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Inspirándose en la figura de Nicodemo, el Papa ha ofrecido su 13ª catequesis sobre la vejez, durante la Audiencia general de hoy
Catequesis del Santo Padre en español
Entre las figuras de ancianos más relevantes en los Evangelios está Nicodemo −uno de los jefes de los Judíos−, el cual, queriendo conocer a Jesús, pero a escondidas, fue a Él de noche (cfr. Jn 3,1-21). En el coloquio de Jesús con Nicodemo emerge el corazón de la revelación de Jesús y de su misión redentora, cuando dice: «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (v. 16).
Jesús dice a Nicodemo que para “ver el reino de Dios” hay que “nacer de lo alto” (cfr. v. 3). No se trata de volver a nacer de cero, de repetir nuestra venida al mundo, esperando que una nueva reencarnación reabra nuestra posibilidad de una vida mejor. Esa repetición carece de sentido. Es más, vaciaría de todo significado la vida vivida, borrándola como si fuese un experimento fallido, un valor caducado, un vacío perdido. No, no es eso, este nacer de nuevo del que habla Jesús: es otra cosa. Esta vida es preciosa a los ojos de Dios: nos identifica como criaturas amadas por Él con ternura. El “nacimiento de lo alto”, que nos permite “entrar” en el reino de Dios, es una generación en el Espíritu, un paso entre las aguas hacia la tierra prometida de una creación reconciliada con el amor de Dios. Es un renacimiento de lo alto, con la gracia de Dios. No es un renacer físicamente otra vez.
Nicodemo malinterpreta este nacimiento, y apela a la vejez como prueba de su imposibilidad: el ser humano envejece inevitablemente, el sueño de una eterna juventud desaparece definitivamente, la extinción es la meta de todo nacimiento en el tiempo. ¿Cómo imaginar un destino que tiene forma de nacimiento? Nicodemo piensa así y no halla el modo de entender las palabras de Jesús ¿Ese renacimiento, qué es?
La objeción de Nicodemo es muy instructiva para nosotros. En efecto, podemos invertirla, a la luz de la palabra de Jesús, en el descubrimiento de una misión propia de la vejez. Pues la vejez no sólo no es un obstáculo para el nacimiento de lo alto del que habla Jesús, sino que se convierte en el momento oportuno para iluminarlo, disolviéndolo del equívoco de una esperanza perdida. Nuestra época y nuestra cultura, que muestran una preocupante tendencia a considerar el nacimiento de un niño como un simple asunto de producción y reproducción biológica del ser humano, cultivan luego el mito de la eterna juventud como obsesión –desesperada– de una carne incorruptible. Porque la vejez es –en muchos sentidos– despreciada. Porque aporta la evidencia irrefutable del rechazo de ese mito, que quisiera hacernos volver al vientre de la madre, para ser siempre jóvenes en el cuerpo.
La técnica se deja atraer por este mito en todos los sentidos: en espera de vencer a la muerte, podemos mantener vivo el cuerpo con medicinas y cosméticos, que retardan, ocultan, remueven la vejez. Por supuesto, el bienestar es una cosa, la alimentación del mito es otra muy distinta. No se puede negar, sin embargo, que la confusión entre los dos aspectos nos está creando una cierta confusión mental. Confundir bienestar con alimentar el mito de la eterna juventud. Mucho se hace para recuperar siempre esa juventud: muchos trucos, muchas cirugías para parecer joven. Me acuerdo de las palabras de una sabia actriz italiana, Magnani, cuando le dijeron que tenían que quitarle las arrugas, y ella dijo: “¡No, no las toquéis! He tardado muchos años en tenerlas: ¡no las toquéis!”. Es eso: las arrugas son un símbolo de experiencia, un símbolo de vida, un símbolo de madurez, un símbolo de haber hecho un camino. No las toquéis para volveros jóvenes, jóvenes de fachada: lo que interesa es toda la personalidad, lo que interesa es el corazón, y el corazón se queda con esa juventud del buen vino, que cuanto más envejece mejor.
La vida en carne mortal es una belleza “incompleta”: como ciertas obras de arte que tienen un encanto único precisamente en su inacabado. Porque la vida aquí abajo es “iniciación”, no cumplimiento: venimos al mundo justo así, como personas reales, como personas que progresan en edad, pero que siempre son reales. La vida en carne mortal es un espacio y un tiempo demasiado pequeño para mantener intacta y completa la parte más preciosa de nuestra existencia en el tiempo del mundo. La fe, que acoge el anuncio evangélico del reino de Dios al que estamos destinados, tiene un primer efecto extraordinario, dice Jesús. Nos permite “ver” el reino de Dios. Nos volvemos capaces de ver realmente los muchos signos de aproximación de nuestra esperanza de cumplimiento de lo que, en nuestra vida, lleva el signo del destino de Dios para la eternidad.
Los signos son los del amor evangélico, iluminados de muchas maneras por Jesús. Y si podemos “verlos”, también podemos “entrar” en el reino, con el paso del Espíritu a través del agua regeneradora.
