Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

Mostrando entradas con la etiqueta Papa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Papa. Mostrar todas las entradas

25 febrero 2022

Catequesis del Papa sobre la vejes: 1. La gracia del tiempo y la alianza de las edades de la vida

 (Cfr. www.almudi.org)


El Papa ha comenzado un nuevo ciclo de catequesis sobre el sentido y el valor de la vejez

Catequesis del Santo Padre en español

Texto completo de la catequesis del Santo Padre traducida al español

Hemos terminado las catequesis sobre San José. Hoy empezamos una tanda de catequesis que busca inspiración en la Palabra de Dios sobre el sentido y el valor de la vejez. Haremos una reflexión sobre la vejez. Desde hace unos decenios, esa edad de la vida afecta a un auténtico y propio “nuevo pueblo” que son los ancianos. Nunca hemos sido tan numerosos en la historia humana. El riesgo de ser descartados es aún más frecuente: nunca tan numerosos como ahora, y nunca el riesgo como ahora de ser descartados. Los ancianos son vistos a menudo como “un peso”. En la dramática primera fase de la pandemia fueron ellos los que pagaron el precio más alto. Ya eran la parte más débil y olvidada: no los mirábamos demasiado como vivos, y ni siquiera los hemos visto morir. He encontrado también una Carta por los derechos de los ancianos y los deberes de la comunidad: esto lo editaron los gobiernos, no los editó la Iglesia, es una cosa laica: es buena, es interesante, para conocer que los ancianos tienen derechos. Vendrá bien leerlo.

Junto a las migraciones, la vejez se encuentra entre los temas más urgentes que la familia humana está llamada a enfrentar en este momento. No es solo un cambio cuantitativo; está en juego la unidad de las edades de la vida: es decir, el verdadero punto de referencia para la comprensión y aprecio de la vida humana en su totalidad. Nos preguntamos: ¿hay amistad, hay alianza entre las distintas edades de la vida o prima la separación y el rechazo?

Todos vivimos en un presente donde conviven niños, jóvenes, adultos y ancianos. Pero la proporción ha cambiado: la longevidad se ha masificado y, en amplias regiones del mundo, la niñez se distribuye en pequeñas dosis. También hemos hablado del invierno demográfico. Un desequilibrio que tiene muchas consecuencias. La cultura dominante tiene como modelo único al adulto joven, es decir, un individuo hecho a sí mismo que permanece siempre joven. Pero, ¿es cierto que la juventud contiene todo el sentido de la vida, mientras que la vejez representa simplemente su vaciamiento y pérdida? ¿Es eso cierto? ¿Solo la juventud tiene el sentido pleno de la vida, y la vejez es el vaciamiento de la vida, la pérdida de la vida? La exaltación de la juventud como única edad digna de encarnar el ideal humano, combinada con el desprecio de la vejez vista como fragilidad, degradación o invalidez, fue la marca dominante de los totalitarismos del siglo XX. ¿Hemos olvidado esto?

El alargamiento de la vida tiene un impacto estructural en la historia de los individuos, las familias y las sociedades. Pero debemos preguntarnos: ¿su calidad espiritual y su sentido comunitario son objeto de pensamiento y de amor coherentes con este hecho? ¿Quizás los ancianos deben disculparse por su obstinación en sobrevivir a costa de los demás? ¿O pueden ser honrados por los dones que conducen al sentido de la vida de todos? De hecho, en la representación del sentido de la vida −y precisamente en las llamadas culturas “desarrolladas”− la vejez tiene poca incidencia. ¿Por qué? Porque se considera una edad que no tiene contenidos especiales que ofrecer, ni significados propios que vivir. Además, falta el estímulo de la gente para buscarlos, y falta la educación de la comunidad para reconocerlos. En definitiva, para una edad que ahora es parte decisiva del espacio comunitario y se extiende a un tercio de toda la vida, hay −a veces− planes de asistencia, pero no proyectos de existencia. Planes de asistencia, sí; pero no proyectos para hacerlos vivir plenamente. Y esto es un vacío de pensamiento, imaginación, creatividad. Bajo este pensamiento, lo que crea el vacío es que los ancianos son material de descarte: en esta cultura del descarte, los ancianos entran como material de desecho.

La juventud es bellísima, pero la eterna juventud es una alucinación muy peligrosa. Ser viejo es tan importante −y hermoso−, tan importante como ser joven. Recordémoslo. La alianza entre generaciones, que restaura al humano todas las edades de la vida, es nuestro don perdido y debemos recuperarlo. Hay que buscarlo en esta cultura del descarte y en esta cultura de la productividad

La Palabra de Dios tiene mucho que decir acerca de esa alianza. Hace poco escuchamos la profecía de Joel: “Tus ancianos tendrán sueños, tus jóvenes tendrán visiones” (3,1). Se puede interpretar así: cuando los ancianos resisten al Espíritu, enterrando sus sueños en el pasado, los jóvenes ya no son capaces de ver las cosas que hay que hacer para abrir el futuro. En cambio, cuando los mayores comunican sus sueños, los jóvenes ven lo que tienen que hacer. A los jóvenes que ya no se cuestionan los sueños de los viejos, apuntando con la cabeza gacha a visiones que no van más allá de sus narices, les costará llevar su presente y soportar su futuro. Si los abuelos vuelven a caer en su tristeza, los jóvenes se aferrarán aún más a sus teléfonos móviles. La pantalla puede incluso permanecer encendida, pero la vida se apaga prematuramente. ¿La consecuencia más grave de la pandemia no está precisamente en la pérdida de los más jóvenes? Los viejos tienen recursos de vida ya vividos a los que pueden recurrir en cualquier momento. ¿Nos quedaremos mirando a los jóvenes que pierden su visión o los acompañaremos caldeando sus sueños? Ante los sueños de los viejos, ¿qué harán los jóvenes?

