Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

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22 septiembre 2023

Homilía Domingo 25º t.o. (A)

 (Cfr. www.almudi.org)

 


(Is 55,6-9) "Vuestros caminos no son mis caminos"
(Fil 1,20c-24.27a) "Para mi la vida es Cristo, y una ganancia morir”
(Mt 20,1-16) "Id también vosotros a mi viña"

Homilía con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

En el Angelus (20-IX-1981)


--- El trabajo como deber y derecho humano

“El reino de los cielos es semejante a un amo de casa que salió muy de mañana a ajustar obreros para su viña…” (Mt 20,1).

Con estas palabras comienza el pasaje evangélico de la liturgia de hoy. La tan conocida parábola de los trabajadores de la viña contiene en sí muchos temas. Entre éstos es fundamental la idea de que es Dios quien llama al hombre al trabajo y que el trabajo debe contribuir a la plasmación continua del mundo según el proyecto del mismo Dios. Todo tipo de trabajo humano, todas sus variantes, están incluidas en la parábola evangélica.

En el punto de partida esta parábola incluye la llamada al hombre a redescubrir el significado del trabajo, teniendo presente el designio salvífico de Dios.

¿Qué es el trabajo humano?

A este importante interrogante hay que dar una respuesta articulada. Ante todo es una prerrogativa del hombre-persona, un factor de plenitud humana que ayuda precisamente al hombre a ser más hombre. Sin el trabajo no solo no puede alimentarse, sino que tampoco puede autorrealizarse, es decir, llegar a su dimensión verdadera. En segundo lugar y consecuentemente, el trabajo es una necesidad, un deber que da al ser humano, vida, serenidad, interés, sentido. El Apóstol Pablo advierte severamente, recordémoslo: “el que no quiera trabajar, no coma" (2 Tes 3,10). Por consiguiente cada uno está llamado a desempeñar una actividad sea al nivel que fuere, y el ocio y el vivir a costa de otros quedan condenados. El trabajo es, además, un derecho, “es el grande y fundamental derecho del hombre”.

--- Servicio

El trabajo llega a ser igualmente un servicio, de tal modo que “el hombre crece en la medida en que se entrega por los demás". Y de esta armonía se beneficia no sólo el individuo sino también la misma sociedad.

--- Dimensión eterna

Estos son solamente algunos pensamientos sobre el tema acerca de la naturaleza del trabajo humano. Los ponemos juntos aquí haciendo referencia a la llamada del amo de casa que sigue saliendo a contratar obreros para su viña para la jornada, como dice la parábola evangélica. Recordemos que en su mismo punto de partida esta parábola contiene la invitación al hombre a que encuentre su significado último en el designio salvífico de Dios, sea cual fuere el tipo de trabajo que desarrolle. Y oremos para que crezca y se ahonde en cada hombre la conciencia de este significado. Pues según el designio de Dios, con el trabajo no sólo debemos dominar la tierra, sino también alcanzar la salvación. Por tanto, al trabajo está vinculada no sólo la dimensión de la temporalidad, sino también la dimensión de la eternidad

 

12 noviembre 2022

Meditación Domingo 33º t.o. (C)

 (Cfr. www.almudi.org)

 

Trabajar mientras llega el Señor

«Como algunos le hablaban del Templo, que estaba adornado con bellas piedras y ofrendas votivas, dijo: «Vendrán días en los que de esto que veis no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida. Le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo acontecerá esto y cuál será la señal de que comienza a suceder?». Él dijo: «Mirad no os dejéis engañar; pues muchos vendrán en mi nombre diciendo: Yo soy, y el momento esta próximo". No les sigáis. Cuando oigáis rumores de guerras y revoluciones, no os aterréis: porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato. Se levantará pueblo contra pueblo y reino contra reino; habrá grandes terremotos y, hambre y peste en diversos lugares; habrá cosas aterradoras y grandes señales en el cielo. Pero antes de todas estas cosas os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, llevándoos ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: esto os sucederá para dar testimonio. Determinad, pues, en vuestros corazones no tener preparado cómo habéis de responder; porque yo os daré palabras y sabiduría que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados incluso por padres y hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros, y seréis odiados por todos a causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas» (Lucas 21,5-19).

