Desde este blog se pretende facilitar el aprendizaje de la predicación y la oración personal. Todos los que tratamos a Dios podemos aprender y mejorar, usando este blog, nuestra amistad con el Señor.
Homilía basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
«El sacramento del perdón en la Iglesia»
I. LA PALABRA DE DIOS
Ez 33,7-9: «Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre»
Sal 94,1s.6s.8s.: "Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis vuestro corazón»"
Rm 13,8-10: «La plenitud de la ley es el amor»
Mt 18,15-20: «Si te hace caso has salvado a tu hermano»
II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO
Las primeras Lecturas y los Evangelios de este Domingo y del siguiente giran en torno al perdón del pecado en la Iglesia.
En este Domingo nos centramos en los versículos del Evangelio más
destacados a lo largo de la historia: «... todo lo que atéis en la
tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra
quedará desatado en el cielo».
Desde los comienzos, la Iglesia ha entendido en esa expresión lapidaria
el poder que Cristo le ha concedido de perdonar el pecado. El Cristo
perdonador del Evangelio se hace presente y sensible en el sacramento de
la Penitencia y del perdón, para curar el corazón – por la penitencia– y
hacerlo nuevo – por su perdón creador– (cf Sal 50,12).
III. SITUACIÓN HUMANA
Aun cuando el hombre quiera desentenderse de Dios, el pecado pesa en su interior. Hay que sacarlo para sentirse liberado.
La situación de quien no «siente» el pecado es semejante a la del enfermo que ignora el cáncer que tiene dentro de sí.
El drama del hombre de hoy, compartido por no pocos cristianos, no es
tanto no necesitar el perdón cuanto el no ser conscientes de su pecado.
IV. LA FE DE LA IGLESIA
La fe
– El perdón del pecado se obtiene por el "... Sacramento de la
Penitencia... [que] consagra un proceso personal y eclesial de
conversión, de arrepentimiento y de reparación por parte del cristiano
pecador... Sacramento del perdón porque, por la absolución sacramental
del sacerdote, Dios concede al penitente «el perdón y la paz»" (OP,
fórmula de la absolución) (1423. 1424).
– La riqueza teológica de este sacramento se expresa en sus distintas denominaciones: 1423-1424.
La respuesta
– La conversión del corazón, obra de Dios en nosotros y de nosotros con
Dios: «El corazón del hombre es rudo y endurecido. Es preciso que Dios
dé al hombre un corazón nuevo (cf Ez 36,26-27). La conversión es
primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a él nuestros
corazones: conviértenos, Señor, y nos convertiremos...» « Dios es quien
nos da la fuerza para comenzar de nuevo... El corazón humano se
convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron...» (1432).
– Para ahondar en la conversión: 1425-1429.
– La conversión es el comienzo de la nueva creación.
El testimonio cristiano
– La «... reconciliación con Dios tiene como consecuencia, por así
decir, otras reconciliaciones que reparan las rupturas causadas por el
pecado: el penitente perdonado se reconcilia consigo mismo en el fondo
más íntimo de su propio ser, en el que recupera la propia verdad
interior; se reconcilia con los hermanos, agredidos y lesionados por él
de algún modo; se recocilia con la Iglesia, se reconcilia con toda la
creación (RP 31)» (1469).
La meditación del Evangelio por la Iglesia a lo largo de los siglos nos
recuerda el gran sacramento de la Penitencia y del perdón en Mt 18, 18.
Como todo sacramento, es gracia, gracia de conversión, y sintonía del
bautizado con ese don de Dios.
(Hch 2,1-11) "Empezaron a hablar en lenguas extranjeras"
(1 Cor 12,3b-7.12-13) "En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común"
(Jn 20,19-23) "Recibid el Espíritu Santo"
Homilía con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía en la Misa de Pentecostés (22-V-1988)
--- La misión del Hijo y del Espíritu Santo
--- La misión de la Iglesia
--- El Espíritu Santo en la Iglesia.
