(Cfr. www.almudi.org)
La virtud de la caridad
“En aquel tiempo, comenzó Jesús a
decir en la sinagoga: - «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de
oír.» Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras
de gracia que salían de sus labios. Y decían: - «¿No es éste el hijo de
José?» Y Jesús les dijo: - «Sin duda me recitaréis aquel refrán:
"Médico, cúrate a ti mismo"; haz también aquí en tu tierra lo que hemos
oído que has hecho en Cafarnaún.» Y añadió: - «Os aseguro que ningún
profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel habla
muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres
años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a
ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en
el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del
profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que
Naamán, el sirio.» Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron
furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un
barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de
despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba” (Lucas 4,21-30).
I. La Segunda lectura de la Misa nos
recuerda el llamado himno de la caridad, una de las páginas más bellas
de las Cartas de San Pablo. El Espíritu Santo, por medio del Apóstol,
nos habla hoy de unas relaciones entre los hombres completamente
desconocidas para el mundo pagano, pues tienen un fundamento del todo
nuevo: el amor a Cristo. Todo lo que hicisteis por uno de mis hermanos
pequeños, por mí lo hicisteis. Con la ayuda de la gracia, el cristiano
descubre en su prójimo a Dios: sabe que todos somos hijos del mismo
Padre y hermanos de Jesucristo. La virtud sobrenatural de la caridad nos
acerca profundamente al prójimo; no es un mero humanitarismo. «Nuestro
amor no se confunde con una postura sentimental, tampoco con la simple
camaradería, ni con el poco claro afán de ayudar a los otros para
demostrarnos a nosotros mismos que somos superiores. Es convivir con el
prójimo, venerar (...) la imagen de Dios que hay en cada hombre,
procurando que también él la contemple, para que sepa dirigirse a
Cristo».
Nuestro Señor dio contenido nuevo e
incomparablemente más alto al amor al prójimo, señalándolo como el
Mandamiento Nuevo y distintivo de los cristianos. Es el amor divino
-como yo os he amado- la medida del amor que debemos tener a los demás;
es, por tanto, un amor sobrenatural, que Dios mismo pone en nuestros
corazones. Es a la vez un amor hondamente humano, enriquecido y
fortalecido por la gracia.
La caridad se distingue de la
sociabilidad natural, de la fraternidad que nace del vínculo de la
sangre, de la misma compasión de la miseria ajena... Sin embargo, la
virtud teologal de la caridad no excluye estos amores legítimos de la
tierra, sino que los asume y sobrenaturaliza, los purifica y los hace
más profundos y firmes. La caridad del cristiano se expresa
ordinariamente en las virtudes de la convivencia humana, en las muestras
de educación y cortesía, que así quedan elevadas a un orden superior y
definitivo.
Sin ella la vida se queda vacía... La
elocuencia más sublime, y todas las buenas obras si pudieran darse,
serían como sonido de campana o de címbalo, que apenas dura unos
instantes y se apaga. Sin la caridad -nos lo dice el Apóstol-, de poco
sirven los dones más apreciados: si no tengo caridad, nada soy. Muchos
doctores y escribas sabían más de Dios, inmensamente más, que la mayoría
de quienes acompañaban a Jesús -gente que ignora la ley-, pero su
ciencia quedó sin fruto. No entendieron lo fundamental: la presencia del
Mesías en medio de ellos, y su mensaje de comprensión, de respeto y de
amor.
La falta de caridad embota la
inteligencia para el conocimiento de Dios, y también de la dignidad del
hombre; el amor agudiza las potencias, las afina y despierta. Solamente
la caridad -amor a Dios, y al prójimo por Dios- nos prepara y dispone
para entender al Señor y lo que a Él se refiere, en la medida en que una
criatura finita puede hacerlo. El que no ama no conoce a Dios -enseña
San Juan-, porque Dios es amor. También la virtud de la esperanza queda
estéril sin la caridad, «pues es imposible alcanzar aquello que no se
ama»; y todas las obras son baldías sin la caridad, aun las más costosas
y las que comportan sacrificios: si repartiere todos los bienes y
entregara mi cuerpo al fuego, pero no tuviere caridad, de nada me
aprovecha. La caridad por nada puede ser sustituida.
Hoy podríamos preguntarnos en nuestra
oración cómo vivimos esta virtud cada día: si tenemos detalles de
servicio con quienes convivimos, si procuramos ser amables, si pedimos
disculpas cuando no lo somos, si damos paz y alegría a nuestro
alrededor, si ayudamos a los demás en su caminar hacia el Señor o si,
por el contrario, nos mostramos indiferentes; si ponemos en práctica las
obras de misericordia, con la visita a los pobres y enfermos, para
vivir la solidaridad cristiana con los que sufren; si atendemos a los
ancianos, si nos preocupamos por los marginados. En una palabra, si
nuestro trato habitual con el Señor se manifiesta en obras de
comprensión y de servicio a quienes están cerca de nuestro vivir diario.
II. San Pablo nos señala las cualidades
que adornan la caridad. Nos dice, en primer lugar, que la caridad es
paciente con los demás. Para hacer el bien se ha de saber primero
soportar el mal, renunciando de antemano al enfado, al malhumor, al
espíritu desabrido.
La paciencia denota una gran fortaleza.