I. En estos últimos domingos, la liturgia nos invita a meditar los novísimos del hombre, en su destino más allá de la muerte. La vida es muy corta y el encuentro con Jesús está cercano; un poco más tarde tendrá lugar su venida gloriosa y la resurrección de los cuerpos. Esto nos ayuda a estar desprendidos de los bienes que hemos de utilizar y a aprovechar el tiempo, pero de ninguna manera nos exime de estar metidos de lleno en nuestra propia profesión y en la entraña misma de la sociedad. Es más, con nuestros quehaceres terrenos, ayudados por la gracia, hemos de ganarnos el Cielo, trabajando con intensidad para dar gloria a Dios, atender a la propia familia y servir a la sociedad a la que pertenecemos. Sin un trabajo serio, hecho a conciencia, cara a Dios, adecuado a las normas morales que lo hacen bueno y recto, es muy difícil, quizá imposible, santificarse en medio del mundo. Veamos hoy en la oración si estamos trabajando de esa manera.

II. La posibilidad de trabajar es uno de los grandes bienes recibidos de Dios: no es una secuela del pecado original, sino que se trata de un medio necesario que Dios nos confía aquí en la tierra, dilatando nuestros días y haciéndonos partícipes de su poder creador, para que nos ganemos el sustento y simultáneamente recojamos frutos para la vida eterna (Juan 4, 36)” (ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa). La ociosidad enseña muchas maldades (J.L.ILLANES, La santificación del trabajo) pues impide la propia perfección humana y sobrenatural del hombre, debilita su carácter y abre las puertas a la concupiscencia y a muchas tentaciones. En cambio, el trabajo es un lugar privilegiado para el desarrollo de las virtudes humanas: la reciedumbre, la constancia, la tenacidad, el espíritu de solidaridad, el orden, el optimismo por encima de las dificultades... El trabajo será, además, el medio para acercar muchas almas a Cristo, si en él procuramos cada día encontrar al Señor y ejercer la caridad cultivando las virtudes de la convivencia.

III. El trabajo es camino hacia el Señor porque nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. El trabajo es así oración y acción de gracias; es medio de santificación y fuente de gracia para toda la Iglesia. Trabajando así se nos presentarán innumerables ocasiones para dar a conocer la doctrina de Cristo; nuestro Ángel Custodio nos pondrá en la boca la palabra justa y oportuna. Así esperamos los cristianos la visita del Señor. San José, nuestro Padre y Señor, nos enseñará a santificar nuestro trabajo, pues él, enseñando a Jesús su propia profesión, “acercó el trabajo al misterio de la Redención” (JUAN PABLO II, Redemptoris custos).

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

14 julio 2022

Meditación Domingo 16º t.o (C)

 (Cfr. www.almudi.org)

 

El trabajo de Marta

«Cuando iban de camino entró en cierta aldea, y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Tenía ésta una hermana llamada María que, sentada también a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Pero Marta andaba afanada con los múltiples quehaceres de la casa y poniéndose delante dijo: «Señor, ¿nada te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo de la casa? Dile, pues, que me ayude». Pero el Señor le respondió: «Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. En verdad una sola cosa es necesaria. Así, pues, María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada». (Lucas 10, 38-42).

I. Señor, si he hallado gracia a tus ojos, no pases de largo junto a tu siervo; traeré un poco de agua, y lavaréis vuestros pies, y reposaréis debajo del árbol; después seguiréis adelante, pues habéis pasado junto a vuestro siervo. Son las palabras que Abrahán dirigió a Yahvé cuando se le apareció, como peregrino, en el encinar de Mambré, a la hora del calor. Abrahán le dio de comer y le dispensó una buena acogida. Nunca olvidó Dios estas muestras de hospitalidad de Abrahán. El Evangelio de la Misa narra la llegada de Jesús con sus discípulos a casa de unos amigos en Betania: Marta, María y Lázaro. Por éste lloró un día el Señor al enterarse de su muerte, y luego lo resucitó. Jesús va de paso hacia Jerusalén y se detiene en Betania, que está a unos tres kilómetros antes de llegar a la ciudad. En casa de aquellos hermanos, a quienes Jesús ama entrañablemente, recaló con sus discípulos para descansar después de una larga jornada; allí, entre aquellos amigos, se encuentra el Señor a gusto. Le tratan bien, y siempre es recibido con alegría y afecto. Así hemos de tratar y de acoger nosotros a Jesús, que está en el Sagrario de las iglesias. No tenemos otro amigo mejor ni más fiel. No existe persona alguna a la que debamos tratar con mayor delicadeza y confianza.

