Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

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24 noviembre 2023

Meditación Domingo 34º t.o. (A) Cristo Rey

 (Cfr. www.


El reinado de Cristo

“En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Cuando venga en su gloria el Hijo del Hombre y todos los ángeles can él se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. El separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: -Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme. Entonces los justos le contestarán: -Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el rey les dirá: -Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. Y entonces dirá a los de su izquierda: -Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. Entonces también éstos contestarán: -Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel y no te asistimos? Y él replicará: -Os aseguró que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo. Y éstos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna” (Mateo 25,31-46).

I. La solemnidad que celebramos “es como una síntesis de todo el misterio salvífico” (JUAN PABLO II, Homilía). Con ella se cierra el año litúrgico, después de haber celebrado todos los misterios de la vida del Señor, y se presenta a nuestra consideración a Cristo glorioso, Rey de toda la creación y de nuestras almas. Esta fiesta fue instituida para mostrar a Jesús como único soberano ante una sociedad que parece querer vivir de espaldas a Dios (PIO XI, Encíclica Quas Primas). Cristo vino a establecer su reinado, no con la fuerza de un conquistador, sino con la bondad y mansedumbre del pastor. Con esta solicitud el Señor buscó a los hombres dispersos y alejados de Dios por el pecado. Y como estaban heridos y enfermos, los curó y vendó sus heridas. Tanto los amó que dio la vida por ellos. El Reino instaurado por Jesucristo viene a revelar el amor de Dios, y actúa como fermento y signo de salvación para construir un mundo más justo, más fraterno, más solidario, inspirado en los valores evangélicos de la esperanza y futura bienaventuranza.

II. Oportet autem illum regnare…, es necesario que Él reine…(1 Corintios 15, 25) Es necesario que reine en primer lugar en nuestra inteligencia, mediante el conocimiento de su doctrina y el acatamiento amoroso de esas verdades reveladas; es necesario que reine en nuestra voluntad, para que obedezca y se identifique cada vez más plenamente con la voluntad divina; es preciso que reine en nuestro corazón, para que ningún amor se interponga al amor de Dios; es necesario que reine en nuestro cuerpo, templo del Espíritu santo (PIO II, Encíclica Quas primas); en nuestro trabajo, camino de santidad. La fiesta de hoy es como un adelanto de la segunda venida de Cristo en poder y majestad, la venida gloriosa que llenará los corazones y secará toda lágrima de infelicidad. Pero a la vez es una llamada y un acicate para que a nuestro alrededor el espíritu amable de Cristo impregne todas las realidades terrenas. Nosotros colaboramos en la extensión del reinado de Jesús cuando procuramos hacer más humano y más cristiano el pequeño mundo que nos rodea, el que cada día frecuentamos.

III. En la fiesta de hoy oímos al Señor que nos dice en la intimidad de nuestro corazón: Yo tengo sobre ti pensamientos de paz y no de aflicción (Jeremías 29, 11), y hacemos el propósito de arreglar en nuestro corazón lo que no sea conforme con el querer de Cristo. A la vez, le pedimos poder colaborar en esta tarea grande de extender su reinado a nuestro alrededor y en tantos lugares donde aún no le conocen. Para hacer realidad nuestros deseos acudimos, una vez más, a Nuestra Señora, la Madre santa de nuestro Rey, la Reina de nuestro corazón. Le pedimos que sepamos componer nuestra vida y en la vida de los que nos rodean, quasi fluvium pacis (Isaías, 66, 12), como un río de paz.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

Homilía Domingo 34º t.o. (A) Cristo Rey

 (Cfr. www.almudi.org)

 



(Ez 34,11-12.15-17) "Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas"
(1 Cor 15,20-26.28) "Dios lo será todo en todos"
(Mt 25,31-46) "Venid vosotros, benditos de mi Padre"

Homilía con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en el Santuario del Amor Misericordioso, en Colevalenza (22-XI-1981)


--- La gracia de Dios

“Venid vosotros benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo” (Mt 25,43). Hemos escuchado estas palabras hace poco, en el Evangelio de la solemnidad de hoy. El Hijo del hombre pronunciará estas palabras cuando, como rey, se encuentre ante todos los pueblos de la tierra, al fin del mundo. Entonces, cuando “Él separará a unos de otros, como un pastor separa a las ovejas de las cabras” (Mt 25,32), a todos los que se hallen a su derecha, les dirá las palabras: “heredad el reino”.

