Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

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19 mayo 2023

HOMILIA DOMINGO 7º Pascua (A), Ascensión del Señor

 (Cfr. www.almudi.org)



(Hch 1,1-11) “recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén”
(Ef 1,17-23) “y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo”
(Mt 28,16-20) “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra”

Homilía con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

--- Ascensión: primicia de nuestra vida celestial

Amados hermanos en Cristo:

Hoy celebra la Iglesia la vida que Jesús vive en el cielo con su Padre y en unión con el Espíritu Santo. Hoy la Iglesia proclama la gloria de Cristo su Cabeza y la esperanza que colma a todo el Cuerpo místico. En el misterio de la Ascensión, la Iglesia meditó sobre el amor inmenso que tiene el Padre a su Hijo: “Todo lo puso bajo sus pies y lo dio a la Iglesia como Cabeza sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos” (Ef 1,22-23).

Precisamente porque somos el Cuerpo de Cristo, tomamos parte en la vida celestial de nuestra Cabeza. La Ascensión de Jesús es el triunfo de la humanidad, porque la humanidad está unida a Dios para siempre, y glorificada para siempre en la persona del Hijo de Dios. Cristo glorioso jamás permitirá ser separado de su Cuerpo. Estamos ya unidos a Él en su vida celestial porque ha ido por delante de nosotros como Cabeza nuestra. Además, Cristo nos confirma el derecho de estar con Él y desde su trono de gracia infunde constantemente la vida ‑su propia vida‑ en nuestras almas. Y el instrumento de que se vale para hacerlo es su propia humanidad glorificada, con la que estamos unidos por la fe y los sacramentos.

No sólo tomamos parte nosotros ‑la Iglesia‑ en la vida de la Cabeza glorificada, sino que Cristo Cabeza comparte plenamente la vida peregrinante de su Cuerpo y la dirige y canaliza hacia su recto fin en la gloria celestial. Y cuanto más unidos estéis, hermanos míos, con Cristo en el misterio de su Ascensión -Quae sursum sunt quaerite!-, más sensibles seréis a las necesidades de los miembros de Cristo que luchan con fe por alcanzar la visión de la inmutabilidad de Dios en la gloria.

--- Ascensión y misión evangelizadora

Desde su lugar glorioso Jesús es para siempre. Mediador nuestro ante el Padre y comunica a su Cuerpo la fuerza de vivir totalmente, como Él para el Padre. Levantado a la diestra de Dios como Jefe y Salvador, Jesús distribuye perdón a la humanidad (cfr. Hch 5,31). En el misterio de la Ascensión, Jesús cumple el papel sacerdotal que le ha asignado el Padre: interceder por sus miembros, “pues vive siempre para interceder en su favor” (Heb 7,25).

Reflexionando sobre la Ascensión del Señor, seréis confirmados en vuestra vocación de intercesores en favor del Pueblo de Dios, sobre todo de vuestra Escocia natal.

Por el poder inherente a la celebración litúrgica de Cristo glorificado seréis capaces de cumplir dignamente su último mandato de evangelizar, dado antes de la Ascensión: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28,19-20). Existe una conexión real entre la gracia que os infunde Jesús hoy en el corazón y vuestra futura misión de heraldos de su Evangelio. Ningún apóstol puede olvidar que la Ascensión está unida al hecho de que el Espíritu Santo vendrá y Cristo seguirá presente a través de la palabra y del sacramento. Toda vuestra misión consiste en hacer presente a Cristo.

La responsabilidad del futuro de la Iglesia de Escocia descansa en vuestros hombros y en el de los jóvenes compañeros vuestros. Pero podéis estar seguros de que Cristo glorificado os sostendrá en vuestra misión. La victoria y triunfo de su Ascensión y su elevación a la diestra del Padre se comunicará a las futuras generaciones de la Iglesia a través de vosotros y mediante la proclamación del misterio que vosotros haréis. ¡Qué maravillosa llamada habéis recibido! ¡Qué modo entusiasmante de gastar la única vida que tenéis!

--- Fe y esperanza

Bajo muchos aspectos la solemnidad de la Ascensión es algo muy personal para vosotros. Al revelarse en gloria, Jesús refuerza vuestra fe en su divinidad. Os intima a creer en Aquel que ha sido quitado de vuestra vista. Al mismo tiempo, la fiesta se transforma para vosotros en una celebración de esperanza y confianza porque habéis aceptado la proclamación del ángel y estáis plenamente convencidos de que “el mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse” (Hch 1,11). Mientras tanto sabéis que permanece con vosotros, envía su Santo Espíritu para que more en su Iglesia y por medio de su Iglesia os hable y mueva el corazón. Tenéis confianza porque sabéis que “aparecerá por segunda vez, sin ninguna relación al pecado, para salvar definitivamente a los que lo esperan” (Heb 9,28).

