Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

08 diciembre 2017

Homilía Domingo 2º Adviento (B)

(Cfr. www.almudi.org)

 

(Is 40,1-5.9-11) "Todo valle será rellenado y todo monte será allanado"
(2 Pe 3,8-14) "Un día delante es como mil años"
(Mc 1,1-8) "He aquí que yo envío mi ángel delante de ti"

Homilía con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Redención

“La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan” (Sal 84/85,11).
Adviento quiere decir “venida” y quiere decir también “encuentro”. Dios, que viene, se acerca al hombre, para que el hombre se encuentre con Él y sea fiel a este encuentro. Para que permanezca en él, hasta el fin.
En la liturgia de hoy habla primero Isaías, Profeta del gran adviento. Su mensaje es hoy gozoso, lleno de confianza: “Consolad, consolad a mi pueblo ‑dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén y decidle bien alto que ya ha cumplido su milicia, ya ha satisfecho por su culpa, pues ha recibido de mano de Yahveh castigo doble por todos sus pecados.
Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión; clama con voz poderosa, alegre mensajero para Jerusalén, clama sin miedo. Di a las ciudades de Judá: «Ahí está vuestro Dios» (Is 40,1-2.9-11).
Ahí viene el Señor Yahveh con poder, y su brazo lo sojuzga todo. Ved que su salario le acompaña, y su paga le precede.
Como pastor pastorea su rebaño: recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las paridas”.
Al mismo tiempo que este mensaje, tenemos la llamada a “preparar” y “allanar” el camino, la misma que hará suya, en las riberas del Jordán, Juan Bautista, último Profeta de la venida del Señor. En síntesis, Isaías afirma: El Señor viene... como Pastor; es preciso crear las condiciones necesarias para el encuentro con Él. Es necesario preparase.
“Una voz clama: En el desierto abrid camino a Yahveh, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios.
Que todo valle sea elevado, y todo monte y cerro rebajado; que lo torcido se enderece, y lo escabroso se iguale.
Se revelará la gloria de Yahveh, y toda criatura a una la verá. Pues la boca de Yahveh ha hablado” (Is 40,3-5).
Aceptemos, pues, con alegría, tanto la buena noticia como los deberes que ella pone ante nosotros. Dios quiere estar con nosotros; viene como dominador, “su brazo domina”, pero, sobre todo, viene como Pastor, y como tal, “apacienta el rebaño, su mano lo reúne. Lleva en brazos los corderos, cuida de las madres” (Is 40,11).
Estamos aquí para fortalecernos en nuestra alegría y en nuestra esperanza y, a la vez, para que podamos siempre de nuevo, llevados por la convicción acerca de la presencia de Dios en nuestros caminos, prepararle el sendero, removiendo de Él todo lo que hace difícil e incluso no digáis que Dios se ha dado prisa o que tarda.
Y luego escuchamos: “No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión” (2P 3,9).
Así, pues, de modo inesperado se nos pone delante la imagen de Dios Pedagogo, de ese Pastor al que conocemos bien, que espera pacientemente a todos los que todavía no han cogido la pala y no han comenzado a “preparar” y “allanar” sus caminos; que han permanecido sordos al grito gozoso: “Mirad a vuestro Dios... Mirad: Dios, el Señor, viene”.
Este tiempo nuestro humano, vivido de modo humano, con su contenido y su sustancia, que nosotros realizamos, continúa gracias a la paciencia de Dios. Así, lo que alguno puede parecer como falta de cumplimiento de la promesa por parte de Dios es, en cambio, el misericordioso don que Él hace al hombre.

El pecado
 
Sin embargo, es cierto que “el día del Señor” vendrá, y vendrá inesperadamente; será una sorpresa para cada uno de los hombres. Por esto, el problema de la “conversión”, el problema del “encuentro”, y de “estar con Dios” es cuestión de cada día; porque cada día puede ser para cada hombre, para mí, “el día del Señor”. Debemos hacernos, pues, la pregunta de Pedro: ¿Cómo debemos ser nosotros en la santidad de la conducta, y en la piedad, esperando y acelerando la venida del día de Dios? (cf. 2Pe 3,11-12).
La perspectiva escatológica del Apóstol: “un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia” (2Pe 3,13) habla del encuentro definitivo del Creador con la creación en el reino del siglo venidero, para el cual debe madurar cada hombre mediante el adviento interior de la fe, esperanza y caridad.
El testigo de esta verdad es Juan Bautista, que en la región del Jordán predica “que se bautizaran, para que se perdonasen los pecados” (Mc 1,4). Se cumplen así las palabras de la primera lectura del libro de Isaías. Efectivamente, Juan predicaba: “Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme a desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero Él os bautizará con Espíritu Santo” (Mc 1,7-8).
Juan distingue claramente el “adviento de preparación” del “adviento del encuentro”. El adviento de encuentro es obra del Espíritu Santo, es el bautismo del Espíritu Santo. Es Dios mismo que va al encuentro del hombre; quiere encontrarlo en el corazón mismo de su humanidad, confirmando así esta humanidad como imagen eterna de Dios y, al mismo tiempo, haciéndola “nueva”.
Las palabras de Juan sobre el Mesías, sobre Cristo: “Él os bautizará con Espíritu Santo” alcanza la raíz misma del encuentro del hombre con Dios viviente, encuentro que se realiza en Jesucristo y se inscribe en el proceso de la espera de los nuevos cielos y de la nueva tierra, en que habite la justicia: adviento del “mundo futuro”. En Él, en Cristo, Dios ha asumido la figura concreta del Pastor anunciado por los Profetas, y al mismo tiempo se ha convertido en el Cordero que quita el pecado del mundo; por esto, se mezcló con la muchedumbre que seguía a Juan, para recibir de sus manos el bautismo de penitencia y hacerse solidario con cada hombre, para transmitirle luego, a su vez, el Espíritu Santo, esa potencia divina que nos hace capaces de liberarnos de los pecados y de cooperar a la preparación y a la venida “de los nuevos cielos y de la nueva tierra”.
“La espera de una nueva tierra -enseña el Concilio Vaticano II- no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar una vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios” (Gaudium et Spes 39).
Escuchemos la Palabra de Dios con la convicción de que ella, cuando es escuchada por el hombre, tiene la potencia del “Adviento” y, por lo tanto, la capacidad de transformar y renovar. Entonces digamos desde lo profundo del corazón las palabras del Salmista: “Voy a escuchar lo que dice el Señor: Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos. La salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra” (Sal 84/85,9-10).

Confesión para vivir bien el adviento
 
Digamos con alegría estas palabras, que ellas infunden en nuestros corazones la nueva esperanza y la nueva fuerza, porque anuncian que la gloria de Dios habitará en le tierra, que la salvación está cerca de los que le buscan. Dios anuncia la paz, y hace posible los tiempos de la fidelidad y de la justicia.
“Hablad al corazón de Jerusalén” (Is 40,2).
¡Preparad el camino del Señor! ¡Enderezad sus senderos! Que esto se realice en el sacramento de la reconciliación en la humilde y confiada confesión del Adviento, a fin de que ante el recuerdo de la primera venida de Cristo, que es la Navidad, y a la vez en la perspectiva escatológica de su Adviento definitivo, el pecado quede eliminado y expiado, para que la Iglesia pueda proclamar a cada uno de vosotros que ha terminado la esclavitud, y que el Señor Dios viene con fuerza

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