--- La misión del Hijo y del Espíritu Santo
“Se llenaron todos del Espíritu Santo” (Hch 2,4).
Este es el día (haec est dies), en que el poder del misterio pascual se manifiesta en el nacimiento de la Iglesia.
Este es el día, en que ante Jerusalén
-en presencia de los habitantes de la ciudad y de los peregrinos- se
cumplen las palabras que dirigió Jesús a los Apóstoles después de la
resurrección: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,22).
Leemos en los hechos de los Apóstoles:
“Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas
extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería” (Hch
2,4).
En este discurso, que comprendieron
enseguida los que lo escuchaban, incluso los que provenían de distintos
países del mundo entonces conocido, se manifiesta el inicio de la
misión: “como el Padre me ha enviado, así os mando yo” (Jn 20,21). “Id
(por todo el mundo) y haced discípulos de todos los pueblos” (Mt 28,19).
--- La misión de la Iglesia
La Iglesia lleva dentro de sí desde el
día de su nacimiento la misión del Hijo y del Espíritu Santo, y, en
virtud del Espíritu de verdad, el Espíritu-Paráclito, permanece en ella
la misión del Hijo: el Evangelio de la salvación eterna.
“Les oímos hablar de las maravillas de
Dios en nuestra propia lengua” (Hch 2,11), exclaman totalmente
desconcertados los que participaban en el Pentecostés de Jerusalén.
“ ¡Cuántas son tus obras, Señor; la
tierra está llena de tus criaturas!... Envías tu aliento y los creas, y
repueblas la faz de la tierra” (Sal 103/104,24.30).
Así se expresa el Salmista.
Sin embargo, “las maravillas de Dios”,
que anuncian los Apóstoles el día de Pentecostés por medio de Pedro,
tienen un solo nombre: “Jesucristo”. Y hay una sola expresión del poder
de Dios, que se ha manifestado entre nosotros: “Jesús es el Señor” (1
Cor 12,3).
Esta gran obra de Dios, la mayor de
todas en la historia de la creación y en la historia del hombre, está
unida al nombre de Jesús de Nazaret, al Hijo de Dios que “se despojó de
su rango tomando la condición de esclavo, que se sometió incluso a la
muerte, y una muerte de Cruz, al que Dios levantó y al que Dios le
concedió el "Nombre-sobre-todo-nombre": Jesucristo es el Señor, para
gloria de Dios Padre” (cf. Flp 2,7-9.11).
Señor -Kyrios- significa Dios (Adonai).
--- El Espíritu Santo en la Iglesia.
Precisamente esta verdad, esta “grande,
la mayor obra de Dios” es la que anuncia Pedro el día de Pentecostés. Él
habla por virtud del Espíritu Santo. “Nadie puede decir: "Jesús es el
Señor", si no es bajo la acción del Espíritu Santo” (1 Cor 12,3).
Desde el día de Pentecostés de Jerusalén
la Iglesia pronuncia esta verdad salvífica: “Jesús es el Señor”. La
anuncian los Apóstoles, la acogen los que los escuchan, procedentes de
diversos pueblos y naciones de la tierra. Y confiesan: “ ¡Jesucristo -el
crucificado y resucitado- es el Señor!”.
Desde el día de Pentecostés, en virtud
del Espíritu Santo -que da la vida- comienza la peregrinación en la fe
del nuevo Israel, del pueblo mesiánico.
La dignidad de hijos de Dios en cuyos
corazones mora el Espíritu Santo como en un templo, se ha convertido en
la herencia de este pueblo. El mandato nuevo de amar como Cristo nos ha
amado (cf. Jn 13,34) se ha convertido en su ley. El reino de Dios,
comenzado en la tierra por el mismo Dios, se ha convertido en su fin.
