Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

11 marzo 2023

Meditación Domingo 3º Cuaresma (A)

 (Cfr. www.almudi.org)

 

El sentido de la mortificación

En aquel tiempo, Jesús llega, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era al


rededor de la hora sexta.
Llega una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dice: «Dame de beber». Pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida. Le dice a la mujer samaritana: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva». Le dice la mujer: «Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le respondió: «Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna».
Le dice la mujer: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla». El le dice: «Vete, llama a tu marido y vuelve acá». Respondió la mujer: «No tengo marido». Jesús le dice: «Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad».
Le dice la mujer: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar». Jesús le dice: «Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad».
Le dice la mujer: «Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo explicará todo». Jesús le dice: «Yo soy, el que te está hablando».
En esto llegaron sus discípulos y se sorprendían de que hablara con una mujer. Pero nadie le dijo: «¿Qué quieres?», o «¿Qué hablas con ella?». La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?». Salieron de la ciudad e iban donde Él.
Entretanto, los discípulos le insistían diciendo: «Rabbí, come». Pero Él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que vosotros no sabéis». Los discípulos se decían unos a otros: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Les dice Jesús: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. ¿No decís vosotros: Cuatro meses más y llega la siega? Pues bien, yo os digo: Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega. Ya el segador recibe el salario, y recoge fruto para la vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador. Porque en esto resulta verdadero el refrán de que uno es el sembrador y otro el segador: yo os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga».
Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en Él por las palabras de la mujer que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Cuando llegaron donde Él los samaritanos, le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Y fueron muchos más los que creyeron por sus palabras, y decían a la mujer: «Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo» (Jn 4,5-42).

I. Si todos los actos de la vida de Cristo son redentores, la salvación del género humano culmina en la Cruz, hacia la que Cristo encamina toda su vida en la tierra: Tengo que recibir un bautismo, y ¡cómo me siento urgido hasta que se cumpla!, dirá a sus discípulos camino de Jerusalén. Les revela las ansias incontenibles de dar su vida por nosotros, y nos da ejemplo de su amor a la Voluntad del Padre muriendo en la Cruz. Y es en la Cruz donde el alma alcanza la plenitud de la identificación con Cristo. Ese es el sentido más profundo que tienen los actos de mortificación y penitencia.

Para ser discípulo del Señor es preciso seguir su consejo: el que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. No es posible seguir al Señor sin la Cruz. Las palabras de Jesús tienen vigencia en todos los tiempos, ya que fueron dirigidas a todos los hombres, pues el que no toma su cruz y me sigue -nos dice a cada uno- no puede ser mi discípulo. Tomar la cruz -la aceptación del dolor y de las contrariedades que Dios permite para nuestra purificación, el cumplimiento costoso de los propios deberes, la mortificación cristiana asumida voluntariamente- es condición indispensable para seguir al Maestro.

«¿Qué sería un Evangelio, un cristianismo sin Cruz, sin dolor, sin el sacrificio del dolor? -se preguntaba Pablo VI-. Sería un Evangelio, un Cristianismo sin Redención, sin Salvación, de la cual ‑debemos reconocerlo aquí con sinceridad despiadada- tenemos necesidad absoluta. El Señor nos ha salvado con la Cruz; con su muerte nos ha vuelto a dar la esperanza, el derecho a la Vida...». Sería un cristianismo desvirtuado que no serviría para alcanzar el Cielo, pues «el mundo no puede salvarse sino con la Cruz de Cristo».

Unida al Señor, la mortificación voluntaria y las mortificaciones pasivas adquieren su más hondo sentido. No son algo dirigido primariamente al a propia perfección, o una manera de sobrellevar con paciencia las contrariedades de esta vida, sino participación en el misterio de la Redención.

La mortificación puede parecer a algunos locura o necedad, residuo de otras épocas que no engarzan bien con los adelantos y el nivel cultural de nuestro tiempo. También puede ser signo de contradicción o piedra de escándalo para aquellos que viven olvidados de Dios. Pero todo esto no debe sorprender: ya San Pablo escribía que la Cruz era escándalo para los judíos, locura para los gentiles. Y en la medida en que los mismos cristianos pierden el sentido sobrenatural de sus vidas se resisten a entender que a Cristo sólo le podemos seguir a través de una vida de sacrificio, cerca de la Cruz. «Si no eres mortificado nunca serás alma de oración». Y Santa Teresa señala: «Creer que (el Señor) admite a Su amistad a gente regalada y sin trabajos es disparate».

Los mismos Apóstoles que siguen a Cristo cuando es aclamado por multitudes, aunque le amaban profundamente e incluso estaban dispuestos a dar su vida por Él, no le siguen hasta el Calvario, pues aún -por no haber recibido al Espíritu Santo- eran débiles. Existe un largo camino entre ir en pos de Cristo cuando este seguimiento no exige mucho, y el identificarse plenamente con Él, a través de las tribulaciones, pequeñas y grandes, de una vida mortificada.

El cristiano que va por la vida rehuyendo sistemáticamente el sacrificio, que se rebela ante el dolor, se aleja también de la santidad y de la felicidad, que está muy cerca de la Cruz, muy cerca de Cristo Redentor.

II. El Señor pide a cada cristiano que le siga de cerca, y para esto es necesario acompañarle hasta el Calvario. Nunca deberíamos olvidar estas palabras: el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. Mucho antes de padecer en la Cruz, ya Jesús hablaba a sus seguidores de que habrían de cargar con ella.

Hay en la mortificación una paradoja, un misterio, que sólo puede comprenderse cuando hay amor: detrás de la aparente muerte está la Vida; y el que con egoísmo trata de conservar la vida para sí, la pierde: el que quiera salvar su vida la perderá: y el que la pierda por mí la hallará. Para dar frutos, amando a Dios, ayudando de una manera efectiva a los demás, es necesario el sacrificio. No hay cosecha sin sementera: si el grano de trigo no muere al caer en la tierra, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto. Para ser sobrenaturalmente eficaces debe uno morir a sí mismo mediante la continua mortificación, olvidándose por completo de su comodidad y de su egoísmo. «-¿No quieres ser grano de trigo, morir por la mortificación, y dar espigas bien granadas? -¡Que Jesús bengida tu trigal!».

Debemos perder el miedo al sacrificio, a la voluntaria mortificación, pues la Cruz la quiere para nosotros un Padre que nos ama y sabe bien lo que más nos conviene. Él quiere siempre lo mejor para nosotros: Venid a mí los que estáis fatigados y cargados, nos dice, que yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, pues mi yugo es suave, y mi carga, ligera. Junto a Cristo, las tribulaciones y penas no oprimen, no pesan, y por el contrario disponen al alma para la oración, para ver a Dios en los sucesos de la vida.

