tomado al Señor del monumento y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,2).

También Simón Pedro y el otro discípulo se dirigieron de prisa al sepulcro; y Pedro, entrando dentro, vio las vendas por tierra, y el sudario que había sido puesto sobre la cabeza de Jesús, al lado (cfr. Jn 20,7).

Entonces entró también el otro discípulo, vio y creyó; “aún no se había dado cuenta de la Escritura, según la cual era preciso que Él resucitase de entre los muertos” (Jn 20,9).

Vieron y comprendieron que los hombres no habían logrado derrotar a Jesús con la losa sepulcral, sellándola con la señal de la muerte.

La Iglesia canta con alegría las palabras del antiguo Salmo:

“¡Alabad a Yavé, porque es bueno, porque es eterno su amor! ¡Diga la casa de Israel: que es eterno su amor!” (Sal 118,1-2).

“Excelsa la diestra de Yahveh, la diestra de Yahveh hace proezas! No, no he de morir, que viviré, y contaré las obras de Yahveh” (Sal 118,16-17).

“La piedra que los constructores desecharon en piedra angular se ha convertido; esta ha sido la obra de Yahveh, una maravilla a nuestros ojos” (Sal 118,22-23).

Los artífices de la muerte del Hijo del Hombre, para mayor seguridad, “pusieron guardia al sepulcro después de haber sellado la piedra” (Mt 27,66).

Muchas veces los constructores del mundo, por el cual Cristo quiso morir han tratado de poner una piedra definitiva sobre su tumba.

Pero la piedra permanece siempre removida de su sepulcro; la piedra, testigo de la muerte, se ha convertido en testigo de la Resurrección:

“Excelsa la diestra de Yahveh, la diestra de Yahveh hace proezas!” (Sal 118,16).

La Iglesia anuncia siempre y de nuevo la Resurrección de Cristo. La Iglesia repite siempre con alegría a los hombres las palabras de los ángeles y de las mujeres pronunciadas en aquella radiante mañana en la que la muerte fue vencida.

La Iglesia anuncia que está vivo Aquel que se ha convertido en nuestra Pascua. Aquel que ha muerto en la cruz revela la plenitud de la Vida.

--- No rechaces a Cristo

Este mundo que por desgracia hoy, de diversas maneras, parece querer la “muerte de Dios”, escuche el mensaje de la Resurrección.

Todos vosotros que anunciáis “la muerte de Dios”, que tratáis de expulsar a Dios del mundo humano, deteneos y pensad que “la muerte de Dios” puede comportar fatalmente “la muerte del hombre”.

Cristo ha resucitado para que el hombre encuentre el auténtico significado de la existencia, para que el hombre viva en plenitud de su propia vida, para que el hombre, que viene de Dios, viva en Dios.

Cristo ha resucitado. Él es la piedra angular. Ya entonces se quiso rechazarlo y vencerlo con la piedra vigilada y sellada del sepulcro. Pero aquella piedra fue removida. Cristo ha resucitado.

No rechacéis a Cristo vosotros, los que construís el mundo humano.

No lo rechacéis vosotros, los que, de cualquier manera y en cualquier sector, construís el mundo de hoy y de mañana: el mundo de la cultura y de la civilización, el mundo de la economía y de la política, el mundo de la ciencia y de la información. Vosotros que construís el mundo de la paz... ¿o de la guerra? Vosotros que construís el mundo del orden..., ¿o del terror? No rechacéis a Cristo: ¡Él es la piedra angular!

Que no lo rechace ningún hombre, porque cada uno es responsable de su destino: constructor o destructor de la propia existencia.

Cristo resucitó ya antes de que el Ángel removiera la losa sepulcral. Él se reveló después como piedra angular, sobre la cual se construye la historia de la humanidad entera y la de cada uno de nosotros.

Pongamos nuestra confianza en la fuerza de la cruz y de la Resurrección; ¡tal fuerza es más poderosa que la debilidad de toda división humana!

La Iglesia se acerca hoy a cada hombre con el deseo pascual: el deseo de construir el mundo sobre Cristo. Cristo “nuestra pascua” no deja de ser peregrino con nosotros en el camino de la historia, y cada uno puede encontrarlo, porque Él no cesa de ser el Hermano del hombre en cada época y en cada momento.