Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

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18 noviembre 2022

Catequesis sobre discernimiento: ¿por que estamos desolados?

 (Cfr. www.almudi.org)

 

 



PARA ESCUCHARLA Y VERLA, PINCHA AQUI: https://youtu.be/ZKep4LVKWmg

La desolación ha sido el tema de la catequesis del Papa sobre el discernimiento, durante la Audiencia general de hoy.

Catequesis del Santo Padre en español

Texto completo de la catequesis del Santo Padre traducido al español

Retomamos hoy las catequesis sobre el tema del discernimiento. Hemos visto lo importante que es leer lo que se mueve dentro de nosotros, para no tomar decisiones apresuradas, llevados por la emoción del momento, solo para arrepentirnos cuando ya es demasiado tarde. Es decir, leer qué sucede y después tomar las decisiones.

En este sentido, también el estado espiritual que llamamos desolación, cuando en el corazón todo está oscuro, está triste, ese estado de desolación puede ser ocasión de crecimiento. De hecho, si no hay un poco de insatisfacción, un poco de tristeza saludable, una sana capacidad de vivir la soledad y estar con nosotros mismos sin huir, corremos el riesgo de permanecer siempre en la superficie de las cosas y no entrar nunca en contacto con el centro de nuestra existencia. La desolación provoca una “sacudida del alma”: cuando uno está triste es como si el alma se sacudiera; mantiene despiertos, favorece la vigilancia y la humildad y nos protege del viento del capricho. Son condiciones indispensables para el progreso en la vida, y, por tanto, también en la vida espiritual. Una serenidad perfecta, pero “aséptica”, sin sentimientos, nos hace inhumanos cuando se convierte en el criterio de decisiones y comportamientos. No podemos evitar los sentimientos: somos humanos y el sentimiento es una parte de nuestra humanidad; sin entender los sentimientos seríamos inhumanos, sin vivir los sentimientos seríamos también indiferentes al sufrimiento de los demás e incapaces de acoger el nuestro. Sin considerar que la “perfecta serenidad” no se alcanza por ese camino de la indiferencia. La distancia aséptica: “Yo no me involucro en las cosas, yo tomo distancia”: eso no es vida, es como si viviéramos en un laboratorio, encerrados, para no tener microbios, enfermedades. Para muchos santos y santas, la inquietud fue un impulso decisivo para dar un giro a su vida. Esa serenidad artificial no va, mientras que la sana inquietud es buena, el corazón inquieto, el corazón que trata de buscar camino. Es el caso, por ejemplo, de Agustín de Hipona o de Edith Stein o de José Benito Cottolengo o de Carlos de Foucauld. Las decisiones importantes tienen un precio que la vida presenta, un precio que está al alcance de todos: es decir, las decisiones importantes no vienen de la lotería, no; tienen un precio y tú debes pagar ese precio. Es un precio que debes pagar con tu corazón, es el precio de la decisión, un precio que hay llevar adelante, un poco de esfuerzo. No es gratis, pero es un precio al alcance de todos. Todos debemos pagar esa decisión para salir del estado de indiferencia, que nos siempre abate.

La desolación es también una invitación a la gratuidad, a no actuar siempre y solo en vista de una gratificación emotiva. Estar desolados nos ofrece la posibilidad de crecer, de iniciar una relación más madura, más hermosa, con el Señor y con las personas queridas, una relación que no se reduzca a un mero intercambio de dar y tomar. Pensemos en nuestra infancia, por ejemplo, cuando éramos niños, sucede a menudo que buscamos a los padres para obtener algo de ellos, un juguete, dinero para comprar un helado, un permiso... Y así los buscamos no por sí mismos, sino por un interés. Sin embargo, ellos son el don más grande, los padres, y esto lo entendemos a medida que crecemos.

