Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

13 agosto 2016

PELICULA DE LA SEMANA (12 Ago): El caso Fisher

(Cfr. www.almudi.org)

  
El caso Fischer


Contenidos: ---
Dirección:Edward Zwick. País:USAAño: 2014. Género:Biopicdrama.Interpretación:Tobey Maguire (Bobby Fischer), Peter Sarsgaard, Liev Schreiber (Boris Spassky), Sophie Nélisse, Lily Rabe. Guion: Steven Knight, Stephen J. Rivele y Christopher Wilkinson
Reseña: 
La historia de la preparación y del legendario enfrentamiento por el campeonato del mundo entre Bobby Fischer, campeón de ajedrez norteamericano, y el campeón ruso Boris Spassky. El duelo, que tuvo lugar en 1972, en plena Guerra Fría, fue mucho más que un conjunto de partidas para conquistar un campeonato; prueba de ello es que captó la atención televisada de todo el mundo.
La trama no puede ser más apasionante y plegarse a lo que ocurrió es suficiente para asegurar una película que atrape. El dramatismo de las partidas funciona muy bien, aunque por desgracia hay algo de brusquedad tras el discurrir de las primeras, que precipitan un final demasiado brusco. Las interpretaciones son buenas. (Almudí JD). Decine21: AQUÍ

La fe se desarrolla en la palabra y el amor

(Cfr, www.almudi.org)

 


Entrevista a uno de los filósofos contemporáneos con una visión más coherente del mundo a la luz de la fe católica
Durante los meses estivales, Le Figaro Vox explora las grandes virtudes morales que la filosofía clásica distingue tradicionalmente: la prudencia, la fe, la templanza, la esperanza, la fuerza del alma, la caridad y la justicia. Y lo hace entrevistando a personajes conocidos en el ámbito de la cultura y la ciencia. Para la fe, el entrevistado es el filósofo Fabrice Hadjadj.
Fabrice Hadjadj es uno de nuestros filósofos más brillantes, a lo que añade su faceta como novelista, ensayista y dramaturgo. Nacido en una familia judía, pasó su juventud bajo la bandera del ateísmo, hasta su conversión al catolicismo; es decir, meditó la virtud teologal de la fe.
Actualmente dirige el Instituto Europeo de Estudios Antropológicos Philanthropos, en Friburgo (Suiza). Su última obra, Résurrection. Mode d'emploi [La Resurrección. Modo de empleo], ha sido publicada por Éditions Magnificat. Para prolongar la reflexión de esta entrevista, aconsejamos leer La Fe de los demonios, así como el libro del gran filósofo alemán Josef Pieper (que tuvo una gran influencia sobre Benedicto XVI) para cuya versión francesa Fabrice Hadjadj escribió el prólogo: De la foi [Sobre la fe] (Éditions Ad Solem, 2011).