Cuanto más centréis la atención en Cristo glorificado en el cielo, más caeréis en la cuenta de que toda sabiduría, santidad y justicia pertenecen a Él y se encuentran en Él. Y de este modo la fiesta resulta ocasión de gran humildad. La redención y santificación se deben a su acción y palabra. El plan de salvación revelado por Él trasciende toda sabiduría humana y merece reverencia y respeto profundos. Ante el misterio de la Revelación divina, la poquedad humana resulta muy evidente. La inteligencia humana, con todo su noble proceso de razonamiento, aparece con sus limitaciones y su necesidad de ser ayudada por el misterio del Magisterio de la Iglesia, a través del cual el Espíritu de Cristo vivo da una certeza que la inteligencia humana jamás puede garantizar. Y también por esto la Iglesia con San Pablo en esta liturgia de la Ascensión pide que recibáis de Dios el espíritu de sabiduría y entendimiento de lo que él mismo revela a su Iglesia (cfr. Ef 1,17). Sí, desde su trono de gloria el Verbo encarnado os dirige y os forma mientras os preparáis a su sacerdocio.

Es grande vuestro privilegio: estar en Roma y forramos aquí en la fe apostólica, para que volváis y proclaméis el misterio de Cristo en toda su pureza y poder a vuestros compatriotas escoceses. Este es el privilegio y tradición que compartís con San Niniano, proto-obispo de Escocia. Hace siglos él recorrió el camino que estáis llamados a andar vosotros y toda Escocia ha sido bendecida por su fidelidad como lo será por la vuestra. La aportación perdurable de San Niniano está bellamente expresada así:

“Nacido de nuestra raza escocesa, / Dios te condujo por gracia / a encontrar en Roma / una perla tan altamente cotizada: / el credo intacto de Cristo / y llevarlo a la patria”.

En el poder de la Ascensión del Señor, que es vuestra fuerza hoy, renovad la entrega, queridos hermanos, a vuestra obra sacerdotal, a vuestra llamada especial a consagrar la juventud y la vida entera a proclamar y construir el reino de los cielos, y así dar gloria a Él, que reina para siempre a la diestra del Padre en la unidad del Espíritu Santo. Y recordad: “Para encontrar en Roma... el credo intacto de Cristo y llevarlo a la patria”.

Y nuestra bendita Madre María, unida al triunfo de su Hijo mediante su Asunción, os sostenga mientras esperáis con gozosa confianza la venida de nuestro Salvador Jesucristo. Amén.


20 mayo 2022

Meditación Domingo 6º Pascua (C)

 (Cfr. www.almudi.org)

 


La esperanza del cielo

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: - «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: "Me voy y vuelvo a vuestro lado." Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo»” (Juan 14,23-29).

