Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

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04 febrero 2022

Meditación Domingo 5º to (C)

 (Cfr. www.almudi.org)

 


Mar adentro: Fe y obediencia en el apostolado

“En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: -Rema mar adentro y echad las redes para pescar. Simón contestó: -Maestro nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes. Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: -Apártate de mí, Señor, que soy un pecador. Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zedebeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: -No temas: desde ahora, serás pescador de hombres. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron” (Lucas 5,1-11).

I. Narra San Lucas que estaba Jesús junto al lago de Genesaret, donde tuvieron lugar tantos prodigios y tantas gracias fueron derramadas por el Hijo de Dios. La multitud se apiñaba en torno a Jesús de tal manera que le faltaba espacio para predicar. Subió entonces a una barca y mandó que la separaran un poco para hablar a la muchedumbre que permanecía en la orilla.

La barca desde la que predica el Señor es la de Pedro, que ya conocía a Jesús y le había acompañado en alguno de sus viajes. Cristo intencionadamente se mete en su barca, se va introduciendo progresivamente en su vida y prepara su entrega definitiva como Apóstol. Como en cualquier vocación, como en cualquier alma en la que Dios decide meterse hondamente. Muchas gracias definitivas han tenido una larga historia, una profunda preparación por parte de Dios; preparación tan discreta y amorosa que, a veces, podemos confundirla con sucesos naturales, con acontecimientos normales.

Ha terminado la predicación; quizá Pedro se siente satisfecho de haber prestado su barca al Maestro. Podemos pensarlo así. Y entonces, cuando Jesús acaba de hablar a la multitud, le dice a Pedro que prepare los remos y que bogue mar adentro.

Aquel día no había sido bueno. Jesús los había encontrado lavando las redes, después de una noche de trabajo inútil. Debían de encontrarse cansados, pues el trabajo era duro. Las redes (de 400 a 500 metros), formadas por un sistema que constituía como una cortina de tres mallas de tres redes más pequeñas, han de arrojarse al fondo del lago; el trabajo requería por lo menos cuatro hombres para faenar con cada red.

Pedro dice al Señor que han estado trabajando toda la noche y que no han logrado nada. «La contestación parece razonable. Pescaban, ordinariamente, en esas horas; y, precisamente en aquella ocasión, la noche había sido infructuosa. ¿Cómo pescar de día? Pero Pedro tiene fe: no obstante, sobre tu palabra echaré la red (Lc 5, 5). Decide proceder como Cristo le ha sugerido; se compromete a trabajar fiado en la Palabra del Señor». A pesar del cansancio, a pesar de que no es un hombre de mar el que da la orden de pescar, y a unos pescadores conocedores de la inoportunidad de la hora para esa tarea y de la ausencia de peces, echarán manos a las redes. Ahora por pura fe, por pura confianza en el Maestro; los elementos que hacían o no aconsejable la pesca han quedado atrás. El motivo de iniciar de nuevo el trabajo es la fe de Pedro en su Maestro. Simón confía y obedece sin más.

En el apostolado, la fe y la obediencia son indispensables. De nada sirven el esfuerzo, los medios humanos, las noches en vela, la misma mortificación si pudiera separarse de su sentido sobrenatural...; sin obediencia todo es inútil ante Dios. De nada serviría trabajar con tesón en una obra humana si no contáramos con el Señor. Hasta lo más valioso de nuestras obras quedaría sin fruto si prescindiéramos del deseo de cumplir la voluntad de Dios: «Dios no necesita de nuestro trabajo, sino de nuestra obediencia», enseña con rotunda expresión San Juan Crisóstomo.

II. Pedro llevó a cabo lo que el Señor le había mandado, y recogieron tan gran cantidad de peces, que la red se rompía. El fruto de la tarea que se hace guiados por la fe es abundantísimo. Pocas veces -quizá ninguna- Pedro había pescado tanto como en aquella ocasión, cuando todos los indicios humanos señalaban la inutilidad de la empresa.

Este milagro encierra una enseñanza profunda: sólo cuando se conoce la propia inutilidad y se confía en el Señor, utilizando a la vez todos los medios humanos disponibles, el apostolado es eficaz y los frutos numerosos, pues «toda fecundidad en el apostolado depende de la unión vital con Cristo».