La sabiduría del largo camino que acompaña a la vejez hasta su partida debe ser vivida como ofrecimiento del sentido de la vida, no consumida como la inercia de su supervivencia. La vejez, si no se le devuelve la dignidad de una vida humanamente digna, está destinada a encerrarse en un abatimiento que quita el amor a todos. Este desafío de la humanidad y de la civilización requiere nuestro compromiso y la ayuda de Dios, pidámoslo al Espíritu Santo. Con estas catequesis sobre la vejez quisiera animar a todos a invertir pensamientos y afectos en los dones que ella trae consigo y para las otras edades de la vida. La vejez es un regalo para todas las edades de la vida. Es un don de madurez, de sabiduría. La Palabra de Dios nos ayudará a discernir el sentido y el valor de la vejez; que el Espíritu Santo también nos conceda los sueños y visiones que necesitamos. Y me gustaría recalcar, como escuchamos en la profecía de Joel, al principio, que lo importante no es sólo que el anciano ocupe el lugar de sabiduría que tiene, de historia vivida en la sociedad, sino que también haya un coloquio, que hable con los jóvenes. Los jóvenes tienen que hablar con los mayores y los mayores con los jóvenes. Y este puente será la transmisión de la sabiduría en la humanidad.

Espero que estas reflexiones sean de utilidad para todos nosotros, para llevar adelante esta realidad que dijo el profeta Joel, que en el diálogo entre jóvenes y mayores, los mayores pueden dar sueños y los jóvenes pueden recibirlos y llevarlos adelante. No olvidemos que tanto en la cultura familiar como en la social los ancianos son como las raíces del árbol: allí tienen toda la historia, y los jóvenes son como las flores y los frutos. Si no llega el jugo, si no llega ese “goteo” −por así decirlo− desde las raíces, nunca podrán florecer. No olvidemos a aquel poeta del que tantas veces he citado: “lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado” (Francisco Luis Bernárdez). Todo lo bello de una sociedad está relacionado con las raíces de los ancianos. Por eso, en estas catequesis quisiera que se destacara la figura del anciano, para entender bien que los ancianos no son un desecho: son una bendición para una sociedad.

Saludos

Me alegra saludar a los peregrinos provenientes de los países francófonos, en particular a la Escuela Lacordaire de Marsella y a los peregrinos de la diócesis de Lyon. Invocando al Espíritu Santo sobre las familias, animo a cada uno a discernir el sentido y el valor de la vejez y acoger con gratitud a los ancianos, para recibir su testimonio de sabiduría, necesario a las jóvenes generaciones. ¡A todos mi Bendición!

Saludo a los peregrinos de lengua inglesa presentes en la Audiencia de hoy, especialmente a los provenientes de Inglaterra, Irlanda y Estados Unidos de América. Sobre todos vosotros y vuestras familias invoco la alegría y la paz de nuestro Señor Jesucristo. ¡Dios os bendiga!

Saludo de corazón a los peregrinos de lengua alemana. Espero que pueda crecer un trato más familiar entre los jóvenes y los ancianos para hacer más humana toda la sociedad. Que el Espíritu Santo os acompañe a vosotros y a vuestras familias.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Que la Palabra de Dios nos ayude a discernir el valor de la vejez, y que el Espíritu Santo conceda a cada uno de nosotros los sueños y las visiones que necesitamos para que nuestra vida tenga un profundo sentido cristiano. Dios los bendiga. Muchas gracias.

Queridísimos fieles de lengua portuguesa, ¡bienvenidos! Al saludaros, os invito a haceros peregrinos en espíritu a la Catedra del Apóstol Pedro y con él encontrar al Señor Jesús que dice a todos: ¡Sígueme! Recordemos que seguirlo significa salir de nosotros mismos y ofrecer la vida por todos: de modo especial dedicar tiempo al abuelo, a la abuela, a los ancianos. ¡Sobre todos vosotros y vuestras familias invoco la alegría y la paz del Señor!

Saludo a los fieles de lengua árabe. Cuando los ancianos y los jóvenes se unen, los ancianos sueñan, sueñan un futuro para los jóvenes; y los jóvenes pueden recoger esos sueños y profetizar, llevarlos adelante. Pidamos al Espíritu Santo que nos conceda los sueños y visiones que necesitamos para construir un mundo mejor.

Saludo cordialmente a los peregrinos polacos y en particular a los estudiantes aquí presentes. Queridos hermanos y hermanas, al empezar el ciclo de reflexiones sobre el sentido y el valor de la vejez, os animo a todos, sobre todo a los jóvenes, a invertir pensamientos y afectos en los dones que ella trae consigo, y a demostrar cada día respeto y amor a vuestros abuelos, padres y a todas las personas en edad avanzada, para aprender de ellos la sabiduría de la vida y crear juntos un futuro feliz. ¡Dios os bendiga!

Dirijo una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. En particular, saludo a la comunidad de los ítalo-albaneses de Roma, a la Liga nacional a los aficionados de fútbol cinco, y a los fieles de Castellabate.