La vejez es la condición, concedida a muchos de nosotros, en la que el milagro de este nacimiento de lo alto puede asimilarse íntimamente y hacerse creíble para la comunidad humana: no comunica nostalgia por el nacimiento en el tiempo, sino amor por el destino final. Desde esta perspectiva, la vejez tiene una belleza única: caminamos hacia lo Eterno. Nadie puede volver a entrar en el vientre de la madre, ni siquiera en su sustituto tecnológico y consumista. Eso no da sabiduría, eso no da un camino completo, eso es artificial. Sería triste, incluso si fuera posible. El anciano camina hacia adelante, el anciano camina hacia el destino, hacia el cielo de Dios, el anciano camina con su sabiduría vivida durante la vida. La vejez es, pues, un tiempo especial para disolver el futuro de la ilusión tecnocrática de la supervivencia biológica y robótica, pero sobre todo porque se abre a la ternura del vientre creador y generador de Dios. Aquí quisiera subrayar esta palabra: la ternura de los ancianos. Observad a un abuelo o a una abuela cómo miran los nietos, cómo acarician a sus nietos: esa ternura, libre de toda prueba humana, que ha superado las pruebas humanas y es capaz de dar libremente el amor, la cercanía amorosa del uno por el otro. Esa ternura abre la puerta a comprender la ternura de Dios. No olvidemos que el Espíritu de Dios es cercanía, compasión y ternura. Dios es así, sabe acariciar. Y la vejez nos ayuda a comprender esa dimensión de Dios que es la ternura. La vejez es el tiempo especial para disolver el futuro de la ilusión tecnocrática, es el tiempo de la ternura de Dios que crea, crea un camino para todos nosotros. Que el Espíritu nos conceda la reapertura de esta misión espiritual –y cultural– de la vejez, que nos reconcilia con el nacer de lo Alto. Cuando pensamos en la vejez así, entonces decimos: ¿por qué esta cultura del descarte decide desechar los viejos, considerándolos inútiles? Los viejos son los mensajeros del futuro, los viejos son los mensajeros de la ternura, los viejos son los mensajeros de la sabiduría de una vida vivida. Sigamos adelante y miremos los viejos.
Saludo cordialmente a los fieles de lengua francesa presentes en esta Audiencia, en particular a los peregrinos venidos de Francia, La Reunión, Costa de Marfil y Gabón. Tras el ejemplo de Nicodemo, que el Espíritu Santo nos haga descubrir esta misión espiritual de la vejez que nos reconcilia con “el nacimiento de lo Alto”. ¡El Espíritu Santo, el Consolador, os bendiga a todos!
Saludo a los peregrinos de lengua inglesa presentes en la Audiencia de hoy, especialmente a los provenientes de Inglaterra, Filipinas y Estados Unidos de América. Dirijo un saludo particular a los numerosos grupos de jóvenes estudiantes aquí presentes. Sobre vosotros y vuestras familias invoco la alegría y la paz de nuestro Señor Jesucristo. ¡El Señor os bendiga!
Dirijo un cordial saludo a los peregrinos de lengua alemana, en particular a los alumnos del Wilhelmsstift de Tubinga, y del Felixianum de Trier, así como a los monaguillos de la Diócesis de Eichstätt. En el Señor Jesús somos hijos amados de Dios. ¡Que el Espíritu Santo nos ayude a ser mensajeros de alegría y testigos de su caridad!
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Los invito a releer el diálogo de Jesús con Nicodemo y a preguntarnos cómo estamos viviendo la llamada a “nacer de nuevo”. Pidamos al Señor que el Espíritu Santo nos haga transmisores de amor y esperanza para quienes nos rodean. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua portuguesa, en particular a los miembros del Centro Nacional de Cultura de Portugal y de la Asociación Evangelizar es preciso, de Curitiba, Brasil. Hermanos y hermanas, el Espíritu Santo nos ayude a entender la vejez como periodo en el cual –abandonado el mito de la eterna juventud– aprendamos qué significa “nacer de lo alto” y seamos reconciliados con nuestro destino eterno. ¡Dios os bendiga!
Saludo a los fieles de lengua árabe. La vejez, de modo particular, es un tiempo de gracia, en el que el Señor renueva su llamada a los ancianos a custodiar y trasmitir su fe y a guiar con su sabiduría el mundo de hoy, que está afrontando muchas dificultades, convirtiéndose así en un faro para las nuevas generaciones. ¡El Señor os bendiga a todos y os proteja siempre de todo mal!
Saludo cordialmente a los polacos, y en particular a los sacerdotes de la Diócesis de Włocławek que han venido a Roma en el 25° aniversario de su ordenación. Hoy recordáis a la reina Santa Eduvigis, Apóstol de Lituania y fundadora de la Universidad Jaguelónica. Durante su canonización, San Juan Pablo II recordó que, por su labor, Polonia fue unida a Lituania y a Rus’. Encomendaos a su intercesión, rezando como ella al pie de la Cruz por la paz en Europa. Os bendigo de corazón.
Dirijo una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. En particular, saludo a las Hermanas Capitulares de la Congregación de Nuestra Señora del Carmen, animándolas a caminar siempre con alegría por las vías del Señor. Me alegra también acoger a los fieles de la parroquia Jesucristo Salvador, de Praia a Mare y espero que el 25° aniversario de fundación de la parroquia sea un estímulo para ser creíbles testigos del Evangelio. Saludo igualmente a la Federación de las Órdenes de las Profesiones de Enfermería y a la Asociación Voluntarios de la Sangre de Acireale, expresando aprecio por sus actividades de solidaridad. Un saludo además a los atletas de la peregrinación a pie de Macerata a Loreto, con la antorcha de la paz que quiere ser un signo y a la vez una invitación a la fraternidad entre los individuos y los pueblos.
