Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

19 noviembre 2017

Manos Unidas con la I Jornada Mundial de los Pobres

Vídeo que recoge algunas frases del mensaje del papa Francisco para la I
Jornada Mundial de los Pobres, el 19 de noviembre de 2017, para
reflexionar sobre ellas, a la luz de algunas imágenes que muestran el
trabajo de la Organización por ellos en los países del Sur.

17 noviembre 2017

8 desafíos para papás y mamás

En un reciente mensaje pastoral, Mons. Fernando Ocáriz, prelado del Opus
Dei, compartió ocho sugerencias para los padres y madres de todo el
mundo, animando a poner la mirada en la felicidad de la familia. A
continuación, consejos útiles que te pueden ayudar en la educación de
tus hij@s

Catequesis en español del Papa Francisco 15/11/2017 HD

“La misa es oración”, ha dicho el Papa Francisco, y la oración es, “ante
todo, diálogo, relación personal con Dios”, recordó. El Papa impartió
la mañana de este 15 de noviembre, en la Audiencia General, la segunda
catequesis sobre la Santa Misa, nuevo ciclo que comenzó la semana
pasada. En esta catequesis, el Santo Padre reflexionó sobre la misa como
“oración” y explicó que la misa es la oración por excelencia, la más
alta, la más sublime, y al mismo tiempo la más “concreta”, y aclaró
“porque es el encuentro de amor con Dios a través de su Palabra y del
Cuerpo y la Sangre de Jesús. Es un encuentro con el Señor”.

13 noviembre 2017

Ángelus del 12/11/2017 HD

“La condición para estar preparados para el encuentro con el Señor no es
solo la fe, sino una vida cristiana rica en amor al prójimo”, explicó
el Papa Francisco. El Papa comentó la parábola evangélica de las
vírgenes prudentes antes de la oración del Ángelus del mediodía, en la
Plaza de San Pedro, este 12 de noviembre 2017, en presencia de unas
25,000 personas. Hizo esta pregunta: “Si fuera hoy, ¿Estoy preparado?”,
antes de agregar que es necesario “prepararse como si fuera el último
día: esto es bueno”. El Papa señaló que “la lámpara es el símbolo de la
fe que ilumina nuestra vida, mientras que el aceite es el símbolo de la
caridad que alimenta la luz de la fe, la hace fecunda y creíble”. De
hecho, explicó nuevamente el Papa Francisco “la fe inspira la caridad y
la caridad mantiene la fe”.

12 noviembre 2017

Vespa Extreme - Wheels for life

El Papa Francisco bendice la Vespa de José Antonio Fernández para la
carrera solidaria en beneficio del Instituto de Salud Tropical

10 noviembre 2017

LIBRO DE LA SEMANA (3 Nov): Lutero, 500 años después

(Cfr. www.criteriaclub.es)


  Lutero 500 años después


PRECIO:
17,00 €

PELICULA DE LA SEMANA (3 Nov): Nuestra vida en la Borgoña

(Cfr. www.almudi.org)

 

Nuestra vida en la Borgoña

  • Comedia
  • Público apropiado: Jóvenes
  • Valoración moral: Con inconvenientes
  • Año: 2017
  • País: Francia
  • Dirección: Cédric Klapisch
 
 
Contenidos: Imágenes (algunas X-)
Reseña: 
Hace diez años, Jean dejó atrás a su familia y su Borgoña natal para dar la vuelta al mundo. Al enterarse de la inminente muerte de su padre, regresa a la tierra de su infancia. Allí se reencuentra con sus hermanos, Juliette y Jérémie. El reencuentro entre los hermanos marcará un periodo en que los tres tendrán que afrontar sus vidas de modo diferente.
Estupenda y reconfortante película francesa, de esas que permiten comprender que las pequeñas y cotidianas historias son a veces las más hermosas. El director francés Cédric Klapisch despliega la historia con sutileza y los conflictos de cada personaje, sus miedos y sus retos, entran con primor en una trama sencilla, estructurada a lo largo de todo un año, según los trabajos estacionales que son necesarios emprender en la viña. Además, el director demuestra tener una gran sensibilidad para hablar de la fraternidad.
Sin espectáculo, desprende Nuestra vida en la Borgoña una visión realista y positiva del amor, de la unión familiar, del encuentro reposado con la felicidad, ésta enmarcada en una visión auténtica de la vida, un modo de ser que el film sabe encarnar en los tres hermanos y en su modo de disfrutar del vino, en contraste con la visión utilitarista de sus vecinos viticultores. Todas las interpretaciones son espléndidas. (Almudí JD). Decine21: AQUÍ

"Red de libertad": La monja que salvó a Mitterrand de los nazis

(Cfr. www.almudi.org)


 
Película que, con un limitado presupuesto, se centra en la heroica labor de Helena Studler, Hija de la Caridad, francesa nacida en Amiens en 1891

Este año 2017 se cumple el 400º aniversario del carisma recibido y extendido por San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac, que la Familia Vicenciana está conmemorando con el lema “Fui Forastero y me recibiste...”. Uno de los hitos más mediáticos de la celebración ha sido el estreno de la película Red de Libertad el pasado 20 de octubre.

Dirige de nuevo Pablo Moreno, que recibió el encargo tras sus exitosas experiencias con Un Dios prohibido, Poveda, Luz de Soledad y Fátima, el último misterio. El director de Ciudad Rodrigo ha ido configurando un creciente y compenetrado equipo de profesionales (“como una familia”, asegura él) que han dando vida a Three Columns Entertainment, la marca comercial de la compañía creada por Moreno: Contracorriente Producciones.

Con un limitado presupuesto de unos 480.000 euros, Red de Libertad se centra en la heroica labor de la hermana Helena Studler, Hija de la Caridad francesa nacida en Amiens en 1891. En 1918 comenzó a vivir en Metz, donde atendía el Asilo de San Nicolás. En 1940 la ciudad fue ocupada por los nazis y Sor Helena se implica de tal modo en la atención y rescate de los prisioneros franceses, que compromete su vida y la de quienes le ayudan. Una tarea desproporcionada y agotadora, que realizó movida por su compasión, apoyándose en la oración y poniendo en juego el coraje que Dios le había dado. Con su “red” salvó a más de 2.000 prisioneros −algunos de ellos judíos−, entre los que se encontraba, por ejemplo, François Mitterrand, futuro presidente de Francia.

Desde el punto de vista interpretativo, la “reina de la función” es Assumpta Serna, que compone a una Sor Helena creíble y convincente, algo que quizá tiene que ver con las propias vivencias actuales de la actriz: “El personaje fue un regalo −ha declarado−. Para mí, ha significado reivindicar la figura de una mujer que quiso, con su obra y con su vida, dejar un mensaje muy claro: necesitamos amarnos los unos a los otros. Es algo que parece evidente pero hay que recordarlo de tanto en tanto”. Mención especial merece también Luisa Gavasa, ganadora de un Goya en 2016 en el papel de Sor Luisa.

Pablo Moreno y Assumpta Serna están viajando por distintas capitales para promocionar la cinta. El pasado 24 de octubre le tocó el turno a Sevilla y pude estar presente en ese pase especial: al final de la proyección, muchos aplausos a la película, a Assumpta, a Pablo… y al generoso trabajo de la Familia Vicenciana.