Con la mortificación nos elevamos hasta el Señor; sin ella quedamos a ras de tierra. Con el sacrificio voluntario, con el dolor ofrecido y llevado con paciencia y amor nos unimos firmemente al Señor. «Como si dijera: todos los que andáis atormentados, afligidos y cargados con la carga de vuestros cuidados y apetitos, salid de ellos, viniendo a mí, y yo os recrearé, y hallaréis para vuestras almas el descanso que os quitan vuestros apetitos».

III. Para decidirnos a vivir con generosidad la mortificación, interesa comprender bien las razones que le dan sentido. A algunos les puede costar ser más mortificados porque no han entendido o descubierto ese sentido. Son varios los motivos que impulsan al cristiano hacia la mortificación. El primero es el que hemos considerado anteriormente: desear identificarse con el Señor y seguirle en su afán de redimir en la Cruz, ofreciéndose a Sí mismo en sacrificio al Padre. Nuestra mortificación tiene así los mismos fines de la Pasión de Cristo y de la Santa Misa, y se traduce en una unión cada vez más plena a la Voluntad del Padre.

Pero la mortificación es también medio para progresar en las virtudes. El sacerdote, en el diálogo que precede al Prefacio de la Misa, alza sus manos al cielo mientras dice: -Levantemos el corazón, y se oye al pueblo fiel: -¡Lo tenemos levantado hacia el Señor! Nuestro corazón debe estar permanentemente dirigido hacia Dios. El corazón del cristiano debe estar lleno de amor, con la esperanza siempre puesta en su Señor. Para eso es preciso que no esté atrapado y prisionero de las cosas de la tierra, que vaya quedando más purificado. Y esto no es posible sin la penitencia, sin la continua mortificación, que es «medio para ir adelante». Sin ella, el alma queda sujeta por las mil cosas en que tienden a desparramarse los sentidos: apegamientos, impurezas, aburguesamiento, deseos de inmoderada comodidad...La mortificación nos libera de muchos lazos y nos capacita para amar.

La mortificación es medio indispensable para hacer apostolado, extendiendo el Reino de Cristo: «La acción nada vale sin la oración: la oración se avalora con el sacrificio». Muy equivocados andaríamos si quisiéramos atraer a otros hacia Dios sin apoyar esa acción con una oración intensa, y si esa oración no fuese reforzada con la mortificación gustosamente ofrecida. Por eso se ha dicho, de mil modos diferentes, que la vida interior, manifestada especialmente en la oración y la mortificación, es el alma de todo apostolado.

No olvidemos, por último, que la mortificación sirve también como reparación por nuestras faltas pasadas, hayan sido pequeñas o grandes. De ahí que en muchas ocasiones le pidamos al Señor que nos ayude a enmendar la vida pasada: «emendationem vitae, spatium verae paenitentiae... tribuat nobis omnipotens et misericors Dominus» Que el Señor omnipotente y misericordioso nos conceda la enmienda de nuestra vida y un tiempo de verdadera penitencia. De este modo, por la mortificación, hasta las mismas faltas pasadas se convierten en fuente de nueva vida. «Entierra con la penitencia, en el hoyo profundo que abra tu humildad, tus negligencias, ofensas y pecados. -Así entierra el labrador, al pie del árbol que los produjo, frutos podridos, ramillas secas y hojas caducas. -Y lo que era estéril, mejor, lo que era perjudicial, contribuye eficazmente a una nueva fecundidad.

»Aprende a sacar, de las caídas, impulso: de la muerte, vida».

Le pedimos al Señor que sepamos aprovechar nuestra vida, a partir de ahora, del mejor de los modos: «Cuando recuerdes tu vida pasada, pasada sin pena ni gloria, considera cuánto tiempo has perdido y cómo lo puedes recuperar: con penitencia y con mayor entrega». Y, cuando algo nos cueste, vendrá a nuestra mente alguno de estos pensamientos que nos mueva a la mortificación generosa: «¿Motivos para la penitencia?: Desagravio, reparación, petición, hacimiento de gracias: medio para ir adelante...: por ti, por mí, por los demás, por tu familia, por tu país, por la Iglesia... Y mil motivos más».

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

 

Homilía Domingo 3º Cuaresma (A)

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(Ex 17,3-7) "Yo estaré allí delante de ti"
(Rom 5,1.2.5-8) "Nos gloriamos en la esperanza de los hijos de Dios"
(Jn 4,5-42) "Si conocieses el don de Dios"

Homilía a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

¡Una página de oro! ¡Cuánta riqueza y profundidad en un encuentro lleno de naturalidad y sinceridad por ambas partes! Una página tan densa que desborda los límites de una homilía. Ciñámonos a ese escepticismo que reservamos, como la samaritana, ante las verdades que están más allá de lo de todos los días.

Inicialmente la mujer se extraña que un judío le dirija la palabra. Jesús pasa por alto los prejuicios sociales y el tono desenvuelto y un tanto hosco de ella y le dice que es dueño de un agua que apaga la sed para siempre. El escepticismo aparece: "¿eres tú más que nuestro padre Jacob...? ¿Es que hay algo mayor y mejor que los bienes de este mundo? Tenemos sed de bienestar, de afirmación personal..., pero vamos a apagarla en los aljibes de este mundo (Cf Jer 2,13). Jesús que conoce bien las expectativas del corazón humano dice: "Si conocieras el don de Dios..." ¡Palabras eternas, que saben a plenitud, y que despertaron en ella la sed de absoluto que toda criatura siente, provocando esta petición: "Señor dame esa agua"! ¡Pidamos a Jesús que nos dé sed de eternidad y no nos conformemos con el brillo prestado y fugaz de las cosas de esta vida!

Aunque Jesús ha despertado algo muy importante en el corazón de esta mujer, ella, aferrada a su modo de ver y de vivir -¡como nosotros!- añade burlonamente: así "no tendré que venir aquí a sacarla". Jesús, al ver su actitud, replica: "llama a tu marido". Cristo la coloca frente a su borrascosa historia y la mujer se siente ante alguien muy superior: "Señor, veo que tú eres un profeta" La conversación continúa por las alturas de la verdad de Dios y por la sinceridad de corazón que Él reclama. La conciencia, que es la voz de Dios resonando en el corazón y que Cristo ha removido, le ha hecho ver que no se puede adorar a Dios el Domingo y los demás días rendir culto al orgullo y la sensualidad.

