Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

27 enero 2017

LIBRO DE LA SEMANA (27 Ene): ¡Qué lugar más hermoso para morir!

(Cfr. www.criteriaclub.es)

  Qué lugar más hermoso para morir


PRECIO
17,50 €


 

Dis sabe lo que nos hace falta mejor que nosotros mismos

(Cfr. www.almudi.org)



En la Audiencia general de este miércoles el Papa explicó a los peregrinos que a veces lo que quieren las personas no coincide con lo que Dios tiene planeado para ellas

Texto de la catequesis del Papa en español

Queridos hermanos y hermanas:
El personaje bíblico de Judit nos muestra a una mujer llena de fe y de valor, capaz de orientar a los hombres y mujeres de su tiempo, que se enfrentaban a una situación límite y desesperada, hacia la verdadera esperanza en Dios.
Ella nos enseña que, ante las situaciones difíciles y dolorosas, el camino a seguir es el de la confianza en Dios, y nos invita a recorrerlo con paz, oración y obediencia, haciendo también todo lo que esté en nuestra mano para superar estas situaciones, pero reconociendo siempre y en todo la voluntad del Señor.
Como ella, tenemos que mirar más allá de las cosas del aquí y el ahora, y descubrir que Dios es un Padre bueno que sabe todo lo que nos hace falta mejor que nosotros mismos. Nosotros podemos pedirle todo lo que necesitemos, pero siempre con la humildad necesaria para reconocer su voluntad y entrar en sus designios, aunque a veces no coincidan con los nuestros, pues él es el único que con su amor puede sacar vida incluso de la muerte, conceder paz en la enfermedad, serenidad en la soledad y el consuelo en el llanto.
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. Hoy celebramos la fiesta de la Conversión de san Pablo y se concluye la semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, los invito a todos a que, conscientes de que el amor de Cristo nos apremia, no dejen nunca de rezar para que los cristianos trabajemos, con respeto fraterno y caridad activa, por llegar a la tan deseada unidad.
Que Dios los bendiga.

