Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

27 mayo 2022

PELICULA DE LA SEMANA (27 May): El arma del engaño

 

 

 

El arma del engaño

Título original
Operation Mincemeat
Año
Duración
128 min.
País
Reino Unido Reino Unido
Dirección
Guion
Michelle Ashford. Libro: Ben Macintyre
Música
Thomas Newman
Fotografía
Sebastian Blenkov
Reparto
Productora
Coproducción Reino Unido-Estados Unidos;
See-Saw Films, Cohen Media Group, Filmnation Entertainment, Archery Pictures. Distribuidora: Warner Bros.
Género
Bélico. Drama | Basado en hechos reales. II Guerra Mundial. Espionaje. Ejército
Sinopsis
Año 1943, en plena II Guerra Mundial. Las fuerzas aliadas están decididas a lanzar un asalto definitivo en Europa. Pero se enfrentan un desafío importante: proteger durante la invasión a sus tropas de la potencia de fuego alemana, y así evitar una posible masacre. Dos brillantes oficiales de inteligencia, Ewen Montagu (Firth) y Charles Cholmondeley, son los encargados de establecer la estrategia de desinformación más inspirada e improbable de la guerra... Una historia inspirada en hechos reales basada en un 'bestseller' de Ben Macintyre.
Posición en rankings FA
Críticas

LIBRO DE LA SEMANA (27 May): El camino del fuego

 (Cfr. www.todostuslibros.com)

 

 


La teniente Valentina Redondo y su compañero Oliver deciden tomarse unas vacaciones y viajan a Escocia para visitar a la familia de este. Su padre, Arthur Gordon, está empeñado en...
978-84-233-6158-8 / Ediciones Destino
20,90€
(20,10€ sin IVA) 
 
 
Sinopsis

Sinopsis de: "El camino del fuego"

La teniente Valentina Redondo y su compañero Oliver deciden tomarse unas vacaciones y viajan a Escocia para visitar a la familia de este. Su padre, Arthur Gordon, está empeñado en recuperar parte del patrimonio y de la historia de sus antepasados y ha adquirido el castillo de Huntly, en las Highlands, que había pertenecido a su familia hasta el siglo XVII. Durante la rehabilitación del edificio encuentra un diminuto despacho que llevaba oculto doscientos años y en él, documentos que revelan que las memorias de Lord Byron —supuestamente quemadas a comienzos del siglo XIX— pueden seguir intactas y hallarse entre esas paredes. Pronto correrá la voz del extraordinario hallazgo y tanto la prensa de todo el país como varias personas allegadas a la familia se acercarán a ellos para seguir el curioso acontecimiento. Sin embargo, la aparición de un hombre muerto en el castillo hará que Oliver y Valentina se sumerjan en una inesperada investigación que los llevará a adentrarse en la Escocia de épocas pasadas y que cambiará el destino de los Gordon e incluso la propia historia. 

Al tiempo, viajaremos a mediados del siglo XIX y descubriremos cómo Jules Berlioz —un modesto librero de las Highlands— y Mary MacLeod —una joven perteneciente a una familia escocesa acomodada— entrecruzan sus pasos en un camino literario y prohibido en el que el crimen lo salpicará todo de dudas y silencio hasta nuestros días. 

Ficha Técnica

Más información

Materias:
Clásicos policíacos | Género policíaco y misterio

Catequesis sobre la vejez 11. Qohelet: la noche incierta del sentido y de las cosas de la vid

(Cfr. www.almudi.org)

 


El Papa en la catequesis de hoy: la sabiduría de los ancianos, antídoto contra el desencanto

Catequesis del Santo Padre en español

 Para ecucharla y verla. pincha aquí:  https://youtu.be/fOgNwiPNL9M

Texto completo de la catequesis del Santo Padre traducida al español

En nuestra reflexión sobre la vejez −seguimos reflexionando sobre la vejez−, hoy nos confrontamos con el Libro del Eclesiastés o Qohelet, otra joya que encontramos en la Biblia. En una primera lectura este breve libro impresiona y deja desconcertado por su famoso estribillo: «Todo es vanidad», todo es vanidad: el estribillo que va y viene; todo es vanidad, todo es “niebla”, todo es “humo”, todo está “vacío”. Sorprende encontrar estas expresiones, que cuestionan el sentido de la existencia, dentro de la Sagrada Escritura. En realidad, la oscilación continua de Qohelet entre el sentido y el sinsentido es la representación irónica de un conocimiento de la vida que se desprende de la pasión por la justicia, de la que el juicio de Dios es garante. Y la conclusión del Libro indica el camino para salir de la prueba: «Teme a Dios y guarda sus mandamientos, que eso es ser hombre cabal» (12,13). Ese es el consejo para resolver este problema.