I. En estos cuarenta días que median entre la Pascua y la Ascensión del Señor, la Iglesia nos invita a tener los ojos puestos en el Cielo, nuestra Patria definitiva, a la que el Señor nos llama. Esta invitación se hace más apremiante cuando se acerca el día en que Jesús sube a la derecha del Padre.
El Señor había prometido a sus discípulos que después de un poco de tiempo estaría con ellos para siempre. Todavía un poco y el mundo ya no me verá, pero vosotros me veréis... El Señor ha cumplido su promesa en estos días en que permanece junto a los suyos, pero esta presencia no se terminará cuando suba con su Cuerpo glorioso al Padre, pues con su Pasión y Muerte nos ha preparado un lugar en la casa del Padre, donde hay muchas moradas. De nuevo vendré -les dice- y os llevaré junto a mí para que donde yo estoy estéis también vosotros.
Los Apóstoles, que habían quedado entristecidos por la predicción de las negaciones de Pedro, son confortados con la esperanza del Cielo. La vuelta a la que hace referencia Jesús incluye su segunda venida al fin del mundo y el encuentro con cada alma cuando se separe del cuerpo. Nuestra muerte será eso: el encuentro con Cristo, a quien hemos procurado servir a lo largo de nuestra vida. Él nos llevará a la plenitud de la gloria, al encuentro con su Padre celestial, que es también Padre nuestro. Allí, en el Cielo, donde tenemos preparado un lugar, nos espera Jesucristo, a quien tenemos presente y hablamos en nuestra oración, con el que hemos dialogado tantas veces.
Del trato habitual con Jesucristo nace el deseo de encontrarnos con Él. La fe lima muchas asperezas de la muerte. El amor al Señor cambia por completo el sentido de ese momento final que llegará para todos. “Los que se quieren, procuran verse. Los enamorados sólo tienen ojos para su amor. ¿No es lógico que sea así? El corazón humano siente esos imperativos. Mentiría si negase que me mueve tanto el afán de contemplar la faz de Jesucristo. Vultum tuum, Domine, requiram, buscaré, Señor, tu rostro”.
El pensamiento del Cielo nos ayudará a vivir el desprendimiento de los bienes materiales y a superar circunstancias difíciles. Es muy agradable a Dios que fomentemos esta esperanza teologal, que está unida a la fe y al amor, y en muchas ocasiones tendremos especial necesidad de ella. “A la hora de la tentación piensa en el Amor que en el cielo te aguarda: fomenta la virtud de la esperanza, que no es falta de generosidad”. También en los momentos en que el dolor y la tribulación arrecien, cuando cueste la fidelidad o la perseverancia en el trabajo o en el apostolado. ¡El premio es muy grande! Y está a la vuelta de la esquina, dentro de no mucho tiempo.
La meditación sobre el Cielo, hacia donde nos encaminamos, debe espolearnos para ser más generosos en nuestra lucha diaria, “porque la esperanza del premio conforta el alma para realizar las buenas obras”.
El pensamiento de ese definitivo encuentro de amor, al que somos llamados, nos ayudará a estar vigilantes en las cosas grandes y en las pequeñas, haciéndolas acabadamente, como si fueran las últimas antes de irnos al Padre.

II. No existen palabras para expresar, ni de lejos, lo que será nuestra vida en el Cielo que Dios ha prometido a sus hijos. Sabemos, como recientemente se ha recordado, que “estaremos con Cristo y veremos a Dios (cfr. 1 Jn 3, 2); promesa y misterio admirables en los que consiste esencialmente nuestra esperanza. Si la imaginación no puede llegar allí, el corazón llega instintiva y profundamente”.
Será una realidad dichosísima lo que ahora entrevemos por la revelación y que apenas podemos imaginar en nuestro ser actual. En el Antiguo Testamento se describe la felicidad del Cielo evocando la tierra prometida después de tan largo y duro caminar por el desierto. Allí, en la nueva y definitiva patria, se encuentran todos los bienes, allí se terminarán las fatigas de tan largo y difícil peregrinaje.
El Señor nos habló de muchas maneras de la incomparable felicidad de quienes en este mundo amen con obras a Dios. La eterna bienaventuranza es una de las verdades que con más insistencia predicó nuestro Señor: La voluntad de mi Padre, que me ha enviado ‑declara-, es que yo no pierda a ninguno de los que me ha dado, sino que los resucite a todos en el último día. Por tanto, la voluntad de mi Padre... es que todo aquel que ve al Hijo, y cree en Él, tenga vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Oh Padre, dirá en la Ultima Cena, yo deseo ardientemente que aquellos que Tú mes has dado estén conmigo allí donde yo estoy, para que contemplen mi gloria, que Tú me has dado, porque Tú me amaste antes de la creación del mundo.
La bienaventuranza eterna es comparada a un banquete que Dios prepara para todos los hombres, en el que quedarán saciadas todas las ansias de felicidad que lleva en el corazón el ser humano.
Los Apóstoles nos hablan frecuentemente de esa felicidad que esperamos. San Pablo enseña que ahora vemos a Dios como en un espejo y bajo imágenes oscuras; pero entonces le veremos cara a cara, y que la alegría y la felicidad allí son indescriptibles.
La felicidad de la vida eterna consistirá ante todo en la visión directa e inmediata de Dios. Esta visión no es sólo un perfectísimo conocimiento intelectual, sino también comunión de vida con Dios, Uno y Trino. Ver a Dios es encontrarse con Él, ser felices en Él. De la contemplación amorosa de las Tres divinas Personas se seguirá en nosotros un gozo ilimitado. Todas las exigencias de felicidad y de amor de nuestro pobre corazón quedarán colmadas, sin término y sin fin. “Vamos a pensar lo que será el Cielo. Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó a hombre por pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para los que le aman. ¿Os imagináis qué será llegar allí, y encontrarnos con Dios, y ver aquella hermosura, aquel amor que se vuelca en nuestros corazones, que sacia sin saciar? Yo me pregunto muchas veces al día: ¿qué será cuando toda la belleza, toda la bondad, toda la maravilla infinita de Dios se vuelque en este pobre vaso de barro que soy yo, que somos todos nosotros? Y entonces me explico bien aquello del Apóstol: ni ojo vio, ni oído oyó... Vale la pena, hijos míos, vale la pena”.

