Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

16 marzo 2017

Meditación Domingo 3 Cuaresma (A)

(Cfr. www.almudi.org)

 
Jesús es el agua viva, que con su Espíritu nos infunde para poder dar vida a los demás, por el amor 

En aquel tiempo, Jesús llega, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta.
Llega una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dice: «Dame de beber». Pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida. Le dice a la mujer samaritana: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva». Le dice la mujer: «Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le respondió: «Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna».
Le dice la mujer: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla». El le dice: «Vete, llama a tu marido y vuelve acá». Respondió la mujer: «No tengo marido». Jesús le dice: «Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad».
Le dice la mujer: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar». Jesús le dice: «Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad».
Le dice la mujer: «Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo explicará todo». Jesús le dice: «Yo soy, el que te está hablando».
En esto llegaron sus discípulos y se sorprendían de que hablara con una mujer. Pero nadie le dijo: «¿Qué quieres?», o «¿Qué hablas con ella?». La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?». Salieron de la ciudad e iban donde Él.
Entretanto, los discípulos le insistían diciendo: «Rabbí, come». Pero Él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que vosotros no sabéis». Los discípulos se decían unos a otros: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Les dice Jesús: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. ¿No decís vosotros: Cuatro meses más y llega la siega? Pues bien, yo os digo: Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega. Ya el segador recibe el salario, y recoge fruto para la vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador. Porque en esto resulta verdadero el refrán de que uno es el sembrador y otro el segador: yo os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga».
Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en Él por las palabras de la mujer que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Cuando llegaron donde Él los samaritanos, le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Y fueron muchos más los que creyeron por sus palabras, y decían a la mujer: «Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo» (Jn 4,5-42).


1. En el pozo de Jacob, con Jesús cansado al mediodía, vemos la imagen del agua como Vida. Un judío y una samaritana, dos concepciones de la religión (desde el s. V a.C. la escisión de Judea y Samaría era total: templos diferentes, versiones diferentes de la Torá...). Jesús remonta hacia lo alto y le habla a partir del agua natural de la que es Viva. Sube de nivel sus preocupaciones más internas, las que no se ven, las que se pronuncian cuando hay confianza, confidencia. «Dame de beber». Así Jesús va llevando la conversación. Ella pregunta por la auténtica religión, dónde adorar a Dios, y Jesús la lleva al auténtico Templo. El pozo de Jacob se relaciona con el pozo existente dentro del que bebe el agua que Jesús trae. Es un surtidor. «Su sed material —nos dice Juan Pablo II— es signo de una realidad mucho más profunda: manifiesta el ardiente deseo de que, tanto la mujer con la que habla como los demás samaritanos, se abran a la fe».
La mujer ha de salir del resentimiento por no cumplir la Torah (los 5 maridos coinciden con sus 5 libros), el paganismo (la unión actual con otro hombre) hacia una vida en "espíritu y verdad". Es "hacia el mediodía", la hora que Jesús dará a luz esta libertad (a esta misma hora hará sentar Pilato a Jesús en Jn 19. 13-14), la hora de la matanza de los corderos inocentes en el Templo, todo habla –como el domingo pasado- del Cordero glorificado en su misma muerte: "Yo soy, el que habla contigo". Jesús está construyendo un nuevo templo. Nuestro templo no estará en piedra, sino en nuestro corazón, es Cristo y nosotros con él.
El tema de hoy es el agua -enlace de las tres lecturas- que representa la fe, el Espíritu Santo que se nos da y con él nos da la gracia (como veremos en la segunda lectura), tema que retoma el prefacio, al invocar a Cristo, “quien, al pedir agua a la samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe, y si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer fue para encender en ella el fuego del amor divino”. Benedicto XVI habló de las grandes imágenes del Evangelio de san Juan: “el agua es un elemento primordial de la vida y, por ello, también uno de los símbolos originarios de la humanidad. El hombre la encuentra en distintas formas y, por tanto, con diversas interpretaciones”:
1) el manantial, agua fresca que brota de las entrañas de la tierra, origen, principio, pureza (elemento creador, símbolo de la fertilidad, de la maternidad).
2) el río (Nilo, Eufrates y Tigris, Jordán…) portador de vida, con su profundidad representa también el peligro de muerte al sumergirse, y el salir de ella puede simbolizar un renacer.
3) el mar como fuerza que causa admiración y que se contempla con asombro en su majestuosidad, opuesto a la tierra, temido; el mar Rojo fue símbolo de la salvación (y es imagen del bautismo de sangre de Jesús, de su pasión), y amenaza que resultó fatal para los egipcios. Este es el simbolismo del agua en la historia de las religiones. “El simbolismo del agua recorre el cuarto Evangelio de principio a fin”, desde la conversación con Nicodemo (capítulo 3, 5: renacer del agua y del Espíritu).
Encontramos hoy a Jesús junto al pozo de Jacob: el Señor promete a la Samaritana un agua que será, para quien beba de ella, fuente que salta para la vida eterna (cf. 4,14), de tal manera que quien la beba no volverá a tener sed. “Aquí, el simbolismo del pozo está relacionado con la historia salvífica de Israel”. Jacob había visto cómo subían y bajaban los ángeles de Dios en una escalera, signo de Jesús que une el cielo y tierra, como anuncia a Natanael que sus discípulos verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre Él (cf. 1,51). “Aquí, junto al pozo, encontramos a Jacob como el gran patriarca que, precisamente con el pozo, ha dado el agua, el elemento esencial para la vida. Pero el hombre tiene una sed mucho mayor aún, una sed que va más allá del agua del pozo, pues busca una vida que sobrepase el ámbito de lo biológico”. El agua se convierte en símbolo del Pneuma, de la verdadera fuerza vital que apaga la sed más profunda del hombre y le da la vida plena, que él espera aun sin conocerla. El hambre que tiene Jesús no es del pan corruptible que sació en el desierto, sino de esa Eucaristía que une el cielo y tierra.
La semana pasada veíamos la Transfiguración en la fiesta de las tiendas, y hoy vemos que el agua está ligada a esta fiesta, como revelan Jesús con ocasión de la fiesta de las Tiendas que nos relata Juan en 7, 37ss. «El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús en pie gritaba: "El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que beba"; como dice la Escritura: "De sus entrañas manarán torrentes de agua viva"...».
Jesús pregunta cosas y lo sabe todo, la samaritana tiene agua del pozo pero pide agua a Jesús, la que quita la sed del corazón. Lo que nos dice Jesús: «¡Si conocieras el don de Dios!», nos lleva a pedirle: “Señor, enséñame a conocer, a saber, a querer”...

