Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

16 marzo 2017

LIBRO DE LA SEMANA (17 Mar): Resurrectio

(Cfr. www.criyeriaclub.es)

 
  Resurrectio. El sepulcro vacío de jesu de Nazaret

¿Quién movió la piedra en aquel amanecer del día 9 de abril del año 30? Responder esta pregunta es el principal objetivo de la presente obra.
PRECIO:

17,00 €

PELICULA DE LA SEMANA (17 Mar): Zona hostil

(Cfr. www.almudi.org)

  
Zona hostil

Contenidos: Imágenes (algunas V)
Reseña:
A un convoy americano escoltado por la Legión española le estalla una mina al norte de Afganistán y el inexperto Teniente Conte (Raúl Mérida) queda al mando de una dotación para proteger a los heridos hasta que los evacuen. La Capitán médico Varela (Ariadna Gil) acude al rescate en un helicóptero medicalizado del Ejército Español, pero el terreno cede durante el aterrizaje y el helicóptero vuelca, dejando a los rescatadores atrapados junto a los legionarios en medio de la nada.
El impulsivo Comandante Ledesma (Antonio Garrido) propone un arriesgado plan para rescatarlos a todos y, además, llevarse el aparato siniestrado. Pero con la noche llega el enemigo y el plan sólo será posible si el Teniente y la Capitán logran sobrevivir hasta el amanecer.
Rodada en el desierto de Almería, como legendarios títulos protagonizados por Clint Eastwood y demás, esta reconstrucción de un hecho real logra verosimilitud (al menos para quien no sea un gran experto), pues hasta los intérpretes parecen haber recibido el entrenamiento militar básico para no hacer el ridículo.
Tiene mérito que al menos por una vez no se arremeta de forma gratuita contra la patria, y que se muestren hechos de nuestros soldados indiscutiblemente heroicos… ¡que también los hay! (Almudì JD). Decine21: AQUÍ

Atención a la caridad hipócrita

(Cfr. www.almudi.org)


“¿Cómo podemos estar seguros de que nuestro amor sea sincero, que nuestra caridad sea auténtica, de que no estamos fingiendo o de que nuestro amor sea una telenovela?”

Texto de la catequesis del Papa en español

Queridos hermanos y hermanas:
En la Catequesis de hoy, san Pablo nos recuerda que el secreto para mantenernos alegres en la esperanza es reavivar en nuestros corazones el amor de Dios.
Todos somos pecadores, pero el Señor, que es rico en misericordia, abre ante nosotros una vía de libertad y de salvación, que es la posibilidad de vivir el mandamiento del amor, dejándonos guiar por el corazón del Resucitado.
Vivir y actuar el mandamiento del amor es un don de la gracia de Dios; por eso, cuando amamos, hay que evitar caer en la hipocresía de buscar nuestros propios intereses, y también en la idea falsa de pensar que si amamos es sólo mérito nuestro.
La auténtica caridad nace del encuentro personal con el rostro misericordioso de Jesús, y nos lleva al encuentro sincero con los hermanos. Sólo de esta forma podremos mantenernos alegres en la esperanza, pues sabemos que a pesar de nuestras debilidades y fallos, y hasta en los momentos más difíciles, el amor de Dios nunca nos abandona, y nos impulsa a compartir con nuestros hermanos todo lo que cada día recibimos de él.
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. En este tiempo de cuaresma, los invito a que, alegres en la esperanza, reaviven en sus corazones el amor que han recibido de Dios y lo compartan con todos los hombres con obras de caridad sincera. Que Dios los bendiga.