Mi pensamiento va finalmente, como de costumbre, a los ancianos, enfermos, jóvenes y recién casados. El próximo domingo celebraremos la solemnidad de la Santísima Trinidad. Animo a todos a encontrar, conscientes de la presencia de la Trinidad en la nuestra vida, gracias al Bautismo, el apoyo para cumplir en toda circunstancia la voluntad del Señor. Os bendigo de corazón.
Fuente: vatican.va / romereports.com
Traducción de Luis Montoya
(Cfr. www.almudi.org)

La Santísima Trinidad
“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. El me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros” (Juan 16,12–15).
I. Hoy la liturgia nos propone el
misterio central de nuestra fe: la Santísima Trinidad, fuente de todos
los dones y gracias, misterio inefable de la vida íntima de Dios. Poco a
poco, con una pedagogía divina, Dios fue manifestando su realidad
íntima, nos ha ido revelando cómo es Él, en Sí, independiente de todo lo
creado. En el Antiguo Testamento da a conocer sobre todo la Unidad de
su ser; que a diferencia del mundo es increado; que no está limitado a
un espacio (es inmenso), ni al tiempo (es eterno). Su poder no tiene
límites (es omnipotente). También se revela como el pastor que busca a
su rebaño; a la vez que se va manifestando la paternidad de Dios Padre,
la Encarnación de Dios Hijo y la acción del Espíritu Santo, que vivifica
todo. Pero es Cristo quien nos revela la intimidad del misterio
trinitario, la llamada a participar en él, y la perfectísima Unidad de
vida entre las divinas Personas (Juan 16, 12-15). El misterio de la
Santísima Trinidad es el punto de partida de toda la verdad revelada y
la fuente de donde procede la vida sobrenatural y a donde nos
encaminamos: somos hijos del Padre, hermanos y coherederos del Hijo,
santificados continuamente por el Espíritu Santo para asemejarnos cada
vez más a Cristo. Esto nos hace templos vivos de la Santísima Trinidad.
II.
Desde que el hombre es llamado a participar de la vida divina por la
gracia recibida en el Bautismo, está destinado a participar cada vez más
en esta Vida. Es un camino que es preciso andar continuamente. Del
Espíritu Santo recibimos constantes impulsos, mociones, luces,
inspiraciones para ir más deprisa por ese camino que lleva a Dios, para
estar cada vez en una “órbita” más cercana al Señor. “El corazón
necesita distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De
algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida
sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la
existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y
con el espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del
Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y
las virtudes sobrenaturales! (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Amigos de Dios)
III.
“Tú Trinidad eterna, eres mar profundo, en el que cuanto más penetro,
más descubro, y cuanto más descubro, más te busco” (SANTA CATALINA DE
SIENA, Diálogo), le decimos en la intimidad de nuestra alma. Y desde lo
hondo del alma añadimos: Padre, glorificad continuamente a vuestro Hijo,
para que vuestro Hijo os glorifique en la unidad del Espíritu Santo por
los siglos de los siglos (JUAN 17, 1)
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
(Cfr. www.almudi.org)

(Pr 8,22-31) "Gozaba con los hijos de los hombres"
(Rom 5,1-5) "El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones"
(Jn 16,12-15)"Todo lo que tiene el Padre es mío"
Homilía a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Todos tenemos la experiencia de no poder expresar nuestras vivencias más íntimas. Hay algo aquí que será siempre hermético para las palabras. Cualquier yo humano es ya un misterio. "Me he convertido en una pregunta para mí mismo, declara S. Agustín. Pero este misterio se adensa cuando hablamos de la Santísima Trinidad, el Ser que anuda los hilos del Universo. "Cuando lo llamamos Dios, dice Schmaus, no hacemos sino emplear una palabra para no tener que callar del todo sobre Él".
Dios es inescrutable, un misterio absoluto, es cierto "pero se ha abierto a nosotros en la Revelación, recuerda Juan Pablo II, de manera que podamos dirigirnos a Él como al santísimo "Tú" divino. Cada uno de nosotros es capaz de hacerlo porque nuestro Dios, que abraza en Sí y supera y trasciende de modo infinito todo lo que existe, está muy cercano a todos, y más aún, íntimo a nuestro más íntimo ser: 'Interior intimo meo', como escribe San Agustín".
Dios es Espíritu, dijo Jesús, y ello quiere decir vida, no materia inerte. Quiere decir persona, esto es: inteligencia, voluntad y libertad en grado infinito. Quiere decir Sabiduría, Bondad y Poder sin límites, como proclaman tantos textos de la Sagrada Escritura.
"Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena". Dios es inescrutable, pero su Espíritu se ha asentado en nuestros corazones para que lleguemos a tener en él "idénticos sentimientos que Cristo Jesús" (Flp 2,5). Porque el "Espíritu Santo, dice S. Cirilo de Alejandría, no es un artista que dibuja en nosotros la divina sustancia, como si Él fuera ajeno a ella...; sino que Él mismo, que es Dios y de Dios procede, se imprime en los corazones que lo reciben como el sello sobre la cera y, de esa forma, por la comunicación de sí y la semejanza, restablece la naturaleza según la belleza del modelo divino y restituye al hombre la imagen de Dios". De igual modo, iremos recibiendo sus dones: Inteligencia, Ciencia, Sabiduría, Consejo, Piedad, Fortaleza, Temor.
El Espíritu Santo es el aliento de Dios, el ruah o soplo de Yavé, una fuerza invisible cuya acción penetra el universo y explica todas las intervenciones de Dios en la historia. Él, con sus siete dones, nos ayuda a vivir como verdaderos hijos de Dios.
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Tras ser víctima de un salvaje atentado, Laura pierde completamente la memoria. Solo el cariño de Carlos, el hombre del que se ha enamorado, le ayuda a percibir destellos de su misterioso pasado. Pero ¿quién es Laura? ¿Qué le sucedió? Durante una cena romántica, Carlos desaparece de forma inexplicable y sin dejar rastro. Una llamada al móvil de la joven le anuncia que, si quiere volver a ver con vida a su pareja, tendrá que aceptar un peligroso reto de insospechadas consecuencias: robar las reliquias del Apóstol en la catedral de Santiago.
Sin dudar un segundo, Laura se embarca en una misión imposible para cualquiera. Pero ella no es cualquiera.
Una impactante novela, de ritmo frenético y sorprendentes revelaciones, en la que Manel Loureiro conquista al lector y lo atrapa irremediablemente.
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EspañaEl Papa, en su catequesis de hoy durante la Audiencia general: La vejez no debe ocultarse, es el "magisterio de la fragilidad”
Catequesis del Santo Padre en español
La hermosa oración del anciano que encontramos en el Salmo 71 que hemos escuchado nos anima a meditar sobre la fuerte tensión que habita la condición de la vejez, cuando el recuerdo de las penalidades superadas y de las bendiciones recibidas pone a prueba la fe y la esperanza.
La prueba ya se presenta con la debilidad que acompaña el paso por la fragilidad y vulnerabilidad de la vejez. Y el salmista −un anciano que se dirige al Señor− menciona explícitamente que este proceso se convierte en ocasión de abandono, engaño, prevaricación y prepotencia, que a veces arremeten contra el anciano. Una forma de cobardía en la que nos estamos especializando en nuestra sociedad. ¡Es verdad! En esta sociedad del descarte, en esta cultura del descarte, los ancianos son apartados y sufren por estas cosas. De hecho, no faltan quienes se aprovechan de la edad de los mayores, para engañarlos, para intimidarlos de mil maneras. A menudo leemos en los periódicos o escuchamos noticias de personas mayores que son engañadas sin escrúpulos para apoderarse de sus ahorros; o que quedan desprotegidos o abandonados sin atención; u ofendidos por formas de desprecio e intimidados para renunciar a sus derechos. Incluso en las familias −y esto es grave, pero también pasa en las familias− ocurren tales crueldades. Los ancianos descartados, abandonados en las residencias, sin que sus hijos los visiten o si van, van pocas veces al año. El anciano dejado justo en el rincón de la existencia. Y esto pasa: pasa hoy, pasa en las familias, pasa siempre. Necesitamos reflexionar sobre esto.
Toda la sociedad debe darse prisa para cuidar de sus ancianos −¡son el tesoro!−, cada vez más numerosos, y a menudo incluso más abandonados. Cuando oímos hablar de personas mayores despojadas de su autonomía, de su seguridad, incluso de su hogar, comprendemos que la ambivalencia de la sociedad actual hacia los mayores no es un problema de emergencias puntuales, sino un rasgo de esa cultura del descarte que envenena el mundo en el que vivimos. El anciano del salmo confía su desesperación a Dios: «Porque mis enemigos −dice− hablan de mí, los que acechan mi vida celebran consejo; dicen: “Dios lo ha abandonado; perseguidlo, agarradlo, que nadie lo defiende”» (vv. 10-11). Las consecuencias son fatales. La vejez no sólo pierde su dignidad, sino que incluso se duda que merezca continuar. Así, todos estamos tentados de ocultar nuestra vulnerabilidad, de ocultar nuestra enfermedad, nuestra edad y nuestra vejez, porque tememos que sean el preludio de nuestra pérdida de dignidad. Preguntémonos: ¿es humano inducir este sentimiento? ¿Por qué la civilización moderna, tan avanzada y eficiente, se siente tan incómoda con la enfermedad y la vejez, oculta la enfermedad, oculta la vejez? ¿Y por qué la política, tan comprometida con definir los límites de una supervivencia digna, es al mismo tiempo insensible a la dignidad de una convivencia afectuosa con los ancianos y los enfermos?