Jesús contempla en aquellos peces una pesca más copiosa a través de los siglos. Cada discípulo suyo será un nuevo pescador que allegará almas al Reino de Dios. «Y en esa nueva pesca, tampoco fallará toda la eficacia divina: instrumentos de grandes prodigios son los apóstoles, a pesar de sus personales miserias».

Pedro está asombrado ante el milagro. En un momento lo ha visto todo claro: la omnipotencia y sabiduría de Cristo, su llamada y su propia indignidad. Se echó a los pies de Jesús en cuanto atracaron, y le dijo: Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador. Reconoce la dignidad suma de Cristo, y sus propias miserias, su incapacidad para llevar a cabo la misión que ya presiente; pero, a la vez, le ruega que le tome con Él para siempre: sus defectos y poca valía no le separan de su misión. Sabe ya que con Cristo lo puede todo. El Señor le quita entonces todo temor y le desvela con entera claridad el nuevo sentido de su vida; no temas, de hoy en adelante serán hombres los que has de pescar. Se vale Jesús de la imagen de su oficio, donde ha ido a buscarlo, para descubrirle su misión de Apóstol. «La experiencia de la santidad de Dios y de nuestra condición de pecadores no aleja al hombre de Dios, sino que lo acerca a Él. Es más, el hombre convertido se transforma en confesor y apóstol. Las intenciones de Dios le resultan cercanas y amables. Y su vida asume el sentido y valor más pleno».

A todos nos llama el Señor para ser apóstoles en medio del mundo: delante de un ordenador o empuñando un arado, en la gran ciudad o en la pequeña villa, con cinco talentos o con tres; no quiere Jesús seguidores suyos de segunda categoría. A todos nos llama para que, con santidad de vida y ejemplaridad humana, seamos instrumentos suyos en un mundo que parece huir de Él. «Todos los fieles, cualesquiera que sean su estado y condición, están llamados por Dios, cada uno en su camino, a la perfección de la santidad, por la que el mismo Padre es perfecto». Y a los laicos pertenece, «por propia vocación, buscar el reino de Dios, tratando y ordenando según Dios los asuntos temporales». Llama el Señor a los cristianos y a la mayoría los deja en una ocupación profesional, para que allí le encuentren, realizando aquella tarea con perfección humana y, a la vez, con sentido sobrenatural: ofreciéndola a Dios, viviendo la caridad con todos, aprovechando las pequeñas mortificaciones que se presentan, buscando la presencia de Dios...

III. La llamada de Dios -y a todos nos llama- es en primer lugar iniciativa divina, pero exige correspondencia humana: No me habéis elegido vosotros a Mí; sino que Yo os elegí a vosotros. Y quizá nos encontremos con que no somos dignos de estar tan cerca de Cristo, o nos faltan condiciones para ser instrumentos de la gracia. Es la situación de cada hombre que halla, en lo más profundo de su alma, una fuerte e imperiosa llamada de Dios. Así, el Profeta Isaías -como nos presenta la Primera Lectura de la Misa-, al experimentar la cercanía de la majestad de Dios, exclama: ¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los Ejércitos. Pero Dios sabe de nuestra poquedad y, como purificó a Isaías y a tantos hombres y mujeres que ha llamado a su servicio, limpiará nuestros labios y nuestro corazón. Y voló hacia mí uno de los serafines, con un ascua en la mano... y la aplicó a mi boca y me dijo: Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado. A nosotros nos perdona en la Confesión, y nos purificamos principalmente a través de la penitencia.

Y ellos -sigue narrando el Evangelio-, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron. Después de haber contemplado a Cristo, no tenían ya mucho que pensar. Ordinariamente, las firmes decisiones que transforman una vida no son fruto de muchos cálculos. La vida de Pedro tendría desde entonces un formidable objetivo: amar a Cristo y ser pescador de hombres. Todo lo demás en su existencia sería medio e instrumento para ese fin. «También a nosotros, si luchamos diariamente por alcanzar la santidad cada uno en su propio estado dentro del mundo y en el ejercicio de la propia profesión, en nuestra vida ordinaria, me atrevo a asegurar que el Señor nos hará instrumentos capaces de obrar milagros y, si fuera preciso, de los más extraordinarios».