"Sé que va a venir el Mesías". ¡También ella esperaba al Mesías, a pesar de la vida sentimental que llevaba! En toda alma hay una incurable sed de Dios. Jesús le responde con sencillez pero con un acento que la desconcierta: "Soy yo, el que habla contigo". La mujer, atónita, deja el cántaro en el pozo y corre alborozada a extender la noticia. ¿Por qué no buscar un encuentro personal con Jesús por la lectura atenta y diaria de la Escritura Santa, de una confesión sincera de nuestros pecados, de la Eucaristía? Ese encuentro provocará en cada uno el mismo sobresalto que en esta mujer y, como ella, sentiremos la necesidad de comunicarlo a la familia, los amigos y vecinos, ¡a todos!

 

24 febrero 2023

LIBRO DE LA SEMANA (24 Feb): Nosotros

 (Cfr. www.todostuslibros.com)

 


Irene cree haber vivido el matrimonio más perfecto del mundo. Años de absoluta entrega y pasión entre dos seres humanos, así evoca ella su amor con Marcelo, su difunto marido. Ten...
978-84-233-6275-2 / Ediciones Destino
21,50€
(20,67€ sin IVA
 
 

Sinopsis

Ficha Técnica

Materias:
Narrativa romántica | Ficción moderna y contemporanea
Editorial:
Ediciones Destino
Colección:
Áncora & Delfín
Encuadernación:
Cartoné
País de publicación :
España
Idioma de publicación :
Castellano
Idioma original :
Castellano
Autor/a: :
Vilas, Manuel
ISBN:
978-84-233-6275-2
EAN:
9788423362752
Dimensiones:
230 x 133 mm.
Peso:
596 gramos
Nº páginas:
368
Fecha publicación :
01-02-2023
Más sobre el autor

Vilas, Manuel

 

PELICULA DE LA SEMANA (24 Feb): El cielo no puede esperar

 (Cfr. www.filmaffini


Título original
El cielo no puede esperar
Año
Duración
78 min.
País
España España
Dirección
Guion
José María Zavala
Música
Luis Mas
Fotografía
Miguel Gilaberte
Reparto
Documental
Género
Drama. Documental | Religión. Biográfico
Sinopsis
Película biográfica sobre el beato Carlo Acutis, un estudiante italiano y aficionado programador de informática, conocido por documentar milagros eucarísticos alrededor del mundo y catalogarlos en un sitio web que creó antes de su muerte por leucemia a los 15 años. Acutis fue beatificado por la Iglesia Católica en el 2020.

La Penitencia y el Ayuno en la Iglesia primitiva

 (Cfr. www.almudi.org)

 


Los primeros cristianos procuraron revivir en sus vidas la Pasión de Cristo, tomando la propia cruz para seguirle, identificándose con Él mediante el espíritu de sacrificio y de penitencia.

Supieron encontrar la mortificación en su vida ordinaria, en el cumplimiento de sus deberes, en lo pequeño de cada día. Vivían la sobriedad.

La Iglesia de los primeros tiempos también conservó la práctica del ayuno, siguiendo el ejemplo de Jesús en el desierto. Los Hechos de los Apóstoles mencionan celebraciones de culto acompañadas de ayuno.

San Pablo, en su misión apostólica, no se conforma con sufrir hambre y sed cuando las circunstancias lo exigen, sino que añade repetidos ayunos. La Iglesia ha permanecido fiel a esta tradición, procurando mediante el ayuno disponernos a recibir mejor las gracias del Señor.

Presentamos a continuación algunos textos de los primeros escritores cristianos que reflejan cómo vivían el ayuno y la penitencia.

Necesidad de la mortificación

El alma se perfecciona con la mortificación en el comer y beber; también los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar. (Epístola a Diogneto, 5-6)

Hermoso es mortificar el cuerpo. De ello te persuada Pablo, que sin cesar lucha y se sujeta con violencia (cfr. 1Co 9, 27), e inspira santo temor, con el ejemplo de Israel, a cuantos confían en sí mismos y condescienden con su cuerpo. Que te persuada el mismo Jesús, con su ayuno, su sometimiento a la tentación y su victoria sobre el tentador (cfr. Mt 4, 1 ss). (San Gregorio Nacianceno, Discurso 14, 2-5)

No creamos que es suficiente un fervor pasajero de la fe, porque es preciso que cada uno lleve continuamente su cruz, para dar a entender de este modo, que es incesante nuestro amor a Jesucristo. (San Jerónimo, Comentario a San Mateo, 10, 96)

El camino por el que viene el Señor, penetrando hasta dentro del hombre, es la penitencia, por la cual Dios baja a nosotros. De aquí el principio de la predicación de Juan: haced penitencia. (San Jerónimo, Comentario sobre el libro del profeta Joel, 25)

(La mortificación…) purifica el alma, eleva el pensamiento, somete la carne propia al espíritu, hace al corazón contrito y humillado, disipa las nebulosidades de la concupiscencia, apaga el fuego de las pasiones y enciende la verdadera luz de la castidad. (San Agustín,  Sermón 73, 5)

Si eres miembro de Cristo, tú, quienquiera que seas […], debes saber que todo lo que sufres por parte de aquellos que no son miembros de Cristo es lo que faltaba a la pasión de Cristo. Por esto la completas, porque faltaba; vas llenando la medida, no la derramas; sufres en la medida en que tus tribulaciones han de añadir en parte a la totalidad de la pasión de Cristo, ya que Él, que sufrió como cabeza nuestra, continúa ahora sufriendo en sus miembros, es decir, en nosotros. (San Agustín, Comentario sobre el Salmo 61, 7)

Sobre el Ayuno

El libro del Pastor de Hermas refleja el estado de la cristiandad romana a mediados del siglo II. Tras una larga pausa de tranquilidad sin sufrir persecución, parece que no era tan universal el buen espíritu de esos primeros tiempos. Junto a cristianos fervorosos, había muchos tibios; y esto en todos los niveles de la Iglesia. No es de extrañar, pues, que el libro gire en torno a la necesidad de la penitencia y el ayuno…

Los ayunos agradables a Dios son: no hagas mal y sirve al Señor con corazón limpio; guarda sus mandamientos siguiendo sus preceptos y no permitas que ninguna concupiscencia del mal penetre en tu corazón […]. Si esto haces, tu ayuno será grato en la presencia de Dios. (Hermas, “El Pastor”, Comparaciones, 3)