También muchas de nuestras oraciones son un poco de ese tipo, son peticiones de favores dirigidos al Señor, sin un verdadero interés por Él. Vamos a pedir, pedir y pedir al Señor. El Evangelio señala que Jesús a menudo estaba rodeado de mucha gente que lo buscaba para obtener algo, curaciones, ayudas materiales, y no solo para estar con Él. Estaba rodeado de multitudes y, sin embargo, estaba solo. Algunos santos, y también algunos artistas, han meditado sobre esta condición de Jesús. Podría parecer raro, irreal, preguntar al Señor: “¿Cómo estás?”. En cambio, es una manera muy hermosa de entrar en una relación verdadera, sincera, con su humanidad, con su sufrimiento, también con su singular soledad. Con Él, con el Señor, que quiso compartir a fondo su vida con nosotros.

Nos hace mucho bien aprender a estar con Él, a estar con el Señor sin otro fin, exactamente como nos sucede con las personas a las que queremos: deseamos conocerlas cada vez más, porque es hermoso estar con ellas.

Queridos hermanos y hermanas, la vida espiritual no es una técnica a nuestra disposición, no es un programa de “bienestar” interior que nos corresponde programar. No. La vida espiritual es la relación con el Viviente, con Dios, el Viviente, irreducible a nuestras categorías. Y la desolación entonces es la respuesta más clara a la objeción de que la experiencia de Dios sea una forma de sugestión, una simple proyección de nuestros deseos. La desolación es no sentir nada, todo oscuro: pero tú buscas a Dios en la desolación. En ese caso, si pensamos que es una proyección de nuestros deseos, siempre seríamos nosotros quienes la programamos, siempre estaríamos felices y contentos, como un disco que repite la misma música. En cambio, quien reza se da cuenta de que los resultados son imprevisibles: experiencias y pasajes de la Biblia que a menudo nos han entusiasmado, hoy, extrañamente, no suscitan ningún entusiasmo. E, igualmente de forma inesperada, experiencias, encuentros y lecturas a los que nunca habíamos hecho caso o preferíamos evitar ―como la experiencia de la cruz― dan una paz inmensa. No tener miedo a la desolación, llevarla adelante con perseverancia, no huir. Y en la desolación tratar de encontrar el corazón de Cristo, encontrar al Señor. Y la respuesta llega, siempre.

Ante las dificultades, pues, nunca desanimarse, por favor, sino afrontar la prueba con decisión, con la ayuda de la gracia de Dios que nunca nos falla. Y si sentimos dentro de nosotros una voz insistente que quiere distraernos de la oración, aprendamos a desenmascararla como la voz del tentador; y no nos dejemos impresionar: simplemente, ¡hagamos precisamente lo contrario de lo que nos dice! Gracias.

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua francesa, en particular a los colegios Fénelon y Blomet de París, a la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús de Turgeau en Haití y a la parroquia de Herrlisheim. Hermanos y hermanas, ante las dificultades y problemas de la vida, a veces nos sentimos impotentes, desanimados y molestos. Pedimos la gracia de Dios para afrontar la prueba con decisión y con fe en abandono total a la divina Providencia. ¡Dios os bendiga!

Doy la bienvenida a todos los peregrinos de lengua inglesa presentes en la audiencia de hoy, especialmente a los de Inglaterra, Dinamarca, Países Bajos, Indonesia, Canadá y Estados Unidos de América. Sobre todos vosotros invoco la alegría y la paz de Cristo nuestro Señor. ¡Dios os bendiga!

Queridos hermanos y hermanas de lengua alemana, el próximo domingo, último del año litúrgico, celebraremos la solemnidad de Cristo Rey. Encomendémonos al Señor de la historia en todas las tribulaciones de nuestro tiempo, con la certeza de que en el trono de la Cruz venció al mal y a la muerte.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos a Jesús crucificado, despojado de todo, que clama a su Padre: “Dios mío, Dios mío porqué me has abandonado”, que nos ayude seguirlo también en la desolación, dándonos una fe sólida, una esperanza inquebrantable y una caridad capaz abandonarse incondicionalmente a su voluntad. Muchas gracias.

