Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

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19 enero 2023

Meditación Domngo 3º t.o. (A)

 (Cfr. www.almudi.org)

 

La luz en las tinieblas

«Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió   lo que había dicho el profeta Isaías: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló.» Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: -«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.» Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: -«Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres.» Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo»(Mateo 4,12-23).  

I. Dominus illuminatio mea et salus mea: quem timebo? El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?. Estas palabras del Salmo responsorial son una confesión de fe y una manifestación de nuestra seguridad: fe en el Señor, que es la Luz de nuestras vidas; seguridad, porque en Cristo encontramos las fuerzas necesarias para andar por nuestra senda cotidiana. Luz de luz, decimos en el Credo de la Misa, referido al Hijo de Dios.

La humanidad caminó en tinieblas hasta que la luz brilló en la tierra cuando Jesús nació en Belén, como hemos considerado en las pasadas semanas. Envolvió con su claridad a María y a José, y a los pastores, y a los Magos. Luego, ese lucero brillante de la mañana se ocultó durante años en la pequeña ciudad de Nazaret y llevó la vida normal de sus paisanos. En realidad seguía iluminando la vida de los hombres, pues en los años de Nazaret nos mostraba con ese ocultamiento que la vida corriente puede y debe santificarse. Ahora, después de haber dejado Nazaret y del Bautismo en el Jordán, va a Cafarnaún para dar comienzo a su ministerio público.

San Mateo recoge en el Evangelio de la Misa la profecía de Isaías en la que se dice que el Mesías iluminaría toda la tierra. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló. Como sol apenas amanecido, trae Jesús el resplandor de la verdad del mundo, y una claridad sobrenatural a las inteligencias que no quieren permanecer más en la oscuridad de la ignorancia y del error.

San Mateo narra también que los primeros que ya en la vida pública del Señor, recibieron eficazmente el influjo de esta luz fueron aquellos discípulos a quienes llamó mientras caminaba junto al lago de Galilea. Primero fueron Simeón y Andrés, que eran pescadores. Jesús los llamó y ellos inmediatamente dejaron las redes y le siguieron; y luego a los otros dos hermanos, Santiago y Juan, quienes también lo dejaron todo enseguida y siguieron a Jesús. Estos hombres «experimentaron la fascinación de la luz secreta que emanaba de Él, y sin demora la siguieron para iluminar con su fulgor el camino de su vida. Pero esa luz de Jesús resplandece para todos». Él se acerca a nuestra oscuridad para darle sentido a nuestro vivir: al trabajo diario, al cansancio, a las penas y a las alegrías.

Para muchos personajes que nos muestra el Evangelio, para muchedumbres enteras, la vida de Jesús parece como el relato de un encuentro; estamos a veces en la oscuridad, y la luz está deseando traspasarla. Ahora se está cumpliendo también aquella profecía de Isaías, que recoge la Primera lectura de la Misa: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: se gozan en tu presencia como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Es la alegría de la fe, que ilumina todos nuestros quehaceres; es la maravilla de Jesús que da sentido a todo lo nuestro.

II. Jesucristo, luz del mundo, llamó en primer lugar a unos hombres sencillos de Galilea, iluminó sus vidas, los ganó para su causa y les pidió una entrega sin condiciones. Aquellos pescadores de Galilea salieron de la penumbra de una existencia sin relieve ni horizonte y siguieron al Maestro, como lo harían más tarde otros, y después no han cesado de seguirle a lo largo de los siglos. Le siguen hasta dar la vida por Él. Le seguimos nosotros.

El Señor nos llama ahora para que vayamos en pos de Él y para que iluminemos la vida de los hombres y sus actividades nobles con la luz de la fe: bien sabemos que el remedio a tantos males que aquejan a la humanidad es la fe en Jesucristo, nuestro Maestro y Señor. Sin Él los hombres caminan a oscuras, y por eso tropiezan y caen. La fe que debemos comunicar es luz en la inteligencia, una luz incomparable: «fuera de la fe están las tinieblas, la oscuridad infranatural, que es consecuencia del pecado».

Las palabras llegarán al corazón de nuestros amigos si antes ha llegado el ejemplo de nuestro actuar: la puntualidad a la hora de comenzar la tarea, el aprovechamiento del tiempo en ese trabajo o en el estudio; la fortaleza para no perder la serenidad en medio de las dificultades; las ayudas, muchas veces pequeñas, a los compañeros de trabajo; el ejercicio de las virtudes humanas propias del cristiano: optimismo, cordialidad, reciedumbre, lealtad a la empresa, a los amigos -sin ceder nunca a la crítica, a la murmuración-... No sería coherente con su fe el cristiano que no pone todo su empeño por ser competente en su trabajo y, mucho menos, el que lesiona algún aspecto de la justicia en sus relaciones laborales, con otras personas o con la sociedad.

