Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

02 diciembre 2023

PELICULA DE LA SEMANA (1 Dic): Pobres criaturas

 (Cfr. www.filmaffinity.com)

 

Título original
Poor Things
Año
Duración
141 min.
País
Irlanda Irlanda
Dirección
Guion
Reparto

Música
Fotografía
Compañías
Coproducción Irlanda-Reino Unido-Estados Unidos;
Género
Fantástico. Aventuras | Siglo XIX. Realismo mágico
Sinopsis
Bella Baxter es una joven revivida por el brillante y poco ortodoxo científico Dr. Godwin Baxter. Bajo la protección de Baxter, Bella está ansiosa por aprender. Hambrienta de la mundanidad que le falta, Bella se escapa con Duncan Wedderburn, un sofisticado y perverso abogado, en una aventura vertiginosa a través de los continentes. Libre de los prejuicios de su época, Bella se vuelve firme en su propósito de defender la igualdad y la liberación.

Estreno en USA: diciembre 2023
Estreno en España: enero 2024
Posición en rankings FA
Premios
2023: Festival de Venecia: León de Oro (Mejor película)
2023: Festival de Sitges: Sección oficial largometrajes (fuera de concurso)
2023: Premios Gotham. 1 nominación
Críticas

 

LIBRO DE LA SEMANA (1 Dic): Las hijas de la criada. Premio Planeta 2023

 (Cfr. www.todostuslibros.com)

 

 


La novela ganadora del Premio Planeta 2023 nos sumerge, con la cadencia de las historias narradas junto al fuego, en un apasionante relato en un remoto pazo de Galicia. Hay secret...
22,90€

Información

Descripción

Sobre el autor:

Ficha Técnica

La sociedad de las prisas

 (Cfr. www.almudi.org)

 

Individual y socialmente, necesitamos una nueva cultura del tiempo. Debemos reorientar las pautas y creencias que hemos heredado en relación con las prisas

El tiempo es la medida del cambio, afirman los científicos. El tiempo es oro, decían nuestros abuelos. Tiempo es libertad, decimos los transeúntes del siglo XXI… Todas estas cosas y muchas más confluyen en ese don intangible y a la vez tan presente en nuestras vidas.

Los filósofos modernos afirman que el tiempo es una medida de la felicidad. Así, sin paliativos. Para Platón, era la imagen móvil de lo eterno. Mientras los artistas completan la frase: es la vasija que permite la creación. Y algunos escépticos se limitan a decir: pasa y no vuelve.

Todos tienen razón y, pese a ello, no logran dar una definición total y absoluta de ese misterio que esconde la vida, la sucesión de un universo de horas inalcanzable en sus vaivenes, en su semejanza a un viento que empuja a veces, otras acaricia y siempre mueve el mundo sin pedir permiso. Cada amanecer, cada crepúsculo, señala los ritmos de la naturaleza y nos ayuda a medir los minutos, los días; una forma inocente de pretender abarcar lo inabarcable, de ponerle nombre a lo efímero, de descubrir que ese laberinto indescifrable guarda el secreto de la Vida y de nuestra propia vida.

La sencillez del tiempo es una mampara que oculta su complejidad. Es imposible vencerlo, guardarlo, almacenarlo… Los ecologistas dicen que es un recurso no renovable. Los poetas aman las horas demoradas y describen sin prisa el amor. Algunos adoran el silencio y agradecen el mutismo del tiempo. Otros, en cambio, persiguen la luz y aguardan impacientes la llegada de los amaneceres. Los místicos se asoman al lado íntimo de las horas y nos recuerdan que el alma no lleva reloj. En cualquier caso, el eco de ese flujo permanente está insertado en cada una de las células de nuestro cuerpo, contribuye a construir el trazo de nuestras vidas, envuelve los hechos con la medida exacta del placer y el dolor. Nos modela como un escultor maneja la materia prima.

