Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

09 diciembre 2016

Catequesis en español del Papa Francisco 07/12/2016 HD



En la segunda semana de Adviento, primer período del nuevo Año litúrgico, el Papa Francisco dio inicio este 7 de diciembre a una nueva serie de catequesis sobre el tema de la esperanza cristiana. En un tiempo en el que a veces nos sentimos perdidos ante el mal y la violencia que nos rodean, ante el dolor de

LIBRO DE LA SEMANA (9 Dic). Mi tío Oswald

(Cfr. www.criteriaclub.es)

 
 Mi tio Oswald

PRECIO
8,45 €

Entrevista del Papa al Semanario católico belga Tertio

(Cfr. www.almudi.org)

 
 
 
El Santo Padre concede una entrevista con motivo de la conclusión del Año Jubilar de la Misericordia
Los frutos del Jubileo de la Misericordia, el tema de la laicidad, los desafíos para los jóvenes y Europa, la aspiración de una Iglesia sinodal, la responsabilidad de los comunicadores y algunos consejos para los sacerdotes, son algunos de los temas que ha tocado el Papa Francisco en una entrevista concedida al semanal belga católico ‘Tertio’.

En nuestro país estamos viviendo un periodo en el que la política nacional quiere separar la religión de la vida pública, por ejemplo, en el currículo educacional. Es opinión que, en tiempos de secularización, la religión tiene que ser reservada a la vida privada. ¿Cómo podemos ser al mismo tiempo Iglesia misionera, saliendo a la sociedad, y vivir la tensión creada por esta opinión pública?
Bueno, yo no quiero ofender a nadie, pero esa postura es una postura anticuada. Esa es la herencia que nos dejó la Ilustración −¿no es cierto?−, donde todo hecho religioso es una subcultura. Es la diferencia entre laicismo y laicidad. Esto lo hablé con los franceses. El Vaticano II nos habla de la autonomía de las cosas o de los procesos o de las instituciones. Hay una sana laicidad, por ejemplo, la laicidad del estado. En general, el estado laico es bueno. Es mejor que un estado confesional, porque los estados confesionales terminan mal.
Pero una cosa es laicidad y otra cosa es laicismo. Y el laicismo cierra las puertas a la trascendencia: a la doble trascendencia, tanto la trascendencia hacia los demás como, sobre todo, la trascendencia hacia Dios, o hacia lo que está más allá. Y la apertura a la trascendencia forma parte de la esencia humana, es parte del hombre. No estoy hablando de religión, estoy hablando de apertura a la trascendencia. Entonces, una cultura o un sistema político que no respete la apertura a la trascendencia de la persona humana, poda, corta a la persona humana. O sea, no respeta a la persona humana. Esto es más o menos lo que pienso yo. Entonces, mandar a la sacristía cualquier acto de trascendencia es una asepsia, que no va con la naturaleza humana: se le corta a la naturaleza humana buena parte de la vida, que es la apertura.

Usted se preocupa de la relación interreligiosa. En nuestros tiempos convivimos con el terrorismo, con la guerra. A veces se comenta que la raíz de las guerras actuales está en la diferencia entre religiones. ¿Qué decir sobre esto?
Creo que sí, el comentario está ahí. Pero ninguna religión como tal puede fomentar la guerra. Porque está en ese caso proclamando un dios de destrucción, un dios de odio. No se puede hacer la guerra en nombre de Dios o en nombre de una postura religiosa. No se puede hacer la guerra en ninguna religión. Y, por lo tanto, el terrorismo, la guerra, no están relacionados con la religión. Se usan deformaciones religiosas para justificarla, eso sí. Ustedes son testigos de eso, lo han vivido en su patria. Pero son deformaciones religiosas que no son la esencia de lo religioso.
Lo religioso más bien es amor, unidad, respeto, diálogo, todas esas cosas, pero no lo otro. O sea, que en esto hay que ser taxativo. O sea, ninguna religión, por el hecho religioso, proclama la guerra. Deformaciones religiosas, sí. Por ejemplo, todas las religiones tienen grupos fundamentalistas, todas, nosotros también. Y destruyen desde su fundamentalismo. Son esos grupitos religiosos los que deforman, “enferman” la propia religión, y de ahí pelea, o la guerra, o la división en la comunidad, que es una forma de guerra. Pero eso son los grupos fundamentalistas que tenemos todas las religiones. Siempre hay un grupito…