Texto completo de la catequesis del Papa traducida al español

Entre las figuras de mujer que el Antiguo Testamento nos presenta, sobresale la de una gran heroína del pueblo: Judit. El Libro bíblico que lleva su nombre narra la imponente campaña militar del rey Nabucodonosor, el cual, reinando en Nínive, extiende los confines del imperio derrotando y esclavizando a todos los pueblos del entorno. El lector comprende que se halla ante un grande, invencible enemigo que está sembrando muerte y destrucción y que llega hasta la Tierra Prometida, poniendo en peligro la vida de los hijos de Israel.
De hecho, el ejército de Nabucodonosor, bajo la guía del general Holofernes, pone en asedio a una ciudad de Judea, Betulia, cortando el abastecimiento de agua y debilitando así la resistencia de la población.
La situación se vuelve dramática, hasta el punto de que los habitantes de la ciudad se dirigen a los ancianos pidiendo rendirse a los enemigos. Las suyas son palabras desesperadas: «Ya no hay nadie que pueda auxiliarnos, porque Dios nos ha puesto en manos de esa gente para que desfallezcamos de sed ante sus ojos y seamos totalmente destruidos −llegaron a decir esto: “Dios nos ha vendido”; la desesperación era grande en aquella gente−. Llamadlos ahora mismo y entregad la ciudad como botín a Holofernes y a todo su ejército» (Jdt 7,25-26). El final parece ya inevitable, la capacidad de fiarse de Dios se ha agotado. La capacidad de fiarse de Dios se ha agotado. Y cuántas veces llegamos a situaciones de límite donde no sentimos tampoco la capacidad de tener confianza en el Señor. ¡Es una tentación fea! Y, paradójicamente, parece que, para huir a la muerte, no quede más que entregarse en manos de quien mata. Ellos saben que esos soldados entrarán a saquear la ciudad, llevarse a las mujeres como esclavas y luego matar a todos los demás. Esto es justo “el límite”.
Y ante tanta desesperación, el jefe del pueblo intenta proponer un atisbo de esperanza: resistir aún cinco días, esperando la intervención salvífica de Dios. Pero es una esperanza débil, que le hace concluir: «Si transcurridos esos días, no nos llega ningún auxilio, entonces obraré como decís» (7,31). Pobre hombre: estaba sin salida. Cinco días le conceden a Dios −y aquí está el pecado−; cinco días le dan a Dios para intervenir; cinco días de espera, pero ya con la perspectiva del fin. Conceden cinco días a Dios para salvarles, pero saben que no tienen confianza, esperan lo peor. En realidad, nadie del pueblo es ya capaz de esperar. Estaban desesperados.
En esa situación aparece en escena Judit. Viuda, mujer de gran belleza y sabiduría, le habla al pueblo con el lenguaje de la fe. Valiente, les echa en cara al pueblo: «Ahora ponéis a prueba al Señor todopoderoso […]. No, hermanos; no provoquéis la ira del Señor, nuestro Dios. Porque si él no quiere venir a ayudarnos en el término de cinco días, tiene poder para protegernos cuando él quiera o para destruirnos ante nuestros enemigos […]. Por tanto, invoquemos su ayuda, esperando pacientemente su salvación, y él nos escuchará si esa es su voluntad» (8,13.14-15.17). Es el lenguaje de la esperanza. Llamemos a las puertas del corazón de Dios, Él es Padre, Él puede salvarnos. Esta mujer, viuda, se arriesga a quedar mal ante los demás. Pero es valiente. Va adelante. Esta es una opinión mía: las mujeres son más valientes que los hombres [aplausos en el aula].
Y con la fuerza de un profeta, Judit arenga a los hombres de su pueblo para devolverles la confianza en Dios; con la mirada de un profeta, ve más allá del estrecho horizonte propuesto por los jefes y que el miedo hace aún más limitado. Dios actuará seguro −afirma−, mientras que la propuesta de los cinco días de espera es un modo para tentarlo y para evadir su voluntad. El Señor es Dios de salvación −y ella los cree así−, cualquier forma que tome. Es salvación liberar de los enemigos y hacer vivir, pero, en sus planes impenetrables, puede ser salvación también entregar a la muerte. Mujer de fe, ella lo sabe. Y ya conocemos el final, cómo acabó la historia: Dios salva.
Queridos hermanos y hermanas, no pongamos nunca condiciones a Dios y dejemos, en cambio que la esperanza venza nuestros temores. Fiarse de Dios quiere decir entrar en sus planes sin pretender nada, incluso aceptando que su salvación y su ayuda lleguen a nosotros de modo diverso a nuestras expectativas. Nosotros pedimos al Señor vida, salud, afectos, felicidad; y es justo hacerlo, pero conscientes de que Dios sabe sacar vida hasta de la muerte, que se puede experimentar la paz hasta en la enfermedad, y que puede haber serenidad también en la soledad y felicidad hasta en el llanto. No somos nosotros los que podemos enseñar a Dios lo que debe hacer, lo que necesitamos. Él lo sabe mejor que nosotros, y debemos fiarnos, porque sus caminos y sus pensamientos son diferentes a los nuestros.
El camino que Judit nos indica es el de la confianza, de la espera en la paz, de la oración y de la obediencia. Es el camino de la esperanza. Sin fáciles resignaciones, haciendo todo los que está en nuestras posibilidades, pero siempre permaneciendo en el surco de la voluntad del Señor, porque −lo sabemos− rezó tanto, habló tanto al pueblo y luego, valiente, se fue, buscó el modo de acercarse al jefe del ejército y consiguió cortarle la cabeza, degollarlo. Es valiente en la fe y en las obras. ¡Y siempre busca al Señor! Judit, de hecho, tiene su plan, lo realiza con éxito y lleva al pueblo a la victoria, pero siempre con la actitud de fe de quien todo lo acepta de manos de Dios, segura de su bondad.
Así, una mujer llena de fe y de valentía devuelve fuerza a su pueblo en peligro mortal y lo conduce por los caminos de la esperanza, indicándolos también a nosotros. Y nosotros, si hacemos un poco de memoria, cuántas veces hemos sentido palabras sabias, valientes, de personas humildes, de mujeres humildes que uno piensa que −sin despreciarlas− fuesen ignorantes… ¡Pero son palabras de la sabiduría de Dios! Las palabras de las abuelas… Cuántas veces las abuelas saben decir la palabra justa, la palabra de esperanza, porque tienen la experiencia de la vida, han sufrido tanto, se han fiado de Dios y el Señor nos hace el don de darnos el consejo de esperanza. Y, yendo por esos caminos, será alegría y luz pascual encomendarse al Señor con las palabras de Jesús: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). Y esa es la oración de la sabiduría, de la confianza y de la esperanza.

