Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

13 agosto 2016

La fe se desarrolla en la palabra y el amor

(Cfr, www.almudi.org)

 


Entrevista a uno de los filósofos contemporáneos con una visión más coherente del mundo a la luz de la fe católica
Durante los meses estivales, Le Figaro Vox explora las grandes virtudes morales que la filosofía clásica distingue tradicionalmente: la prudencia, la fe, la templanza, la esperanza, la fuerza del alma, la caridad y la justicia. Y lo hace entrevistando a personajes conocidos en el ámbito de la cultura y la ciencia. Para la fe, el entrevistado es el filósofo Fabrice Hadjadj.
Fabrice Hadjadj es uno de nuestros filósofos más brillantes, a lo que añade su faceta como novelista, ensayista y dramaturgo. Nacido en una familia judía, pasó su juventud bajo la bandera del ateísmo, hasta su conversión al catolicismo; es decir, meditó la virtud teologal de la fe.
Actualmente dirige el Instituto Europeo de Estudios Antropológicos Philanthropos, en Friburgo (Suiza). Su última obra, Résurrection. Mode d'emploi [La Resurrección. Modo de empleo], ha sido publicada por Éditions Magnificat. Para prolongar la reflexión de esta entrevista, aconsejamos leer La Fe de los demonios, así como el libro del gran filósofo alemán Josef Pieper (que tuvo una gran influencia sobre Benedicto XVI) para cuya versión francesa Fabrice Hadjadj escribió el prólogo: De la foi [Sobre la fe] (Éditions Ad Solem, 2011).

¿Qué es la fe?
Es lo más común y lo más razonable. Es lo que estructura nuestra sociedad, incluso si ésta es atea. Es más, yo diría sobre todo si es atea, aunque en este caso la fe se reduce bastante rápidamente a una especie de credulidad que no se atreve a admitir su nombre.
Antes de abordar la fe religiosa o la fe como virtud teologal, es muy importante pensar en la fe en general, sin caer en la confusión sentimental, las reducciones del cientificismo o la ceguera del fundamentalismo. ¿Qué es creer? El verbo puede reenviarnos al hecho de tener una opinión: «Yo creo que…». En este caso, la creencia es vaga, inestable, arbitraria y no vale mucho más que la opinión contraria. No es así como entiende la fe la gran tradición filosófica y teológica: creer no consiste en creer en algo, sino en creer en alguien. Si un amigo me dice que hace un rato ha visto a mi hermano con una mujer desconocida y me pregunta: «¿Me crees?» y yo le respondo sinceramente: «Te creo», entonces en mí ya no hay duda y estoy seguro de que lo que me dice es verdad: mi hermano estaba con esa mujer.
Ciertamente, no lo he visto con mis ojos, no es la certeza de saber como cuando yo veo algo por mí mismo, pero es una certeza de la fe, según la cual yo creo a alguien que ha visto. La fe, en general, es conocer a alguien a través de los ojos de otro, porque reconocemos en este otro a un testigo fiel. Es, por lo tanto, ver con los oídos después de haber escuchado con los ojos, porque a pesar de todo es necesario asegurarnos de que el testigo no tiene motivo alguno para engañarnos.
Toda nuestra vida social se desmoronaría si no tuviera la estructura que le da la fe. Reducid vuestros conocimientos sólo a lo que habéis visto con vuestros ojos y moriréis de hambre. ¿Cómo podéis estar seguros de que vuestro panadero no ha puesto polonio en las barras de pan? Coged el dinero: ¡alto nivel de fe! Se dice que el dinero es fiduciario y es índice de prestigio. Por último, la propia ciencia tiene su punto de partida en una cierta fe. Como dice Aristóteles: «Para aprender, es necesario primero creer», sin lo cual jamás escucharíamos al profesor que nos intenta demostrar la verdad del teorema de Pitágoras…

La fe también atraviesa toda nuestra existencia…
La fe se despliega en esos dos ámbitos que son los más naturales: la palabra y el amor. La palabra, por sí misma, brinda palabra. Si no existen buenos motivos para desconfiar, creemos siempre en quien nos habla. Perder esta confianza original, la mentira, sería imposible, puesto que ella saca su eficacia de sí misma. Por otra parte, la propia vida social sería imposible pues todo se transformaría en interrogatorios suspicaces; ni tan siquiera empezaríamos a hablar, a pesar de que la adquisición de la palabra se remonta a una fe de nacimiento en nuestros padres, a la «lengua materna».
En lo que respecta al amor, ¿cómo sabemos que alguien nos ama? Sus gestos son sólo indicios que se hacen evidentes únicamente por la confianza que tenemos en esa persona (la palabra «fe» está incluida en la palabra «noviazgo»). Si necesitas absolutamente ver su amor de una manera científica, significa que la desconfianza y los celos te perturban. Entonces, como Otelo, arrancarás el corazón de Desdémona, pero no verás nada dentro de él…