Ante una realidad que, en ciertos momentos, nos parece acoger todos los contrarios, reservándoles el mismo destino, que es el de acabar en la nada, el camino de la indiferencia puede parecernos también el único remedio para una dolorosa desilusión. Preguntas como estas surgen en nosotros: ¿Acaso nuestros esfuerzos han cambiado el mundo? ¿Acaso alguien es capaz de hacer valer la diferencia entre lo justo y lo injusto? Parece que todo eso es inútil: ¿por qué hacer tantos esfuerzos?

Es una especie de intuición negativa que puede presentarse en cada etapa de la vida, pero no cabe duda de que la vejez hace casi inevitable ese encuentro con el desencanto. El desencanto, en la vejez, viene. Y por tanto, la resistencia de la vejez a los efectos desmoralizantes de ese desencanto es decisiva: si los ancianos, que ya han visto de todo, conservan intacta su pasión por la justicia, entonces hay esperanza para el amor, y también para la fe. Y para el mundo contemporáneo se ha vuelto crucial el paso a través de esta crisis, crisis saludable, ¿por qué? Porque una cultura que presume de medir todo y manipular todo termina por producir también una desmoralización colectiva del sentido, una desmoralización del amor, una desmoralización también del bien.

Esa desmoralización nos quita el deseo de hacer. Una presunta “verdad”, que se limita a sondear el mundo, sondea también su indiferencia hacia los opuestos y los entrega, sin redención, al fluir del tiempo y al destino de la nada. De esa forma −revestida de cientificidad, pero también muy insensible y muy amoral− la búsqueda moderna de la verdad se ha visto tentada a despedirse totalmente de la pasión por la justicia. Ya no cree en su destino, en su promesa, en su redención.

Para nuestra cultura moderna, que al conocimiento exacto de las cosas quisiera entregar prácticamente todo, la aparición de esta nueva razón cínica −que suma conocimiento e irresponsabilidad− es un contragolpe muy duro. De hecho, el conocimiento que nos exime de la moralidad, al principio parece una fuente de libertad, de energía, pero pronto se convierte en una parálisis del alma.

Qohelet, con su ironía, desenmascara esta tentación fatal de una omnipotencia del saber −un “delirio de omnisciencia”− que genera una impotencia de la voluntad. Los monjes de la más antigua tradición cristiana habían identificado con precisión esta enfermedad del alma, que de pronto descubre la vanidad del conocimiento sin fe y sin moral, la ilusión de la verdad sin justicia. La llamaban “acedia”. Y es una de las tentaciones de todos, también de los ancianos, de todos. No es simplemente pereza: no, es más. No es simplemente depresión: no. Más bien, la acedia es la rendición al conocimiento del mundo sin más pasión por la justicia y la acción consecuente.

El vacío de sentido y de fuerzas abierto por este saber, que rechaza toda responsabilidad ética y todo afecto por el bien real, no es inofensivo. No solamente le quita las fuerzas a la voluntad del bien: por contragolpe, abre la puerta a la agresividad de las fuerzas del mal. Son las fuerzas de una razón enloquecida, que se vuelve cínica por un exceso de ideología. De hecho, con todo nuestro progreso, con todo nuestro bienestar, nos hemos convertido verdaderamente en una “sociedad del cansancio”. Pensad un poco en esto: ¡somos la sociedad del cansancio! Teníamos que producir bienestar generalizado y toleramos un mercado sanitario científicamente selectivo. Teníamos que poner un límite infranqueable a la paz, y vemos sucesión de guerras cada vez más despiadadas contra personas indefensas. La ciencia progresa, naturalmente, y es un bien. Pero la sabiduría de la vida es completamente otra cosa, y parece estancada.