Este ayuno es sobremanera bueno, a condición de que se guarden los mandamientos del Señor. Así pues, el ayuno que vas a practicar lo observarás de este modo: ante todas las cosas, guárdate de toda palabra mala y de todo deseo malo y limpia tu corazón de todas las vanidades de este siglo. Si esto guardares, este ayuno tuyo será perfecto. (Hermas, “El Pastor”, Comparaciones, 4)

Por lo demás, lo harás de esta manera: después de cumplido lo que queda escrito, el día que ayunes no tomarás sino pan y agua, y de la comida que habías de tomar calcularás la cantidad de gasto que correspondería a aquel día y lo entregarás a una viuda, a un huérfano o a un necesitado. Y te humillarás de manera que quien tomare de tu humillación sacie su alma y ruegue por ti al Señor. (Hermas, “El Pastor”, Comparaciones, 5, 1-4)

Alegrad, pues, vuestros rostros. (…) ayuna, y ayuna con alegría. (San Basilio el Grande, Homilía sobre el ayuno, 1)

Así como es peligroso pasar los límites de la templanza en el comer, también está fuera de razón abatir demasiado el cuerpo con abstinencias excesivas, inutilizándole para todo lo bueno por haberle enflaquecido demasiado. Estamos, pues, obligados a cuidar de nuestros cuerpos. (San Basilio el Grande, Sobre la verdadera virginidad, 27)

En otros tiempos del año hay algunos ayunos por los cuales se merece premio si se observa: mas en Cuaresma peca el que deja de ayunar. Los otros ayunos son voluntarios; pero los de Cuaresma son de obligación: a los otros nos convidan; pero a estos nos obligan: y no tanto son precepto de la Iglesia, como del mismo Dios. (San Ambrosio, Sermón 3, 148)

Hablaba del ayuno del alimento como una práctica necesaria para ser caritativo, del ayuno constituido por la continencia con vistas a la santidad, del ayuno de las palabras vanas o detestables, del ayuno de la cólera, del ayuno de la propiedad de los bienes con vistas al ministerio, y del ayuno del sueño para dedicarse a la oración. (Benedicto XVI presenta a San Afraates el Sabio, 21 noviembre 2007)

Gabriel Larrauri en primeroscristianos.com

Meditación Domingo 1º Cuaresma (A)

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Las tentaciones de Jesús

 En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al final sintió hambre. Y el tentador se le acercó y le dijo: -Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. Pero él le contestó diciendo: -Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Entonces el diablo lo lleva a la Ciudad Santa, lo pone en el alero del templo y le dice: -Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti y te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras. Jesús le dijo: -También está escrito: No tentarás, al Señor, tu Dios.
Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y mostrándole todos los reinos del mundo y su esplendor le dijo: -Todo esto te daré si te postras y me adoras. Entonces le dijo Jesús: -Vete, Satanás, porque está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto. Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y lo servían” (Mateo 4,1-11).

I. «La Cuaresma conmemora los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto, como preparación de esos años de predicación, que culminan en la Cruz y en la gloria de la Pascua. Cuarenta días de oración y de penitencia. Al terminar, tuvo lugar la escena que la liturgia de hoy ofrece a nuestra consideración, recogiéndola en el Evangelio de la Misa: las tentaciones de Cristo (Cfr. Mt 4, 111).

»Una escena llena de misterio, que el hombre pretende en vano entender -Dios que se somete a la tentación, que deja hacer al Maligno-, pero que puede ser meditada, pidiendo al Señor que nos haga saber la enseñanza que contiene».

Es la primera vez que interviene el diablo en la vida de Jesús, y lo hace abiertamente. Pone a prueba a Nuestro Señor; quizá quiere averiguar si ha llegado ya la hora del Mesías. Jesús se lo permitió para darnos ejemplo de humildad y para enseñarnos a vencer las tentaciones que vamos a sufrir a lo largo de nuestra vida: «como el Señor todo lo hacía para nuestra enseñanza -dice San Juan Crisóstomo‑, quiso también ser conducido al desierto y trabar allí combate con el demonio, a fin de que los bautizados, si después del bautismo sufren mayores tentaciones, no se turben por eso, como si no fuera de esperar». Si no contáramos con las tentaciones que hemos de padecer abriríamos la puerta a un gran enemigo: el desaliento y la tristeza.

Quería Jesús enseñarnos con su ejemplo que nadie debe creerse exento de padecer cualquier prueba. «Las tentaciones de Nuestro Señor son también las tentaciones de sus servidores de un modo individual. Pero su escala, naturalmente, es diferente: el demonio no va a ofreceros a vosotros ni a mí -dice Knox- todos los reinos del mundo. Conoce el mercado y, como buen vendedor, ofrece exactamente lo que calcula que el comprador tomará. Supongo que pensará, con bastante razón, que la mayor parte de nosotros podemos ser comprados por cinco mil libras al año, y una gran parte de nosotros por mucho menos. Tampoco nos ofrece sus condiciones de modo tan abierto, sino que sus ofertas vienen envueltas en toda especie de formas plausibles. Pero si ve la oportunidad no tarda mucho en señalarnos a vosotros y a mí cómo podemos conseguir aquello que queremos si aceptamos ser infieles a nosotros mismos y, en muchas ocasiones, si aceptamos ser infieles a nuestra fe católica».

El Señor, como se nos recuerda en el Prefacio de la Misa de hoy, nos enseña con su actuación cómo hemos de vencer las tentaciones y además quiere que saquemos provecho de las pruebas por las que vamos a pasar. Él «permite la tentación y se sirve de ella providencialmente para purificarte, para hacerte santo, para desligarte mejor de las cosas de la tierra, para llevarte a donde Él quiere y por donde Él quiere, para hacerte feliz en una vida que no sea cómoda, y para darte madurez, comprensión y eficacia en tu trabajo apostólico con las almas, y... sobre todo para hacerte humilde, muy humilde». Bienaventurado el varón que soporta la tentación -dice el Apóstol Santiago- porque, probado, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que le aman.

II. El demonio tienta aprovechando las necesidades y debilidades de la naturaleza humana.

El Señor, después de haber pasado cuarenta días y cuarenta noches ayunando, debe encontrarse muy débil, y siente hambre como cualquier hombre en sus mismas circunstancias. Este es el momento en que se acerca el tentador con la proposición de que convierta las piedras que allí había en el pan que tanto necesita y desea.

Y Jesús «no sólo rechaza el alimento que su cuerpo pedía, sino que aleja de sí una incitación mayor: la de usar del poder divino para remediar, si podemos hablar así, un problema personal (...).

