Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

03 diciembre 2022

Meditación Domingo 2º Adviento (A)

(Cfr. www.almudi.org)

 

El Precursor: Preparad el camino del Señor

Por aquellos días se presentó Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: «Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos». Éste es aquél de quien habla el profeta Isaías cuando dice: ‘Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas’. Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero a sus lomos, y su comida eran langostas y miel silvestre. Acudía entonces a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.
Pero viendo él venir muchos fariseos y saduceos al bautismo, les dijo: «Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente? Dad, pues, fruto digno de conversión, y no creáis que basta con decir en vuestro interior: ‘Tenemos por padre a Abraham’; porque os digo que puede Dios de estas piedras dar hijos a Abraham. Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo os bautizo en agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. En su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era: recogerá su trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga»” (Mt 3,1-12).

I. Mira al Señor que viene... Iba a llegar el Salvador y nadie advertía nada. Isaías, 30, 19-30) El mundo de entonces, como el de ahora, seguía como de costumbre en la indiferencia más completa. Estamos en Adviento, en la espera. En este tiempo litúrgico la Iglesia propone a nuestra meditación la figura de Juan el Bautista. Se muestra ya profeta en el seno de su madre. Aún no había nacido aún, cuando a la llegada de Santa María, salta de gozo dentro de su madre (Lucas 1, 76-77) Toda la esencia de la vida de Juan estuvo determinada por esta misión. Su vocación será preparar a Jesús un pueblo capaz de recibir el reino de Dios, y por otra parte, dar testimonio público de Él. No lo hará por gusto, sino porque para eso fue concebido. Así es todo apostolado: olvido de uno mismo y preocupación sincera por los demás. Juan lo hizo hasta dar la vida en el cumplimiento de su misión. Cada hombre en su sitio y circunstancias, tiene una vocación dada por Dios, y de su cumplimiento dependen muchas cosas queridas por la voluntad divina.

II. Juan sabe que ante Cristo no es ni siquiera digno de llevarle las sandalias (Mateo 3, 11). No se define a sí mismo según su ascendencia sacerdotal. Juan solamente dice: Yo soy la voz que clama en el desierto: Preparad los caminos del Señor, allanad sus sendas. Él no es más que eso: la voz. La voz que anuncia al Señor. A medida que Cristo se va manifestando, Juan busca quedar en segundo plano, ir desapareciendo. Con gran delicadeza se desprenderá de quienes le siguen para que se vayan con Cristo. Juan “perseveró en la santidad, porque se mantuvo humilde en su corazón” (SAN GREGORIO MAGNO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas). Su actitud es una enérgica advertencia contra el desordenado amor propio, que siempre nos empuja a ponernos en primer plano. Sin humildad no podríamos acercar a nuestros amigos al Señor. Y entonces nuestra vida quedaría vacía.

III. Nosotros hemos recibido con la gracia bautismal y la Confirmación el honroso deber de confesar, con las obras y de palabra, la fe en Cristo. Nuestra familia y nuestros amigos deben ser los primeros en beneficiarse del amor al Señor. Con el ejemplo y con la oración debemos llegar incluso hasta aquellos con quienes no tenemos ocasión de hablar. Sin perder de vista, nunca, que es la gracia de Dios y no nuestras fuerzas humanas la que consigue mover las almas hacia Jesús. La Reina de los Apóstoles aumentará nuestra ilusión y esfuerzo por acercar almas a su Hijo.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

Homilía Domingo 2º Adviento (A)

 (Cfr. www.almudi.org)

 

 


(Is 11,1-10) "Y reposará sobre él el espíritu del Señor"
(Rom 15,4-9) "Te confesaré, Señor, entre las gentes, y cantaré tu nombre"
(Mt 3,1-12) "Haced penitencia, porque se acerca el Reino de los cielos"

 

Homilia con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la parroquia de Sta. Francisca Javiera Cabrini (4-XII-1983)

--- La figura de San Juan Bautista

Este II domingo de Adviento gira en totalmente en torno a la venida de Cristo y a la preparación necesaria para este maravilloso acontecimiento.

En este centro de la liturgia está la persona de Juan Bautista. El Evangelista Mateo lo describe como hombre de oración intensa, de penitencia austera, de fe profunda: efectivamente, es el último de los Profetas del Antiguo Testamento, que da paso al Nuevo, señalando en Jesús al Mesías esperado por el pueblo judío. En las riberas del río Jordán, Juan Bautista confiere el bautismo de penitencia: “Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban los pecados y él los bautizaba” (Mt 3,5-6). Este bautismo no es simple rito de adhesión, sino que indica y exige el arrepentimiento de los propios pecados y el sincero sentido de espera del Mesías.

Y Juan enseña. Predica la conversión: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”.

Juan enseña. Y, conforme al anuncio de Isaías, “allana los senderos” para el Señor (cfr. Mt 3,1-3).

Estas palabras resuenan hoy para nosotros.

¿Quién es el Señor que debe venir? Por sus mismas palabras podemos calificar la persona, la misión y la autoridad del Mesías.