En este clima de amistad, las hermanas se desenvuelven con naturalidad y sencillez, y muestran actitudes diversas. Marta andaba afanada con los múltiples quehaceres de la casa; parece la mayor (San Lucas dice: una mujer llamada Marta le recibió en su casa), y es la que se ocupa con todo esmero de atender al Señor y a los que le acompañan; el trabajo debía de ser abundante. Atender aun grupo tan numeroso, sobre todo si se presentaron de improviso, no era tarea fácil. Y Marta deseaba hacer un recibimiento adecuado al Señor, y se ocupaba con eficacia en preparar lo conveniente. Sabemos que, en un momento determinado, pierde la paz y se agobia, porque le falta la inicial rectitud de intención. María, en cambio, estaba sentada a los pies del Señor escuchando su palabra, desentendida de los preparativos de la comida. «Marta, en su empeño por prepararle al Señor de comer, andaba ocupada en multitud de quehaceres. María, su hermana, prefirió que le diese de comer a ella el Señor. Se olvidó de su hermana y se sentó a los pies del Señor, donde, sin hacer nada, escuchaba su palabra». Nosotros, con la ayuda de la gracia, tenemos que aprender la armonía de la vida cristiana, que se manifiesta en la unidad de vida -unir Marta y María- de forma que el amor a Dios, la santidad personal, sea inseparable del afán apostólico y se manifieste en la rectitud de nuestro trabajo.

II. La hermana mayor se dirige a Jesús con gran confianza y cierto tono de queja: Señor, ¿nada te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo de la casa? Dile, pues, que me ayude. Durante muchos siglos se ha querido presentar a estas dos hermanas como dos modelos de vida contrapuestos: en María se ha querido representar la contemplación, la vida de unión con Dios; en Marta, la vida activa de trabajo, «pero la vida contemplativa no consiste en estar a los pies de Jesús sin hacer nada: esto sería un desorden, sino pura y simple poltronería». En el trabajo, en el quehacer de cada uno, es precisamente el lugar donde encontramos a Dios, «el quicio sobre el que se fundamenta y gira nuestra llamada a la santidad», donde amamos a Dios mediante el ejercicio de las virtudes humanas y de las sobrenaturales. Sin un trabajo serio, hecho a conciencia, con prestigio, sería muy difícil -quizá imposible-que pudiéramos tener una vida interior honda y ejercer un apostolado eficaz en medio del mundo.

Durante mucho tiempo y con demasiado énfasis se ha insistido en las dificultades que las ocupaciones terrenas, seculares, pueden representar para la vida de oración. Sin embargo, es ahí, en medio de esos trabajos y a través de ellos, no a pesar de ellos, donde Dios nos llama a la mayoría de los cristianos para santificar el mundo y santificarnos nosotros en él, con una vida llena de oración que vivifique y dé sentido a esas tareas. Fue ésta una predicación continua del Fundador del Opus Dei, que enseñó a miles de personas a encontrar a Dios a través de su quehacer diario. En cierta ocasión, dirigiéndose a un numeroso grupo de personas, les decía: «Debéis comprender ahora-con una nueva claridad- que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir (...).

»No hay otro camino (...): o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver -a la materia y alas situaciones que parecen más vulgares- su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo». Poner el amor de María mientras se lleva a cabo el trabajo de Marta.

Jesús responde a esta mujer en tono familiar: Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. En verdad una sola cosa es necesaria. Así, pues, María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada. Es como si le dijera: Marta, estás ocupada en muchos menesteres, pero te estás olvidando de Mí; estás desbordada por muchas tareas necesarias, pero estás descuidando lo esencial: la unión con Dios, la santidad personal. Esa inquietud, ese ajetreo, no pueden ser buenos cuando te hacen perder la presencia de Dios mientras trabajas; aunque el trabajo en sí es bueno y necesario.