¿Qué es la fe?
Es lo más común y lo más razonable. Es lo que estructura nuestra sociedad, incluso si ésta es atea. Es más, yo diría sobre todo si es atea, aunque en este caso la fe se reduce bastante rápidamente a una especie de credulidad que no se atreve a admitir su nombre.
Antes de abordar la fe religiosa o la fe como virtud teologal, es muy importante pensar en la fe en general, sin caer en la confusión sentimental, las reducciones del cientificismo o la ceguera del fundamentalismo. ¿Qué es creer? El verbo puede reenviarnos al hecho de tener una opinión: «Yo creo que…». En este caso, la creencia es vaga, inestable, arbitraria y no vale mucho más que la opinión contraria. No es así como entiende la fe la gran tradición filosófica y teológica: creer no consiste en creer en algo, sino en creer en alguien. Si un amigo me dice que hace un rato ha visto a mi hermano con una mujer desconocida y me pregunta: «¿Me crees?» y yo le respondo sinceramente: «Te creo», entonces en mí ya no hay duda y estoy seguro de que lo que me dice es verdad: mi hermano estaba con esa mujer.
Ciertamente, no lo he visto con mis ojos, no es la certeza de saber como cuando yo veo algo por mí mismo, pero es una certeza de la fe, según la cual yo creo a alguien que ha visto. La fe, en general, es conocer a alguien a través de los ojos de otro, porque reconocemos en este otro a un testigo fiel. Es, por lo tanto, ver con los oídos después de haber escuchado con los ojos, porque a pesar de todo es necesario asegurarnos de que el testigo no tiene motivo alguno para engañarnos.
Toda nuestra vida social se desmoronaría si no tuviera la estructura que le da la fe. Reducid vuestros conocimientos sólo a lo que habéis visto con vuestros ojos y moriréis de hambre. ¿Cómo podéis estar seguros de que vuestro panadero no ha puesto polonio en las barras de pan? Coged el dinero: ¡alto nivel de fe! Se dice que el dinero es fiduciario y es índice de prestigio. Por último, la propia ciencia tiene su punto de partida en una cierta fe. Como dice Aristóteles: «Para aprender, es necesario primero creer», sin lo cual jamás escucharíamos al profesor que nos intenta demostrar la verdad del teorema de Pitágoras…

La fe también atraviesa toda nuestra existencia…
La fe se despliega en esos dos ámbitos que son los más naturales: la palabra y el amor. La palabra, por sí misma, brinda palabra. Si no existen buenos motivos para desconfiar, creemos siempre en quien nos habla. Perder esta confianza original, la mentira, sería imposible, puesto que ella saca su eficacia de sí misma. Por otra parte, la propia vida social sería imposible pues todo se transformaría en interrogatorios suspicaces; ni tan siquiera empezaríamos a hablar, a pesar de que la adquisición de la palabra se remonta a una fe de nacimiento en nuestros padres, a la «lengua materna».
En lo que respecta al amor, ¿cómo sabemos que alguien nos ama? Sus gestos son sólo indicios que se hacen evidentes únicamente por la confianza que tenemos en esa persona (la palabra «fe» está incluida en la palabra «noviazgo»). Si necesitas absolutamente ver su amor de una manera científica, significa que la desconfianza y los celos te perturban. Entonces, como Otelo, arrancarás el corazón de Desdémona, pero no verás nada dentro de él…

Usted ha opuesto «ver algo» a «creer en alguien». ¿En esto radica la diferencia esencial entre ciencia y fe?
Sí. Contrariamente al refrán atribuido erróneamente a Santo Tomás Apóstol, creemos sólo lo que no vemos. Cuando vemos por nosotros mismos, no hay necesidad de creer en los demás: nos encontramos en una certeza más grande, sin duda, pero esta certeza es, esencialmente, en relación con algo objetivo. En la fe no vemos por nosotros mismos, sino a través de otro: por consiguiente se trata, de manera esencial, de una relación con alguien, una relación sujeto a sujeto. En un mundo individualista, donde cada uno es lo bastante crédulo para imaginarse que se hace a sí mismo y que los otros son sólo rivales o medios, es normal poner por delante el ver, el cada uno para sí y por sí: el algo se convierte en más importante que el alguien. A partir de este momento caemos en lo impersonal. Caemos en el cientificismo (no hablo de la verdadera ciencia, que conoce sus límites y deja espacio a otras formas de conocimiento) y excluido el ámbito de la fe, que nos relaciona con otros rostros, con testimonios, acabamos relacionándonos sólo con ecuaciones, con parámetros…