Escribimos la vida en el tiempo y nos arriesgamos

a hipotecarlo cuando llega la llamada de las prisas

Pero existe un algo interior, una vocación de libertad, que nos permite a los humanos manejar a nuestra vez el tiempo. Es la fuerza de la vida que transportamos, la búsqueda del equilibrio que requieren mente y cuerpo, la vocación de crear y vencer al caos, la capacidad de nombrar lo que ocurre, también de ponerle nombre a las épocas, intervalos, vaivenes que construyen nuestra historia.

Y así, forcejeando con lo que se impone y los sueños, abrazamos el instante, dialogamos con los relojes, y sometemos la fragilidad de nuestras vidas al proyecto de hacerlas mejores, de dejar una huella feliz a nuestro paso por el mundo, de superar el vértigo de una muerte inevitable haciendo de cada existencia una obra de arte.

Escribimos la vida en el tiempo y nos arriesgamos a hipotecarlo cuando llega la llamada de las prisas: el trabajo, el dinero, el éxito… nos impulsan a correr. En ese difícil equilibrio vamos tejiendo, paso a paso, la urdimbre de unas existencias retadas a autoorganizarse. Tenemos necesidad de acercarnos a los otros, de escuchar, compartir… Y también de disponer de recursos materiales, de ir creciendo profesional y humanamente. Aparece entonces la aceleración por hacer, por querer estar en todo, verlo todo, experimentarlo todo… Y olvidamos que la mayor experiencia es el encuentro en paz con uno mismo y con las personas queridas.

En esa carrera, estamos perdiendo el alma, que se mueve despacio. Nuestra biografía acaba sepultada por los lemas de la sociedad: producir, comprar, vender… El asombro que sentíamos de niños da paso al ansia de poseer, de controlar, y nuestra atención se desplaza hacia el territorio de la conquista, llega a ir más allá de los límites. Así, poco a poco, las estaciones de lo humano se van independizando de las de la naturaleza. Ya no nos sometemos a las reglas de la primavera o del otoño, deseosos de ser dueños de todas las reglas, de dominar las pautas que están custodiadas desde el origen.

Individual y socialmente, necesitamos una nueva cultura del tiempo. Comenzar introduciendo pequeños cambios en la vida diaria es, sin duda, una buena forma de contribuir a la transformación cultural, social y ecológica que requieren nuestras sociedades. Cada cambio, cada ocasión en la que acoplamos nuestro ritmo al de la naturaleza (y a nuestra propia naturaleza), es una brecha por la que entra una luz nueva al sistema.

[…]

Necesitamos con urgencia acoplar nuestras conductas individuales y colectivas a los límites y posibilidades del entorno natural que es nuestro hábitat. También a los ritmos que marca nuestro cuerpo, frecuentemente forzados por los vaivenes de la vida diaria. Ojalá entre todos consigamos reorientar las pautas y creencias que hemos heredado en relación con las prisas, el éxito y la calidad de vida.

María Novo:en ethic.es

Este texto es un fragmento de ‘La sociedad de las prisas’ (Ediciones Obelisco, 2023), de María Novo

01 diciembre 2023

Meditación Domingo 1º Advº (B)

 (Cfr. www.almudi.org)

 

 

 Adviento: En la espera del Señor

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: —Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡velad!” (Marcos 13,33-37).

I. La Iglesia desea que todos sus hijos que en todos los momentos de nuestra vida tengamos la misma actitud de expectación que tuvieron los profetas del Antiguo Testamento, ante la venida del Mesías. Considera como una parte esencial de su misión hacer que sigamos mirando hacia el futuro, aun ahora que se cumplen dos mil años de aquella primera Navidad. Nos alienta a que caminemos con los pastores, en plena noche, vigilantes, dirigiendo nuestra mirada hacia aquella luz que sale de la gruta de Belén. Estad vigilantes, nos dice el Señor en el Evangelio de la Misa (Juan 1, 11). Despertad, nos repetirá San Pablo (Romanos 13, 11). Porque también nosotros podemos olvidar lo fundamental de nuestra existencia. “Ven, Señor, no tardes”. Preparemos el camino para el Señor que llegará pronto; es el momento de apartar los obstáculos si no vemos con claridad la luz que procede de Belén, de Jesús.