Jesús no hace una valoración de toda la actitud de Marta, ni tampoco de todo el comportamiento de María. Cambia con hondura la cuestión y apunta a algo más esencial: a la actitud interna de Marta; tan metida está en el trabajo y anda tan preocupada por él, que se llega casi a olvidar de lo más importante: la presencia de Cristo en aquella casa. ¡Cuántas veces nos podría hacer el Señor el mismo cariñoso reproche! Afanes, trabajos necesarios, que no pueden justificar nunca el olvido de Jesús presente en nuestras tareas, aun las más santas, pues, como se ha dicho, no podemos dejara un lado al «Señor de las cosas» por «las cosas del Señor»; no se puede relativizar la importancia de la oración con la excusa de que quizá estemos trabajando en tareas apostólicas, de formación, de caridad, etc.

III. Debemos tener tal unidad de vida que el mismo trabajo nos lleve a estar en presencia de Dios y, a la vez, los ratos expresamente dedicados a hablar con el Señor nos ayuden a trabajar mejor, pues «entre las ocupaciones temporales y la vida espiritual, entre el trabajo y la oración, no puede existir sólo un "armisticio" más o menos conseguido; tiene que darse plena unión, fusión sin residuo. El trabajo alimenta a la oración y la oración "embebe" el trabajo. Y esto hasta el punto de que el trabajo en sí mismo, en cuanto servicio hecho al hombre y a la sociedad -y, por tanto, con las más claras exigencias de profesionalidad-, se convierte en oración agradable a Dios».

Para lograr la presencia del Señor mientras trabajamos tendremos que recurrir a industrias humanas, cosas que nos recuerden que nuestro trabajo es para Dios y que Él está cerca de nosotros, contemplando nuestras obras; es un testigo de excepción de nuestra actividad. Muchas veces nos ayudará la consideración de que está muy cerca, quizá a pocas decenas o a unos centenares de metros, en un oratorio o en la iglesia más cercana. «Ahí, desde ese lugar de trabajo, haz que tu corazón se escape al Señor, junto al Sagrario, para decirle, sin hacer cosas raras: Jesús mío, te amo.

»-No tengas miedo a llamarle así -Jesús mío- y de repetírselo a menudo».

Todas las ocupaciones, hechas con rectitud de intención, pueden ser el lugar donde cada día vivamos la caridad, la mortificación, el espíritu de servicio a los demás, la alegría y el optimismo, la comprensión, la cordialidad, el apostolado de amistad... Es el medio, en definitiva, con el que nos santificamos. Y esto es verdaderamente lo que importa: encontrar a Jesús en medio de esos diarios quehaceres, no olvidar en momento alguno «al Señor de las cosas»; menos aún cuando esos quehaceres hacen referencia más directa a Él, pues, de lo contrario, quizá terminaríamos llevándolos a cabo por nosotros mismos, buscando en ellos solamente la realización personal o la mera satisfacción de un deber cumplido, dejando a un lado la rectitud de intención, olvidando al Maestro.

Le pedimos a la Virgen, al terminar la oración, tener el espíritu de trabajo de Marta y la presencia de Dios de María mientras, sentada a los pies de Jesús, escuchaba embebida sus palabras.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

 


02 julio 2021

Meditación Domingo 14º t.o. (B)

 (Cfr. www.almudi.com)

 

Te basta mi gracia

«Partió de allí y se fue a su ciudad, y le seguían sus discípulos. Llegado el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y muchos de los oyentes, admirados, decían: ¿De dónde sabe éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es la que se le ha dado y estos milagros que se hacen por sus manos? ¿No es éste el artesano, el hijo de María, y hermano de Santiago y de José y de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros? Y se escandalizaban de él. Y les decía Jesús: No hay profeta menospreciado sino en su propia patria, entre sus parientes y en su casa. Y no podía hacer allí ningún milagro; solamente sanó a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos. Y se asombraba por causa de la incredulidad de ellos. Y recorría las aldeas de los contornos enseñando.» (Marcos 6, 1-6)

I. En la Segunda lectura de la Misa nos muestra San Pablo su profunda humildad. Después de hablar a los de Corinto de sus trabajos por Cristo y de las visiones y revelaciones del Señor, les declara también su debilidad: para que no me engría, me fue clavado un aguijón en la carne, un ángel de Satanás, para que me abofetee, y no me engría.

No sabemos con seguridad a qué se refiere San Pablo cuando habla de este aguijón de la carne. Algunos Padres (San Agustín) piensan que se trata de una enfermedad física particularmente dolorosa; otros (San Juan Crisóstomo) creen que se refiere a las tribulaciones que le causan las continuas persecuciones de que es objeto; y algunos (San Gregorio Magno) opinan que se refiere a tentaciones especialmente difíciles de rechazar. De todas formas, es algo que humilla al Apóstol, que entorpece en cierto modo su tarea de Evangelizador.

San Pablo había pedido al Señor por tres veces que apartara de él ese obstáculo. Y recibió esta sublime respuesta: Te basta mi gracia, porque la fuerza resplandece en la flaqueza. Para superar esa dificultad le basta la ayuda de Dios, y sirve además para poner de manifiesto el poder divino que le permite superarla. Al contar con la ayuda de Dios es más fuerte, y esto le hace exclamar: por eso, con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones y angustias, por Cristo; pues cuando soy débil, entonces soy fuerte. En nuestra debilidad experimentamos constantemente la necesidad de acudir a Dios y a la fortaleza que de Él nos viene. ¡Cuántas veces nos ha dicho el Señor en la intimidad de nuestro corazón: Te basta mi gracia, tienes mi ayuda para vencer en las pruebas y dificultades! Alguna vez quizá experimentemos de modo especialmente vivo la soledad, la flaqueza o la tribulación: «Busca entonces el apoyo del que ha muerto y resucitado. Procúrate cobijo en las llagas de sus manos, de sus pies, de su costado. Y se renovará tu voluntad de recomenzar, y reemprenderás el camino con mayor decisión y eficacia».

Las mismas debilidades y flaquezas se pueden convertir en un bien mayor. Santo Tomás de Aquino, al comentar este pasaje, explica que Dios puede permitir en ocasiones ciertos males de orden físico o moral para obtener bienes más grandes y más necesarios. Nunca nos dejará el Señor en medio de las pruebas. Nuestra misma debilidad nos ayuda a confiar más, a buscar con más presteza el refugio divino, a pedir más fuerzas, a ser más humildes: «¡Señor!, no te fíes de mí. Yo sí que me fío de Ti. Y al barruntar en nuestra alma el amor, la compasión, la ternura con que Cristo Jesús nos mira, porque Él no nos abandona, comprenderemos en toda su hondura las palabras del Apóstol: virtus in infirmitate perficitur (2 Cor 12, 9); con fe en el Señor, a pesar de nuestras miserias -mejor, con nuestras miserias-, seremos fieles a nuestro Padre Dios; brillará el poder divino, sosteniéndonos en medio de nuestra flaqueza».

II. Me fue clavado un aguijón en la carne, un ángel de Satanás, para que me abofetee... Parece como si San Pablo sintiera aquí de una manera muy viva sus limitaciones, junto a las ocasiones en las que ha contemplado la grandeza de Dios y de su misión de Apóstol. También nosotros algunas veces hemos entrevisto en la vida «metas generosas, metas de sinceridad, metas de perseverancia..., y, sin embargo, tenemos como metida en el alma, como en lo más hondo de lo que somos, una especie de raíz de debilidad, de falta de fuerza, de oscura impotencia..., y esto algunas veces nos tiene tristes y decimos: no puedo». Vemos lo que el Señor espera de nosotros en esa situación o en aquellas circunstancias, pero quizá nos encontramos débiles y cansados ante las pruebas y dificultades que debemos superar: «La inteligencia -iluminada por la fe- te muestra claramente no sólo el camino, sino la diferencia entre la manera heroica y la estúpida de recorrerlo. Sobre todo, te pone delante la grandeza y la hermosura divina de las empresas que la Trinidad deja en nuestras manos.

»El sentimiento, en cambio, se apega a todo lo que desprecias, incluso mientras lo consideras despreciable. Parece como si mil menudencias estuvieran esperando cualquier oportunidad, y tan pronto como -por cansancio físico o por pérdida de visión sobrenatural- tu pobre voluntad se debilita, esas pequeñeces se agolpan y se agitan en tu imaginación, hasta formar una montaña que te agobia y te desalienta: las asperezas del trabajo; la resistencia a obedecer; la falta de medios; las luces de bengala de una vida regalada; pequeñas y grandes tentaciones repugnantes; ramalazos de sensiblería; la fatiga; el sabor amargo de la mediocridad espiritual... Y, a veces, también el miedo: miedo porque sabes que Dios te quiere santo y no lo eres.