Este reino es el don definitivo del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Es el don madurado “desde la creación del mundo” (Mt 25,34), en el curso de toda la historia de la salvación. Es don del amor misericordioso.

Por esto, hoy, la fiesta de Cristo Rey del universo y último domingo del año litúrgico, he deseado venir al santuario del Amor Misericordioso. La liturgia de este domingo nos hace conscientes, de modo particular, que en el reino revelado por Cristo crucificado y resucitado se debe cumplir definitivamente la historia del hombre y del mundo: “Cristo ha resucitado, primicia de todos los que han muerto” (1 Cor 15,20).

El reino de Cristo, que es don del amor eterno, del amor misericordioso, ha sido preparado “desde la creación del mundo”.

--- El pecado esclaviza al hombre

Sin embargo, “por un hombre vino la muerte” (1 Cor 15,21) y “por Adán murieron todos” (1 Cor 15,22).

A la esencia del reino, nacido del amor eterno, pertenece la Vida y no la muerte. La muerte entró en la historia del hombre juntamente con el pecado. A la esencia del reino, nacido del amor eterno, pertenece la gracia, no el pecado. El pecado y la muerte son enemigos del reino porque en ellos se sintetiza, en cierto sentido, la suma del mal que hay en el mundo, el mal que ha penetrado en el corazón del hombre y en su historia.

El amor misericordioso tiene su plenitud en el bien. El reino “preparado desde la creación del mundo” es reino de la verdad y de la gracia, del bien y de la vida. Tendiendo a la plenitud del bien, el amor misericordioso entra en el mundo signado con la marca de la muerte y de la destrucción. El amor misericordioso penetra en el corazón del hombre, oprimido por el pecado y la concupiscencia, que es “del mundo”. El amor misericordioso establece un encuentro con el mal; afronta el pecado y la muerte. Y en esto precisamente se manifiesta y se vuelve a confirmar el hecho de que este amor es más grande que todo mal.

Sin embargo, San Pablo nos hace caer en la cuenta de lo largo que es el camino que este amor debe recorrer, el camino que lleva al cumplimiento del reino “preparado desde la creación del mundo”. Escribiendo sobre Cristo Rey, se expresa así: “Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga a sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte” (1 Cor 15,25 s).

La muerte ya fue aniquilada por primera vez en la resurrección de Cristo, que en esta victoria se ha manifestado Señor y Rey. Sin embargo, en el mundo continúa dominando la muerte: “por Adán murieron todos”, porque sobre el corazón del hombre y sobre su historia pesa el pecado. Parece pesar de modo especial sobre nuestra época.

¡Qué grande es la potencia del amor misericordioso que esperamos hasta que Cristo haya puesto a todos los enemigos bajo sus pies, venciendo hasta el fondo el pecado y aniquilando, como último enemigo, a la muerte!

El reino de Cristo es una tensión hasta la victoria definitiva del amor misericordioso, hacia la plenitud escatológica del bien y de la gracia, de la salvación y de la vida. Esta plenitud tiene su comienzo visible sobre la tierra en la cruz y en la resurrección. Cristo, crucificado y resucitado, es revelación auténtica del amor misericordioso en profundidad. El es rey de nuestros corazones.