Juan Jesús de Cózar, en jesucristoenelcine.blogspot.com.

Meditación Domingo 32º t.o. (A)

(Cfr. www.almudi.org)

 
 
 
Parábola de las diez vírgenes
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: -El Reino de los Cielos se parecerá a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco, de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz:
-«¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!» Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas.
Y las necias dijeron a las sensatas: -«Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.»
Pero las sensatas contestaron: -«Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.»
Mientras iban a comprarlo llegó el esposo y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo:
-«Señor, señor, ábrenos.»
Pero él respondió: -«Os lo aseguro: no os conozco.»
Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora” (Mateo 25,1-13).

I. La parábola que leemos en el Evangelio de la Misa se refiere a una escena ya familiar al auditorio que escucha a Jesús, porque de una manera o de otra todos la habían presenciado o habían sido protagonistas del suceso. El Señor no se detiene, por este motivo, en explicaciones secundarias, conocidas por todos. Entre los hebreos, la mujer permanecía aún unos meses en la casa de sus padres después de celebrados los desposorios. Más tarde, el esposo se dirigía a la casa de la mujer, donde tenía lugar una segunda ceremonia, más festiva y solemne; desde allí se dirigían al nuevo hogar. En casa de la esposa, ésta esperaba al esposo acompañada por otras jóvenes no casadas. Cuando llegaba el esposo, las que habían acompañado a la novia, junto con los demás invitados, entraban con ellos y, cerradas las puertas, comenzaba la fiesta.
La parábola, y la liturgia de la Misa de hoy, se centra en el esposo que llega a medianoche, en un momento inesperado, y en la disposición con que encuentra a quienes han de participar con él en el banquete de bodas. El esposo es Cristo, que llega a una hora desconocida; las vírgenes representan a toda la humanidad: unos se encontrarán vigilantes, con buenas obras; otros, descuidados, sin aceite. Lo anterior es la vida; lo posterior ‑la llegada del esposo y la fiesta de bodas‑, la bienaventuranza compartida con Cristo. La parábola se centra, pues, en el instante en que llega Dios para cada alma: el momento de la muerte. Después del juicio, unos entran con Él en la bienaventuranza eterna y otros quedan tras una puerta para siempre cerrada, que denota una situación definitiva, como Jesús había revelado también en otras ocasiones. Ya el Antiguo Testamento señala, a propósito de la muerte: Si un árbol cae al sur o al norte, permanece en el lugar en que ha caído. La muerte fija al alma para la eternidad en sus buenas o malas disposiciones.
Las diez vírgenes habían recibido un encargo de confianza: aguardar al esposo, que podía llegar de un momento a otro. Cinco de ellas fijaron todo su interés en lo importante, en la espera, y emplearon los medios necesarios para no fallar: las lámparas encendidas con el aceite necesario. Las otras cinco estuvieron quizá ajetreadas en otras cosas, pero se olvidaron de lo principal que tenían que hacer aquella tarde, o lo dejaron en segundo término. Para nosotros lo primero en la vida, lo verdaderamente importante, es entrar en el banquete de bodas que Dios mismo nos ha preparado. Todo lo demás es relativo y secundario: el éxito, la fama, la pobreza o la riqueza, la salud o la enfermedad... Todo eso será bueno si nos ayuda a mantener la lámpara encendida con una buena provisión de aceite, que son las buenas obras, especialmente la caridad.
No debemos olvidarnos de lo esencial, de lo que hace referencia al Señor, por lo secundario, que tiene menor importancia e incluso, en ocasiones, ninguna. Como solía decir el Venerable Josemaría Escrivá de Balaguer, «hay olvidos que no son falta de memoria, sino falta de amor»; significan más bien descuido y tibieza, apegamiento a lo temporal y terreno, y desprecio, quizá no explícitamente formulado, de las cosas de Dios. «Cuando lleguemos a la presencia de Dios, se nos preguntarán dos cosas: si estábamos en la Iglesia y si trabajábamos en la Iglesia. Todo lo demás no tiene valor. Si hemos sido ricos o pobres, si nos hemos ilustrado o no, si hemos sido dichosos o desgraciados, si hemos estado enfermos o sanos, si hemos tenido buen nombre o malo». Examinemos en la presencia del Señor qué es realmente lo principal de nuestra vida en estos momentos. ¿Buscamos al Señor en todo lo que hacemos, o nos buscamos a nosotros mismos? Si Cristo viniera hoy a nuestro encuentro, ¿nos encontraría vigilantes, esperándole con las manos llenas de buenas obras?
II. A medianoche se oyó la voz: ¡Ya está ahí el esposo! ¡Salid a su encuentro!
Inmediatamente después de la muerte tendrá lugar el juicio llamado particular, en el que el alma, con una luz recibida de Dios, verá en un instante y con toda profundidad los méritos y las culpas de su vida en la tierra, sus obras buenas y sus pecados. ¡Qué alegría nos darán entonces las jaculatorias que hemos rezado al encontrar un Sagrario camino del trabajo, las genuflexiones ‑verdaderos actos de adoración y de amor ante Jesús presente en aquel Altar‑, las horas de trabajo ofrecidas a Dios, la sonrisa que tanto nos costó la tarde en que nos hallábamos tan cansados, los esfuerzos por acercar a este amigo al sacramento de la Confesión, las obras de misericordia, la ayuda económica y el tiempo empleado para sacar adelante aquella obra buena, la prontitud con que nos arrepentimos de nuestros pecados y flaquezas, la sinceridad en la Confesión... ¡Qué dolor por las veces que ofendimos a Dios, las horas de estudio o de trabajo que no merecieron llegar hasta el Señor, las oportunidades perdidas para hablar de Dios en aquella visita a unos amigos, en aquel viaje...! ¡Qué pena por tanta falta de generosidad y de correspondencia a la gracia!, ¡qué pena por tanta omisión!
Será Cristo quien nos juzgue. Él ha sido constituido por Dios como juez de vivos y muertos. San Pablo recordaba esta verdad de fe a los primeros cristianos de Corinto: Todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, bueno o malo. Siendo fieles cada día en lo pequeño, utilizando las obras más corrientes para amar y servir a Cristo, no nos dará temor presentarnos ante Él; por el contrario, tendremos un inmenso gozo y mucha paz: «Será gran cosa a la hora de la muerte ‑escribía Santa Teresa de Jesús‑ ver que vamos a ser juzgadas por quien hemos amado sobre todas las cosas. Seguras podemos ir con el pleito de nuestras deudas. No será ir a tierra extraña, sino propia; pues es a la de quien tanto amamos y nos ama».
Inmediatamente después de la muerte, el alma entrará al banquete de bodas o se encontrará con las puertas cerradas para siempre. Los méritos o la falta de ellos (los pecados, las omisiones, las manchas que han quedado sin purificar...) son para las almas ‑enseña Santo Tomás de Aquino‑ lo que la ligereza y el peso para los cuerpos, que les hace ocupar inmediatamente su lugar propio.
Meditemos hoy sobre el estado de nuestra alma y el sentido que le estamos dando a los días, al trabajo..., y repitamos, rectificando la intención de lo que no vaya según Dios, la oración que nos propone el Salmo responsorial de la Misa: Mi alma está sedienta de Ti, Señor, Dios mío // Oh Dios, Tú eres mi Dios, por Ti madrugo, // mi alma está sedienta de Ti; mi carne tiene ansia de ti, // como tierra reseca, agostada, sin agua. Sé bien, Señor, que nada de lo que hago tiene sentido, si no me acerca a Ti.
III. «Hay olvidos que no son falta de memoria, sino falta de amor». La persona que ama no se olvida de la persona amada. Cuando el Señor es lo primero no nos olvidamos de Él. Estamos entonces en actitud vigilante, no adormecidos, como nos pide Jesús al final de la parábola: Vigilad, pues, porque no sabéis el día ni la hora.
Para disponernos a ese encuentro con el Señor y no experimentar sorpresas de última hora, debemos ir adquiriendo un conocimiento más profundo de nosotros mismos, ahora que es tiempo de merecimiento y de perdón. Porque si entrásemos en cuenta con nosotros mismos ‑escribe San Pablo a los de Corinto‑, ciertamente no seríamos juzgados: no se descubriría, con sorpresa, nada que ya antes no hubiésemos conocido y reparado. Para eso necesitamos hacer bien el examen diario de conciencia, que ponga ante nuestros ojos, con la luz divina, los motivos últimos de nuestros pensamientos, obras y palabras, y poder aplicar con prontitud los remedios oportunos. Cada día de nuestra vida es como una página en blanco que el Señor nos concede para escribir algo bello que perdure en la eternidad: «a veces recorro velozmente todas las hojas escritas y dejo volar también las páginas blancas, ésas sobre las cuales nada he escrito aún, porque todavía no ha llegado el momento. Y siempre, misteriosamente, se me quedan algunas entre las manos, esas mismas que no sé si llegaré a escribir, porque no sé cuándo me pondrá el Señor por última vez ese libro ante los ojos».
Nosotros no sabemos por cuánto tiempo aún podremos repasar, corregir y rectificar las páginas que ya hemos escrito, y cada noche nuestro examen de conciencia personal ‑valiente, sincero, delicado, profundo‑ nos servirá para pedir perdón por lo que en ese día no hemos hecho según el querer divino, y procuraremos encontrar los remedios para el futuro. Con frecuencia este examen diario nos permitirá preparar con hondura la Confesión. La consideración de las verdades eternas nos ayudará a que el examen sea sincero, sin engañarnos a nosotros mismos, sin ocultar o disimular lo que nos avergüenza o humilla nuestra soberbia y nuestra vanidad.
El examen de conciencia bien hecho en la presencia del Señor «te dará un gran conocimiento de ti mismo, y de tu carácter y de tu vida. Te enseñará a amar a Dios y a concretar en propósitos claros y eficaces el deseo de aprovechar bien tus días... Amigo, coge en tus manos el libro de tu vida y vuelve cada día sus páginas, para que no te sorprenda su lectura el día del juicio particular y no hayas de avergonzarte de su publicación el día del juicio universal». El Señor llama necias a estas vírgenes que no supieron preparar su llegada. No hay una necedad mayor.
Acudamos, al terminar este rato de oración, a Nuestra Señora, Reina y Madre de misericordia, vida y dulzura, esperanza nuestra, para que nos ayude a purificar nuestra vida y a llenarla de frutos. Acudamos también al Angel Custodio, quien «nos acompaña siempre como testigo de mayor excepción. Él será quien, en tu juicio particular, recordará las delicadezas que hayas tenido con Nuestro Señor, a lo largo de tu vida. Más: cuando te sientas perdido por las terribles acusaciones del enemigo, tu Angel presentará aquellas corazonadas íntimas ‑quizá olvidadas por ti mismo‑, aquellas muestras de amor que hayas dedicado a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo.
»Por eso, no olvides nunca a tu Custodio, y ese Príncipe del Cielo no te abandonará ahora, ni en el momento decisivo».
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