Texto completo de la catequesis del Papa traducida al español

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.
Sabemos bien que el gran mandamiento que nos ha dejado el Señor Jesús es el de amar: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente y amar al prójimo como a nosotros mismos (cfr. Mt 22,37-39), o sea, que estamos llamados al amor, a la caridad. Y esa es nuestra vocación más alta, nuestra vocación por excelencia; y a ella está unida también la alegría de la esperanza cristiana. Quien ama tiene la alegría de la esperanza, de llegar a encontrar al gran amor que es el Señor.
El Apóstol Pablo, en el pasaje de la Carta a los Romanos que acabamos de escuchar, nos pone en guardia: existe el riesgo de que nuestra caridad sea hipócrita, que nuestro amor sea hipócrita. Nos debemos preguntar entonces: ¿cuándo sucede esa hipocresía? ¿Y cómo podemos estar seguros de que nuestro amor sea sincero, que nuestra caridad sea auténtica? No fingir que hacemos caridad; que nuestro amor no sea una telenovela: amor sincero, fuerte…
La hipocresía puede insinuarse por todas partes, hasta en nuestro modo de amar. Eso se comprueba cuando el nuestro es un amor interesado, movido por intereses personales; ¡y cuántos amores interesados hay! Cuando los servicios caritativos en los que parece que nos prodigamos se hacen para mostrarnos a nosotros mismos o para sentirnos pagados: “¡Hay que ver lo bueno que soy!” ¡No, eso es hipocresía! O también cuando miramos cosas que tengan “visibilidad” para que se vea nuestra inteligencia o nuestra capacidad. Detrás de todo eso hay una idea falsa, engañosa, es decir que, si amamos, es porque somos buenos; como si la caridad fuese una creación del hombre, un producto de nuestro corazón. La caridad, en cambio, es ante todo una gracia, un regalo; poder amar es un don de Dios, y tenemos que pedirlo. Y Él lo da de buen grado, si nosotros lo pedimos. La caridad es una gracia: no consiste en hacer ver lo que somos, sino lo que el Señor nos da y que nosotros libremente acogemos; y no se puede expresar en el encuentro con los demás si antes no es engendrada por el encuentro con el rostro manso y misericordioso de Jesús.
Pablo nos invita a reconocer que somos pecadores, y que también nuestro modo de amar está marcado por el pecado. Al mismo tiempo, sin embargo, se hace portador de un anuncio nuevo, un anuncio de esperanza: el Señor abre ante nosotros una vía de liberación, una vía de salvación. Es la posibilidad de vivir también nosotros el gran mandamiento del amor, de ser instrumentos de la caridad de Dios. Y esto sucede cuando nos dejamos curar y renovar el corazón por Cristo resucitado. El Señor resucitado que vive entre nosotros, que vive con nosotros es capaz de curar nuestro corazón: lo hace, si se lo pedimos. Es Él quien nos permite, a pesar de nuestra pequeñez y pobreza, experimentar la compasión del Padre y celebrar las maravillas de su amor. Y se comprende entonces que todo lo que podemos vivir y hacer por los hermanos no es otra cosa que la respuesta a lo que Dios ha hecho y sigue haciendo por nosotros. Es más, es Dios mismo quien, tomando morada en nuestro corazón y en nuestra vida, sigue haciéndose cercano y sirviendo a todos los que encontramos cada día en nuestro camino, empezando por los últimos y los más necesitados, en los que reconocemos en primer lugar a Él.
Así pues, con estas palabras el Apóstol Pablo no quiere reprocharnos, sino más bien animarnos y reavivar en nosotros la esperanza. Porque todos tenemos la experiencia de no vivir de lleno o como deberíamos el mandamiento del amor. Pero también eso es una gracia, porque nos hace comprender que no somos capaces de amar de verdad: necesitamos que el Señor renueve continuamente ese don en nuestro corazón, a través de la experiencia de su infinita misericordia. Y entonces sí que volveremos a apreciar las cosas pequeñas, las cosas sencillas, ordinarias; volveremos a apreciar todas esas cosas pequeñas de todos los días y seremos capaces de amar a los demás como los ama Dios, queriendo su bien, o sea, que sean santos, amigos de Dios; y estaremos contentos por la posibilidad de hacernos cercanos a quien es pobre y humilde, como Jesús hace con cada uno de nosotros cuando estamos alejados de Él, de inclinarnos a los pies de los hermanos, como Él, Buen Samaritano, hace con cada uno de nosotros, con su compasión y su perdón.
Queridos hermanos, esto que el Apóstol Pablo nos ha recordado es el secreto para estar −uso sus palabras− «alegres en la esperanza» (Rm 12,12): alegres en la esperanza. La alegría de la esperanza, porque sabemos que, en toda circunstancia, incluso la más adversa, y también a través de nuestros mismos fracasos, el amor de Dios no decae. Y entonces, con el corazón visitado y habitado por su gracia y su fidelidad, vivimos en la gozosa esperanza de intercambiar con los hermanos, en ese poco que podemos, lo mucho que recibimos cada día de Él. Gracias.
* * *
Dirijo un pensamiento especial a los trabajadores de “Sky Italia”, y espero que su situación laboral pueda encontrar una rápida solución, respetando los derechos de todos, especialmente de las familias. El trabajo nos da dignidad, y los responsables de los pueblos, los gobernantes tienen la obligación de hacer todo lo posible para que cada hombre y mujer puedan trabajar y así llevar la frente alta, mirar a los demás a la cara, con dignidad. Quien, por maniobras económicas, por hacer negocios no del todo claros, cierra fábricas, cierra empresas y quita el trabajo a los hombres, comete un pecado gravísimo.
Un saludo final a los jóvenes, enfermos y recién casados. Que el tiempo litúrgico de la Cuaresma favorezca el acercamiento a Dios: ayunad no solo de las comidas, sino sobre todo de las malas costumbres, queridos jóvenes, para adquirir mayor dominio sobre vosotros mismos; que la oración sea para vosotros, queridos enfermos, el medio para sentir a Dios cerca, particularmente en el sufrimiento; que el ejercicio de las obras de misericordia os ayude, queridos recién casados, a vivir vuestra existencia conyugal abriéndola a las necesidades de los hermanos.
Traducción de Luis Montoya