Juan Bautista enmarca ante todo claramente “su persona”. “Él -dice del Bautista- puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias” (Mt 3,11). Con estas expresiones, típicamente orientales, reconoce la distancia infinita que hay entre él y Aquel que debe venir, y subraya también su misión de preparar inmediatamente el gran acontecimiento.

--- Sensibles al Espíritu Santo

Luego, señala la misión del Mesías: “Os bautizará con el Espíritu Santo y fuego” (Ib.3,12). Es la primera vez, después del anuncio del ángel a María, que aparece la impresionante palabra “Espíritu Santo”, que luego formará parte de la fundamental enseñanza trinitaria de Jesús. Juan Bautista, divinamente iluminado, anuncia que Jesús, el Mesías, continuará confiriendo el bautismo, pero este rito dará la “gracia” de Dios, el Espíritu Santo, entendido místicamente como un “fuego” místico, que borra (quema) el pecado e inserta en la misma vida divina (enciende de amor).

--- La divinidad del Mesías

Finalmente, el Bautista esclarece la autoridad del Mesías: “Tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga” (Ib. 3,12). Según la palabra de la enseñanza de Juan, el que vendrá es el “juez de las conciencias”; en otras palabras, es el que determina lo que está bien y lo que está mal (el grano y la paja), la verdad y el error; es el que determina cuales son los árboles que dan frutos buenos y cuales los que, en cambio, dan frutos malos y deben ser talados y quemados. Con estas afirmaciones Juan Bautista anuncia la “divinidad” del Mesías, porque sólo Dios puede ser el árbitro supremo del bien, señalar con absoluta certeza el camino positivo de la conducta moral, juzgar las conciencias, premiar o condenar.

De ahí la necesidad de preparar la venida del Mesías. La Navidad es ciertamente un día de gran alegría y de sereno júbilo, incluso externo; pero, ante todo, es un acontecimiento sobrenatural y determinante, para el que se necesita seria preparación moral: “Preparad el camino del Señor; allanad su senderos”. En las palabras de Juan está toda la heredad profunda de la Antigua Alianza.

Pero al mismo tiempo, se abre con ellas la Nueva Alianza: en aquel que debe venir “toda carne verá la salvación de Dios” (Lc 3,6).

Aquel que viene -Cristo-, es enviado a fin de acogeros para gloria de Dios” (Rom 15,7).

Viene a demostrar la “fidelidad de Dios; cumpliendo las promesas hechas a los Patriarcas...” (Rom 15,8).

Viene para revelar que el Señor “el Dios de toda paciencia y consuelo” (Rom 15,5).

Viene a fin de “acogeros para gloria de Dios” (Rom 15,7).

Y el que viene, pues, debe hacer que vosotros “os acojáis mutuamente” (Rom 15,7). En efecto, Él señala la verdadera y auténtica conducta moral, que consiste en dar gloria a Dios Padre, a su ejemplo y con sus mismos sentimientos, y en amar al prójimo. San Pablo, al escribir a los Romanos, tenía en la mente tanto a los convertidos del judaísmo como a los del paganismo; pero hablaba para todos del compromiso de la “acogida”: el Verbo de Dios, que viene, debe hacer que tengáis “los unos con los otros los mismos sentimientos a ejemplo de Cristo Jesús” (cf. Rom 15,5); “para que unánimes, a una voz, alabéis al Dios y Padre” (Ib. 15,6).

Así, pues, el “preparar los senderos”, que predica Juan Bautista, se convierte, a la luz de la enseñanza de San Pablo en la Carta a los Romanos, en acoger todo el programa mesiánico del Evangelio: el programa de la adoración a Dios -¡la gloria!- mediante el amor al hombre, el amor recíproco.

En este espíritu la Iglesia anuncia el Adviento como la dimensión continua de la existencia del hombre hacia Dios: hacia ese Dios, “que es, que era, que viene” (Ap 1,4).

Esta dimensión esencial de la existencia cristiana del hombre corresponde a la “preparación” enseñada por la liturgia de hoy. El hombre debe remontarse siempre al corazón, a la conciencia, para estar en la perspectiva de la “Venida”.

Para realizar esta exigencia, el cristiano debe ser también sensible a la acción del Espíritu Santo; Él que viene, viene en el Espíritu Santo, como anunció Isaías: “Sobre Él se posará el espíritu del Señor: espíritu de ciencia y discernimiento, espíritu de consejo y valor, espíritu de piedad y temor de Dios” (Is 11,2). Con el Mesías y con la presencia del Espíritu Santo entra en la historia del hombre la justicia y la paz, como dones del reino de Dios: así se abre la perspectiva de la reconciliación “cósmica” en toda la creación -en el hombre y en el mundo- que se había perdido a causa del pecado.

“Ven, Señor, rey de justicia y de paz”: hemos pedido juntos en el Salmo responsorial.

Doy gracias a Jesucristo, el Verbo Eterno, porque me ha permitido anunciar el mensaje litúrgico del II domingo de Adviento en vuestra parroquia: “Preparad el camino del Señor”. Este mensaje es actual siempre y para todos. Efectivamente, todos vivimos en la dimensión del adviento de Dios. Nuestra vida es una continua “preparación”