Entrevista al Santo Padre antes de su visita, en este Jueves Santo, a los reclusos de Paliano (Frosinone) 

El Papa Francisco va esta tarde a la Casa de Reclusión de Paliano (Frosinone) para celebrar la Misa in Cœna Domini con el rito del lavatorio de pies a algunos reos. La visita a los presos es ocasión para una reflexión más amplia que Francisco acepta hacer con la Repubblica sobre una misión que la Iglesia no puede eludir.
¿Cómo está viviendo Francisco esta vigilia de Pascua caracterizada por un escenario mundial de alta tensión?
Solo se me ocurre pedir con más fuerza la paz para este mundo sometido a los traficantes de armas que ganan con la sangre de los hombres y de las mujeres.
Santo Padre, también este jueves santo irá a la cárcel. ¿Por qué?
El texto evangélico del juicio universal dice: Fui prisionero y vinisteis a verme. Ahí está, el mandato de Jesús vale para cada uno de nosotros, pero sobre todo para el obispo, que es el padre de todos.
Usted ha dicho muchas veces que se siente pecador como los presos. ¿En qué sentido?
Algunos dicen: soy culpable. Yo respondo con la palabra de Jesús: quien no sea culpable que tire la primera piedra. Mirémonos dentro y procuremos ver nuestras culpas. Entonces, el corazón se volverá más humano.
¿Eso es lo que deben hacer los pastores, estar al servicio de todos?
Como sacerdotes y como obispos debemos siempre estar al servicio. Como dije en la visita a la cárcel donde fue el primer jueves santo tras la elección: es un deber que me viene del corazón.
¿Quién le enseñó esto, que ya es una tradición?
Mucho me enseñó el ejemplo de Agostino Casaroli, fallecido en 1998 después de haber sido Secretario de Estado vaticano y cardenal. Como sacerdote realizó durante años apostolado en la cárcel de menores de Casal del Marmo. Todos los sábados por la tarde desaparecía: “Está descansando”, decían. Llegaba en autobús, con su bolsa de trabajo, y estaba confesando niños y jugando con ellos. Lo llamaban don Agostino, nadie sabía bien quién era. Cuando Juan XXIII lo recibió tras su primera visita a los Países del Este, en misión diplomática en plena Guerra Fría, al término del encuentro le preguntó: Dígame, ¿sigue yendo a esos niños? Sí, Santidad. Le pido un favor: no los abandone nunca. Esa fue la consigna dejada a Casaroli por el Papa Bueno, que murió meses después.
O sea que, según Usted, la Iglesia debe ante todo salir al encuentro de los descartados. ¿Esa es la acción principal que se le pide?
Yo creo que sí. Ir, hacerse próximo de los últimos, de los marginados, de los descartados. Cuando estoy delante de un preso, por ejemplo, me pregunto: ¿por qué él y no yo? ¿Merezco yo más que él que está allá dentro? ¿Por qué él ha caído y yo no? Es un misterio que me acerca a ellos.
En su entrevista a La Civiltà Cattolica, a la pregunta sobre quién era Jorge Mario Bergoglio, respondió: “Un pecador”. ¿Es así?
Me siento así, cierto. El lema de mi escudo es una frase de San Beda El Venerable a propósito de San Mateo: Dios le miró. Miserando atque eligendo: Lo miró con sentimiento de amor y lo eligió. Es más que un simple lema. Es mi estrella polar. Porque en ella está contenido el misterio de un Dios dispuesto a cargar sobre sí el mal del mundo con tal de demostrar su propio amor al ser humano.
El Evangelio está lleno de episodios donde Jesús se hace próximo a los que la sociedad descartaba.
Si consigo aunque solo sea a tocar su manto, será salvada, dice con gran fe la hemorroisa que siente dentro de sí que Jesús puede salvarla. Según los Evangelios era una mujer descartada por la sociedad, a la que Jesús da la salud y la libertad de las discriminaciones sociales y religiosas. Este caso hace pensar que el corazón de Jesús está siempre para ellos, para los excluidos, como esa mujer se percibía y representaba entonces.
Todavía hoy continúa en parte esa discriminación.
Todos estamos en guardia, también las comunidades cristianas, de visiones de la feminidad infestadas por prejuicios y sospechas lesivas de su intangible dignidad. En ese sentido, son precisamente los Evangelios los que recuperan la verdad y reconducen a un punto de vista liberador. Jesús admiró la fe de esa mujer que todos evitaban y transformó su esperanza en salvación.
