Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

14 enero 2017

LIBRO DE LA SEMANA (13 Ene): Los últimos de Filipinas

(Cfr. www.criteriaclub.es)


  Los últimos de Filipinas

¿Quiénes fueron esos hombres? ¿Cuáles son las claves que hicieron posibles unos hechos que asombraron al mundo?
PRECIO
29,90 €

Carta del Papa a los Jóvenes: Preparar el próxinmo Sónodo 2018

(Cfr. www.almudi.org)


 
 
Con ocasión de la presentación del ‘Documento Preparatorio’ de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos

Con ocasión de la presentación del Documento preparatorio, sobre el tema “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional” , el Santo Padre ha escrito una Carta a los jóvenes de todo el mundo manifestando su paternal afecto.
En su misiva, el Papa exhorta a los jóvenes a participar activamente en el camino sinodal, también con sus dudas y críticas, porque el Sínodo es para ellos y porque toda la Iglesia se pone a la escucha de su voz, de su sensibilidad, de su fe.

Texto de la Carta del Santo Padre

Queridos jóvenes, me alegra anunciaros que en el mes de octubre del 2018 se celebrará el Sínodo de los Obispos sobre el tema «Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional». He querido que ocupéis el centro de la atención porque os llevo en el corazón. Precisamente hoy se presenta el Documento Preparatorio, que os ofrezco como “brújula” a lo largo de ese camino.

Me vienen a la memoria las palabras que Dios dirigió a Abrahán: «Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré» (Gen 12,1). Estas palabras están dirigidas hoy también a vosotros: son las palabras de un Padre que os invita a “salir” para lanzaros a un futuro no conocido pero prometedor de realizaciones seguras, a cuyo encuentro Él mismo os acompaña. Os invito a escuchar la voz de Dios que resuena en el corazón de cada uno a través del soplo vital del Espíritu Santo.

Cuando Dios le dice a Abrahán «Sal», ¿qué quería decirle? Ciertamente no que huyese de los suyos ni del mundo. La suya fue una invitación, una vocación, a que dejase todo y fuese a una tierra nueva. ¿Cuál es para nosotros esa tierra nueva, sino una sociedad más justa y fraterna que deseáis profundamente y que queréis construir hasta las periferias del mundo?

Pero desgraciadamente, hoy, la expresión «Sal» asume también un significado distinto: el de la prevaricación, el de la injusticia y el de la guerra. Muchos jóvenes están sometidos al chantaje de la violencia y se ven obligados a huir de su tierra natal. Su grito sube a Dios, como el de Israel esclavo de la opresión del Faraón (cfr. Ex 2,23).

Deseo también recordaros las palabras que Jesús dijo un día a los discípulos que le preguntaban: «Rabbí […] ¿dónde vives?». Él les respondió: «Venid y lo veréis» (Jn 1,38). También a vosotros Jesús dirige su mirada y os invita a ir hacia Él. Queridísimos jóvenes, ¿habéis encontrado esa mirada? ¿Habéis escuchado esa voz? ¿Habéis sentido ese impulso a poneros en camino? Estoy seguro que, aunque el ruido y el aturdimiento parecen reinar en el mundo, esa llamada sigue sonando en el corazón da cada uno para abrirlo a la alegría plena. Eso será posible en la medida en que, a través del acompañamiento de guías expertos, sepáis emprender un itinerario de discernimiento para descubrir el proyecto de Dios sobre vuestra vida. Incluso cuando vuestro camino se encuentre marcado por la precariedad y la caída, Dios rico en misericordia tiende su mano para levantaros.

En Cracovia, durante la apertura de la última Jornada Mundial de la Juventud, os pregunté varias veces: «¿Las cosas se pueden cambiar?». Y gritasteis juntos a gran voz «¡sí!». Ese grito nace de un corazón joven que no soporta la injusticia y no puede doblegarse a la cultura del descarte, ni ceder ante la globalización de la indiferencia. ¡Escuchad ese grito que sale de lo más íntimo! También cuando advirtáis, como el profeta Jeremías, la inexperiencia de vuestra corta edad, Dios os anima a ir donde Él os envía: «No les tengas miedo, que contigo estoy para salvarte» (Jer 1,8).