PELICULA DE LA SEMANA (27 Ene): Figuras ocultas

(Cfr. www.almudi.org)

  
Figuras ocultas

  • Drama
  • Público apropiado: Jóvenes
  • Valoración moral: Adecuada
  • Año: 2016
  • País: EE.UU.
  • Dirección: Theodore Melfi
 
 
Contenidos: ---
Reseña:
Mientras Estados Unidos competía contra Rusia por llevar al hombre al espacio, la NASA descubrió el talento oculto de un grupo de mujeres matemáticas afroamericanas que fueron los auténticos cerebros tras una de las mayores operaciones americanas de la historia. 
Basada en la increíble historia real de tres de estas mujeres, conocidas como las “ordenadores vivientes”, la película sigue a estas mujeres tan pronto comienzan a ascender junto a las grandes mentes pensantes de la NASA con la tarea de calcular el lanzamiento a la órbita del astronauta John Glenn y garantizar su regreso.
Dorothy Vaughn, Mary Jackson, y Katherine Johnson superaron cualquier limitación profesional, de raza o de género mientras su talento y deseo por alcanzar sus sueños las catapultó como verdaderas heroínas en la historia de los Estados Unidos.
Una de esas películas capaces de elevar el espíritu, que hacen pensar que todo es posible cuando uno se deja guiar por la divisa del trabajo bien hecho y de hacer lo correcto. La cinta sabe destacar a los personajes que habitualmente estarían en segundo plano, dejando precisamente en este lugar a los heroicos astronautas, incluido el mítico John Glenn, que en otros filmes habrían tenido un protagonismo absoluto, más en esa carrera contrarreloj con los soviéticos durante la guerra fría, por no quedarse atrás en la carrera espacial.
La película no cae en buenismos anacrónicos a la hora de describir a los personajes blancos de la NASA, grandes profesionales y capaces de detectar lo que es injusto, pero humanos e hijos de su tiempo. (Almudí JD). Decine21: AQUÍ

Meditación Domingo 4 t. o. (A)

(Cfr. www.almudi.org)

 
 
 
La pobreza de espíritu, o humildad, es el camino que nos conduce a la felicidad del reino de Dios: “bienventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”

«Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo:
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas que os precedieron» (Mateo 5,1-12).

1. “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”... Jesús proclama el modo de ser dichoso, feliz: «Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos» (Catecismo 1717).
 Lo que se declara bienaventurado son las personas y no las situaciones (que son malas). Ante el desánimo de toparse con el dolor, los ojos ven la cruz y al Señor, y llenos de confianza toman esa situación y la llevan con garbo, sin mandarlo todo a paseo y sin “quemarse”, llenos de esperanza. Hay ahí encerrado un misterio: la "obertura" del sermón de la montaña es una proclamación, una promesa, una llamada cordial a la felicidad que viene de Dios. Las bienaventuranzas son como un retrato del verdadero pueblo de Dios. Los pobres, entre los que podemos incluir a los que lloran, y a los humildes, son esta categoría de personas desvalidas, conscientes de que solos no pueden salir de su situación y que no quieren salir de ella a base del poder y la fuerza. Son aquellos que tienen a Dios por rey, según la expresión de las otras lecturas de hoy. Practicar la justicia es hacer la voluntad de Dios, que a menudo se contrapone a los deseos humanos, lo que provoca la persecución para los que quieren ser justos.

