Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

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07 mayo 2022

Catequesis sobre la Vejez - 8. Eleazar, la coherencia de la fe, herencia del honor

 (Cfr. www.almudi.org)

 


Lo importante es que tengas espiritualidad por dentro y luego puedes hacer lo que quieras

En el camino de estas catequesis  sobre la vejez,  hoy nos  encontramos con un personaje bíblico –un anciano– llamado  Eleazar,  que vivió  en  la  época  de la persecución  de  Antíoco  Epífanes. Es  una  figura  hermosa.  Su  figura nos da testimonio de la especial relación que existe entre la fidelidad de la vejez y el honor de la fe. ¡Él está orgulloso de esto! Quisiera hablar precisamente del honor de la fe, no sólo de la constancia, del anuncio, de la resistencia de la fe. El honor de la fe se encuentra periódicamente bajo  la presión, incluso violenta, de la cultura de los gobernantes, que intenta degradarlo tratándolo como un hallazgo arqueológico, o como una vieja superstición, una obstinación anacrónica, etc.

El relato bíblica –hemos escuchado un pequeño pasaje, pero es bueno leerlo todo– narra el episodio de los judíos obligados por decreto de un rey a comer carne sacrificada a los ídolos. Cuando le lleva el turno a Eleazar, que era un anciano de noventa años muy respetado por todos y con autoridad, los oficiales del rey le aconsejan que haga un simulacro, es decir, que finja comer carne sin hacerlo de verdad. Hipocresía religiosa, hay mucha hipocresía religiosa, hipocresía clerical. Le dicen: “Pero sé un poco hipócrita, nadie  se  dará cuenta”. Así Eleazar se habría salvado, y –le decían– en nombre de la amistad  habría  aceptado su gesto de compasión y cariño. Al fin y al cabo –insistían– era un gesto mínimo, fingir comer pero no comer, un gesto insignificante.

Es poca cosa, pero la respuesta tranquila y firme de Eleazar se basa en un tema que nos llama la atención. El punto central  es  este: deshonrar la fe en la vejez, para ganar un puñado de días, no es comparable con el legado que debe dejar a los jóvenes, a futuras generaciones enteras. ¡Pero Eleazar es bueno! Un anciano que ha vivido con coherencia fe durante toda una vida, y ahora se adapta a fingir un repudio, condena a la nueva generación a pensar que toda la fe era una ficción, una cubierta exterior que puede ser abandonada, pensando en poderla guardar   dentro  de  uno  mismo.  Y  ese  no  es  el  caso,  dice  Eleazar.  Tal  comportamiento no honra la fe, ni siquiera  delante  de Dios. Y  el efecto de esa banalización exterior será  devastador  para  la interioridad  de los jóvenes. ¡La coherencia de este hombre que piensa en los jóvenes, piensa en el legado futuro, piensa en su pueblo!

Precisamente la vejez –y esto es hermoso para los viejos– aparece aquí como el lugar decisivo, el lugar insustituible, de ese testimonio. Un anciano que, por su vulnerabilidad, aceptara considerar irrelevante la práctica de la fe, haría creer a los jóvenes que la fe no tiene una relación real con la vida. Les parecería, desde sus inicios, como  un  conjunto  de  conductas  que, en  caso necesario, pueden ser simuladas o disfrazadas, porque ninguna de ellas es tan importante para la vida.

La antigua gnosis heterodoxa, que fue  una  trampa  muy  poderosa y muy seductora para el cristianismo de los primeros siglos, teorizó precisamente sobre esto, es algo antiguo: que la fe es una espiritualidad, no una práctica; una fuerza de la mente, no una forma de vida. La fidelidad y el honor de la fe, según esta herejía, nada tienen que ver con el comportamiento de la vida, las instituciones de la comunidad, los símbolos del cuerpo. La seducción de esta perspectiva es fuerte, porque interpreta, a su manera, una verdad indiscutible: que la fe nunca puede reducirse a un conjunto de reglas dietéticas o prácticas sociales. La fe es otra cosa. El problema es que la radicalización gnóstica de esta verdad anula el realismo de la fe cristiana, porque la fe cristiana es realista, la  fe  cristiana no es sólo decir el Credo, sino pensar en el Credo, sentir  el  Credo, hacer el Credo. Actuar con las manos. En cambio, esta propuesta gnóstica es un “fingir”, lo importante es que tengas espiritualidad por dentro y luego puedes hacer lo que quieras. Y eso no es cristiano. Es la primera herejía de los gnósticos, que está muy de moda aquí, ahora mismo, en tantos centros de espiritualidad y otros. Y vacía el testimonio de esas personas, que muestran los signos concretos de Dios en la vida de la comunidad y resisten las perversiones de la mente a través de los gestos del cuerpo.