Un mundo mejor se construye también gracias a vosotros, a vuestras ganas de cambio y a vuestra generosidad. No tengáis miedo de escuchar al Espíritu que os sugiere decisiones audaces, no dudéis cuando la conciencia os pida arriesgaros para seguir al Maestro. También la Iglesia desea ponerse a la escucha de vuestra voz, de vuestra sensibilidad, de vuestra fe; hasta de vuestras dudas y críticas. Haced sentir vuestro grito, dejadlo resonar en las comunidades y hacedlo llegar a los pastores. San Benito recomendaba a los abades consultar también a los jóvenes antes de cada decisión importante, porque «muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor» (Regla de San Benito III, 3).
Así, también a través del camino de este Sínodo, yo y mis hermanos Obispos queremos contribuir cada vez más a vuestro gozo (cfr. 2Cor 1,24). Os encomiendo a María de Nazaret, una joven como vosotros a quien Dios dirigió su mirada amorosa, para que os lleve de la mano y os guíe a la alegría de un ¡heme aquí! pleno y generoso (cfr. Lc 1,38).

Con paternal afecto,
Francisco

Vaticano, 13 de enero de 2017

Fuente: vatican.va.
Traducción de Luis Montoya.
 

PELICULA DE LA SEMANA (13 Ene): Frantz

(Cfr. www.almudi.org)

 
Frantz


Reseña: 
El largometraje se sitúa en una pequeña localidad alemana posterior a la I Guerra Mundial donde la joven Anna (Paula Beer), va cada día al cementerio a lamentar la pérdida de su novio Frantz, que murió en una batalla en Francia. Un día se encuentra con Adrien (Pierre Niney), un joven francés que ha ido a depositar flores en la tumba de Frantz, y cuya presencia en un país que acaba de perder la guerra encenderá pasiones encontradas.
Inteligente y exquisita adaptación de la novela y luego obra de teatro "L'homme que j'ai tué" de Maurice Rostand, llevada casi 75 años antes al cine por el alemán Ernst Lubitsch.
Tenemos una historia de amor truncado, una mujer por un hombre, unos padres por su hijo, junto a un posible recambio. Pero ello está trenzado con las huellas de la guerra en los vencidos y en los vencedores, lo que en el conjunto ayuda a componer un cuadro poderoso y creíble de la naturaleza humana, con sus odios y rencores, patriotismo mal entendido, celos y susceptibilidades.
La película habla de perdón, de desesperación, de poner a mal tiempo buena cara, de compasión, de segundas oportunidades, de clasismo y hasta de arte, qué bien está introducida la música y la pintura. Las interpretaciones son muy buenas. (Almudí JD). Decine21: AQUÍ

Meditación Domingo 2 t.o. (A)

(Cfr. www.almudi.org)

 
 
 
Jesús es el Cordero pascual, que quita el pecado del mundo

“En aquel tiempo, vio Juan venir Jesús y dijo: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es por quien yo dije: ‘Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo’. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que Él sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios»” (Jn 1,29-34).