»Generosidad del Señor que se ha humillado, que ha aceptado en pleno la condición humana, que no se sirve de su poder de Dios para huir de las dificultades o del esfuerzo. Que nos enseña a ser recios, a amar el trabajo, a apreciar la nobleza humana y divina de saborear las consecuencias del entregamiento».

Nos enseña también este pasaje del Evangelio a estar particularmente atentos, con nosotros mismos y con aquellos a quienes tenemos una mayor obligación de ayudar, en esos momentos de debilidad, de cansancio, cuando se está pasando una mala temporada, porque el demonio quizá intensifique entonces la tentación para que nuestras vidas tomen otros derroteros ajenos a la voluntad de Dios.

En la segunda tentación, el diablo lo llevó a la Ciudad Santa y lo puso sobre el pináculo del Templo. Y le dijo: Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo. Pues escrito está: Dará órdenes acerca de ti a sus ángeles de que te lleven en sus manos, no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra. Y le respondió Jesús: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios.

Era en apariencia una tentación capciosa: si te niegas, demostrarás que no confías en Dios plenamente; si aceptas, le obligas a enviar, en provecho personal, a sus ángeles para que te salven. El demonio no sabe que Jesús no tendría necesidad de ángel alguno.

Una proposición parecida, y con un texto casi idéntico, oirá el Señor ya al final de su vida terrena: Si es el rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él.

Cristo se niega a hacer milagros inútiles, por vanidad y vanagloria. Nosotros hemos de estar atentos para rechazar, en nuestro orden de cosas, tentaciones parecidas: el deseo de quedar bien, que puede surgir hasta en lo más santo; también debemos estar alerta ante falsas argumentaciones que pretendan basarse en la Sagrada Escritura, y no pedir (mucho menos exigir) pruebas o señales extraordinarias para creer, pues el Señor nos da gracias y testimonios suficientes que nos indican el camino de la fe en medio de nuestra vida ordinaria.

En la última de las tentaciones, el demonio ofrece a Jesús toda la gloria y el poder terreno que un hombre puede ambicionar. Le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: -Todas estas cosas te daré si postrándote delante de mí, me adoras. El Señor rechazó definitivamente al tentador.

El demonio promete siempre más de lo que puede dar. La felicidad está muy lejos de sus manos. Toda tentación es siempre un miserable engaño. Y para probarnos, el demonio cuenta con nuestras ambiciones. La peor de ellas es la de desear, a toda costa, la propia excelencia; el buscarnos a nosotros mismos sistemáticamente en las cosas que hacemos o proyectamos. Nuestro propio yo puede ser, en muchas ocasiones, el peor de los ídolos.

Tampoco podemos postrarnos ante las cosas materiales haciendo de ellas falsos dioses que nos esclavizarían. Los bienes materiales dejan de ser bienes si nos separan de Dios y de nuestros hermanos los hombres.

Tendremos que vigilar, en lucha constante, porque permanece en nosotros la tendencia a desear la gloria humana, a pesar de haberle dicho muchas veces al Señor que no queremos otra gloria que la suya. También a nosotros se dirige Jesús: Adorarás al Señor Dios tuyo; y a Él solo servirás. Y eso es lo que deseamos y pedimos: servir a Dios en la vocación a la que nos ha llamado.

III. El Señor está siempre a nuestro lado, en cada tentación, y nos Confiad: Yo he vencido al mundo. Y nosotros nos apoyamos en Él, porque, si no lo hiciéramos, poco conseguiríamos solos: Todo lo puedo en Aquel que me conforta. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?.

Podemos prevenir la tentación con la mortificación constante en el trabajo, al vivir la caridad, en la guarda de los sentidos internos y externos. Y junto a la mortificación, la oración: Velad y orad para no caer en la tentación. También debemos prevenirla huyendo de las ocasiones de pecar, por pequeñas que sean, pues el que ama el peligro perecerá en él, y teniendo el tiempo bien ocupado, principalmente cumpliendo bien nuestros deberes profesionales, familiares y sociales.

Para combatir la tentación «habremos de repetir muchas veces y con confianza la petición del padrenuestro: no nos dejes caer en la tentación, concédenos la fuerza de permanecer fuertes en ella. Ya que el mismo Señor pone en nuestros labios tal plegaria, bien estará que la repitamos continuamente.

»Combatimos la tentación manifestándosela abiertamente al director espiritual, pues el manifestarla es ya casi vencerla. El que revela sus propias tentaciones al director espiritual puede estar seguro de que Dios otorga a éste la gracia necesaria para dirigirle bien».

Contamos siempre con la gracia de Dios para vencer cualquier tentación. «Pero no olvides, amigo mío, que necesitas de armas para vencer en esta batalla espiritual. Y que tus armas han de ser éstas: oración continua; sinceridad y franqueza con tu director espiritual; la Santísima Eucarístia y el Sacramento de la Penitencia; un generoso espíritu de cristiana mortificación que te llevará a huir de las ocasiones y evitar el ocio; la humildad del corazón, y una tierna y filial devoción a la Santísima Virgen: Consolatrix afflictorum et Refugium peccatorum, consuelo de los afligidos y refugio de los pecadores. Vuélvete siempre a Ella confiadamente y dile: Mater mea, fiducia mea; ¡Madre mía, confianza mía!».

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

Homilía Domingo 1º Cuaresma (A)

 (Cfr. www.almudi.org)

 



(Gen 2,7-9;3,1-7) "Formó el Señor al hombre del barro de la tierra”
(Rom 5,12-19) "Serán muchos hechos justos por la obediencia de uno"
(Mt 4,1-11) "No sólo de pan vive el hombre"

 

Homilía con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía en la parroquia de S. Juan Bautista de los Florentinos, en Roma (8-III-1981)

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--- Debilidad del hombre y llamada de Dios

“Al Señor, tu Dios, adorarás, y a Él sólo darás culto” (Mt 4,10).

Estas categóricas palabras, dirigidas por nuestro Señor Jesucristo a Satanás, tentador, y colocadas por la liturgia en los umbrales de la Cuaresma, son un programa incisivo y perenne de vida para el hombre, llamado por la fuerza del Amor eterno al servicio de Dios y sólo de Dios, y sin embargo, desde el comienzo de su existencia contingente y durante toda su vida, tan expuesto y susceptible a todas las “tentaciones”, a las que le impulsan continuamente el “reino” de este mundo y el “príncipe de este mundo” (cfr. Jn. 12,31; 14,30; 16,11), que hacen todo lo posible para dominar y manipular al hombre tratando de ponerle en oposición a Dios.