La caridad necesitará frecuentemente de la paciencia para llevar con
serenidad los posibles defectos, las suspicacias, el mal genio de
quienes tratamos. Esta virtud nos llevará a dar a esos detalles la
importancia que realmente tienen, sin agrandarlos; a esperar el momento
oportuno, si es necesario corregir; a dar una buena contestación, que
logrará en muchas ocasiones que nuestras palabras lleguen
beneficiosamente al corazón de esas personas. La paciencia es una gran
virtud para la convivencia. A través de ella imitamos a Dios, paciente
con tantos errores nuestros y siempre lento a la ira; imitamos a Jesús,
que, conociendo bien la malicia de los fariseos, «condescendió con ellos
para ganarlos, como los buenos médicos, que prodigan mejores remedios a
los enfermos más graves».
La caridad es benigna, es decir, está
dispuesta a hacer el bien a todos. La benignidad sólo cabe en un corazón
grande y generoso; lo mejor de nosotros debe ser para los demás.
La caridad a no es envidiosa, pues
mientras la envidia se entristece del bien ajeno, la caridad se alegra
de ese mismo bien. De la envidia nacen multitud de pecados contra la
caridad: la murmuración, la detracción, el gozo en lo adverso y la
aflicción en lo próspero del prójimo. Con mucha frecuencia, la envidia
es la causa de que se resquebraje la amistad entre amigos y la
fraternidad entre hermanos; es como un cáncer que corroe la convivencia y
la paz. Santo Tomás la llama «madre del odio».
La caridad no obra con soberbia, ni es
jactanciosa. Muchas de las tentaciones contra la caridad se resumen en
actitudes de soberbia hacia el prójimo, pues sólo en la medida en que
nos olvidamos de nosotros mismos podemos atender y preocuparnos de los
demás. Sin humildad no puede existir ninguna otra virtud, y de modo
singular no puede haber amor. En muchas faltas de caridad han existido
previamente otras de vanidad y orgullo, de egoísmo, de deseos de
sobresalir. También de otras muchas maneras se manifiesta la soberbia,
que impide la caridad. «El horizonte del orgulloso es terriblemente
limitado: se agota en él mismo. El orgulloso no logra mirar más allá de
su persona, de sus cualidades, de sus virtudes, de su talento. El suyo
es un horizonte sin Dios. Y en este panorama tan mezquino ni siquiera
aparecen los demás: no hay sitio para ellos».
La caridad no es ambiciosa, no busca lo
suyo. La caridad no pide nada para uno mismo: da sin calcular
retribución alguna. Sabe que ama a Jesús en los demás, y esto le basta.
No sólo no es ambiciosa, con un deseo desmesurado de ganancia, sino que
ni siquiera busca lo suyo: busca a Jesús.
La caridad no toma en cuenta el mal, no
guarda listas de agravios personales, todo lo excusa. No sólo pedimos
ayuda al Señor para excusar la posible paja en el ojo ajeno, si se
diera, sino que nos debe pesar la viga en el propio, las muchas
infidelidades a nuestro Dios. La caridad todo lo cree, todo lo espera,
todo lo sufre. Todo, sin exceptuar nada.
Es mucho lo que podemos dar: fe,
alegría, un pequeño elogio, cariño... Nunca esperemos nada a cambio. No
nos molestemos si no somos correspondidos: la caridad no busca lo suyo,
lo que humanamente considerado parecería que se nos debe. No busquemos
nada y habremos encontrado a Jesús.
III. La caridad no termina jamás. Las
profecías desaparecerán, las lenguas cesarán, la ciencia quedará anulada
(...). Ahora permanecen la fe, la esperanza, la caridad: las tres
virtudes. Pero de ellas la más grande es la caridad.
Estas tres virtudes teologales son las
más importantes de la vida cristiana porque tienen a Dios como objeto y
fin. La fe y la esperanza no permanecen en el Cielo: la fe es sustituida
por la visión beatífica; la esperanza, por la posesión de Dios. La
caridad, en cambio, perdura eternamente; a quién la tierra es ya un
comienzo del Cielo, y la vida eterna consistirá en un acto
ininterrumpido de caridad.
Esforzaos por alcanzar la caridad, nos
apremia San Pablo. Es el mayor don y el principal mandamiento del Señor.
Será el distintivo por el que conocerán que somos discípulos de Cristo;
es una virtud que, para bien o para mal, estamos poniendo a prueba en
todo momento. Porque a todas horas podemos socorrer una necesidad, tener
una palabra amable, evitar una murmuración, dar una palabra de aliento,
ceder el paso, interceder ante el Señor por alguien especialmente
necesitado, dar un buen consejo, sonreír, ayudar a crear un clima más
amable en nuestra familia o en el lugar de trabajo, disculpar, formular
un juicio más benévolo, etc. Podemos hacer el bien u omitirlo; también,
hacer positivamente daño a los demás, no sólo por omisión. Y la caridad
nos urge continuamente a ser activos en el amor con obras de servicio,
con oración, y también con la penitencia.
Cuando crecemos en la caridad, todas las
virtudes se enriquecen y se hacen más fuertes. Y ninguna de ellas es
verdadera virtud si no está penetrada por la caridad: «tanto tienes de
virtud cuanto tienes de amor, y no más».
Si acudimos frecuentemente a la Virgen,
Ella nos enseñará a querer y a tratar a los demás, pues es Maestra de
caridad. «La inmensa caridad de María por la humanidad hace que se
cumpla, también en Ella, la afirmación de Cristo: nadie tiene amor más
grande que el que da su vida por sus amigos (Jn 15, 13)». Nuestra Madre
Santa María también se entregó por nosotros.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal