Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

10 agosto 2017

Hom Domingo 19 t.o. (A)

(Cfr. www.almudi.org)

 

(1 Re 19,9a.11-13a) "¡El Señor va a pasar!"
(Rm 9,1-5) "Suyos son los patriarcas, de quienes, según la carne, nació el Mesías"
(Mt 14,22-33) "Realmente eres Hijo de Dios"

Buscar a Dios
La Primera lectura de la Misa nos presenta al Profeta Elías que, cansado y desalentado por muchas tribulaciones, se refugió en una gruta del Horeb, el monte santo, donde Dios se manifestó a Moisés. Allí recibió esta indicación: "sal y aguarda al Señor. Y pasó un viento huracanado, que agrietaba los montes y rompía los peñascos, y después hubo un terremoto y fuego. Pero Dios no estaba ni en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego. Llegó después un viento suave, como un susurro", y se manifestó el Señor de esta forma, expresando así su misteriosa espiritualidad y su delicada bondad con el hombre débil. Elías se sintió reconfortado para la nueva misión que el Señor quería que llevara a cabo.

El Evangelio nos relata una de las tempestades que sufrieron los Apóstoles sin que Jesús estuviera con ellos en la barca. Tuvo lugar después de la multiplicación de los panes y de los peces. El Señor les mandó que embarcaran y se dirigieran a la otra orilla del lago, mientras Él despedía a las gentes, pues se había hecho tarde. Jesús, desde lo alto de un monte donde está recogido en oración, no olvida a sus discípulos. Se ha levantado un viento fuerte en contra, y el Señor ve cómo luchan contra el oleaje y contra el viento para llegar donde Él les ha indicado. Terminada su oración, se dispone a ayudarles.

En la cuarta vigilia de la noche, al amanecer, Jesús se acercó a la barca, que estaba batida por las olas y en peligro de zozobrar. El Evangelio nos señala que los discípulos pasaron miedo al ver a Jesús andando sobre las aguas revueltas, creyendo que era un fantasma. Y San Marcos, que recoge los recuerdos inolvidables de San Pedro, nos ha dejado escrito que Jesús hizo ademán de pasar de largo. Todos comenzaron a gritar. Entonces Jesús se acercó un poco más y les dijo: Tened confianza, soy Yo, no temáis. Eran palabras consoladoras, que también nosotros hemos oído muchas veces de formas diferentes en la intimidad del corazón, ante sucesos que nos han podido desconcertar y en situaciones difíciles y apuradas. 

Luchar
Si nuestra vida es el cumplimiento de lo que Dios quiere de nosotros -como Elías, que se encaminó al monte Horeb por mandato de Dios, como los Apóstoles, que cumplen lo que Jesús les ha dicho, aunque el viento les era contrario-, nunca nos faltará la ayuda divina. En la debilidad, en la fatiga, en las situaciones más apuradas, Jesús nunca falló a sus amigos. Y si nosotros no tenemos otro fin en la vida que buscar su amistad y servirle, ¿cómo nos va a abandonar cuando el viento de las tentaciones, del cansancio, de las dificultades en el apostolado nos sea contrario? Él no pasa de largo.

Cuando los Apóstoles oyeron a Jesús se llenaron de paz. Entonces, Pedro dirigió a Jesús una petición llena de audacia y de valentía: "Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas". Y el Maestro, que se encontraba todavía a unos metros de la barca, le contestó: "Ven". Pedro tuvo mucha fe, y cambió la seguridad de la barca por la confianza en las palabras del Señor: bajando de la barca, comenzó a andar sobre las aguas hacia Jesús. Fueron unos momentos impresionantes de firmeza y amor.

Pero Pedro dejó de mirar a Jesús y se fijó más en las dificultades que le rodeaban, y al ver que el viento era tan fuerte se atemorizó. Olvidó por un momento que la fuerza que le sostenía en medio del agua no dependía de las circunstancias, sino de la voluntad del Señor, que domina el cielo y la tierra, la vida y la muerte, la naturaleza, los vientos, el mar... Pedro comenzó a hundirse, no por el estado de la mar, sino por la falta de confianza en Quien todo lo puede. Y gritó a Jesús: ¡Señor sálvame! Y enseguida, Jesús, extendiendo la mano, lo sostuvo y le dijo: "Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?" Cristo es el asidero firme al que debemos agarrarnos en momentos de debilidad o de cansancio, cuando veamos que nos hundimos. ¡Señor sálvame!, le diremos con fuerza en nuestra oración.