Homilía Domingo 32º t.o. (A)

(Cfr. www.almudi.org)

 

(Sab 6,12-16) "La sabiduría es radiante e inmarcesible"
(1 Tes 4,13-17) "Los muertos en Cristo resucitarán"
(Mt 25,1-13) "Velad, porque no sabéis el día ni la hora"

 Homilía a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
La parábola que acabamos de escuchar es una llamada a enfocar nuestra vida como una preparación para en encuentro definitivo con Jesucristo, que no sabemos cuándo se producirá y que, por tanto, debemos aguardar con vigilante conciencia. ”Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora”. Estas diez jóvenes representan a la humanidad que se compone de quienes viven pendientes de Dios y de sus indicaciones, y de quienes, lamentablemente, viven con la lámpara del aceite -la fe y el amor- apagada. La parábola se centra en la llegada del Señor: el momento de la muerte. Quienes están preparadas a la llegada del esposo entran en el banquete eterno, una fiesta preparada por el mismo Dios.

“Cuando lleguemos a la presencia de Dios, decía Newman, se nos preguntarán dos cosas: si estábamos en la Iglesia y si trabajábamos en la Iglesia. Todo lo demás no tiene valor. Si hemos sido ricos o pobres, si nos hemos ilustrado o no, si hemos sido dichosos o desgraciados, si hemos estado enfermos o sanos, si hemos tenido buen nombre o malo”. Si Jesucristo saliera hoy a nuestro encuentro ¿nos encontraría vigilantes, con las manos llenas de buenas obras? Debemos tener el valor de hacernos esta pregunta porque al abandonar el escenario de esta mundo, entraremos en la gran fiesta del Reino de los Cielos o encontraremos cerradas las puertas para siempre.
Esta celebración podría ser un buen momento para detenernos a considerar qué sentido estamos imprimiendo a nuestros días, al trato con quienes nos rodean, al trabajo, al descanso, a fin de rectificar lo que en nuestra vida no está iluminado por la luz de las enseñanzas de Jesucristo. “Lámpara es tu palabra para mis pasos, Señor”. “El examen diario es el amigo que nos despierta cuando la laxitud del sueño nos vence. Es la garantía y la tranquilidad en nuestra obligada vigilia. Acudamos a él con valentía” (San Josemaría Escrivá).

Este examen de conciencia puede operar un cambio de rumbo si fuera necesario o aderezar la lámpara de la fe, la esperanza y el amor -como hicieron las vírgenes prudentes- que nos lleve a hacer una buena Confesión con el consiguiente propósito de enmendar el rumbo de nuestra vida cristiana.

“Velad”, dice Jesús. No es una tarea negativa que sitúe la lucha interior en la frontera del pecado, es un saber orientar todo hacia el Señor con el deseo de agradarle. “Vela con el corazón, dice S. Agustín, vela con la fe, con la caridad, con las obras... Adereza las lámparas procurando que no se apaguen; cébalas con el aceite de una conciencia recta... para que Él te introduzca en el festín, donde ya nunca se extinguirá tu lámpara” (Serm 94).