Otra cuestión de guerra. Conmemoramos los 100 años de la Primera Guerra Mundial. ¿Qué diría usted al continente europeo de la consigna postguerra “Nunca más la guerra”?
Al continente europeo le he hablado tres veces: dos en Estrasburgo y una el año pasado o este año −no recuerdo− cuando el premio Carlomagno (6-V-2016). Creo que ese “Nunca más la guerra” no se tomó en serio, porque después de la primera vino la segunda, y después de la segunda está la tercera que estamos viviendo ahora a pedacitos. Estamos en guerra. El mundo está haciendo la tercera guerra mundial: Ucrania, Medio Oriente, África, Yemen… Es muy serio. O sea, “nunca más la guerra” de boca para fuera, pero mientras tanto fabricamos armas, y las vamos vendiendo a los mismos contrincantes. Porque un mismo fabricante de armas le vende a este y al otro, que están en guerra entre ellos.
Es verdad. Hay una teoría económica que yo nunca traté de constatar, pero la he leído en varios libros: que, en la historia de la humanidad, cuando un Estado encontraba que sus presupuestos no iban, hacían una guerra y ponían en equilibrio sus balances. Es decir, es una de las formas más fáciles de hacer riqueza. Claro, el precio es muy caro: ¡sangre! Ese “Nunca más la guerra” creo que es algo que Europa dijo sinceramente: Schumann, De Gasperi, Adenauer… lo dijeron sinceramente. Pero luego… Hoy día hacen falta líderes; Europa necesita líderes, líderes que vayan adelante… Bueno, no voy a repetir lo que dije en los tres discursos.

¿Hay alguna posibilidad de que venga usted a Bélgica para esa conmemoración?
No, no está previsto, no. No está previsto. A Bélgica yo iba cada año y medio cuando era Provincial, porque ahí había una asociación de Amigos de la Universidad Católica de Córdoba (Argentina). Yo era Canciller… Entonces iba allí a hablarles. Ellos hacían sus Ejercicios. E iba a agradecerles. Y le tomé cariño a Bélgica. Para mí la ciudad más linda de Bélgica no es la suya sino Brujas… [ríe].

Tengo que decirle que mi hermano es jesuita.
¿Ah, sí? ¡No lo sabía!

Y a pesar de ser jesuita es buena gente.
Le iba a preguntar si era católico… (rien ambos).

Estamos terminando el Año de la Misericordia. ¿Puede decir cómo ha vivido el año y qué espera cuando el año ha terminado?
El Año de la Misericordia no fue una idea que se me ocurrió a mí de golpe. Viene desde el beato Pablo VI. Ya Pablo VI había dado algunos pasos para redescubrir la misericordia de Dios. Después, San Juan Pablo II lo asentó mucho con tres hechos: la encíclica Dives in Misericordia, la canonización de Santa Faustina, y la fiesta de la Divina Misericordia en la Octava de Pascua; y él muere en una víspera de esa fiesta. Ya ahí encaminó a la iglesia en ese camino.
Y yo sentí que el Señor quería eso. No sé cómo se formó la idea en mi corazón, pero un buen día le dije a Monseñor Fisichella, que vino por asuntos de su dicasterio: “Cómo me gustaría hacer un Jubileo, un Año Jubilar de la Misericordia”. Y él me dijo: “¿Y por qué no?”. Y así comenzó el Año de la Misericordia. Es la mejor garantía de que no fue una ocurrencia humana, sino que viene de arriba.
Creo que el Señor la inspiró. Y evidentemente se hizo mucho bien. Por otro lado, el hecho de que el Jubileo no fuera solo en Roma, sino en todo el mundo, en todas las diócesis, y dentro de cada diócesis, movió, movió, y la gente se movilizó mucho. Se movilizó mucho y se sintió llamada a reconciliarse con Dios, a reencontrar al Señor, a sentir la caricia del Padre.

El teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer hizo la distinción entre la gracia barata y la preciosa. ¿Qué significa para usted la misericordia barata o preciosa?
La misericordia es preciosa y barata. No sé cómo es el texto de Bonhoeffer, no lo conozco cuando explica eso. Pero es barata porque no hay que pagar nada: no hay que comprar indulgencias, es puro regalo, puro don; y es preciosa porque es el don más precioso −hay un libro que se hizo de una entrevista que me hicieron, cuyo título es “El nombre de Dios es Misericordia”−, y es preciosa porque es el nombre de Dios: Dios es Misericordia.
Me hace recordar a ese cura que tenía en Buenos Aires −que sigue celebrando misa y trabaja, ¡y tiene 92 años!− y al comenzar la Misa siempre da unos avisos. Es muy enérgico. Con 92 años, predica muy bien, y la gente lo va a escuchar. “Por favor, apaguen los teléfonos…” y estaba la misa, y comenzaba el ofertorio, y un teléfono. Se paró, y dijo: “Por favor, apaguen el teléfono”. Y el monaguillo que estaba al lado, le dijo: “Padre, es el suyo”. Y entonces él lo sacó y dijo: “Aló” (ríen ambos).