Frente a Satanás, que le promete incluso “todos los reinos del mundo y su esplendor”, en contrapartida de la adoración, Jesús responde con la luz y la fuerza de la Palabra de Dios, el cual había puesto en guardia al pueblo elegido contra la fascinante y peligrosa tentación de la idolatría: “ Guárdate de olvidarte de Yavé, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de la servidumbre. Teme a Yavé, tu Dios; sírvele a Él... haz lo que es recto y bueno a los ojos de Yavé” (Dt. 6,12-13.18).

La Cuaresma, tiempo litúrgico privilegiado, es tiempo de conversión interior. La Sagrada Escritura presenta la vida del hombre en sus relaciones con Dios como una continua conversión interior, en cuanto que Dios, en su infinito amor, llama al hombre a vivir en comunión con El. Pero el hombre es frágil, débil, pecador; por lo tanto, para ponerse en comunión con Dios, tiene necesidad de una actitud de humildad y de penitencia; debe orientarse hacia Dios, “buscar el rostro de Dios” (cfr. Os. 5,15; Sal 24,6); debe invertir el camino que lo lleva hacia el mal; cambiar el propio comportamiento ético; cambiar incluso concepciones y modos de pensar individuales, que estén en oposición a la voluntad y a la palabra de Dios.

Y Jesús, el Hijo de Dios encarnado, ya desde el comienzo de su ministerio mesiánico lanza a los hombres su llamada a la conversión: “El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cercano; convertios y creed en el Evangelio” (Mc 1,15; cfr. Mt 4,17).

La Cuaresma representa en la vida de la Iglesia como un grito a la conversión: “¡ojalá escuchéis hoy su voz; no endurezcáis vuestro corazón!” (Sal 94(95),8). Este "hoy" se refiere precisamente a la Cuaresma, que en la extraordinaria riqueza evocativa de sus textos litúrgicos es una continua, apremiante llamada a la urgencia de la auténtica conversión interior.

--- Alejarse del pecado mortal y venial con la gracia

La conversión es fundamentalmente un alejarse del pecado, y un dirigirse, un retornar al Dios viviente, al Dios de la Alianza. “Venid y volvamos a Yavé; Él desgarró, Él nos curará; Él hirió, Él nos vendará” (Os. 6,1): es la invitación del profeta Oseas, que insiste sobre el carácter interior de la auténtica conversión, que siempre debe estar animada e inspirada por el amor y por el conocimiento de Dios. Y el Profeta Jeremías, el gran maestro de la religiosidad interior, anuncia de parte de Dios una extraordinaria transformación espiritual de los miembros del Pueblo elegido: “Les daré un corazón capaz de conocerme, de saber que yo soy Yavé; y ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, pues se convertirán a mí de todo corazón” (Jer. 24,7).

La conversión es un don de Dios, que el hombre debe pedir con ferviente oración y que nos ha merecido Cristo “nuevo Adán”. Esto es lo que la liturgia de hoy nos ha hecho meditar en el pasaje de la Carta de San Pablo a los Romanos: por la desobediencia del primer Adán el pecado y la muerte entraron en el mundo y dominan al hombre. Pero si es verdad que “por la culpa de aquél, que era uno solo (es decir Adán), la muerte inauguró su reino, mucho más los que reciben a raudales el don gratuito de la amnistía vivirán y reinarán gracias a uno solo, Jesucristo” (cfr. Rom 5,17).

El cristiano, fuerte con la fuerza que le viene de Cristo, se aleja cada vez más del pecado, de los pecados concretos, mortales o veniales, superando las malas inclinaciones, los vicios, el pecado habitual y, al obrar así, hará cada vez más débil el “fomes” del pecado, esto es, la triste herencia de la desobediencia originaria. Esto ocurre en la medida en que abunda en nosotros cada vez más la gracia, don de Dios, concedido por los méritos “de un solo hombre, Jesucristo” (cfr. Rom 5,15). De este modo, la conversión es un paso casi gradual, eficaz, continuo, del “viejo” Adán, al “nuevo”, que es Cristo. Este exaltante proceso espiritual, en el período de la Cuaresma, debe hacerse en cada cristiano particularmente consciente e incisivo.

--- Tentaciones

Pero la conversión sólo es posible basándose en la superación de las tentaciones, como pone en clara evidencia la Liturgia de la Palabra de este primer domingo de Cuaresma.

La pluralidad y multiplicidad de las tentaciones encuentran su fundamento en esa triple concupiscencia, de la que habla la primera carta de San Juan: “No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Puesto que todo lo que hay en el mundo ‑ la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas ‑ no viene del Padre, sino del mundo (1 Io 2:15-16)”.

Como es sabido, en la concepción de San Juan, el “mundo” del que debe alejarse el cristiano, no es la creación, la obra de Dios, que ha sido confiada al dominio del hombre; sino que es el símbolo y el signo de todo lo que nos separa de Dios o que quiere excluir a Dios, esto es, lo opuesto al “Reino de Dios”.

Por tanto, son tres los aspectos del mundo del que debe mantenerse alejado el cristiano para ser fiel al mensaje de Jesús: los apetitos sensuales; el ansia excesiva de los bienes terrenos, sobre los cuales el hombre cree ilusoriamente poder construir toda su vida; y finalmente la autosuficiencia orgullosa en relación con Dios (cfr 1 Jn 2,15 las tres concupiscencias).

En las tres “tentaciones” con las que Satanás incita a Cristo en el desierto, se pueden encontrar fácilmente las “tres concupiscencias” ya mencionadas; son las tres grandes tentaciones, a las cuales también el cristiano será sometido en el curso de su vida terrena.

Pero en la base de esta triple tentación encontramos de nuevo la primitiva y omnicomprensiva tentación, dirigida por el mismo Satanás a nuestros progenitores: “Seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal” (cfr. Gen 3,5). Satanás promete al hombre la Omnipotencia y la Omnisciencia de Dios, es decir,, la total autosuficiencia e independencia. Ahora bien, el hombre no es así sino por su posibilidad de “elegir” a Dios, a cuya imagen fue creado. Pero el mismo Adán se elige a sí mismo en lugar de Dios; cede a la tentación y se encuentra miserable, frágil, débil, “desnudo”, “esclavo del pecado” (cfr. Jn 8,34). El segundo Adán, Cristo, en cambio, afirma de nuevo contra Satanás la fundamental, estructural y ontológica dependencia del hombre en relación con Dios. El hombre -nos dice Cristo- no es humillado, sino más bien exaltado en su misma dignidad cada vez que se postra para adorar al Ser infinito, su Creador y Padre: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él sólo darás culto” (Mt 4,10).