Saludo a los diversos grupos de peregrinos de lengua portuguesa, en particular al Instituto misionero “Siervos de Jesús Salvador”, a los fieles de Curitiba y de Umuarama, a los representantes de “Rádio Renascença” de Portugal. Nunca dejéis que ninguna nube en vuestro camino os impida irradiar la gloria y la esperanza depositadas en vosotros, alabando siempre al Señor en vuestros corazones, dando gracias a Dios Padre por todo. ¡Dios os bendiga!

Saludo a los fieles de lengua árabe. Ante las dificultades, no os desaniméis nunca, sino afrontad la prueba con decisión, con la ayuda de la gracia de Dios que nunca nos falta. ¡Que el Señor os bendiga a todos y os proteja siempre de todo mal!

Doy la bienvenida a los peregrinos polacos. Saludo a los miembros de la Fundación SOAR y a los artistas de Polonia, Ucrania, Israel y otros países, participantes en el Festival de los Salmos de David, que han venido a Roma para presentar el concierto “Salmos de paz y de misericordia”. Deseo que este acto artístico y espiritual favorezca propósitos y proyectos de fraternidad y armonía. Mi bendición para todos.

Doy una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. En particular, saludo a los Pequeños Apóstoles de la Redención reunidos en el Capítulo general, a las Religiosas de la Unión de Superioras Mayores de Italia, a la comunidad del Seminario Leoniano de Anagni ―esos seminaristas se hacen oír― con algunos Obispos del Lazio: exhorto a todos a seguir adelante con valentía, consolidando los propósitos de fidelidad al Señor y a la Iglesia. Recibo con alegría a los Bomberos del Abruzo: muchas gracias por vuestro importante trabajo. Cuando rezo por los bomberos, pido una gracia para ellos: que no tengan trabajo. Saludo además a los fieles de Bisceglie y a los de Moiano y espero que vuestra peregrinación sea rica en frutos espirituales en beneficio de vuestras respectivas comunidades eclesiales.

Elevo mis oraciones por las víctimas inocentes del atentado terrorista ocurrido en los últimos días en Estambul. Nuestra oración incesante es también por la masacrada Ucrania: que el Señor dé a los ucranianos consuelo, fortaleza en esta prueba y esperanza de paz. Podemos rezar por Ucrania, diciendo: “Date prisa, Señor”.

Por último, como siempre, mi pensamiento se dirige a los jóvenes, enfermos, ancianos y recién casados. Siguiendo el ejemplo de santa Margarita de Escocia y santa Gertrudis, cuya memoria celebramos hoy, buscad siempre en Jesús la luz y el apoyo para todas vuestras decisiones en la vida diaria. ¡A todos mi bendición!

Llamamiento

Con profundo dolor y preocupación he recibido la noticia de un nuevo y masivo ataque con misiles contra Ucrania que ha causado muertes y daños a muchas infraestructuras civiles. Recemos para que el Señor convierta los corazones de quienes aún apuestan por la guerra y haga prevalecer el deseo de paz para la martirizada Ucrania, con el fin de evitar cualquier escalada y abrir el camino al alto el fuego y al diálogo.

Fuente: vatican.va / romereports.com

Traducción de Luis Montoya

20 mayo 2022

Catequesis sobre la Vejez - 10. Job. La prueba de la fe, la bendición de la espera

(Cfr. www.almudi.org) 

 

 
 
Para VERLA Y ESCUCHARLA, pincha aqui:  https://youtu.be/-Heri7_jZh8

Durante su catequesis semanal el Papa ha reflexionado sobre la figura de Job, que sufrió “numerosas desgracias y humillaciones” ante las que pidió a Dios una explicación