Meditación Domingo 3 Cuaresma (A)

(Cfr. www.almudi.org)

 
Jesús es el agua viva, que con su Espíritu nos infunde para poder dar vida a los demás, por el amor 

En aquel tiempo, Jesús llega, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta.
Llega una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dice: «Dame de beber». Pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida. Le dice a la mujer samaritana: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva». Le dice la mujer: «Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le respondió: «Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna».
Le dice la mujer: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla». El le dice: «Vete, llama a tu marido y vuelve acá». Respondió la mujer: «No tengo marido». Jesús le dice: «Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad».
Le dice la mujer: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar». Jesús le dice: «Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad».
Le dice la mujer: «Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo explicará todo». Jesús le dice: «Yo soy, el que te está hablando».
En esto llegaron sus discípulos y se sorprendían de que hablara con una mujer. Pero nadie le dijo: «¿Qué quieres?», o «¿Qué hablas con ella?». La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?». Salieron de la ciudad e iban donde Él.
Entretanto, los discípulos le insistían diciendo: «Rabbí, come». Pero Él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que vosotros no sabéis». Los discípulos se decían unos a otros: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Les dice Jesús: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. ¿No decís vosotros: Cuatro meses más y llega la siega? Pues bien, yo os digo: Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega. Ya el segador recibe el salario, y recoge fruto para la vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador. Porque en esto resulta verdadero el refrán de que uno es el sembrador y otro el segador: yo os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga».
Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en Él por las palabras de la mujer que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Cuando llegaron donde Él los samaritanos, le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Y fueron muchos más los que creyeron por sus palabras, y decían a la mujer: «Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo» (Jn 4,5-42).


