Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

09 diciembre 2016

Meditación Domingo 3º Adviento (A)

(Cfr. www.almudi.org)

 
 
 
Juan Bautista nos ayuda a preparar los caminos del Señor

“En aquel tiempo, Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?». Jesús les respondió: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!»
Cuando éstos se marchaban, se puso Jesús a hablar de Juan a la gente: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? ¡No! Los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes. Entonces, ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Éste es de quien está escrito: ‘He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará por delante tu camino’. En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él»” (Mt 11,2-11).

1. “Se puso Jesús a hablar de Juan a la gente: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? ¡No! Los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes. Entonces, ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Éste es de quien está escrito: ‘He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará por delante tu camino’. En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él»” (Mt 11,2-11). Juan nos enseña a situarnos al servicio de Jesús: «No soy digno de desatarle las sandalias»; nos enseña dejar actuar a Dios en nosotros: «Es preciso que Él crezca y que yo disminuya»; nos enseña a ser apóstoles suyos, “amigo del esposo”.
Cirilo de Jerusalén recoge esta actualización del precursor, en nuestros días: «Nosotros anunciamos la venida de Cristo, no sólo la primera, sino también la segunda, mucho más gloriosa que aquélla. Pues aquélla estuvo impregnada por el sufrimiento, pero la segunda traerá la diadema de la divina gloria». La temática de este domingo es pues preparar la venida del Señor en primer lugar en nuestra vida, y ser precursores de la luz ayudando a llevar las almas a Jesús.
El Evangelio nos mostrará cómo reconocer la luz interior: Jesús nos habla de san Juan como del más grande entre los nacidos de mujer, pero el más pequeño en el Reino de los cielos. Él es el precursor, “de quien está escrito: ‘he aquí que Yo envío mi ángel ante tu faz, que aparejará tu camino delante de ti”.
 Conviene que Él crezca y que yo mengüe”; es preciso fiarse de Dios y dejarle hacer y sustituir nuestra lógica por la suya; hacer un hueco en nuestro corazón para la llegada de Dios, que Él crezca y disminuya mi orgullo.

