Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

27 enero 2017

Dis sabe lo que nos hace falta mejor que nosotros mismos

(Cfr. www.almudi.org)



En la Audiencia general de este miércoles el Papa explicó a los peregrinos que a veces lo que quieren las personas no coincide con lo que Dios tiene planeado para ellas

Texto de la catequesis del Papa en español

Queridos hermanos y hermanas:
El personaje bíblico de Judit nos muestra a una mujer llena de fe y de valor, capaz de orientar a los hombres y mujeres de su tiempo, que se enfrentaban a una situación límite y desesperada, hacia la verdadera esperanza en Dios.
Ella nos enseña que, ante las situaciones difíciles y dolorosas, el camino a seguir es el de la confianza en Dios, y nos invita a recorrerlo con paz, oración y obediencia, haciendo también todo lo que esté en nuestra mano para superar estas situaciones, pero reconociendo siempre y en todo la voluntad del Señor.
Como ella, tenemos que mirar más allá de las cosas del aquí y el ahora, y descubrir que Dios es un Padre bueno que sabe todo lo que nos hace falta mejor que nosotros mismos. Nosotros podemos pedirle todo lo que necesitemos, pero siempre con la humildad necesaria para reconocer su voluntad y entrar en sus designios, aunque a veces no coincidan con los nuestros, pues él es el único que con su amor puede sacar vida incluso de la muerte, conceder paz en la enfermedad, serenidad en la soledad y el consuelo en el llanto.
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. Hoy celebramos la fiesta de la Conversión de san Pablo y se concluye la semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, los invito a todos a que, conscientes de que el amor de Cristo nos apremia, no dejen nunca de rezar para que los cristianos trabajemos, con respeto fraterno y caridad activa, por llegar a la tan deseada unidad.
Que Dios los bendiga.

