Mil y una Fábulas (Latín-Inglés)

03 junio 2016

Meditación Domingo 10 t.o. (C)

(Cfr. www.almudi.org)

 
 
 
Dios visita a su pueblo en Jesús, la Palabra del Padre, y por Él podemos ser atendidos por Dios en la oración

“En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando estaba cerca de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: —No llores.Se acercó al ataúd (los que lo llevaban se pararon) y dijo: —¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate! El muerto se incorporó y empezó a hablar y Jesús se lo entregó a su madre.Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios diciendo: —Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo. La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera” (Lucas 7,11-17).

1. Sacaban a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda. Es muy trágica la situación de esta mujer. El Señor se conmovió. La magnitud del título –“Señor”- corre paralela con la magnitud de la situación. "Al ver el Señor a la viuda". Es el título con que los cristianos empezaron a designar a Jesús después de su resurrección. Es decir, Lucas presenta a Jesús como el Señor de la vida (A. Benito).
San Agustín nos hace ver que tiene un sentido espiritual, con nuestros pecados: El Señor te resucitará y te devolverá a la Iglesia, tu madre: “resucitó al joven hijo de la viuda cuando le llevaban ya fuera de las puertas de la ciudad” y hace una comparación: “A veces se peca con el pensamiento”, que con el consentimiento puede causar “la muerte, pero esa muerte es interna, porque el mal pensamiento no pasó a la obra. Para indicar que resucita a esas almas, el Señor resucitó a aquella niña que todavía no había sido sacada fuera, sino que yacía muerta en la casa: estaba oculta, como el pecado. Pero, si no sólo diste el consentimiento a la mala delectación, sino que pusiste el mal por obra, lo sacaste afuera como a un muerto; ya estás fuera y levantado como un cadáver. El Señor resucita también a éste y lo entrega a su madre viuda. Si pecaste, arrepiéntete, y el Señor te resucitará y te devolverá a la Iglesia, tu madre”. Por fin, el “hábito perverso” que es el que simboliza Lázaro que ya está sepultado; pues “quien peca y al punto se enmienda, vuelve pronto a la vida, porque aún no está amarrado por el hábito; aún no está sepultado. Pero quien tiene el hábito está ya sepultado, y bien puede decirse que ya hiede, pues empieza a tener mala fama como si fuera un hedor insoportable. Tales son los dados al vicio y los de perversas costumbres”. Pero Cristo perdona a todos, a la mujer pecadora le dirá: “Se le perdonan muchos pecados, porque amó mucho” (Lc 7,37- 47). Por eso, “nadie desespere, nadie presuma de sí mismo. Es malo tanto perder la esperanza como presumir de uno mismo. No pierdas la esperanza y elige aquello de que es justo que presumas” (com. al Ev. de san Juan 49,3).
Ante un dolor como vemos en esta viuda, nosotros hemos de vivir como el corazón de Jesús, conmovernos. Estos domingos (el de hoy, el pasado y el que vendrá) leemos escenas de gente necesitada, que nos ayuda a descubrir las necesidades de los demás, que lo importante es saber hacer compañía y procurar ayudar, como Jesús.
Hay también hoy comitivas con muertos, muertos vivientes: son los parados, cuyos ojos reflejan la desesperanza y la angustia de no poder acceder al trabajo al que tienen derecho; son drogadictos, jóvenes ausentes, incapacitados, metidos de lleno en un callejón manejados por otros, que fomentan esos negocios turbios; son analfabetos, marginados de tantas realidades hermosas; son los que no tienen hogar; son los que matan no se sabe por quién y para qué; son los enfermos a los que nadie visita, a los que se arrincona porque ya no son útiles en este mundo en el que todo se pesa y se mide; son minusválidos, y con hándicaps mentales; son las chicas que van a países desarrollados con un trabajo prometido, y son obligadas a venderse…
Cada uno de algún modo somos aquel muchacho-, y escuchamos a Jesús que nos dice: "Levántate". Levántate del egoísmo, y ábrete más a los demás; levántate de pensar tanto en ti y piensa más en los demás; levántate del pesimismo que te hace pensar que no vale la pena esforzarse, que todo seguirá igual, y cree de verdad en la fuerza del amor de Dios que a cada uno de nosotros -como a Pablo, lo hemos escuchado en la segunda lectura- puede cambiarnos. Jesús ha resucitado, está en la Eucaristía, va con nosotros, vivifica nuestro camino, "realizó la obra maravillosa de llamarnos del pecado y de la muerte" (Prefacio I Dominical) y en la plegaria eucarística lo vemos como como "pan de vida": tú, Señor, nos llevas a "vivir en tu amistad" y  "compartir la vida eterna" (Plegaria eucarística II: J. Gomis).
-“Yo te lo mando: Levántate” (Lc 7,11-17). El profeta Isaías ya había anunciado este signo del Mesías: "Revivirán tus muertos, sus cadáveres resurgirán" (Is 26,19). Jesús se compadeció de esta pobre viuda. En la emoción de Jesús podemos ver más que la emoción provocada por el sufrimiento de la viuda. Lo que va a hacer Jesús y provoca su emoción es la realización de la vida, el don de la vida y de la resurrección a todos los que crean en él. Esto es ciertamente lo que Lucas quiere poner aquí de relieve. Y es, por otra parte, el signo que Jesús recordará al Bautista para expresarle su verdadera identidad: es el Mesías esperado.
Dios ha visitado a su pueblo. Simeón lo canta (Lc 1,68). "Yo os he visitado, dice el Señor a Moisés" (Ex 3,16) y José, en el Éxodo, había dicho: "Ciertamente Dios os visitará" (Ex 13,19). Visita del rescate y liberación, de los cuales la salida y la liberación de Egipto no habían sido más que una figura.  “Tu hijo está vivo” (veremos en el milagro de la resurrección del hijo de una viuda por parte del profeta Elías).
Las viudas solían estar en aquel tiempo abandonadas a la generosidad de la familia y del pueblo. En la ancianidad los padres necesitan la ayuda de sus hijos: su cariño hecho de compañía, y pequeños o grandes servicios. El deber de atender a los padres cuando no pueden valerse por sí mismos o se encuentran solos, obliga gravemente no sólo por razones de piedad y caridad sino por exigencia indeclinable de la misma ley natural. Pero el único hijo de esta viuda ha muerto. "¡No llores!", le dices, Jesús, a esta viuda. Jesús podía acompañar esas palabras con el poder de enjugar las lágrimas y devolver la alegría perdida. Y así lo hizo. El Señor se acercó al féretro y dijo: "Joven, a ti  te hablo, levántate". El muerto se incorporó y comenzó a hablar apoderándose de toda la comitiva fúnebre un temor sagrado. Pocos milagros de Jesús despertaron en el pueblo una impresión tan viva como la que se apoderó de todos al ver al muerto levantarse. La hija de Jairo y la resurrección de Lázaro tuvieron un número reducido de testigos. Este prodigio se operó, en cambio, en plena calle, ante un pueblo entero que queda deslumbrado ante el poder de Dios. El dolor ha dejado paso al asombro, al estupor y a un júbilo incontenible. Pero más que admiración por la dicha de un hijo muerto que es devuelto a su madre, hay aquí una especie de temor religioso y una certeza que embriaga a todos: "Un gran profeta se ha levantado entre nosotros y Dios ha visitado a su pueblo". La fama del milagro de Naím se extendió inmediatamente por todas las comarcas de Galilea y Judea. Nos recuerda que Alguien, que no es de este mundo, nos ha visitado, que está con nosotros -"Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo", prometió el Señor (Mt 28,20)- y al que podemos acudir en nuestros apuros espirituales y materiales. La viuda es el símbolo de la Iglesia del Apocalipsis. A esa Iglesia pertenecemos (Juan Pablo II). Ella es la que espera el momento en que Dios, compadecido del destino humano, como de esta viuda, "enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni gritos, ni fatiga, porque el mundo viejo ya ha pasado. Entonces dijo el que está sentado en el trono: “Mira que hago un mundo nuevo" (Apoc 21,4).