Esa mujer se sentía excluida también a causa de su pecado.
Todos somos pecadores, pero Jesús nos perdona con su misericordia. La hemorroisa tenía miedo, no quería dejarse ver, pero cuando Jesús cruza su mirada no le regaña: la acoge con misericordia y ternura y busca el encuentro personal con ella, dándole dignidad. Esto vale para todos nosotros cuando nos sentimos descartados por nuestros pecados: hoy a todos el Señor dice: ¡Ánimo, ven! Ya no estás descartado, ni descartada: yo te perdono, yo te abrazo. Así es la misericordia de Dios. Debemos tener valentía e ir a él, pedir perdón por nuestros pecados y seguir adelante. Con valentía, como hizo esta mujer.
A menudo, quien se siente excluido se avergüenza.
Quien se siente descartado, como los leprosos o los sintecho, se avergüenza y, como la hemorroisa, hace las cosas a escondidas. Jesús, en cambio, nos pone de pie, nos da la dignidad. La que Jesús da es una salvación total, que reintegra la vida de la mujer en la esfera del amor de Dios y, al mismo tiempo, la restablece en su dignidad. Jesús indica así a la Iglesia el recorrido para salir al encuentro de cada persona, para que cada uno pueda ser curado en el cuerpo y en el espíritu y recuperar la dignidad de hijo de Dios.
Todavía en estos días las armas matan. ¿Qué piensa?
Pienso que hoy el pecado se manifiesta con toda su fuerza de destrucción en las guerras, en las diversas formas de violencia y maltrato, en el abandono de los más frágiles. Los que lo acaban pagando son siempre los últimos, los inermes. Me viene solo pedir con más fuerza la paz para este mundo sometido a los traficantes de armas que ganan con la sangre de los hombres y de las mujeres. Como dije también en el reciente mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, el siglo pasado fue devastado por dos guerras mundiales mortales, conoció la amenaza de la guerra nuclear y un gran número de otros conflictos, mientras que hoy, desgraciadamente estamos con una terrible guerra mundial a trozos. No es fácil saber si el mundo actualmente es más o menos violento de cuanto lo fue ayer, ni si los modernos medios de comunicación y la movilidad que caracteriza nuestra época nos harán más conscientes de la violencia o más adictos a ella.
¿Cuál es la finalidad, según Usted, de estas continuas guerras?
Yo también me lo pregunto siempre. ¿Para qué? ¿La violencia permite alcanzar objetivos de valor duradero? ¿Todo lo que obtiene no es acaso desencadenar represalias y espirales de conflictos letales que dan beneficio solo a pocos señores de la guerra? Lo he dicho muchas veces y lo repito: la violencia no es la cura para nuestro mundo herido. Responder a la violencia con violencia conduce, en el mejor de las hipótesis, a migraciones forzadas y a inmensos sufrimientos, porque gran cantidad de recursos se destina a fines militares y restadas a las exigencias diarias de los jóvenes, de las familias en dificultad, de los ancianos, de los enfermos, de la gran mayoría de los habitantes del mundo. En el peor de los casos puede llevar a la muerte, física y espiritual, de muchos, si es que no de todos.
¿Lleva a la cárcel un mensaje de paz y también de esperanza a pesar de todo?
A veces, una cierta hipocresía lleva a ver en los presos solo personas que se han equivocado, para las que la única vía es la de la cárcel. Pero, repito una vez más, todos tenemos la posibilidad de equivocarnos. Todos, de una manera u otra, hemos errado. Y la hipocresía hace que no se piense en la posibilidad de cambiar de vida: hay poca confianza en la rehabilitación, en la reinserción en la sociedad. Pero de ese modo se olvida que todos somos pecadores y, a menudo, somos también prisioneros sin darnos cuenta. Cuando se permanece encerrado en los propios prejuicios, o se es esclavo de los ídolos de un falso bienestar, cuando nos movemos dentro de esquemas ideológicos o se absolutizan leyes de mercado que aplastan a las personas, en realidad no se hace otra cosa que estar entre las estrechas paredes de la celda del individualismo y de la autosuficiencia, privados de la verdad que genera la libertad. Y señalar el dedo contra alguien que ha errado no puede ser una coartada para esconder las propias contradicciones.
Entrevista de Paolo Rodari, en repubblica.it.
Traducción de Luis Montoya.