A veces el cristiano deja de mirar a Jesús y se fija en otras cosas que alejan de Dios y le ponen en peligro de perder fe en su vida de fe y de hundirse, si no reacciona con prontitud. Desde el momento que alguien comience a no ver clara su fe o la vocación recibida de Dios, “que se examine con lealtad. No dejará de descubrir que desde algún tiempo su vida de piedad está un tanto relajada, la oración es más rara o menos atenta, y es menos exigente consigo mismo. ¿No renueva un pecado cuya gravedad se oculta a sí mismo deliberadamente? De seguro que ya no reprime con la misma energía sus pasiones, si es que no consiente con complacencia en alguna de ellas. Un resentimiento que se fomenta contra otro, una cuestión de interés en que nuestra honradez no es total, una amistad demasiado absorbente, o sencillamente el despertar de bajos instintos que no se rechazan con bastante prontitud, no hace falta más para que se levanten nubes entre Dios y nosotros. Y la fe se oscurece” (Chevrot). Cabe el peligro entonces de achacar esta situación culpable a las circunstancias externas, cuando el mal está más bien en el propio corazón.

Dios no nos abandona
Para salir a flote, Pedro sólo tuvo que asir la fuerte mano del Señor, su Amigo y su Dios. Aunque poco, algo tuvo que poner el discípulo de su parte. Es la colaboración de la buena voluntad que siempre nos pide Dios. “Cuando Dios Nuestro Señor concede a los hombres su gracia, cuando les llama con una vocación específica, es como si les tendiera una mano, una mano paterna llena de fortaleza, repleta sobre todo de amor, porque nos busca uno a uno, como a hijas e hijos suyos, y porque conoce nuestra debilidad. Espera el Señor que hagamos el esfuerzo de coger su mano, esa mano que Él nos acerca: Dios nos pide un esfuerzo, prueba de nuestra libertad” (Es Cristo que pasa n. 17).

Ese pequeño esfuerzo que el Señor pide a sus discípulos de todos los tiempos para sacarlos a flote de una mala situación puede ser muy diverso: intensificar la oración; ser más sinceros y dóciles en la dirección espiritual; remover una mala ocasión; obedecer con prontitud y docilidad de corazón; poner, junto a la oración, unos medios humanos que están a nuestro alcance, aunque sean muy pequeños “Reza seguro con el Salmista: ‘¡Señor, Tú eres mi refugio y mi fortaleza, confío en Ti!’ ... Te garantizo que Él te preservará de las insidias del "demonio meridiano" ‑en las tentaciones y... ¡en las caídas!‑, cuando la edad y las virtudes tendrían que ser maduras, cuando deberías saber de memoria que sólo Él es la Fortaleza” (Forja, n.307).

El Señor nos invita a salir de la comodidad de la seguridad de la orilla, y adentrarnos en un mundo de aventuras peligrosas. Él no nos abandona nunca, aunque por el ambiente externo parezca que estamos solos. Desde lo alto del monte nos ve, nos oye y nos envía a la aventura para que nos curtamos en la lucha y así seamos más fuertes. No somos plantas de invernadero y Él no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas.

Grande es la fe de Pedro. Cambia la seguridad de la barca por la que da aquella voz, e hizo lo inaudito: andar sobre las aguas. Podría parecer un sueño. Sin embargo, esa primera fe al contemplar las olas y el viento se empequeñece. Se preocupa de las dificultades y se olvida de lo que le mantenía a flote: la palabra de Dios. Es Dios quien, hoy día, nos mantiene para que vivamos como hijos suyos en medio de un ambiente que no es cristiano. La condición es siempre la misma: mirar a Cristo más que a las dificultades.

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