Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

07 julio 2017

Meditación Domingo 14º t.o. (A)

(Cfr. www.almudi.org)

 
 
 
Jesús se entusiasma con los sencillos, que se abren a la verdad del Evangelio
“En aquel tiempo, Jesús exclamó: Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla.Sí, Padre, así te ha parecido mejor.Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar.Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré.Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso.Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. (Mateo 11,25-30)

1. “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla". El que pronuncia estas palabras es Jesús, el anunciado por los profetas, el deseado por las naciones, el Mesías, el Hijo de Dios.
¿De qué "cosas" habla Jesús? Habla de la semilla y del sembrador, de la tierra buena y de la tierra mala, de los pájaros del cielo y de los lirios del campo, de los pescadores y de los peces del mar; de la casa, de los remiendos, de la sal y de la levadura, de la luz y de la moneda perdida, del jornal y de la contribución... Jesús habla de las cosas del pueblo. Pero Jesús habla de todas estas cosas y de muchas más, hablando siempre del Reino de Dios.
Jesús es el enviado de Dios a la tierra de los hombres. Los sencillos lo entienden y lo escuchan, le siguen. Hasta los guardias que fueron un día a prenderle, volvieron sin el, y decían: "Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre". Y los fariseos respondieron: "¿Vosotros también os habéis dejado embaucar? ¿Acaso ha creído en él algún magistrado o algún fariseo? Pero esa gente que no conoce la ley son unos malditos" (Jn 7,46-48).
En efecto, los magistrados y los fariseos, los sabios y los entendidos, los que sabían leyes y teologías no escucharon la palabra de Dios. Pero Jesús bendecía a los que ellos maldecían y daba gracias al Padre "porque ha escondido estas cosas a los sabios y las ha revelado a los humildes". Jesús, al decir "estas cosas", se refiere a toda su predicación del reinado de Dios. Los "sabios y prudentes" son las personas cultas y mejor formadas, de las que cabría esperar una mejor comprensión del evangelio, pero que encuentran en su autosuficiencia el mayor obstáculo. Creen saberlo todo de las ciencias humanas y divinas; por eso Dios confunde su sabiduría (cfr. Is 29, 14; I Cor 1, 19). Sabios y prudentes eran en aquel tiempo los escribas y fariseos que rechazaron a Jesús con toda su alma. Por el contrario, la "gente sencilla" son los que llama Jesús "pobres" en sus bienaventuranzas (Lc 6, 20; Mt 5, 3). Son hombres que no tienen ni bienes ni cultura; son todos aquellos que entonces parecían los últimos, porque no sabían interpretar la Ley y no conocían los preceptos, y por ello eran despreciados por los fariseos y los escribas en Jerusalén.
El Evangelio es una palabra de vida y para la vida. Para escuchar el Evangelio y para comprenderlo hace falta perder el miedo a las exigencias del amor y no tener nada que defender. Lo que Jesús quiere decir en el Evangelio pueden entenderlo todos y lo entienden casi siempre mejor los humildes, los sencillos. En ellos vive el espíritu de Cristo (Eucaristía 1972). Esos pobres tienen un espíritu abierto, un espíritu que no está obstruido con mil teorías; y Dios los ha elegido como destinatarios de su revelación. En esos pobres ve Jesús los planes de Dios y los acepta con entusiasmo. Lucas nos dice que "en aquel momento se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo..." La exclamación gozosa de Jesús y su alabanza al Padre está animada por el mismo Espíritu de Dios.
Precisamente porque él -y nadie más que él- conoce las intenciones del Padre, puede pronunciar esta frase solemne y soberana: «Todo me lo ha entregado mi Padre». La consecuencia es que nadie sino el Hijo conoce a fondo al Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre: esta declaración levanta el velo del misterio trinitario; y la comunicación de los sentimientos del Hijo a los hombres, que viene a continuación, remite al Espíritu Santo, que pone en nuestros corazones los sentimientos de ambos, del Padre y del Hijo, algo que la segunda lectura subrayará expresamente. Al poder contemplar esa íntima relación recíproca que existe entre Padre e Hijo, descubrimos aún algo decisivo: que el Hijo no es un mero ejecutor de las órdenes del Padre, sino que tiene, como Dios que es, su propia voluntad soberana: él revela al Padre y se revela a sí mismo sólo a los que ha elegido para ello. La parte final del evangelio nos dice quiénes son estos elegidos.
Los cansados y agobiados encontrarán alivio: están invitados todos los cansados, agobiados u oprimidos por la razón que sea; sólo a ellos se les promete alivio, descanso (los que no están cansados no tienen necesidad de él). Y ahora viene la paradoja: los que vienen a Jesús llevan «cargas pesadas», pero el «yugo» de Jesús es «llevadero» y «su carga ligera». Sin embargo, su carga, la cruz, es la más pesada que hay. Y no se puede decir que la cruz sólo sea pesada para él, y no para los que la llevan con él. La solución se encuentra en la actitud de Jesús, que se designa en el evangelio como «manso y humilde de corazón», que no gime bajo las cargas que se le imponen, no se queja, no protesta, no mide ni compara sus fuerzas. «Aprended de mí», y enseguida experimentaréis que vuestra pesada carga se torna «ligera». No en vano, en la primera lectura, el Mesías viene cabalgando en un asno, en una bestia de carga tan humilde como él. Y no en vano, en la segunda lectura, se nos insta a tener en nosotros el «Espíritu de Dios» (el Padre) y el «Espíritu de Cristo», y a dejarnos determinar por él (von Balthasar).
Para alcanzar de Dios la sabiduría hay que hacerse como niños. Y ser como niños es vivir confiadamente en Dios. El niño se siente débil pero se siente confiado en los brazos de su padre. Su alma y su mente están abiertas y sin prejuicios ante la voz de su padre."Hacernos niños: renunciar a la soberbia, a la autosuficiencia; reconocer que nosotros solos nada podemos, porque necesitamos de la gracia, del poder de nuestro Padre Dios para aprender a caminar y para perseverar en el camino. Ser pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños, pedir como piden los niños" (san J. Escrivá, Es Cristo que pasa 143).
Consecuencia directa de la vida de infancia es la sencillez. El alma no se enreda, ni se complica inútilmente por dentro; no busca lo extraordinario: hace lo de todos, pero procura hacerlo bien, cara a Dios. Habla con claridad: no se expresa con medias verdades, ni con medias mentiras. No es ingenua ni suspicaz.
Jesús viene a librar a los hombres de sus cargas más pesadas, echándolas sobre Sí mismo: "Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y Yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera".Junto a Cristo se vuelven amables todas las fatigas, todo lo que podría ser más costoso en el cumplimiento de la voluntad de Dios. El sacrificio junto a Cristo no es áspero y rebelde, sino gustoso. Él llevó nuestros dolores y nuestras cargas más pesadas. El Evangelio es una continua muestra de su preocupación por todos: “en todas partes ha dejado ejemplo de su misericordia” (San Gregorio Magno).
Liberar a los demás de lo que pesa, como haría Cristo en nuestro lugar. A veces consistirá en prestar un pequeño servicio, en dar una palabra de ánimo y de aliento, en ayudar a que esa persona mire al Maestro y adquiera un sentido más positivo de su situación, en la que quizá se encuentre agobiada por hallarse sola.
El amor descubre en los demás la imagen divina, a cuya semejanza hemos sido hechos; en todos reconocemos el precio sin medida que ha costado su rescate: la misma Sangre de Cristo. Cuanto más intensa es la caridad, en mayor estima se tiene al prójimo y, en consecuencia, crece la solicitud ante sus necesidades y penas. No sólo vemos a quien sufre o pasa un apuro, sino también a Cristo, que se ha identificado con todos los hombres: "en verdad os digo, cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a Mí lo hicisteis" (Mt 25,40). Cristo se hace presente en nosotros en la caridad. Él actúa constantemente en el mundo a través de los miembros de su Cuerpo Místico. Por eso, la unión vital con Jesús nos permite también a nosotros decir: "venid a Mí todos los fatigados y agobiados, y Yo os aliviaré”. La caridad es la realización del Reino de Dios en el mundo (F. Fernández Carvajal).
“Cualquiera otra carga tiene peso, pero la de Cristo tiene alas. Si a un pájaro le quitas las alas, parece que le alivias del peso, pero cuanto más le quites este peso, tanto más le atas a la tierra. Ves en el suelo al que quisiste aliviar de un peso; restitúyele el peso de sus alas y verás como vuela” (S. Agustín, Sermo, 126).