Catequesis del Santo Padre en español

Texto completo de la catequesis del Santo Padre traducida al español

El pasaje bíblico que hemos escuchado cierra el Libro de Job, vértice de la literatura universal. Encontramos a Job en nuestro camino de catequesis sobre la vejez: lo encontramos como testigo de la fe que no acepta una “caricatura” de Dios, sino que grita su protesta frente al mal, hasta que Dios responde y revela su rostro. Y al final Dios responde, como siempre de manera sorprendente: muestra a Job su gloria pero sin aplastarlo, es más, con soberana ternura, como siempre hace Dios, con ternura. Hay que leer con atención las páginas de este libro, sin prejuicios, sin clichés, para captar la fuerza del grito de Job. Nos hará bien asistir a su escuela, para vencer la tentación del moralismo ante la exasperación y el desánimo por el dolor de haberlo perdido todo.

En este pasaje final del libro −recordamos la historia, Job pierde todo en la vida, pierde su riqueza, pierde su familia, pierde a su hijo y también pierde la salud y queda allí, herido, en diálogo con tres amigos, luego un cuarto, que vienen a saludarlo: esa es la historia−, en este pasaje de hoy, el pasaje final del libro, cuando finalmente Dios habla (y este diálogo de Job con sus amigos es como una manera de llegar al momento en que Dios da su palabra) Job es alabado por comprender el misterio de la ternura de Dios escondido detrás de su silencio. Dios reprende a los amigos de Job que presumían de saberlo todo, saber de Dios y del dolor, y habiendo venido a consolar a Job, acabaron juzgándolo con sus esquemas preconcebidos. ¡Dios nos guarde de ese pietismo hipócrita y presuntuoso! Dios nos guarde de esa religiosidad moralista y de esa religiosidad de preceptos que nos da cierta presunción y nos lleva al fariseísmo y a la hipocresía.

Mirad cómo les habla el Señor. Así dice el Señor: «Mi ira está encendida contra [vosotros] […], porque no dijisteis cosas justas de mí como mi siervo Job […]». Eso el lo que dice el Señor a los amigos de Job. «Mi siervo Job rezará por vosotros, para que yo, por consideración a él, no castigue vuestra necedad, porque no habéis dicho cosas justas de mí como mi siervo Job» (42,7-8). La declaración de Dios nos sorprende, porque hemos leído las páginas candentes de la protesta de Job, que nos han dejado consternados. Sin embargo −dice el Señor−, Job habló bien, hasta cuando estaba enojado e incluso enojado contra Dios, pero habló bien, porque se negó a aceptar que Dios es un “Perseguidor”, Dios es otra cosa. Y como recompensa, Dios le devuelve a Job el doble de todas sus posesiones, después de pedirle que rece por esos malos amigos suyos.

El punto de inflexión de la conversión de la fe tiene lugar precisamente en el colmo del estallido de Job, donde dice: «Sé que mi redentor vive y que al fin se alzará sobre el polvo: después que me arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios. Yo mismo lo veré, y no otro; mis propios ojos lo verán» (19,25-27). Este pasaje es bellísimo. Me acuerdo del final de aquel brillante oratorio de Haendel, el Mesías, después de la fiesta del Aleluya la soprano canta lentamente este pasaje: “Sé que mi Redentor vive”, con paz. Y así, después de todo ese dolor y alegría de Job, la voz del Señor es otra cosa. “Yo sé que mi Redentor vive”: es algo precioso. Podemos interpretarlo así: “Dios mío, sé que Tú no eres el Perseguidor. Mi Dios vendrá y me hará justicia”. Es la fe sencilla en la resurrección de Dios, la fe sencilla en Jesucristo, la fe sencilla en que el Señor siempre nos espera.