II. Los verdaderos enemigos que luchan sin tregua para mantenernos alejados del Señor, están en el fondo de nuestra alma: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y el orgullo de la vida. La concupiscencia de la carne es también, -además de la tendencia desordenada de los sentidos en general, el desorden de la sensualidad-, la comodidad, la falta de vibración, que empuja a buscar lo más fácil, lo más placentero, el camino más corto, aun a costa de ceder en la fidelidad a Dios. El otro enemigo, la concupiscencia de los ojos, es una avaricia de fondo, que nos lleva a valorar solamente lo que se puede tocar. La soberbia de la vida hace que la inteligencia humana se considere el centro del universo que se entusiasma de nuevo con el seréis como dioses (Génesis 3, 5) y, al llenarse de amor por sí misma, vuelve la espalda al amor de Dios. Puesto que el Señor viene a nosotros, hemos de prepararnos con una Confesión llena de amor y de contrición.

III. Estaremos alerta a la venida del Señor, si cuidamos con esmero la oración personal, si no descuidamos las mortificaciones pequeñas, si hacemos un delicado examen de conciencia. Salgamos con corazón limpio a recibir al Rey supremo, porque está para venir y no tardará, leemos en las antífonas de la liturgia. Nuestra Señora espera con gran recogimiento el nacimiento de su Hijo. Junto a Ella nos será fácil disponer nuestra alma para la llegada del Señor.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

Homilía Domingo 1º Advº (B)

 (Cfr. www.almudi.org)

 


(Is 63,16-17; 64,1.3.8) "Señor, nuestro Padre eres Tú"
(1 Cor 1,3-9) "Fiel es Dios, por el que habéis sido llamados a la compañía de su Hijo”
(Mc 13,33-37) "Velad y orad, porque no sabéis cuando será el tiempo"

 

 Homilía a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Comienza el Adviento, con el que preparamos la venida de nuestro Salvador. Con la llegada de Jesucristo a la Tierra para iluminar la noche de este mundo, esta tierra ya no es sólo un valle de lágrimas, aunque el sufrimiento tenga un protagonismo excesivo, porque todas las angustias que vemos y sentimos están amparadas por una misericordia amorosa: “Pastor de Israel, escucha; tú que te sientas sobre querubines, resplandece. Despierta tu poder y ven a salvarnos”, pedimos con el Salmo Responsorial. Quien celebre así el Adviento aguardará con alegría la Navidad próxima y la eterna y entenderá porqué esa fiesta llena de gozo el corazón de los creyentes.

Toda nuestra existencia es un adviento, una preparación para el encuentro con el Señor. Todos, cada cual a su tiempo, seremos el invitado que se presenta a la gran fiesta del cielo donde nos aguarda “el dueño de la casa”. De ahí la invitación del Evangelio de hoy a estar vigilantes, a que nuestra vida esté orientada a Dios, “pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos” (Evangelio). La muerte, para un buen cristiano, no es nunca repentina o inesperada. Repentina es una cosa que no se espera, y nosotros debemos estar, con vigilante conciencia, aguardando a Dios. “La muerte repentina es como si el Señor nos sorprendiera por detrás y, al volvernos, nos encontráramos en sus brazos” (San Josemaría Escrivá).

El hombre es el único ser que sabe que va a morir. No es morboso considerar esto. No es caprichoso asociar el sentido común con el común sentido de la muerte. Es sencillamente realismo, lucidez. ¡La muerte, magna cogitatio, qué gran pensamiento!, decía S. Agustín ¡Qué realismo, qué sano despego de los bienes de este mundo, qué sentido del aprovechamiento del tiempo..., puede proporcionarnos si no nos la ocultamos! ¡Qué alegría también, porque sabemos que no todo acaba con ella: “la vida se cambia, no se pierde”, reza el Prefacio de Difuntos! “¡Aleluya, muéstranos Señor tu misericordia y danos la salvación!”

