Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

25 noviembre 2016

Meditación Domingo 1º Adviento (A)

(Cfr. www.almudi.org)

 
 
 
Tiempo de esperanza y también de vigilancia: “Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir nuestro Señor…”

«Dijo Jesús a sus discípulos: “Cuando venga el Hijo del hombre pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán. Por tanto estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre» (Mateo 24,37-44).

1. El tiempo litúrgico que hemos comenzado nos invita a la preparación para la venida de Jesús: “ad-venio”, que viene. Es un movimiento de expectación que va subiendo gradualmente, al paso de la liturgia de estos días. Es un tiempo de entrada al año nuevo litúrgico, y por tanto de recomenzar, de renovación de la fe y el amor. Para que Jesús nazca en nuestro corazón, bien preparado; para que venga a dar paz a este mundo, y para ello hay que sembrar paz en los corazones, ser portadores de paz. Y para ello, necesitamos luchar para ser cada día un poco mejores. Esta es la mejor preparación para la Navidad, y así lo pedimos en la antífona de entrada de la Misa: “A ti, Señor, levanto mi alma: Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado…
Para recibir a una persona muy querida, disponemos la casa, cuidamos la limpieza y el arreglo, los planes de comida, preparamos una conversación grata; disponer un buen disco si le gusta la música… en la vida espiritual, hay que aprovechar este tiempo de preparación para disponerlo todo y responder así al amor divino manifestado en la venida del Señor, sin preocuparnos de dar la talla, sabiendo que Dios nos ama como somos, como decía San Josemaría Escrivá: “Hemos de adquirir la medida divina de las cosas, no perdiendo nunca el punto de mira sobrenatural, y contando con que Jesús se vale también de nuestras miserias, para que resplandezca su gloria. Por eso, cuando sintáis serpentear en vuestra conciencia el amor propio, el cansancio, el desánimo, el peso de las pasiones, reaccionad prontamente y escuchad al Maestro, sin asustaros ante la triste realidad de lo que cada uno somos; porque, mientras vivamos, nos acompañarán siempre las debilidades personales” (Amigos de Dios, 194). Pero procurando luchar, que es como se demuestra el amor y así se ensancha nuestro corazón para poder recibir el don de Dios, en mayor medida. En este primer domingo de Adviento la Iglesia nos pone ante los ojos la venida del Hijo de Dios a la tierra; y a la vez nos preparamos para su venida al fin del mundo como Juez supremo de vivos y muertos: “Cuando venga el Hijo del hombre pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos”.
Así como el Pueblo de Israel esperó la venida del Salvador durante cientos de años, también la Iglesia se prepara cada año, en memoria de la plenitud de los tiempos, el momento escogido por Dios desde toda la eternidad, para encarnarse. “Navidad por tanto significa la presencia de Cristo en el alma mediante la gracia. Y si por la debilidad de la naturaleza humana se pierde la vida de divina por el pecado grave, Navidad entonces debe significar el retorno a la gracia mediante la confesión sacramental, vivida con seriedad de arrepentimiento y de propósitos –decía Juan Pablo II-. Jesús viene también para perdonar. El encuentro personal con Cristo se convierte en una conversión, en un nuevo nacimiento para asumir totalmente las propias responsabilidades de hombre y de cristiana" (A los universitarios de Roma, 18.XII.1979).
Es una buena manifestación de lo que pedimos en la oración colecta en este domingo: "Oh Dios omnipotente, concede a tus fieles la voluntad de ir con obras al encuentro de Cristo que viene, para que colocados a su derecha, merezcan poseer el reino de los cielos". Pedimos al Señor que avive en nosotros, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro con Cristo, acompañados por las buenas obras; le pedimos a Dios que nos ayude, que guíe nuestros pasos. Los árabes tienen una leyenda relativa al llanto del Sahara. En las noches tranquilas y estrelladas corre una brisa a través de todo el desierto que hace chocar los miles de granitos de arena, produciendo el efecto de un llanto doloroso de una fiera herida de muerte. –“¿Lo oís?” –les decía el guía de la caravana a los del grupo: “¡el desierto llora!, se queja de haber sido convertido en un árido desierto; llora por sus jardines florecientes, por sus mieses, por los frutos jugosos de que estaba cargado un día, antes de quemarse, antes de convertirse en desierto”. Es cierto que fue una tierra espléndida aquella del norte de África, en los primeros siglos de nuestra era. Espiritualmente, también han nacido desiertos en el mundo, cambiando por la desobediencia a Dios, por el pecado, el paraíso terrenal en una tierra ingrata, llena de espinas y abrojos –de guerras, rencillas…- que da poco fruto, y costoso, pues ha de ser regada por el sudor del hombre, por la oración y el sacrificio.

2. La gran visión inicial de Isaías (en la primera lectura) muestra que los que esperan a Dios son un monte espiritual por cuya luz pueden orientarse todos los pueblos, pues únicamente de aquí saldrá «la ley, el árbitro de las naciones»; sólo aquí la interminable guerra intramundana cesará y se tornará sosiego en una paz de Dios; sólo aquí puede el mundo, oscuro de por sí, «caminar a la luz del Señor». Naturalmente -tanto en la perspectiva vetero como neotestamentaria- esto no sucederá sin división y juicio: unos serán tomados, otros dejados. La promesa del Dios que viene contiene también necesariamente una amenaza. Pero amenaza sólo en el sentido de una exhortación a estar despiertos y preparados. Para el que está despierto, la llegada de Dios no es motivo de temor: cuando Dios llegue, «alzad la cabeza, que se acerca vuestra liberación» (Lc 21,28). “¡Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor"!, canta el salmo.

3. En la segunda lectura Pablo nos apremia de una manera especial: se puede percibir la proximidad de Dios en el tiempo de la propia vida; él está ya cerca de nosotros desde el momento de nuestra conversión. El evangelio insiste en la necesidad de permanecer en un estado de alerta que no crea poder observar la venida de Dios en las relaciones terrenas. Dios irrumpe en la historia en cierto modo verticalmente, desde lo alto; viene para todos a una hora que nadie espera: precisamente por eso hay que estar siempre esperándole (Hans Urs von Balthasar).
Llucià Pou Sabaté

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