III. Además del inmenso gozo de contemplar a Dios, de ver y de estar con Jesucristo glorificado, existe una bienaventuranza accidental, por la que gozaremos de los bienes creados que responden a nuestras aspiraciones. La compañía de las personas justas que más hemos querido en este mundo: familia, amigos; y también la gloria de nuestros cuerpos resucitados, porque nuestro cuerpo resucitado será numérica y específicamente idéntico al terreno: es preciso ‑indica San Pablo- que “este” ser corruptible se revista de incorruptibilidad, y que “este” ser mortal se revista de inmortalidad. «Este», el nuestro, no otro semejante o muy parecido. “Importa mucho -afirma el Catecismo Romano- estar persuadidos de que este mismo cuerpo, y sin duda el mismo cuerpo que ha sido propio de cada uno, aunque se haya corrompido y reducido a polvo, sin embargo de eso ha de resucitar”. Y San Agustín afirma con toda claridad: “Resucitará esta carne, la misma que muere y es sepultada (...). La carne que ahora enferma y padece dolores, esa misma ha de resucitar”. Nuestra personalidad seguirá siendo la misma, y tendremos el propio cuerpo, pero revestido de gloria y esplendor, si hemos sido fieles. Nuestro cuerpo tendrá las cualidades propias de los cuerpos gloriosos: agilidad y sutileza -es decir, no estar sometidos a las limitaciones del espacio y del tiempo-, la impasibilidad -no habrá ya muerte, ni llanto ni gemido, ni habrá más dolor...; ni tendrán ya más hambre, ni más sed..., enjugará Dios toda lágrima de sus ojos-, la claridad, la belleza.
“Creo en la resurrección de la carne”, confesamos en el Símbolo Apostólico. Nuestros cuerpos en el Cielo tendrán características diferentes de las actuales, pero seguirán siendo cuerpos y ocuparán un lugar, como ahora el Cuerpo glorioso de Cristo y el de la Virgen. No sabemos cómo ni dónde está ni cómo se forma ese lugar. La tierra de ahora se habrá transfigurado: vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habrán desaparecido... he aquí que hago todas las cosas nuevas. Muchos Padres y Doctores de la Iglesia, y también muchos santos, piensan que la renovación de todo lo creado se desprende de la misma revelación.
El recuerdo del Cielo, próxima ya la fiesta de la Ascensión del Señor, nos debe llevar a una lucha decidida y alegre por quitar los obstáculos que se interpongan entre nosotros y Cristo, nos impulsa a buscar sobre todo los bienes que perduran y a no desear a toda costa los consuelos que acaban.
Pensar en el Cielo da una gran serenidad. Nada aquí es irreparable, nada es definitivo, todos los errores pueden ser reparados. El único fracaso definitivo sería no acertar con la puerta que lleva a la Vida. Allí nos espera también la Santísima Virgen.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

18 mayo 2021

Homilía Domingo Ascensión del Señor (B)

 (Cfr. www.almudi.org)

 


(Hch 1,1-11) "Galileos, ¿qué hacéis mirando al cielo?"
(Ef 1,17-23) "Y todo lo puso bajo sus pies"
(Mc 16,15-20)"Id al mundo entero y proclamad el Evangelio"

Homilía con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II


--- Ascensión

“Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre” (Jn 16,28).

Son las palabras que pronunció Cristo la víspera de su pasión y muerte en la cruz cuando, en el Cenáculo, se despedía de los Apóstoles (Hch 1,3). A estos mismos, después de su pasión, se les presentó dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca de lo referente al Reino de Dios. El Salmo nos invita a proclamar: “Sube Dios entre aclamaciones” (Sal 47,6).

Los autores sagrados describen la vuelta de Cristo al Padre. “El Señor -dice San Marcos-(...) fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios” (Mc 16,19). En los Hechos de los Apóstoles, el Evangelista San Lucas escribe: “Fue levantado en presencia de ellos (de los discípulos), y una nube lo ocultó a sus ojos” (Hch 1,9). En el AT la nube era señal de la presencia de Dios (cf. EX 13,21-22; 40,34-35), por lo que Jesucristo, saliendo del mundo visible, es envuelto por esta presencia divina. Termina su presencia visible en la tierra, el Hijo unigénito hecho hombre vive en el seno trinitario con el Padre y el Espíritu Santo.