Adviento, tiempo de preparación para la llegada del Señor en la próxima Navidad y tiempo también para disponernos para su segunda y definitiva vuelta, para el encuentro con Él para siempre. Preguntémonos si nuestros pensamientos, afectos, palabras y obras están orientados hacia Dios, de forma que cuando llegue el momento de presentarnos ante Él “no tengan de qué acusaros en el tribunal de Jesucristo”, como propone S. Pablo en la 2ª Lectura de hoy.

Nos pide el Señor que estemos vigilantes, que no dejemos para más adelante lo que puede hacerse hoy. ¡En cuántas ocasiones, cuando nos damos cuenta que debemos cortar con un abuso, abandonar una rutina, tomar una resolución más generosa, hacer una buena Confesión, decimos: mañana será otro día, más adelante, cuando salga de esta situación...! Siempre estamos mañaneando con Dios, con aplazamientos, aguardando a que llegue un mañana que la experiencia nos dice que no amanece nunca. ¡Hoy, ahora! ¡Vigilad! Sería un buen modo de comenzar el Adviento

 

25 noviembre 2023

LIBRO DE LA SEMANA (24 Nov): Maldita Roma (Serie Julio César 2)

 (Cfr. www.todostuslibros.com)

 

 

Maldita Roma (Serie Julio César 2)


La conquista del poder de Julio César


LA LEYENDA CONTINÚA. Tras el monumental éxito de Roma soy yo, continúa la saga sobre Julio César, narrada como sólo Posteguillo podría hacerlo. ROMA LO EXIGE TODO. EN ROMA TODO EST...
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Sobre el autor:

Ficha Técnica

PELICULA DE LA SEMANA (24 Nov): Napoleón

 (Cfr. www.filmaffinity.com)


 
Título original
Napoleon
Año
Duración
158 min.
País
Estados Unidos Estados Unidos
Dirección
Guion
Reparto

Música
Fotografía
Compañías
Coproducción Estados Unidos-Reino Unido;
Género
Drama | Histórico. Biográfico. Siglo XVIII. Guerras Napoleónicas. Cine épico
Sinopsis
Los orígenes del líder militar francés y su rápido y despiadado ascenso a emperador. La historia se ve a través de la lente de la relación adictiva y volátil de Napoleón Bonaparte con su esposa y único amor verdadero, Josefina. (FILMAFFINITY)
Críticas


La escena de esta película de 1943 que retrata, punto por punto, cómo se destruye una democracia


 (Cfr. www.almudi.org)

 

  PARA VER LA ESCENA, pincha aquí: https://youtu.be/02axLcwfW9s?si=yZlmo2veJP3j16cX 

 

Escrito por Jorge Aznal,

Se trata del discurso final de Charles Laughton en “Esta tierra es mía”, el filme de Jean Renoir

«Me temo que ya no daré más clases, no sé cuánto tiempo me queda aún. Como la lección de hoy será muy breve, he querido elegir un buen libro. Uno que me prestó el profesor Sorel. Todo lo que vais a oír ahora es algo que escribieron grandes hombres. Fue escrito en una noche de entusiasmo hace mucho tiempo, 150 años. Eran hombres de diferente condición (…) y no entraron en polémica. Se pusieron de acuerdo aquella noche maravillosa. Otros hombres querrán destruir este libro. Es posible que acabe en el fuego pero no lo borrarán de la memoria. Vosotros lo recordaréis siempre y de ahí vuestra enorme importancia».

El discurso del profesor Lory en la conmovedora escena del filme de Jean Renoir Esta tierra es mía (de 1943, en plena Segunda Guerra Mundial) se centra en la Declaración de los Derechos del Hombre pero, salvo por la referencia temporal a esos 150 años, la última lección que imparte el profesor Albert Lory (magistral también la lección de interpretación de Charles Laughton) al final de la película sería perfectamente aplicable a la Constitución Española de 1978, como bien ha apuntado estos días Fernando Navarro García en las redes sociales.