La parábola del libro de Job representa de manera dramática y ejemplar lo que realmente sucede en la vida. Es decir, que pruebas demasiado pesadas, pruebas desproporcionadas en comparación con la pequeñez y la fragilidad humana, se imponen sobre una persona, una familia o un pueblo. A menudo en la vida, como dicen, “llueve sobre mojado”. Y algunas personas se ven abrumadas por una suma de males que parece verdaderamente excesiva e injusta. Y mucha gente es así. Todos hemos conocido gente así. Nos ha impresionado su clamor, pero también a menudo nos ha asombrado la firmeza de su fe y de su amor en su silencio. Pienso en los padres de niños con discapacidades severas o que viven con enfermedades permanentes o en el familiar cercano a ellos... Situaciones muchas veces agravadas por la escasez de recursos económicos. En ciertas coyunturas de la historia, ese cúmulo de pesos parecen darse como una cita colectiva. Es lo que ha pasado en los últimos años con la pandemia del Covid-19 y lo que está pasando ahora con la guerra en Ucrania.

¿Podemos justificar esos “excesos” como una racionalidad superior de la naturaleza y de la historia? ¿Podemos bendecirlos religiosamente como respuesta justificada a los pecados de las víctimas que los merecieron? No, no podemos. Hay una especie de derecho de la víctima a protestar contra el misterio del mal, un derecho que Dios concede a cualquiera, es más, que es Él mismo, en el fondo, quien lo inspira. A veces me encuentro con personas que se me acercan y me dicen: “Padre, he protestado contra Dios porque tengo este problema, este otro...”. Pero, sabes, querido, que la protesta es una forma de oración, cuando se hace así. Cuando los niños, los jóvenes protestan contra sus padres, es una forma de llamar la atención y pedir que los cuiden. Si tienes alguna herida en el corazón, algún dolor y tienes ganas de protestar, protesta incluso contra Dios, Dios te escucha, Dios es Padre, Dios no tiene miedo de nuestra oración de protesta, ¡no! Dios entiende. ¡Pero sé libre, sé libre en tu oración, no aprisiones tu oración en patrones preconcebidos! La oración debe ser así de espontánea, como la de un hijo con su padre, que le dice todo lo que le viene a la boca porque sabe que su padre lo entiende. El “silencio” de Dios, en el primer momento del drama, significa eso. Dios no va a rehuir la confrontación, pero al principio deja a Job el desahogo de su protesta, y Dios escucha. Quizás, a veces, deberíamos aprender de Dios este respeto y esta ternura. Y a Dios no le gusta esa enciclopedia −llamémosla así− de explicaciones, de reflexión que hacen los amigos de Job. Ese es zumo de lengua, que no es justo: es esa religiosidad que lo explica todo, pero el corazón se queda frío. A Dios no le gusta eso. Le gusta más la protesta de Job o el silencio de Job.

La profesión de fe de Job −que surge precisamente de su incesante llamamiento a Dios, a una justicia suprema− se completa al final con una experiencia casi mística, diría yo, que le hace decir: «Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos» (42,5). ¡Cuántas personas, cuántos de nosotros después de una experiencia un tanto fea, un tanto oscura, cedemos y conocemos a Dios mejor que antes! Y podemos decir, como Job: “Te conocía de oídas, pero ahora te he visto, porque te he conocido”. Este testimonio es particularmente creíble si la vejez lo asume por sí misma, en su progresiva fragilidad y pérdida. ¡Los viejos han visto tanto en su vida! Y también han visto la inconsistencia de las promesas de los hombres. Hombres de ley, hombres de ciencia, incluso hombres de religión, que confunden al perseguidor con la víctima, atribuyendo a esta última la plena responsabilidad de su propio dolor. ¡Se equivocan!