Mi pensamiento va finalmente, como de costumbre, a los ancianos, enfermos, jóvenes y recién casados. Hoy celebramos la memoria litúrgica de San Policarpo, discípulo de los Apóstoles y Obispo de Esmirna. Que su fidelidad a Cristo, hasta el martirio, suscite en cada uno el deseo de seguir al divino Maestro cooperando generosamente en su obra de reconciliación y de paz. ¡A todos mi bendición!

Llamamiento

Tengo un gran dolor en el corazón por el empeoramiento de la situación en Ucrania. A pesar de los esfuerzos diplomáticos de las últimas semanas se están abriendo escenarios cada vez más alarmantes. Como yo, tanta gente, en todo el mundo, está sintiendo angustia y preocupación. Una vez más la paz de todos está amenazada por intereses partidistas. Quisiera apelar a cuantos tienen responsabilidades políticas, para que hagan un serio examen de conciencia ante Dios, que es Dios de la paz y no de la guerra; que es Padre de todos, no solo de algunos, que nos quiere hermanos y no enemigos. Pido a todas las partes involucradas que se abstengan de toda acción que provoque aún más sufrimiento a las poblaciones, desestabilizando la convivencia entre las naciones y desacreditando el derecho internacional.

Y ahora quisiera apelar a todos, creyentes y no creyentes. Jesús nos enseñó que a la insensatez diabólica de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno. Invito a todos a hacer del próximo 2 de marzo, miércoles de ceniza, una Jornada de ayuno por la paz. Animo de modo especial a los creyentes para que en ese día se dediquen intensamente a la oración y al ayuno. Que la Reina de la paz preserve el mundo de la locura de la guerra.

Fuente: vatican.va / romereports.com

Traducción de Luis Montoya

06 agosto 2021

El Evangelio es sólo uno

 (Cfr. www.almudi.org)

 


En la Catequesis de hoy, el Papa ha continuado con su ciclo sobre la Carta de San Pablo a los Gálatas, la cual −ha dicho− “es el anuncio de Pablo que nos da vida a todos”

Tras una breve pausa en el mes de julio, el Santo Padre ha reanudado esta mañana su tradicional Audiencia general de los miércoles en el Aula Pablo VI.

Catequesis del Santo Padre en español

Texto completo de la catequesis del Santo Padre traducida al español

Cuando se trata del Evangelio y de la misión de evangelizar, Pablo se entusiasma, sale fuera de sí. Parece no ver otra cosa que esa misión que el Señor le ha confiado. Todo en él está dedicado a ese anuncio, y no posee otro interés que el Evangelio. Es el amor de Pablo, el interés de Pablo, el oficio de Pablo: anunciar. Incluso llega a decir: «Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio» (1Cor 1,17). Pablo interpreta toda su existencia como una llamada a evangelizar, a dar a conocer el mensaje de Cristo, a dar a conocer el Evangelio: «¡Ay de mí −dice− si no predicara el Evangelio» (1Cor 9,16). Y escribiendo a los cristianos de Roma, se presenta sencillamente así: «Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación, escogido para el Evangelio de Dios» (Rm 1,1). Esa es su vocación. En definitiva, es consciente de haber sido “apartado” para llevar el Evangelio a todos, y no puede hacer otra cosa que dedicarse con todas sus fuerzas a esa misión.

Se comprende por tanto la tristeza, la desilusión e incluso la amarga ironía del apóstol con los Gálatas, que a sus ojos están tomando un camino equivocado, que los llevará a un punto sin retorno: se han equivocado de camino. El eje en torno al cual todo gira es el Evangelio. Pablo no piensa en los “cuatro evangelios”, como es espontáneo para nosotros. De hecho, mientras está enviando esta Carta, ninguno de los cuatro evangelios había sido escrito todavía. Para él el Evangelio es lo que él predica, eso que se llama el kerygma, es decir el anuncio. Y ¿qué anuncio? De la muerte y resurrección de Jesús como fuente de salvación. Un Evangelio que se expresa con cuatro verbos: «que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas» (1Cor 15,3-5). Ese es el anuncio de Pablo, el anuncio que nos da vida a todos. Ese Evangelio es el cumplimiento de las promesas y es la salvación ofrecida a todos los hombres. Quien lo acoge es reconciliado con Dios, es acogido como un verdadero hijo y obtiene en herencia la vida eterna.

Ante un don tan grande que se les ha dado a los Gálatas, el apóstol no logra explicarse por qué están pensando en acoger otro “evangelio”, quizá más sofisticado, más intelectual… otro “evangelio”. Hay que notar, sin embargo, que estos cristianos todavía no han abandonado el Evangelio anunciado por Pablo. El apóstol sabe que están todavía a tiempo para no dar un paso en falso, y les advierte con fuerza, con mucha fuerza. Su primer argumento apunta directamente al hecho de que la predicación realizada por los nuevos misioneros −esos que predican la novedad− no puede ser el Evangelio. Es más, es un anuncio que distorsiona el verdadero Evangelio porque impide alcanzar la libertad −una palabra clave− que se adquiere desde la fe. Los Gálatas son todavía “principiantes” y su desorientación es comprensible. No conocen aún la complejidad de la Ley mosaica y el entusiasmo por abrazar la fe en Cristo les empuja a escuchar a esos nuevos predicadores, bajo la ilusión de que su mensaje es complementario con el de Pablo. Y no es así.