09 noviembre 2017

Catequesis en español del Papa Francisco 08/11/2017 HD

«Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna. Yo soy el pan de Vida.
Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el
pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera. Yo
soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá
eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo».
(Jn 6, 47-51) En la Audiencia General de este miércoles 8 de noviembre
el Santo Padre Francisco realizó su catequesis a partir de la reflexión
del capítulo 6 del Evangelio según san Juan, versículos 47 al 51, dando
inicio así a un nuevo ciclo de catequesis que pone su mirada en el
corazón de la Iglesia, es decir, en la Eucaristía.

La clínica que inspira vidas

En una de las comunidades más vulnerables de la República Mexicana, se
encuentra la Clínica de San José de Toxi, un lugar donde médicos y
pacientes se encuentran para mejorar de una u otra manera la calidad de
vida de todos los habitantes de la zona.
José Villela sufrió un accidente que lo dejó paralítico a los 23 años.
Hoy tiene 30, es médico psiquiatra y habló con nosotros sobre camiones
que caen del cielo, el dolor, la lucha y el perdón.

07 noviembre 2017

Catequesis en español del Papa Francisco 25/10/2017 HD

“El buen ladrón nos recuerda nuestra verdadera condición ante Dios: que
somos sus hijos y que Él viene a nuestro encuentro, teniendo compasión
de nosotros. No existe ninguna persona, por muy mala que haya sido en su
vida, a la que Dios le niegue su gracia si se arrepiente. Ante Dios nos
encontramos todos con las manos vacías, pero esperando en su
misericordia”, lo dijo el Papa Francisco en la Audiencia General del
miércoles 25 de octubre, meditando sobre la esperanza cristiana y esta
es la última catequesis sobre este tema, señaló el Pontífice, que
dedicamos al paraíso como meta de nuestra esperanza.

03 noviembre 2017

LIBRO DE LA SEMANA (3 Nov): Una decisión original

(Cfr. www.criteriaclub.es)

 
  Una decisión original
Guía para casarse por la Iglesia

PRECIO

14,90 €



PELICULA DE LA SEMANA (3 Nov): Thor Ragnarok

(Cfr. www.almudi.org)



Thor: Ragnarok


Reseña: 

En "Thor: Ragnarok" de Marvel Studios, Thor está preso al otro lado del universo sin su poderoso martillo y se enfrenta a una carrera contra el tiempo. Su objetivo es volver a Asgard y parar el Ragnarok porque significaría la destrucción de su planeta natal y el fin de la civilización Asgardiana a manos de una todopoderosa y nueva amenaza, la implacable Hela. Pero primero deberá sobrevivir a una competición letal de gladiadores que lo enfrentará a su aliado y compañero en los Vengadores, ¡el Increíble Hulk!
Tercera película de superhéroes Marvel con protagonismo principal para el personaje inspirado en los dioses de la mitología nórdica. El poco conocido Taika Waititi entrega un film entretenido, aunque desde luego no memorable, en que juega sobre todo con los cameos y la reunión de varios superhéroes –se autollaman en cierto momento “Los Vengativos”, a modo de broma sobre “Los Vengadores”–, ofrece peleas a granel con muchos y agotadores rayos, y añade elementos de humor, en ocasiones, justo es reconocerlo, muy divertidos. (Almudí JD). Decine21: AQUÍ

Corazones tiránicos

(Cfr. www.almudi.org)


 
 
El erróneo pero generalizado prejuicio de considerar a los sentimientos como algo natural, inmune a la razón y que se ha de respetar siempre, como si el odio valiera lo mismo que el amor…

Hace unos días leí un magnífico artículo de Aurelio Arteta, catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad del País Vasco, escrito a propósito del independentismo catalán, cuyo título era toda una declaración de intenciones: “Los sentimientos son cuestionables”.

El autor salía al paso del erróneo pero generalizado prejuicio de considerar a los sentimientos como algo natural, inmune a la razón y que se ha de respetar siempre, como si el odio valiera lo mismo que el amor, la envidia que la admiración y la benevolencia que la venganza. “Respetable será siempre el sujeto, pero no siempre su sentimiento”, concluye el autor, sobre todo si tenemos en cuenta que los sentimientos no viven al margen de la razón, “como si no hubiera conexión entre lo que pensamos y lo que sentimos”. De los sentimientos, en efecto, surgen convicciones y, de estas, actuaciones; y viceversa. Como explica el profesor Arteta, “somos responsables de nuestros sentimientos porque somos responsables de cultivar o rechazar las ideas que alientan esos sentimientos y sus consecuencias”.

Estas interesantes reflexiones me han traído a la cabeza un libro de otro filósofo que leí hace tiempo y supuso para mí un auténtico descubrimiento: “El corazón”, de Dietrich Von Hildebrand. En él distingue entre los sentimientos psíquicos y los emocionales.

Los primeros son los que nos generan una película, una canción, una pieza musical…, incluso una noticia sesgada y adecuadamente ‘dramatizada’. Pueden llegar a ser muy intensos y, sin embargo, muy artificiales: el llanto que provoca una película, por ejemplo, procede de una representación que sabemos es irreal y, a pesar de ello, no somos capaces de sustraernos a la profunda emoción que nos invade. El autor nos pone en guardia contra el ‘corazón tiránico’, aquel que ocupa el lugar de la razón y acaba decidiendo por ella: es la persona dominada por el sentimiento, que no es capaz de negarle una botella de whisky a un borracho porque le puede más la compasión que experimenta ante su petición conmovedora que el daño que sabe le causará.

Frente a ellos hay que desarrollar un espíritu crítico, aprender a distinguir la realidad del sentimiento, pues pueden ser cauce de transmisión de aberraciones éticas y morales. En no pocas películas, por ejemplo, las proezas del protagonista, con quien enseguida nos identificamos llegando a ‘sentir’ sus mismas emociones, están motivadas por un sentimiento de venganza, que hacemos nuestro acríticamente, como si fuera un móvil justo de actuación.

Los sentimientos espirituales, en cambio, aclara Von Hildebrand, son la respuesta auténtica de un corazón noble y profundo. Sé que esto es bueno y reacciono, respondo a ello con el sentimiento adecuado. Soy capaz de alegrarme del logro de un amigo que consigue lo que yo también pretendía y no he alcanzado porque me doy cuenta de que he de alegrarme con él por su triunfo; soy capaz de experimentar alegría por la recuperación de un amigo o tristeza por la muerte del padre de un conocido al que veo en contadas ocasiones.

Los sentimientos espirituales proceden de nuestra parte más auténtica, y hemos de ser capaces de generarlos a fuerza de vivir la realidad… con intensidad, sí, pero siempre desde la verdad. Es triste que sintamos mayor pena por la muerte de nuestro perro que por la de cincuenta personas en un atentado terrorista en un país musulmán. Es la inercia emocional, pero hay que vencerla por elevación, con un sentimiento más alto que nos enseñe a salir de nosotros mismos para contemplar la realidad desde fuera de nuestro propio y tantas veces pequeño mundo personal.