A nosotros nos parece que usted está indicando el Vaticano II en los tiempos de hoy. Nos va indicando caminos de renovación en la Iglesia. La Iglesia sinodal… En el sínodo explicó su visión de la Iglesia del futuro. ¿Podría explicarlo para nuestros lectores?
La “Iglesia sinodal”. Tomo esa palabra. La Iglesia nace de las comunidades, nace de la base, de la comunidad, nace del bautismo, y se organiza en torno a un obispo que la convoca, le da fuerza. El obispo que es sucesor de los apóstoles. Esa es la Iglesia. Pero en todo el mundo hay muchos obispos, muchas iglesias organizadas, y está Pedro. Entonces, o hay una Iglesia piramidal, donde lo que dice Pedro se hace, o hay una Iglesia sinodal, donde Pedro es Pedro, pero acompaña a la Iglesia y la hace crecer, la escucha; más aún, él aprende de eso, y va como armonizando, discerniendo lo que viene de las iglesias, y lo devuelve.
La experiencia más rica de esto fueron los dos últimos sínodos. Ahí se escuchó a todos los obispos del mundo, con la preparación; a todas las iglesias del mundo: las diócesis trabajaron. Todo ese material vino. Después volvió. Y volvió una segunda vez al segundo sínodo para completar esto. De ahí salió Amoris Laetitia. Es curioso la riqueza de la diferencia de matices; es propio de la iglesia, es unidad en la diferencia: eso es sinodalidad. No bajar de arriba a abajo, sino escuchar a las iglesias, armonizarlas, discernir. Y hay una exhortación postsinodal, que es Amoris Laetitia, que es el resultado de dos sínodos, donde trabajó toda la Iglesia, y que el Papa hizo suya. Lo expresa de una manera armónica.
Es curioso: todo lo que está ahí fue aprobado en el sínodo por más de dos tercios de los padres, lo cual es una garantía. Una iglesia sinodal significa que se da ese movimiento de arriba a abajo, de arriba a abajo. En las diócesis lo mismo. Pero hay una fórmula latina que dice que las iglesias siempre están cum Petro et sub Petro (con Pedro y bajo Pedro). Pedro es el garante de la unidad de la Iglesia, el garante. Así que… ese es el sentido. Y hay que progresar en la sinodalidad, que es una de las cosas que los ortodoxos han conservado, y las iglesias católicas orientales también. Es una riqueza de ellos: yo lo reconozco en la encíclica.
A mí me parecía que el paso que dio el sínodo segundo es del método de “ver, juzgar y actuar” a “escuchar, comprender y acompañar”, que es muy distinto. Es lo que yo digo a la gente constantemente. El paso que da el sínodo es de “ver, juzgar y actuar”, a escuchar la realidad de la gente, comprenderla bien y después acompañar a la gente en su camino.
Porque cada uno dijo lo que pensaba, sin miedo a sentirse juzgado. Y todos estaban en actitud de escuchar, sin condenar. Después se discutía como hermanos en los grupos. Pero una cosa es como hermanos y otra es condenar a priori. Una libertad de expresión hubo ahí muy grande. Y eso es lindo.

En Cracovia usted ofreció a los jóvenes impulsos preciosos. ¿Cuál sería un mensaje particular para los jóvenes de nuestro país?
Que no tengan miedo, que no tengan vergüenza de la fe, que no tengan vergüenza de buscar nuevos caminos. Hay jóvenes que no son creyentes: no te preocupes, busca el sentido a la vida. A un joven yo le daría dos consejos: “busca horizontes” y “no te jubiles a los 20 años”. Es muy triste ver un joven jubilado a los 20-25 años. Busca horizontes, sigue adelante y sigue trabajando en esa tarea humana.