2. “El desierto y el yermo se regocijarán,  se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios”. Nos habla de una tierra desierta que “florecerá como lirio”, de la vuelta al Paraíso. La venida del Salvador transformará el desierto en Paraíso; todas las enfermedades serán curadas porque el nuevo Reino no conocerá ya el mal: hasta la misma fatiga desaparecerá. El poema anuncia la abolición próxima de las maldiciones que acompañaron la caída de Adán: la fatiga del trabajo, el sufrimiento, las zarzas y las espinas del desierto no serán ya más que un mal recuerdo. Es la conquista de la Tierra Prometida ya soñada en la vuelta al país después del destierro (Maertens-Frisque). Vemos que hoy la tierra aún es árida: hay chabolas y pobreza, hospitales psiquiátricos, el hombre necesita ser salvado, hay desierto y ferocidades...
Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: sed fuetes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Y volverán los rescatados del Señor. Vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán”. El sufrimiento, las zarzas y las espinas del desierto no serán ya más que un mal recuerdo. Esta vuelta al Paraíso, incrustada en los relatos de la conquista de la Tierra Prometida, y, sobre todo, en los de la restauración del país después del destierro, será realidad en Jesús, con su fidelidad total al Padre.
En los momentos en que sintamos tristeza y depresión o cuando nos veamos en situaciones desesperadas, nos vendrá muy bien leer esta página de Isaías, profeta consolador. ¿No lo acabamos de creer? Si Dios viene, si Dios ha venido, ¿hay algo que temer?
El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos”. Orígenes descubre aquí una referencia implícita a la Eucaristía:  "Tenemos hambre de Cristo, y él mismo nos dará el pan del cielo. "Danos hoy nuestro pan de cada día". Los que hablan así, tienen hambre. Los que sienten necesidad de pan, tienen hambre". Y esta hambre queda plenamente saciada por el Sacramento eucarístico, en el que el hombre se alimenta con el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
 “El Señor liberta a los cautivos. El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos. Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente; tu Dios, Sión, de edad en edad”. Es este salmo un "himno" del reino de Dios, un canto del amor de Dios en una especie de carillón festivo… Sólo en el Hijo del Hombre está la salvación. Parece que el salmo habla del misterio de salvación de la vida de Jesús, y canta en sintonía con el martillo que le cose al madero. De ese “Espíritu del Señor” que canta Isaías que desciende sobre él, cuando acaban de crucificarle con los mismos instrumentos de su profesión, y exclama: “En tus manos, Señor, entrego mi Espíritu”… confiado abandono que le abre a su Resurrección gloriosa. Así pues, el salmo, puesto en labios de Cristo resucitado, se reviste de una luz del todo nueva. "Actualmente Cristo no reina de un modo perfecto en sus miembros porque sus corazones están distraídos en pensamientos vanos... pero cuando este cuerpo mortal se revista de inmortalidad (1 Cor 15,24), y abandone el mundo, se desgajará de esas distracciones y, entonces, Cristo reinará de un modo perfecto en sus Santos y 'Dios será todo en todos’” (1 Cor 15,28; Casiosodo).
Este salmo tiene una especie de letanía de desgraciados a los cuales ayuda Dios: los "oprimidos", los "hambrientos", los "prisioneros", los "ciegos", los "abatidos", los "extranjeros", las "viudas", los "huérfanos"... ¡Toda la desgracia del mundo que conmueve a Dios! Parecen un preludio de las bienaventuranzas que Jesús pronunció: "bienaventurado aquel cuyo auxilio es Dios... Bienaventurado el que escucha la palabra de Dios..." Y a estas Bienaventuranzas, corresponde una "maldición" igual que en el salmo: "deja extraviar a los malvados"... "Ay de vosotros los ricos, porque habéis recibido vuestro consuelo" (Lc 6,24). Jesús repitió a menudo, con este salmo, que la vida materialista conduce a la nada. Recordemos lo del rico que quería ampliar sus ¡graneros! "No confiéis en los poderosos, ellos vuelven a la tierra, y ese día sus proyectos se desploman". Es obvio que la liturgia relacione este salmo 145 con el Evangelio de San Marcos 12, 38-44 por la alusión a la "viuda pobre" que Jesús exalta... Y por la alusión a los escribas, los poderosos de la época, "que devoran los bienes de la viudas", mientras Dios "¡sustenta a la viuda y al huérfano!"
Señor, concédenos esta felicidad profunda. Haz que creamos que allí, y únicamente allí está la felicidad estable, que nada, absolutamente nada, puede lastimar ni empañar.
En una hermosa noche sin nubes, mirad las estrellas, imaginad las galaxias. Pensad en la vida que bulle, en millares y millares de seres sobre la tierra y en el fondo del mar. Podría uno imaginar lejano, este gran Dios del universo. Esto hacen muchos filósofos. Pero escuchad: Él se ocupa con predilección de los pequeños, de los maltrechos, de los despreciados, de los desgraciados... (Noel Quesson).
 “No estamos abandonados a nosotros mismos; las vicisitudes de nuestra vida no se hallan bajo el dominio del caos o del hado; los acontecimientos no representan una mera sucesión de actos sin sentido ni meta. A partir de esta convicción se desarrolla una auténtica profesión de fe en Dios, celebrado con una especie de letanía, en la que se proclaman sus atributos de amor y bondad.
”Dios es creador del cielo y de la tierra; es custodio fiel del pacto que lo vincula a su pueblo. Él es quien hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos. Él es quien abre los ojos a los ciegos, quien endereza a los que ya se doblan, quien ama a los justos, quien guarda a los peregrinos, quien sustenta al huérfano y a la viuda. Él es quien trastorna el camino de los malvados y reina soberano sobre todos los seres y de edad en edad.  Son doce afirmaciones teológicas que, con su número perfecto, quieren expresar la plenitud y la perfección de la acción divina. El Señor no es un soberano alejado de sus criaturas, sino que está comprometido en su historia, como Aquel que propugna la justicia, actuando en favor de los últimos, de las víctimas, de los oprimidos, de los infelices” (Juan Pablo II).