Cuando razón y emoción están bien armonizados en el ser humano, ni la primera agosta la segunda ni esta nubla la primera. Estamos viviendo en España tiempos difíciles, en que la pugna entre estas dos dimensiones del ser humano adquiere tintes a veces casi dramáticos. Es una buena ocasión para poner en cuestión nuestras pasiones, armonizarlas con la razón y el sentido común y, desde el respeto a la opción del otro y a las reglas de convivencia y orden jurídico que nos hemos dado, buscar lugares de encuentro desde donde poder volver a construir ese espacio común en el que todos, con esfuerzo y concesiones, nos podamos sentir como en casa.
Javier Vidal-Quadras, en javiervidalquadras.com.

Meditación Domingo 30 t.o. (A)

(Cfr. www.almudi.org)

 
 
 
Uno sólo es vuestro Padre

«Entonces Jesús habló a las multitudes y a sus discípulos diciéndoles: En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos. Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no hagáis según sus obras, pues dicen pero no hacen. Atan cargas pesadas e insoportables y las ponen sobre los hombros de los demás, pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. Hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres; ensanchan sus filacterias y alargan sus franjas. Apetecen los primeros puestos en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas y los saludos en las plazas, y que la gente les llame Rabí. Vosotros, al contrario, no os hagáis llamar Rabí, porque sólo tino es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. A nadie llaméis padre vuestro sobre la tierra, porque sólo uno es vuestro padre, el celestial. Tampoco os hagáis llamar doctores, porque vuestro Doctor es uno sólo: Cristo. El mayor entre vosotros sea vuestro servidor. El que se ensalce a sí mismo será humillado, y el que se humille a sí mismo será ensalzado.» (Mateo 23,1-12)

I. Habla Jesús a las multitudes y a sus discípulos de la vanidad y deseos de gloria de los fariseos, que hacen sus obras para ser vistos de los hombres y apetecen los primeros puestos en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas, y los saludos en las plazas y que la gente les llame rabí. Pero sólo hay un Maestro y un Doctor, Cristo. Y un solo Padre, el celestial. De Cristo nace toda sabiduría; sólo Él es «el Maestro que salva, santifica y guía, que está vivo, que habla, que exige, que conmueve, que endereza, juzga, perdona, camina diariamente con nosotros en la historia; el Maestro que viene y que vendrá en la gloria». La enseñanza de la Iglesia es la de Cristo, los maestros lo son en la medida en que son imagen del Maestro.
De manera semejante decimos que existe un solo Padre, el celestial, del que se deriva toda paternidad en el cielo y en la tierra: ex quo omnis paternitas in caelis et in terra nominatur. Dios tiene la plenitud de la paternidad, y de ella participaron nuestros padres al darnos la vida, y también han participado los que de alguna manera nos han engendrado a la vida de la fe. San Pablo escribe a los primeros cristianos de Corinto como a hijos queridísimos. Pues ‑les dice‑ aunque tengáis diez mil pedagogos en Cristo, no tenéis muchos padres, porque yo os engendré en Cristo Jesús por medio del Evangelio. Por consiguiente, os suplico: sed imitadores míos. Y aquellos primeros cristianos eran conscientes de que, al emular a San Pablo, se convertían en imitadores de Cristo. En el Apóstol veían reflejado el espíritu del Maestro y el cuidado amoroso de Dios sobre ellos.
«De ahí que la palabra "Padre" pueda emplearse en un sentido real no sólo para designar la paternidad física, sino también la espiritual. Al Romano Pontífice se le llama con toda propiedad, "Padre común de todos los cristianos"». Cuando honramos a nuestros padres, que nos dieron la vida, y a quienes nos engendraron en la fe, damos mucha gloria a Dios, pues en ellos se refleja la paternidad divina. Una manera de ser buenos hijos de Dios es, precisamente, vivir bien la filiación con aquellos que Dios mismo constituyó «padres» en la tierra.

II. San Pablo escribe a los primeros cristianos de Galacia con tonos de padre y de madre, al tener noticia de las dificultades que padecen en su fe y al experimentar la impotencia de no poder atenderles personalmente por encontrase geográficamente lejos: Hijos míos ‑les dice‑, por quienes sufro otra vez dolores de parto, hasta que Cristo esté formado en vosotros, como un niño se forma en el seno materno. Sentía sobre sí el Apóstol el desvelo de un padre ante los hijos necesitados. En la Iglesia son considerados padres quienes nos engendran en la fe mediante la predicación y el Bautismo. De esa paternidad espiritual participamos los cristianos sobre aquellos a quienes hemos ayudado ‑a veces también con dolor y fatiga‑ a encontrar a Cristo en su vida. La paternidad es más plena cuanto mayor es la entrega a esta tarea. Así manifiesta Dios su paternidad en los cristianos, «como un maestro que no sólo enseña a sus discípulos, sino que los hace además capaces de enseñar a otros». Esta paternidad espiritual es una porción importante del premio que Dios da en esta vida a quienes le siguen, por vocación divina, en una entrega plena. «Él es generoso... Da el ciento por uno: y esto es verdad hasta en los hijos. ‑Muchos se privan de ellos por su gloria, y tienen miles de hijos de su espíritu. ‑Hijos, como nosotros lo somos del Padre nuestro, que está en los cielos».
La Virgen Santa María ejerce su maternidad sobre los cristianos y sobre todos los hombres. De Ella aprendemos a tener un alma grande para aquellos que continuamente tratamos de llevar a su Hijo, y que en cierto modo hemos engendrado en la fe. Recordemos que el amor «indica también esa cordial ternura y sensibilidad, de que tan elocuentemente nos habla la parábola del hijo pródigo (cfr. Lc 15, 11-32) o la de la oveja extraviada o la de la dracma perdida (cfr. Lc 15, 1-10). Por tanto, el amor misericordioso es sumamente indispensable entre aquellos que están más cercanos: entre los esposos, entre padre e hijos, entre amigos; es también indispensable en la educación y en la pastoral». San Ambrosio hace «unas consideraciones que a primera vista resultan atrevidas, pero que tienen un sentido espiritual claro para la vida del cristiano. Según la carne, una sola es la Madre de Cristo; según la fe, Cristo es fruto de todos nosotros (SAN AMBROSIO, Expositio Evangelii secundum Lucam, 2, 26).
»Si nos identificamos con María, si imitamos sus virtudes, podremos lograr que Cristo nazca, por la gracia, en el alma de muchos que se identificarán con Él por la acción del Espíritu Santo. Si imitamos a María, de alguna manera participaremos en su maternidad espiritual. En silencio, como Nuestra Señora; sin que se note, casi sin palabras, con el testimonio íntegro y coherente de una conducta cristiana, con la generosidad de repetir sin cesar un fiat que se renueva como algo íntimo entre nosotros y Dios».