Una última pregunta, Santo Padre, una opinión sobre los medios de comunicación.
Los medios de comunicación tienen una responsabilidad muy grande. Hoy en día, en sus manos está la posibilidad y la capacidad de formar opinión. Pueden formar una buena o mala opinión. Los medios de comunicación son constructores de una sociedad. Por sí mismos, son para construir, para intercambiar, para fraternizar, para hacer pensar, para educar. En sí mismos son positivos. Por supuesto que, como todos somos pecadores, también los medios pueden caer −los que hacemos medios, yo estoy acá usando un medio de comunicación− en hacer daño.
Y los medios de comunicación tienen sus tentaciones. Pueden ser tentados de calumnia (usados para calumniar y ensuciar a la gente) sobre todo en el mundo de la política; pueden ser usados como difamación (toda persona tiene derecho a la buena fama, pero por ahí en su vida anterior, o en su vida pasada, o hace diez años tuvo un problema con la justicia, o un problema en su vida familiar…, y sacar a la luz hoy eso es grave, hace daño, se anula a una persona).
En la calumnia se dice una mentira de una persona. En la difamación se saca una carpeta −como decimos en Argentina, se hace un carpetazo−, y te sacan algo que es verdad pero que ya pasó. Y quizás ya pagó con la cárcel, o con la multa, o con lo que sea, ese delito. No hay derecho a eso. Eso es pecado y hace mal. Y una cosa que puede hacer mucho daño en los medios de comunicación es la desinformación. Es decir, frente a cualquier situación decir una parte de la verdad y no la otra. ¡No! Eso es desinformar. Porque al televidente le das la mitad de la verdad. Y por tanto no puede hacer un juicio serio sobre la verdad completa.
La desinformación es probablemente el daño más grande que puede hacer un medio. Porque orienta la opinión en una dirección, quitando la otra parte de la verdad. Y después, los medios yo creo que tienen que ser muy limpios, muy limpios y muy transparentes. Y no caer −sin ofender, por favor− en la enfermedad de la coprofilia: que es buscar siempre comunicar el escándalo, comunicar las cosas feas, aunque sean verdad. Y como la gente tiene la tendencia a la coprofagia, se puede hacer mucho daño. Así que yo diría esas cuatro tentaciones. Pero son constructores de opinión y pueden edificar, y hacer un bien inmenso, inmenso.

Terminando, una palabra solo para los sacerdotes. No un discurso, porque me están diciendo que tengo que terminar. ¿Qué es lo más importante para un sacerdote?
Es una respuesta un poco salesiana. Me sale del corazón: “Acuérdate de que tienes madre que te quiere. No dejes de amar a tu madre la Virgen”. Segundo: déjate mirar por Jesús. Tercero: busca la carne sufriente de Jesús en los hermanos. Ahí te vas a encontrar con Jesús. Eso como base. De ahí sale todo. Si eres un sacerdote huérfano, que te olvidaste que tienes madre; si eres un sacerdote que te desenganchas de quien te llamó, que es Jesús, nunca vas a poder llevar el Evangelio. ¿Cuál es el camino? La ternura. Que tengan ternura. Que no tengan vergüenza los curas de tener ternura. Que acaricien la sangre sufriente de Jesús. Hoy hace falta una revolución de la ternura en este mundo que padece la enfermedad de la cardioesclerosis.

¿La cardio…?
La cardioesclerosis.

Fuente: vatican.va.
Traducción de Luis Montoya.

PELICULA DE LA SEMANA (9 Dic): La pasión de Augustine

(Cfr. www.almudi.org)

  películas
La pasión de Augustine


Contenidos: Ideas (visión deformada de la Iglesia en la época del Vaticano II F)
Reseña:
Canada, años 60. La revolución cultural y social empieza a tomar forma en la conservadora ciudad de Quebec. En una pequeña escuela en las afueras, hasta ahora aislada de los cambios de la gran ciudad, la Madre Augustine dedica su vida a enseñar a través de la música a jóvenes chicas de familias con dificultades... pero cuando sus métodos empiezan a ser cuestionados y peligra su supervivencia, Augustine y sus alumnas lucharán por salvar la escuela con lo único que tienen: su música.
Muchas películas abordan el tema de la música como vehículo transformador y educativo en edades conflictivas, cuando el corazón juvenil pugna con la mente, se forjan comportamientos y aflora el talento de los alumnos. La pasión de Augustine se ambienta sin duda en ese mundo, pero poco a poco el espectador se va dando cuenta de que también es el terreno sobre el que se construye la verdadera intención de la película: ofrecer un retrato sobre la crisis que supuso el Concilio Vaticano II en las instituciones religiosas y educativas de Canadá a mediados del siglo pasado.
El enfoque que adopta la directora Léa Pool es otra cuestión, porque aunque el relato ofrece objetividad y resulta interesante, también hay aspectos confusos, tanto en el guión como en el comportamiento de religiosas y eclesiásticos, en sus motivaciones esenciales, en su fe. La visión de Pool es demasiado humana, reduccionista, de modo que sólo ve esos años anteriores al concilio como una época sombría, congelada en el tiempo, que espera el deshielo como una promesa de felicidad.
Y es indudable también que hoy en día se ven poco razonables muchas de las costumbres educativas, excesivamente rigoristas, que traslada intencionadamente a su film pero que durante siglos fueron usos normales en la formación de la juventud, no sólo por parte la Iglesia sino por cualquier institución educativa. (Almudí JD). Decine21: AQUÍ

Meditación Domingo 3º Adviento (A)

(Cfr. www.almudi.org)

 
 
 
Juan Bautista nos ayuda a preparar los caminos del Señor

“En aquel tiempo, Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?». Jesús les respondió: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!»
Cuando éstos se marchaban, se puso Jesús a hablar de Juan a la gente: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? ¡No! Los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes. Entonces, ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Éste es de quien está escrito: ‘He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará por delante tu camino’. En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él»” (Mt 11,2-11).