Los ancianos que encuentran el camino de ese testimonio, que convierte el resentimiento por la pérdida en la tenacidad por la espera de la promesa de Dios −hay un cambio, del resentimiento por la pérdida a una tenacidad para seguir la promesa de Dios−, estos ancianos son un auxilio insustituible para la comunidad al afrontar el exceso del mal. La mirada de los creyentes que se dirige al Crucificado aprende precisamente eso. Que podamos aprenderlo también nosotros, de tantos abuelos y abuelas, de tantos ancianos que, como María, unen su oración, a veces desgarradora, a la del Hijo de Dios que en la cruz se abandona al Padre. Miremos a los ancianos, miremos a los viejos, las viejas, las viejitas; mirémoslos con amor, miremos su experiencia personal. Ellos han sufrido mucho en la vida, han aprendido mucho en la vida, han pasado muchas cosas, pero al final tienen esa paz, una paz −yo diría− casi mística, es decir la paz del encuentro con Dios, tanto que pueden decir “te conocía de oídas, mas ahora te han visto mis ojos”. Estos viejos se parecen a esa paz del Hijo de Dios en la cruz que se abandona al Padre.

Saludos

Saludo cordialmente a los fieles de lengua francesa, en particular a los chicos de las escuelas secundarias provenientes de Francia, a los peregrinos de la Diócesis de Besançon y de la Misión Católica Vietnamita de Lyon. El Señor ha puesto en nuestro camino a hermanos y hermanas que sufren y demuestran una gran fe y un gran amor. Tomémonos en serio su ejemplo y pidamos a Dios la fuerza de perseverar con esperanza en medio de las pruebas de la vida. Dios os bendiga.

Saludo a los peregrinos de lengua inglesa presentes en esta Audiencia, especialmente a los que vienen del Reino Unido, Dinamarca, Israel y Medio Oriente, Canadá y Estados Unidos de América. En la alegría de Cristo Resucitado, invoco sobre cada uno de vosotros y vuestras familias el amor misericordioso de Dios nuestro Padre. ¡El Señor os bendiga!

Queridos fieles de lengua alemana, os invito a ayudar a tantas personas que sufren, estén lejos o cerca. Hagamos todo lo posible, confiando que toda buena acción nuestra está siempre acompañada y sostenida por la gracia del Señor.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Los invito a releer el libro de Job, y a dejarnos interpelar por su testimonio. Aunque tuvo que atravesar numerosas pruebas y sufrimientos, nunca dejó de elevar su oración al Padre. Unámonos también nosotros a esa súplica, y pidamos al Señor que aumente y fortalezca nuestra fe. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Saludo a los peregrinos de lengua portuguesa, en particular a los fieles de Cascavel, de Jundiaí, de São Paulo y de Fátima; a las Hermanas de la Presentación de María y al grupo deportivo y cultural proveniente de Portugal. Hermanos y hermanas, cuando nos tengamos que enfrentar al mal, debemos aprender –del ejemplo de tantos ancianos– a unir nuestra oración a la de Jesús, que en la cruz se abandona al Padre. ¡Dios os bendiga!

Saludo a los fieles de lengua árabe. Job es el hombre que sufre y protesta por la gravedad de su dolor, pero permaneció firme en la fe, por eso Dios le llenó de ternura y le acompañó en un camino espiritual para llegar a la verdad y descubrir que Dios es bueno. ¡El Señor os bendiga a todos y os proteja siempre de todo mal!

Saludo cordialmente a los peregrinos polacos. Hace dos días recordasteis a San Andrés Bobola, mártir jesuita, patrón de vuestra Patria. Su compromiso por la unidad de la Iglesia, su fuerza de ánimo y su firmeza en la defensa de la fe en Cristo, os den el valor de profesar los valores evangélicos, sobre todo ante las tentaciones de la mundanidad. Os bendigo de corazón.

Dirijo una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. En particular, saludo a los sacerdotes de la Diócesis de Milán y a los diáconos próximos al sacerdocio de Padua: os animo a renovar día a día la disponibilidad a responder fielmente a la llamada del Señor para un servicio generoso al pueblo santo de Dios. Saludo a la Asociación “Familias para la acogida” que se dedica a la adopción, cuidando a niños y ancianos en dificultad: perseverad en la fe y en la cultura de la acogida, dando así un bonito ejemplo cristiano y un importante servicio social. Gracias, gracias por lo que hacéis.