La tentación gnóstica que es una de las –digamos la palabra– herejías, una de las desviaciones religiosas de este tiempo, la tentación gnóstica siempre es actual. En muchas tendencias de nuestra sociedad y de nuestra cultura, la práctica de la fe sufre una representación negativa, a veces en forma de ironía cultural, a veces con una marginación oculta. La práctica de la fe para estos gnósticos que ya existían en tiempos de Jesús, es considerada como una fachada inútil y hasta dañina, como un residuo anticuado, como una superstición disfrazada. En definitiva, una cosa de viejos. La presión que ejerce esta crítica indiscriminada sobre las generaciones más jóvenes es fuerte. Por supuesto, sabemos que la práctica de la fe puede convertirse en una  exterioridad sin alma –este es el otro peligro, el contrario–, pero en sí misma no lo es en absoluto. Quizá nos toca a nosotros, los ancianos, una misión muy importante: devolver a la fe su honor, hacerla coherente, que es el testimonio de Eleazar, coherencia hasta  el final. La  práctica de la fe no es el símbolo de nuestra  debilidad,  sino  el  signo  de  su  fortaleza. Ya  no  somos  niños. ¡No bromeábamos cuando emprendimos el camino del Señor!

La fe merece respeto y honor hasta el final: cambió nuestra vida, purificó nuestra mente, nos  enseñó la  adoración a  Dios y el amor al prójimo. ¡Es una bendición para todos! Pero toda la fe, no una parte. No cambiaremos la fe por unos días tranquilos, sino que haremos como Eleazar, consecuentes hasta el final, hasta el martirio. Demostraremos, con toda humildad y firmeza, precisamente en nuestra vejez, que creer no es algo “para viejos”, sino algo vital. Creer en el Espíritu Santo, que hace nuevas todas las cosas, y con mucho gusto nos ayudará.

Queridos hermanos y hermanas ancianos, por no decir viejos –estamos en el mismo grupo–, por favor, miremos a los jóvenes. Nos miran, no olvidemos esto. Me acuerdo de aquella hermosa película de la posguerra: “Los niños nos miran”. Lo mismo podemos decir de los jóvenes: los jóvenes nos miran y nuestra coherencia puede abrirles un hermoso camino de vida. En cambio, cualquier hipocresía hará mucho daño. Recemos unos por otros. ¡Que Dios nos bendiga a todos los viejos!

P.P. Francisco, en vatican.va/

04 marzo 2022

Catequesis Papa 2 de Marzo de 2022: La longevidad, símbolo y oportunidad

 (Cfr. www.almudi.org)


 



Es necesario gastar tiempo con los niños y con los ancianos, porque ellos nos dan otra capacidad de ver la vida

En el relato bíblico de las genealogías de los antepasados sorprende enseguida su enorme longevidad: ¡se habla de siglos! ¿Cuándo empieza, aquí, la vejez? Se pregunta una. ¿Y qué significa el hecho de que estos antiguos padres vivan tanto después de haber engendrado hijos? ¡Padres e hijos viven juntos, durante siglos! Esta cadencia secular de la época, narrada con estilo ritual, confiere a la relación entre longevidad y genealogía un significado simbólico fuerte, muy fuerte.

Es como si la transmisión de la vida humana, tan nueva en el universo creado, pidiera un lenta y prolongada iniciación. Todo es nuevo, en los inicios de la historia de una criatura que es espíritu y vida, conciencia y libertad, sensibilidad y responsabilidad. La nueva vida —la vida humana—, inmersa en la tensión entre sus orígenes “a imagen y semejanza” de Dios y la fragilidad de su condición mortal, representa una novedad del todo por descubrir. Y pide un largo tiempo de iniciación, en el que es indispensable el apoyo mutuo entre las generaciones, para descifrar las experiencias y confrontarse con los enigmas de la vida. En este largo tiempo, lentamente, es cultivada también la calidad espiritual del hombre.

En cierto sentido, todo paso de época, en la historia humana, nos propone de nuevo esta sensación: es como si tuviéramos que retomar nuestras preguntas sobre el sentido de la vida desde el inicio y con calma, cuando aparece el escenario de la condición humana lleno de preguntas nuevas e interrogantes inéditos. Ciertamente, la acumulación de la memoria cultural aumenta la familiaridad necesaria para afrontar los pasajes inéditos. Los tiempos de transmisión se reducen; pero los tiempos de asimilación requieren siempre paciencia. El exceso de velocidad, que ya obsesiona todos los pasos de nuestra vida, hace cada experiencia más superficial y menos “nutriente”. Los jóvenes son víctimas inconscientes de esta escisión entre el tiempo del reloj, que quiere ser quemado, y los tiempos de la vida, que requieren una adecuada “fermentación”. Una larga vida permite experimentar esos largos tiempos y los daños de la prisa.

La vejez, ciertamente, impone ritmos más lentos: pero no son solo tiempos de inercia. La medida de estos ritmos abre, para todos, espacios de sentido de la vida desconocidos para la obsesión de la velocidad. Perder el contacto con los ritmos lentos de la vejez cierra esos espacios para todos. En este horizonte he querido instituir la fiesta de los abuelos, el último domingo de julio. La alianza entre las dos generaciones en los extremos de la vida —los niños y los ancianos— ayuda también a las otras dos —los jóvenes y los adultos— a vincularse mutuamente para hacer la existencia de todos más rica en humanidad.