¿El quid de la fe teologal? ¿Cuál es su origen y cómo se articula con la fe ordinaria?
La noción de fe como virtud teologal viene del cristianismo, incluida la teología católica. Distinguimos entre las virtudes cardinales (del latín cardo, que quiere decir «eje» o «bisagra», porque abren las puertas de la sabiduría), en las que ya habían pensado los grandes autores paganos, sobre todo Aristóteles y Cicerón, y las virtudes teologales (del griego theos, Dios, y logos, verbo, puesto que nos hacen participar en la vida de Dios que se revela en su Palabra), que San Pablo explicó, por primera vez, en su primera Carta a los Corintios (13, 13): distingue la fe, la esperanza y la caridad, precisando que la más grande de las tres es la caridad (y Benedicto XVI nos ha recordado que ella no es la negación, sino ¡la coronación del eros!).
Hay, por lo tanto, un vínculo esencial entre fe y amor, porque la fe teologal es la culminación de creer en alguien. En el Credo no decimos «Yo creo que Dios existe, que Él es el Padre Todopoderoso, etc.», sino que decimos «Creo en Dios» (in + acusativo), que designa un movimiento hacia, un impulso tangencial, jamás conseguido, el del deseo que tiende hacia el Otro.
Esta fe teologal, ¿corresponde a cualquier creencia religiosa?
Entre los paganos lo que cuenta no es creer, sino hacer: la religión es ante todo rito, práctica social. Entre los judíos nacidos del rabinismo lo que importa no es la fe, según ellos demasiado subjetiva, sino el estudio de la Torá. La fe teologal es, por lo tanto, un desarrollo de la revelación cristiana y se distingue del sentimiento religioso o de la convicción individual. No reside en el solo hecho de creer que Dios existe: esto, que se afirma tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, podemos saberlo por el simple hecho de contemplar el universo y su orden (algo que confesaba incluso Voltaire).
Aprovechamos para decir que todo el mundo cree en un dios; o, más bien, todo el mundo diviniza algo, ya sea el sexo, el dinero, el fútbol, la muerte o el chucrut; en fin, lo que sea que hace que esa persona se levante cada mañana… La cuestión es, sobre todo, saber en qué divinidad creemos y si ésta no será un pequeño ídolo hecho a nuestra medida.
Antes de ser un contenido dogmático, la fe teologal consiste en creer que alguien, a saber, Jesús, es aquel que nos revela de manera más perfecta el rostro de Dios. Esta fe tiene, por consiguiente, forma de cruz: es a la vez relación con la eternidad y con la historia, relación vertical con el Cielo pero, al mismo tiempo, relación horizontal con la tierra, con toda la creación y, sobre todo, con la cadena de testigos que se han sucedido a partir de los apóstoles, contemporáneos del acontecimiento. Esto es muy importante, sobre todo en una época en la que tendemos a salir de la historia y de lo humano, ya sea mediante el transhumanismo o el fundamentalismo religioso.
Esta fe teologal considera que nada, aquí en este mundo, es más divino que un pobre carpintero judío que fue condenado bajo Poncio Pilato por blasfemia y que, en consecuencia, la historia, en sus genealogías, en sus dramas, incluso en su corrupción, tiene más consistencia que las utopías con sus pacificaciones totalitarias.
¿Qué máxima de Padre de la Iglesia, de filósofo o de escrito hace suya respecto a esto?
Utilizaría una de Luigi Giussani, fundador del movimiento Comunión y Liberación, en proceso de beatificación por la Iglesia y que fue el gran defensor de una fe en resonancia con la cultura. En un libro titulado ¿Se puede vivir así? hay esta frase decisiva: «La fe es la capacidad suprema de la razón». Se une a este pensamiento de Pascal: «El último paso de la razón es reconocer que hay una infinidad de cosas que la sobrepasan. Si no lo reconoce, será siempre frágil». Si la fe teologal es la capacidad extrema de la razón, es sobre todo porque nos pone en relación con el Creador de la razón y, de este modo, nos da confianza en ella, en un tiempo en el que es reemplazada, cada vez más, por algoritmos.
Es necesario observar que la Universidad, inventada en la Edad Media, no habría surgido sin esta fe en Dios creador: a partir de aquí, efectivamente, pensamos que todo era digno de estudio, porque todo aparecía como una palabra de Dios. Pero la fe es la capacidad suprema de la razón porque marca también el primado de alguien sobre algo, de los rostros sobre las ideas. Es por ella que la razón escapa al encarcelamiento de la ideología.