Esta llamada cuaresmal a la conversión comporta un continuo y paciente trabajo sobre sí mismo, trabajo que llega al conocimiento de los motivos escondidos y de los resortes ocultos del amor propio, de la sensualidad, del egoísmo.

A este trabajo, que requiere empeño y constancia, estamos llamados todos y cada uno, sin excepción, tanto a nivel personal, como a nivel comunitario, a fin de que podamos ayudarnos mutuamente en el camino de la conversión, la cual es siempre fruto de “volver a encontrar” a Dios Padre, rico en misericordia. “El auténtico conocimiento de Dios -he escrito en mi segunda Encíclica-, Dios de la misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes lo “ven” así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar a Él. Viven, pues, in statu conversionis; es este estado el que traza la componente más profunda de la peregrinación de todo hombre en la tierra in statu viatoris” (Dives in misericordia, 13)

17 febrero 2023

PELICULA DE LA SEMANA (17 Feb): Ellas hablan

 (Cfr. www.fimaffinity.com)

 

 


Título original
Women Talking
Año
Duración
104 min.
País
Estados Unidos Estados Unidos
Dirección
Guion
Miriam Toews, Sarah Polley. Novela: Miriam Toews
Música
Hildur Guðnadóttir
Fotografía
Luc Montpellier
Reparto
Compañías
Hear/Say Productions, Plan B Entertainment. Distribuidora: Orion Pictures, United Artists Releasing
Género
Drama | Religión. Abusos sexuales. Basado en hechos reales
Sinopsis
Un grupo de mujeres, en una colonia religiosa aislada en medio de Bolivia, luchan por reconciliarse con su fe tras una serie de agresiones sexuales cometidas por los hombres de la colonia.
Premios
2022: Premios Oscar: Nominada a mejor película y guion adaptado
2022: Globos de Oro: Nominada a mejor guion y banda sonora
2022: Festival de Toronto: 1ª Finalista a Mejor película (Premio del Público)
2022: National Board of Review (NBR): Mejor reparto y Top película del año
2022: American Film Institute (AFI): Top 10 - Mejores películas del año
2022: Critics Choice Awards: Mejor guion adaptado. 6 nominaciones
Críticas


LIBRO DE LA SEMANA (17 Feb): Hijos de la fábula

 (Cfr. www.todostuslibros.com)

 


Dos jóvenes exaltados, Asier y Joseba, se marchan en 2011 al sur de Francia con la intención de convertirse en militantes de ETA. Esperan instrucciones en una granja de pollos, aco...
978-84-1107-228-1 / Tusquets Editores
20,90€
(20,10€ sin IVA) 
 
 

Sinopsis

Ficha Técnica

Materias:
Terrorismo, lucha armada | País Vasco, Comunidad Autónoma del | Ficción moderna y contemporanea
Editorial:
Tusquets Editores
Colección:
Andanzas
Encuadernación:
Tapa blanda o Bolsillo
País de publicación :
España
Idioma de publicación :
Castellano
Idioma original :
Castellano
Autor/a: :
Aramburu, Fernando
ISBN:
978-84-1107-228-1
EAN:
9788411072281
Dimensiones:
225 x 148 mm.
Peso:
460 gramos
Nº páginas:
320
Fecha publicación :
01-02-2023
Más sobre el autor

Aramburu, Fernando

Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) es autor de los libros de cuentos Los peces de la amargura (2006, XI Premio Mario Vargas Llosa NH, IV Premio Dulce Chacón y Premio Real Academia Española 2008) y El vigilante del fiordo (2011), de las obras de no ficción Autorretrato sin mí (2018), Vetas profundas (2019) y Utilidad de las desgracias (2020), así como de las novelas Fuegos con limón (1996), Los ojos vacíos (2000, Premio Euskadi), El trompetista del Utopía (2003), Bami sin sombra (2005), Viaje con Clara por Alemania (2010), Años lentos (2012, VII Premio Tusquets Editores de Novela y Premio de los Libreros de Madrid), La gran Marivián (2013), Ávidas pretensiones (Premio Biblioteca Breve 2014) y Patria (2016, Premio Nacional de Narrativa, Premio de la Crítica, Premio Euskadi, Premio Francisco Umbral, Premio Dulce Chacón, Premio Arcebispo Juan de San Clemente, Premio Strega Europeo, Premio Lampedusa, Premio Atenas...), el último gran fenómeno literario español, traducida a 35 lenguas y convertida en prestigiosa serie por Aitor Gabilondo para HBO. En 2021, Los vencejos, ácida y enternecedora, lo confirmó como uno de los mejores escritores europeos.

16 febrero 2023

El don de la ancianidad: servicio y testimonio de esperanza

 (Cfr. www.almudi.org)

 


Ha concluido la catequesis del Papa sobre el sentido y el valor de la vejez (23-III al 24-VIII-2022). El Papa quiso “animar a todos a invertir pensamientos y afectos en los dones que ella trae consigo y para las otras edades de la vida” (23-III-2022); pues en efecto la ancianidad es un don y bendición divinos (*).

Los ancianos, maestros de sabiduría

Francisco señaló que en la cultura dominante, “los ancianos son poco valorados, en su calidad espiritual, su sentido comunitario, su madurez y sabiduría. Y esto, a los ojos del Papa, implica un “vacío de pensamiento, imaginación, creatividad” (Ibíd.).

Insistió en que sin el diálogo entre generaciones tenemos “una sociedad estéril, sin futuro, una sociedad que no mira al horizonte, sino que se mira a sí misma” (2-II-2022).

A los ancianos les dijo: “Tenéis la responsabilidad de denunciar la corrupción humana en la que vivimos y en la que continúa esa forma de vida del relativismo, totalmente relativa, como si todo fuera lícito. Adelante. El mundo precisa, necesita jóvenes fuertes, que salgan adelante, y viejos sabios” (Ibíd.).

A los demás, les recordó su deber de proteger a los ancianos y de educar en el cuidado de la ancianidad. A propósito del cuarto mandamiento ”honrar padre y madre” , señaló: “El honor falta cuando el exceso de confianza, en vez de manifestarse como delicadeza y cariño, ternura y respeto, se convierte en rudeza y prevaricación. Cuando la debilidad es reprochada, e incluso castigada, como si fuera una falta. Cuando el desconcierto y la confusión se convierten en ocasión para la burla y la agresión” (23-II-2022).