Todas las frases que va pronunciando el personaje de Charles Laughton así lo parecen. «Es algo que escribieron grandes hombres». «Fue escrito en una noche de entusiasmo». «Eran hombres de diferente condición (…) y no entraron en polémica». «Se pusieron de acuerdo aquella noche maravillosa». La siguiente frase que pronuncia Charles Laughton sirve de alerta: «Otros hombres querrán destruir este libro» ─no hace falta explicar quiénes quieren destruir el libro magno de los españoles y quiénes han pactado con ellos─. «Es posible que acabe en el fuego, pero no lo borrarán de la memoria», advierte, más que decidido que nunca, el profesor Lory. «Vosotros lo recordaréis siempre y de ahí vuestra enorme importancia», explica a sus alumnos.

El profesor Lory va leyendo los primeros artículos de la Declaración de los Derechos del Hombre. Solo los primeros, porque los nazis esperan para llevárselo.

«Artículo primero. Todos los hombres nacen y permanecen libres con los mismos derechos», lee Charles Laughton 80 años antes de que no todos los españoles tengan los mismos derechos tras el acuerdo entre el PSOE y Junts.

«Artículo segundo. La finalidad de los partidos políticos es la de proteger los derechos naturales e inalienables del hombre: el derecho a la libertad, a la legítima propiedad y la resistencia a la tiranía». 80 años después, en España sabemos que no es así.

«Artículo tercero. El principio de todo gobierno reside en la propia nación: ningún grupo, ningún individuo puede ejercer una autoridad que no emane única y exclusivamente del pueblo». Que se lo digan a Sánchez.

«Artículo cuarto. La libertad nos faculta para poder hacer todo aquello que no perjudique a los demás». Más de lo mismo.

«Artículo quinto. La ley tiene derecho a prohibir… (el profesor Lory interrumpe ahí brevemente su lectura ante los alumnos porque ha llegado su hora ─«solo un momento, caballeros─, pide a sus captores) todos aquellos actos que pueden perjudicar a la sociedad».

Ahora sí, el personaje de Charles Laughton se despide de sus alumnos antes de que Maureen O'Hara tome su relevo en la lectura de la Declaración de los Derechos Humanos. El profesor Lory se va, pero a lo grande, sin miedo. «He de irme. No por perjudicar a la sociedad, que sois vosotros, sino porque perjudico a la tiranía».

Jorge Aznal, en eldebate.com

24 noviembre 2023

Meditación Domingo 34º t.o. (A) Cristo Rey

 (Cfr. www.


El reinado de Cristo

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Cuando venga en su gloria el Hijo del Hombre y todos los ángeles can él se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. El separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: -Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme. Entonces los justos le contestarán: -Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el rey les dirá: -Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. Y entonces dirá a los de su izquierda: -Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. Entonces también éstos contestarán: -Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel y no te asistimos? Y él replicará: -Os aseguró que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo. Y éstos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna” (Mateo 25,31-46).

I. La solemnidad que celebramos “es como una síntesis de todo el misterio salvífico” (JUAN PABLO II, Homilía). Con ella se cierra el año litúrgico, después de haber celebrado todos los misterios de la vida del Señor, y se presenta a nuestra consideración a Cristo glorioso, Rey de toda la creación y de nuestras almas. Esta fiesta fue instituida para mostrar a Jesús como único soberano ante una sociedad que parece querer vivir de espaldas a Dios (PIO XI, Encíclica Quas Primas). Cristo vino a establecer su reinado, no con la fuerza de un conquistador, sino con la bondad y mansedumbre del pastor. Con esta solicitud el Señor buscó a los hombres dispersos y alejados de Dios por el pecado. Y como estaban heridos y enfermos, los curó y vendó sus heridas. Tanto los amó que dio la vida por ellos. El Reino instaurado por Jesucristo viene a revelar el amor de Dios, y actúa como fermento y signo de salvación para construir un mundo más justo, más fraterno, más solidario, inspirado en los valores evangélicos de la esperanza y futura bienaventuranza.