El Señor se dirige también a cada uno para que nos sintamos urgidos a seguirle de cerca como discípulos fieles en medio de nuestras tareas, y a realizar en el propio ambiente una audaz labor apostólica, llena de fe en la palabra de Jesús: «"Duc in altum". -¡Mar adentro! -Rechaza el pesimismo que te hace cobarde. "Et laxate retia vestra in capturam" -y echa tus redes para pescar.

»¿No ves que puedes decir, como Pedro: "in nomine tuo, laxabo rete" -Jesús, en tu nombre, buscaré almas?».

Contemplando la figura de Pedro, le podemos decir a Jesús nosotros también: Apártate de mí, Señor, que soy un pobre pecador. Y a la vez le rogamos que jamás nos separemos de Él, que nos ayude a meternos, hondamente, mar adentro, en su amistad, en la santidad, en un apostolado abierto, sin respetos humanos, lleno de fe, porque en nuestra oración personal sabemos oír la voz del Señor, que nos anima y nos urge a llevarle almas. «Y, sin que tú encuentres motivos, por tu pobre miseria, los que te rodean vendrán a ti, y con una conversación natural, sencilla -a la salida del trabajo, en una reunión de familia, en el autobús, en un paseo, en cualquier parte-charlaréis de inquietudes que están en el alma de todos, aunque a veces algunos no quieran darse cuenta: las irán entendiendo más, cuando comiencen a buscar de verdad a Dios.

»Pídele a María, Regina apostolorum, que te decidas a ser partícipe de esos deseos de siembra y de pesca, que laten en el Corazón de su Hijo. Te aseguro que, si empiezas, verás, como los pescadores de Galilea, repleta la barca. Y a Cristo en la orilla, que te espera. Porque la pesca es suya».

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

 

19 marzo 2021

Meditación Domingo 5º Cuaresma (B)

 (Cfr. www.almudi.org)

 

Un clamor de justicia

“En aquel tiempo entre los que habían venido a celebrar la Fiesta había algunos gentiles; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: -Señor, quisiéramos ver a Jesús.
Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó: -Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará. Ahora mi alma está agitada y, ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: -Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.
La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: -Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir” (Juan 12,20-33).

I. Hazme justicia, oh Dios, defiende mi causa... Tú eres mi Dios y protector, rezamos en la Antífona de entrada de la Misa.

En gran parte de la humanidad se oye un fuerte clamor por una mayor justicia, por «una paz mejor asegurada en un ambiente de respeto mutuo entre los hombres y entre los pueblos». Este deseo de construir un mundo más justo en el que se respete más al hombre, que fue creado por Dios a su imagen y semejanza, es parte muy fundamental del hambre y sed de justicia que debe existir en el corazón cristiano.

Toda la predicación de Jesús es una llamada a la justicia (en su plenitud, sin reduccionismos) y a la misericordia. El mismo Señor condena a los fariseos que devoran las casas de las viudas mientras fingen largas oraciones. Y es el Apóstol Santiago quien dirige este severo reproche a quienes se enriquecen mediante el fraude y la injusticia: vuestra riqueza está podrida (...). El jornal de los obreros que han segado vuestros campos, defraudado por vosotros, clama, y los gritos de los segadores han llegado a oídos del Señor de los ejércitos.

La Iglesia, fiel a la enseñanza de la Sagrada Escritura, nos urge a que nos unamos a este clamor del mundo y lo convirtamos en una oración que llegue hasta nuestro Padre Dios. A la vez, nos impulsa y nos urge a vivir las exigencias de la justicia en nuestra vida personal, profesional y social, ya salir en defensa de quienes -por ser más débiles- no pueden hacer valer sus derechos. No son propias del cristiano las lamentaciones estériles. El Señor, en lugar de quejas inútiles, quiere que desagraviemos por las injusticias que cada día se cometen en el mundo, y que tratemos de remediar todas las que podamos, empezando por las que están a nuestro alcance, en el ámbito en el que se desarrolla nuestra vida: la madre de familia, en su hogar y con quienes se relaciona; el empresario, en la empresa; el catedrático, en la Universidad...