Bienaventurados los pobres en el espíritu… Nadie que se infla es pobre de espíritu; luego el humilde es el pobre de espíritu. El reino de los cielos está arriba, pero quien se humilla será ensalzado (Lc 14,11).
Los mansos poseerán la tierra, y dice S. Agustín: “Ya estás pensando en poseer la tierra. ¡Cuidado, no seas poseído por ella! La poseerás si eres manso; de lo contrario, serás poseído. Al escuchar el premio que se te propone: el poseer la tierra, no abras el saco de la avaricia, que te impulsa a poseerla ya ahora tú solo, excluido cualquier vecino. No te engañe el pensamiento. Poseerás verdaderamente la tierra cuando te adhieras a quien hizo el cielo y la tierra. En esto consiste el ser manso: en no poner resistencia a Dios, de manera que en lo bueno que haces sea él quien te agrade, no tú mismo; y en lo malo que sufras no te desagrade él, sino tú a ti mismo. No es poco agradarle a él, desagradándote a ti mismo, pues agradándote a ti le desagradarías a él”.
Dichosos los que lloran, porque serán consolados. El llanto significa la tarea; la consolación, la recompensa. La muerte de un familiar va de la mano del consuelo del nacimiento de un hijo, por ejemplo. Verdadero consuelo será aquel por el que se da lo que nunca se perderá ya.
Son cada una de las bienaventuranzas tarea y recompensa: Dichosos quienes tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Hay un alimento y bebida que sacia para siempre: Yo soy -dijo Jesús- el pan que ha bajado del cielo (Jn 6,41). He aquí el pan adecuado al que tiene hambre. Desea también la bebida correspondiente: En ti se halla la fuente de la vida (Sal 35,10).
Los "misericordiosos" son los que se ponen en la piel del otro y actúan en consecuencia: dan de comer al que tiene hambre, etc: Dichosos los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios: “«nadie verá a Dios y seguirá viviendo», porque el Padre es inasequible; pero su amor, su bondad hacia los hombres y su omnipotencia llegan hasta conceder a los que lo aman el privilegio de ver a Dios... porque lo que es imposible para los hombres es posible para Dios” (San Ireneo, haer.4,20,5; ver en Catecismo, 1722): “a ellos se les prometió la visión de Dios. Y no sin motivo, pues allí están los ojos con que se ve a Dios. Hablando de ellos dice el apóstol Pablo: Iluminados los ojos de vuestro corazón (Ef 1,18). Al presente, motivo a la debilidad, esos ojos son iluminados por la fe; luego, ya vigorosos, serán iluminados por la realidad misma” (S. Agustín). Los "limpios de corazón" son los que aman, viven la actitud contraria a lo que entendemos cuando hablamos de fariseísmo.
Hay que entender a "los que trabajan por la paz" como aquellos que trabajan positivamente por la paz, entendida como la plenitud de vida que Dios quiere para todos los hombres.
El resto del sermón de la montaña y todo el evangelio de Mateo irán concretando esta proclamación. Son palabras revolucionarias, un radical trueque de los valores en los que se inspira la mentalidad corriente: la de los tiempos de Jesús no menos que la de nuestros tiempos. Efectivamente, la gente ha creído siempre mucho en el dinero, en el poder en sus varias formas, en los placeres sensuales, en la victoria sobre el otro a cualquier precio, en el éxito y en el reconocimiento mundano. Se trata de “valores” que se sitúan, como aparece claramente, dentro del horizonte limitado de las realidades terrenas. Jesús rompe este círculo limitado y limitante: impulsa la visual sobre realidades que escapan a la comprobación de los sentidos, porque transcienden la materia y se colocan, más allá del tiempo en el ámbito de lo eterno. El habla de reino de los cielos, de tierra prometida, de filiación divina, de recompensa celeste, y en esta perspectiva afirma la preeminencia de la pobreza en espíritu, de la mansedumbre, de la pureza de corazón, del hambre de justicia, que se manifiesta no en la violencia, sino en soportar valientemente la persecución (Juan Pablo II).
Las bienaventuranzas no son otra cosa que la nueva realidad de los que han optado por Cristo. Algo que sucede después de haberse decidido por Jesús, lo que uno se va a encontrar en su vida después de dar un sí a Cristo. Ante las contrariedades, una voz le asegura: «No te desanimes. No eres ningún desgraciado. Todo lo contrario: eres un bienaventurado. Eres tú quien está construyendo el Reino y llegará un día en que esto aparezca con toda claridad». La perspectiva de futuro que Jesús introduce no es una evasión; es, sencillamente, la certeza que necesita el luchador de que su lucha no es una quimera, la certeza de que su lucha vale la pena porque efectivamente lleva a un término glorioso (J. Jeremias).