El Apóstol, sin embargo, no puede arriesgarse a que se creen compromisos en un terreno tan decisivo. El Evangelio es solo uno y es el que él ha anunciado; no puede existir otro. ¡Atención! Pablo no dice que el verdadero Evangelio es el suyo porque lo ha anunciado él, ¡no! Eso no lo dice. Eso sería presuntuoso, sería vanagloria. Afirma más bien, que “su” Evangelio, el mismo que los otros apóstoles iban anunciando en otros lugares, es el único auténtico, porque es el de Jesucristo. Escribe así: «Os hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí no es de orden humano, pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo» (Gal 1,11). Se comprende entonces por qué Pablo utiliza términos muy duros. Hasta dos veces usa la expresión “anatema” que indica la exigencia de tener lejos de la comunidad lo que amenaza sus fundamentos. Y ese nuevo “evangelio” amenaza los fundamentos de la comunidad. En resumen, sobre este punto el apóstol no deja espacio a la negociación: no se puede negociar. Con la verdad del Evangelio no se puede negociar. O recibes el Evangelio como es, como fue anunciado, o recibes otra cosa. Pero no se puede negociar con el Evangelio. No se puede llegar a componendas: la fe en Jesús no es mercancía para negociar: es salvación, es encuentro, es redención. No se vende barata.

Esta situación descrita al principio de la Carta parece paradójica, porque todos los sujetos en cuestión parecen animados por buenos sentimientos. Los Gálatas que escuchan a los nuevos misioneros piensan que con la circuncisión podrán estar aún más entregados a la voluntad de Dios y, por tanto, agradar aún más a Pablo. Los enemigos de Pablo parecen estar animados por la fidelidad a la tradición recibida por los padres y consideran que la fe genuina consiste en la observancia de la Ley. Ante esa gran fidelidad justifican incluso las insinuaciones y las sospechas sobre Pablo, considerado poco ortodoxo respecto a la tradición. El mismo apóstol es bien consciente de que su misión es de naturaleza divina −¡le ha sido revelada por Cristo a él!− y, por tanto, le mueve el total entusiasmo por la novedad del Evangelio, que es una novedad radical, no una novedad pasajera: no hay evangelios “de moda”, el Evangelio es siempre nuevo, es la novedad. Su inquietud pastoral lo lleva a ser severo, porque ve el gran riesgo que se cierne sobre los jóvenes cristianos. En definitiva, en ese laberinto de buenas intenciones es necesario desprenderse, para acoger la verdad suprema que se presenta como la más coherente con la Persona y la predicación de Jesús y su revelación del amor del Padre. Esto es importante: saber discernir. Muchas veces hemos visto en la historia, y también lo vemos hoy, algún movimiento que predica el Evangelio con una modalidad propia, a veces con carismas verdaderos, propios; pero luego exagera y reduce todo el Evangelio al “movimiento”. Y ese no es el Evangelio de Cristo: ese es el Evangelio del fundador, de la fundadora y eso sí, podrá ayudar al principio, pero al final no da frutos porque no tiene raíces profundas. Por esto, la palabra clara y decidida de Pablo fue provechosa para los Gálatas y es provechosa también para nosotros. El Evangelio es el don de Cristo para nosotros, es Él mismo quien lo revela. Eso es lo que nos da vida.

Saludos

Saludo cordialmente a los fieles de lengua francesa. Hermanos y hermanas, pidamos por todos los Pastores para que, siguiendo el ejemplo de san Juan María Vianney, lleven a sus hermanos y hermanas en dificultad el Evangelio vivo de su testimonio de amor, de misericordia y de solidaridad.

Dirijo un cordial saludo a los fieles de lengua inglesa. Espero que las próximas vacaciones estivales sean un momento de descanso y de renovación espiritual para vosotros y para vuestras familias. Sobre todos invoco la alegría y la paz del Señor. ¡Dios os bendiga!

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua alemana. En este tiempo de vacaciones procuremos dedicarnos más a las personas de nuestro alrededor manifestando el amor que Dios nutre por toda la humanidad. Que el Espíritu Santo nos guíe en nuestro camino.

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Pidamos al Señor que nos conceda la gracia de perseverar en el seguimiento del Señor Jesús, para que nuestra vida sea, a los ojos de nuestros hermanos y hermanas, un testimonio gozoso del amor de Dios por toda la humanidad. Que Dios os bendiga. Muchas gracias.

Dirijo un cordial saludo a los fieles de lengua portuguesa. Queridos hermanos y hermanas, al retomar nuestros encuentros semanales, hoy, memoria de San Juan María Vianney, os invito a rezar de modo particular por vuestros párrocos y por todos los sacerdotes. Que, inspirados por el ejemplo del Santo Cura de Ars, puedan entregar sus vidas a la misión de predicar el Evangelio de la salvación. Dios os bendiga.

Saludo a los fieles de lengua árabe. El Evangelio es la Buena Nueva y es la fuerza que cambia a mejor nuestra vida y nuestro corazón. Por eso os pido que leáis cada día el Evangelio y meditar un pequeño párrafo para nutrirse de esa fuente inagotable de salvación. ¡El Señor os bendiga a todos y os proteja ‎siempre de todo mal‎‎‎‏!

