Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

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30 septiembre 2022

Homilía Domingo 27º t.o. (C)

(Cfr. www.almudi.org) 

 


(Habac 1,2-3;2,2-4) "El que es incrédulo no tendrá en sí mismo un alma recta"
(2 Tim 1,6-8.13-14) "Te amonesto que avives la gracia de Dios que hay en ti"
(Lc 17,5-10) "Auméntanos la fe"

Homilía con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía de Fernández Carvajal, en Hablar con Dios, Tomo V

--- Avivar continuamente el amor a Dios
--- Pedir al Señor una fe firme, que influya en todas nuestras obras
--- Actos de fe

--- Avivar continuamente el amor a Dios

La liturgia de este domingo se centra en la virtud de la fe. En la Primera lectura, el Profeta Habacuc (Habac 1,2-3; 2,2-4) se lamenta ante el Señor del triunfo del mal, tanto en el pueblo castigado por medio del invasor, como por los mismos escándalos de éste.

"¿Hasta cuando clamaré, Señor...? (...). ¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes...?", se queja el Profeta. El Señor le responde al fin con una visión en la que le exhorta a la paciencia y a la esperanza, pues llegará el día en que los malos serán castigados: "la visión espera su momento, se acerca su término y no fallará; si tarda, espera, porque ha de llegar sin echarse atrás”. Sucumbirá quien no tenga su alma recta, "pero el justo vivirá por la fe". Aun cuando en ocasiones pueda parecer que triunfa el mal y quienes lo llevan a cabo, como si Dios no existiera, llegará a cada uno su día y se verá que realmente ha salido vencedor quien ha mantenido su fidelidad al Señor. Vivir de fe es entender que Dios nos llama cada día y en cada momento a vivir, con alegría, como hijos suyos, siendo pacientes y teniendo puesta la esperanza en Él.

--- Pedir al Señor una fe firme, que influya en todas nuestras obras

En la Segunda lectura (2 Tim 1,6-8; 13-14), San Pablo exhorta a Timoteo a mantenerse firme en la vocación recibida y a llenarse de fortaleza para proclamar la verdad sin respetos humanos: "Aviva el fuego de la gracia de Dios...; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio. No tengas miedo de dar la cara por nuestro Señor y por mí, su prisionero. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio"... Santo Tomás comenta que "la gracia de Dios es como un fuego, que no luce cuando lo cubre la ceniza"; y así ocurre cuando la caridad está cubierta por la tibieza o por los respetos humanos. La fortaleza ante un ambiente adverso y la capacidad de dar a conocer, en cualquier lugar, la doctrina de Cristo, de participar en los duros combates del Evangelio, viene determinada por la vida interior, por el amor a Dios, que hemos de avivar continuamente, como una hoguera, con una fe cada vez más encendida. Esto es lo que pedimos al Señor.

¡Qué diferencia entre esos hombres sin fe, tristes y vacilantes en razón de su existencia vacía, expuestos como veletas a la "variabilidad" de las circunstancias, y nuestra vida confiada de cristianos, alegre y firme, maciza, en razón del conocimiento y del convencimiento absoluto de nuestro destino sobrenatural! ¡Qué fuerza comunica la fe! Con ella superamos los obstáculos de un ambiente adverso y las dificultades personales, con frecuencia más difíciles de vencer.

Existe una fe muerta, que no salva: es la fe sin obras, que se muestra en actos llevados a cabo a espaldas de la fe, en una falta de coherencia entre lo que se cree y lo que se vive. Existe también una "fe dormida", "esa forma pusilánime y floja de vivir la existencia de la fe que todos conocemos con el nombre de tibieza. En la práctica, la tibieza es la insidia más solapada que puede hacerse a la fe de un cristiano, incluso de los que muchos llamarían un buen cristiano" (Pedro Rodríguez, Fe y vida de fe). Necesitamos una fe firme, que nos lleve a alcanzar metas que están por encima de nuestras fuerzas y que allane los obstáculos y supere los "imposibles" en nuestra tarea apostólica.

--- Actos de fe

En ocasiones el Señor llama a los Apóstoles "hombres de poca fe" pues no están a la altura de las circunstancias. En el Evangelio de la Misa los Apóstoles le piden a Jesús: "Auméntanos la fe". Así lo hizo el Señor, pues todos terminarían dando su vida, por atestiguar su firme adhesión a Cristo y a sus enseñanzas. Se cumplió las palabras del Señor: "Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a este árbol: arráncate y plántate en el mar, y os obedecería". La transformación de las almas de quienes se cruzaron en su camino fue un milagro aún mayor.

Muchos actos de fe hemos de hacer en la oración y en la Santa Misa. Muchos fieles tienen la costumbre de repetir devotamente con la mirada puesta en el Santísimo Sacramento, aquella exclamación del Apóstol Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!” De cualquier forma, no podemos dejar que pase esa oportunidad sin manifestar al Señor nuestra fe y nuestro amor.

A pesar del afán por formarnos, por conocer cada vez mejor a Cristo, es posible que alguna vez nuestra fe vacile o tengamos temores y respetos humanos para manifestarla. La fe es un don de Dios que nuestra poquedad a veces no puede sostener. En ocasiones es tan pequeña como un grano de mostaza. No nos sorprendamos por nuestra debilidad, pues Dios cuenta con ella. Imitemos a los Apóstoles cuando se dan cuenta de que todo aquello que ven y oyen les supera.

12 agosto 2022

Meditación Domingo 20º t. o. (C)

 (Cfr. www.almudi.org)

 


El fuego del amor divino

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que be venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lucas 12,49-53).