Así enseña el Concilio Vaticano II: “Este pueblo mesiánico..., aunque no
excluya a todos los hombres actualmente y con frecuencia parezca una
grey pequeña, es, sin embargo, para todo el género humano, un germen
segurísimo de unidad, de esperanza de salvación” (LG 9).
“La Iglesia es en Cristo como un sacramento... de la unión íntima con Dios” (LG 1).
“En aquel tiempo, dijo Jesús: - «Mis
ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les
doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de
mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede
arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno»” (Juan 10,27-30).
I. Ha resucitado el buen Pastor que dio la vida por sus ovejas, y se dignó morir por su grey. Aleluya. La
figura del buen Pastor determina la liturgia de este domingo. El
sacrificio del Pastor ha dado la vida a las ovejas y las ha devuelto al
redil. Años más tarde, San Pedro afianzaba a los cristianos en la fe
recordándoles en medio de la persecución lo que Cristo había hecho y
sufrido por ellos: por sus heridas habéis sido curados. Porque erais
como ovejas descarriadas; mas ahora os habéis vuelto al pastor y
guardián de vuestras almas. Por eso la Iglesia entera se llena de gozo
inmenso de la resurrección de Jesucristo y le pide a Dios Padre que el
débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su
Pastor. Los primeros cristianos manifestaron una entrañable
predilección por la imagen del Buen Pastor, de la que nos han quedado
innumerables testimonios en pinturas murales, relieves, dibujos que
acompañan epitafios, mosaicos y esculturas, en las catacumbas y en los
más venerables edificios de la antigüedad. La liturgia de este domingo
nos invita a meditar en la misericordiosa ternura de nuestro Salvador,
para que reconozcamos los derechos que con su muerte ha adquirido sobre
cada uno de nosotros. También es una buena ocasión para llevar a nuestra
oración personal nuestro amor a los buenos pastores que Él dejó en su
nombre para guiarnos y guardarnos. En el Antiguo Testamento se habla
frecuentemente del Mesías como del buen Pastor que habría de alimentar,
regir y gobernar al pueblo de Dios, frecuentemente abandonado y
disperso. En Jesús se cumplen las profecías del Pastor esperado, con
nuevas características. Él es el buen Pastor que da la vida por sus
ovejas y establece pastores que continúen su misión. Frente a los
ladrones, que buscan su interés y pierden el rebaño, Jesús es la puerta
de salvación; quien pasa por ella encontrará pastos abundantes. Existe
una tierna relación personal entre Jesús, buen Pastor, y sus ovejas:
llama a cada una por su nombre; va delante de ellas; las ovejas le
siguen porque conocen su voz... Es el pastor único que forma un solo
rebaño protegido por el amor del Padre. Es el pastor supremo. En su
última aparición, poco antes de la Ascensión, Cristo resucitado
constituye a Pedro pastor de su rebaño, guía de la Iglesia. Se cumple
entonces la promesa que le hiciera poco antes de la Pasión: pero yo he
rogado por ti para que no desfallezca tu fe, y tú, una vez convertido,
confirma a tus hermanos. A continuación le profetiza que, como buen
pastor, también morirá por su rebaño. Cristo confía en Pedro, a pesar
de las negaciones. Sólo le pregunta si le ama, tantas veces cuantas
habían sido las negaciones. El Señor no tiene inconveniente en confiar
su Iglesia a un hombre con flaquezas, pero que se arrepiente y ama con
obras. Pedro se entristeció porque le preguntó por tercera vez si le
amaba, y le respondió: Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo. Le
dijo Jesús: Apacienta mis ovejas. La imagen del pastor que Jesús se
había aplicado a sí mismo pasa a Pedro: él ha de continuar la misión del
Señor, ser su representante en la tierra. Las palabras de Jesús a
Pedro -apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas- indican que la
misión de Pedro será la de guardar todo el rebaño del Señor, sin
excepción. Y «apacentar» equivale a dirigir y gobernar. Pedro queda
constituido pastor y guía de la Iglesia entera. Como señala el Concilio
Vaticano II, Jesucristo «puso al frente de los demás Apóstoles al
bienaventurado Pedro e instituyó en la persona del mismo el principio y
fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de fe y de comunión». Donde está Pedro se encuentra la Iglesia de Cristo. Junto a él conocemos con certeza el camino que conduce a la salvación.