2. “Buscad al Señor los humildes, que cumplís sus mandamientos; buscad la justicia, buscad la moderación, quizá podáis ocultaros el día de la ira del Señor”. En medio de la niebla espiritual existente por aquel entonces en Israel, en el s. VII a.C. aparece una luz, un movimiento de restauración política y religiosa (reforma de Josías y promulgación del Deuteronomio). La gran catástrofe que se cierne sobre Jerusalén ("Día de la Ira") será una idea dominante del profeta. El hombre ha de rendir cuenta a Dios, y por eso invita a la penitencia y conversión mientras hay tiempo: "el pueblo despreciable" va a ser aniquilado y el "pueblo humilde" buscando la justicia busca a Dios: “Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor. El resto de Israel no cometerá maldades, ni dirá mentiras, ni se hallará en su boca una lengua embustera; pastarán y se tenderán sin sobresaltos”: el Resto de Israel, los que se escapan a la tentación de infidelidad a Dios, no sólo es algo que sucedió en la historia. En la persona de cada uno de nosotros se desarrolla el mismo drama. El amor de Dios manifestado en cada una de nuestras existencias es acogido y respondido en fidelidad por escasos sectores de nuestra persona.
 “El Señor hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos”. Son los indefensos: “dígase a una persona que se encuentra en algún aprieto: «Hay un varón poderoso que puede salvarte.» Al oír esto, sonríe, se alegra y recobra el ánimo. Pero si se le dice: «Dios te libra», se queda desesperanzado y como helado. ¡Te promete socorro un mortal, y te gozas; te lo promete el Inmortal, y te entristeces! ¡Ay de tales pensamientos!... Sólo en el Hijo del Hombre está la salvación; y en Él reside no porque sea Hijo del Hombre, sino porque es Hijo de Dios" (San Agustín). Cristo es el misterio, sacramento, “el Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos”. Dichoso el que espera en el Señor, su Dios. Y a lo largo de toda su actividad terrena, el Señor percibió de una manera espontánea y vital los sentimientos contenidos en este salmo.
“El Señor sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad”. De ese reinado se sigue una verdad consoladora: no estamos abandonados a nosotros mismos; las vicisitudes de nuestra vida no se hallan bajo el dominio del caos o del hado; los acontecimientos no representan una mera sucesión de actos sin sentido ni meta.

3. “Considerad vuestra llamada, hermanos”: palabras que “nos invitan a reflexionar sobre una dimensión fundamental de nuestra existencia: nuestra vida forma parte del designio amoroso de Dios. San Pablo es explícito a este respecto. Por tres veces, en la lectura de hoy, afirma que Dios ha elegido a cada uno de nosotros, de manera que somos en Cristo Jesús, el cual se ha convertido para nosotros en sabiduría, justicia, santificación y redención.
Este es, en efecto, el maravilloso mensaje de la fe: en los orígenes de nuestra vida hay un acto de amor de Dios, una elección eterna, libre y gratuita, mediante la cual, Él, al llamarnos a la existencia, ha hecho de cada uno de nosotros su interlocutor: “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios” (Gaudim et Spes,19).
Llucià Pou Sabaté

Homilía Domingo 4 t.o. (A)

(Cfr. www.almudi.org)

 


(Sof 2,3; 3,12-13) "Buscad al Señor todos los humildes de la tierra"
(1 Cor 1,26-31) "El que se gloría, gloríese en el Señor"
(Mt 5,1-12) "Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es muy grande en los cielos"

 
Homilía con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía en la parroquia de San José Cafasso (1-II-1981)

--- La vida eterna, base de las bienaventuranzas
“Dichosos vosotros...” (Mt. 5,11). Con estas palabras, que acabamos de escuchar, deseo saludaros a todos.
“Dichosos vosotros...”. Son las palabras del “sermón de la montaña”, con las que Jesús trató de delinear la esencia de su mensaje. Algunos han calificado como la “carta magna” del Reino de Cristo. Son palabras revolucionarias, porque proponen un radical trueque de los valores, en los que se inspira la mentalidad corriente: la de los tiempos de Jesús no menos que la de nuestros tiempos. Efectivamente, la gente ha creído siempre mucho en el dinero, en el poder en sus varias formas, en los placeres sensuales, en la victoria sobre el otro a cualquier precio, en el éxito y en el reconocimiento mundano. Se trata de “valores” que se sitúan, como aparece claramente, dentro del horizonte limitado de las realidades terrenas.
Jesús rompe este círculo limitado y limitante: impulsa la visual sobre realidades que escapan a la comprobación de los sentidos, porque transcienden la materia y se colocan, más allá del tiempo en el ámbito de lo eterno. El habla de “reino de los cielos”, de “tierra prometida”, de “filiación divina”, de “recompensa celeste”, y en esta perspectiva afirma la preeminencia de la “pobreza en espíritu”, de la “mansedumbre”, de la “pureza de corazón”, del “hambre de justicia”, que se manifiesta no en la violencia, sino en soportar valientemente la “persecución”.