III. San Pablo, identificado con Cristo, hizo suyas las palabras del Señor: Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas. Por eso escribe sobre su solicitud por todas las iglesias, por todos los convertidos a la fe a través de su predicación. Mantenerlos en el camino y ayudarles a progresar en él era una de sus mayores preocupaciones y, en ocasiones, uno de sus mayores sufrimientos. ¿Quién desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quién tiene un tropiezo sin que yo me abrase de dolor?. El Apóstol ha quedado como modelo siempre actual para todos los pastores de la Iglesia en su solicitud por las almas que Dios les ha confiado, y también para todos los cristianos en su apostolado constante, que «deben cuidar como padres en Cristo a los fieles que han engendrado por el bautismo y por la doctrina».
El amor por quienes hemos acercado a Dios no es una simple amistad, «sino el amor de caridad, el mismo amor con el que les ama el Hijo encarnado. Es por esto, y sólo por esto, por lo que el Hijo nos lo ha dado a cada uno de nosotros, para que podamos darlo a los demás (...). El amor hacia nuestros hermanos genera en nosotros el mismo deseo que genera el del Hijo: el de su santificación y salvación». Esto nos lleva a quererles más y a estar pendientes de aquello que puede facilitarles su santidad: la ejemplaridad, la corrección fraterna cuando sea oportuno, la palabra amable que anima, la alegría, el optimismo, el consejo que orienta ante las dificultades... Y siempre deberán contar con las ayudas más eficaces que les podemos prestar: la oración y la mortificación diaria.
El cuidado de aquellos sobre los que, por circunstancias tan diversas de la vida, ha querido Dios que ejerzamos esa paternidad espiritual nos hará entender el desvelo que nuestro Padre Dios tiene sobre cada uno de nosotros. En muchas ocasiones será, además, un buen motivo para mantener firme nuestra propia fidelidad al Señor y un estímulo para procurar «ir delante» en el camino de la santidad, como el buen pastor.

Homilía Domingo 31º t.o. (A)

(Cfr. www.almudi.org)

 
 
 

(Mal 1,14b-2,2b.8-10) "Yo soy el Gran Rey"
(1 Tes 2,7b-9.13) "Os tratamos con delicadeza, como una madre cuida a su hijo"
(Mt 23,1-12) "El primero entre vosotros será vuestro servidor"

Homilía con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

--- Paternidad de Dios
Habla Jesús a las multitudes y a sus discípulos de la vanidad y deseos de gloria de los fariseos, que "hacen sus obras para ser vistos de los hombres y apetecen los primeros puestos en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas, y los saludos en las plazas y que las gentes les llame rabí". Pero sólo hay un Maestro y un Doctor, Cristo. Y un solo Padre, el celestial. De Cristo nace toda sabiduría; sólo Él es “el Maestro que salva, santifica y guía, que está vivo, que habla, que exige, que conmueve, que endereza, juzga, perdona, camina diariamente con nosotros en la historia; el Maestro que viene y que vendrá en la gloria” (Juan Pablo II 16-X-79). La enseñanza de la Iglesia es la de Cristo, los maestros son en la medida en que son imagen del Maestro.
De manera semejante decimos que existe un solo Padre, el celestial, del que se deriva toda paternidad en el cielo y en la tierra. Dios tiene la plenitud de la paternidad, y de ella participaron nuestros padres al darnos la vida, y también han participado los que de alguna manera nos han engendrado a la vida de la fe. San Pablo escribe a los primeros cristianos de Corinto "como a hijos míos queridos. Pues aunque hayáis tenido diez mil pedagogos en Cristo, no habéis tenido muchos padres. He sido yo quien, por el Evangelio, os engendré en Cristo Jesús. Os ruego, pues, que seáis mis imitadores" (1 Cor 4,15-16). Y aquellos primeros cristianos eran conscientes que al emular a San Pablo se convertían en imitadores de Cristo. En el Apóstol veían reflejado el espíritu del Maestro y el cuidado amoroso de Dios sobre ellos.
“De ahí que la palabra ‘Padre’ pueda emplearse en un sentido real no sólo para designar la paternidad física, sino también la espiritual. Al Romano Pontífice se le llama con toda propiedad, ‘Padre común de todos los cristianos’“. Cuando honramos a nuestros padres, que nos dieron la vida, y a quienes nos engendraron en la fe, damos mucha gloria a Dios, pues en ellos se refleja la paternidad divina. Una manera de ser buenos hijos de Dios es, precisamente, vivir bien la filiación con aquellos que Dios mismo constituyó ‘padres’ en la tierra.

--- La participación en la paternidad divina
San Pablo escribe a los primeros cristianos de Galacia con tonos de Padre y de Madre al tener noticias de las dificultades que padecen en su fe y al experimentar la impotencia de no poder atenderles personalmente por encontrarse geográficamente lejos: “Hijos míos -les dice-, por quienes sufro otra vez dolores de parto, hasta que Cristo esté formado en vosotros” (Gal 4,19), como un niño se forma en el seno materno. Sentía sobre sí el Apóstol el desvelo de un padre ante los hijos necesitados. En la Iglesia son considerados padres quienes nos engendran en la fe mediante la predicación y el Bautismo. De esta paternidad espiritual participamos los cristianos sobre aquellos a quienes hemos ayudado -a veces también con dolor y fatiga- a encontrar a Cristo en su vida. La paternidad es más plena cuanto mayor es la entrega a esta tarea. Así manifiesta Dios su paternidad en los cristianos, “como un maestro que no sólo enseña a sus discípulos, sino que los hace además capaces de enseñar a otros” (Santo Tomás). Esta paternidad espiritual es una porción importante del premio que Dios da en esta vida a quienes le siguen, por vocación divina, en una entrega plena. “Él es generoso... Da el ciento por uno: y esto es verdad hasta en los hijos. −Muchos se privan de ellos por su gloria, y tienen miles de hijos de su espíritu. −Hijos, como nosotros lo somos del Padre nuestro, que está en los cielos" (Camino 779).
La Virgen Santa María ejerce su maternidad sobre los cristianos y sobre todos los hombres. De Ella aprendemos a tener un alma grande para aquellos que continuamente tratamos de llevar a su Hijo, y que en cierto modo hemos engendrado en la fe. Recordemos que el amor “indica también esa cordial ternura y sensibilidad, de que tan elocuentemente nos habla la parábola del hijo pródigo (cfr. Lc 15,11-32) o la de la oveja extraviada o la dracma perdida (cfr. Lc 15,1-10). Por tanto, el amor misericordioso es sumamente indispensable entre aquellos que están más cercanos: entre los esposos, entre padres e hijos, entre amigos; es también indispensable en la educación y en la pastoral” (Juan Pablo II, 30-XI-1980). San Ambrosio hace “unas consideraciones que a primera vista resultan atrevidas, pero que tienen un sentido espiritual claro para la vida del cristiano. ‘Según la carne, una sola es la Madre de Cristo; según la fe, Cristo es fruto de todos nosotros’ (S. Ambrosio).
“Si nos identificamos con María, si imitamos sus virtudes, podremos lograr que Cristo nazca, por la gracia, en el alma de muchos que se identificarán con Él por la acción del Espíritu Santo. Si imitamos a María, de alguna manera participaremos en su maternidad espiritual. En silencio, como Nuestra Señora; sin que se note, casi sin palabras, con el testimonio íntegro y coherente de una conducta cristiana, con la generosidad de repetir sin cesar un fiat que se renueva como algo íntimo entre nosotros y Dios” (Amigos de Dios 281).