El anciano del salmo que hemos escuchado, ese anciano que ve su vejez como una derrota, redescubre la confianza en el Señor. Siente la necesidad de ser ayudado. Y se dirige a Dios. San Agustín, comentando este salmo, exhorta al anciano: «No temas ser abandonado en tu vejez. […] ¿Por qué temes que [el Señor] te abandone, que te rechace en el tiempo de la vejez cuando te falten las fuerzas? Es más, su fuerza estará en ti precisamente entonces, cuando la tuya falle» (PL 36, 881-882). Y el anciano salmista invoca: «Líbrame y ponme a salvo, inclina a mí tu oído y sálvame. Sé tú mi roca de refugio, el alcázar donde me salve, porque mi peña y mi alcázar eres tú» (vv. 2-3). La invocación manifiesta la fidelidad de Dios y cuestiona su capacidad para sacudir las conciencias desviadas de la insensibilidad por la parábola de la vida mortal, que debe ser preservada en su integridad. Y sigue rezando: «Dios mío, no te quedes a distancia; Dios mío, ven aprisa a socorrerme. Que fracasen y se pierdan los que atentan contra mi vida, queden cubiertos de oprobio y vergüenza los que buscan mi daño» (vv. 12-13).
De hecho, la vergüenza debería caer sobre aquellos que se aprovechan de la debilidad de la enfermedad y la vejez. La oración renueva la promesa de fidelidad y la bendición de Dios en el corazón de los ancianos. El anciano redescubre la oración y da testimonio de su fuerza. Jesús, en los Evangelios, nunca rechaza la oración de quien necesita ayuda. Los ancianos, por su debilidad, pueden enseñar a los que viven otras edades de la vida que todos necesitamos abandonarnos en el Señor, para invocar su ayuda. En ese sentido, todos tenemos que aprender de la vejez: sí, hay un don en ser viejo entendido como abandonarse al cuidado de los demás, comenzando por el mismo Dios.
Hay entonces un “magisterio de la fragilidad”, no ocultar la fragilidad, no. Son verdad, hay una realidad y hay un magisterio de la fragilidad, que la vejez es capaz de recordar creíblemente para todo el lapso de la vida humana. No esconder la vejez, no esconder las debilidades de la vejez. Esta es una lección para todos. Este magisterio abre un horizonte decisivo para la reforma de nuestra propia civilización. Una reforma que ahora es indispensable en beneficio de la convivencia de todos. La marginación tanto conceptual como práctica de las personas mayores corrompe todas las etapas de la vida, no solo la de la vejez. Cada uno puede pensar hoy en los mayores de la familia: ¿cómo me relaciono con ellos, los recuerdo, voy a visitarlos? ¿Procuro que nada les falte? ¿Los respeto? Los ancianos que hay en mi familia, mamá, papá, abuelo, abuela, tíos, amigos, ¿los he borrado de mi vida? ¿O voy a ellos para obtener sabiduría, la sabiduría de la vida? Recuerda que tú también serás anciano o anciana. La vejez llega para todos. Y como te gustaría ser tratado o tratada en el momento en la vejez, tratas tú hoy a los ancianos. Son la memoria de la familia, la memoria de la humanidad, la memoria del país. Proteger a los ancianos que son sabiduría. Que el Señor conceda a los ancianos que forman parte de la Iglesia la generosidad de esta invocación y de esta provocación. Que esta confianza en el Señor nos contagie. Y esto, por el bien de todos, de ellos, de nosotros y de nuestros hijos.
Saludo cordialmente a las personas de lengua francesa, en particular a los alumnos de la Inmaculada Concepción de Laval y a los estudiantes del Instituto del Oratorio de Lyon. Nuestros ancianos son un magisterio viviente. A través de su fragilidad nos enseñan la necesidad de abandonarnos en el Señor y en los demás. Pidamos al Señor entrar, con fe, en la sabiduría de esa fragilidad para que pueda hacer nuestra sociedad más humana y fraterna. Dios os bendiga.
Saludo a los peregrinos de lengua inglesa presentes en esta Audiencia, especialmente a los que vienen de Inglaterra y Estados Unidos de América. Dirijo un saludo particular a los numerosos grupos de jóvenes estudiantes. En la inminencia de la Solemnidad de Pentecostés, invoco sobre vosotros y vuestras familias una abundante efusión de los dones del Espíritu Santo. ¡El Señor os bendiga!
Queridos peregrinos de lengua alemana, que el Espíritu Santo, a quien invocamos especialmente en estos días antes de Pentecostés, nos enseñe el estilo de Jesús y nos refuerce en la verdad y en el amor. ¡Envía tu Espíritu Señor y renueva la faz de la tierra!
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Hagamos nuestra la súplica del anciano enfermo del salmo, la cual nos recuerda que en la oración y confianza en el Señor encontramos nuestra fuerza y nuestro refugio en los momentos difíciles de la vida. Dios los bendiga. Muchas gracias.
Saludo a los fieles de lengua portuguesa, en particular a los grupos de peregrinos de Brasil y de Faro (Portugal), a los estudiantes y profesores de la Escuela Secundaria de Sobreira. Ayer, al terminar el mes de mayo, dirigimos a la Virgen nuestra insistente petición por la paz. Permanezcamos unidos a Ella, en la espera de una nueva Pentecostés, pidiendo que el don del Espíritu Santo nos haga descubrir senderos de diálogo y de unidad. Os encomiendo a la maternal protección de la Virgen María y os bendigo de corazón.