1. “Se puso Jesús a hablar de Juan a la gente: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? ¡No! Los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes. Entonces, ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Éste es de quien está escrito: ‘He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará por delante tu camino’. En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él»” (Mt 11,2-11). Juan nos enseña a situarnos al servicio de Jesús: «No soy digno de desatarle las sandalias»; nos enseña dejar actuar a Dios en nosotros: «Es preciso que Él crezca y que yo disminuya»; nos enseña a ser apóstoles suyos, “amigo del esposo”.
Cirilo de Jerusalén recoge esta actualización del precursor, en nuestros días: «Nosotros anunciamos la venida de Cristo, no sólo la primera, sino también la segunda, mucho más gloriosa que aquélla. Pues aquélla estuvo impregnada por el sufrimiento, pero la segunda traerá la diadema de la divina gloria». La temática de este domingo es pues preparar la venida del Señor en primer lugar en nuestra vida, y ser precursores de la luz ayudando a llevar las almas a Jesús.
El Evangelio nos mostrará cómo reconocer la luz interior: Jesús nos habla de san Juan como del más grande entre los nacidos de mujer, pero el más pequeño en el Reino de los cielos. Él es el precursor, “de quien está escrito: ‘he aquí que Yo envío mi ángel ante tu faz, que aparejará tu camino delante de ti”.
 Conviene que Él crezca y que yo mengüe”; es preciso fiarse de Dios y dejarle hacer y sustituir nuestra lógica por la suya; hacer un hueco en nuestro corazón para la llegada de Dios, que Él crezca y disminuya mi orgullo.

2. “El desierto y el yermo se regocijarán,  se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios”. Nos habla de una tierra desierta que “florecerá como lirio”, de la vuelta al Paraíso. La venida del Salvador transformará el desierto en Paraíso; todas las enfermedades serán curadas porque el nuevo Reino no conocerá ya el mal: hasta la misma fatiga desaparecerá. El poema anuncia la abolición próxima de las maldiciones que acompañaron la caída de Adán: la fatiga del trabajo, el sufrimiento, las zarzas y las espinas del desierto no serán ya más que un mal recuerdo. Es la conquista de la Tierra Prometida ya soñada en la vuelta al país después del destierro (Maertens-Frisque). Vemos que hoy la tierra aún es árida: hay chabolas y pobreza, hospitales psiquiátricos, el hombre necesita ser salvado, hay desierto y ferocidades...
Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: sed fuetes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Y volverán los rescatados del Señor. Vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán”. El sufrimiento, las zarzas y las espinas del desierto no serán ya más que un mal recuerdo. Esta vuelta al Paraíso, incrustada en los relatos de la conquista de la Tierra Prometida, y, sobre todo, en los de la restauración del país después del destierro, será realidad en Jesús, con su fidelidad total al Padre.
En los momentos en que sintamos tristeza y depresión o cuando nos veamos en situaciones desesperadas, nos vendrá muy bien leer esta página de Isaías, profeta consolador. ¿No lo acabamos de creer? Si Dios viene, si Dios ha venido, ¿hay algo que temer?
El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos”. Orígenes descubre aquí una referencia implícita a la Eucaristía:  "Tenemos hambre de Cristo, y él mismo nos dará el pan del cielo. "Danos hoy nuestro pan de cada día". Los que hablan así, tienen hambre. Los que sienten necesidad de pan, tienen hambre". Y esta hambre queda plenamente saciada por el Sacramento eucarístico, en el que el hombre se alimenta con el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