Finalmente, esa razón anti-afectiva e ir-responsable también quita sentido y energías al conocimiento de la verdad. No es casualidad que la nuestra sea la época de las fake news, de las supersticiones colectivas y las verdades pseudocientíficas. Es curioso: en esta cultura del saber, de conocerlo todo, hasta la precisión del saber, se han difundido tantas brujerías, pero brujerías cultas. Es brujería con cierta cultura, pero te lleva a una vida de superstición: por un lado, para avanzar con inteligencia en el conocer las cosas hasta las raíces; por otro, el alma que necesita otra cosa y toma el camino de la superstición y acaba en brujería. La vejez puede aprender de la sabiduría irónica de Qohelet el arte de desemascarar el engaño oculto en el delirio de una verdad de la mente desprovista de afectos por la justicia. ¡Los ancianos llenos de sabiduría y humor hacen mucho bien a los jóvenes! Los salvan de la tentación de un conocimiento del mundo triste y sin sabiduría de la vida. Y también esos ancianos devuelven a los jóvenes a la promesa de Jesús: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados» (Mt 5,6). Serán ellos los que siembren hambre y sed de justicia en los jóvenes. Ánimo, ancianos todos: ¡ánimo y adelante! Tenemos una misión muy grande en el mundo. Pero, por favor, no hay que buscar refugio en el idealismo no concreto, no real, sin raíces, digámoslo claramente: en las brujerías de la vida.

Saludos

Saludo cordialmente a las personas de lengua francesa provenientes de Francia, Luxemburgo y Suiza, en particular a los seminaristas de Estrasburgo y a los peregrinos de la archidiócesis de Burdeos. La cultura moderna ha reducido la verdad a la ciencia exacta y a la tecnología, creando un mundo sin esperanza y sin amor. Pidamos al Señor que ilumine nuestra mente a través de la fe, para buscar siempre la justicia de Dios y dar un sentido a la vida. Dios os bendiga.

Saludo a los peregrinos de lengua inglesa presentes en la Audiencia de hoy, especialmente a los de Nigeria, Líbano y Estados Unidos de América. En la alegría de Cristo Resucitado, invoco sobre cada uno y sobre vuestras familias, el amor misericordioso de Dios nuestro Padre. ¡El Señor os bendiga!

Saludo a los fieles de lengua alemana. La solemnidad de la Ascensión, ya cercana, nos recuerda que Jesucristo volvió a la diestra del Padre, pero no nos dejó solos. Desde el Cielo está cerca de nosotros de un modo nuevo, porque mediante el Espíritu Santo Él vive en nuestros corazones. ¡Deseo que experimentéis su presencia en todo momento de vuestra vida!

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Señor que nos preserve del desencanto y nos conceda la sabiduría y el buen humor de los ancianos para no dejar nunca de trabajar por la justicia. Y también que hay un buen grupo de argentinos y en este día de la fiesta nacional de nuestra patria les envío un cordial saludo a ustedes y a todo el pueblo argentino. Dios los bendiga. Muchas gracias.

Queridísimos fieles de lengua portuguesa, os saludo a todos, en particular a los parroquianos de San Camilo de Lelis en la ciudad de Natal, y a los miembros de la asociación Regina fidei de São Paulo. Cuando el Hijo de Dios vino a nosotros, encontró el corazón abierto de la Virgen Inmaculada. Ella vivía como todas las mujeres de su tiempo pero, en la vida sencilla de cada día, estaba disponible para el Señor. Pidamos al Espíritu Santo el don de la docilidad a la voluntad de Dios. ¡Sobre todos descienda la bendición del Señor!

Saludo a los fieles de lengua árabe. Los ancianos llenos de sabiduría y buen humor hacen mucho bien a los jóvenes. Los salvan de la tentación de un conocimiento del mundo triste y privado de sabiduría de la vida. Y los devuelven a la promesa de Jesús: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados». ¡El Señor os bendiga a todos y os proteja ‎siempre de todo mal‎‎‎‏‎‎‎‏!

Saludo cordialmente a los polacos. Ayer celebramos la memoria de María Auxiliadora. En nuestras oraciones confiémosle de modo particular el deseo de paz de Ucrania y del mundo entero. Que la Madre de Dios nos enseñe la solidaridad con quien está probado por la tragedia de la guerra y obtenga la reconciliación de las Naciones. Bendigo de corazón a todos.

