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(Gen 9,8-15) "Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes"
(1 Pe 3,18-22) "Como poseía el Espíritu fue devuelto a la vida"
(Mc 1,12-15) "Está cerca el reino de Dios"
--- Cristo salva con su Pasión y Resurrección
Las
Palabras del Evangelista Marcos aluden al ayuno de Jesús de Nazaret
durante cuarenta días, que cada año se refleja en la liturgia de la
Cuaresma: “El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el
desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre
alimañas, y los ángeles le servían” (Mc 1,12).
Después,
tras el encarcelamiento de Juan Bautista, Jesús fue a Galilea y comenzó a
enseñar. Decía: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios.
Convertíos y creed en la Buena noticia” (Mc 1,15).
El ayuno
de cuarenta días de Jesús de Nazaret fue una introducción al anuncio del
Evangelio del reino de Dios. Este ayuno ha marcado el camino de la fe
en las almas de los hombres, sin el que el Evangelio del reino queda
cual grano arrojado en tierra estéril.
Este
comienzo del Evangelio del reino, que llega a la Iglesia a través del
ayuno de cuarenta días, la liturgia de hoy lo compara al arco iris que
fue signo de alianza de Dios con los descendientes de Noé después del
diluvio.
Con el
Arca de Noé se compara también en la primera Carta de San Pedro Apóstol
la Iglesia, en la que Cristo actúa incesantemente la obra de la
redención, tras haber obtenido la victoria sobre la muerte y el pecado.
Pero el
Arca de Noé fue un espacio cerrado. La obra de Cristo es ilimitada en el
espacio y tiempo. La Iglesia está al servicio de esta obra como signo e
instrumento.
Cristo, muerto una vez para siempre por los pecados, Justo por los injustos, para volvernos a llevar a Dios.
Cristo, sentado a la diestra de Dios porque subió a los cielos donde le están sometidos los Ángeles, Potestades y Dominaciones.
Este
Cristo, en el Espíritu Santo, “fue a proclamar su mensaje a los
espíritus encarcelados que en un tiempo habían sido rebeldes” (1 Pe
3,19), igual que en los días de Noé.
El mismo
Cristo en el bautismo nos salva, es decir, nos redime, “no limpiando una
suciedad corporal, sino impetrando de Dios una conciencia pura” (cf. 1
Pe 3,21): nos salva y redime gracias a su resurrección.
--- El ayuno
De este
modo, pues, la liturgia de este domingo inaugura el ayuno de la
Cuaresma, basándose primero en el ejemplo de Cristo y luego en el poder
redentor de Cristo que actúa en su Iglesia y en todo lo creado; en su
poder redentor y santificador.
La Cuaresma es el camino que se abre ante nosotros.
Y por
esto la Iglesia ora así hoy: “Señor enséñame tus caminos, instrúyeme en
tus sendas. Haz que camine en la verdad; enséñame, porque tú eres mi
Dios y Salvador; en ti he esperado siempre” (Sal 25, 4-5).
La Cuaresma es la vía de la verdad, es el tiempo de despertar de las conciencias.
El hombre
debe encontrarse en toda su verdad ante Dios. Asimismo debe releer la
verdad en las enseñanzas divinas, de los mandatos divinos, de la
voluntad divina; debe confrontar con estos la propia conciencia.
Por aquí pasa el camino de la salvación. Es el camino de la esperanza.
Y la
Iglesia sigue orando de este modo: “Acuérdate, Señor, que tu ternura y
tu fidelidad son eternas. Acuérdate de mí con misericordia, por tu
bondad, Señor” (Sal 25,6-7). La Cuaresma es la vía de la verdad, el
tiempo del despertar de las conciencias.
Pero
sobre todo es el camino del amor y de la misericordia. Sólo mediante el
amor, la verdad despierta al hombre a la vida. Sólo el amor, que es
misericordia, enciende la esperanza.
El ayuno de la Cuaresma es un gran grito de Amor. Grito penetrante. Grito definitivo. Es el gran tiempo de la misericordia.
Y por
ello la Iglesia sigue pidiendo en la liturgia de hoy: “El Señor es
bueno, es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los
humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes” (Sal 25,8-9).
--- Humildad y contrición
La
Iglesia pide humildad para el corazón humano. Ora para que a través de
la humildad el hombre se encuentre en la verdad, para que se encuentre
en la verdad interior, y así llegue a encontrarse con el amor que es más
fuerte que el pecado y la muerte, más fuerte que todos los males; para
que se deje guiar por la Palabra divina. “No sólo de pan vive el hombre,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4).
Debemos
repetir las palabras de San Pedro, Obispo de la Iglesia de Roma: “Cristo
murió por los pecados de una vez para siempre, el inocente por los
culpables para conducirnos a Dios” (1 Pe 3,18)

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