La solución última para instaurar y promover la justicia a todos los niveles está en el corazón de cada hombre, donde se fraguan todas las injusticias existentes, y donde está la posibilidad de volver rectas todas las relaciones humanas. «El hombre, negando e intentando negar a Dios, su Principio y Fin, altera profundamente su orden y equilibrio interior, el de la sociedad y también el de la creación visible.

»La Escritura considera en conexión con el pecado el conjunto de calamidades que oprimen al hombre en su ser individual y social». Por eso no podemos olvidar los cristianos que cuando, mediante nuestro apostolado personal, acercamos a los hombres a Dios, estamos haciendo un mundo más humano y más justo. Además, nuestra fe nos urge a no eludir jamás el compromiso personal en defensa de la justicia, de modo particular en aquellas manifestaciones más relacionadas con los derechos fundamentales de la persona: el derecho a la vida, al trabajo, a la educación, a la buena fama... «Hemos de sostener el derecho de todos los hombres a vivir, a poseer lo necesario para llevar una existencia digna, a trabajar y a descansar, a elegir estado, a formar un hogar, a traer hijos al mundo dentro del matrimonio y poder educarlos, a pasar serenamente el tiempo de la enfermedad o de la vejez, a acceder a la cultura, a asociarse con los demás ciudadanos para alcanzar fines lícitos, y, en primer término, a conocer y amara Dios con plena libertad».

En nuestro ámbito personal, debemos preguntarnos si hacemos con perfección el trabajo por el que cobramos, si pagamos lo debido a las personas que nos prestan un servicio, si ejercitamos responsablemente los derechos y deberes que pueden influir en el modo de configurarse las instituciones en las que nos encontramos, si trabajamos aprovechando el tiempo, si defendemos la buena fama de los demás, si salimos en justa defensa de los más débiles, si acallamos las críticas difamatorias que pueden surgir a nuestro alrededor... Así amamos la justicia.

II. Los deberes profesionales son un lugar excepcional para vivir la virtud de la justicia. El dar a cada uno lo suyo, propio de esta virtud, significa en este caso cumplir lo estipulado. El patrono, el ama de casa con el servicio, el jefe, se obligan a dar la justa retribución a las personas que trabajan a sus órdenes de acuerdo con las leyes civiles justas y con lo que dicta la recta conciencia, que irá en ocasiones más allá de las propias leyes. Por otra parte, los obreros y empleados tienen el deber grave de trabajar responsablemente, con profesionalidad, aprovechando el tiempo. La laboriosidad se presenta así como una manifestación práctica de la justicia. «No creo en la justicia de los holgazanes -decía Mons. Escrivá de Balaguer-, porque (...) faltan, y a veces de modo grave, al más fundamental de los principios de la equidad: el del trabajo».

El mismo principio se puede aplicar a los estudiantes. Tienen un deber grave de estudiar -es su trabajo- y han contraído una obligación de justicia con la familia y con la sociedad, que les sostiene económicamente, para que se preparen y puedan rendir unos servicios eficaces.

Los deberes profesionales son, por otra parte, el cauce más oportuno con el que ordinariamente contamos para colaborar en la resolución de los problemas sociales y para intervenir en la construcción de un mundo más justo.

El cristiano, en su anhelo de construir este mundo, ha de ser ejemplar en el cumplimiento de las legítimas leyes civiles, porque si son justas son queridas por Dios y constituyen el fundamento de la misma convivencia humana. Como ciudadanos corrientes que son, han de ser ejemplares en el pago de los impuestos justos, necesarios para que la sociedad pueda llegar a donde el individuo personalmente sería ineficaz.

Dad a cada uno lo debido: a quien tributo, tributo; a quien impuestos, impuestos; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor. Y lo hacen -dice el mismo Apóstol-, no sólo por temor, sino también a causa de la conciencia. Así vivieron los cristianos desde el comienzo sus obligaciones sociales, aun en medio de las persecuciones y del paganismo de los poderes públicos. «Como hemos aprendido de Él (Cristo) -escribía San Justino Mártir, a mediados del siglo II-, nosotros procuramos pagar los tributos y contribuciones, íntegros y con rapidez, a vuestros encargados».