II. Sobre el primado de Pedro -la roca-
estará asentado, hasta el fin del mundo, el edificio de la Iglesia. La
figura de Pedro se agranda de modo inconmensurable, porque realmente el
fundamento de la Iglesia es Cristo, y, desde ahora, en su lugar estará
Pedro. De aquí que el nombre posterior que reciban sus sucesores será el
de Vicario de Cristo, es decir, el que hace las veces de Cristo. Pedro
es la firme seguridad de la Iglesia frente a todas las tempestades que
ha sufrido y padecerá a lo largo de los siglos. El fundamento que le
proporciona y la vigilancia que ejerce sobre ella como buen pastor son
la garantía de que saldrá victoriosa a pesar de que estará sometida a
pruebas y tentaciones. Pedro morirá unos años más tarde, pero su oficio
de pastor supremo «es preciso que dure eternamente por obra del Señor,
para perpetua salud y bien perenne de la Iglesia, que, fundada sobre
roca, debe permanecer firme hasta la consumación de los siglos». El
amor al Papa se remonta a los mismos comienzos de la Iglesia. Los Hechos
de los Apóstoles nos narran la conmovedora actitud de los primeros
cristianos, cuando San Pedro es encarcelado por Herodes Agripa, que
espera darle muerte después de la fiesta de Pascua. Mientras tanto la
Iglesia rogaba incesantemente por él a Dios. «Observad los sentimientos
de los fieles hacia sus pastores -dice San Crisóstomo-. No recurren a
disturbios ni a rebeldía, sino a la oración, que es el remedio
invencible. No dicen: como somos hombres sin poder alguno, es inútil que
oremos por él. Rezaban por amor y no pensaban nada semejante». Debemos
rezar mucho por el Papa, que lleva sobre sus hombros el grave peso de
la Iglesia, y por sus intenciones. Quizá podemos hacerlo con las
palabras de esta oración litúrgica: Dominus conservet eum, et vivificet
eum, et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in animam
inimicorum eius: Que el Señor le guarde, y le dé vida, y le haga feliz
en la tierra, y no le entregue en poder de sus enemigos. Todos los días
sube hacia Dios un clamor de la Iglesia entera rogando «con él y por él»
en todas partes del mundo. No se celebra ninguna Misa sin que se
mencione su nombre y pidamos por su persona y por sus intenciones. El
Señor verá también con mucho agrado que nos acordemos a lo largo del día
de ofrecer oraciones, horas de trabajo o de estudio, y alguna
mortificación por su Vicario aquí en la tierra. «Gracias, Dios mío,
por el amor al Papa que has puesto en mi corazón»: ojalá podamos decir
esto cada día con más motivo. Este amor y veneración por el Romano
Pontífice es uno de los grandes dones que el Señor nos ha dejado.
III. Junto a nuestra oración, nuestro
amor y nuestro respeto para quien hace las veces de Cristo en la tierra.