1. En el pozo de Jacob, con Jesús cansado al mediodía, vemos la imagen del agua como Vida. Un judío y una samaritana, dos concepciones de la religión (desde el s. V a.C. la escisión de Judea y Samaría era total: templos diferentes, versiones diferentes de la Torá...). Jesús remonta hacia lo alto y le habla a partir del agua natural de la que es Viva. Sube de nivel sus preocupaciones más internas, las que no se ven, las que se pronuncian cuando hay confianza, confidencia. «Dame de beber». Así Jesús va llevando la conversación. Ella pregunta por la auténtica religión, dónde adorar a Dios, y Jesús la lleva al auténtico Templo. El pozo de Jacob se relaciona con el pozo existente dentro del que bebe el agua que Jesús trae. Es un surtidor. «Su sed material —nos dice Juan Pablo II— es signo de una realidad mucho más profunda: manifiesta el ardiente deseo de que, tanto la mujer con la que habla como los demás samaritanos, se abran a la fe».
La mujer ha de salir del resentimiento por no cumplir la Torah (los 5 maridos coinciden con sus 5 libros), el paganismo (la unión actual con otro hombre) hacia una vida en "espíritu y verdad". Es "hacia el mediodía", la hora que Jesús dará a luz esta libertad (a esta misma hora hará sentar Pilato a Jesús en Jn 19. 13-14), la hora de la matanza de los corderos inocentes en el Templo, todo habla –como el domingo pasado- del Cordero glorificado en su misma muerte: "Yo soy, el que habla contigo". Jesús está construyendo un nuevo templo. Nuestro templo no estará en piedra, sino en nuestro corazón, es Cristo y nosotros con él.
El tema de hoy es el agua -enlace de las tres lecturas- que representa la fe, el Espíritu Santo que se nos da y con él nos da la gracia (como veremos en la segunda lectura), tema que retoma el prefacio, al invocar a Cristo, “quien, al pedir agua a la samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe, y si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer fue para encender en ella el fuego del amor divino”. Benedicto XVI habló de las grandes imágenes del Evangelio de san Juan: “el agua es un elemento primordial de la vida y, por ello, también uno de los símbolos originarios de la humanidad. El hombre la encuentra en distintas formas y, por tanto, con diversas interpretaciones”:
1) el manantial, agua fresca que brota de las entrañas de la tierra, origen, principio, pureza (elemento creador, símbolo de la fertilidad, de la maternidad).
2) el río (Nilo, Eufrates y Tigris, Jordán…) portador de vida, con su profundidad representa también el peligro de muerte al sumergirse, y el salir de ella puede simbolizar un renacer.
3) el mar como fuerza que causa admiración y que se contempla con asombro en su majestuosidad, opuesto a la tierra, temido; el mar Rojo fue símbolo de la salvación (y es imagen del bautismo de sangre de Jesús, de su pasión), y amenaza que resultó fatal para los egipcios. Este es el simbolismo del agua en la historia de las religiones. “El simbolismo del agua recorre el cuarto Evangelio de principio a fin”, desde la conversación con Nicodemo (capítulo 3, 5: renacer del agua y del Espíritu).
Encontramos hoy a Jesús junto al pozo de Jacob: el Señor promete a la Samaritana un agua que será, para quien beba de ella, fuente que salta para la vida eterna (cf. 4,14), de tal manera que quien la beba no volverá a tener sed. “Aquí, el simbolismo del pozo está relacionado con la historia salvífica de Israel”. Jacob había visto cómo subían y bajaban los ángeles de Dios en una escalera, signo de Jesús que une el cielo y tierra, como anuncia a Natanael que sus discípulos verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre Él (cf. 1,51). “Aquí, junto al pozo, encontramos a Jacob como el gran patriarca que, precisamente con el pozo, ha dado el agua, el elemento esencial para la vida. Pero el hombre tiene una sed mucho mayor aún, una sed que va más allá del agua del pozo, pues busca una vida que sobrepase el ámbito de lo biológico”. El agua se convierte en símbolo del Pneuma, de la verdadera fuerza vital que apaga la sed más profunda del hombre y le da la vida plena, que él espera aun sin conocerla. El hambre que tiene Jesús no es del pan corruptible que sació en el desierto, sino de esa Eucaristía que une el cielo y tierra.
La semana pasada veíamos la Transfiguración en la fiesta de las tiendas, y hoy vemos que el agua está ligada a esta fiesta, como revelan Jesús con ocasión de la fiesta de las Tiendas que nos relata Juan en 7, 37ss. «El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús en pie gritaba: "El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que beba"; como dice la Escritura: "De sus entrañas manarán torrentes de agua viva"...».
Jesús pregunta cosas y lo sabe todo, la samaritana tiene agua del pozo pero pide agua a Jesús, la que quita la sed del corazón. Lo que nos dice Jesús: «¡Si conocieras el don de Dios!», nos lleva a pedirle: “Señor, enséñame a conocer, a saber, a querer”...