¿Cuál ha sido, a este respecto, su recorrido personal?
De familia judía, bastante marxista en ese periodo, me esforcé por ser ateo… de buena fe. Es decir, que yo creía tener la última palabra sobre la realidad, mientras que es evidente que sólo tenemos la penúltima, visto el misterio que nos rodea. De alguna manera, mi ateísmo era el último ídolo que sólo un martillo trascendental podía romper. Había empezado a leer la Biblia para burlarme. Y mira por dónde, al llegar a los textos de los profetas, me di cuenta de que la crítica de la religión era interna a esta religión bíblica, y que Isaías o Jesús iban mucho más lejos que Marx y Nietzsche (de los que, sin embargo, no he renegado, porque mi fe es católica, lo que quiere decir que es «integradora», que es lo contrario de integrista).
Y luego, un día, en Saint-Séverin, recé por mi padre enfermo ante una estatua de la Virgen, de la que me había burlado la antevíspera. ¡Vale! No hubo una gran iluminación. Simplemente tuve la íntima certeza de que la oración, este tormento que iba de abajo arriba, era la esencia de la palabra y la finalidad de nuestra posición erecta: llevar en nuestra palabra todas las cosas finitas para presentarlas al Infinito… Tras lo cual, el recorrido fue el del combatiente hasta el bautismo, en la abadía benedictina de Solesmes. Y esta improbable fecundidad… no estoy hablando de mis libros sino de mi mujer, profesora de teatro, y de nuestros siete hijos, profesores de vitalidad…

Usted habla de fecundidad, pero la fe ¿no es un factor de guerra?
Los totalitarismos ateos del siglo XX han demostrado suficientemente que la ausencia de fe era un factor de guerra. Es una fantasía Disney (¡como mucho!) creer que podemos salir por completo del drama de este mundo. El propio amor es principio de drama: más amo, más vulnerable soy… El desafío es transformar este drama en testimonio de verdad en la bondad. La fe cristiana ha podido ser instrumentalizada por intereses mundanos y los cristianos que han actuado así son peores que los otros hombres: han desviado la luz, no tienen ni siquiera la excusa de los ateos.
Sin embargo, Cristo le dijo a Pedro que guardara la espada en su vaina y que empezara un combate espiritual que lleva a amar a los enemigos. La fe es, desde entonces, un factor de guerra, pero una guerra personal: se trata de combatir el propio orgullo para abrirse a la misericordia y a la vida que se recibe sólo para ser dada.

Entrevista de Patrice De Méritens, publicada originariamente en lefigaro.fr.
Traducción de Helena Faccia Serrano.

LIBRO DE LA SEMANA (14 Vie): Llanto por la tierra amada

(Cfr, www.criteriaclub.es)

  Llanto por la tierra amada

En los años previos del apartheid, el destino de dos padres, un pastor anglicano negro y un terrateniente blanco, se cruzan por un trágico suceso. Maravillosa novela de Alan Paton que le permitió dejar la enseñanza y dedicarse a la escritura

Meditación Domingo 20 t.o. (C)

(Cfr. www.almudi.org)



en Word y en PDB


Jesús nos pide ser fuertes en la fe, de modo que vivamos su misma vida, la de aquellos que le han seguido con fidelidad

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que be venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lucas 12,49-53).