Saludo cordialmente a los polacos. Con viva memoria del tiempo de gracia que hace cinco años vivimos en Cracovia durante la Jornada Mundial de la Juventud, animo a todos –y sobre todo a los jóvenes– q que con fuerza del Espíritu Santo lleven con coraje y entusiasmo el Evangelio de Cristo a las futuras generaciones. ¡Os bendigo de corazón!

Dirijo una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. En particular a los niños de la Escuela Primaria de Montalto Uffugo, a los adolescentes de Bovisio Masciago, a los alumnos de cuarto grado de Volpago del Montello, a la Asociación “I Sorrisi degli Ultimi” y a los peregrinos que han venido de Brno en bicicletta: ¡bravo!

Mi pensamiento va finalmente, como de costumbre, a los ancianos, que son nuestra sabiduría, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Os encomiendo a la maternal protección de la Virgen María, que la Liturgia de mañana, fiesta de la dedicación de la Basílica de Santa María Mayor, nos invita a contemplar en la imagen de la Salus Populi Romani. A todos mi Bendición.

Llamamiento por el Líbano

A un año de la terrible explosión en el puerto de Beirut, capital del Líbano, que causó muerte y destrucción, llevo en mis pensamientos a ese amado País, sobre todo a las víctimas, a sus familias, a los numerosos heridos y a cuantos han perdido la casa y el trabajo. Y son muchos los han perdido la ilusión de vivir.

En la jornada de reflexión y oración por el Líbano, del pasado 1 de julio, junto con los líderes religiosos cristianos, hicimos nuestras las aspiraciones y expectativas del pueblo libanés, cansado y decepcionado, e invocamos de Dios la luz de la esperanza para superar esa dura crisis. Hoy dirijo un llamamiento a la comunidad internacional, pidiéndole que ayude al Líbano a emprender un camino de “resurrección”, a través de gestos concretos, no sólo con palabras, sino con gestos concretos. En este sentido, espero que la conferencia, promovida por Francia y las Naciones Unidas, que se está ahora celebrando, sea fructífera.

Queridos libaneses, mi deseo de ir a visitaros es grande. No me canso de rezar por vosotros, pidiendo que Líbano vuelva a ser un mensaje de fraternidad, un mensaje de paz para todo Oriente Medio.

Fuente: vatican.va / romereports.com

Traducción de Luis Montoya

 

19 febrero 2021

Mensaje del Papa para la Cuaresma de 2021

 (Cfr. www.almudi.org)

 


 

TIEMPO PARA RENOVAR LA FE, LA ESPERANZA Y LA CARIDAD

Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2021

En su mensaje para la Cuaresma 2021, el Papa alienta a los cristianos a prepararse para la celebración de la Pascua, recorriendo un camino de conversión basado en tres puntos clave: La fe, la esperanza y la caridad, expresadas en tres gestos concretos que podemos aplicar en nuestra vida diaria: el ayuno, la oración y la limosna

Texto del Mensaje del Santo Padre

«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén...» (Mt 20,18)

Queridos hermanos y hermanas:

Cuando Jesús anuncia a sus discípulos su pasión, muerte y resurrección, para cumplir con la voluntad del Padre, les revela el sentido profundo de su misión y los exhorta a asociarse a ella, para la salvación del mundo.

Recorriendo el camino cuaresmal, que nos conducirá a las celebraciones pascuales, recordemos a Aquel que «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8). En este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo. En la noche de Pascua renovaremos las promesas de nuestro Bautismo, para renacer como hombres y mujeres nuevos, gracias a la obra del Espíritu Santo. Sin embargo, el itinerario de la Cuaresma, al igual que todo el camino cristiano, ya está bajo la luz de la Resurrección, que anima los sentimientos, las actitudes y las decisiones de quien desea seguir a Cristo.

El ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt 6,1-18), son las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante.

1. La fe nos llama a acoger la Verdad y a ser testigos, ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas

En este tiempo de Cuaresma, acoger y vivir la Verdad que se manifestó en Cristo significa ante todo dejarse alcanzar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos transmite de generación en generación. Esta Verdad no es una construcción del intelecto, destinada a pocas mentes elegidas, superiores o ilustres, sino que es un mensaje que recibimos y podemos comprender gracias a la inteligencia del corazón, abierto a la grandeza de Dios que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello. Esta Verdad es Cristo mismo que, asumiendo plenamente nuestra humanidad, se hizo Camino −exigente pero abierto a todos− que lleva a la plenitud de la Vida.

El ayuno vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento. Haciendo la experiencia de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los pobres y “acumula” la riqueza del amor recibido y compartido. Así entendido y puesto en práctica, el ayuno contribuye a amar a Dios y al prójimo en cuanto, como nos enseña santo Tomás de Aquino, el amor es un movimiento que centra la atención en el otro considerándolo como uno consigo mismo (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 93).

La Cuaresma es un tiempo para creer, es decir, para recibir a Dios en nuestra vida y permitirle “poner su morada” en nosotros (cf. Jn 14,23). Ayunar significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones −verdaderas o falsas− y productos de consumo, para abrir las puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14): el Hijo de Dios Salvador.