 “El Señor liberta a los cautivos. El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos. Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente; tu Dios, Sión, de edad en edad”. Es este salmo un "himno" del reino de Dios, un canto del amor de Dios en una especie de carillón festivo… Sólo en el Hijo del Hombre está la salvación. Parece que el salmo habla del misterio de salvación de la vida de Jesús, y canta en sintonía con el martillo que le cose al madero. De ese “Espíritu del Señor” que canta Isaías que desciende sobre él, cuando acaban de crucificarle con los mismos instrumentos de su profesión, y exclama: “En tus manos, Señor, entrego mi Espíritu”… confiado abandono que le abre a su Resurrección gloriosa. Así pues, el salmo, puesto en labios de Cristo resucitado, se reviste de una luz del todo nueva. "Actualmente Cristo no reina de un modo perfecto en sus miembros porque sus corazones están distraídos en pensamientos vanos... pero cuando este cuerpo mortal se revista de inmortalidad (1 Cor 15,24), y abandone el mundo, se desgajará de esas distracciones y, entonces, Cristo reinará de un modo perfecto en sus Santos y 'Dios será todo en todos’” (1 Cor 15,28; Casiosodo).
Este salmo tiene una especie de letanía de desgraciados a los cuales ayuda Dios: los "oprimidos", los "hambrientos", los "prisioneros", los "ciegos", los "abatidos", los "extranjeros", las "viudas", los "huérfanos"... ¡Toda la desgracia del mundo que conmueve a Dios! Parecen un preludio de las bienaventuranzas que Jesús pronunció: "bienaventurado aquel cuyo auxilio es Dios... Bienaventurado el que escucha la palabra de Dios..." Y a estas Bienaventuranzas, corresponde una "maldición" igual que en el salmo: "deja extraviar a los malvados"... "Ay de vosotros los ricos, porque habéis recibido vuestro consuelo" (Lc 6,24). Jesús repitió a menudo, con este salmo, que la vida materialista conduce a la nada. Recordemos lo del rico que quería ampliar sus ¡graneros! "No confiéis en los poderosos, ellos vuelven a la tierra, y ese día sus proyectos se desploman". Es obvio que la liturgia relacione este salmo 145 con el Evangelio de San Marcos 12, 38-44 por la alusión a la "viuda pobre" que Jesús exalta... Y por la alusión a los escribas, los poderosos de la época, "que devoran los bienes de la viudas", mientras Dios "¡sustenta a la viuda y al huérfano!"
Señor, concédenos esta felicidad profunda. Haz que creamos que allí, y únicamente allí está la felicidad estable, que nada, absolutamente nada, puede lastimar ni empañar.
En una hermosa noche sin nubes, mirad las estrellas, imaginad las galaxias. Pensad en la vida que bulle, en millares y millares de seres sobre la tierra y en el fondo del mar. Podría uno imaginar lejano, este gran Dios del universo. Esto hacen muchos filósofos. Pero escuchad: Él se ocupa con predilección de los pequeños, de los maltrechos, de los despreciados, de los desgraciados... (Noel Quesson).
 “No estamos abandonados a nosotros mismos; las vicisitudes de nuestra vida no se hallan bajo el dominio del caos o del hado; los acontecimientos no representan una mera sucesión de actos sin sentido ni meta. A partir de esta convicción se desarrolla una auténtica profesión de fe en Dios, celebrado con una especie de letanía, en la que se proclaman sus atributos de amor y bondad.
”Dios es creador del cielo y de la tierra; es custodio fiel del pacto que lo vincula a su pueblo. Él es quien hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos. Él es quien abre los ojos a los ciegos, quien endereza a los que ya se doblan, quien ama a los justos, quien guarda a los peregrinos, quien sustenta al huérfano y a la viuda. Él es quien trastorna el camino de los malvados y reina soberano sobre todos los seres y de edad en edad.  Son doce afirmaciones teológicas que, con su número perfecto, quieren expresar la plenitud y la perfección de la acción divina. El Señor no es un soberano alejado de sus criaturas, sino que está comprometido en su historia, como Aquel que propugna la justicia, actuando en favor de los últimos, de las víctimas, de los oprimidos, de los infelices” (Juan Pablo II).