1. Jesús, quieres manifestarnos algo de la inmensidad que llevas dentro de ti, cuando nos dices: “fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que arda?” El fuego significa la acción de Dios, como anuncia a Jesús su primo Juan en el Jordán: "Él os bautizará en el Espíritu Santo y fuego" (Mt 3,11). Está profetizado con signos antiguos, como la columna de fuego que guiaba a su pueblo a través del desierto (cfr Ex 13,21-22), la palabra de fuego por la que la montaña (del Sinaí) ardía en llamas hasta el mismo cielo (Det 4,11), la luz en el fuego (Is 10,17), el fuego de ardiente gloria en el amor de Israel (cfr Det 4,24). Todo nos habla de ese “fuego” de Jesús. También luego, el Apocalipsis dirá que sus ojos son como llamas de fuego (Ap 1,14). Y el Espíritu Santo será enviado en el fuego (cfr Hch 2,3).
Para entender bien ese “fuego”, hemos de tener en cuenta lo que nos sigue diciendo Jesús:  “Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué ansias tengo hasta que se cumpla!” Es el misterio pascual, cuando Cristo en el sacrificio de la cruz recibe el bautismo con el que Él mismo debía ser bautizado (cfr Mc 10,38) y en el misterio de Pentecostés, cuando Cristo resucitado y glorificado comunica su Espíritu a los Apóstoles y a la Iglesia.
Es el fuego del amor de Dios encarnado, y por el bautismo de fuego recibido en su sacrificio, según San Pablo, Cristo en su resurrección se convierte, como "último Adán", en espíritu que da vida (1 Cor 15,45). Por esto, Cristo resucitado anuncia a los Apóstoles: "Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días" (Hch 1,5). Por obra del último Adán, Cristo, será dado a los Apóstoles y a la Iglesia "el Espíritu que da vida" (Jn 6,63; Juan Pablo II, audiencia 6.9.1989).
También nosotros somos portadores del fuego divino, de la misión de corredimir con Cristo. “Con la maravillosa normalidad de lo divino, el alma contemplativa se desborda en afán apostólico: «me ardía el corazón dentro del pecho, se encendía el fuego en mi meditación.» ¿Qué fuego es ése sino el mismo del que habla Cristo: fuego he venido a traer a la tierra y qué he de querer sino que arda? Fuego de apostolado que se robustece en la oración: no hay medio mejor que éste para desarrollar, a lo largo y lo ancho del mundo, esa batalla pacifica en la que cada cristiano está llamado a participar: cumplir lo que resta padecer a Cristo” (J. Escrivá, Es Cristo que pasa 120). Nos impulsa ese fuego divino del Espíritu Santo a responder con un “aquí estoy, Señor, porque me has llamado: quiero serte fiel en las inspiraciones que pones en mi corazón”.
Jesús, el fuego que has venido a traer a la tierra, es el fuego del amor de Dios, que abrasa todo egoísmo y purifica todo deseo orgulloso o impuro. Es el fuego del Espíritu Santo que se posa sobre los apóstoles y que les impulsa a salir al mundo para encender esa llama y esa luz en otros corazones. Es el fuego del apostolado que se robustece en la oración.
¿Cómo cuido mis ratos de oración personal contigo? ¿Me sirven para encenderme por dentro, para llenarme de amor a Ti y de afán apostólico? (P. Cardona).
¿Pensáis que be venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”. La espada es la fe, espada espiritual más fuerte que la naturaleza carnal que une, dice S. Agustín: “la parte del pueblo judío que creyó en Jesús se separó de la sinagoga. ¿De dónde nació el hijo de Dios según la carne? De aquella sinagoga. Él abandonó a su padre y a su madre y se unió a su mujer para ser dos en una sola carne (Gn 2,24).
”No es invención nuestra; es el Apóstol quien lo atesta al decir: Se trata de un gran misterio, que yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia (Ef 5,32). En cierta manera abandonó a su padre; no lo abandonó totalmente, como para separarse de él, sino sólo para asumir la carne humana. ¿Cómo lo abandonó? Existiendo en la forma de Dios no consideró objeto de rapiña el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo (Flp 2,6). ¿Cómo abandonó también a su madre? Abandonando al pueblo judío, la sinagoga que se adhería a los ritos antiguos. Dentro del mismo simbolismo caen estas palabras: ¿Quién es mi madre, o mis hermanos? (Mt 12,48). Él enseñaba dentro, ellos estaban fuera. Mirad si no acontece lo mismo ahora con los judíos. Cristo enseña en la Iglesia, ellos están fuera. ¿Quién es la suegra? La madre del esposo. La madre del esposo, Jesucristo nuestro Señor, es la Sinagoga. En consecuencia, su esposa es la Iglesia, que procediendo de la gentilidad no aceptó la circuncisión carnal y se separó de su suegra. Cíñete tu espada. Al decir todo esto no hemos hecho otra cosa que hablar de la fuerza de esa espada” (com. al salmo 44).
Jesús, como profetizó Zacarías cuando nació su hijo Juan el Bautista, Tú has venido al mundo «para iluminar a los que yacen en tinieblas y en sombra de muerte, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz» (Lucas 1,78). ¿Cómo dices ahora que no has venido a traer paz sino división? Lo que pasa es que me hablas de dos paces distintas: la paz del alma, que se consigue a base de lucha personal contra los propios defectos, y la paz exterior, que es la tranquilidad producida por el consenso y la unidad. Ambas paces son buenas, pero lo importante es la paz interior, fruto de la santidad personal.
«No hemos de temer a adversarios exteriores. El enemigo vive dentro de nosotros: cada día nos hace una guerra intestina. Cuando le vencemos, todas las cosas del exterior que pueden sernos adversas pierden su fuerza, y todo se pacifica y allana» (Casiano). De hecho, sólo la paz interior contribuye eficazmente a la paz exterior. Jesús, quieres que me conforme a ti, para llevar tu paz a los demás, ser sembrador de paz y alegría, fruto de mi unión contigo. Sé que no ha de acomodarse el Evangelio a los tiempos, sino informarlos para que la fe ilumina nuestra vida y la historia.

