Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

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30 junio 2022

Homilía Domingo 14º t. o. (C)

 (Cfr. www.almudi.org)

 

 

Domingo de la semana 14 de tiempo ordinario; ciclo C


(Is 66,6-14c) "Festejad a Jerusalén, gozad con ella"
(Gal 6,14-18) "Yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús"
(Lc 10,1-12.17-20) "Está cerca de vosotros el reino de Dios"

Homilía a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

En el trasfondo del Evangelio de hoy palpita la experiencia, ardua y gozosa a la vez, del apostolado de los primeros discípulos de Jesús que comprobaban cómo el Evangelio era acogido con entusiasmo por muchos aunque se produjeran también rechazos. Esta esperanzadora alegría que no se desanima ante las resistencias que la ceguera y debilidad humana presentan, acompañó y acompañará siempre a los cristianos de todos los tiempos.

Jesús se alegra con los suyos pero les dice: "no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo". La alegría que debemos tener, pues, no debe ser tanto el resultado de que vemos los frutos de nuestra actuación apostólica cuanto porque, si difundimos la doctrina cristiana, tenemos asegurado el cielo. Es como si el Señor nos dijera: me interesas tú, tu animosa colaboración, tu alegría y felicidad eterna, aunque no siempre veas el resultado de tu empeño por darme a conocer.

El Señor, como a sus primeros discípulos, nos envía también a cada uno para que, a través del trato con familiares, amigos y conocidos, extendamos su verdad liberadora por todos los rincones del mundo. "Los primeros cristianos -dice J. Mullor- fueron más fermento que masa. El interés que les acuciaba se imantaba hacia los que le rodeaban en la familia, en el trabajo, en la vida pública... El idealismo de los primeros cristianos -id al mundo entero y predicad el evangelio a toda criatura- era un idealismo realista, que comenzaba el trabajo apostólico, no en el finis terrae, sino en la tierra misma que pisaban. Sabían que, para llegar a los últimos extremos de la tierra, habían de recorrerla toda palmo a palmo y que, para anunciar el Evangelio a la humanidad, habían de anunciarlo antes de hombre a hombre, de comunidad a comunidad".

Cuando la amistad es tan humana como cristiana, de ordinario, no es preciso ni siquiera provocar el tema de Dios y sus exigencias. La confidencia surge en numerosos momentos y encuentros. Entre amigos es fácil una corriente de intercambios de puntos de vista, se confían modos de pensar, de ver las cosas, unos y otros se corrigen, se emulan, en un apostolado tan delicado y amable como eficaz y natural. "Esas palabras deslizadas tan a tiempo en el oído del amigo que vacila; aquella conversación orientadora, que supiste provocar oportunamente..., y la discreta indiscreción que te hace sugerirle insospechados horizontes de celo... Todo eso es ‘apostolado de la confidencia’" (S. Josemaría Escrivá). ¡Cuánto podemos hacer a nuestro alrededor no olvidando que hay un hambre y una sed de Dios que sólo Él puede calmar, una enfermedad -la del pecado- que sólo Él puede curar, si colaboramos en su misión evangelizadora! Vale la pena considerarlo.  


19 febrero 2021

Homilía Domingo 1º Cuaresma (B)

 (Cfr. www.almudi.org)


(Gen 9,8-15) "Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes"
(1 Pe 3,18-22) "Como poseía el Espíritu fue devuelto a la vida"
(Mc 1,12-15) "Está cerca el reino de Dios"


Homilía pronunciada por san Juan Pablo II.

Homilía en la parroquia romana de S. Andrés “delle Fratre” (28-II-1982)

--- Cristo salva con su Pasión y Resurrección
--- El ayuno
--- Humildad y contrición

--- Cristo salva con su Pasión y Resurrección

Las Palabras del Evangelista Marcos aluden al ayuno de Jesús de Nazaret durante cuarenta días, que cada año se refleja en la liturgia de la Cuaresma: “El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían” (Mc 1,12).