2. La esperanza como “agua viva” que nos permite continuar nuestro camino

La samaritana, a quien Jesús pide que le dé de beber junto al pozo, no comprende cuando Él le dice que podría ofrecerle un «agua viva» (Jn 4,10). Al principio, naturalmente, ella piensa en el agua material, mientras que Jesús se refiere al Espíritu Santo, aquel que Él dará en abundancia en el Misterio pascual y que infunde en nosotros la esperanza que no defrauda. Al anunciar su pasión y muerte Jesús ya anuncia la esperanza, cuando dice: «Y al tercer día resucitará» (Mt 20,19). Jesús nos habla del futuro que la misericordia del Padre ha abierto de par en par. Esperar con Él y gracias a Él quiere decir creer que la historia no termina con nuestros errores, nuestras violencias e injusticias, ni con el pecado que crucifica al Amor. Significa saciarnos del perdón del Padre en su Corazón abierto.

En el actual contexto de preocupación en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación. El tiempo de Cuaresma está hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios, que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros a menudo la maltratamos (cf. Carta enc. Laudato si’, 32-33;43-44). Es esperanza en la reconciliación, a la que san Pablo nos exhorta con pasión: «Os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20). Al recibir el perdón, en el Sacramento que está en el corazón de nuestro proceso de conversión, también nosotros nos convertimos en difusores del perdón: al haberlo acogido nosotros, podemos ofrecerlo, siendo capaces de vivir un diálogo atento y adoptando un comportamiento que conforte a quien se encuentra herido. El perdón de Dios, también mediante nuestras palabras y gestos, permite vivir una Pascua de fraternidad.

En la Cuaresma, estemos más atentos a «decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan», en lugar de «palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian» (Carta enc. Fratelli tutti [FT], 223). A veces, para dar esperanza, es suficiente con ser «una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia» (ibíd., 224).

En el recogimiento y el silencio de la oración, se nos da la esperanza como inspiración y luz interior, que ilumina los desafíos y las decisiones de nuestra misión: por esto es fundamental recogerse en oración (cf. Mt 6,6) y encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura.

Vivir una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1-6). Significa recibir la esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios resucita al tercer día, “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una razón de nuestra esperanza” (cf. 1 P 3,15).

3. La caridad, vivida tras las huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona, es la expresión más alta de nuestra fe y nuestra esperanza

La caridad se alegra de ver que el otro crece. Por este motivo, sufre cuando el otro está angustiado: solo, enfermo, sin hogar, despreciado, en situación de necesidad… La caridad es el impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión.

«A partir del “amor social” es posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados. La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de lograr caminos eficaces de desarrollo para todos» (FT, 183).

La caridad es don que da sentido a nuestra vida y gracias a este consideramos a quien se ve privado de lo necesario como un miembro de nuestra familia, amigo, hermano. Lo poco que tenemos, si lo compartimos con amor, no se acaba nunca, sino que se transforma en una reserva de vida y de felicidad. Así sucedió con la harina y el aceite de la viuda de Sarepta, que dio el pan al profeta Elías (cf. 1 R 17,7-16); y con los panes que Jesús bendijo, partió y dio a los discípulos para que los distribuyeran entre la gente (cf. Mc 6,30-44). Así sucede con nuestra limosna, ya sea grande o pequeña, si la damos con gozo y sencillez.

Vivir una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de COVID-19. En un contexto tan incierto sobre el futuro, recordemos la palabra que Dios dirige a su Siervo: «No temas, que te he redimido» (Is 43,1), ofrezcamos con nuestra caridad una palabra de confianza, para que el otro sienta que Dios lo ama como a un hijo.

«Sólo con una mirada cuyo horizonte esté transformado por la caridad, que le lleva a percibir la dignidad del otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad, respetados en su estilo propio y en su cultura y, por lo tanto, verdaderamente integrados en la sociedad» (FT, 187).

Queridos hermanos y hermanas: Cada etapa de la vida es un tiempo para creer, esperar y amar. Este llamado a vivir la Cuaresma como camino de conversión y oración, y para compartir nuestros bienes, nos ayuda a reconsiderar, en nuestra memoria comunitaria y personal, la fe que viene de Cristo vivo, la esperanza animada por el soplo del Espíritu y el amor, cuya fuente inagotable es el corazón misericordioso del Padre.

Que María, Madre del Salvador, fiel al pie de la cruz y en el corazón de la Iglesia, nos sostenga con su presencia solícita, y la bendición de Cristo resucitado nos acompañe en el camino hacia la luz pascual. 

Roma, San Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2020, memoria de san Martín de Tours.

Francisco

Fuente: vatican.va

12 febrero 2021

La oración en la vida cotidiana

 (Cfr. www.almudi.org)

 


 

En su catequesis semanal, durante la audiencia general de hoy, el Papa ha dicho que “el que reza es como un enamorado que lleva siempre en el corazón a la persona amada, vaya donde vaya”

Texto de la catequesis del Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

Reflexionamos hoy sobre la oración en la vida cotidiana. El que reza es como un enamorado: lleva siempre en el corazón a la persona amada, vaya donde vaya. Por eso, podemos rezar en cualquier momento, en los acontecimientos de cada día: en la calle, en la oficina, en el tren; con palabras o en el silencio de nuestro corazón. Incluso un pensamiento aparentemente “profano” puede estar impregnado de oración. El Espíritu del Señor siempre se nos ofrece para que brote el diálogo con Él.

La oración nos va transformando: calma la ira, mantiene el amor, multiplica la alegría, infunde la fuerza de perdonar. En la oración se nos concede la gracia para afrontar cada día con esperanza y valentía, como llamadas de Dios y ocasiones para encontrarnos con Él. Además, la oración nos ayuda a amar a los demás, conscientes de que todos somos pecadores y, al mismo tiempo, amados personalmente por el Señor. Somos seres frágiles, pero sabemos rezar: esta es nuestra mayor dignidad.