2. En el desierto, “el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: -¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?” Y Moisés siguiendo la inspiración divina golpea la piedra y aparece agua, de modo que responde el Señor a la tentación del pueblo que pensaba: “¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?” El agua que brotó de la roca para los judíos durante su travesía del desierto, no obstante todas sus dudas y temores, es parte importante de la esperanza mesiánica: “Moisés había dado a Israel, durante la travesía del desierto, pan del cielo y agua de la roca. En consecuencia, también se esperaban del nuevo Moisés, del Mesías, estos dos dones básicos para la vida” (Ratzinger). El agua y la roca y el pan son Cristo, como dice S. Pablo «Todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebieron de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo» (1 Cor 10,3s).
Y el nuevo templo ya no será de piedra, pues con un amor «hasta el extremo», que ha pasado por la cruz –de donde surge sangre y agua salvadoras- y ahora está resucitado, Cristo vivo es el templo. Esa agua que mana del Gólgota discurre a través de la historia, de los tiempos, para que la tierra se purifique, se llene de vida verdadera.
"¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?" Sospecha en contraste con la fe de Abrahan que veíamos el domingo pasado, y el nombre dado al lugar recuerda la tentación ("Meribá"=riña, altercado o querella, y "Massa"=tentación). Beber esa agua es participar de la fuente: “el que beba el agua que yo le daré, el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4, 13-14). Queremos ser fieles, vivir la oración del salmo: “Venid, aclamemos al Señor,  demos vítores a la Roca que nos salva;  entremos a su presencia dándole gracias, vitoreándolo al son de instrumentos… bendiciendo al Señor, creador nuestro.  Porque él es nuestro Dios y nosotros su pueblo,  el rebaño que él guía.  Ojalá escuchéis hoy su voz:  «No endurezcáis el corazón como en Meribá,  como el día de Massá en el desierto,  cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras”. 

3. Lo más importante de la ley del Nuevo Testamento, en lo que consiste toda su fuerza, es la gracia del Espíritu Santo, que nos viene dada por la fe en Cristo: “ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo”. «Por la fe, el alma se une a Dios: pues por la fe el alma cristiana celebra como una especie de matrimonio con Dios: te desposaré conmigo en fe (Os 2, 20)» (Santo Tomás de Aquino). Es una ley escrita en nuestro corazón, que nos da fuerza para usar bien la libertad y crecer en el amor: “Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos; y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de los Hijos de Dios”. Es una esperanza con contenido, pues Dios mismo est´aen nosotros dándonos su amor: “La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”.
Es un misterio ese amor divino que se nos da por entero: “En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; -en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir-; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros”. La caridad es así vista como una participación de la infinita caridad que es el Espíritu Santo. Para que pueda decirse que una Persona divina ha sido enviada a una criatura hace falta que la persona se asemeje a la Persona divina enviada; «y puesto que el Espíritu Santo es el Amor, el alma es asimilada al Espíritu Santo por el don de la caridad: y de ahí que la misión del Espíritu Santo se considere en razón del don de caridad» (sigue diciendo el Aquinate). 
Llucià Pou Sabaté

Homilía Domingo 3 Cuaresma (A)

(Cfr. www.almudi.org)

 

(Ex 17,3-7) "Yo estaré allí delante de ti"
(Rom 5,1.2.5-8) "Nos gloriamos en la esper
anza de los hijos de Dios"
(Jn 4,5-42) "Si conocieses el don de Dios"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía en la parroquia de los Santos Pedro y Pablo (22-III-1981)

