
(Lev 13,1-2.44-46) "Vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento"
(1 Cor 10,31-11,1) "Hacedlo todo para la gloria de Dios"
(Mc 1,40-45) "Si quieres, puedes limpiarme"
(1 Cor 10,31-11,1) "Hacedlo todo para la gloria de Dios"
(Mc 1,40-45) "Si quieres, puedes limpiarme"
“Se
acercó a Jesús un leproso...” En la 1ª Lectura hemos escuchado que
“mientras le dure la lepra, seguirá impuro: vivirá solo y tendrá su
morada fuera del campamento”. Por temor al contagio y a incumplir la
Ley, las gentes, incluso los familiares, eludían su trato y se apartaban
de él con miedo y repugnancia. Jesús, sin embargo, permitió que se
acercara y, extendiendo la mano, le tocó para curarlo.
Los
Padres de la Iglesia vieron en la lepra la imagen del pecado, tanto por
su repugnancia como por la separación que ocasionaba entre quienes
estaban cerca. El pecado va introduciendo en el corazón humano un
principio de descomposición: el virus de la soberbia, la comodidad
egoísta, la sensualidad... que poco a poco va agravando –como la lepra
la piel humana- todo el comportamiento de la persona, tornándola molesta
primero y repulsiva después, para familiares, amigos y conocidos.
Las
flaquezas, errores y abusos deben llevarnos a acercarnos a Cristo en el
Sacramento de la Confesión. Jesús aseguró que Él ha venido a por los
pecadores: “Es médico y cura nuestro egoísmo, si dejamos que su gracia
penetre hasta el fondo del alma. Jesús nos ha advertido que la peor
enfermedad es la hipocresía, el orgullo que lleva a disimular los
propios pecados. Con el Médico es imprescindible una sinceridad
absoluta, explicar enteramente la verdad y decir: Domine, si vis, potes me mundare (Mt 8, 2), Señor, si quieres – y Tú quieres siempre-, puedes curarme” (San Josemaría Escrivá).
En el Salmo Responsorial hay un eco de la alegría que invadió a este leproso: Dichoso
el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito. Efectivamente, a pesar de que el Señor le encargó severamente que no se lo dijera a nadie, su alegría al verse curado no pudo guardársela y empezó a divulgar su curación con entusiasmo.
Sólo
Dios puede eliminar la lepra del pecado y devolver a la criatura la
salud perdida. “El perdón humano, por muy generoso que sea, nunca llega a
disipar todas las sombras de la desconfianza. El recuerdo de la ofensa
no se borra nunca definitivamente. Aún suponiendo que el que perdona
pueda olvidar todo el mal y conceder de nuevo su confianza, el perdonado
no podrá nunca olvidar su villanía. Le perseguirá siempre un sordo
malestar y se encontrará incómodo ante la persona a la que ofendió” (G.
Chevrot).
Cuando
Dios perdona todo es distinto y mejor, como se ve en la acogida del
Hijo pródigo o en ese mantener a Pedro al frente de su Iglesia a pesar
de haberle negado delante de unos criados de casa grande. Dios perdona y
permite que podamos sentirnos limpios, caminar con la cabeza bien alta y
con el corazón rebosante de alegría y agradecimiento.

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