«El amor al Romano Pontífice ha de ser en nosotros una hermosa pasión,
porque en él vemos a Cristo». Por esto, «no cederemos a la tentación,
demasiado fácil, de oponer un Papa a otro, para no otorgar nuestra
confianza sino a aquel cuyos actos respondan mejor a nuestras
inclinaciones personales. No seremos de aquellos que añoran al Papa de
ayer o que esperan al de mañana para dispensarse de obedecer al jefe de
hoy. Leed los textos del ceremonial de la coronación de los pontífices y
notaréis que ninguno confiere al elegido por el cónclave los poderes de
su dignidad. El sucesor de Pedro tiene esos poderes directamente de
Cristo. Cuando hablemos del sumo Pontífice eliminemos de nuestro
vocabulario, por consiguiente, las expresiones tomadas de las asambleas
parlamentarias o de la polémica de los periódicos y no permitamos que
hombres extraños a nuestra fe se cuiden de revelarnos el prestigio que
tiene sobre el mundo el jefe de la Cristiandad». Y no habría respeto y
amor verdadero al Papa si no hubiera una obediencia fiel, interna y
externa, a sus enseñanzas y a su doctrina. Los buenos hijos escuchan con
veneración aun los simples consejos del Padre común y procuran ponerlos
sinceramente en práctica. En el Papa debemos ver a quien está en
lugar de Cristo en el mundo: al «dulce Cristo en la tierra», como solía
decir Santa Catalina de Siena; y amarle y escucharle, porque en su voz
está la verdad. Haremos que sus palabras lleguen a todos los rincones
del mundo, sin deformaciones, para que, lo mismo que cuando Cristo
andaba sobre la tierra, muchos desorientados por la ignorancia y el
error descubran la verdad y muchos afligidos recobren la esperanza. Dar a
conocer sus enseñanzas es parte de la tarea apostólica del cristiano. Al
Papa pueden aplicarse aquellas mismas palabras de Jesús: Si alguno está
unido a mí, ése lleva mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada.
Sin esa unión todos los frutos serían aparentes y vacíos y, en muchos
casos, amargos y dañosos para todo el Cuerpo Místico de Cristo. Por el
contrario, si estamos muy unidos al Papa, no nos faltarán motivos, ante
la tarea que nos espera, para el optimismo que reflejan estas palabras
de Mons. Escrivá de Balaguer: «Gozosamente te bendigo, hijo, por esa fe
en tu misión de apóstol que te llevó a escribir: "No cabe duda: el
porvenir es seguro, quizá a pesar de nosotros. Pero es menester que
seamos una sola cosa con la Cabeza -«ut omnes unum sint!»- por la
oración y por el sacrificio"».
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal
El Papa ha explicado en la Audiencia general por qué la oración es decisiva en la Iglesia
Catequesis del Santo Padre en español
Texto completo de la catequesis del Santo Padre traducida al español
La Iglesia es una gran escuela de
oración. Muchos hemos aprendido a pronunciar las primeras oraciones
estando sobre las rodillas de nuestros padres o abuelos. Quizá
conservamos el recuerdo de mamá y papá que nos enseñaban a rezar las
oraciones antes de ir a dormir. Esos momentos de recogimiento son a
menudo aquellos en los que los padres escuchan de sus hijos alguna
confidencia íntima y pueden dar su consejo inspirado en el Evangelio.
Después, en el camino del crecimiento, se tienen otros encuentros, con
otros testigos y maestros de oración (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 2686-2687). Es bueno recordarlos.
La vida de una parroquia y de toda
comunidad cristiana está marcada por los tiempos de la liturgia y de la
oración comunitaria. Aquel don que en la infancia recibimos con
sencillez, nos damos cuenta de que es un patrimonio grande, un
patrimonio muy rico, y que la experiencia de la oración merece ser
profundizada cada vez más (cfr. ibíd., 2688). El hábito de la
fe no es almidonado, se desarrolla con nosotros; no es rígido, crece,
también a través de momentos de crisis y resurrecciones; es más, no se
puede crecer sin momentos de crisis, porque la crisis te hace crecer:
entrar en crisis es un modo necesario para crecer. Y el aliento de la fe
es la oración: crecemos en la fe tanto como aprendemos a rezar. Después
de ciertos pasajes de la vida, nos damos cuenta de que sin la fe no
hubiéramos podido lograrlo y que la oración ha sido nuestra fuerza. No
solo la oración personal, sino también la de los hermanos y hermanas, y
de la comunidad que nos ha acompañado y sostenido, de la gente que nos
conoce, de la gente a la que pedimos rezar por nosotros.