3. Santiago, dentro del contexto de la paciencia ante las contrariedades nos anima a tener paciencia: “mirad como el labrador espera el precioso fruto de la tierra… Esperad, pues, también vosotros con paciencia y fortificad vuestros corazones.
¿Se acabarán los males? ¿Dios ha venido? Pues no se nota demasiado. El apóstol nos responde: Dios ha venido, pero tiene que volver. La primera venida fue en debilidad, la segunda será en poder y gloria, y no tardará. Necesitáis mucha paciencia. No os pongáis nerviosos. Paciencia. Lo repite cuatro veces. Para todo se necesita paciencia. ¿O es que el labrador tira de las plantas para que crezcan más deprisa? ¿Y no hubo que esperar largos siglos para la primera venida del Señor? Y el Señor ¿no fue paciente? ¿A quiénes podemos poner hoy por ejemplo de paciencia? También los hay, pero la verdad es que vivimos en un tiempo dominado por las prisas y el nerviosismo (Caritas).
Paciencia… es una lección para vivir en esa vigilante espera de la venida del Señor, pero también de cómo Dios sabe sacar de todo algo bueno. Hay una estrecha relación entre este breve e importante pasaje de la carta de Santiago y lo que acaba de anunciar amenazando a los ricos con el día de su "matanza", esto es, con el día del juicio de Dios. Pues los ricos engordan para la muerte, mientras los pobres han de esperar con paciencia la venida del Señor que les hará justicia. Ahora Santiago se dirige a los pobres y no simplemente a los cristianos.
Las víctimas de la explotación de los ricos, los pobres, a los que Santiago llama cariñosamente "hermanos", están en peligro de perder la paciencia y caer en la desesperación. Por eso les anima para que perseveren hasta el fin, hasta que venga el Señor.
La paciencia cristiana vive de la esperanza, y es una virtud activa que no debe confundirse con una resignación fatalista. El que espera no se amilana ante las dificultades y peligros, vive atento a los signos de los tiempos y procura sacar el mayor provecho de todas las ocasiones para acercarse cada vez más al reino de la paz y de la justicia. Esta paciencia de los pobres que esperan se parece a la que tienen los hombres del campo. Ellos saben esperar después de sembrar, ellos saben que vendrá el tiempo de la cosecha. No todo está en las manos del labrador, y el labrador necesita paciencia, pero sería estúpido esperar nada cuando nada se ha sembrado. Cierto que ha de venir la lluvia en otoño y sembrar la semilla, cierto que hace falta la lluvia más tardía, la de abril, para que grane la mies...; pero cuando la cosecha está a punto de siega, el segador no debe descuidarse en meter la hoz en los trigales. También los pobres que esperan el día del juicio, el día de la justicia de Dios, han de esperar con serenidad y paciencia, vigilando siempre, dispuestos a emplearse a fondo cuando llegue el momento oportuno.
Y mientras tanto, es preciso evitar las quejas, las murmuraciones y la crítica destructiva. Nadie debe constituirse así mismo en juez de los demás y anticipar impacientemente un juicio que sólo puede hacer el que ha de venir, el Señor que está viniendo. Santiago da este consejo a los pobres que esperan, y se refiere a la necesidad de evitar entre ellos la discordia y la mutua condenación (“Eucaristía 1980”).
"El Adviento es tiempo de alegría, pues permite revivir la espera del acontecimiento más alegre de la historia: el nacimiento del Hijo de Dios de la Virgen María… Saber que Dios no está lejos, sino cercano; que no es indiferente, sino compasivo; que no es ajeno, sino un Padre misericordioso que nos sigue con cariño en el respeto de nuestra libertad: este es motivo de una alegría profunda que las cambiantes vicisitudes cotidianas no pueden ocultar". Una característica inconfundible  de la alegría cristiana "es que puede convivir con el sufrimiento, pues se basa totalmente en el amor. De hecho, el Señor que se encarna, viene a infundirnos su alegría, la alegría de amar.". Y mientras preparamos el pesebre estos días, pensemos lo que decía Juan Pablo II a los niños: "cuando pongáis en el Nacimiento la imagen del Niño Jesús, rezad una oración por mí y por las muchas personas que se dirigen al Papa en sus dificultades" (Juan Pablo II).
 “Gaudete in Domino semper. Iterum dico: Gaudete!”(Antífona de entrada): Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres” y nos da la razón de esta alegría: “Dominus prope, El Señor está cerca”. Se nos invita a estar alegres porque se acerca la Navidad, faltan pocos días. María es modelo de mujer feliz, como profetizó Isabel en la Visitación: “¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1,43-45). El hijo que llevaba en las entrañas ya señalaba al Maestro, ya en el vientre de su madre el pequeño Juan mostraba el camino para Cristo. Y  responde con las palabras del Magnificat, “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu  se alegra en Dios mi salvador porque  ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre” (Lc 1,46-49). Con María podemos penetrar estos días en la unión profunda entre alegría y estar con el Señor, dejar el corazón –por la humildad- dispuesto a que entre el Señor y nos posea. Hemos de hacernos pequeños, estar siempre alegres y exultar… pues el Señor está cerca, viene para salvarnos.

Llucià Pou Sabat

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