Mi pensamiento va finalmente, como de costumbre, a los ancianos, enfermos, jóvenes y recién casados. Queridos jóvenes, no tengáis miedo de poner vuestras energías al servicio del Evangelio, con el entusiasmo característico de vuestra edad; y vosotros, queridos ancianos y queridos enfermos, sed conscientes de ofrecer una contribución preciosa a la sociedad, gracias a vuestra sabiduría; y vosotros, queridos recién casados, haced que vuestras familias crezcan como lugares donde se aprende a amar a Dios y al prójimo con serenidad y alegría.

Fuente: vatican.va / romereports.com

Traducción de Luis Montoya

 

07 mayo 2022

Catequesis sobre la Vejez - 8. Eleazar, la coherencia de la fe, herencia del honor

 (Cfr. www.almudi.org)

 


Lo importante es que tengas espiritualidad por dentro y luego puedes hacer lo que quieras

En el camino de estas catequesis  sobre la vejez,  hoy nos  encontramos con un personaje bíblico –un anciano– llamado  Eleazar,  que vivió  en  la  época  de la persecución  de  Antíoco  Epífanes. Es  una  figura  hermosa.  Su  figura nos da testimonio de la especial relación que existe entre la fidelidad de la vejez y el honor de la fe. ¡Él está orgulloso de esto! Quisiera hablar precisamente del honor de la fe, no sólo de la constancia, del anuncio, de la resistencia de la fe. El honor de la fe se encuentra periódicamente bajo  la presión, incluso violenta, de la cultura de los gobernantes, que intenta degradarlo tratándolo como un hallazgo arqueológico, o como una vieja superstición, una obstinación anacrónica, etc.

El relato bíblica –hemos escuchado un pequeño pasaje, pero es bueno leerlo todo– narra el episodio de los judíos obligados por decreto de un rey a comer carne sacrificada a los ídolos. Cuando le lleva el turno a Eleazar, que era un anciano de noventa años muy respetado por todos y con autoridad, los oficiales del rey le aconsejan que haga un simulacro, es decir, que finja comer carne sin hacerlo de verdad. Hipocresía religiosa, hay mucha hipocresía religiosa, hipocresía clerical. Le dicen: “Pero sé un poco hipócrita, nadie  se  dará cuenta”. Así Eleazar se habría salvado, y –le decían– en nombre de la amistad  habría  aceptado su gesto de compasión y cariño. Al fin y al cabo –insistían– era un gesto mínimo, fingir comer pero no comer, un gesto insignificante.

Es poca cosa, pero la respuesta tranquila y firme de Eleazar se basa en un tema que nos llama la atención. El punto central  es  este: deshonrar la fe en la vejez, para ganar un puñado de días, no es comparable con el legado que debe dejar a los jóvenes, a futuras generaciones enteras. ¡Pero Eleazar es bueno! Un anciano que ha vivido con coherencia fe durante toda una vida, y ahora se adapta a fingir un repudio, condena a la nueva generación a pensar que toda la fe era una ficción, una cubierta exterior que puede ser abandonada, pensando en poderla guardar   dentro  de  uno  mismo.  Y  ese  no  es  el  caso,  dice  Eleazar.  Tal  comportamiento no honra la fe, ni siquiera  delante  de Dios. Y  el efecto de esa banalización exterior será  devastador  para  la interioridad  de los jóvenes. ¡La coherencia de este hombre que piensa en los jóvenes, piensa en el legado futuro, piensa en su pueblo!

Precisamente la vejez –y esto es hermoso para los viejos– aparece aquí como el lugar decisivo, el lugar insustituible, de ese testimonio. Un anciano que, por su vulnerabilidad, aceptara considerar irrelevante la práctica de la fe, haría creer a los jóvenes que la fe no tiene una relación real con la vida. Les parecería, desde sus inicios, como  un  conjunto  de  conductas  que, en  caso necesario, pueden ser simuladas o disfrazadas, porque ninguna de ellas es tan importante para la vida.