También por eso en la Iglesia florecen
continuamente comunidades y grupos dedicados a la oración. Algún
cristiano siente incluso la llamada a hacer de la oración la acción
principal de su día. En la Iglesia hay monasterios, hay conventos,
ermitas, donde viven personas consagradas a Dios y que a menudo se
convierten en centros de irradiación espiritual. Son comunidades de
oración que irradian espiritualidad. Son pequeños oasis en los que se
comparte una oración intensa y se construye día a día la comunión
fraterna. Son células vitales, no solo para el tejido eclesial sino para
la sociedad misma. Pensemos, por ejemplo, en el papel que tuvo el
monacato para el nacimiento y el crecimiento de la civilización europea,
y también en otras culturas. Rezar y trabajar en comunidad lleva
adelante el mundo. Es un motor.
Todo en la Iglesia nace en la oración, y
todo crece gracias a la oración. Cuando el Enemigo, el Maligno, quiere
combatir la Iglesia, lo hace primero tratando de secar sus fuentes,
impidiéndole rezar. Por ejemplo, lo vemos en ciertos grupos que se ponen
de acuerdo para llevar adelante reformas eclesiales, cambios en la vida
de la Iglesia… Están todas las organizaciones, los medios de
comunicación que informan a todos… Pero la oración no se ve, no se reza.
“Tenemos que cambiar esto, tenemos que tomar esta decisión que es un poco fuerte…”.
Es interesante la propuesta, es interesante, solo con la discusión,
solo con los medios de comunicación, pero ¿dónde está la oración? La
oración es la que abre la puerta al Espíritu Santo, que es quien inspira
para ir adelante. Los cambios en la Iglesia sin oración no son cambios
de Iglesia, son cambios de grupo. Y cuando el Enemigo −como he dicho−
quiere combatir la Iglesia, lo hace en primer lugar tratando de secar
sus fuentes, impidiéndole rezar, y llevándola a hacer esas otras
propuestas. Si cesa la oración, por un momento parece que todo pueda ir
adelante como siempre −por inercia−, pero poco después la Iglesia se da
cuenta de haberse convertido en un envoltorio vacío, de haber perdido el
eje de apoyo, de que ya no posee la fuente del calor y del amor.
Las mujeres y los hombres santos no
tienen una vida más fácil que los otros, es más, también tienen
problemas que afrontar y, además, a menudo son objeto de oposiciones.
Pero su fuerza es la oración, que sacan siempre del “pozo” inagotable de
la madre Iglesia. Con la oración alimentan la llama de su fe, como se
hacía con el aceite de las lámparas. Y así van adelante caminando en la
fe y en la esperanza. Los santos, que a los ojos del mundo suelen contar
poco, en realidad son los que lo sostienen, no con las armas del dinero
y del poder, de los medios de comunicación, etc., sino con las armas de
la oración.
En el Evangelio de Lucas, Jesús hace una pregunta dramática que siempre nos hace pensar: «Cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?»
(Lc 18,8), ¿o encontrará solo organizaciones, como un grupo de
“empresarios de la fe”, todos bien organizados, que hacen beneficencia,
muchas cosas…, o encontrará fe? «Cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?».
Esta pregunta está al final de una parábola que muestra la necesidad de
rezar con perseverancia, sin cansarse (cfr. vv. 1-8). Por tanto,
podemos concluir que la lámpara de la fe estará siempre encendida sobre
la tierra mientras esté el aceite de la oración. La lámpara de la
verdadera fe de la Iglesia estará siempre encendida en la tierra
mientras esté el aceite de la oración. Es lo que lleva adelante la fe y
saca adelante nuestra pobre vida, débil, pecadora, pero la oración la
lleva adelante con seguridad. Es una pregunta que los cristianos tenemos
que hacernos: ¿rezo? ¿Rezamos? ¿Cómo rezo? ¿Cómo los loros o rezo con
el corazón? ¿Cómo rezo? ¿Rezo seguro de que estoy en la Iglesia y rezo
con la Iglesia, o rezo un poco según mis ideas y hago que mis ideas se
conviertan en oración? Esa es una oración pagana, no cristiana. Repito:
podemos concluir que la lámpara de fe estará siempre encendida en la
tierra mientras esté el aceite de la oración.