2. “Así dice el Señor: Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso, modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica”. El mesías entra en Jerusalén mansamente. A diferencia de los conquistadores, que cabalgan en briosos corceles, el Mesías hace su entrada sobre un humilde asno, que es la cabalgadura tradicional de los campe- sinos y de los habitantes pacíficos. Y es que su reinado es de amor y justicia: “dictará la paz a las naciones”.
No estamos a la merced de fuerzas oscuras, ni estamos solos con nuestra libertad, sino que hemos sido confiados a la acción del Señor poderoso y amoroso, que instaurará para nosotros un designio, un «reino» de piedad, ternura, bondad, de gracia, de justicia, como confirma el salmo de alabanza: “Te ensalzaré, Dios mío, mi rey, bendeciré tu nombre por siempre jamás.Día tras día te bendeciré  y alabaré tu nombre por siempre jamás. El Señor es clemente y misericordioso,lento a la cólera y rico en piedad;  el Señor es bueno con todos,es cariñoso con todas sus criaturas”. Comenta San Pedro Crisólogo: «"Grandes son las obras del Señor", pero más grande aún es su misericordia».
3. Dirá san Pablo: “Vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por el mismo Espíritu que habita en vosotros”. Es la vida a un nivel superior, en espíritu de amor: dejarse conducir por Dios… No se trata tanto de dividir a los hombres en buenos y malos, sino ver en nosotros una ley baja (de la carne, egoísta) y una ley alta (de amor, del Espíritu): “por tanto, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis”. El hombre carnal gime bajo su carga; nosotros, por el contrario, «estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente», pues la carne conduce a la muerte, sino que podemos alegrarnos, por el Espíritu que habita en nosotros, el Espíritu del amor entre Padre e Hijo, de que el Hijo nos permita llevar con él parte de su yugo, de su cruz. Así se nos concederá en el Espíritu el descanso y la paz de Dios.
Llucià Pou Sabaté

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