Para llevar la luz de la fe al ambiente en el que nos movemos, necesitamos una buena formación, el conocimiento del Magisterio de la Iglesia acerca de las cuestiones más actuales que a cada uno atañen según su profesión, para crear un orden social justo, que fomente la dignidad y las libertades de la persona humana. Y puede ocurrir que la generosidad y la justicia en el comportamiento profesional al llevar a la práctica la doctrina de Jesucristo, que tiene consecuencias concretas en la vida de los que quieren ser buenos cristianos, choquen más o menos abiertamente con los usos corrientes entre los colegas, o simplemente con el egoísmo y el aburguesamiento del momento. El Señor espera de cada discípulo suyo que sea realmente fiel a la verdad, con fortaleza y valentía, porque así ayudará a muchos a que se replanteen su modo de actuar, su sentido de la vida. Alguna vez tendremos que recordar aquella advertencia de San Pablo a los cristianos de Corinto: nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles. Siempre chocará el mensaje de Cristo con una sociedad enferma por el materialismo y con una actitud ante la vida conformista y aburguesada.

Viriliter age: pórtate con fortaleza: podemos preguntarnos hoy si en nuestro ambiente se nos conoce por esa coherencia de vida, por la ejemplaridad en el quehacer profesional -con la valentía a la que nos impulsa el Espíritu Santo-, en nuestro estudio si somos estudiantes, en el ejercicio diario de las virtudes humanas y de las sobrenaturales, en la práctica de las obras de misericordia, espirituales y corporales.

III. A todos nos llama el Señor para ser luz del mundo, y esa luz no puede quedar escondida: «somos lámparas que han sido encendidas con la luz de la verdad». Para dar a conocer la doctrina de Jesucristo, para que ilumine también toda nuestra vida, debemos poner los medios para conocerla con profundidad, con la hondura que pide nuestra formación humana, la edad, la responsabilidad de cara a los hijos, al ambiente que nos circunda, a la sociedad. Debemos conocer con precisión los deberes de justicia de nuestro trabajo y las exigencias de la caridad, que va más allá; el bien que tenemos oportunidad de realizar, y hacerlo; el mal que podría derivar de una determinada actuación, y evitarlo; admitir que, en ocasiones quizá no infrecuentes, tendremos necesidad de pedir consejo y movernos luego con la responsabilidad personal de un buen cristiano que es a la vez un buen ciudadano, un hombre fiel y responsable con su familia, en su trabajo, en sus estudios.

En la Iglesia ha depositado el Señor el tesoro de su doctrina. A su Magisterio acudiremos, como los barcos acuden al faro, para encontrar orientación y luz en muchos problemas que afectan a la salvación e incluso a la misma dignidad de la persona humana.

Si como cristianos que viven en el entramado de la sociedad hemos de santificarnos en y a través del trabajo, debemos conocer muy bien los principios de la ética profesional, y aplicarlos luego en el ejercicio de la profesión, aunque estos criterios resulten exigentes y costosos a la hora de llevarlos a la práctica. Para esto es indispensable «vida interior y formación doctrinal. ¡Exígete! -Tú ‑caballero cristiano, mujer cristiana- has de ser sal de la tierra y luz del mundo, porque estás obligado a dar ejemplo con una santa desvergüenza.

»Te ha de urgir la caridad de Cristo y, al sentirte y saberte otro Cristo desde el momento en que le has dicho que le sigues, no te separarás de tus iguales -tus parientes, tus amigos, tus colegas-, lo mismo que no se separa la sal del alimento que condimenta.

»Tu vida interior y tu formación comprenden la piedad y el criterio que ha de tener un hijo de Dios, para sazonarlo todo, con su presencia activa.

»Pide al Señor que siempre seas un buen condimento en la vida de los demás».

También acudimos a la Virgen; le pedimos fortaleza y sencillez para vivir como los primeros cristianos en medio del mundo sin ser mundanos, para ser luz de Cristo en nuestra profesión y ambiente.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

01 febrero 2021

Homilía Domingo 4º t.o. (B)

 (Cfr. www.almudi.org)

 


(Deut 18,15-20) "Suscitaré un profeta de entre tus hermanos"
(1 Cor 7,32-35) "Os digo todo esto para vuestro bien"
(Mc 1,21-28) "Este enseñar con autoridad es nuevo"

 

--- Liberación del pecado

“Llegan a Cafarnaúm. Al llegar el sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Y quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios» Jesús, entonces, le conminó diciendo: «Cállate y sal de él». Y agitándole violentamente el espíritu inmundo, dio un fuerte grito y salió de él. Todos quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad! Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen.» Bien pronto su fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea” (Mc 1,21-28).

El Evangelio nos habla de la curación de un endemoniado. La victoria sobre el espíritu inmundo es una señal más de la llegada del Mesías, Que viene a liberar a los hombres de la más temible esclavitud: la del demonio y el pecado.