--- Vocación cristiana
“Considerad vuestra llamada, hermanos”, nos ha repetido oportunamente San Pablo (1 Cor 1,26). Estas palabras nos invitan a reflexionar sobre una dimensión fundamental de nuestra existencia: nuestra vida forma parte del designio amoroso de Dios. San Pablo es explícito a este respecto. Por tres veces, en la lectura de hoy, afirma que “Dios ha elegido” a cada uno de nosotros, de manera que “somos en Cristo Jesús”, el cual “se ha convertido para nosotros en sabiduría, justicia, santificación y redención”(cfr. 1 Cor 1,27-30).
Este es, en efecto, el maravilloso mensaje de la fe: en los orígenes de nuestra vida hay un acto de amor de Dios, una elección eterna, libre y gratuita, mediante la cual, Él, al llamarnos a la existencia, ha hecho de cada uno de nosotros su interlocutor: “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios”(G et S,19).
Este diálogo, como es sabido, lo interrumpió el hombre con el pecado. Dios, en su misericordia, ha querido abrirlo de nuevo, dirigiéndose nuevamente a nosotros con la Palabra misma de su amor eterno, el Verbo consustancial, que, haciéndose hombre y muriendo por nosotros, nos ha puesto de nuevo en comunicación con el Padre. He aquí porqué San Pablo dice que estamos llamados “en  Cristo Jesús”: la esencia de la vocación cristiana está precisamente en “ser en Cristo”. Esto es obra de Dios mismo, es don de su amor y de su gracia. Por esto, justamente concluye San Pablo que cada uno de nosotros puede “gloriarse en el Señor”(cfr. 1 Cor 1,31).

--- Respuesta personal a Dios
Sin embargo, a la llamada de Dios debe corresponder, por nuestra parte, una respuesta adecuada. ¿Qué respuesta? La que tiene su raíz fundamental en el bautismo y que se hace consciente y responsable en el acto de fe personal, suscitado por la escucha de la Palabra, alimentado por la participación en los sacramentos, testimoniado por una vida que se inspira en las bienaventuranzas de Cristo y se extiende al cumplimiento generoso de sus mandamientos, entre los cuales el más grande es el mandamiento del amor.
En el ámbito de esta vocación común, que Dios dirige a cada uno de los hombres, destacan las vocaciones específicas, mediante las cuales Dios “elige” a cada una de las personas para una tarea particular.
“Dios ha elegido la flaqueza del mundo, nos recuerda San Pablo, para confundir a los fuertes”. En el designio misterioso de Dios, la acción renovadora de la gracia pasa a través de la debilidad humana: por esto, pasa, de modo particular, a través de estas situaciones de sufrimiento y abandono.
Al terminar esta meditación sobre la vocación cristiana quiero dirigiros dos deseos. El primero está tomado del profeta:
“Buscad al Señor los humildes, que cumplís sus mandamientos; buscad la justicia, buscad la moderación”(Sof.2,3)
Si os comprometéis a buscarla, como dice el Profeta o, mejor aún, como dice Cristo en el “sermón de la montaña”, entonces podrá realizarse en vosotros el segundo deseo: “Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo” (Mt. 5,12).
DP-25 1981

26 enero 2017

Opus Dei: encuentro de Monseñor Ocáriz con periodistas

El nuevo prelado del Opus Dei mantuvo un encuentro con profesionales de
la comunicación ayer por la tarde. Mons. Fernando Ocáriz dijo que se
encontraba “sereno y tranquilo” ante el nombramiento de prelado, con la
seguridad de que “si Dios ha querido esto, Él me dará la ayuda necesaria
para llevarlo adelante, a través de la oración de los fieles de la
prelatura y de tantos amigos”.

Catequesis en español del Papa Francisco 25/01/2017 HD

Al celebrar la Audiencia General de este miércoles 25 de enero – en el
Aula Pablo VI de la Ciudad del Vaticano, y en la que participaron varios
miles de fieles y peregrinos procedentes de numerosos países – el Papa
Francisco prosiguió con su ciclo de catequesis sobre la esperanza
cristiana y se refirió al valor de una mujer que da esperanza a su
pueblo, ilustrando la figura bíblica de Judit.

Catequesis en español del Papa Francisco 25/01/2017 HD

Al celebrar la Audiencia General de este miércoles 25 de enero – en el
Aula Pablo VI de la Ciudad del Vaticano, y en la que participaron varios
miles de fieles y peregrinos procedentes de numerosos países – el Papa
Francisco prosiguió con su ciclo de catequesis sobre la esperanza
cristiana y se refirió al valor de una mujer que da esperanza a su
pueblo, ilustrando la figura bíblica de Judit.