Después, tras el encarcelamiento de Juan Bautista, Jesús fue a Galilea y comenzó a enseñar. Decía: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en la Buena noticia” (Mc 1,15).

El ayuno de cuarenta días de Jesús de Nazaret fue una introducción al anuncio del Evangelio del reino de Dios. Este ayuno ha marcado el camino de la fe en las almas de los hombres, sin el que el Evangelio del reino queda cual grano arrojado en tierra estéril.

Este comienzo del Evangelio del reino, que llega a la Iglesia a través del ayuno de cuarenta días, la liturgia de hoy lo compara al arco iris que fue signo de alianza de Dios con los descendientes de Noé después del diluvio.

Con el Arca de Noé se compara también en la primera Carta de San Pedro Apóstol la Iglesia, en la que Cristo actúa incesantemente la obra de la redención, tras haber obtenido la victoria sobre la muerte y el pecado.

Pero el Arca de Noé fue un espacio cerrado. La obra de Cristo es ilimitada en el espacio y tiempo. La Iglesia está al servicio de esta obra como signo e instrumento.

Cristo, muerto una vez para siempre por los pecados, Justo por los injustos, para volvernos a llevar a Dios.

Cristo, sentado a la diestra de Dios porque subió a los cielos donde le están sometidos los Ángeles, Potestades y Dominaciones.

Este Cristo, en el Espíritu Santo, “fue a proclamar su mensaje a los espíritus encarcelados que en un tiempo habían sido rebeldes” (1 Pe 3,19), igual que en los días de Noé.

El mismo Cristo en el bautismo nos salva, es decir, nos redime, “no limpiando una suciedad corporal, sino impetrando de Dios una conciencia pura” (cf. 1 Pe 3,21): nos salva y redime gracias a su resurrección.

--- El ayuno

De este modo, pues, la liturgia de este domingo inaugura el ayuno de la Cuaresma, basándose primero en el ejemplo de Cristo y luego en el poder redentor de Cristo que actúa en su Iglesia y en todo lo creado; en su poder redentor y santificador.

La Cuaresma es el camino que se abre ante nosotros.

Y por esto la Iglesia ora así hoy: “Señor enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas. Haz que camine en la verdad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador; en ti he esperado siempre” (Sal 25, 4-5).

La Cuaresma es la vía de la verdad, es el tiempo de despertar de las conciencias.

El hombre debe encontrarse en toda su verdad ante Dios. Asimismo debe releer la verdad en las enseñanzas divinas, de los mandatos divinos, de la voluntad divina; debe confrontar con estos la propia conciencia.

Por aquí pasa el camino de la salvación. Es el camino de la esperanza.

Y la Iglesia sigue orando de este modo: “Acuérdate, Señor, que tu ternura y tu fidelidad son eternas. Acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor” (Sal 25,6-7). La Cuaresma es la vía de la verdad, el tiempo del despertar de las conciencias.

Pero sobre todo es el camino del amor y de la misericordia. Sólo mediante el amor, la verdad despierta al hombre a la vida. Sólo el amor, que es misericordia, enciende la esperanza.

El ayuno de la Cuaresma es un gran grito de Amor. Grito penetrante. Grito definitivo. Es el gran tiempo de la misericordia.

Y por ello la Iglesia sigue pidiendo en la liturgia de hoy: “El Señor es bueno, es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes” (Sal 25,8-9).

--- Humildad y contrición

La Iglesia pide humildad para el corazón humano. Ora para que a través de la humildad el hombre se encuentre en la verdad, para que se encuentre en la verdad interior, y así llegue a encontrarse con el amor que es más fuerte que el pecado y la muerte, más fuerte que todos los males; para que se deje guiar por la Palabra divina. “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4).

Debemos repetir las palabras de San Pedro, Obispo de la Iglesia de Roma: “Cristo murió por los pecados de una vez para siempre, el inocente por los culpables para conducirnos a Dios” (1 Pe 3,18)