Por tanto, recemos por todo y por todos: por nuestros seres queridos, y también por las personas que no conocemos, incluso por nuestros enemigos. Recemos especialmente por los que más sufren a causa del dolor y la enfermedad, de la soledad y la precariedad. Rezando y amando así este mundo, amándolo con compasión y ternura, como Jesús, descubriremos que cada día lleva escondido en sí un fragmento del misterio de Dios.

Texto completo de la catequesis del Santo Padre taducida al español

En la catequesis anterior vimos cómo la oración cristiana está “anclada” en la Liturgia. Hoy destacaremos cómo desde la Liturgia vuelve siempre a la vida diaria: por la calle, en la oficina, en los medios de transporte… Y ahí continúa el diálogo con Dios: quien reza es como el enamorado, que lleva siempre en el corazón a la persona amada, donde quiera que esté.

De hecho, todo es asumido en ese diálogo con Dios: toda alegría se convierte en motivo de alabanza, toda prueba es ocasión para pedir ayuda. La oración está siempre viva en la vida, como una brasa, también cuando la boca no habla pero habla el corazón. Todo pensamiento, hasta el aparentemente “profano”, puede ser impregnado de oración. También en la inteligencia humana hay un aspecto orante; es como una ventana asomada al misterio: ilumina los pocos pasos que están delante de nosotros y después se abre a toda la realidad, realidad que la precede y la supera. Este misterio no tiene un rostro inquietante o angustiante, no: el conocimiento de Cristo nos hace confiar en que allí donde nuestros ojos y los ojos de nuestra mente no pueden ver, no está la nada, sino alguien que nos espera, una gracia infinita. Y así la oración cristiana infunde en el corazón humano una esperanza invencible: cualquier experiencia que toque nuestro camino, el amor de Dios puede convertirlo en bien.

Al respecto, el Catecismo dice: «Aprendemos a orar en ciertos momentos escuchando la Palabra del Señor y participando en su Misterio Pascual; pero, en todo tiempo, en los acontecimientos de cada día, su Espíritu se nos ofrece para que brote la oración. […] El tiempo está en las manos del Padre; lo encontramos en el presente, ni ayer ni mañana, sino hoy» (n. 2659). Hoy encuentro a Dios, siempre está el hoy del encuentro.

No existe otro maravilloso día que el hoy que estamos viviendo. La gente que vive siempre pensando en el futuro −“Bueno, el futuro será mejor…”− pero no asume el hoy como viene, es gente que vive en la fantasía, no sabe aceptar lo concreto de la realidad. Y el hoy es real, el hoy es concreto. Y la oración sucede en el hoy. Jesús nos sale al encuentro hoy, este hoy que estamos viviendo. Y la oración transforma este hoy en gracia, o mejor, nos transforma: apacigua la ira, sostiene el amor, multiplica la alegría, infunde la fuerza para perdonar. En algún momento nos parecerá que ya no somos nosotros los que vivimos, sino que la gracia vive y actúa en nosotros mediante la oración. Y cuando nos venga un pensamiento de rabia, de descontento, que nos lleve a la amargura, detengámonos y digamos al Señor: “¿Dónde estás? ¿Y adónde estoy yendo yo?”. El Señor está ahí, el Señor nos dirá la palabra justa, el consejo para ir adelante sin este zumo amargo de lo negativo. Porque la oración siempre, usando una palabra profana, es positiva. Siempre. Te lleva adelante. Cada día que empieza, si es llevado a la oración, va acompañado de valentía, de forma que los problemas que afrontamos no sean un estorbo a nuestra felicidad, sino llamadas de Dios, ocasiones para nuestro encuentro con Él. Y cuando uno es acompañado por el Señor, se siente más valiente, más libre, e incluso más feliz.

Por tanto, recemos siempre por todo y por todos, también por los enemigos. Jesús nos aconsejó: “Rezad por vuestros enemigos”. Recemos por nuestros seres queridos, pero también por los que no conocemos; incluso por nuestros enemigos, como he dicho, como a menudo nos invita a hacer la Escritura. La oración dispone a un amor sobreabundante. Recemos sobre todo por las personas infelices, por los que lloran en la soledad y dudan de que todavía haya un amor que late por ellos. La oración hace milagros; y entonces los pobres intuyen, por la gracia de Dios, que, también en esa situación suya de precariedad, la oración de un cristiano hace presente la compasión de Jesús: Él miraba con gran ternura a la multitud cansada y perdida como ovejas sin pastor (cfr. Mc 6,34). El Señor es −no lo olvidemos− el Señor de la compasión, de la cercanía, de la ternura: tres palabras para no olvidar nunca. Porque es el estilo del Señor: compasión, cercanía, ternura.

La oración nos ayuda a amar a los demás, a pesar de sus errores y pecados. La persona siempre es más importante que sus actos, y Jesús no juzgó al mundo, sino que lo salvó. Es fea la vida de las personas que siempre están juzgando a los otros, siempre condenando, juzgando: es una vida fea, infeliz. Jesús vino a salvarnos: abre tu corazón, perdona, justifica a los demás, entiende, sé tú también cercano a los otros, ten compasión, ternura como Jesús. Es necesario querer a todos y cada uno recordando, en la oración, que todos somos pecadores y al mismo tiempo amados por Dios uno a uno. Amando así este mundo, amándolo con ternura, descubriremos que cada día y cada cosa lleva escondido en sí un fragmento del misterio de Dios.