II. Oportet autem illum regnare…, es necesario que Él reine…(1 Corintios 15, 25) Es necesario que reine en primer lugar en nuestra inteligencia, mediante el conocimiento de su doctrina y el acatamiento amoroso de esas verdades reveladas; es necesario que reine en nuestra voluntad, para que obedezca y se identifique cada vez más plenamente con la voluntad divina; es preciso que reine en nuestro corazón, para que ningún amor se interponga al amor de Dios; es necesario que reine en nuestro cuerpo, templo del Espíritu santo (PIO II, Encíclica Quas primas); en nuestro trabajo, camino de santidad. La fiesta de hoy es como un adelanto de la segunda venida de Cristo en poder y majestad, la venida gloriosa que llenará los corazones y secará toda lágrima de infelicidad. Pero a la vez es una llamada y un acicate para que a nuestro alrededor el espíritu amable de Cristo impregne todas las realidades terrenas. Nosotros colaboramos en la extensión del reinado de Jesús cuando procuramos hacer más humano y más cristiano el pequeño mundo que nos rodea, el que cada día frecuentamos.

III. En la fiesta de hoy oímos al Señor que nos dice en la intimidad de nuestro corazón: Yo tengo sobre ti pensamientos de paz y no de aflicción (Jeremías 29, 11), y hacemos el propósito de arreglar en nuestro corazón lo que no sea conforme con el querer de Cristo. A la vez, le pedimos poder colaborar en esta tarea grande de extender su reinado a nuestro alrededor y en tantos lugares donde aún no le conocen. Para hacer realidad nuestros deseos acudimos, una vez más, a Nuestra Señora, la Madre santa de nuestro Rey, la Reina de nuestro corazón. Le pedimos que sepamos componer nuestra vida y en la vida de los que nos rodean, quasi fluvium pacis (Isaías, 66, 12), como un río de paz.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

Homilía Domingo 34º t.o. (A) Cristo Rey

 (Cfr. www.almudi.org)

 



(Ez 34,11-12.15-17) "Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas"
(1 Cor 15,20-26.28) "Dios lo será todo en todos"
(Mt 25,31-46) "Venid vosotros, benditos de mi Padre"

Homilía con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en el Santuario del Amor Misericordioso, en Colevalenza (22-XI-1981)


--- La gracia de Dios

“Venid vosotros benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo” (Mt 25,43). Hemos escuchado estas palabras hace poco, en el Evangelio de la solemnidad de hoy. El Hijo del hombre pronunciará estas palabras cuando, como rey, se encuentre ante todos los pueblos de la tierra, al fin del mundo. Entonces, cuando “Él separará a unos de otros, como un pastor separa a las ovejas de las cabras” (Mt 25,32), a todos los que se hallen a su derecha, les dirá las palabras: “heredad el reino”.

Este reino es el don definitivo del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Es el don madurado “desde la creación del mundo” (Mt 25,34), en el curso de toda la historia de la salvación. Es don del amor misericordioso.

Por esto, hoy, la fiesta de Cristo Rey del universo y último domingo del año litúrgico, he deseado venir al santuario del Amor Misericordioso. La liturgia de este domingo nos hace conscientes, de modo particular, que en el reino revelado por Cristo crucificado y resucitado se debe cumplir definitivamente la historia del hombre y del mundo: “Cristo ha resucitado, primicia de todos los que han muerto” (1 Cor 15,20).

El reino de Cristo, que es don del amor eterno, del amor misericordioso, ha sido preparado “desde la creación del mundo”.

--- El pecado esclaviza al hombre

Sin embargo, “por un hombre vino la muerte” (1 Cor 15,21) y “por Adán murieron todos” (1 Cor 15,22).

A la esencia del reino, nacido del amor eterno, pertenece la Vida y no la muerte. La muerte entró en la historia del hombre juntamente con el pecado. A la esencia del reino, nacido del amor eterno, pertenece la gracia, no el pecado. El pecado y la muerte son enemigos del reino porque en ellos se sintetiza, en cierto sentido, la suma del mal que hay en el mundo, el mal que ha penetrado en el corazón del hombre y en su historia.