Y esa es una tarea esencial de la
Iglesia: rezar y enseñar a rezar. Transmitir de generación en generación
la lámpara de la fe con el aceite de la oración. La lámpara de la fe
que ilumina, que organiza las cosas realmente cómo son, pero que puede
ir adelante solo con el aceite de la oración. De lo contrario se apaga.
Sin la luz de esa lámpara no podremos ver el camino para evangelizar, es
más, no podremos ver el camino para creer bien; no podremos ver los
rostros de los hermanos a los que acercarse y servir; no podremos
iluminar la morada donde encontrarnos en comunidad… Sin la fe, todo se
derrumba; y sin la oración, la fe se apaga. Fe y oración, juntas. No hay
otro camino. Por eso la Iglesia, que es casa y escuela de comunión, es
casa y escuela de fe y de oración.
Saludos
Saludo cordialmente a los fieles de lengua francesa.
Hermanos y hermanas pidamos al Señor que infunda su Espíritu sobre las
familias cristianas, para que sean iglesias domésticas donde los hijos, a
través de la oración, sean formados en un sincero testimonio de vida
marcada por la fe, la esperanza y la caridad. ¡Dios os bendiga!
Saludo cordialmente a los fieles de lengua inglesa.
Con la alegría de Cristo Resucitado, invoco sobre vosotros y vuestras
familias, el amor misericordioso de Dios nuestro Padre. ¡El Señor os
bendiga!
Queridos hermanos y hermanas de lengua alemana,
en este tiempo de Pascua, dejémonos inspirar por María y por los
Apóstoles que estaban reunidos en oración unánime y preparados para la
venida del Espíritu Santo. ¡Que la paz del Señor resucitado esté con
vosotros!
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española.
Pidamos a Cristo resucitado que nos ayude a mantener encendida la
lámpara de la fe, que la renovemos a diario con el aceite de nuestra
oración humilde y perseverante, y que nos envíe su Espíritu para poder
llevar su Luz a todos. Que Dios los bendiga.
Saludo a todos los queridos oyentes de lengua portuguesa,
y espero que las posibles nubes en vuestro camino nunca os impidan
irradiar y exaltar la gloria y la esperanza depositadas en vosotros,
cantando y alabando siempre al Señor en vuestros corazones, dando
gracias al Padre por todo. ¡Que Dios os bendiga!
Saludo a los fieles de lengua árabe.
Así como la lámpara necesita aceite para alumbrar, también nuestra fe
necesita la oración para poder ver el camino para evangelizar y ver el
rostro de nuestros hermanos necesitados. Sin fe todo se derrumba, pero
sin oración la fe se apaga, por eso, saquemos siempre nuestra oración
del “pozo” inagotable de la Madre Iglesia. ¡El Señor os bendiga a todos y
os proteja siempre de todo mal!
Saludo cordialmente a todos los polacos.
Os deseo que en este período pascual vuestros hogares se conviertan en
escuelas de oración, donde podáis descubrir la presencia de Cristo
resucitado. Que Él llene vuestros corazones de sus dones pascuales: paz,
esperanza y alegría. Os bendigo de corazón.
Dirijo un cordial saludo a los fieles de lengua italiana. Espero que, en el clima de la alegría pascual, podáis poneros al servicio del Evangelio y de los hermanos.
Mi pensamiento va finalmente, como de costumbre, a los ancianos, jóvenes, enfermos y recién casados.
Animo a todos a llevar una existencia generosa, edificada sobre la
roca, es decir, sobre Cristo, nuestra única y sólida esperanza. ¡A todos
mi bendición!