Usted ha opuesto «ver algo» a «creer en alguien». ¿En esto radica la diferencia esencial entre ciencia y fe?
Sí. Contrariamente al refrán atribuido erróneamente a Santo Tomás Apóstol, creemos sólo lo que no vemos. Cuando vemos por nosotros mismos, no hay necesidad de creer en los demás: nos encontramos en una certeza más grande, sin duda, pero esta certeza es, esencialmente, en relación con algo objetivo. En la fe no vemos por nosotros mismos, sino a través de otro: por consiguiente se trata, de manera esencial, de una relación con alguien, una relación sujeto a sujeto. En un mundo individualista, donde cada uno es lo bastante crédulo para imaginarse que se hace a sí mismo y que los otros son sólo rivales o medios, es normal poner por delante el ver, el cada uno para sí y por sí: el algo se convierte en más importante que el alguien. A partir de este momento caemos en lo impersonal. Caemos en el cientificismo (no hablo de la verdadera ciencia, que conoce sus límites y deja espacio a otras formas de conocimiento) y excluido el ámbito de la fe, que nos relaciona con otros rostros, con testimonios, acabamos relacionándonos sólo con ecuaciones, con parámetros…

¿El quid de la fe teologal? ¿Cuál es su origen y cómo se articula con la fe ordinaria?
La noción de fe como virtud teologal viene del cristianismo, incluida la teología católica. Distinguimos entre las virtudes cardinales (del latín cardo, que quiere decir «eje» o «bisagra», porque abren las puertas de la sabiduría), en las que ya habían pensado los grandes autores paganos, sobre todo Aristóteles y Cicerón, y las virtudes teologales (del griego theos, Dios, y logos, verbo, puesto que nos hacen participar en la vida de Dios que se revela en su Palabra), que San Pablo explicó, por primera vez, en su primera Carta a los Corintios (13, 13): distingue la fe, la esperanza y la caridad, precisando que la más grande de las tres es la caridad (y Benedicto XVI nos ha recordado que ella no es la negación, sino ¡la coronación del eros!).
Hay, por lo tanto, un vínculo esencial entre fe y amor, porque la fe teologal es la culminación de creer en alguien. En el Credo no decimos «Yo creo que Dios existe, que Él es el Padre Todopoderoso, etc.», sino que decimos «Creo en Dios» (in + acusativo), que designa un movimiento hacia, un impulso tangencial, jamás conseguido, el del deseo que tiende hacia el Otro.
Esta fe teologal, ¿corresponde a cualquier creencia religiosa?
Entre los paganos lo que cuenta no es creer, sino hacer: la religión es ante todo rito, práctica social. Entre los judíos nacidos del rabinismo lo que importa no es la fe, según ellos demasiado subjetiva, sino el estudio de la Torá. La fe teologal es, por lo tanto, un desarrollo de la revelación cristiana y se distingue del sentimiento religioso o de la convicción individual. No reside en el solo hecho de creer que Dios existe: esto, que se afirma tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, podemos saberlo por el simple hecho de contemplar el universo y su orden (algo que confesaba incluso Voltaire).
Aprovechamos para decir que todo el mundo cree en un dios; o, más bien, todo el mundo diviniza algo, ya sea el sexo, el dinero, el fútbol, la muerte o el chucrut; en fin, lo que sea que hace que esa persona se levante cada mañana… La cuestión es, sobre todo, saber en qué divinidad creemos y si ésta no será un pequeño ídolo hecho a nuestra medida.
Antes de ser un contenido dogmático, la fe teologal consiste en creer que alguien, a saber, Jesús, es aquel que nos revela de manera más perfecta el rostro de Dios. Esta fe tiene, por consiguiente, forma de cruz: es a la vez relación con la eternidad y con la historia, relación vertical con el Cielo pero, al mismo tiempo, relación horizontal con la tierra, con toda la creación y, sobre todo, con la cadena de testigos que se han sucedido a partir de los apóstoles, contemporáneos del acontecimiento. Esto es muy importante, sobre todo en una época en la que tendemos a salir de la historia y de lo humano, ya sea mediante el transhumanismo o el fundamentalismo religioso.
Esta fe teologal considera que nada, aquí en este mundo, es más divino que un pobre carpintero judío que fue condenado bajo Poncio Pilato por blasfemia y que, en consecuencia, la historia, en sus genealogías, en sus dramas, incluso en su corrupción, tiene más consistencia que las utopías con sus pacificaciones totalitarias.
¿Qué máxima de Padre de la Iglesia, de filósofo o de escrito hace suya respecto a esto?
Utilizaría una de Luigi Giussani, fundador del movimiento Comunión y Liberación, en proceso de beatificación por la Iglesia y que fue el gran defensor de una fe en resonancia con la cultura. En un libro titulado ¿Se puede vivir así? hay esta frase decisiva: «La fe es la capacidad suprema de la razón». Se une a este pensamiento de Pascal: «El último paso de la razón es reconocer que hay una infinidad de cosas que la sobrepasan. Si no lo reconoce, será siempre frágil». Si la fe teologal es la capacidad extrema de la razón, es sobre todo porque nos pone en relación con el Creador de la razón y, de este modo, nos da confianza en ella, en un tiempo en el que es reemplazada, cada vez más, por algoritmos.
Es necesario observar que la Universidad, inventada en la Edad Media, no habría surgido sin esta fe en Dios creador: a partir de aquí, efectivamente, pensamos que todo era digno de estudio, porque todo aparecía como una palabra de Dios. Pero la fe es la capacidad suprema de la razón porque marca también el primado de alguien sobre algo, de los rostros sobre las ideas. Es por ella que la razón escapa al encarcelamiento de la ideología.