2. En el desierto, “el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: -¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?” Y Moisés siguiendo la inspiración divina golpea la piedra y aparece agua, de modo que responde el Señor a la tentación del pueblo que pensaba: “¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?” El agua que brotó de la roca para los judíos durante su travesía del desierto, no obstante todas sus dudas y temores, es parte importante de la esperanza mesiánica: “Moisés había dado a Israel, durante la travesía del desierto, pan del cielo y agua de la roca. En consecuencia, también se esperaban del nuevo Moisés, del Mesías, estos dos dones básicos para la vida” (Ratzinger). El agua y la roca y el pan son Cristo, como dice S. Pablo «Todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebieron de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo» (1 Cor 10,3s).
Y el nuevo templo ya no será de piedra, pues con un amor «hasta el extremo», que ha pasado por la cruz –de donde surge sangre y agua salvadoras- y ahora está resucitado, Cristo vivo es el templo. Esa agua que mana del Gólgota discurre a través de la historia, de los tiempos, para que la tierra se purifique, se llene de vida verdadera.
"¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?" Sospecha en contraste con la fe de Abrahan que veíamos el domingo pasado, y el nombre dado al lugar recuerda la tentación ("Meribá"=riña, altercado o querella, y "Massa"=tentación). Beber esa agua es participar de la fuente: “el que beba el agua que yo le daré, el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4, 13-14). Queremos ser fieles, vivir la oración del salmo: “Venid, aclamemos al Señor,  demos vítores a la Roca que nos salva;  entremos a su presencia dándole gracias, vitoreándolo al son de instrumentos… bendiciendo al Señor, creador nuestro.  Porque él es nuestro Dios y nosotros su pueblo,  el rebaño que él guía.  Ojalá escuchéis hoy su voz:  «No endurezcáis el corazón como en Meribá,  como el día de Massá en el desierto,  cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras”. 

3. Lo más importante de la ley del Nuevo Testamento, en lo que consiste toda su fuerza, es la gracia del Espíritu Santo, que nos viene dada por la fe en Cristo: “ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo”. «Por la fe, el alma se une a Dios: pues por la fe el alma cristiana celebra como una especie de matrimonio con Dios: te desposaré conmigo en fe (Os 2, 20)» (Santo Tomás de Aquino). Es una ley escrita en nuestro corazón, que nos da fuerza para usar bien la libertad y crecer en el amor: “Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos; y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de los Hijos de Dios”. Es una esperanza con contenido, pues Dios mismo est´aen nosotros dándonos su amor: “La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”.
Es un misterio ese amor divino que se nos da por entero: “En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; -en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir-; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros”. La caridad es así vista como una participación de la infinita caridad que es el Espíritu Santo. Para que pueda decirse que una Persona divina ha sido enviada a una criatura hace falta que la persona se asemeje a la Persona divina enviada; «y puesto que el Espíritu Santo es el Amor, el alma es asimilada al Espíritu Santo por el don de la caridad: y de ahí que la misión del Espíritu Santo se considere en razón del don de caridad» (sigue diciendo el Aquinate). 
Llucià Pou Sabaté

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