--- Adoración a Dios
“...Postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque Él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, el rebaño que Él guía” (Sal 94(95),6-7).
Efectivamente la Cuaresma es el “tiempo propicio” (2 Cor 6,2), en el cual el Señor se revela a quien se esfuerza por conocerlo y amarlo. Es el tiempo del “memento”, de acordarse de Él de modo real. Es metanoia: dirigirse a Él con toda el alma para servirlo y darle gracias. Esto significa adorar al Señor, y por este motivo la Iglesia no se cansa de repetir con el Salmista: “Entremos a su presencia dándole gracias, vitoreándolo al son de instrumentos” (Sal 94(95),2), y también: “Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor” (Sal 94(95),6).
La adoración a Dios constituye la razón de ser de la Iglesia y de cada hombre, el cual no puede dar expresión cabal a su existencia, sin manifestar este acto amoroso, espontáneo y consciente a Dios, su Creador. Y este acto de adoración se realiza sobre todo en la comunidad reunida para la celebración del banquete del Señor, en la fractio panis, que también nosotros renovaremos dentro de poco (...).
“Golpearás la peña, y saldrá de ella agua” (Ex.17,6).
El largo viaje de los israelitas por el desierto sirve de contexto inmediato al pasaje del Éxodo. Una de las dificultades mayores presentadas por un viaje en el desierto a un pueblo tan numeroso que llevaba consigo rebaños y ganado, fue ciertamente la falta de agua. Por esto es comprensible que, en los días en que el hambre y la sed se hacían sentir de modo más agudo, los israelitas añoraran Egipto y murmuraran contra Moisés. Dios, que había manifestado de tantos modos su particular benevolencia para con aquel pueblo, exige ahora la fe, el abandono absoluto en Él, la superación de las propias seguridades humanas. Y precisamente en el momento en que el pueblo no puede contar ya con sus propios recursos, está extenuado y abatido, y alrededor no hay más que la desnuda roca estéril y árida y sin vida, interviene Dios, se hace presente y hace brotar de esa roca agua abundante que da la vida. Precisamente de esa roca maciza podrán sacar los israelitas agua en su viaje hacia la tierra prometida, lo mismo que del Corazón de Cristo, sediento en la cruz, brotará el agua que salve a quienes han emprendido el camino de fe. Por esta semejanza, Pablo identifica la roca con Cristo mismo, nuevo Templo, y manantial que da de beber en la vida eterna (Cf. 1 Cor 10,4). He aquí cómo la potencia de Dios se manifiesta en el misterio del agua viva, que salta hasta la eternidad, porque es el agua regeneradora de la gracia y reveladora de la verdad.
Como en el tiempo del Éxodo, también hoy los hombres notan la fe de esta agua salvadora y liberadora que proviene de Cristo, y la Iglesia, en respuesta, no se cansa de anunciarlo a todos los pueblos de todos los tiempos. Ella está presente en el mundo, sobre todo “para ayudar a los hombres a creer que Jesús es el Hijo de Dios, a fin de que, mediante la fe, ellos tengan la vida en su nombre, para educarlos e instruirlos en esta vida y construir así el Cuerpo de Cristo. La Iglesia no ha dejado de dedicar sus energías a esta tarea” (Catechesis tradendae,1).