Escribe también el Catecismo: «Orar en los acontecimientos de cada día y de cada instante es uno de los secretos del Reino revelados a los “pequeños”, a los servidores de Cristo, a los pobres de las bienaventuranzas. Es justo y bueno orar para que la venida del Reino de justicia y de paz influya en la marcha de la historia, pero también es importante impregnar de oración las humildes situaciones cotidianas. Todas las formas de oración pueden ser la levadura con la que el Señor compara el Reino» (n. 2660).

El hombre −la persona humana, el hombre y la mujer− es semejante a un soplo, como una brizna de hierba (cfr. Sal 144,4; 103,15). El filósofo Pascal escribía: «No es necesario que el universo entero se arme para aplastarlo: un vapor, una gota de agua bastan para matarlo» (Pensamientos, 186). Somos seres frágiles, pero sabemos rezar: esa es nuestra dignidad más grande, también nuestra fortaleza. Ánimo. Rezar en cada momento, en cada situación, porque el Señor está cerca de nosotros. Y cuando una oración es según el corazón de Jesús, obra milagros.

Saludos

Saludo cordialmente a los fieles de lengua francesa. Hermanos y hermanas, pidamos al Señor que nos dé el gusto de la oración diaria, para que haga posible el milagro del encuentro con el prójimo en su sufrimiento y en sus necesidades. ¡Imparto a todos mi bendición!

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua inglesa. Invito a todos, especialmente en este tiempo de pandemia, a acercarse al Señor en la oración diaria, llevándole nuestras necesidades y las del mundo que nos rodea. Sobre vosotros y vuestras familias invoco la alegría y la paz de Cristo. ¡Dios os bendiga!

Dirijo un cordial saludo a los hermanos y hermanas de lengua alemana. La oración es la levadura con la que se mezcla toda la vida, incluso las humildes circunstancias diarias. Así podemos vivir siempre en presencia de Dios que nos quiere felices. El Señor os bendiga a todos.

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Mañana celebramos la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, patrona de los enfermos. Pidamos por su intercesión que el Señor conceda la salud del alma y cuerpo a todos los que sufren a causa de alguna enfermedad y de la actual pandemia, y fortalezca a quienes los asisten y los acompañan en este tiempo de prueba que atraviesan en sus vidas. Que Dios los bendiga a todos.

Dirijo un cordial saludo a los fieles de lengua portuguesa. Queridos hermanos, la oración transforma nuestra mirada y nos ayuda a acercarnos a todos, incluso a los que son diferentes a nosotros. Que la Virgen María vele sobre vuestro camino y os ayude a ser ese signo incondicional de amor en medio de vuestros hermanos. Que la bendición de Dios descienda sobre vosotros y vuestras familias.

Saludo a los fieles de lengua árabe. Somos seres frágiles, pero sabemos rezar: esa es nuestra mayor dignidad. Y cuando una oración está de acuerdo con el corazón de Jesús, obra milagros. ¡El Señor os bendiga a todos y os proteja siempre de todo mal!

Saludo cordialmente a los polacos. Pensando en la oración diaria, espero que en cada situación de la vida os acompañe una conversación con Cristo de corazón a corazón; no solo ante el Santísimo Sacramento, la cruz o una imagen sagrada, sino también de camino al trabajo, de viaje y durante las tareas diarias. Que esa oración se convierta en vuestra buena costumbre. Os bendigo de corazón.

Dirijo un cordial saludo a los fieles de lengua italiana. En una sociedad que sigue herida por contrastes y divisiones, sed signo de un plan de reconciliación y fraternidad que hunda sus raíces en el Evangelio y en la ayuda indispensable de la oración.

Finalmente, mi pensamiento se dirige, como de costumbre, a los ancianos, jóvenes, enfermos y recién casados. Mañana celebraremos la memoria litúrgica de Nuestra Señora de Lourdes. Espero que imitéis a Nuestra Señora en plena disponibilidad a la voluntad de Dios. Gracias.

Llamamiento

1. Expreso mi cercanía a las víctimas de la calamidad ocurrida hace tres días en el norte de la India, donde parte de un glaciar se desprendió provocando una violenta inundación, que destruyó dos centrales eléctricas en construcción. Rezo por los trabajadores difuntos y por sus familiares, y por todas las personas heridas y dañadas.

2. En Extremo Oriente y en varias partes del mundo, el próximo viernes 12 de febrero muchos millones de hombres y mujeres celebrarán el Año Nuevo Lunar. A todos ellos y a sus familias deseo enviar mi cordial saludo, junto al deseo de que el nuevo año traiga frutos de fraternidad y solidaridad. En este momento particular, en el que son fuertes las preocupaciones para afrontar los desafíos de la pandemia, que toca no solo el físico y el alma de las personas, sino que influye también en las relaciones sociales, formulo el deseo de que cada uno pueda gozar de buena salud y serenidad de vida. Mientras invito, finalmente, a rezar por el don de la paz y de todos los demás bienes, recuerdo que estos se obtienen con bondad, respeto, amplitud de miras y valentía, sin olvidar nunca tener un cuidado preferencial por los más pobres y débiles.

Fuente: vatican.va / romereports.com

Traducción de Luis Montoya