Texto completo de la catequesis del Papa traducida al español

Entre las figuras de mujer que el Antiguo Testamento nos presenta, sobresale la de una gran heroína del pueblo: Judit. El Libro bíblico que lleva su nombre narra la imponente campaña militar del rey Nabucodonosor, el cual, reinando en Nínive, extiende los confines del imperio derrotando y esclavizando a todos los pueblos del entorno. El lector comprende que se halla ante un grande, invencible enemigo que está sembrando muerte y destrucción y que llega hasta la Tierra Prometida, poniendo en peligro la vida de los hijos de Israel.
De hecho, el ejército de Nabucodonosor, bajo la guía del general Holofernes, pone en asedio a una ciudad de Judea, Betulia, cortando el abastecimiento de agua y debilitando así la resistencia de la población.
La situación se vuelve dramática, hasta el punto de que los habitantes de la ciudad se dirigen a los ancianos pidiendo rendirse a los enemigos. Las suyas son palabras desesperadas: «Ya no hay nadie que pueda auxiliarnos, porque Dios nos ha puesto en manos de esa gente para que desfallezcamos de sed ante sus ojos y seamos totalmente destruidos −llegaron a decir esto: “Dios nos ha vendido”; la desesperación era grande en aquella gente−. Llamadlos ahora mismo y entregad la ciudad como botín a Holofernes y a todo su ejército» (Jdt 7,25-26). El final parece ya inevitable, la capacidad de fiarse de Dios se ha agotado. La capacidad de fiarse de Dios se ha agotado. Y cuántas veces llegamos a situaciones de límite donde no sentimos tampoco la capacidad de tener confianza en el Señor. ¡Es una tentación fea! Y, paradójicamente, parece que, para huir a la muerte, no quede más que entregarse en manos de quien mata. Ellos saben que esos soldados entrarán a saquear la ciudad, llevarse a las mujeres como esclavas y luego matar a todos los demás. Esto es justo “el límite”.
Y ante tanta desesperación, el jefe del pueblo intenta proponer un atisbo de esperanza: resistir aún cinco días, esperando la intervención salvífica de Dios. Pero es una esperanza débil, que le hace concluir: «Si transcurridos esos días, no nos llega ningún auxilio, entonces obraré como decís» (7,31). Pobre hombre: estaba sin salida. Cinco días le conceden a Dios −y aquí está el pecado−; cinco días le dan a Dios para intervenir; cinco días de espera, pero ya con la perspectiva del fin. Conceden cinco días a Dios para salvarles, pero saben que no tienen confianza, esperan lo peor. En realidad, nadie del pueblo es ya capaz de esperar. Estaban desesperados.
En esa situación aparece en escena Judit. Viuda, mujer de gran belleza y sabiduría, le habla al pueblo con el lenguaje de la fe. Valiente, les echa en cara al pueblo: «Ahora ponéis a prueba al Señor todopoderoso […]. No, hermanos; no provoquéis la ira del Señor, nuestro Dios. Porque si él no quiere venir a ayudarnos en el término de cinco días, tiene poder para protegernos cuando él quiera o para destruirnos ante nuestros enemigos […]. Por tanto, invoquemos su ayuda, esperando pacientemente su salvación, y él nos escuchará si esa es su voluntad» (8,13.14-15.17). Es el lenguaje de la esperanza. Llamemos a las puertas del corazón de Dios, Él es Padre, Él puede salvarnos. Esta mujer, viuda, se arriesga a quedar mal ante los demás. Pero es valiente. Va adelante. Esta es una opinión mía: las mujeres son más valientes que los hombres [aplausos en el aula].
Y con la fuerza de un profeta, Judit arenga a los hombres de su pueblo para devolverles la confianza en Dios; con la mirada de un profeta, ve más allá del estrecho horizonte propuesto por los jefes y que el miedo hace aún más limitado. Dios actuará seguro −afirma−, mientras que la propuesta de los cinco días de espera es un modo para tentarlo y para evadir su voluntad. El Señor es Dios de salvación −y ella los cree así−, cualquier forma que tome. Es salvación liberar de los enemigos y hacer vivir, pero, en sus planes impenetrables, puede ser salvación también entregar a la muerte. Mujer de fe, ella lo sabe. Y ya conocemos el final, cómo acabó la historia: Dios salva.
Queridos hermanos y hermanas, no pongamos nunca condiciones a Dios y dejemos, en cambio que la esperanza venza nuestros temores. Fiarse de Dios quiere decir entrar en sus planes sin pretender nada, incluso aceptando que su salvación y su ayuda lleguen a nosotros de modo diverso a nuestras expectativas. Nosotros pedimos al Señor vida, salud, afectos, felicidad; y es justo hacerlo, pero conscientes de que Dios sabe sacar vida hasta de la muerte, que se puede experimentar la paz hasta en la enfermedad, y que puede haber serenidad también en la soledad y felicidad hasta en el llanto. No somos nosotros los que podemos enseñar a Dios lo que debe hacer, lo que necesitamos. Él lo sabe mejor que nosotros, y debemos fiarnos, porque sus caminos y sus pensamientos son diferentes a los nuestros.
El camino que Judit nos indica es el de la confianza, de la espera en la paz, de la oración y de la obediencia. Es el camino de la esperanza. Sin fáciles resignaciones, haciendo todo los que está en nuestras posibilidades, pero siempre permaneciendo en el surco de la voluntad del Señor, porque −lo sabemos− rezó tanto, habló tanto al pueblo y luego, valiente, se fue, buscó el modo de acercarse al jefe del ejército y consiguió cortarle la cabeza, degollarlo. Es valiente en la fe y en las obras. ¡Y siempre busca al Señor! Judit, de hecho, tiene su plan, lo realiza con éxito y lleva al pueblo a la victoria, pero siempre con la actitud de fe de quien todo lo acepta de manos de Dios, segura de su bondad.
Así, una mujer llena de fe y de valentía devuelve fuerza a su pueblo en peligro mortal y lo conduce por los caminos de la esperanza, indicándolos también a nosotros. Y nosotros, si hacemos un poco de memoria, cuántas veces hemos sentido palabras sabias, valientes, de personas humildes, de mujeres humildes que uno piensa que −sin despreciarlas− fuesen ignorantes… ¡Pero son palabras de la sabiduría de Dios! Las palabras de las abuelas… Cuántas veces las abuelas saben decir la palabra justa, la palabra de esperanza, porque tienen la experiencia de la vida, han sufrido tanto, se han fiado de Dios y el Señor nos hace el don de darnos el consejo de esperanza. Y, yendo por esos caminos, será alegría y luz pascual encomendarse al Señor con las palabras de Jesús: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). Y esa es la oración de la sabiduría, de la confianza y de la esperanza.

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