--- Reconocer los pecados propios
Del agua que salta hasta la vida eterna habla Cristo a la Samaritana junto al pozo de Sicar. Cansado del camino se sienta sobre el brocal del pozo. Los discípulos habían ido solos a la ciudad para las compras. Jesús pide a la Samaritana, que había venido para sacar agua, que le dé de beber. Ella se admira de esto. ¿Cómo puede Él, un judío, pedir algo a una samaritana? Desde hacía siglos judíos y samaritanos vivían en una enemistad implacable. Pero Jesús se muestra superior a este prejuicio, como también a la opinión judía que consideraba como indecoroso para un maestro hablar públicamente con una mujer. Para Él no cuenta la distinción de nación y de raza, ni tampoco la distinción entre hombre y mujer. De agua natural, elemento material que Jesús pide primeramente a la mujer, lleva la conversación al plano de la revelación, el agua verdaderamente viva. La expresión “agua viva” en el lenguaje del Profeta indica los bienes de la salvación del tiempo mesiánico (Cf. Is 12,3; 49,10; Jer 2,13; 17,13). Pero la mujer no pudiendo comprender su lenguaje, piensa en un agua milagrosa que apague la sed del cuerpo, por lo que ya no será necesario sacar más. De este modo Jesús ha despertado en ella el deseo de su don: “Señor -le dice la mujer- dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla” (Jn 4,14). Entonces Jesús revela a la mujer que Él es en persona la fuente misma del agua viva. Y demuestra cómo el camino de la fe en Él pasa a través del reconocimiento de su misión divina, manifestando su conocimiento profético, propio de un enviado de Dios. Ella ha tenido cinco maridos y vive ilegalmente con un sexto. La mujer comienza a reflexionar: un conocimiento tal de los corazones no es el de un hombre común, y prorrumpe en un emocionado acto de fe: “Señor, veo que tú eres un profeta” (Jn 4,19). Y luego irá a avisar a los habitantes de su ciudad que ha encontrado al Mesías y les invita a “venir a Jesús” (Jn 4,29). En este estupendo pasaje evangélico, que alcanza una cumbre sublime por su belleza formal y por su profundidad doctrinal, hay rasgos pedagógicos interesantes para todo educador de la fe. La revelación personal es obra de Jesús, que la realiza partiendo de la situación concreta para llevar a una revisión ideal de la vida: esa vida vista a la luz de la verdad, porque sólo en la verdad puede efectuarse el encuentro con Cristo que personifica la misma verdad.
Precisamente cuando la Samaritana se dirige a Jesús con las palabras: “Dame esa agua”(Jn 4,15), entonces Él no tarda en indicar el camino que lleva a ella. Es el camino de la verdad interior, el camino de la conversión y de las obras buenas. “Anda llama a tu marido” (Jn 4,16), dice el Señor a la mujer: se trata de una invitación a examinar la propia conciencia, a escrutar en lo íntimo del corazón, a despertar en él las esperanzas más profundas, ésas que se finge esconder bajo la réplica evasiva. Hace descubrir a esta mujer la necesidad de ser salvada y de preguntarse por el camino que puede conducirla a la salvación, haciendo con ella un verdadero y propio “examen de conciencia”, y ayudándola a llamar por su nombre a los pecados de su vida. Por esto el Señor le apremia: “Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido” (Jn 4,17-18). De este modo la mujer no sólo reconoce su situación de pecado, sino que es ayudada a llamar por su nombre a los pecados de su vida. San Agustín en un sermón admirable expresa así la lucha interior de esta mujer: “Primeramente te rigieron los cinco sentidos corporales; cuando llegaste después al uso de razón, no llegaste a la sabiduría, sino que caíste en el error; por esto, después de los cinco maridos, el que tienes ahora no es tu marido. Y si no era un marido, ¿qué era sino un adúltero? Llama, pues, pero no al adúltero, llama a tu marido, con el fin de que tu inteligencia pueda comprenderme y el error no te haga pensar algo falso de mí... Echa lejos, pues, al adúltero, que te pervierte y anda a llamar a tu marido. Llámalo y vuelve acá con él, y me comprenderás” (In Jn. Evang. Tr. 15,22).