Dirijo una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. En particular, saludo a las Hermanas Misioneras de la Caridad, el Centro Italiano femenino de Caserta, a la Empresa sanitaria Nápoles 3 Sur, y a la Escuela San Giuseppe al Trionfale de Roma.

Mi pensamiento va finalmente, como de costumbre, a los ancianos, enfermos, jóvenes y recién casados. La fiesta, ya próxima, de la Ascensión del Señor me ofrece la oportunidad para saludaros a todos. Jesucristo, ascendiendo al cielo, deja un mensaje y un programa para toda la Iglesia: «Id pues y haced discípulos a todos los pueblos... enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado» (Mt 28,19-20). Dar a conocer la palabra de Cristo y manifestarla con alegría sea el ideal y el compromiso de cada uno en su respectiva condición de vida. A todos mi bendición.

Llamamiento

Tengo el corazón desgarrado por la masacre en la escuela primaria de Texas. Rezo por los niños y adultos asesinados y por sus familias. Es hora de decir basta a la circulación indiscriminada de las armas. Trabajemos todos para que tales tragedias no vuelvan a suceder.

Fuente: vatican.va / romereports.com

Traducción de Luis Montoy

 

 

Meditación Domingo Ascensión del Señor (C)

 Cfr. www.almudi.org)


El don de sabiduría

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto.» Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios” (Lucas 24,46-53).

I. Existe un conocimiento de Dios y de lo que a Él se refiere al que sólo se llega con santidad. El Espíritu Santo, mediante el don de sabiduría, lo pone al alcance de las almas sencillas que aman al Señor: Yo te glorifico, Padre, Señor del Cielo y de la tierra ‑exclamó Jesús delante de unos niños-, porque has tenido encubiertas estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Es un saber que no se aprende en libros sino que es comunicado por Dios mismo al alma, iluminando y llenando de amor a un tiempo la mente y el corazón, el entendimiento y la voluntad. Mediante la luz que da el amor, el cristiano tiene un conocimiento más íntimo y gustoso de Dios y de sus misterios.
«Cuando tenemos en nuestra boca una fruta, apreciamos entonces su sabor mucho mejor que si leyéramos las descripciones que de ella hacen todos los tratados de Botánica. ¿Qué descripción podría ser comparable al sabor que experimentamos cuando probamos una fruta? Así, cuando estamos unidos a Dios y gustamos de Él por la íntima experiencia, esto nos hace conocer mucho mejor las cosas divinas que todas las descripciones que puedan hacer los eruditos y los libros de los hombres más sabios». Este conocimiento se experimenta de manera particular en el don de la sabiduría.
De manera semejante a como una madre conoce a su hijo a través del amor que le tiene, así el alma, mediante la caridad, llega a un conocimiento profundo de Dios que saca del amor su luz y su poder de penetración en los misterios. Es un don del Espíritu Santo porque es fruto de la caridad infundida por Él en el alma y nace de la participación de su sabiduría infinita. San Pablo oraba por los primeros cristianos, para que fuesen fortalecidos por la acción de su Espíritu (...), para que (...), arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento. Comprender, estando cimentados en el amor..., dice el Apóstol. Es un conocimiento profundo y amoroso.
Santo Tomás de Aquino enseña que el objeto de este don es Dios mismo y las cosas divinas, en primer lugar y de modo principal, pero también lo son las cosas de este mundo en cuanto se ordenan a Dios y de Él proceden.
A ningún conocimiento más alto de Dios podemos aspirar que a este saber gustoso, que enriquece y facilita nuestra oración y toda nuestra vida de servicio a Dios y a los hombres por Dios: La sabiduría -dice la Sagrada Escritura- vale más que las piedras preciosas, y cuanto hay de codiciable no puede comparársele. La preferí a los cetros y a los tronos, y en comparación con ella tuve en nada la riqueza (...). Todo el oro ante ella es un grano de arena, y como el lodo es la plata ante ella. La amé más que a la salud y a la hermosura y antepuse a la luz su posesión, porque el resplandor que de ella brota es inextinguible. Todos los bienes me vinieron juntamente con ella (...), porque la sabiduría es quien los trae, pero yo ignoraba que fuese ella la madre de todos (...), Es para los hombres un tesoro inagotable, y los que de él se aprovechan se hacen partícipes de la amistad de Dios.
El don de sabiduría está íntimamente unido a la virtud teologal de la caridad, que da un especial conocimiento de Dios y de las personas, que dispone al alma para poseer «una cierta experiencia de la dulzura de Dios», en Sí mismo y en las cosas creadas, en cuanto se relacionan con Él.
Por estar este don tan hondamente ligado a la caridad, estaremos mejor dispuestos para que se manifieste en nosotros en la medida en que nos ejercitemos en esta virtud. Cada día son incontables las oportunidades que tenemos a nuestro alcance de ayudar y servir a los demás. Pensemos hoy en nuestra oración si son abundantes estos pequeños servicios, si realmente nos esforzamos por hacer la vida más amable a quienes están junto a nosotros.