2. Jeremías es odiado por los ministros del rey e incluso por el mismo pueblo por quien tanto trabajó durante cuarenta años para obtener su conversión. Es la división que causa la palabra profética en aquella sociedad, también en la nuestra. El profeta es echado a la cisterna, símbolo del abandono y de la muerte (Gn 37,22.28).
Nos hace pensar el salmista ese "ser contado con los que bajan a la fosa" que se hace realidad en la vida del profeta, que une su vida a su palabra, con una fuerza imprevisible y definitiva, en un momento de máxima dificultad para Jerusalén asediada, y para el pueblo (que maltrata al profeta).
Jeremías se enfrenta a un nacionalismo que quiere llevar a la guerra y a perder a una Jerusalén sometida a Babilonia. Es signo de quien es fiel a la palabra, en lugar de buscar tranquilidad y paz.
«Jeremías se hundió en el lodo». Podemos pensar en las innumerables atrocidades que se cometen en el mundo, a veces también en nombre de la religión. Los hombres piadosos piden a Dios en los salmos con bastante frecuencia que los libre del lodo en el que se encuentran hundidos (Sal 40,3; 69,15) y Job se compara a sí mismo con este lodo (10,9; 13,12 etc.). Pablo dice que ha sido relegado al último lugar y considerado como «la basura del mundo» (1 Co 4,9.13) (H. von Balthasar).
Es preciosa la oración del salmo, que hace realidad esa ayuda divina en medio de nuestras penas: “Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito. Me levantó de la fosa fatal, de la chanca fangosa; afianzó mis pies sobre roca y aseguró mis pasos”. Toda esta oración está hecha vida en Jesús, que es llevado a la fosa del sepulcro, con su obediencia hace una oración que es resurrección, una nueva vida que es la nuestra: “Me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios. Muchos al verlo quedaron sobrecogidos y confiaron en el Señor. Yo soy pobre y desgraciado, pero el Señor se cuida de mí; tú eres mi auxilio y mi liberación, Dios mío, no tardes”.