Saludo a los fieles de lengua árabe. Los ancianos, por su debilidad, pueden enseñar a quien vive otras edades de la vida que todos necesitamos abandonarnos en el Señor, invocar su ayuda. Porque Dios es siempre nuestra esperanza y nuestro apoyo. ¡El Señor os bendiga a todos y os proteja siempre de todo mal!
Saludo cordialmente a los polacos. Hoy empezamos el mes dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, fuente de amor y de paz. Abríos a ese amor y llevadlo “hasta los confines de la tierra”, manifestando la bondad y la misericordia que brotan del Corazón de Jesús. Este llamamiento lo dirijo en particular a los jóvenes que se encontrarán el sábado próximo en Lednica, lugar significativo para la fe de los polacos. Dios os bendiga.
Dirijo una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. En particular, saludo a la fundación “Il Villaggio del fanciullo” de Lucca, con su Arzobispo Paolo Giulietti; a la Unidad pastoral del Centro histórico de Salerno; a los nuevos capellanes de las cárceles, que participan en un encuentro formativo; a la Banda musical de Castellana Grotte. ¡Son buenos estos músicos!
Mi pensamiento va finalmente, como de costumbre, a los ancianos, enfermos, jóvenes y recién casados. El próximo domingo celebraremos la solemnidad de Pentecostés. Que el Espíritu Santo sea para vosotros, jóvenes, como “viento y fuego” que os preserva del aturdimiento, empujándoos al amor de los grandes ideales y al compromiso por la Iglesia y la sociedad. Que sea para vosotros, ancianos y enfermos, el “Consolador” que os acompaña en la fatiga cotidiana, dándoos la certeza del amor de Dios. Que sea para vosotros, recién casado, fuente de “comunión” que os haga crecer en el amor mutuo. A todos mi bendición.
Preocupa mucho el bloqueo a las exportaciones del grano de Ucrania, del que depende la vida de millones de personas, especialmente en los países más pobres. Hago un llamamiento de corazón para que se haga todo lo posible por resolver este problema y garantizar el derecho humano universal a la alimentación. ¡Por favor, que no se use el grano, alimento básico, como arma de guerra!
Fuente: vatican.va / romereports.com
Traducción de Luis Montoya
(Cfr. www.almudi.org)

La venida del Espíritu Santo
“Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.» Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»” (Juan 20, 19-23)
I. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que habita en nosotros. Aleluya.
Pentecostés
era una de las tres grandes fiestas judías; muchos israelitas
peregrinaban a Jerusalén en estos días para adorar a Dios en el Templo.
El origen de la fiesta se remontaba a una antiquísima celebración en la
que se daban gracias a Dios por la cosecha del año, a punto ya de ser
recogida. Después se sumó en ese día el recuerdo de la promulgación de
la Ley dada por Dios en el monte Sinaí. Se celebraba cincuenta días
después de la Pascua, y la cosecha material que los judíos festejaban
con tanto gozo se convirtió, por designio divino, en la Nueva Alianza,
en una fiesta de inmensa alegría: la venida del Espíritu Santo con todos
sus dones y frutos.
Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban
todos juntos en un mismo lugar y de repente sobrevino del cielo un
ruido, como de viento que irrumpe impetuosamente, y llenó toda la casa
en la que se hallaban. El Espíritu Santo se manifiesta en aquellos
elementos que solían acompañar la presencia de Dios en el Antiguo
Testamento: el viento y el fuego.
El fuego aparece en la Sagrada
Escritura como el amor que lo penetra todo, y como elemento purificador.
Son imágenes que nos ayudan a comprender mejor la acción que el
Espíritu Santo realiza en las almas: Ure igne Sancti Spiritus renes
nostros et cor nostrum, Domine... Purifica, Señor, con el fuego del
Espíritu Santo nuestras entrañas y nuestro corazón...
El fuego
también produce luz, y significa la claridad con que el Espíritu Santo
hace entender la doctrina de Jesucristo: Cuando venga aquél, el Espíritu
de verdad, os guiará hacia la verdad completa... Él me glorificará
porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. En otra ocasión, Jesús ya
había advertido a los suyos: el Paráclito, el Espíritu Santo... os lo
enseñará todo y os recordará todo lo que os he dicho. Él es quien lleva a
la plena comprensión de la verdad enseñada por Cristo: «habiendo
enviado por último al Espíritu de verdad, completa la revelación, la
culmina y la confirma con testimonio divino».
En el Antiguo
Testamento, la obra del Espíritu Santo es frecuentemente sugerida por el
«soplo», para expresar al mismo tiempo la delicadeza y la fuerza del
amor divino. No hay nada más sutil que el viento, que llega a penetrar
por todas partes, que parece incluso llegar a los cuerpos inanimados y
darles una vida propia. El viento impetuoso del día de Pentecostés
expresa la fuerza nueva con que el Amor divino irrumpe en la Iglesia y
en las almas.
San Pedro, ante la multitud de gente que se congrega en
las inmediaciones del Cenáculo, les hace ver que se está cumpliendo lo
que ya había sido anunciado por los Profetas: Sucederá en los últimos
días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne... Quienes
reciben la efusión del Espíritu no son ya algunos privilegiados, como
los compañeros de Moisés, o como los Profetas, sino todos los hombres,
en la medida en que reciban a Cristo. La acción del Espíritu Santo debió
producir, en los discípulos y en quienes les escuchan, tal admiración,
que todos estaban fuera de sí, llenos de amor y alegría.