Entre los deberes sociales del cristiano el Concilio Vaticano II recuerda «el derecho y al mismo tiempo el deber (...) de votar para promover el bien común». Desentenderse de manifestar la propia opinión en los distintos niveles en los que debemos ejercer estos derechos sociales y cívicos sería una falta contra la justicia, en algunas ocasiones grave, si ese abstencionismo favoreciera candidaturas (ya sea en la configuración de los parlamentos, en la junta de padres de un colegio, en la directiva de un colegio profesional, en los representantes de la empresa...) cuyo ideario es opuesto a los principios de la doctrina cristiana. Con mayor razón, sería una irresponsabilidad, y quizá una grave falta contra la justicia, apoyar organizaciones o personas -del modo que sea- que no respeten en su actuación los fundamentos de la ley natural y de la dignidad humana (aborto, divorcio, libertad de enseñanza, respeto a la familia...).

III. «El cristiano que quiere vivir su fe en una acción política concebida como servicio, no puede adherirse, sin contradecirse a sí mismo, a sistemas ideológicos que se oponen -radicalmente o en puntos sustanciales- a su fe y a su concepción del hombre. No es lícito, por tanto, favorecer a la ideología marxista, a su materialismo ateo, a su dialéctica de violencia ya la manera como esa ideología entiende la libertad individual de la colectividad, negando al mismo tiempo toda trascendencia al hombre y a su historia personal y colectiva. Tampoco apoya el cristiano la ideología liberal, que cree exaltar la libertad individual sustrayéndola a toda limitación, estimulándola con la búsqueda exclusiva del interés y del poder, y considerando las solidaridades sociales como consecuencias más o menos automáticas de iniciativas individuales, y no ya como fin y motivo primario del valor de la organización social».

Hoy nos unimos a ese deseo de una mayor justicia, que es una de las principales características de nuestro tiempo. Pedimos al Señor una mayor justicia y una mayor paz, pedimos por los gobernantes, como siempre se hizo en la Iglesia, para que sean promotores de justicia, de paz, de un mayor respeto por la dignidad de la persona. Nosotros, en lo que está de nuestra parte, hacemos el propósito de llevar las exigencias del Evangelio a nuestra propia vida personal, a la familia, al mundo en el que cada día nos movemos y del que participamos.

Junto a lo que pertenece en sentido estricto a la virtud de la justicia, cuidaremos aquellas otras manifestaciones de virtudes naturales y sobrenaturales que la complementan y la enriquecen: la lealtad, la afabilidad, la alegría... Y, sobre todo, la fe, que nos da a conocer el verdadero valor de la persona, y la caridad, que nos lleva a comportarnos con los demás más allá de lo que pediría la estricta justicia, porque vemos en los demás hijos de Dios, al mismo Cristo que nos dice: lo que hicisteis por uno de estos mis hermanos más pequeños, por mí lo hicisteis.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal

 

 

05 febrero 2021

Meditación Domingo 5º t.o. (B)

 (Cfr. www.almudi.org)

 

Difundir la verdad

“En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y poseídos. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían no les permitía hablar.
Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: -Todo el mundo te busca.
Él les respondió: -Vámonos a otra parte, a, las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido.
Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios” (Marcos 1,29-39).

I. Como en tantas ocasiones, Jesús se levantó de madrugada y se retiró fuera de la ciudad, para orar. Allí le encontraron los Apóstoles, y le dijeron: Todo el mundo te busca. Y el Señor les respondió: Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido.

La misión de Cristo es la de evangelizar, llevar la Buena Nueva hasta el último rincón de la tierra, a través de los Apóstoles y de los cristianos de todos los tiempos. Ésta es la misión de la Iglesia, que cumple así el mandato del Señor: Id y predicad a todas las gentes..., enseñándoles a cumplir todo cuanto os he mandado. Los Hechos de los Apóstoles narran muchos pormenores de aquella primera evangelización; el mismo día de Pentecostés, San Pedro predica la divinidad de Jesucristo, su Muerte redentora y su Resurrección gloriosa. San Pablo, citando al Profeta Isaías, exclama con entusiasmo: ¡Qué hermosos los pies de los que anuncian la Buena Nueva!. Y la Segunda lectura de la Misa nos habla de la responsabilidad de este anuncio gozoso de la verdad que salva: Porque si yo evangelizo, no es para mí motivo de gloria, porque es un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no evangelizara!.