La antigua gnosis heterodoxa, que fue  una  trampa  muy  poderosa y muy seductora para el cristianismo de los primeros siglos, teorizó precisamente sobre esto, es algo antiguo: que la fe es una espiritualidad, no una práctica; una fuerza de la mente, no una forma de vida. La fidelidad y el honor de la fe, según esta herejía, nada tienen que ver con el comportamiento de la vida, las instituciones de la comunidad, los símbolos del cuerpo. La seducción de esta perspectiva es fuerte, porque interpreta, a su manera, una verdad indiscutible: que la fe nunca puede reducirse a un conjunto de reglas dietéticas o prácticas sociales. La fe es otra cosa. El problema es que la radicalización gnóstica de esta verdad anula el realismo de la fe cristiana, porque la fe cristiana es realista, la  fe  cristiana no es sólo decir el Credo, sino pensar en el Credo, sentir  el  Credo, hacer el Credo. Actuar con las manos. En cambio, esta propuesta gnóstica es un “fingir”, lo importante es que tengas espiritualidad por dentro y luego puedes hacer lo que quieras. Y eso no es cristiano. Es la primera herejía de los gnósticos, que está muy de moda aquí, ahora mismo, en tantos centros de espiritualidad y otros. Y vacía el testimonio de esas personas, que muestran los signos concretos de Dios en la vida de la comunidad y resisten las perversiones de la mente a través de los gestos del cuerpo.

La tentación gnóstica que es una de las –digamos la palabra– herejías, una de las desviaciones religiosas de este tiempo, la tentación gnóstica siempre es actual. En muchas tendencias de nuestra sociedad y de nuestra cultura, la práctica de la fe sufre una representación negativa, a veces en forma de ironía cultural, a veces con una marginación oculta. La práctica de la fe para estos gnósticos que ya existían en tiempos de Jesús, es considerada como una fachada inútil y hasta dañina, como un residuo anticuado, como una superstición disfrazada. En definitiva, una cosa de viejos. La presión que ejerce esta crítica indiscriminada sobre las generaciones más jóvenes es fuerte. Por supuesto, sabemos que la práctica de la fe puede convertirse en una  exterioridad sin alma –este es el otro peligro, el contrario–, pero en sí misma no lo es en absoluto. Quizá nos toca a nosotros, los ancianos, una misión muy importante: devolver a la fe su honor, hacerla coherente, que es el testimonio de Eleazar, coherencia hasta  el final. La  práctica de la fe no es el símbolo de nuestra  debilidad,  sino  el  signo  de  su  fortaleza. Ya  no  somos  niños. ¡No bromeábamos cuando emprendimos el camino del Señor!

La fe merece respeto y honor hasta el final: cambió nuestra vida, purificó nuestra mente, nos  enseñó la  adoración a  Dios y el amor al prójimo. ¡Es una bendición para todos! Pero toda la fe, no una parte. No cambiaremos la fe por unos días tranquilos, sino que haremos como Eleazar, consecuentes hasta el final, hasta el martirio. Demostraremos, con toda humildad y firmeza, precisamente en nuestra vejez, que creer no es algo “para viejos”, sino algo vital. Creer en el Espíritu Santo, que hace nuevas todas las cosas, y con mucho gusto nos ayudará.

Queridos hermanos y hermanas ancianos, por no decir viejos –estamos en el mismo grupo–, por favor, miremos a los jóvenes. Nos miran, no olvidemos esto. Me acuerdo de aquella hermosa película de la posguerra: “Los niños nos miran”. Lo mismo podemos decir de los jóvenes: los jóvenes nos miran y nuestra coherencia puede abrirles un hermoso camino de vida. En cambio, cualquier hipocresía hará mucho daño. Recemos unos por otros. ¡Que Dios nos bendiga a todos los viejos!

P.P. Francisco, en vatican.va/