La fe vivida, herencia de la ancianidad

Con el ejemplo del viejo Eleazar (cf. 2 M, 18 ss.) indicó que “la práctica de la fe no es el símbolo de nuestra debilidad, sino el signo de su fortaleza” (Audiencia general, 4-V-2022.). Y por eso: “Demostraremos, con toda humildad y firmeza, precisamente en nuestra vejez, que creer no es algo ‘para viejos’, sino algo vital. Creer en el Espíritu Santo, que hace nuevas todas las cosas, y con mucho gusto nos ayudará” (Ibíd.). La fe vivida es herencia de la ancianidad.

“Los ancianos, por su debilidad, pueden enseñar a los que viven otras edades de la vida que todos necesitamos abandonarnos en el Señor, para invocar su ayuda. En ese sentido, todos tenemos que aprender de la vejez: sí, hay un don en ser viejo entendido como abandonarse al cuidado de los demás, comenzando por el mismo Dios” (Ibíd.). De ahí surge un “magisterio de la fragilidad”: no esconder las debilidades de la vejez es una lección de los ancianos para todos.

En el evangelio de san Juan, Nicodemo le pregunta a Jesús: ¿cómo puede uno nacer siendo ya viejo?» (Jn 3, 4). Y Jesús le explica que la vejez es oportunidad para renacer espiritualmente y aportar un mensaje de futuro, misericordia y sabiduría (cf. Audiencia general, 8-VI-2022).

Hoy, dice el Papa, “la vejez es un tiempo especial para disolver el futuro de la ilusión tecnocrática de la supervivencia biológica y robótica, pero sobre todo porque se abre a la ternura del vientre creador y generador de Dios” (Ibíd.).

Y así enseña: “Los viejos son los mensajeros del futuro, los viejos son los mensajeros de la ternura, los viejos son los mensajeros de la sabiduría de una vida vivida” (Ibíd.).

Aceptación de los límites y espíritu de servicio

A partir del relato de la sanación de la suegra de Simón (cf. Mc 1, 29-31), considera Francisco: “Cuando eres anciano, ya no mandas sobre tu cuerpo. Es necesario aprender a aceptar los propios límites, lo que ya no podemos hacer (cf. Audiencia general, 15-VI-2022). (“También yo tengo que ir ahora con bastón”).

La suegra de Pedro “se levantó y se puso a servirles”. Dice el Papa: “Los ancianos que conservan la disposición para la sanación, el consuelo, la intercesión por sus hermanos y hermanas —sean discípulos, sean centuriones, personas perturbadas por espíritus malignos, personas descartadas…—, son quizá el testimonio más elevado de pureza de esa gratitud que acompaña la fe”. Todo ello, observa, no es exclusivo de las mujeres. Pero las mujeres pueden enseñar a los hombres sobre la gratitud y la ternura de la fe, que a veces a ellos les cuesta más comprender.

Tiempo del testimonio de la Vida que no muere

En el diálogo entre Jesús resucitado y Pedro al final del evangelio de Juan (21, 15-23, cf. Audiencia general 22-VI-2022), Francisco encuentra también fundamento para aconsejar a los ancianos.

“Debes ser testigo de Jesús incluso en la debilidad, en la enfermedad y en la muerte”. Más aún, el Señor nos habla siempre según la edad que tengamos. Y nuestro seguimiento deberá aprender a dejarse instruir y moldear por nuestra propia fragilidad, nuestra impotencia, la dependencia de los demás, incluso en el vestir, en el andar”.

La vida espiritual (por la oración y los sacramentos, especialmente la Eucaristía y la confesión de los pecados) es la que nos da esa fortaleza y sabiduría para saber despedirse con una sonrisa: “una despedida alegre: he vivido mi vida, he conservado mi fe”.

A los demás, especialmente a los jóvenes, corresponde ayudar a los mayores a vivir y expresar esa sabiduría, y saber recibir recibirla.

En esa misma línea, ya cerca del final de las catequesis, el Papa invita a releer la despedida de Jesús (cf. Jn 14): “Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros” (Jn 14, 3).

Afirma el sucesor de Pedro: “El tiempo de la vida en la tierra es la gracia de ese paso. La presunción de detener el tiempo –querer la eterna juventud, el bienestar ilimitado, el poder absoluto– no sólo es imposible, es delirante” (cf. Audiencia general, 10-VIII-2022).

Aquí abajo la vida es iniciación, imperfección camino de la vida más plena. Y aprovecha Francisco para decir que, a nuestra predicación, donde abunda la bienaventuranza, la luz y el amor, “quizá le falta un poco de vida”.

El “anciano de cabellos blancos” y María

En conexión con esto se sitúa la original catequesis del Papa sobre el “anciano de cabellos blancos” que aparece en el libro de Daniel (Dn 7, 9; cf. Audiencia general, 17-VIII-2022). Así se suele representar a Dios Padre. Pero esto –observa Francisco– “no es un símbolo tonto” que habría que desmitificar. Es símbolo de una existencia eterna, de la eternidad de Dios, siempre antigua y siempre nueva, con su fuerza y su cercanía; “porque Dios siempre nos sorprende con su novedad, siempre sale a nuestro encuentro, cada día de manera especial, para ese momento, para nosotros”.

Francisco puso el broche de oro a sus catequesis sobre la vejez contemplando el misterio de la asunción de la Virgen (cf. Audiencia general, 24-VIII-2022). En Occidente –recordaba– la contemplamos elevada a lo alto, envuelta en luz gloriosa; en Oriente se la representa acostada, dormida, rodeada de los Apóstoles en oración, mientras el Resucitado la lleva en sus manos como a una niña. El Papa indica que debería subrayarse la conexión de la asunción de la Virgen con la resurrección del Señor, a la que está vinculada la nuestra, cuando resucitaremos con él al final de los tiempos.

María nos antecede en su asunción al cielo, también como figura de la Iglesia, que eso será al final: la extensión del cuerpo resucitado de Cristo, hecha familia. Jesús habla de eso –de la vida plena que nos espera en el Reino de los cielos– con diversas imágenes: el banquete de bodas, la fiesta con los amigos, la rica cosecha, el fruto que viene, no sin dolor.

De todo ello y para el bien de los demás –propone el Francisco incluyéndose en el grupo– hemos de ser los ancianos semilla, luz, y también inquietud; de esa plenitud de vida que nos espera.

Ramiro Pellitero en iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com

 (*) Este texto contiene una selección de párrafos de un artículo más largo, cf. la revista "Omnes", septiembre 2022.