»Permíteme que te hable con crudeza. Te sobran "motivos" para volver la cara, y te faltan arrestos para corresponder a la gracia que Él te concede, porque te ha llamado a ser otro Cristo, "ipse Christus!" -el mismo Cristo. Te has olvidado de la amonestación del Señor al Apóstol: "¡te basta mi gracia!", que es una confirmación de que, si quieres, puedes».

Te basta mi gracia. Son palabras que hoy el Señor dirige a cada uno de nosotros para que nos llenemos de fortaleza y de esperanza ante las pruebas que tengamos delante. Nuestra misma debilidad nos servirá para gozarnos en el poder de Cristo, nos enseñará a amar y sentir la necesidad de estar siempre muy cerca de Jesús. Las mismas derrotas, los proyectos incumplidos nos llevarán a exclamar: Cuando soy débil, entonces soy fuerte, porque Cristo está conmigo.

Cuando la tentación o los contratiempos o el cansancio se hagan mayores, el demonio tratará de insinuarnos la desconfianza, el desánimo, el descamino. Por eso, hoy debemos aprender la lección que nos da San Pablo: Cristo está entonces especialmente presente con su ayuda; basta que acudamos a Él. Y también podremos decir con el Apóstol: Con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en la persecuciones y angustias, por Cristo.

III. Sería temerario desear la tentación o provocarla, pero sería un error el temerla, como si el Señor no nos fuera a proporcionar su asistencia para vencerla. Podemos aplicarnos confiadamente las palabras del Salmo: Te enviará a su ángeles para que te guarden en todos tus caminos, // y ellos te llevarán en sus manos para que no tropieces en las piedras. // Pisarás sobre áspides y víboras, y hollarás al león y al dragón. // Porque me amó, Yo le salvaré; Yo le defenderé porque confesó mi nombre. // Me invocará y Yo le oiré, estaré con él en la tribulación, le sacaré y le honraré. // Le saciaré de días y le daré a ver mi salvación.

Pero, a la vez, el Señor nos pide prevenir la tentación y poner todos los medios a nuestro alcance para vencerla: la oración y mortificaciones voluntarias; huir de las ocasiones de pecado, pues el que ama el peligro perecerá en él; llevar una vida laboriosa de trabajo continuo, cumpliendo ejemplarmente los deberes profesionales y cambiando de actividad en el descanso; fomentar un gran horror a todo pecado, por pequeño que parezca; y, sobre todo, esforzándonos por aumentar en nosotros el amor a Cristo y a Santa María.

Combatimos con eficacia abriendo el alma en la dirección espiritual cuando comienza a insinuarse la tentación de la infidelidad, «pues manifestarla es ya casi vencerla. El que revela sus propias tentaciones al director espiritual puede estar seguro de que Dios otorga a éste la gracia necesaria para dirigirle bien (...).

»No creamos nunca que la tentación se combate poniéndonos a discutir con ella, ni siquiera afrontándola directamente (...). Apenas se presente, apartemos de ella la mirada para dirigirla al Señor que vive dentro de nosotros y combate a nuestro lado, que ha vencido el pecado; abracémonos a Él en un acto de humilde sumisión a su voluntad, de aceptación de esa cruz de la tentación (...), de confianza en Él y de fe en su proximidad, de súplica para que nos transmita su fuerza. De este modo la tentación nos conducirá a la oración, a la unión con Dios y con Cristo: no será una pérdida, sino una ganancia. Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman (Rom 8, 28)».

De las pruebas, tribulaciones y tentaciones podemos sacar mucho provecho, pues en ellas demostraremos al Señor que le necesitamos y que le amamos. Nos encenderán en el amor y aumentarán las virtudes, pues no sólo vuela el ave por el impulso de sus alas, sino también por la resistencia del aire: de alguna manera, necesitamos obstáculos y contrariedades para que crezca nuestro amor. Cuanto mayor sea la resistencia del ambiente o de las propias flaquezas para ir adelante en el camino, más ayudas y gracias nos dará Dios. Y Nuestra Madre del Cielo estará siempre muy cerca en esos momentos de mayor necesidad: no dejemos de acudir a su protección maternal.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.