“Cristo tiene que reinar” en su cruz y resurrección, tiene que reinar hasta que “devuelva a Dios Padre su reino...” (1 Cor 15,24). Efectivamente, cuando haya “aniquilado todo principado, poder y fuerza” que tienen al corazón humano en la esclavitud del pecado, y al mundo sometido a la muerte; cuando “todo le esté sometido”, entonces también el Hijo hará acto de sumisión a Aquél que le ha sometido todo, “y así Dios lo será todo para todos” (1 Cor 15,28).

He aquí la definición del reino preparado “desde la creación del mundo”. He aquí el cumplimiento definitivo del amor misericordioso: ¡Dios todo en todos!

Cuantos en el mundo repiten cada día las palabras “venga a nosotros tu reino”, rezan en definitiva “para que Dios sea todo en todos”. Sin embargo, “por un hombre vino la muerte” (1 Cor 15,21), la muerte, cuya dimensión interna en el espíritu humano es el pecado.

El hombre, pues, permaneciendo en esta dimensión de muerte y de pecado, el hombre tentado desde el comienzo con la palabra: “seréis como Dios” (cfr. Gen 3,5), mientras reza “venga tu reino”, por desgracia, se oponen a su venida, incluso la rechaza. Parece decir: si en definitiva Dios será “todo en todos”, ¿qué quedará para mí, hombre? ¿Acaso este reino escatológico no absorberá al hombre, no lo aniquilará?

Si Dios es todo, el hombre no es nada; no existe. Así proclaman los autores de las ideologías y programas que exhortan al hombre a volver las espaldas a Dios, a oponerse a su reino con absoluta firmeza y determinación, porque sólo así puede construir el propio reino; esto es, el reino del hombre en el mundo, el reino indivisible del hombre.

Así creen, así proclaman, y por esto luchan. Al comprometerse en esta batalla, parecen no advertir que el hombre no puede reinar mientras en él continúe dominando el pecado; que no es verdaderamente rey cuando la muerte domina sobre él... ¿Qué tipo de reino puede ser éste, si no libera al hombre de ese “principado, potestad y fuerza”, que arrastran al mal su conciencia y su corazón, y hacen brotar de las obras del genio humano horribles amenazas de destrucción?

Ésta es la verdad sobre el mundo en que vivimos. La verdad sobre el mundo, en el cual el hombre, con toda su firmeza y determinación, rechaza el Reino de Dios para hacer de este mundo el propio reino indivisible. Y, al mismo tiempo, sabemos que en el mundo está ya el reino de Dios. Está de modo irreversible. Está en el mundo: ¡está en nosotros!

--- La potencia del amor misericordioso

¡Oh!, ¡de cuánta potencia de amor tiene necesidad el hombre y el mundo de hoy! ¡De cuánta potencia del amor misericordioso! Para que ese reino, que ya está en el mundo, pueda reducir a la nada el reino del “principado, poder y fuerza”, que inducen el corazón del hombre al pecado, y extienden sobre el mundo la horrible amenaza de la destrucción. ¡Oh! ¡cuánta potencia del amor misericordioso se debe manifestar en la cruz y en la resurrección de Cristo!

“Cristo tiene que reinar...”. Cristo reina por el hecho de que lleva al Padre a todos y a todo, reina para entregar “el reino a Dios Padre” (1 Cor 15,24), para someterse a sí mismo a Aquél que le ha sometido todas las cosas (1 Cor 15,28).

Él reina como Pastor, como el Buen Pastor. Pastor es aquél que ama a las ovejas y tiene cuidado de ellas, las protege de la dispersión, las reúne “de todos los lugares donde se desperdigaron el día de los nubarrones y de la oscuridad” (Ez 34,12).

La liturgia de hoy contiene un emocionante diálogo del pastor con el rebaño. Dice el Pastor: “Yo mismo apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré sestear... Buscaré las ovejas perdidas, haré volver a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas; a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré debidamente” (Ez 34,15-16). Dice el rebaño: “El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar. Me conduce hacia fuentes tranquilas, y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre... Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor, por años sin término” (Sal 22/23, 1-3.6).