Con estas mismas palabras de San Pablo, la Iglesia ha recordado con frecuencia a los fieles la llamada que el Señor les hace para llevar la doctrina de Cristo a todas partes, aprovechando cualquier ocasión.

San Juan Crisóstomo salía al paso de las posibles disculpas ante esta gratísima obligación: «Nada hay más frío que un cristiano que no se preocupe por la salvación de los demás (...). No digas: no puedo ayudarles, pues si eres cristiano de verdad es imposible que no lo puedas hacer. Las propiedades de las cosas naturales no se pueden negar: lo mismo sucede con esto que afirmamos, pues está en la naturaleza del cristiano obrar de esta forma (...). Es más fácil que el sol no luzca ni caliente que deje de dar luz un cristiano; más fácil que esto sería que la luz fuese tinieblas. No digas que es una cosa imposible; lo imposible es lo contrario (...). Si ordenamos bien nuestra conducta, todo lo demás seguirá como consecuencia natural. No puede ocultarse la luz de los cristianos, no puede ocultarse una lámpara que brilla tanto». Preguntémonos si en nuestro ambiente, en el lugar donde vivimos y donde trabajamos, somos verdaderos transmisores de la fe, si acercamos a nuestros amigos a una mayor frecuencia de sacramentos. Examinemos si nos urge el apostolado como exigencia de nuestra vocación, si sentimos la misma responsabilidad de aquellos primeros, pues la necesidad no es hoy menor..., es un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no evangelizara!

II. El apostolado y el proselitismo que atraen a la fe o a una mayor entrega a Dios nacen del convencimiento de poseer la Verdad y el Amor, la verdad salvadora, el único amor que colma las ansias del corazón, siempre insatisfecho. Cuando se pierde esta certeza no se encuentra sentido a la difusión de la fe. Entonces, incluso en ambientes cristianos, se llega a pensar que no se puede influir para que los no cristianos --por ejemplo, ante las leyes en favor del divorcio y del aborto- apoyen una ley recta, según el querer divino. También pierde sentido el llevar la doctrina de Cristo a otras regiones donde todavía no ha llegado o no está hondamente arraigada la fe; en todo caso, la misión apostólica se convierte en una mera acción social en favor de la promoción de esos pueblos, olvidando el tesoro más rico que podrían darles: la fe en Jesucristo, la vida de la gracia... Son cristianos en los que la fe se ha debilitado y han olvidado, quizá, que la verdad es una, que hace más humanos a los hombres y a los pueblos, y abre el camino del Cielo.

Es importante que la fe lleve a plantearse acciones sociales, pero «el mundo no puede contentarse simplemente con reformadores sociales. Tiene necesidad de santos. La santidad no es un privilegio de pocos; es un don ofrecido a todos... Dudar de esto significa no acabar de entender las intenciones de Cristo», omitir la esencia de su mensaje.

La fe es la verdad, e ilumina nuestra razón, la preserva de errores, y sana las heridas y la facilidad que nos dejó el pecado original para desviarnos del camino. De aquí proviene la seguridad del cristiano, no sólo en lo que se refiere estrictamente a la fe, sino a todas aquellas cuestiones que están conexas con ella: el origen del mundo y de la vida, la dignidad intocable de la persona humana, la importancia de la familia... La fe es luz que ilumina el caminar del hombre. Esto nos lleva -enseña Pablo VI- a tener «una actitud dogmática, sí, que quiere decir que está fundada no en ciencia propia, sino en la Palabra de Dios (...). Actitud que no nos ensoberbece, como poseedores afortunados y exclusivos de la verdad, sino que nos hace fuertes y valientes para defenderla, amorosos para difundirla. Nos lo recuerda San Agustín: sine superbia de veritate praesumite, sin soberbia estad orgullosos de la verdad».