Es necesario el diálogo entre generaciones: si no hay diálogo entre jóvenes y ancianos, entre adultos, si no hay diálogo, toda generación permanece aislada y no puede transmitir el mensaje. Un joven que no está unido a sus raíces, que son los abuelos, no recibe la fuerza —como el árbol tiene la fuerza de las raíces— y crece mal, crece Y ese diálogo es importante precisamente entre abuelos y nietos, que son los dos extremos.

Imaginemos una ciudad donde la convivencia de las diferentes edades forme parte integral del proyecto global de su hábitat. Pensemos en la formación de relaciones afectivas entre vejez y juventud que se irradien en el estilo de todas las relaciones. La superposición de las generaciones se convertiría en fuente de energía para un humanismo verdaderamente visible y vivible. La ciudad moderna tiende a ser hostil con los ancianos (y no por casualidad también lo es con los niños). Esa sociedad que tiene este espíritu del descarte y descarta a tantos niños no queridos, descarta a los ancianos: los descarta, no sirven y los pone en una residencia para ancianos, ingresados… El exceso de velocidad nos mete en una centrífuga que nos barre como confeti. La mirada de conjunto se pierde por completo. Cada uno se aferra a su propio pedacito, que flota sobre los flujos de la ciudad-mercado, para la cual los ritmos lentos son pérdidas y la velocidad es dinero. El exceso de velocidad pulveriza la vida, no la hace más intensa. Y la sabiduría requiere “perder tiempo”. Cuando vuelves a casa y ves a tu hijo, a tu hija pequeña y “pierdes tiempo”, ese coloquio es fundamental para la sociedad. Y cuando vuelves a casa y está el abuelo o la abuela que quizá no razona bien o, no sé, ha perdido un poco la capacidad de hablar, y estás con él o con ella, tú “pierdes tiempo”, pero ese “perder tiempo” fortalece la familia humana. Es necesario gastar tiempo —un tiempo que no es rentable— con los niños y con los ancianos, porque ellos nos dan otra capacidad de ver la vida.

La pandemia, en la cual todavía estamos obligados a vivir, ha impuesto —por desgracia, muy dolorosamente— un revés para el obtuso culto a la velocidad. Y en este período los abuelos han hecho de barrera ante la “deshidratación” emocional de los más pequeños. La alianza visible de las generaciones, que armoniza los tiempos y los ritmos, nos devuelve la esperanza de no vivir la vida en vano. Y devuelve a cada uno el amor por nuestra vida vulnerable, cerrándole el paso a la obsesión de la velocidad, que simplemente la consume. La palabra clave aquí es “perder tiempo”. A cada uno os pregunto: ¿sabes perder el tiempo, o estás siempre apurado por la velocidad? “No, tengo prisa, no puedo…”. ¿Sabes perder el tiempo con los abuelos, con los ancianos? ¿Sabes perder el tiempo jugando con tus hijos, con los niños? Esta es la piedra de toque. Pensad un poco. Y esto devuelve a cada uno el amor por nuestra vida vulnerable, bloqueando —como he dicho— el camino a la obsesión de la velocidad, que simplemente la consume. Los ritmos de la vejez son un recurso indispensable para captar el sentido de la vida marcada por el tiempo. Los ancianos tienen sus ritmos, pero son ritmos que nos ayudan. Gracias a esa mediación, se hace más creíble el destino de la vida en el encuentro con Dios: un designio que está escondido en la creación del ser humano “a su imagen y semejanza” y está sellado al hacerse hombre el Hijo de Dios.

Hoy se da una mayor longevidad de la vida humana. Esto nos ofrece la oportunidad de aumentar la alianza entre todas las etapas de la vida. Mucha longevidad, pero debemos hacer más alianza. Y también nos ayuda a crecer la alianza con el sentido de la vida en su totalidad. El sentido de la vida no está solamente en la edad adulta, de los 25 a los 60. El sentido de la vida está en todo, desde el nacimiento a la muerte y tú deberías ser capaz de hablar con todos, también tener relaciones afectivas con todos, así tu madurez será más rica, más fuerte. Y también nos ofrece este significado de la vida, que es integral. Que el Espíritu nos conceda la inteligencia y la fuerza para esta reforma: hace falta una reforma. La prepotencia del tiempo del reloj debe convertirse en la belleza de los ritmos de la vida. Esa es la reforma que debemos hacer en nuestros corazones, en la familia y en la sociedad. Repito: ¿reformar qué? Qué la prepotencia del tiempo del reloj debe convertirse en la belleza de los ritmos de la vida. Convertir la prepotencia del tiempo, que siempre nos apura, a los ritmos propios de la vida. La alianza de las generaciones es indispensable. Una sociedad donde los ancianos no hablan con los jóvenes, los jóvenes no hablan con los ancianos, los adultos no hablan con los ancianos ni con los jóvenes, es una sociedad estéril, sin futuro, una sociedad que no mira al horizonte, sino que se mira a sí misma. Y se queda sola. Que Dios nos ayude a encontrar la música adecuada para esa armonización de las diferentes edades: los pequeños, los ancianos, los adultos, todos juntos: una hermosa sinfonía de diálogo.

P.P. Francisco