II. La venida del Espíritu Santo en el
día de Pentecostés no fue un hecho aislado en la vida de la Iglesia. El
Paráclito la santifica continuamente; también santifica a cada alma, a
través de innumerables inspiraciones, que son «todos los atractivos,
movimientos, reproches y remordimientos interiores, luces y
conocimientos que Dios obra en nosotros, previniendo nuestro corazón con
sus bendiciones, por su cuidado y amor paternal, a fin de despertarnos,
movernos, empujarnos y atraernos a las santas virtudes, al amor
celestial, a las buenas resoluciones; en una palabra, a todo cuanto nos
encamina a nuestra vida eterna». Su actuación en el alma es «suave y
apacible (...); viene a salvar, a curar, a iluminar.
En Pentecostés,
los Apóstoles fueron robustecidos en su misión de testigos de Jesús,
para anunciar la Buena Nueva a todas las gentes. Pero no solamente
ellos: cuantos crean en Él tendrán el dulce deber de anunciar que Cristo
ha muerto y resucitado para nuestra salvación. Y sucederá en los
últimos días, dice el Señor, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne,
y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas, y vuestros jóvenes
verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños. Y sobre mis siervos y
mis siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días y profetizarán. Así
predica Pedro la mañana de Pentecostés, que inaugura ya la época de los
últimos días, los días en que ha sido derramado de una manera nueva el
Espíritu Santo sobre aquellos que creen que Jesús es el Hijo de Dios, y
llevan a cabo su doctrina.
Todos los cristianos tenemos desde
entonces la misión de anunciar, de cantar las magnalia Dei, las
maravillas que ha hecho Dios en su Hijo y en todos aquellos que creen en
Él. Somos ya un pueblo santo para publicar las grandezas de Aquel que
nos sacó de las tinieblas a su luz admirable.
Al comprender que la
santificación y la eficacia apostólica de nuestra vida dependen de la
correspondencia a las mociones del Espíritu Santo, nos sentiremos
necesitados de pedirle frecuentemente que lave lo que está manchado,
riegue lo que es árido, cure lo que está enfermo, encienda lo que es
tibio, enderece lo torcido. Porque conocemos bien que en nuestro
interior hay manchas y partes que no dan todo el fruto que debieran
porque están secas, y partes enfermas, y tibieza, y también pequeños
extravíos, que es preciso enderezar.
Nos es necesario pedir también
una mayor docilidad; una docilidad activa que nos lleve a acoger las
inspiraciones y mociones del Paráclito con un corazón puro.
III. Para ser más fieles a la constantes
mociones e inspiraciones del Espíritu Santo en nuestra alma «podemos
fijarnos en tres realidades fundamentales: docilidad (...), vida de
oración, unión con la Cruz».
Docilidad, «en primer lugar, porque el
Espíritu Santo es quien, con sus inspiraciones, va dando tono
sobrenatural a nuestros pensamientos, deseos y obras. Él es quien nos
empuja a adherirnos a la doctrina de Cristo y a asimilarla con
profundidad, quien nos da luz para tomar conciencia de nuestra vocación
personal y fuerza para realizar todo lo que Dios espera».
El
Paráclito actúa sin cesar en nuestra alma: no decimos una sola
jaculatoria si no es por una moción del Espíritu Santo, como nos señala
San Pablo en la Segunda lectura de la Misa. Él está presente y nos mueve
en la oración, al leer el Evangelio, cuando descubrimos una luz nueva
en un consejo recibido, al meditar una verdad de fe que ya habíamos
considerado, quizá, muchas veces. Nos damos cuenta de que esa claridad
no depende de nuestra voluntad. No es cosa nuestra sino de Dios. Es el
Espíritu Santo quien nos impulsa suavemente al sacramento de la
Penitencia para confesar nuestros pecados, a levantar el corazón a Dios
en un momento inesperado, a realizar una obra buena. Él es quien nos
sugiere una pequeña mortificación, o nos hace encontrar la palabra
adecuada que mueve a una persona a ser mejor.
Vida de oración,
«porque la entrega, la obediencia, la mansedumbre del cristiano nacen
del amor y al amor se encaminan. Y el amor lleva al trato, a la
conversación, a la amistad. La vida cristiana requiere un diálogo
constante con Dios Uno y Trino, y es a esa intimidad a donde nos conduce
el Espíritu Santo (...). Acostumbrémonos a frecuentar al Espíritu
Santo, que es quien nos ha de santificar: a confiar en Él, a pedir su
ayuda, a sentirlo cerca de nosotros. Así se irá agrandando nuestro pobre
corazón, tendremos más ansias de amar a Dios y, por Él, a todas las
criaturas».
Unión con la Cruz, «porque en la vida de Cristo el
Calvario precedió a la Resurrección y a la Pentecostés, y ese mismo
proceso debe reproducirse en la vida de cada cristiano (...). El
Espíritu Santo es fruto de la Cruz, de la entrega total a Dios, de
buscar exclusivamente su gloria y de renunciar por entero a nosotros
mismos».