San Pablo, por su parte, en la Carta a los Efesios, comenta de este modo el misterio de la Ascensión: “¿Qué quiere decir «subió» sino que también bajó a las regiones inferiores de la tierra? Éste que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo” (Ef 4,9-10). Así se cumplieron las palabras del Señor: “Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre”.

En la Ascensión, Jesucristo “sube” a fin de completar todas las cosas: el mundo entero, todas las criaturas, y la historia del hombre.

--- ”Id por todo el mundo”: el Espíritu Santo

En esta perspectiva se explica el último mandato que Jesús dio a sus Apóstoles antes de ir al Padre: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15). Así escribe el evangelista San Marcos, mientras que en los Hechos de los Apóstoles, San Lucas refiere: “Seréis mis testigos -dice el Señor- en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8). Predicar el Evangelio quiere decir dar testimonio de Cristo: de aquél que “pasó haciendo el bien” (cf. Hch 10,38), de aquél que fue crucificado por los pecados del mundo, de aquél que resucitó y vive para siempre.

La predicación del Evangelio, esto es, dar testimonio de Cristo es deber de todas las personas bautizadas en el Espíritu Santo. Antes de volver al Padre, el Señor Jesús subraya exactamente este hecho, al ordenar a los Apóstoles que esperaban el cumplimiento de la promesa del Padre: “Que Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días... Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,5.8).

La Iglesia sólo con la fuerza del Espíritu Santo puede dar testimonio de Cristo. Sólo con su fuerza puede predicar el Evangelio a toda criatura.

La Ascensión del Señor está ligada íntimamente a Pentecostés, y la Iglesia dedica los días intermedios entre ambas a la novena al Espíritu Santo, cuyo inicio tuvo lugar en el Cenáculo de Jerusalén.

Jesucristo subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo. Esta plenitud del mundo creado se realiza en virtud del Espíritu Santo. Esta obra tiene lugar en la historia terrena de los hombres: el Espíritu Santo plasma de manera invisible pero real, lo que el Apóstol San Pablo llama el Cuerpo de Cristo, refiriéndose a él con los siguientes términos: “Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos” (Ef 4,4-6).

De este modo la Ascensión del Señor no es solamente una despedida; más bien es el inicio de una nueva presencia y de una nueva acción salvífica: “Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo” (Jn 5,17). Este obrar con la fuerza del Espíritu Santo, del Espíritu Paráclito que descendió en Pentecostés, da la fuerza divina a la vida terrena de la humanidad en la Iglesia visible. Con la fuerza del Espíritu Santo, Cristo glorificado a la derecha del Padre, el Señor de la Iglesia, concede “a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo” (Ef 4,12). Estos son los criterios esenciales de la constante vitalidad de la Iglesia.

--- Espera activa

La Pascua es una nueva creación del mundo y del hombre. Todo lo celebramos en la Eucaristía dominical: lo nuevo, lo creativo, y lo que hace descansar, “mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo” (Ordinario de la misa).

“Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Éste que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como lo habéis visto subir al cielo” (Hch 1,11). Con estas palabras termina el relato de la Ascensión del Señor. Antes, Cristo mismo había dicho: “No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros” (Jn 14,18), afirmación que alguno podría considerar referida sólo a las apariciones en aquellos cuarenta días, después de la resurrección. ¡Pero no! De hecho, cuando ya subía definitivamente al Padre, dijo: “Y he aquí que estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 18,20).

Este “yo estoy” tiene la fuerza del nombre de Dios. “Yo estoy” como hijo en el Padre (o, a la diestra del Padre), y “estoy con vosotros” (quiere decir con la Iglesia y con el mundo), en el poder del Espíritu Santo. Gracias a este poder, nuestra permanencia en la fe cristiana tiene carácter de espera de su venida: la segunda definitiva venida de Cristo Salvador.

Pero esta espera no es pasiva: constituye la edificación del Cuerpo de Cristo. La humanidad debe dar este “Cuerpo” definitivo y escatológico a aquél que asumió el cuerpo, haciéndose hombre en el seno de la Virgen María. ¡No permanezcamos, pues, pasivamente a su espera! En todos lados, en el trabajo o durante el tiempo libre, en tu tierra o viajando por otros lugares, cuando acoges a otros o aceptas su hospitalidad, ¡eres heraldo itinerante de Cristo! Debemos llegar “todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios”. Debemos llegar al estado del hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo (Ef 4,13).

La Ascensión del Señor es, a la luz de la liturgia de hoy, la solemnidad de la maduración del Espíritu Santo para “la plenitud de Cristo”. Jesús nos conduce al Padre eterno de nuestras almas (cf. 1 P 2,25).