--- Disponerse a recibir la gracia
En esta situación, Jesús, de improviso, se eleva más allá de la respuesta inmediata para anunciar la superación del culto juzgado verdadero y de una forma de adoración, que se fija en el corazón más que en los sacrificios, una adoración provocada por el Espíritu, precisamente la adoración “en espíritu y verdad” (Jn 4,24). Adorar en espíritu supone ponerse bajo el influjo de la acción de Dios, esto es, del don de la vida obrado por el Espíritu y llama la atención sobre la vida sobrenatural de la que gozan los cristianos y que es condición indispensable para ser “verdaderos”adoradores. Adorar en verdad significa ponerse en el orden de la revelación del Verbo: esa revelación para la cual se compromete la acción del Espíritu de verdad. El nuevo lugar de la adoración es el templo espiritual, es decir, Cristo-verdad, bajo la iluminación del Espíritu de verdad. La condición requerida por Jesús para un culto válido es la de sintonizar con su persona, reveladora de una fe que obra el Espíritu Santo. Los que sepan acoger el admirable “don de Dios” (Jn 4,10) que es el agua viva del Espíritu Santo, serán transformados, como la Samaritana, se convertirán en verdaderos adoradores, encontrando el centro del culto en el Cuerpo de Cristo resucitado y transformado por la fuerza del Espíritu.
¿Qué efectos produjo en la Samaritana el agua viva que salta hasta la vida eterna? Valorando el desarrollo ulterior de la situación espiritual de la mujer, se puede responder que el fruto fue grande. Efectivamente, se encuentra en ella una auténtica metanoia que la lleva hasta reconocer en Jesús al Mesías: “Venid a ver -dice a sus conciudadanos- un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será éste el Mesías?” (Jn 4,29). Y la pregunta supone en su pensamiento una respuesta afirmativa, porque une esta confesión con el hecho de llamar por su nombre a los pecados: me ha dicho todo lo que he hecho. Nota en sí una nueva fuerza, un nuevo entusiasmo que la lleva a anunciar a los demás la verdad y la gracia que ha recibido: venid a ver. En cierto sentido se convierte en mensaje de Cristo y de su Evangelio de salvación, como la Magdalena en la mañana de Pascua.
También a nosotros se nos dirige la invitación a beber esta agua viva de la verdad, a purificar nuestra vida, cambiar la mentalidad y acudir a la escuela del Evangelio, donde el Señor, como hizo con la Samaritana, nos interpela, haciéndonos descubrir las exigencias más profundas de la verdad y del espíritu.
El tercer domingo de Cuaresma la Iglesia nos invita a la particular adoración de Dios, a rendir una adoración particular al Padre “en espíritu y verdad”.
Esta adoración no puede ser solamente externa. La adoración en “espíritu y verdad” debe afectar a nuestras conciencias. Y por esto oigamos una vez más el Salmo responsorial, cuando dice: “Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis el corazón...” (Sal 94(95,8).
Pensemos a quién de nosotros se refieren estas palabras. Pensemos en esos hermanos y hermanas, que están ausentes, pero a los cuales se refieren estas palabras, e imploremos para nosotros y para ellos el encuentro con Cristo semejante al encuentro de la Samaritana junto al pozo de Sicar.
Y escuchamos también las palabras del Apóstol Pablo en la Carta a los Romanos: “Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por Él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos; y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de los hijos de Dios” (Rom 5,1-2).
Si a alguno de nosotros se refieren estas palabras -y pienso que se refieren a muchos- entonces pidamos perseverar en la esperanza y en la observancia de la paz con Dios, tal como enseña el Apóstol.
Y finalmente escuchemos las palabras de nuestro Señor Jesucristo que dice: “levantad los ojos y contemplad los campos que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así se alegran lo mismo sembrador y segador” (Jn 4,35-36).
Pidamos con toda el alma esta cosecha, lo mismo que pidió la Samaritana tener agua viva, el agua para la vida eterna. Y, al contemplar “los campos que ya están dorados para la siega” (Jn 4,35), pensemos que hay necesidad de segadores como antes fueron necesarios los sembradores. Y digamos a Cristo que nos ha redimido con su Sangre: Señor ¡aquí estoy! Admíteme como sembrador y segador de tu Reino. Señor, ¡aquí estoy! Envía operarios a la mies. “Envía operarios a tu mies” (Cf. Mt 9,37).
Que mediante la Cuaresma se renueven nuestras conciencias y reviva el celo de los auténticos discípulos de Cristo.

Vídeo de la Campaña 2017 de Manos Unidas. #ComprométeteconManosUnidas

El Mundo no necesita más comida, necesita más gente comprometida.
Mientras
que casi 800 millones de personas pasan hambre en el mundo, cada día se
tiran a la basura millones de toneladas de alimentos.
En Manos Unidas llevamos casi 60 años rebelándonos contra esta realidad, luchando contra el hambre en el mundo.
Porque
no podemos permitir que se desperdicien alimentos mientras condenamos
al hambre a gran parte de la población. La solución es posible. Lo
sabemos bien. Pero para que se produzcan los cambios, es necesario
actuar.
Hay que vencer inercias, romper barreras. Y necesitamos ser
más. Más personas sensibilizadas y comprometidas. Aquí y en todo el
mundo. Porque el mundo no necesita más comida, necesita más gente
comprometida...

15 marzo 2017

Catequesis en español del Papa Francisco 15/03/2017 HD

“La caridad es una gracia: no consiste en el hacer ver lo que nosotros
somos, sino en aquello que el Señor nos dona y que nosotros libremente
acogemos; y no se puede expresar en el encuentro con los demás si antes
no es generada en el encuentro con el rostro humilde y misericordioso de
Jesús”, con estas palabras el Papa Francisco explicó en la Audiencia
General del miércoles 15 de marzo, el significado de la alegría de la
esperanza.