1. Juan está aún a orillas del Jordán junto a dos de sus discípulos cuando ve pasar a Jesús y no se retiene de gritar de nuevo: «¡He ahí el Cordero de Dios!». Los dos discípulos comprenden y, dejando para siembre al Bautista, se ponen a seguir a Jesús.
En la Misa contemplamos esas palabras: «Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros / danos la paz». Entonces, antes de recibir al Señor en la comunión, el sacerdote las pronuncia en uno de los momentos más solemnes de la Misa, mostrando Jesús en la Eucaristía, como Cordero, y nos unimos a la fe eucarística con aquellas otras: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una sola palabra tuya y mi alma quedará sanada”. La expresión “cordero” aparece aquí unida a “el que sana mi alma”, el que me cura, me salva…
 “Cordero” es una metáfora de carácter mesiánico que habían usado los profetas, principalmente Isaías, y que era bien conocida por todos los buenos israelitas. A orillas del Jordán (quizá por Betaraba o Beth Abarah, el “lugar del pasaje”, en recuerdo del paso del Jordán por los hebreos), Jesús se nos muestra como Pascua: el que pasa por este río de la vida, para abrirnos el camino de la Vida. “La misericordia de Dios es superior a toda expectativa”, decía san Leopoldo Mandic. El Cordero se nos muestra como salvación. San Hipólito exclamaba admirado: “¡Oh, hecho que llena de estupor! El río infinito, que alegra la ciudad de Dios, es bañado por unas pocas gotas de agua. El manantial incontenible y perenne del que brota la vida para todos los hombres, se sumerge en un hilo de agua escasa y fugaz. Aquél que está en todas partes y no falta en ningún lugar, aquél que los ángeles no pueden comprender y los hombres no pueden ver, se acerca voluntariamente a recibir el bautismo”.
¿Por qué se bautiza el Mesías, si es el cordero inmaculado en quien no hay sombra de pecado? Hemos visto que pasa por las aguas para ser el Cordero pascual, que “se ha dado a sí mismo por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad” (Tit 2,14). “En este abajamiento de Dios en el sublime momento de comenzar la predicación de la verdad y la proclamación del Misterio de Dios, se pone de manifiesto la magnitud, la generosidad de esta total donación de Dios en la Encarnación. ¿Por qué el Inmaculado se acerca humildemente a recibir el signo de los que se confiesan pecadores? Es mucho más fácil responder a esta pregunta que responder a la pregunta infinitamente más radical que ésta: ¿Por qué Dios se ha hecho hombre y se ha dado a los hombres que contra él pecaron? Ninguna de las cosas que hace Cristo las hace porque Él las necesita, sino porque las necesitamos nosotros. Todos los actos de Cristo son don a los hombres: Dios no tenía necesidad de hacerse cercano a nosotros en la Encarnación, pero nosotros sí teníamos necesidad de su cercanía, porque la lejanía de Dios es la muerte del alma; Jesucristo no tenía necesidad de purificarse en las aguas del Jordán, pero nosotros necesitábamos contemplar la humildad de Dios encarnado que se abaja hasta nosotros, pecadores; nosotros teníamos la necesidad de escuchar, en este ejemplo de Cristo, la invitación a expresar exteriormente nuestra penitencia (...)        No venía Él a purificarse sino a purificarnos. Es el trasfondo de la maravillosa expresión que acuña Juan para referirse a Jesús: ‘Ese es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’” (Miguel Á. Fuentes).
 “Cordero” tiene sin duda otros significados: animal pacífico que se deja hacer, que se deja comer… también es suave y manso, que se ofrece en sacrificio, inocente sobre el que se vierten las culpas como sacrificio vicario, víctima expiatoria… recordamos el animal que sustituye la muerte de Isaac en el altar del sacrificio, cuando Abraham puede recuperar a su hijo, todos son símbolos mesiánicos, y el hijo recuperado somos nosotros, salvados por la sangre redentora de Jesús. Es un cordero el del sacrificio cotidiano en el templo (cf. Ex 29,38); también hace referencia al Siervo de Yahvéh, de Isaías, llevado al matadero como corderito mudo (cf. Is 53,6.7); se resalta en muchos sitios su cualidad de inocencia o su disposición al sufrimiento. En el fondo Juan cifra todas estas cosas en ese solo nombre. De Cristo dice que “quita” el pecado del mundo; en el sentido de “hacer desaparecer”. Lo explicará también Juan Evangelista en sus cartas: “Sabéis que (Cristo) apareció para quitar los pecados” (1 Jn 3,5). Juan de Maldonado apunta: “Algunos siguiendo al Crisóstomo notan que Juan no dice ‘que quitará’, sino ‘que quita’ los pecados del mundo, usando el presente para significar, más que el hecho, la virtud natural de Cristo de quitar los pecados. A la manera que no decimos ‘el fuego calentará’, sino ‘el fuego calienta’, para expresar que el fuego, de su natural, como no halle impedimento, calienta cualquier cosa en todo tiempo y lugar”.
¿Cómo quita los pecados? Juan, hablando de la misión de Cristo dice: “Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego”. La obra de Jesucristo, a diferencia de la de Juan, llega hasta el corazón, lo penetra y lo cambia. Por eso es comparada con el fuego: el fuego quema y purifica la escoria, la destruye; limpia, transforma. Cristo bautiza en el Espíritu Santo porque con su predicación no se limita a decir a los hombres que no pueden seguir viviendo como lo hacían hasta ese momento, sino que Él mismo los cambiará. Hará penetrar en los corazones el Espíritu Santo, y el Espíritu Santo, penetra, transforma y santifica. Juan prepara y Cristo lleva a plenitud la obra de la santificación de las almas cuando las sumerge con Él en las aguas fecundantes del Jordán espiritual: con Él hemos sido sepultados en el bautismo (Rom 6,4)” (Miguel Á. Fuentes).
Juan habla del bautismo del Espíritu Santo, por el que recibimos la filiación divina. Mucho más que cualquier otro talento o riqueza que podríamos desear o imaginar, es ser hijos de Dios: constituye el único fin que consuma nuestra vida. Esto va unido a la fraternidad, sentir como propias las cosas de los demás, y por tanto ser apóstoles de tan gozosa verdad, que estamos llamados a ser hijos en el Hijo, al camino de santidad, según nuestra condición ser consecuentes con esa filiación divina.
La filiación es complicada, para quien no tiene idea de padre, o ha perdido la confianza en ella, y considera Dios, más que como un Padre amoroso al que debe la vida y todo lo que es y tiene, como un obstáculo de la propia autonomía, o incluso un rival de la libertad personal. A veces, en efecto, hay quien considera a Dios como una complicación incómoda, que lamentablemente existe, que dificulta más aún la vida, ya de suyo difícil de los hombres. La imagen del Padre que perdona, que espera cada día la vuelta del hijo, dispuesto a restituirle su favor apenas regrese arrepentido, es muy plástica para re-construir la idea de padre, viendo al "padre misericordioso". La confesión será así una “actualización” del bautismo, como en los programas informáticos, para reavivar el fuego de la gracia, y cada vez que animamos a otro a "volver", se cumplen las palabras con las que concluye Santiago su carta a una joven comunidad de fieles: si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro le convierte, sepa que quien convierte a un pecador de su extravío, salvará su alma de la muerte y cubrirá sus muchos pecados.
Mirar el Cordero de Dios es participar de su misericordia (la que contemplamos en Semana Santa por ejemplo), dejarnos transformar por el Cordero: es amar a Dios de verdad, participar en su corazón, y nos dolerá que otros ofendan al Señor, aunque no sepan que lo hacen. Saldrán propósitos de pedir la luz de la fe, también con nuestros sacrificios, pues todos buscan la verdad y a Dios aún sin saberlo, todos intentan alcanzar la felicidad que en Él está, la vida plena que la Trinidad nos ha preparado, pues a esa vida nos eligió antes de la constitución del mundo para que seamos santos y felices en su presencia por el amor.