I. El fuego aparece frecuentemente en la Sagrada Escritura como símbolo del Amor de Dios, que purifica a los hombres de todas sus impurezas (J DHELLY, Diccionario Bíblico). El amor, como el fuego nunca dice basta (Proverbios 30, 16), tiene la fuerza de las llamas y se enciende en el trato con Dios. Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que arda? (Lucas 12, 49). En Cristo alcanza su expresión máxima el amor divino: Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito. El Señor quiere que su amor prenda en nuestro corazón y provoque un incendio que lo invada todo. Él nos ama a cada uno con amor personal e individual, como si fuera el único objeto de su caridad. En ningún momento ha cesado de amarnos, de ayudarnos, de protegernos, de comunicarse con nosotros; ni siquiera en los momentos de mayor ingratitud de nuestra parte. Este misterio de amor se realizó de una manera absolutamente particular en su Madre, Santa María, y Ella nos enseña a creer en el amor sin límites de Dios.

II. El amor pide más amor, y éste se demuestra en las obras, en el empeño diario por tratar a Dios y por identificar nuestra voluntad con la suya. Muchas veces hemos de decir sí al Amor: al negarnos a nosotros mismos para servir a quienes conviven con nosotros; en la mortificación pequeña, que nos ayuda a guardar la templanza; en la puntualidad a la hora de comenzar nuestros deberes; en el orden en que dejamos las cosas; en el esfuerzo que frecuentemente supone hacer un rato de oración, diciéndole al Señor muchas veces que le amamos; en la aceptación alegre de la voluntad de Dios. El amor también se expresa en el dolor de los pecados, en la contrición, pues tantas veces –casi sin darnos cuenta- decimos no al amor. Son muchas las mociones del Espíritu Santo para corresponder a ese Amor infinito con que Jesús nos ama.

III. Los cristianos hemos de ser fuego que encienda, como Jesús encendió a sus discípulos. Nadie que nos haya conocido deberá quedar indiferente; nuestro amor debe ser lumbre viva que convierte en puntos de ignición, otras fuentes de amor y de apostolado, a quienes tratamos. El amor verdadero a Dios se manifiesta enseguida en apostolado, en deseos de que otros conozcan y amen a Cristo: fuego que se robustece en el trato íntimo con Cristo. Le decimos a Jesús que cuente con nosotros: ecce ego quia vocasti me, aquí estoy porque me has llamado. La Virgen nos ayudará a ser audaces en el apostolado.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal

28 octubre 2021

Meditación Domingo 31º t.o. (B)

 (Cfr. www.almudi.org)

 

Amar con obras

«Se acercó uno de los escribas, que había oído la discusión y al ver lo bien que les había respondido, le preguntó: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús respondió: «El primero es: Escucha, Israel, el Señor Dios nuestro es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos». Y le dijo el escriba: «¡Bien Maestro!, con verdad has dicho que Dios es uno solo y no hay otro fuera de El; y amarle con todo el corazón y con toda la inteligencia y con toda la fuerza, y amar al prójimo como a si mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Viendo Jesús que le había respondido con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y ninguno se atrevía ya a hacerle preguntas» (Marcos 12,28-34).

I. En el Evangelio leemos cómo un doctor de la ley le hace una pregunta llena de rectitud al Señor: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? Y Jesús se detiene ante este hombre que quiere conocer la verdad y le contesta: Escucha, Israel: El Señor Dios nuestro es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón (Marcos 12, 28-34). Éste es el primero de los mandamientos, resumen y culminación de todos los demás. ¿En que consiste este amor? El Cardenal Luciani –que más tarde sería Juan Pablo I-, comentando a San Francisco de Sales, escribía que “quien ama a Dios debe embarcarse en su nave, resuelto a seguir la ruta señalada por sus mandamientos, por las directrices de quien lo representa y por las situaciones y circunstancias de la vida que Él permite”. “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta: sólo Dios basta” (Santa Teresa, Poesías)

II. Lo determinante de nuestra vida, lo que aparta todas las tinieblas y tristezas es el hecho de que Dios nos ama. Esta realidad llena el corazón de esperanza y de consuelo. La Encarnación es la revelación suprema del amor de Dios por cada uno de sus hijos. ¿Cómo no vamos a corresponder a un amor tan grande? El Señor nos pide que le amemos con obras y afectos de nuestro corazón. El amor pide obras: confianza de hijos, especialmente cuando nos sintamos más necesitados; agradecimiento alegre por tanto don que recibimos; fidelidad de hijos, allí donde nos encontremos. Dios nos quiere felices, pues en toda circunstancia podemos ser fieles al Señor. ¡Tantas veces necesitaremos decirle: “Señor, te amo..., pero enséñame a amarte!

III. Amamos al Señor cumpliendo los mandamientos y nuestros deberes en medio del mundo, evitando toda ocasión de pecado, ejerciendo la caridad en mil detalles..., y también en esos gestos que pueden parecer pequeños pero que van llenos de delicadeza y cariño para el Señor: una genuflexión bien hecha ante el Sagrario, la puntualidad en nuestras normas de piedad, una mirada a una imagen de Nuestra Señora. Todo lo que hacemos por el Señor es sólo una pequeñez ante la iniciativa divina. Jesús se dirige a cada uno de nosotros para preguntarnos como a Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Es la hora de responder: ¡“Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo!”, añadiendo con humildad: ¡Ayúdame a amarte más, auméntame el amor!” (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Forja)

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.