--- Apostolado y paternidad del espíritu
San Pablo identificado con Cristo hizo suyas las palabras del Señor: Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas. Por eso escribe sobre su solicitud por todas las iglesias, por todos los convertidos a la fe a través de su predicación. Mantenerlos en el camino y ayudarles a progresar en él era una de sus mayores preocupaciones y, en ocasiones, uno de sus mayores sufrimientos. “¿Quien desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quien tiene un tropiezo sin que yo me abrase de dolor?” (2Cor, 11,28) El Apóstol ha quedado como modelo siempre actual para todos los pastores de la Iglesia en su solicitud por las almas que Dios les ha confiado, y también para todos los cristianos en su apostolado constante, que “deben cuidar como padres en Cristo a los fieles que han engendrado por el bautismo y por la doctrina” (C. Vat II).
El amor por quienes hemos acercado a Dios no es una simple amistad, “sino el amor de caridad, el mismo amor con que les ama el Hijo encarnado. Es por esto, y sólo por esto, por lo que el Hijo nos lo ha dado a cada uno de nosotros, para que podamos darlo a los demás (...). El amor hacia nuestros hermanos genera en nosotros el mismo deseo que genera el del Hijo: el de su santificación y salvación” (B. Perquin). Esto nos lleva a quererles más y a estar pendientes de aquello que puede facilitarles su santidad: la ejemplaridad, la corrección fraterna cuando sea oportuno, la palabra amable que anima, la alegría, el optimismo,  el consejo que orienta ante las dificultades… Y siempre deberán contar con las ayudas más eficaces que les podemos prestar: la oración y la mortificación diarias.
Este amor “comporta siempre una disponibilidad singular para volcarse sobre cuantos se hallan en el radio de su acción. En el matrimonio esta disponibilidad –aun estando abierta a todos- consiste de modo particular en el amor que los padres dan a sus hijos. En la virginidad esta disponibilidad está abierta a todos los hombres, abrazados por el amor de Cristo esposo” (Juan Pablo II, Mulieris dignitatem, 21).
El cuidado de aquellos sobre los que, por circunstancias tan diversas de la vida, ha querido Dios que ejerzamos esa paternidad espiritual nos hará entender el desvelo que nuestro Padre Dios tiene sobre cada uno de vosotros. En muchas ocasiones será, además, un buen motivo para mantener firme nuestra propia fidelidad al Señor y un estímulo para procurar ir delante en el camino de la santidad, como el buen pastor

02 noviembre 2017

Ángelus del 01/11/2017 HD

Al presidir este miércoles 1º. de noviembre, Solemnidad de Todos los
Santos, el rezo del Ángelus, el Papa Francisco explicó que las
bienaventuranzas no son para “superhombres” sino para todos nosotros y
constituyen el “mapa” de la vida cristiana para la felicidad. Antes del
rezo de la oración mariana en la Plaza de San Pedro, el Pontífice
explicó que “los ingredientes para la vida feliz se llaman
bienaventuranzas”. Hoy, dijo también el Papa Francisco, “es una fiesta
de familia, de muchas personas sencillas y escondidas que en realidad
ayudan a Dios a seguir adelante al mundo. ¡Y hay muchos también hoy!
Hermanos y hermanas que ayudan a seguir adelante en el mundo”.

29 octubre 2017

Memoria Cáritas 2016

Cáritas presenta su Memoria Anual retratando a una sociedad que toma
partido por los más pobres. La organización ha destinado 358 millones
de euros a crear oportunidades de vida digna para más de 3,5 millones de
personas dentro y fuera de España.

27 octubre 2017

LIBRO DE LA SEMANA (27 Oct):

(Cfr. www.criteriaclub.es)


Daniel Deronda.

7,00 €

Gwendolen Harleth es una chica muy hermosa y que cree poseer grandes cualidades, pues es muy cortejada por los jóvenes de su localidad. Pero a la vez es egoísta y malcriada por su madre, una viuda con cinco hijas. Gwendolen, la mayor, es admirada y venerada por todas ellas. Su destino cambiará cuando se encuentre con Daniel Deronda, un joven con una tendencia natural a ayudar a los demás, aún a costa de sí mismo, y que a pesar de vivir como un caballero con su tío aristocrático, vive atormentado en su interior por desconocer su verdadero origen. Gwendolen se da cuenta de su egoísmo y de su necesidad de cambiar al conocer a Deronda, y, gracias a sus consejos y al sufrimiento que experimenta, es capaz de llegar a comprender a los demás. Pero la aparición de una chica judía, salvada por Daniel poco antes de morir ahogada en el río, abre un triángulo amoroso que permite introducir en la novela como telón de fondo la causa del judaísmo, una religión despreciada por la sociedad inglesa de la época, que lucha por recuperar su antiguo esplendor.

PELICULA DE LA SEMANA (28 Oct) El Castillo de Cirstal

(Cfr. www.almudi.org)

 

El castillo de cristal

Contenidos: Imágenes (algunas V-)

Reseña: 

Jeannette Walls (Brie Larson) es una joven que, influenciada por la naturaleza salvaje y atrevida de su disfuncional padre (Woody Harrelson), logró, gracias a su profunda determinación, labrarse una vida de éxito según sus propios términos.
Una historia real, basada en las memorias de una de sus protagonistas, Jeannette Walls. Cuenta en dos tiempos la historia de una familia disfuncional. En la actualidad, Jeannette adulta vive en Nueva York, es periodista, y está a punto de casarse con David, que se dedica al mundo de las finanzas.
Por un lado, se trata de una exploración de la utopía y el realismo, y de lo importante que es lograr un equilibrio entre ambos: si uno carece de metas altas, de nobles ideales, puede vivir una vida que no merece la pena; pero también, cuando no se tienen los pies en el suelo, cabe llevar una existencia vacía que es pura quimera, y arrastrar en el intento a los seres queridos. Y cuestiones como el alcoholismo o el mal ejemplo de los padres, se integran adecuadamente en el relato, como parte esencial del paisaje.
El castillo de cristal es el reconocimiento de una verdad: el que realiza Jeanette Walls de sus padres donde no puede faltar la piedad y el perdón, porque a pesar de las excentricidades de ambos y de las penurias vividas con ellos, también les quisieron y les enseñaron a vivir y a captar lo esencial; aquello que tiene sus pulsiones en la carne y la sangre, como es reconocer en acto, cuando sucede, el cumplimiento del deseo de plenitud y sentido que nos constituye. (Almudí JD). Decine21: AQUÍ


Nos sobran discordias y no faltan a brazos

(Cfr. www.almudi.org)

 

Los más terribles problemas que padecemos como sociedad, nos los creamos nosotros solitos: tienen como origen el corazón del hombre y solo pueden ser zanjados desde ese mismo corazón