Es un inmenso don haber recibido la fe verdadera, pero a la vez una gran responsabilidad. La vibración apostólica del cristiano que es consciente del tesoro recibido no es fanatismo: es amor a la verdad, manifestación de fe viva, coherencia entre el pensamiento y la vida. Proselitismo, en el sentido noble y verdadero de la palabra, no es de ninguna manera atraer a las almas con engaños o violencia, sino el esfuerzo apostólico por dar a conocer a Cristo y su llamada a todo hombre, querer que las almas conozcan la riqueza que Dios ha revelado y se salven, que reciban la vocación a una entrega plena a Dios, si ésta es la voluntad divina. Este proselitismo es una de las tareas más nobles que el Señor nos ha encomendado.

III. En este empeño por difundir la fe, siempre con respeto y aprecio por las personas, no cabe transmitir medias verdades por temor a que la plenitud de la verdad y las exigencias de una auténtica vida cristiana puedan chocar con el pensamiento de moda y con el aburguesamiento de muchos. La verdad no tiene términos medios, y el amor sacrificado no admite rebajas ni puede ser objeto de compromisos. Condición de todo apostolado es la fidelidad a la doctrina, aunque ésta se presente difícil de cumplir en algunos casos, e incluso exija un comportamiento heroico, o al menos lleno de fortaleza. No se pueden omitir temas como la generosidad al poner los medios para tener una familia numerosa, exigencias de la justicia social, entrega plena a Dios cuando Él llama a seguirle... No se puede pretender agradar a todos disminuyendo, según conveniencias humanas, las exigencias del Evangelio: Hablamos -escribía San Pablo a los tesalonicenses-, no como quien busca agradar a los hombres, sino sólo a Dios. No es buen camino pretender hacer fácil el Evangelio, silenciando o rebajando los misterios que se han de creer y las normas de conducta que han de vivirse. Nadie ha predicado ni predicará el Evangelio con mayor credibilidad, energía y atractivo que Jesucristo, y hubo quienes no le siguieron fielmente. Tampoco podemos olvidar que, hoy como siempre, predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles, pero poder de Dios para los llamados, ya judíos, ya griegos. Sin embargo, nos debemos esforzar siempre en adaptarnos a la capacidad y circunstancias de quien pretendemos llevar hasta el Señor, como Él nos enseña a lo largo del Evangelio, que hizo asequible a todos.

La fidelidad a Cristo nos lleva a transmitir fiel y eficazmente lo que hemos recibido. Ahora, igual que en tiempos de los primeros cristianos, cuando comenzaba la primera evangelización de Europa y del mundo, debemos anunciar a nuestros amigos y conocidos, a los colegas... la Buena Nueva de la misericordia divina, la alegría de seguir muy de cerca a Cristo en medio de nuestros quehaceres. Y ese anuncio comporta la necesidad de cambiar de vida, de hacer penitencia, de renunciar a sí mismos, de estar desprendidos de los bienes materiales, de ser castos, de buscar con humildad el perdón divino, de corresponder a lo que Él quiere de cada uno de nosotros desde la eternidad.

El afán de que muchos sigan a Cristo debe empujarnos a vivir mejor la caridad con todos, a poner más medios para acercarlos antes al Señor, que los espera: ¡la caridad de Cristo nos urge!. Éste fue el motor de la incansable actividad apostólica de San Pablo, y será también lo que nos impulse a nosotros; el amor al Señor nos llevará a sentir la urgencia apostólica y a no desaprovechar ninguna ocasión que se nos presente. Es más, en muchas circunstancias seremos nosotros quienes provocaremos esas oportunidades, que de otra forma nunca tendrían lugar.

Todo el mundo te busca... El mundo tiene hambre y sed de Dios. Por eso, junto a la caridad, la esperanza. Nuestros amigos y conocidos, incluso los más alejados, también tienen necesidad y deseos de Dios, aunque muchas veces no los manifiesten. Y, sobre todo, el Señor los busca a ellos.

Pidamos a la Santísima Virgen el afán apostólico y proselitista que tuvieron los Apóstoles y los primeros cristianos.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.