3. Santiago, dentro del contexto de la paciencia ante las contrariedades nos anima a tener paciencia: “mirad como el labrador espera el precioso fruto de la tierra… Esperad, pues, también vosotros con paciencia y fortificad vuestros corazones.
¿Se acabarán los males? ¿Dios ha venido? Pues no se nota demasiado. El apóstol nos responde: Dios ha venido, pero tiene que volver. La primera venida fue en debilidad, la segunda será en poder y gloria, y no tardará. Necesitáis mucha paciencia. No os pongáis nerviosos. Paciencia. Lo repite cuatro veces. Para todo se necesita paciencia. ¿O es que el labrador tira de las plantas para que crezcan más deprisa? ¿Y no hubo que esperar largos siglos para la primera venida del Señor? Y el Señor ¿no fue paciente? ¿A quiénes podemos poner hoy por ejemplo de paciencia? También los hay, pero la verdad es que vivimos en un tiempo dominado por las prisas y el nerviosismo (Caritas).
Paciencia… es una lección para vivir en esa vigilante espera de la venida del Señor, pero también de cómo Dios sabe sacar de todo algo bueno. Hay una estrecha relación entre este breve e importante pasaje de la carta de Santiago y lo que acaba de anunciar amenazando a los ricos con el día de su "matanza", esto es, con el día del juicio de Dios. Pues los ricos engordan para la muerte, mientras los pobres han de esperar con paciencia la venida del Señor que les hará justicia. Ahora Santiago se dirige a los pobres y no simplemente a los cristianos.
Las víctimas de la explotación de los ricos, los pobres, a los que Santiago llama cariñosamente "hermanos", están en peligro de perder la paciencia y caer en la desesperación. Por eso les anima para que perseveren hasta el fin, hasta que venga el Señor.
La paciencia cristiana vive de la esperanza, y es una virtud activa que no debe confundirse con una resignación fatalista. El que espera no se amilana ante las dificultades y peligros, vive atento a los signos de los tiempos y procura sacar el mayor provecho de todas las ocasiones para acercarse cada vez más al reino de la paz y de la justicia. Esta paciencia de los pobres que esperan se parece a la que tienen los hombres del campo. Ellos saben esperar después de sembrar, ellos saben que vendrá el tiempo de la cosecha. No todo está en las manos del labrador, y el labrador necesita paciencia, pero sería estúpido esperar nada cuando nada se ha sembrado. Cierto que ha de venir la lluvia en otoño y sembrar la semilla, cierto que hace falta la lluvia más tardía, la de abril, para que grane la mies...; pero cuando la cosecha está a punto de siega, el segador no debe descuidarse en meter la hoz en los trigales. También los pobres que esperan el día del juicio, el día de la justicia de Dios, han de esperar con serenidad y paciencia, vigilando siempre, dispuestos a emplearse a fondo cuando llegue el momento oportuno.
Y mientras tanto, es preciso evitar las quejas, las murmuraciones y la crítica destructiva. Nadie debe constituirse así mismo en juez de los demás y anticipar impacientemente un juicio que sólo puede hacer el que ha de venir, el Señor que está viniendo. Santiago da este consejo a los pobres que esperan, y se refiere a la necesidad de evitar entre ellos la discordia y la mutua condenación (“Eucaristía 1980”).
"El Adviento es tiempo de alegría, pues permite revivir la espera del acontecimiento más alegre de la historia: el nacimiento del Hijo de Dios de la Virgen María… Saber que Dios no está lejos, sino cercano; que no es indiferente, sino compasivo; que no es ajeno, sino un Padre misericordioso que nos sigue con cariño en el respeto de nuestra libertad: este es motivo de una alegría profunda que las cambiantes vicisitudes cotidianas no pueden ocultar". Una característica inconfundible  de la alegría cristiana "es que puede convivir con el sufrimiento, pues se basa totalmente en el amor. De hecho, el Señor que se encarna, viene a infundirnos su alegría, la alegría de amar.". Y mientras preparamos el pesebre estos días, pensemos lo que decía Juan Pablo II a los niños: "cuando pongáis en el Nacimiento la imagen del Niño Jesús, rezad una oración por mí y por las muchas personas que se dirigen al Papa en sus dificultades" (Juan Pablo II).
 “Gaudete in Domino semper. Iterum dico: Gaudete!”(Antífona de entrada): Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres” y nos da la razón de esta alegría: “Dominus prope, El Señor está cerca”. Se nos invita a estar alegres porque se acerca la Navidad, faltan pocos días. María es modelo de mujer feliz, como profetizó Isabel en la Visitación: “¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1,43-45). El hijo que llevaba en las entrañas ya señalaba al Maestro, ya en el vientre de su madre el pequeño Juan mostraba el camino para Cristo. Y  responde con las palabras del Magnificat, “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu  se alegra en Dios mi salvador porque  ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre” (Lc 1,46-49). Con María podemos penetrar estos días en la unión profunda entre alegría y estar con el Señor, dejar el corazón –por la humildad- dispuesto a que entre el Señor y nos posea. Hemos de hacernos pequeños, estar siempre alegres y exultar… pues el Señor está cerca, viene para salvarnos.