Éste es el diálogo cotidiano de la Iglesia: el diálogo que tiene lugar entre el Pastor y el rebaño y en este diálogo madura el reino “preparado desde la creación del mundo” (Mt 25,24).

Cristo Rey, como Buen Pastor, prepara de diversos modos a su rebaño, esto es, a todos aquellos a quienes Él debe entregar al padre “para que Dios sea todo para todos” (1 Cor 15,28). ¡Cuánto desea Él decir un día a todos: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino”! (Mt 25,34). ¡Cómo desea encontrar, al culminar la historia del mundo, a aquellos a los que podrá decir: “...tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25,35-36).

¡Cómo desea reconocer a sus ovejas por las obras de caridad, incluso por una sola de ellas, incluso por el vaso de agua dado en su nombre! (cfr. Mc 9,41) ¡Cómo desea reunir a sus ovejas en un solo redil definitivo, para colocarlas “a su derecha” y decir: “heredad... el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”!

Y, sin embargo, en la misma parábola, Cristo habla de las cabras que se hallarán “a la izquierda”. Son los que han rechazado el reino. Han rechazado no sólo a Dios, considerando y proclamando que su reino aniquila al indiviso reino del hombre en el mundo, sino que ha rechazado también al hombre: no le han hospedado, no le han visitado, no le han dado de comer ni de beber. Efectivamente, el reino de Cristo se confirma, en las palabras del último juicio, como reino del amor hacia el hombre. La última base de la condenación será precisamente esa motivación: “cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo” (Mt 25,45).

Éste es, pues, el reino del amor al hombre, del amor en la verdad; y, por esto, es el reino del amor misericordioso. Este reino es el don “preparado desde la creación del mundo”, don del amor. Y también fruto del amor, que en el curso de la historia del hombre y del mundo se abre constantemente camino a través de las barreras de la indiferencia, del egoísmo, de la despreocupación y del odio; a través de las barreras de la concupiscencia de la carne, de los ojos y de la soberbia de la vida (cfr. 1 Jn 2,16); a través del fomes del pecado que cada uno lleva en sí, a través de la historia de los pecados humanos y de los crímenes, como por ejemplo los que gravitan sobre nuestro siglo y sobre nuestra generación...¡a través de todo esto!

18 noviembre 2022

Meditación Domingo 34º t.o. (C). Cristo Rey

 (Cfr. www.almudi.org)

 

Jesucristo Rey del Universo

«Las autoridades y el pueblo hacían muecas a Jesús, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido”. Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: “Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: ÉSTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro lo increpaba: “¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Jesús le respondió: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso”» (Lucas 23,35-43).

I. La solemnidad que celebramos “es como una síntesis de todo el misterio salvífico” (JUAN PABLO II, Homilía). Con ella se cierra el año litúrgico, después de haber celebrado todos los misterios de la vida del Señor, y se presenta a nuestra consideración a Cristo glorioso, Rey de toda la creación y de nuestras almas. Esta fiesta fue instituida para mostrar a Jesús como único soberano ante una sociedad que parece querer vivir de espaldas a Dios (PIO XI, Encíclica Quas Primas). Cristo vino a establecer su reinado, no con la fuerza de un conquistador, sino con la bondad y mansedumbre del pastor. Con esta solicitud el Señor buscó a los hombres dispersos y alejados de Dios por el pecado. Y como estaban heridos y enfermos, los curó y vendó sus heridas. Tanto los amó que dio la vida por ellos. El Reino instaurado por Jesucristo viene a revelar el amor de Dios, y actúa como fermento y signo de salvación para construir un mundo más justo, más fraterno, más solidario, inspirado en los valores evangélicos de la esperanza y futura bienaventuranza.