¿Cuál ha sido, a este respecto, su recorrido personal?
De familia judía, bastante marxista en ese periodo, me esforcé por ser ateo… de buena fe. Es decir, que yo creía tener la última palabra sobre la realidad, mientras que es evidente que sólo tenemos la penúltima, visto el misterio que nos rodea. De alguna manera, mi ateísmo era el último ídolo que sólo un martillo trascendental podía romper. Había empezado a leer la Biblia para burlarme. Y mira por dónde, al llegar a los textos de los profetas, me di cuenta de que la crítica de la religión era interna a esta religión bíblica, y que Isaías o Jesús iban mucho más lejos que Marx y Nietzsche (de los que, sin embargo, no he renegado, porque mi fe es católica, lo que quiere decir que es «integradora», que es lo contrario de integrista).
Y luego, un día, en Saint-Séverin, recé por mi padre enfermo ante una estatua de la Virgen, de la que me había burlado la antevíspera. ¡Vale! No hubo una gran iluminación. Simplemente tuve la íntima certeza de que la oración, este tormento que iba de abajo arriba, era la esencia de la palabra y la finalidad de nuestra posición erecta: llevar en nuestra palabra todas las cosas finitas para presentarlas al Infinito… Tras lo cual, el recorrido fue el del combatiente hasta el bautismo, en la abadía benedictina de Solesmes. Y esta improbable fecundidad… no estoy hablando de mis libros sino de mi mujer, profesora de teatro, y de nuestros siete hijos, profesores de vitalidad…

Usted habla de fecundidad, pero la fe ¿no es un factor de guerra?
Los totalitarismos ateos del siglo XX han demostrado suficientemente que la ausencia de fe era un factor de guerra. Es una fantasía Disney (¡como mucho!) creer que podemos salir por completo del drama de este mundo. El propio amor es principio de drama: más amo, más vulnerable soy… El desafío es transformar este drama en testimonio de verdad en la bondad. La fe cristiana ha podido ser instrumentalizada por intereses mundanos y los cristianos que han actuado así son peores que los otros hombres: han desviado la luz, no tienen ni siquiera la excusa de los ateos.
Sin embargo, Cristo le dijo a Pedro que guardara la espada en su vaina y que empezara un combate espiritual que lleva a amar a los enemigos. La fe es, desde entonces, un factor de guerra, pero una guerra personal: se trata de combatir el propio orgullo para abrirse a la misericordia y a la vida que se recibe sólo para ser dada.

Entrevista de Patrice De Méritens, publicada originariamente en lefigaro.fr.
Traducción de Helena Faccia Serrano.

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