II. «Entre los dones del Espíritu Santo, diría que hay uno del que tenemos especial necesidad todos los cristianos: el don de sabiduría que, al hacernos conocer a Dios y gustar de Dios, nos coloca en condiciones de poder juzgar con verdad sobre las situaciones y las cosas de esta vida». Con la visión profunda que da al alma este don, el cristiano que sigue de cerca al Señor contempla la realidad creada con una mirada más alta, pues participa de algún modo de la visión que Dios tiene en Sí mismo de todo lo creado. Todo lo juzga con la claridad de este don.
Los demás son entonces una ocasión continua para ejercer la misericordia, para hacer un apostolado eficaz acercándolos al Señor. El cristiano comprende mejor la inmensa necesidad que tienen los hombres de que se les ayude en su caminar hacia Cristo. Se ve a los demás como a personas muy necesitadas de Dios, como Jesús las veía.
Los santos, iluminados por este don, han entendido en su verdadero sentido los sucesos de esta vida: los que consideramos como grandes e importantes y los de apariencia pequeña. Por eso, no llaman desgracia a la enfermedad, a las tribulaciones que han debido padecer, porque comprendieron que Dios bendice de muchas maneras, y frecuentemente con la Cruz; saben que todas las cosas, también lo humanamente inexplicable, coopera al bien de los que aman a Dios.
«Las inspiraciones del Espíritu Santo, a las que este don hace que seamos dóciles, nos aclaran poco a poco el orden admirable del plan providencial, aun y precisamente en aquellas cosas que antes nos dejaban desconcertados, en los casos dolorosos e imprevistos, permitidos por Dios en vista de un bien superior».
Las mociones de la gracia a través del don de sabiduría nos traen una gran paz, no sólo para nosotros, sino también para el prójimo; nos ayudan a llevar la alegría allí donde vamos, y a encontrar esa palabra oportuna que ayuda a reconciliar a quienes están desunidos. Por eso a este don corresponde la bienaventuranza de los pacíficos, aquellos que, teniendo paz en sí mismos, pueden comunicarla a los demás. Esta paz, que el mundo no puede dar, es el resultado de ver los acontecimientos dentro del plan providente de Dios, que no se olvida en ningún momento de sus hijos.