II. Oportet autem illum regnare…, es necesario que Él reine…(1 Corintios 15, 25) Es necesario que reine en primer lugar en nuestra inteligencia, mediante el conocimiento de su doctrina y el acatamiento amoroso de esas verdades reveladas; es necesario que reine en nuestra voluntad, para que obedezca y se identifique cada vez más plenamente con la voluntad divina; es preciso que reine en nuestro corazón, para que ningún amor se interponga al amor de Dios; es necesario que reine en nuestro cuerpo, templo del Espíritu santo (PIO II, Encíclica Quas primas); en nuestro trabajo, camino de santidad. La fiesta de hoy es como un adelanto de la segunda venida de Cristo en poder y majestad, la venida gloriosa que llenará los corazones y secará toda lágrima de infelicidad. Pero a la vez es una llamada y un acicate para que a nuestro alrededor el espíritu amable de Cristo impregne todas las realidades terrenas. Nosotros colaboramos en la extensión del reinado de Jesús cuando procuramos hacer más humano y más cristiano el pequeño mundo que nos rodea, el que cada día frecuentamos.

III. En la fiesta de hoy oímos al Señor que nos dice en la intimidad de nuestro corazón: Yo tengo sobre ti pensamientos de paz y no de aflicción (Jeremías 29, 11), y hacemos el propósito de arreglar en nuestro corazón lo que no sea conforme con el querer de Cristo. A la vez, le pedimos poder colaborar en esta tarea grande de extender su reinado a nuestro alrededor y en tantos lugares donde aún no le conocen. Para hacer realidad nuestros deseos acudimos, una vez más, a Nuestra Señora, la Madre santa de nuestro Rey, la Reina de nuestro corazón. Le pedimos que sepamos componer nuestra vida y en la vida de los que nos rodean, quasi fluvium pacis (Isaías, 66, 12), como un río de paz.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

 

19 noviembre 2021

Meditación Domingo 34º t.o. (B)

 (Cfr. www.almudi.org)

 

Jesucristo, Rey del universo.

“En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: - «¿Eres tú el rey de los judíos?» Jesús le contestó: - «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí? » Pilato replicó: -«¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?» Jesús le contestó: - «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.» Pilato le dijo: - «Conque, ¿tú eres rey?» Jesús le contestó: - «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Juan 18,33b-37). 

I. La solemnidad que celebramos “es como una síntesis de todo el misterio salvífico” (JUAN PABLO II, Homilía). Con ella se cierra el año litúrgico, después de haber celebrado todos los misterios de la vida del Señor, y se presenta a nuestra consideración a Cristo glorioso, Rey de toda la creación y de nuestras almas. Esta fiesta fue instituida para mostrar a Jesús como único soberano ante una sociedad que parece querer vivir de espaldas a Dios (PIO XI, Encíclica Quas Primas). Cristo vino a establecer su reinado, no con la fuerza de un conquistador, sino con la bondad y mansedumbre del pastor. Con esta solicitud el Señor buscó a los hombres dispersos y alejados de Dios por el pecado. Y como estaban heridos y enfermos, los curó y vendó sus heridas. Tanto los amó que dio la vida por ellos. El Reino instaurado por Jesucristo viene a revelar el amor de Dios, y actúa como fermento y signo de salvación para construir un mundo más justo, más fraterno, más solidario, inspirado en los valores evangélicos de la esperanza y futura bienaventuranza.

II. Oportet autem illum regnare…, es necesario que Él reine…(1 Corintios 15, 25) Es necesario que reine en primer lugar en nuestra inteligencia, mediante el conocimiento de su doctrina y el acatamiento amoroso de esas verdades reveladas; es necesario que reine en nuestra voluntad, para que obedezca y se identifique cada vez más plenamente con la voluntad divina; es preciso que reine en nuestro corazón, para que ningún amor se interponga al amor de Dios; es necesario que reine en nuestro cuerpo, templo del Espíritu santo (PIO II, Encíclica Quas primas); en nuestro trabajo, camino de santidad. La fiesta de hoy es como un adelanto de la segunda venida de Cristo en poder y majestad, la venida gloriosa que llenará los corazones y secará toda lágrima de infelicidad. Pero a la vez es una llamada y un acicate para que a nuestro alrededor el espíritu amable de Cristo impregne todas las realidades terrenas. Nosotros colaboramos en la extensión del reinado de Jesús cuando procuramos hacer más humano y más cristiano el pequeño mundo que nos rodea, el que cada día frecuentamos.