2. Samuel era un niño al servicio del templo y del sacerdote Elí, y acostado oyó que le llamaban, y “fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: —Aquí estoy; vengo porque me has llamado”.
Por tres veces oyó voces Samuel y le dijo Elí: —“No te he llamado; vuelve a acostarte”. Hasta que “Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho y dijo a Samuel: —Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: «Habla, Señor, que tu siervo te escucha.» Samuel fue y se acostó en su sitio. El Señor se presentó y le llamó como antes: —¡Samuel, Samuel! El respondió: —Habla, Señor, que tu siervo te escucha.
Samuel crecía, Dios estaba con él”, y fue el último Juez, antes de que comenzara la dinastía de los Reyes. Samuel habla con Dios
Nosotros, con el salmo, queremos decirle de algún modo al Señor: aquí está "tu siervo que está dispuesto a escucharte": "Aquí estoy para hacer tu voluntad. Dios mío, lo quiero y llevo tu ley en las entrañas”. Dios se inclina hacia cada uno de nosotros, para escucharnos, y darnos fortaleza: "afirmó mi pie sobre la roca”, y darnos su palabra: “me puso en la boca un canto nuevo", -"abriste mis oídos... para que escuchara tu voluntad", y queremos serle fieles: "llevo tu ley en mis entrañas... mira, no guardo silencio". Dios no quiere ya sacrificios de animales... lo que agrada a Dios es la docilidad de cada instante a su voluntad... El "don de sí por amor".