El amor misericordioso tiene su plenitud en el bien. El reino “preparado desde la creación del mundo” es reino de la verdad y de la gracia, del bien y de la vida. Tendiendo a la plenitud del bien, el amor misericordioso entra en el mundo signado con la marca de la muerte y de la destrucción. El amor misericordioso penetra en el corazón del hombre, oprimido por el pecado y la concupiscencia, que es “del mundo”. El amor misericordioso establece un encuentro con el mal; afronta el pecado y la muerte. Y en esto precisamente se manifiesta y se vuelve a confirmar el hecho de que este amor es más grande que todo mal.

Sin embargo, San Pablo nos hace caer en la cuenta de lo largo que es el camino que este amor debe recorrer, el camino que lleva al cumplimiento del reino “preparado desde la creación del mundo”. Escribiendo sobre Cristo Rey, se expresa así: “Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga a sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte” (1 Cor 15,25 s).

La muerte ya fue aniquilada por primera vez en la resurrección de Cristo, que en esta victoria se ha manifestado Señor y Rey. Sin embargo, en el mundo continúa dominando la muerte: “por Adán murieron todos”, porque sobre el corazón del hombre y sobre su historia pesa el pecado. Parece pesar de modo especial sobre nuestra época.

¡Qué grande es la potencia del amor misericordioso que esperamos hasta que Cristo haya puesto a todos los enemigos bajo sus pies, venciendo hasta el fondo el pecado y aniquilando, como último enemigo, a la muerte!

El reino de Cristo es una tensión hasta la victoria definitiva del amor misericordioso, hacia la plenitud escatológica del bien y de la gracia, de la salvación y de la vida. Esta plenitud tiene su comienzo visible sobre la tierra en la cruz y en la resurrección. Cristo, crucificado y resucitado, es revelación auténtica del amor misericordioso en profundidad. El es rey de nuestros corazones.

“Cristo tiene que reinar” en su cruz y resurrección, tiene que reinar hasta que “devuelva a Dios Padre su reino...” (1 Cor 15,24). Efectivamente, cuando haya “aniquilado todo principado, poder y fuerza” que tienen al corazón humano en la esclavitud del pecado, y al mundo sometido a la muerte; cuando “todo le esté sometido”, entonces también el Hijo hará acto de sumisión a Aquél que le ha sometido todo, “y así Dios lo será todo para todos” (1 Cor 15,28).

He aquí la definición del reino preparado “desde la creación del mundo”. He aquí el cumplimiento definitivo del amor misericordioso: ¡Dios todo en todos!

Cuantos en el mundo repiten cada día las palabras “venga a nosotros tu reino”, rezan en definitiva “para que Dios sea todo en todos”. Sin embargo, “por un hombre vino la muerte” (1 Cor 15,21), la muerte, cuya dimensión interna en el espíritu humano es el pecado.

El hombre, pues, permaneciendo en esta dimensión de muerte y de pecado, el hombre tentado desde el comienzo con la palabra: “seréis como Dios” (cfr. Gen 3,5), mientras reza “venga tu reino”, por desgracia, se oponen a su venida, incluso la rechaza. Parece decir: si en definitiva Dios será “todo en todos”, ¿qué quedará para mí, hombre? ¿Acaso este reino escatológico no absorberá al hombre, no lo aniquilará?

Si Dios es todo, el hombre no es nada; no existe. Así proclaman los autores de las ideologías y programas que exhortan al hombre a volver las espaldas a Dios, a oponerse a su reino con absoluta firmeza y determinación, porque sólo así puede construir el propio reino; esto es, el reino del hombre en el mundo, el reino indivisible del hombre.

Así creen, así proclaman, y por esto luchan. Al comprometerse en esta batalla, parecen no advertir que el hombre no puede reinar mientras en él continúe dominando el pecado; que no es verdaderamente rey cuando la muerte domina sobre él... ¿Qué tipo de reino puede ser éste, si no libera al hombre de ese “principado, potestad y fuerza”, que arrastran al mal su conciencia y su corazón, y hacen brotar de las obras del genio humano horribles amenazas de destrucción?