No se excluye -decía Juan Pablo II- que en ciertos casos el espíritu maligno llegue incluso a ejercitar su influjo no sólo sobre las cosas materiales, sino también sobre el cuerpo del hombre, por lo que se habla de “posesiones diabólicas”. Los posesos pierden frecuentemente el dominio de sí mismos, sobre sus gestos y palabras; en ocasiones son instrumentos del demonio. Por eso, esos milagros que realiza el Señor manifiestan la llegada del reino de Dios y la expulsión del diablo fuera de los dominios del reino: “Ahora el príncipe de este mundo va a ser arrojado fuera” (Jn 12,31). Cuando vuelven los setenta y dos discípulos, llenos de alegría por los resultados de su misión apostólica, le dicen a Jesús: Señor hasta los demonios se nos someten en tu nombre. Y el Maestro les contesta: Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo. Desde la llegada de Cristo el demonio se bate en retirada, aunque es mucho su poder y “su presencia se hace más fuerte a medida que el hombre y la sociedad se alejan de Dios” (Juan Pablo II 13-8-86); mediante el pecado mortal muchos hombres quedan sujetos a la esclavitud del demonio, se alejan de Dios para penetrar en el reino de las tinieblas, del mal; en un grado u otro, se convierten en instrumentos del mal en el mundo, y quedan sometidos a la peor de las esclavitudes. “En verdad os digo: todo el que comete pecado, esclavo es del pecado” (Jn 8,34).

--- Estar vigilantes

Debemos permanecer vigilantes, para discernir y rechazar las insidias del tentador. “Toda vida humana, individual o colectiva, se presenta como lucha -lucha dramática- entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Es más: el hombre se siente incapaz de someter con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas” (Gaudium et Spes 13, Conc. Vat. II). Por eso, hemos de dar todo su sentido a la última de las peticiones que Cristo nos enseñó en el Padrenuestro: líbranos del mal, manteniendo a raya la concupiscencia y combatiendo, con la ayuda de Dios, la influencia del demonio, siempre al acecho, que inclina al pecado.

Jesús no ha venido a liberarnos “de los pueblos dominadores, sino del demonio; no de la cautividad del cuerpo, sino de la malicia del alma” (San Agustín).

“Líbranos, oh Señor, del Mal, del Maligno; no nos dejes caer en la tentación. Haz, por tu infinita misericordia, que no cedamos ante la infidelidad a la cual nos seduce aquel que ha sido infiel desde el comienzo” (Juan Pablo II).

La Iglesia nos enseña que existen pecados mortales por naturaleza -que causan la muerte espiritual, la pérdida de la vida sobrenatural-, mientras otros son veniales, los cuales, aunque no se oponen radicalmente a Dios, obstaculizan el ejercicio de las virtudes sobrenaturales y disponen para caer en pecados graves.

San Pablo nos recuerda que fuimos rescatados a un precio alto (1 Cor 7,23) y nos exhorta con firmeza a no volver de nuevo a la esclavitud; hemos de ser sinceros con nosotros mismos, para evitar reincidir, avivando en nuestras almas el afán de santidad. "El primer requisito para desterrar ese mal que el Señor condena duramente, es procurar conducirse con la disposición clara, habitual y actual, de aversión al pecado. Reciamente, con sinceridad, hemos de sentir -en el corazón y en la cabeza- horror al pecado grave. Y también ha de ser nuestra la actitud, hondamente arraigada, de abominar del pecado venial deliberado, de esas claudicaciones que no nos privan de la gracia divina, pero debilitan los cauces por los que nos llega" (Amigos de Dios.243).

Hemos de hacer nuestro aquel lamento del profeta Jeremías: “Pasmaos, cielos, de esto y horrorizaos sobremanera, dice Yahvé. Un doble crimen ha cometido mi pueblo: dejarme a mí, fuente de agua viva, para excavarse cisternas agrietadas incapaces de retener el agua” (Jer 2,12-13). Aquí reside la maldad del pecado: en que los hombres, "habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como Dios, sino que se envanecieron con sus razonamientos y quedó su insensato corazón lleno de tinieblas, dando culto y sirviendo a las criaturas en lugar de adorar al Creador" (Rom 1,21-25).

Si no nos percatamos -nunca penetraremos bastante en la realidad del mysterium iniquitatis que es el pecado- de la malicia de la ofensa a Dios, nunca plantearemos la lucha en la frontera de lo grave y lo leve, pues el pecado mayor está en "despreciar la pelea en esas escaramuzas, que calan poco a poco en el alma, hasta volverla blanda, quebradiza e indiferente, insensible a las voces de Dios" (Es Cristo que pasa 77). "¡Qué pena me das mientras no sientas dolor de tus pecados veniales! ‑Porque, hasta entonces, no habrás comenzado a tener verdadera vida interior" (Camino 330).

Pidamos al Señor su luz, su amor, su fuego que nos purifique, para no empequeñecer nunca la grandeza de nuestra vocación, para no quedar atrapados en la mediocridad espiritual a la que lleva la lucha lánguida, floja, ante las faltas veniales.

Para luchar contra los pecados veniales el cristiano ha de darles la importancia que tienen: son los causantes de la mediocridad espiritual, de la tibieza, y los que hacen realmente dificultoso el camino de la vida interior.

"Ten siempre verdadero dolor de los pecados que confiesas, por leves que sean -aconsejaba San Francisco de Sales-, y haz firme propósito de la enmienda para adelante. Muchos hay que pierden grandes bienes y mucho aprovechamiento espiritual porque, confesándose de los pecados veniales como por costumbre y cumplimiento, sin pensar enmendarse, permanecen toda la vida cargados de ellos".

Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón.