
«A
continuación, el Espíritu le empuja al desierto, y permaneció en el
desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás. Estaba entre los
animales del campo y los ángeles le servían. Después que Juan fue
entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios:
«El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y
creed en la Buena Nueva.»
1º. Jesús, te has retirado al desierto para prepararte antes de empezar tu predicación.
Y te preparas con más oración y con más mortificación.
Siguiendo
tu ejemplo, también yo he de preparar cualquier acción apostólica
rezando y ofreciendo pequeños sacrificios por aquéllos a quienes quiera
hablar de Ti.
«Sintió hambre.»
Jesús, eres perfecto Dios y también perfecto hombre.
Por eso tienes hambre y sed, te cansas después de caminar todo un día, o lloras cuando se muere un amigo.
Tú
me entiendes porque has experimentado los mismos cansancios, alegrías,
sufrimientos, dolores, sentimientos y afectos que yo me encuentro a lo
largo de mi vida.
Jesús, hoy experimentas la tentación del demonio.
No
quieres dejar de vivir esta situación tan humana y, al permitir que te
suceda, me vienes a decir que sufrir la tentación, como una prueba a
nuestra virtud, no es algo necesariamente malo.
Puede ser incluso motivo de gran avance espiritual, y por eso la permites.
«El
Espíritu Santo nos hace discernir entre la prueba, necesaria para el
crecimiento del hombre interior en orden a una «virtud probada», y la
tentación que conduce al pecado y a la muerte. También debemos
distinguir entre «ser tentado» y «consentir» en la tentación. Por
último, el discernimiento desenmascara la mentira de la tentación:
aparentemente su objeto es «bueno, seductor a la vista, deseable»,
mientras que, en realidad, su fruto es la muerte» (CEC.- 2847).
Lo
importante es luchar para vencer la tentación, sabiendo que siempre
presenta una falsa felicidad, una «pseudo ganancia» hueca.
Jesús, ¡no me dejes caer en la tentación!
2º. «Jesucristo
tentado. La tradición ilustra esta escena considerando que Nuestro
Señor; para darnos ejemplo en todo, quiso también sufrir la tentación.
Así es, porque Cristo fue perfecto Hombre, igual a nosotros, salvo en el
pecado. Después de cuarenta días de ayuno, con el solo alimento
-quizá- de yerbas y de raíces y de un poco de agua, Jesús siente
hambre: hambre de verdad, como la de cualquier criatura. Y cuando el
diablo le propone que convierta en pan las piedras, Nuestro Señor no
sólo rechaza el alimento que su cuerpo pedía, sino que aleja de sí una
incitación mayor: la de usar del poder divino para remediar; si podemos
hablar así, un problema personal
»
habréis notado a lo largo de los Evangelios: Jesús no hace milagros en
beneficio propio. Convierte el agua en vino, para los esposos de Caná;
multiplica los panes y los peces, para dar de comer a una
multitud hambrienta. Pero El se gana el pan, durante largos años, con su
propio trabajo. Y más tarde, durante el tiempo de su peregrinar por
tierras de Israel, vive con la ayuda de aquellos que le siguen.
»En
la segunda tentación, cuando el diablo le propone que se arroje desde
lo alto del Templo, rechaza Jesús de nuevo ese querer servirse de su
poder divina Cristo no busca la vanagloria, el aparato, la comedia
humana que intenta utilizar a Dios como telón de fondo de la propia
excelencia» (Es Cristo que pasa, 61).
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PDB
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