Ésta es la verdad sobre el mundo en que vivimos. La verdad sobre el mundo, en el cual el hombre, con toda su firmeza y determinación, rechaza el Reino de Dios para hacer de este mundo el propio reino indivisible. Y, al mismo tiempo, sabemos que en el mundo está ya el reino de Dios. Está de modo irreversible. Está en el mundo: ¡está en nosotros!

--- La potencia del amor misericordioso

¡Oh!, ¡de cuánta potencia de amor tiene necesidad el hombre y el mundo de hoy! ¡De cuánta potencia del amor misericordioso! Para que ese reino, que ya está en el mundo, pueda reducir a la nada el reino del “principado, poder y fuerza”, que inducen el corazón del hombre al pecado, y extienden sobre el mundo la horrible amenaza de la destrucción. ¡Oh! ¡cuánta potencia del amor misericordioso se debe manifestar en la cruz y en la resurrección de Cristo!

“Cristo tiene que reinar...”. Cristo reina por el hecho de que lleva al Padre a todos y a todo, reina para entregar “el reino a Dios Padre” (1 Cor 15,24), para someterse a sí mismo a Aquél que le ha sometido todas las cosas (1 Cor 15,28).

Él reina como Pastor, como el Buen Pastor. Pastor es aquél que ama a las ovejas y tiene cuidado de ellas, las protege de la dispersión, las reúne “de todos los lugares donde se desperdigaron el día de los nubarrones y de la oscuridad” (Ez 34,12).

La liturgia de hoy contiene un emocionante diálogo del pastor con el rebaño. Dice el Pastor: “Yo mismo apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré sestear... Buscaré las ovejas perdidas, haré volver a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas; a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré debidamente” (Ez 34,15-16). Dice el rebaño: “El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar. Me conduce hacia fuentes tranquilas, y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre... Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor, por años sin término” (Sal 22/23, 1-3.6).

Éste es el diálogo cotidiano de la Iglesia: el diálogo que tiene lugar entre el Pastor y el rebaño y en este diálogo madura el reino “preparado desde la creación del mundo” (Mt 25,24).

Cristo Rey, como Buen Pastor, prepara de diversos modos a su rebaño, esto es, a todos aquellos a quienes Él debe entregar al padre “para que Dios sea todo para todos” (1 Cor 15,28). ¡Cuánto desea Él decir un día a todos: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino”! (Mt 25,34). ¡Cómo desea encontrar, al culminar la historia del mundo, a aquellos a los que podrá decir: “...tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25,35-36).

¡Cómo desea reconocer a sus ovejas por las obras de caridad, incluso por una sola de ellas, incluso por el vaso de agua dado en su nombre! (cfr. Mc 9,41) ¡Cómo desea reunir a sus ovejas en un solo redil definitivo, para colocarlas “a su derecha” y decir: “heredad... el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”!

Y, sin embargo, en la misma parábola, Cristo habla de las cabras que se hallarán “a la izquierda”. Son los que han rechazado el reino. Han rechazado no sólo a Dios, considerando y proclamando que su reino aniquila al indiviso reino del hombre en el mundo, sino que ha rechazado también al hombre: no le han hospedado, no le han visitado, no le han dado de comer ni de beber. Efectivamente, el reino de Cristo se confirma, en las palabras del último juicio, como reino del amor hacia el hombre. La última base de la condenación será precisamente esa motivación: “cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo” (Mt 25,45).

Éste es, pues, el reino del amor al hombre, del amor en la verdad; y, por esto, es el reino del amor misericordioso. Este reino es el don “preparado desde la creación del mundo”, don del amor. Y también fruto del amor, que en el curso de la historia del hombre y del mundo se abre constantemente camino a través de las barreras de la indiferencia, del egoísmo, de la despreocupación y del odio; a través de las barreras de la concupiscencia de la carne, de los ojos y de la soberbia de la vida (cfr. 1 Jn 2,16); a través del fomes del pecado que cada uno lleva en sí, a través de la historia de los pecados humanos y de los crímenes, como por ejemplo los que gravitan sobre nuestro siglo y sobre nuestra generación...¡a través de todo esto!