3. “Dios, con su poder, resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? El que se une al Señor es un espíritu con él. Huid de la fornicación. Cualquier pecado que cometa el hombre, queda fuera de su cuerpo. Pero el que fornica, peca en su propio cuerpo. ¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?” Ser templos del Espíritu Santo, Dios en nosotros respetando nuestro modo de ser, sabiendo que estamos edificando el Templo: “Él habita en vosotros porque lo habéis recibido de Dios. No os poseáis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!”
Es falso pensar que el alma está destinada a la inmortalidad y el cuerpo a la corrupción. También los cuerpos resucitarán. Por eso ya ahora los cuerpos de los bautizados, de los creyentes, están unidos a Cristo como los miembros a su cabeza. Cristo es la cabeza; a él le pertenecemos y con él estamos unidos en cuerpo y alma. La separación del alma y la degradación del cuerpo a enemigo del alma obedecen a una concepción platónica distinta de la cristiana. Para Pablo el hombre nunca es pura interioridad; más aún, no puede ser interioridad, alma, sin ser al mismo tiempo expresión corporal. Por eso, o nos unimos a Cristo en cuerpo y alma o no estamos unidos a él de ningún modo. "Ser en Cristo" es el fundamento de la conducta moral del cristiano y su motivación. El fundamento decisivo y el motivo último de la conducta moral es la unión personal con Cristo. No es una ética de normas abstractas sino una vida desde la fe, la esperanza y el amor. "Ser en Cristo" abarca toda la realidad del hombre, alma y cuerpo, todo lo que es y todo lo que hace (P. Franquesa).
Llucià Pou Sabaté

Homilía Domingo 2 t.o.(A)

(Cfr. www.almudi.org)




(Is 49,3.5-6) "Mi Dios ha sido mi fortaleza"
(1 Cor 1,1-3) "Gracias a vosotros y paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo"
(Jn 1,29-34) "He aquí el que quita el pecado del mundo"



Juan ve venir al Señor lleno de sencillez y lo señala como el "Cordero de Dios que quita el pecado del mundo". Dios es un Padre cuya paciencia con nosotros, cuyas iniciativas e ingeniosidades son infinitamente mayores que nuestras debilidades y malicias. Él perdona siempre, liberando al hombre de la suciedad interior que le agobia y apaga la alegría. El Sacramento del Perdón es un recurso del amor de Dios que alivia la mala conciencia depositando en ella una paz que no es de este mundo.
Como el Bautista debemos dar testimonio del Hijo de Dios, un Dios que cura las heridas del alma. "Vosotros sois mis testigos" (Lc 24,48), dijo Jesús a los suyos, y ellos, junto a una cadena incontable de criaturas de todos los puntos cardinales, tras recibir por el Bautismo la fuerza del Espíritu Santo, "marcharon a predicar por todas partes" (Mc 15,20).
No debemos dispensarnos de la tarea de hacer que Jesucristo sea conocido y amado. Nadie debe vivir tranquilo si se desentiende de este deber. "Tal vez -dice S. Gregorio- no podamos socorrer al necesitado; pero el que tiene lengua dispone de un bien mayor que puede distribuir, pues vale más reanimar con el alimento de la palabra al alma que ha de vivir para siempre, que saciar con el pan terreno al cuerpo que ha de morir. Por tanto, hermanos, no neguéis al prójimo la limosna de vuestra palabra".Pero, ¿quién me manda a mí meterme en la vida de los demás? ¿No estaré invadiendo el recinto de sus conciencias impertinentemente? ¡No son los demás! ¡Son mis familiares y amigos, con quienes deseo compartir la preocupación de poner remedio a tantos asuntos que, sin Cristo, no tienen remedio!
¡Hablar de Dios también con el testimonio de una vida cristiana coherente! Nos engañaríamos si creyéramos que ser ejemplares en medio de las realidades de cada día, empeñados en un trabajo que santifica también las realidades nobles de este mundo, sólo despierta una desdeñosa curiosidad admirativa en medio de una sociedad que valora tan solo el bienestar terreno. Este testimonio penetra en muchas almas rectas que buscan a Dios a tientas, que anhelan esa paz que el mundo no puede dar. La paz que viene del que quita los pecados del mundo, aliviando ese sentido de culpabilidad, tan extendido.
Botón subir

08 enero 2017

Meyalli, 25 años de alegría



A raíz de un llamado que hizo san Juan Pablo II, un grupo de personas impulsaron el Colegio Meyalli, que acaba de cumplir 25 años de labor maravillosa.