III. En la fiesta de hoy oímos al Señor que nos dice en la intimidad de nuestro corazón: Yo tengo sobre ti pensamientos de paz y no de aflicción (Jeremías 29, 11), y hacemos el propósito de arreglar en nuestro corazón lo que no sea conforme con el querer de Cristo. A la vez, le pedimos poder colaborar en esta tarea grande de extender su reinado a nuestro alrededor y en tantos lugares donde aún no le conocen. Para hacer realidad nuestros deseos acudimos, una vez más, a Nuestra Señora, la Madre santa de nuestro Rey, la Reina de nuestro corazón. Le pedimos que sepamos componer nuestra vida y en la vida de los que nos rodean, quasi fluvium pacis (Isaías, 66, 12), como un río de paz.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

 

Homilía Domingo 34º t.o. (B) Cristo Rey

 (Cfr. www.amudi.org)

 


(Dan 7,13-14) "Su reino no tendrá fin"
(Ap 1,5-8) "Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso"
(Jn 18,33b-37) "Todo el que es de la verdad escucha mi voz"

Homilía a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Termina el año litúrgico en el que hemos contemplado la vida de Jesucristo desde que nace hasta que muere y es llevado al Cielo, con la gran Solemnidad de Cristo Rey del universo. Cristo es Rey. Así lo declara el Antiguo y el Nuevo Testamento; así lo expresa la Liturgia, el Magisterio y la Tradición dos veces secular de la Iglesia. “Yo soy Rey, dijo Jesús a Pilato, yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”.

Miremos a Jesús que está maniatado delante de un poderoso de la tierra. Fuera del palacio del gobernador los doctores de Israel están presionando al representante de la autoridad de Roma y manipulando al pueblo para que pida su muerte. Jesús declara que es Rey. Hace falta una confianza en sí mismo no común para afirmar esto en unas condiciones tan lastimosas sin el menor temblor y a sabiendas de que semejante afirmación puede parecer a quien la oye la de un enajenado o, al menos, sorprendente.

Jesús está persuadido de quién es Él, cuál es su misión en la tierra y el futuro que ella tiene. El Señor nos recuerda hoy la necesidad de proclamar la verdad cristiana siempre, incluso en los ambientes más refractarios, aunque ella vaya a ser acogida con indiferencia, con burlas o con el escéptico encogimiento de hombros de Pilato.

En una sociedad en que parece que lo único que cuenta es el éxito inmediato y a cualquier precio, nosotros debemos estar persuadidos y convencer también a los demás que la verdad y el triunfo final es Cristo. Quien sienta el ansia de verdad ante los numerosos enigmas de esta vida, muchos de ellos dolorosos e irritantes; quien note cómo su sensibilidad se eriza ante la colosal presencia del mal y piense que desterrarlo de este mundo es imposible; quien ante un análisis de la situación moral de nuestro mundo sienta la tentación de la parálisis, de que no vale la pena molestarse por mejorarla, debe mirar a Cristo en esta escena y no olvidar que su reino no tendrá fin, como afirmaremos dentro de un momento en el Credo.

No conocemos el tiempo en que ese Reino de Dios será una realidad, ni el modo en que nuestros esfuerzos contribuirán a liberar a la humanidad de la esclavitud de la corrupción y a la transformación del universo, pero debemos alimentar la esperanza de que nuestros trabajos, “una vez que, en el Espíritu del Señor y según su mandato, los hayamos propagado por la tierra, los volveremos a encontrar limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo devuelva a su Padre un reino eterno y universal: el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz. En la tierra este reino está ya presente de una manera misteriosa, pero se completará con la llegada del Señor” (L. G., 39).