2. La muerte del hijo no puede considerarse como castigo divino por algún pecado oculto de la madre: "¿has venido a mi casa a recordar mis culpas y matarme a mi hijo?". Esta falsa concepción religiosa queda superada por Elías, que lo resucita. La palabra profética de Elías queda confirmada por el milagro. La presencia de Dios es siempre curativa: "Mira, tu hijo está vivo". Y en todas circunstancias. "Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá", dijo el Señor a las hermanas de Lázaro (Jn 11,25: José M. Totosaus).
Aprendamos a cantar con el salmo: "Te ensalzaré, Señor, porque me has librado, y no has dejado que mis enemigos se rían de mí. Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa”. Quiero descubrir, Señor, mis estados de alma ante ti, y ante mí mismo: cuando estoy de buen humor o de mal talante. Ayúdame a capear mi optimismo y mi pesimismo, a reaccionar ante la alegría espiritual y el desaliento humano; y, sobre todo, a dominar la marea de sentimientos, los cambios de humor, las tormentas repentinas y los gozos inesperados, la luz y las tinieblas, la incertidumbre de cuánto va a durar un estado de alma y cuándo se va a precipitar el sentimiento opuesto con violencia de huracán. Vivo a merced de mis sentimientos. Pero contigo sé dónde estoy. Con la gracia de Dios, seguiré firme y constante (C. Vallés). Cantaré: “Tañed para el Señor, fieles suyos, dad gracias a su nombre santo; su cólera dura un instante, su bondad, de por vida”.
Dame, Señor, perseverancia en medio de mareas altas y bajas y dame ecuanimidad, paciencia, fe, sabiduría de ver las cosas con tus ojos para encajar mejor los altos y los bajos: “Escucha, Señor, y ten piedad de mí, Señor, socórreme. Cambiaste mi luto en danzas. Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre”.

3. “¡Avivemos la fe!”, nos dice S. Pablo: “Os notifico, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí no es de origen humano”. Comienza en este domingo una lectura de varios pasajes de gálatas (donde la actual Turquía), donde Pablo comienza con una apología de su predicación, y anima a vencer la tentación de los falsos predicadores, para que así los cristianos, iluminados con Jesús “moran en la tierra, pero son ciudadanos del cielo” (Ad Diogn. V,9).
Llucià Pou Sabat

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