Podemos terminar nuestra oración haciendo nuestras las
peticiones que se contienen en el himno que se canta en la Secuencia de
la Misa de este día de Pentecostés: Ven, Espíritu Santo, y envía desde
el cielo un rayo de tu luz. Ven, padre de los pobres; ven, dador de las
gracias; ven, lumbre de los corazones. Consolador óptimo, dulce huésped
del alma, dulce refrigerio. Descanso en el trabajo, en el ardor
tranquilidad, consuelo en el llanto. ¡Oh luz santísima!, llena lo más
íntimo de los corazones de tus fieles(...). Concede a tus fieles que en
Ti confían, tus siete sagrados dones. Dales el mérito de la virtud,
dales el puerto de la salvación, dales el eterno gozo.
Para tratar
mejor al Espíritu Santo nada tan eficaz como acercarnos a Santa María,
que supo secundar como ninguna otra criatura las inspiraciones del
Espíritu Santo. Los Apóstoles, antes del día de Pentecostés,
perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres y con María la
Madre de Jesús.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
(Cfr. www.almudi.org)

(Hch 2,1-11) "Empezaron a hablar en lenguas extranjeras"
(1 Cor 12,3b-7.12-13) "En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común"
(Jn 20,19-23) "Recibid el Espíritu Santo"
Homilía con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía en la Misa de Pentecostés (22-V-1988)
--- La misión del Hijo y del Espíritu Santo
--- La misión de la Iglesia
--- El Espíritu Santo en la Iglesia.
--- La misión del Hijo y del Espíritu Santo
“Se llenaron todos del Espíritu Santo” (Hch 2,4).
Este es el día (haec est dies), en que el poder del misterio pascual se manifiesta en el nacimiento de la Iglesia.
Este es el día, en que ante Jerusalén -en presencia de los habitantes de la ciudad y de los peregrinos- se cumplen las palabras que dirigió Jesús a los Apóstoles después de la resurrección: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,22).
Leemos en los hechos de los Apóstoles: “Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería” (Hch 2,4).
En este discurso, que comprendieron enseguida los que lo escuchaban, incluso los que provenían de distintos países del mundo entonces conocido, se manifiesta el inicio de la misión: “como el Padre me ha enviado, así os mando yo” (Jn 20,21). “Id (por todo el mundo) y haced discípulos de todos los pueblos” (Mt 28,19).
--- La misión de la Iglesia
La Iglesia lleva dentro de sí desde el día de su nacimiento la misión del Hijo y del Espíritu Santo, y, en virtud del Espíritu de verdad, el Espíritu-Paráclito, permanece en ella la misión del Hijo: el Evangelio de la salvación eterna.
“Les oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua” (Hch 2,11), exclaman totalmente desconcertados los que participaban en el Pentecostés de Jerusalén.
“ ¡Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas!... Envías tu aliento y los creas, y repueblas la faz de la tierra” (Sal 103/104,24.30).
Así se expresa el Salmista.
Sin embargo, “las maravillas de Dios”, que anuncian los Apóstoles el día de Pentecostés por medio de Pedro, tienen un solo nombre: “Jesucristo”. Y hay una sola expresión del poder de Dios, que se ha manifestado entre nosotros: “Jesús es el Señor” (1 Cor 12,3).
Esta gran obra de Dios, la mayor de todas en la historia de la creación y en la historia del hombre, está unida al nombre de Jesús de Nazaret, al Hijo de Dios que “se despojó de su rango tomando la condición de esclavo, que se sometió incluso a la muerte, y una muerte de Cruz, al que Dios levantó y al que Dios le concedió el "Nombre-sobre-todo-nombre": Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (cf. Flp 2,7-9.11).
Señor -Kyrios- significa Dios (Adonai).
--- El Espíritu Santo en la Iglesia.
Precisamente esta verdad, esta “grande, la mayor obra de Dios” es la que anuncia Pedro el día de Pentecostés. Él habla por virtud del Espíritu Santo. “Nadie puede decir: "Jesús es el Señor", si no es bajo la acción del Espíritu Santo” (1 Cor 12,3).
Desde el día de Pentecostés de Jerusalén la Iglesia pronuncia esta verdad salvífica: “Jesús es el Señor”. La anuncian los Apóstoles, la acogen los que los escuchan, procedentes de diversos pueblos y naciones de la tierra. Y confiesan: “ ¡Jesucristo -el crucificado y resucitado- es el Señor!”.
Desde el día de Pentecostés, en virtud del Espíritu Santo -que da la vida- comienza la peregrinación en la fe del nuevo Israel, del pueblo mesiánico.
La dignidad de hijos de Dios en cuyos corazones mora el Espíritu Santo como en un templo, se ha convertido en la herencia de este pueblo. El mandato nuevo de amar como Cristo nos ha amado (cf. Jn 13,34) se ha convertido en su ley. El reino de Dios, comenzado en la tierra por el mismo Dios, se ha convertido en su fin. Así enseña el Concilio Vaticano II: “Este pueblo mesiánico..., aunque no excluya a todos los hombres actualmente y con frecuencia parezca una grey pequeña, es, sin embargo, para todo el género humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza de salvación” (LG 9).
“La Iglesia es en Cristo como un sacramento... de la unión íntima con Dios” (LG 1).