III. El don de sabiduría nos da una fe amorosa, penetrante, una claridad y seguridad en el misterio inabarcable de Dios, que nunca pudimos sospechar. Puede ser en relación a la presencia y cercanía de Dios, o a la presencia real de Jesucristo en el Sagrario, que nos produce una felicidad inexplicable por encontrarnos delante de Dios. «Permanece allí, sin decir nada o simplemente repitiendo algunas palabras de amor, en contemplación profunda, con los ojos fijos en la Hostia Santa, sin cansarse de mirarle. Le parece que Jesús penetra por sus ojos hasta lo más profundo de ella misma...».
Lo ordinario, sin embargo, será que encontremos a Dios en la vida corriente, sin particulares manifestaciones, pero con la íntima seguridad de que nos contempla, que ve nuestros quehaceres, que nos mira como hijos suyos... En medio de nuestro trabajo, en la familia, el Espíritu Santo nos enseña, si somos fieles a sus gracias, que todo aquello es el medio normal que Dios ha puesto a nuestro alcance para servirle aquí y contemplarle luego por toda la eternidad.
En la medida en que vamos purificando nuestro corazón, entendemos mejor la verdadera realidad del mundo, de las personas (a quienes vemos como hijos de Dios) y de los acontecimientos, participando en la visión misma de Dios sobre lo creado, siempre según nuestra condición de creaturas.
El don de sabiduría ilumina nuestro entendimiento y enciende nuestra voluntad para poder descubrir a Dios en lo corriente de todos los días, en la santificación del trabajo, en el amor que ponemos por acabar con perfección la tarea, en el esfuerzo que supone estar siempre dispuestos a servir a los demás.
Esta acción amorosa del Espíritu Santo sobre nuestra vida sólo será posible si cuidamos con esmero los tiempos que tenemos especialmente dedicados a Dios: la Santa Misa, los ratos de meditación personal, la Visita al Santísimo... Y esto en las temporadas normales y en las que tenemos un trabajo que parece superar nuestra capacidad de sacarlo adelante; cuando tenemos una devoción más fácil y sencilla y cuando llega la aridez; en los viajes, en el descanso, en la enfermedad... Y junto al cuidado de estos momentos más particularmente dedicados a Dios, no ha de faltarnos el interés para que en el trasfondo de nuestro día se encuentre siempre el Señor. Presencia de Dios alimentada con jaculatorias, acciones de gracias, petición de ayuda, actos de desagravio, pequeñas mortificaciones que nacen con ocasión de nuestra labor o que buscamos libremente...
«Que la Madre de Dios y Madre nuestra nos proteja, con el fin de que cada uno de nosotros pueda servir a la Iglesia en la plenitud de la fe, con los dones del Espíritu Santo y con la vida contemplativa. Cada uno realizando los deberes personales, que le son propios; cada uno en su oficio y profesión, y en el cumplimiento de las obligaciones de su estado, honre gozosamente al Señor».

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

Homilía Domingo Ascensión Señor (C)

 (Cfr. www.almudi.org)



(Hch 1,1-11) "Galileos, ¿qué hacéis mirando al cielo?"
(Ef 1,17-23) "Y todo lo puso bajo sus pies"
(Lc 24,46-53)"Mientras los bendecía se separó de ellos"

 

 Homilía a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Hoy es un día muy grande. Hoy Cristo nos ha abierto las puertas del cielo al elevar victoriosamente su Humanidad Santísima a la gloria del Padre a la vista de los suyos en el escenario de su aparente derrota. "Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios". También nosotros nos unimos a esa alegría por el triunfo del Señor, preludio del nuestro porque somos miembros de su Cuerpo, y, como los discípulos, alabamos a Dios pensando: "No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor" (S. 117).

Alabar a Dios es un privilegio del hombre, una prueba de su dignidad. Conmoverse ante la grandeza de Dios, es abrirse al mensaje que nos llega de lo alto, un homenaje a todo lo que es Sabiduría, Bondad y Belleza, lo cual nos engrandece porque mostramos que somos capaces de apreciarlo, al paso que nos vuelve también mejores. Quien no se conmoviera ante la belleza de la naturaleza, del arte, del ingenio humano..., en última instancia de Dios Creador de todo eso, demostraría que es incapaz de ella. Sólo la ceguera, la inconsciencia o una mirada distorsionada por el culto al yo, puede ver en la alabanza y el agradecimiento a Dios un gesto sin sentido.

La alabanza a Dios por ser quien es y por todos sus beneficios brota con espontaneidad del corazón humano. Esa alabanza encuentra en la Santa Misa su expresión más alta y más grata a Dios. Ella es la alabanza perfecta. Nada ni nadie da a Dios un culto como el que Jesucristo, Dios también, ofrece al Padre en la Liturgia eucarística: "Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos". Si queremos manifestarle a Dios nuestra gratitud, no sólo como Él la merece sino como Él quiere, debemos hacerlo en la Santa Misa: "Haced esto en conmemoración mía", dijo Jesús.

Los primeros cristianos expresaban al Señor su gratitud justamente así: "El domingo, nos dice S. Justino, teníamos todos juntos la asamblea, porque es el día primero en el que Dios creó el mundo...; y porque Jesucristo, Nuestro Redentor, resucitó este día de entre los muertos".

"Estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios", nos dice el Evangelio de hoy. Que la obligada atención a las cosas de este mundo no nos impida alabar al Dios que hizo el mundo y todas las cosas. "Día tras día te bendeciré, Señor, y alabaré tu nombre por siempre jamás" (S. 144). Sí. "Bendice alma mía al Señor y no olvides sus beneficios" (S. 102). Porque, como denunciaba Séneca: "No ha producido la tierra peor planta que la ingratitud ".