El padre de mi amigo Emilio (de quien te hablé en este post) conservó un refinado sentido del humor hasta el final de sus días.
Seguro que te percataste de ello. Recuerda cómo concluía su despedida epistolar (y vital). Con esta postdata: “Ya os decía yo que ese médico no valía mucho…”. Leerla, me hizo acordarme −no sé por qué− de cuando Tomás Moro solicita a su verdugo ante el patíbulo: “Ayúdame a subir las escaleras, que de bajar ya me encargo yo”.
Esta semana, me tomé un café con Emilio. Quería verle y contarle el colosal ‘pelotazo’ del post que nació gracias a él. A él y a su progenitor… Se ha leído y disfrutado quizás como nunca otro.
Le comentaba a Emilio cómo me impactó la última carta de su padre. Y le subrayaba ese quiebro de humor final.
Y mi buen amigo me confesaba:
No fue el único momento en que he podido sonreír con ocasión de la enfermedad de mi padre.
Poco antes de morir, sucedió lo siguiente, proseguía Emilio: papá tenía junto a su cama, colgado de una barra, un gotero. Era la mejor vía (nunca mejor dicho) de mantenerle hidratado y medicado. Una noche, entré a cambiarle el frasco de suero (este era de cristal, no la típica bolsa de plástico). El caso es que, en la oscuridad de la habitación −no quise encender la luz para no molestarlo−, y teniendo ya en mis manos la botella de recambio, tropecé y… la misma cayó al suelo. ¡Pum! A mi padre le sobresaltó el ruido; me pidió que encendiera la luz y me preguntó qué había ocurrido. Se lo expliqué, mientras le tranquilizaba: a pesar de haber golpeado contra el pavimento, ¡el frasco no se había roto!
La respuesta de mi padre fue breve y muy propia de él: −¡Aún no me he muerto… y ya empiezo a hacer milagros!, sentenció.

« No imaginaba él, aún, que este no sería el último de los que haría en vida

En efecto, según me comentaba Emilio, hubo uno mayor: Dos hermanos del enfermo llevaban muchos años muy distanciados. Y todo había empezado por una menudencia… que acabó enredándose. ¡Y de qué forma! El caso es que los tíos de Emilio ni se miraban a la cara ni se dirigían la palabra. La situación era especialmente violenta, ya que ambos vivían, con sus respectivas familias, en el mismo bloque de viviendas. Por ello, no era infrecuente que se toparan, por ejemplo… en el ascensor. Emilio afirmaba que, en tales ocasiones, se producía un silencio sepulcral.
Sucedió, proseguía Emilio, que mis tíos fueron a coincidir, una bendita tarde, no en el ascensor… sino en torno a la cama de mi ya moribundo padre. Este tenía la voz muy quebrada, débil, pero se hizo oír. Vaya que si se hizo oír:
−¿Me queréis?, les preguntó a ambos, mirando fijamente a uno y a otro. Y sin apenas dar tiempo a su respuesta (que era obvia), añadió: −Pues, si me queréis, daos un abrazo. Será para mí vuestro último regalo.
Mis tíos, conmovidos, se miraron a los ojos (quizás por primera vez en años), se acercaron y… se fundieron en un prolongado y caluroso abrazo. Como si se estuvieran cobrando los atrasos…
Papá, desde la cama, al borde de las lágrimas, volvió a hablar, no sin dificultad: −Gracias por perdonaros. Os las doy también de parte de nuestros padres, que me esperan allá Arriba.
Emilio se lamentaba: −José, cuando comienzan las desavenencias, las discordias, y estas se condimentan con dosis de orgullo, de odio y otros venenos… hay espirales que pueden llevarnos a la locura. Y esto ocurre en cualquier dimensión: se rompe la fraternidad… y la humanidad es capaz de los mayores errores y horrores para consigo misma.
−En estas últimas fechas, me recordaba mi amigo, hemos vivido con espanto cómo 315 seres humanos eran asesinados, masacrados, en Somalia, a manos de seres inhumanos: un ataque terrorista. Odio.
También nos invadió un gran dolor con ocasión de los incendios que asolaron Galicia (por no hablar de los de Portugal…). Unos incendios provocados por seres inhumanos, que se cobraron vidas humanas; fuegos perpetrados con premeditación y alevosía; que arrasaron, además, hogares, animales, vehículos, propiedades… Todo el patrimonio, en fin, de hombres y mujeres de bien. Y 35.000 hectáreas de masas forestales, con su fauna… Odio pirómano y destructivo, también.
Y hoy en día, seguimos padeciendo disputas fraternas, concluía Emilio. Tanta división buscada, tanto enfrentamiento, tanta bronca, tanta crispación, soberbia y demás ponzoñas que invaden, dividen y confrontan a nuestra sociedad… Más odio. Y lo peor es que, a veces, permitimos que nos lo inoculen, sin pararnos a pensar. Y sin pararles los pies. Como mucho, nos quejamos, pero ¿somos actores de paz? ¿Lo somos incluso en nuestros hogares? Recuerda que en su día nos relatabas cómo, a veces, un simple portazo ayuda a romper la paz… en el mundo. O algo así. Y es verdad, José: nos sobran discordias y nos faltan abrazos.
Emilio me miraba y se seguía desahogando:
−Me duele en el alma constatar cómo muchos de los más terribles problemas que padecemos como sociedad, nos los creamos nosotros solitos: tienen como origen el corazón del hombre y solo pueden ser zanjados desde ese mismo corazón.
¡Qué manera tan cruel de hacernos daño a nosotros mismos! ¡Nosotros, los que nos decimos seres ‘humanos’! Estamos locos, proseguía. ¡Qué forma tan vil de autodestruirnos! Buscamos, creamos y nos recreamos en nuestros propios infiernos; en la confrontación y no en el bien común. Eso es suicida; y doloroso. Las próximas generaciones nos pedirán cuentas. O deberían.
Emilio y yo nos miramos. Sus ojos brillaban. No supe qué decir…
Al final, fue él quien habló. Y dio un giro:
−Discúlpame, José. Tenía que vomitarlo.
Es verdad −prosiguió− que, ante tanta tragedia, tenemos también la oportunidad de vivir, junto a lo peor, lo mejor del ser humano: personas concretas que, a veces con pocos medios, arriesgan su propia vida mientras ayudan a recuperar cuerpos, a rescatar y curar heridos, a apagar −tómalo literal o metafóricamente− los fuegos que otros encienden… Hombres y mujeres generosos que dan refugio a quienes sufren, que los acogen en sus propias casas, si es menester, y −desde luego− en sus corazones.

« Hay motivos para la esperanza

−Yo sueño −concluía Emilio− con que un día las personas, cada persona concreta, tú, ella, el otro, yo, apostemos por la unión y no por las divisiones; que desterremos guerras y conflictos; que con el bien ahoguemos el mal, como el agua sofoca un incendio.
Espero que pueblos, familias, personas, se puedan abrazar; se abracen sin preguntarse nada que no sea: ¿por qué no nos abrazamos antes?
Y le pido a mi padre otro milagro: uno más; uno muy milagroso, la conversión del corazón humano. ¡Espero que ahora no piense él que soy yo el que tiene sentido del humor!
Para lograr la concordia, amigo José, como mis tíos, tenemos que empezar por mirarnos a los ojos. Y acercarnos: antes de que la vida se nos escape.
El abrazo está, en buena parte, en nuestras manos. ¡No consintamos que nadie nos manipule, nos maneje las tripas, apele a nuestros peores instintos y nos quiera robar la convivencia y la paz!
Porque un abrazo siempre merece la pena, José. O, mejor dicho, la alegría. Odiar es de cobardes, de débiles. Solo las personas valientes, las fuertes, se arriesgan a amar.