3. La carta a los hebreos nos invita a mirar a Jesús. Pero también los que han encarnado la fe, nos ayudan como modelos próximos a esa confianza y fidelidad, perseverar especialmente en las dificultades: “Una nube ingente de espectadores nos rodea: por tanto, quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, sin miedo a la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del Padre”. Es una pelea «sin miedo a la ignominia», que Jesús ha tomado sobre sí, y nos invita a una fidelidad apoyados en la fuerza de la “gracia”, palabra que en oriente llaman “sinergia”, pues se trata de un actuar de Dios y nuestra libertad, un trabajo “de equipo”. “Recordad al que soportó la oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado”.
Llucià Pou Sabaté

Homilía Domingo 20 t.o. (C)

(Cfr www.almudi.org)

 

Jer (38,4-6.8-10) "Tomaron a Jeremías y lo echaron en el lago de Melquías"
Hb (12,1-4) "Corramos con paciencia a la batalla que se nos está propuesta"
Lc (12,49-53) "Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero, sino que arda?"

 Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
El combate espiritual: La accesis

I. LA PALABRA DE DIOS
Jr 38,4-6.8-10: Me engendraste hombre de pleitos para todo el país
Sal 39, 2.3.4.18: Señor, date prisa en socorrerme
Hb 12, 1-4: Corramos la carrera que nos toca, sin retirarnos
Lc 12,49-53: No he venido a traer paz, sino división

II. LA FE DE LA IGLESIA
«Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad; todos son llamados a la santidad: `Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto'» (Mt.5,48) (2013).
«El camino de la perfección pasa por la Cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas» (2015).

III. TESTIMONIO CRISTIANO
«El que asciende no cesa nunca de ir de comienzo en comienzo mediante comienzos que no tienen fin. Jamás el que asciende deja de desear lo que ya conoce» (S. Gregorio de Niza) (2015).
«Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo» (Vaticano II, LG, 40) (2013).

IV. SUGERENCIAS PARA EL ESTUDIO DE LA HOMILÍA

A. Apunte bíblico-litúrgico
Los verdaderos profetas como Jeremías crearon a su alrededor fuertes divisiones y contradicciones pues no halla lo que se quiere escuchar, sino lo que Dios le dice.
Jesús anuncia las divisiones y contradicciones que cercan a los verdaderos profetas cuando su mensaje, que es de Dios, se extiende entre las familias y los pueblos.
El ejemplo de los antiguos patriarcas es propuesto en la carta a los Hebreos a quienes saben con certeza hacia donde se encaminan, gracias a la nueva fe que comenzó y termina en Cristo.

B. Contenidos del Catecismo de la Iglesia Católica
La fe:
El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: 459; 2012.
La vocación a la santidad: 2013.
El progreso espiritual: 2014.
La respuesta:
El camino del combate espiritual: 2015-2016.

C. Otras sugerencias
El combate espiritual es un combate de oración (Domingo anterior), es un combate cultural (primera lectura y evangelio) es un combate total de la vida del que solo en Dios tiene su meta y en Cristo su Camino, Verdad y Vida.
La ascesis, la mortificación, la lucha del cristiano no son palabras de moda. Jesús es muy claro: como los profetas verdaderos sus discípulos crean divisiones a su alrededor y su vida es una lucha continua.
Bien vale la pena la meta: la santidad, aunque sea duro el camino

11 agosto 2016

Catequesis en español del Papa Francisco 10/08/2016 HD

"Pasar por la Puerta Santa es dirigimos a la puerta del corazón
misericordioso de Jesús que, como al joven difunto, nos invita a
levantarnos y nos hace pasar de la muerte a la vida. Él, con su ternura y
su gracia, quiere también encontrarse con nosotros y darnos vida
abundante", explicó el Papa Francisco en la Catequesis de la Audiencia
General de este 10 de agosto de 2016.

08 agosto 2016

Mary Garach

Labor social en Granada, que ayuda en el trabajo de la Orden
hospitalaria de san Juan de Dios. Mary, que se implicó hace ya 30 años,
acaba de recibir una distinción.

07 agosto 2016

Aprender a decir "no"

Enseñar al que no sabe es una de las obras de misericordia espirituales.
Javier Garibay, a través de su trabajo en una fundación, busca impartir
conocimiento para prevenir adicciones entre los jóvenes de México.