Llucià Pou Sabat

Homilía Domingo 3º Adviento (A)

(Cfr. www.almudi.org)

 



(Is 35,1-6.10) "Se alegrará la tierra desierta"
(Sant 5,7-10) "Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor"
(Mt 11,2-11) "He aquí que yo envío mi ángel ante tu faz"

Homilia I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía en la parroquia de la Natividad de Nuestra Señora

--- ¿Quién es, para mí, Jesucristo?
“¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?” (Mt 11,3).
Hoy, III domingo de Adviento, la Iglesia repite la pregunta que fue hecha por primera vez a Cristo por los discípulos de Juan Bautista: ¿Eres tú el que ha de venir?
Así preguntaron los discípulos de aquel que dedicó toda su misión a preparar la venida del Mesías, los discípulos de aquel que “amó y preparó la venida del Señor” hasta la cárcel y hasta la muerte. Ahora sabemos que, cuando los discípulos presentan esta pregunta a Jesús, Juan Bautista se encuentra ya en la cárcel, de la que no podrá salir más.
Y Jesús responde remitiéndose a sus obras y a sus palabras y, a la vez, a la profecía mesiánica de Isaías: “Jesús les respondió: ‘Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva’” (Mt 11,4-5).
En el centro mismo de la liturgia del Adviento nos encontramos, pues, esta pregunta dirigida a Cristo y su respuesta mesiánica.
Aunque esta pregunta se haya hecho una sola vez, sin embargo nosotros la podemos hacer siempre de nuevo. Debe ser hecha. ¡Y en realidad se hace!.
El hombre plantea la pregunta en torno a Cristo. Diversos hombres, desde diversas partes del mundo, desde países y continentes, desde diversas culturas y civilizaciones, plantean la pregunta en torno a Cristo. En este mundo, en el que tanto se ha hecho y se hace siempre para cercar a Cristo con la conjura del silencio, para negar su existencia y misión, o para disminuirlas y deformarlas, retorna siempre de nuevo la pregunta en torno a Cristo. Retorna también cuando puede parecer que ya se ha extirpado esencialmente.
El hombre pregunta: ¿Eres tú, Cristo, el que ha de venir? ¿Eres tú el que me explicará el sentido definitivo de mi humanidad? ¿El sentido de mi existencia? ¿Eres tú el que me ayudará a plantear y a construir mi vida de hombre desde sus fundamentos?
Así preguntan los hombres, y Cristo constantemente responde. Responde como respondió ya a los discípulos de Juan Bautista. Esta pregunta en torno a Cristo es la pregunta de Adviento, y es necesario que nosotros la hagamos dentro de nuestra comunidad cristiana. Hela aquí:
¿Quién es para mí Jesucristo?
¿Quién es realmente para mis pensamientos, para mi corazón, para mi actuación? ¿Cómo conozco yo, que soy cristiano y creo en Él, y cómo trato de conocer al que confieso? ¿Hablo de Él a los otros?¿Doy testimonio de Él, al menos ante los que están más cercanos a mí: en la casa paterna, en el ambiente de trabajo, de la universidad o de la escuela, en toda mi vida y en mi conducta? Ésta es precisamente la pregunta de Adviento, y es preciso que, basándonos en ella, nos hagamos las referidas, ulteriores preguntas, para que profundicen en nuestra conciencia cristiana y nos preparen así a la venida del Señor.

--- La espera del Mesías
Hay diversos advientos: el del niño; el del joven; el del mayor. Todos los advientos nos preparan a la misma realidad. Hoy, en la segunda lectura litúrgica, escuchamos lo que escribe el Apóstol Santiago: “Tened, pues, paciencia, hermanos, hasta la Venida del Señor. Mirad: el labrador espera el fruto precioso de la tierra aguardándolo con paciencia hasta recibir las lluvias tempranas y tardías. Tened también vosotros paciencia; fortaleced vuestros corazones porque la Venida del Señor está cerca. No os quejéis, hermanos, unos de otros para no ser juzgados; mirad que el Juez está ya a las puertas” (Sant 5,7-9).
Precisamente este reflejo debe tener tales advientos en nuestros corazones. Debe parecerse a la espera de la recolección. El labrador aguarda el fruto de la tierra durante todo un año o durante algunos meses. En cambio, la mies de la vida humana se espera durante toda la vida. Y todo adviento es importante. La mies de la tierra se recoge cuando está madura, para utilizarla en satisfacer las necesidades del hombre. La mies de la vida humana espera el momento en el que aparecerá en toda la verdad ante Dios y ante Cristo, que es juez de nuestras almas.
La venida de Cristo en Belén anuncia también este juicio. ¡Ella dice al hombre por qué le es dado madurar en el curso de todos estos advientos, de los que se compone su vida en la tierra, y cómo debe madurar él!

--- El triunfo final
En el Evangelio de hoy Cristo, ante las muchedumbres reunidas, da el siguiente juicio sobre Juan Bautista: “En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él” (Mt 11,11). Mi deseo es que nosotros podamos ver el momento en que escuchemos palabras semejantes de nuestro Redentor, como la verdad definitiva sobre nuestra vida.
Esta preparación se realiza acogiendo la renovada invitación a la conversión y meditando el eterno misterio del Hijo de Dios que, encarnándose en el seno purísimo de María, nació en Belén. Pero desde otro punto de vista se trata de la cotidiana constante venida de Cristo en nuestra vida sobre todo en la participación litúrgico-sacramental.
Permitidme que termine esta consideración sobre el Adviento con las palabras que sugiere el Profeta Isaías: “Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios... Él os salvará” (Is 35,3-4).

08 diciembre 2016

Domtila, el apoyo de las madres que dudan



Domtila has spent the past 25 years running a crisis pregnancy center in Nairobi, Kenya that has saved the lives of many babies. She is a mother of six and a supernumerary of Opus Dei.

04 diciembre 2016

Intenciones de oración del Papa de diciembre de 2016



El Video del Papa es una iniciativa global desarrollada por la Red Mundial de Oración del Papa (Apostolado de la Oración) para colaborar en la difusión de las intenciones mensuales del Santo Padre sobre los desafíos de la humanidad.